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29 nov 2009

'Paranormal Activity' / 'The Poughkeepsie Tapes'


(Paranormal Activity. Oren Peli. EEUU. 2007. 97 minutos / The Poughkeepsie Tapes. John Erick Dowdle. EEUU. 2007. 84 minutos)


La manera más rápida de despachar Paranormal Activity es decir que no es para tanto, que no da tanto miedo como dicen y que casi se puede considerar una estafa si la comparamos con el modo en el que se está vendiendo. Realmente es una película hinchada en la que no sucede absolutamente nada durante el ochenta por ciento de metraje, cuyas intenciones de realismo se ven seriamente truncadas por unos actores poco creíbles y unas reacciones ilógicas de los personajes que torpemente interpretan. Planteada como un montaje de las grabaciones caseras de una pareja que cree estar sufriendo un poltergeist en su casa, se le puede achacar una duración excesiva, inflada con escenas que no aportan nada a lo que se pretende contar y que no hacen sino aumentar la desesperación del espectador que ha pagado para pasar miedo. Pero si somos capaces de ver más allá de nuestras expectativas y del modo en el que éstas han sido generadas por un mecanismo publicitario desaforado de doble filo (consigue arrastrar a masas al cine para que éstas se enfurezcan y se sientan engañadas... después de haber pagado), podemos empezar a apreciar las virtudes que indudablemente posee la cinta más allá de si da miedo o no. Y no me refiero únicamente a que los (pocos) momentos de terror consigan su objetivo de manera holgada y sobrepasen la barrera temporal del film, ya que cuando de verdad funciona es al repasarlo mentalmente en la intimidad, horas después de terminar la sesión. Paranormal Activity es sobre todo apreciable porque supone el triunfo de un concepto: llevar el cine clásico de fantasmas a la generación YouTube. Así, no hay realmente nada original en la película (ruidos, objetos que se mueven aparentemente solos, una ouija, posesiones) más que el modo en el que está narrada, aunque sea de manera tan torpe y repetitiva, creando una historia alrededor de esos fragmentos de horror que poseen la misma capacidad hipnótica e inquietante de los vídeos streaming sobre apariciones y otros fenómenos paranormales, siendo esto un elogio y el verdadero motivo por el que, a fin de cuentas, uno no considera haber perdido el tiempo (no del todo, al menos) cuando aparecen los créditos finales.

Pero si de verdad lo quieren pasar mal con un terror más apegado a la realidad, deberían rescatar otra película que también se hace pasar por verídica y que, además, adapta el formato televisivo de los Crímenes imperfectos y otros programas similares, con dramatizaciones, testimonios y un detalle extra que convierte la experiencia en algo perturbador: The Poughkeepsie Tapes es un falso documental en el que se analiza el caso de un asesino en serie cuyo modus operandi muta a cada asesinando, manteniendo únicamente la constante de ser grabados en vídeo. Al contrario que Paranormal Activity (donde lo que vemos es únicamente, y siempre siendo conscientes de su condición de artificio, lo que los protagonistas filmaron), The Poughkeepsie Tapes posee un esquema bien definido en el que sí hay una progresión dramática y una estructura que va arrojando mayor información sobre el caso a medida que se acerca su conclusión, lo que nos conduce a un tramo final escalofriante en el que asistimos a la entrevista realizada a la que se supone es la única superviviente del psicópata protagonista (en la que queda claro hasta qué punto alguien que ha sufrido traumas similares puede quedar marcado de manera irreversible). Algo interesante de la película es que a pesar de su vocación verista no renuncia al Grand Guignol, con ese serial killer que para cometer sus crímenes se disfraza de manera bizarra y escenifica momentos de sometimiento físico y mental frente a la cámara, con sesiones de bondage extremo, además de ser aficionado a crear esculturas humanas (la cabeza de un hombre hallada sobre el vientre vaciado de una mujer). Pero no hay en ella nada fantástico, nada que, como sí sucede en Paranormal Activity, nos obligue a hacer un esfuerzo extra por asimilar como auténticas las imágenes que nos invita a contemplar, lo cual hace de The Poughkeepsie Tapes una experiencia seca, incómoda y poco apropiada para las multisalas en las que triunfa la primera.





22 nov 2009

'Doomsday - El día del juicio'

(Doomsday. Neil Marshall. Reino Unido / EEUU / Sudáfrica / Alemania. 2008. 108 minutos). Anacrónica, espectacular, violenta y desconcertante son cuatro adjetivos que definen bien la tercera película de Neil Marshall. En el plano visual, sus fondos postapocalípticos pintados (digitalmente) en glorioso scope y el diseño de los títulos de crédito, además del hecho de que la protagonista sea una versión femenina y tecnificada de Snake Plissken, nos llevan al John Carpenter de 1997... Rescate en Nueva York y también al controlado (y reivindicable) caos de Fantasmas de Marte (mucho más cercana en espíritu y resultados a Doomsday que 28 días después o Resident Evil, con las que, por distintos y evidentes motivos, además de erróneos, es fácil comparar la cinta de Marshall), con esa sobreabundancia de efectos pirotécnicos y físicos que huyen de lo infográfico cuando pueden hacerlo y donde siempre va a prevalecer la eficacia del stuntman por encima del doble virtual. Sus secuencias de destrucción urbana y vandalismo post-punk nos llevan a Enzo G. Castellari y Mark L. Lester. Y es absolutamente inevitable pensar en George Miller cuando la película se lanza a la carretera y se produce una batalla sobre el asfalto entre un Bentley y un coche forrado con piel humana. Doomsday se convierte así en un catálogo de referencias pop de carácter anacrónico que anulan cualquier intento por parte del espectador de hallar en ella originalidad o, incluso, contemporaneidad, pero lejos está esa peculiaridad de convertirse en un estorbo para los que de verdad amen aquello a lo que se homenajea aquí.

Sí existe un serio problema a veces con el modo en el que Marshal plantea el montaje de las escenas de acción, anulando en ocasiones la fuerza de una espectacularidad que siempre está presente pero que por momentos tenemos que recrear mentalmente, componiendo con celeridad los fragmentos que la película escupe y que no siempre están bien ensamblados. Es una pena que tengamos que seguir diciendo esto de un buen porcentaje del cine de acción que se estrena de un tiempo a esta parte, pero Doomsday, lamentablemente, no es ninguna excepción en este sentido. No existe ningún problema, en cambio, para regocijarnos en una violencia plasmada frontalmente con la que Marshall, que es un tipo inteligente, se divierte: ver cómo una cabeza rebanada se acerca a toda leche hacia la pantalla que nos separa de la ficción y la golpea... cómo decirlo... mola. Y punto. El director se toma el producto tan a broma que plantea una performance de unos caníbales que escuchan a los Fine Young Cannibals antes de asar a una de sus presas en una pista de circo y repartirla en filetes entre la multitud. Lógicamente, después de esto cualquier intento de introducir algo de crítica social (los poderes políticos apartando a los infectados antes de caer víctimas de su arrogancia y esas cosas) resulta inútil.


Eso nos lleva a lo desconcertante: tenemos claro que la función de la película es rendir tributo a unos cuantos subgéneros que van de la infiltración militar estilo Aliens en la que los bichos son desaforados jóvenes caníbales a un clímax deficitario de Mad Max. Pero en medio de todo ello nos topamos con una parada en la Edad Media sin necesidad de máquina del tiempo que puede resultar incómoda y anticlimática, a pesar de contener en ella la secuencia en la que Rhona Mitra (pausa para el suspiro) se luce repartiendo tollinas y luciendo cuerpazo. No obstante, es encomiable que a Marshall se le ocurriera este episodio y finalmente tuviera las pelotas para filmarlo. Además en el segundo visionado de la película resulta menos incómodo una vez superada la sorpresa inicial. Ya veré qué me encuentro cuando la vea una tercera, una cuarta vez. Mientras tanto, seguiré rezando para que Rhona Mitra protagonice una secuela.



9 nov 2009

Ministerio de Vergüenza

Lo que más me molesta de publicar este artículo tantos días después de haberlo escrito es que, lamentablemente, el tema que trata no ha tenido la repercusión que debería haber adquirido. Da la sensación de que sólo ha sido una pataleta de cuatro flipados. Y eso acojona.

Es 21 de Octubre de 2009. Enciendo el ordenador, miro el correo, abro el Word para escribir la crónica de este mes, pensando en cuál de los temas de los que quiero hablar me centro. Mientras me decido, abro el Facebook. Un amigo se hace eco de una noticia: “SAW VI PROHIBIDA”. ¿Pero qué…? Decido investigar. Los periódicos no dicen nada. Empiezo a indagar en foros y blogs. Todos dicen lo mismo y parece que va en serio: el Ministerio de Cultura ha calificado la sexta parte de la saga de terror de más éxito de los últimos años como Película X. Como no termino de fiarme, entro en la web del Ministerio de cultura y me encuentro con esto:

Quien ya ha visto la película en pase de prensa dice que no hay mucha diferencia entre ésta y las cinco, CINCO, anteriores, las cuales se estrenaron sin mayor problema con una calificación para mayores de 18 años. Siendo optimista, empiezo a pensar que posiblemente sea una errata de la web del Ministerio, y que no puede ser que una producción comercial, de la que Buena Vista (propiedad de Disney) tiene 300 copias listas para estrenar en otros tantos cines, tenga la misma etiqueta que otras que aparecen debajo en el listado como ‘Las vecinas de mi barrio echan uno a diario’ o ‘Mami, mi novio es negro ¿Quieres conocerlo?’. Entro en la web ‘entradas.com’ a ver si consigo ver la película en la cartelera de alguna sala de España. Nada. Ha desaparecido. Envío a un sms a una amiga que conoce a alguien que trabaja en el cine Conquistadores de Badajoz (la información casi nunca llega de primera mano, oigan) y me confirma el desastre: no podrán proyectar la película, cuyo estreno estaba previsto para el 23 de Octubre, y toda sala que exhiba un mísero póster de la misma será multada con 60.000 euros. Bueno, todas las salas no. Aquí llega lo divertido: con esa calificación ‘Saw VI’ puede ser estrenada únicamente en las menos de diez salas de cine porno que quedan abiertas en España, lo cual resulta bastante difícil porque, según leo (no piensen que…), estos locales no tienen ya proyector de 35 mm y no pueden pasar ninguna película que no esté en formato DVD.

Según lo estipulado en la Ley de Cine de 1982, puede ser considerada X toda aquella película que muestre contenido pornográfico o haga apología de la violencia. Algún iluminado ha decidido que esta sexta parte es aún más extrema que las anteriores y le ha colocado una X que será, posiblemente lo esté siendo ya en el momento en el que escribo estas líneas, objeto de debate. O debería serlo, ya que esto puede sentar un peligroso precedente que nos haría retroceder a tiempos pasados en los que todavía existía una censura férrea que velaba, o eso querían hacer creer, por la salud mental y moral de personas que, y esto es lo que me mata, tienen capacidad de decisión y capacidad intelectual para interpretar lo que están viendo, diferenciando perfectamente la realidad de la ficción. Por otro lado, los conspiranoicos apuntan la posibilidad de que esto sea una estrategia del Ministerio para comenzar a atacar al cine norteamericano y potenciar el europeo (en la reciente ‘Anticristo’, europea, de Lars Von Trier, aparecían eyaculaciones sangrientas y amputaciones de órganos sexuales en primer plano, sin que por ello dejara de estrenarse en salas comerciales). En Buena Vista están dispuestos a apelar a la justicia, así que cuando tengan este artículo en sus manos posiblemente ya se sabrá qué ha pasado con todo este bochornoso asunto. De momento sólo puedo terminar con una palabra: vergüenza.


Publicado originalmente en la edición en papel de Crónicas de un Pueblo.

3 nov 2009

'¿Estamos muertos o... qué?'

(Dead Heat. Mark Goldblatt. EEUU. 1988. 83 minutos). En 1950 Rudolph Maté dirigía una trepidante y tardía film-noir titulada D.O.A. (Death on arrival). En ella, Frank Bigelow (Edmond O'Brien) acude a la comisaría de policía para informar sobre un asesinato: el suyo. Después de ese impactante comienzo, la historia retrocede hasta 24 horas antes, cuando Bigelow conoce que ha sido envenenado con una sustancia sin antídoto y decide emplear las horas que le quedan de vida para averiguar quién está detrás de su muerte. Si no la han visto y les suena el argumento no será tanto por el remake que en 1988 protagonizaron Dennis Quaid y Meg Ryan, que está más que olvidado, como por el hecho de que esa base argumental es muy similar a la utilizada en Crank. No obstante, en ese 1988 se estrenaba también una película que, sin ser una nueva versión de la cinta de Maté, utilizaba al clásico de los cincuenta como un claro referente: ¿Estamos muertos o... qué? (traducción libre del original Dead Heat que, para variar, se adecua más al espíritu de la película que el más serio título original), con la que debutaba como director de cine el justamente reputado montador Mark Goldblatt, curtido en la factoría Corman y responsable de la edición de, entre muchas otras, Terminator, El último boy-scout, Mentiras arriesgadas o la reciente G-Force. Una lástima que la filmografía como director de Goldblatt se ciña a tan sólo dos títulos, el que nos ocupa y aquella disfrutable versión de The Punisher que protagonizó Dolph Lundgren en 1989, ya que en ambas demostró cierta pericia para conjugar las set-pieces de acción con momentos tragicómicos, un acercamiento frontal y desprejuiciado a una violencia gráfica pero totalmente inofensiva, así como un estilo (o falta del mismo) menos contaminado por el videoclip de lo que era habitual en esa época y que nos hace pensar que podría haber sido un Jan De Bont más hábil o un Craig R. Baxley no confinado al circuito televisivo, pero con un ojo puesto sobre el cine negro del Hollywood clásico.

En Dead Heat tenemos estas características bien reflejadas: por un lado una adscripción a las buddy-movies ochenteras, con dos policías de distinto carácter (aunque aquí Treat Williams y Joe Piscopo son amigos desde antes que comience la historia) intentando resolver una trama de atracos y asesinatos a golpe de tiroteos imparables, persecuciones y chistes malos; por otro, una querencia por fórmulas más antiguas que van desde el nombre de uno de los protagonistas, Doug Bigelow, que hace referencia explícita al Frank Bigelow de D.O.A. (de la que, no en vano, muestra un fragmento en determinada secuencia), hasta la elección de Vincent Price como secundario de lujo o el guiño final a Casablanca. Pero es el nombre del otro protagonista, Roger Mortis, el que nos pone en la pista sobre las intenciones del guión de Terry Black (hermano de Shane Black, quien hace un cameo como policía): un sentido del humor negro con chascarrillos alrededor de la muerte, el más allá, la resurrección y la inmortalidad. Dead Heat es una película de acción protagonizada por un muerto viviente y un compañero a punto de serlo, enfrentados a una sociedad de viejos millonarios que utilizan a su vez a otros revividos para hacerles el trabajo sucio (hasta patos y cerdos agridulces si hace falta) y que, dentro de la hilaridad, propone una idea interesante y no falta de mala baba: cuando Mortis ha fenecido, ha resucitado y sabe que apenas le quedan unas horas extra como zombi hasta descomponerse por completo, es cuando más vivo se siente, cuando puede romper las reglas de su hasta entonces cuadriculada vida, saltarse la ley de la que era representante y entregarse a una excitante aventura con los minutos contados en la que puede permitirse imitar a Terminator. Vista de nuevo la película veinte años después de su estreno, sigue siendo una comedia de acción divertida, rápida y agradable, además de un festín para los fans del látex como efecto especial favorito. Valga esta reseña, sobre todo, para descubrir la película a esos cuantos jóvenes que me leen y que no tuvieron el placer de poder conocerla en su momento.



2 nov 2009

'Infestation'

(Infestation. Kyle Rankin. EEUU. 2009. 87 minutos). No se puede acusar a Kyle Rankin de perder el tiempo en esta película: tras unos créditos iniciales que apuestan claramente por lo rimbombante, tenemos a bichos kingsize correteando por la pantalla desde el minuto uno, dejando bien claro que la suya es una apuesta sinvergüenza que no se preocupa al exponer, en primer plano y a plena luz diurna, unas criaturas que en ningún momento pueden ocultar una prodecencia infográfica de todo menos sofisticada. No pierde el tiempo en presentar unos personajes que tampoco van a llegar muy lejos (el héroe descreído, la chica valiente, el forzudo de buen corazón - y sordo -, el putón rubio, el militar paranoico y pocos más) y de los que vamos conociendo datos a golpetones entre ataque y ataque de los insectos. Tampoco se ha esforzado Rankin por buscar una excusa argumental: los bichos gigantes aparecen sin que sepamos nunca por qué, algo que le hace restar puntos a la película puesto que, ya entregados al cachondeo, siempre es preferible una explicación descabellada o arbitraria que ninguna (aunque esto es algo que me pueden discutir ustedes). Hay dejadez también en la puesta en escena, tan sobria y aburrida como la de cualquier episodio piloto de la televisión de hace diez años, sin ningún tipo de inventiva o espectacularidad, a pesar de las constantes escenas de acción y de los varios tipos de insectos que aparecen progresivamente (pocos, tampoco se crean...). ¿Y las buenas notas de IMDb? Seguramente gente relacionada con la película haciéndose publicidad gratis, lo que me parece cojonudo pero puede despistar a los que busquen en esta Infestation esa cult-movie de la que se habla en esa página, cuando en realidad no hay ningún aspecto en ella que no esté por debajo de Arac Attack.

Hay sin embargo algo agradable en la película y tiene que ver con su remota eficacia a la hora de evocar la ciencia-ficción con monstruos más clásica y básica, además de un sentido del humor no demasiado fino que va desde unas situaciones afortunadamente simpáticas (los supervivientes recorriendo las calles en bicicleta para no atraer a los insectos, ya que es el único vehículo que no emite ruido) hasta unos actores que no parecen jamás creerse lo que se supone que tienen que estar recreando.

Si la pillan cualquier tarde de domingo en Cuatro o en SyFi Channel sin nada mejor que hacer, igual le sacan algún provecho. Pero no hagan ningún otro tipo de esfuerzo por verla. Aunque no aburra, no merece tanto la pena, ni siquiera por Ray Wise o el perro-araña.