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26 ene 2010

'All the boys love Mandy Lane'

(All the boys love Mandy Lane. Jonathan Levine. EEUU. 2006. 87 minutos). De errática distribución, como casi todo lo que tocan los Weinstein, All the boys love Mandy Lane es uno de esos títulos que llegan a nuestros videoclubs de tapadillo, con un nombre anodino (Seducción mortal, en este caso) y que son condenados al ostracismo de manera injusta. Incluso por parte de quienes deberían ser sus defensores: su adscripción al género de terror genera unas expectativas entre el fandom que no se cumplen del todo, debido a un posicionamiento consciente hacia lo artie por encima de lo mainstream que provoca la incomodidad de cierto público, aquellos que se quejan tanto de ver siempre lo mismo como de no encontrarlo en cada uno de los títulos que se echan a los ojos. La película de Jonathan Levine se sitúa en los terrenos del killer on the loose, con un misterioso asesino que acecha a un grupo de jóvenes en una casa en mitad del campo, pero lo hace de un modo ciertamente peculiar. Parte del tópico, con un prólogo en el que hay una muerte violenta, posterior rótulo de "9 meses después" y ulterior fiesta en mitad de ninguna parte regada de alcohol, sexo, drogas y asesinatos. Pero en lugar de jugar al impacto por acumulación, la cinta se toma su tiempo antes de entrar en barrena, desarrollando con acierto la fascinación que Mandy Lane (una extraordinariamente bella Amber Heard) provoca sobre todo aquel que se cruza en su camino, y decide mostrar al asesino a la mitad de metraje, aniquilando de un plumazo el suspense del quién-lo-hizo y conduciendo la historia hacia páramos supervivencialistas, para culminar con un giro sorpresa (aunque en realidad no lo es tanto) que nos sitúa en los parámetros del cine indie y su visión del amor destroyer entre jóvenes desarraigados.

Lo realmente interesante del guión es que, a pesar de jugar con los tópicos, no cae en la trampa del posmodernismo ni de la autoconsciencia, alejándose de la referencia fácil y el guiño cómplice. Lo mismo se puede decir del modo en el que Levine filma la película: a pesar de la truculencia de algunas de sus imágenes, el estilo visual apuesta por la estética diurna y sobreexpuesta, potenciado por un montaje que en ocasiones parece un anuncio de United Colors of Benneton en movimiento, así como un uso inteligente de canciones trilladas como Sister Golden Hair o Sealed with a kiss. Así, All the boys love Mandy Lane se impone con personalidad propia en un mercado a tener en cuenta, el del direct-to-video que hace unos años era caldo de cultivo de material de derribo y hoy es contenedor de rarezas incómodas para las multisalas, pero de una notable capacidad para la sorpresa y el deleite del espectador sagaz.



25 ene 2010

'La Herencia Valdemar'

(La Herencia Valdemar. José Luis Alemán. España. 2009. 100 minutos). Plantear una producción independiente de terror de 13 millones de euros dividida en dos partes es una osadía, sobre todo en una industria que vive de las subvenciones y de los derechos televisivos más que de la taquilla. Pero en ese acto de tenacidad se encuentra casi todo el valor real de la primera película de José Luis Alemán, al menos hasta la mitad que hemos podido ver hasta ahora. Conociendo las intenciones de Alemán, consistentes según cree él en devolverle al cine de terror una dignidad y seriedad que maldita falta le hacen, y viendo el resultado de la primera parte de este díptico, poco podemos esperar de su continuación más allá de una factura técnica correcta y unos efectos especiales (tanto prácticos como digitales) más que apañados, por mucho Cthulhu que nos venda ese avance que aparece durante los créditos finales y que, a duras penas, sirve para generar confusión en unos espectadores que no tienen por qué saber que han pagado para quedarse a medias.

Alemán ha olvidado que si ¡Suspense! funcionaba era por algo más que por su diseño de producción, y que una fotografía cuidada, un reparto de caras conocidas y un icono del terror como referencia no bastan para construir el clásico instantáneo que pensaba que tenía entre manos. Pero no se puede esperar mucho más de alguien cuyo modelo a seguir es, como ha proclamado en varias entrevistas, Alejandro Amenábar. Más bien al contrario, el director novel ha sentado las bases para una futura secuela de Spanish Movie, con su festival de acentos inverosímiles (que es algo que normalmente me da igual, pero que aquí alcanza cimas de hilaridad inconmensurables), su tono de folletín decimonónico pasado de roscas (esa secuencia de la gallinita ciega que acaba provocando ternura... hacia el director), sus reuniones poco probables de personajes famosos (Lizzie Borden, Aleister Crowley y Bram Stoker jugando a la ouija en la costa gallega), recursos que parecen gritar "¡parodia!" (esa frase dramática culminada con el sonido del trueno, Eusebio Poncela con peluca, un zeppelin que aparece sin que sepamos por qué) y un reparto que no tiene ni idea de dónde se ha metido (sorprendentemente aquí es Silvia Abascal la que está correcta y Laia Marull la que acaba haciendo el ridículo, cuando suele ser al revés). Para colmo, la estructura es errática a más no poder: tras unos primeros minutos aceptables, la película entra en un flashback eterno que poco o nada tiene que ver con el terror y que delata las intenciones del director con su querencia hacia lo rancio, aflorando una batalla entre lo comedido y lo pomposo en la que el único vencedor es el aburrimiento. Hacía años que no abandonaba una sala de cine con tal desazón y que no veía reacciones tan negativas entre los espectadores, pero no es de extrañar: La Herencia Valdemar es una tomadura de pelo que nace sin la intención de serlo, un producto involuntariamente ridículo al que da pena atacar puesto que se aprecian en él buenas intenciones y ganas de hacer algo diferente, pero que está condenado a ser destrozado por el público. Y con razón.

9 ene 2010

La Revolución era esto.


A modo completista, ya que realmente no tengo nada nuevo que contar sobre Avatar que no se haya dicho (e ignorado, por lo visto) ya, les dejo el artículo publicado en la edición impresa de Crónicas de un Pueblo al respecto del peñazo de Cameron. Un artículo inútil, escueto e incompleto, pero que da pistas sobre por qué Avatar no mola.
A James Cameron le pierde la boca: no contento solamente con autoproclamarse “El Rey del Mundo” en aquella ceremonia de los Oscar de 1997 en la que arrasó con TITANIC, llevaba desde entonces asegurando que su siguiente proyecto cambiaría el modo en el que los espectadores perciben el cine, poniendo la industria patas arriba y generando, en definitiva, toda una revolución tras la cual el cine jamás volvería a ser el mismo. Ahí es nada. Y entonces nos llega AVATAR, la película que venía a cambiar el mundo, y no pasa nada.
Si ya el tráiler nos puso nerviosos, con esos efectos especiales que James Cameron imaginó como innovadores hace diez años pero que ahora no son capaces de ofrecer nada realmente novedoso, la película completa viene a confirmar lo que muchos nos temíamos: que un proyecto de gestación tan larga está condenado a nacer viejo, por mucho que sus técnicas de filmación sienten las bases para que en el futuro sí que se haga posible la total confusión entre lo real y lo infográfico, entre lo carnal y lo digital… que es a lo que aspiraba Cameron y que no ha conseguido, ya que en ningún momento logra hacernos olvidar que lo que estamos viendo son un puñado de personajes y escenarios creados en un ordenador. Lo peor de todo es que éste, que se consideraba el mayor atractivo de la película y el motivo que a priori debería hacerla única, no es el único problema que arrastra AVATAR. Estamos hablando de una película de acción y aventuras de dos horas y media que no consigue arrancar ni una pizca de entusiasmo, donde los diálogos parecen escritos por un chaval de quince años dispuesto a filmar su primer corto con la cámara de su tío rico, repleta de lugares comunes que, lejos de hacer sentir cómodo al espectador por situarlo en terreno conocido, nos invita al aburrimiento y al sueño. Por otra parte, Cameron está contento porque cree haber inventado un nuevo mundo a partir de la nada. Otra mentira: los Na’avi, esa raza extraterrestre para la que ha perdido el tiempo con lingüistas que les construyeran una forma de comunicación oral propia, se comportan como los indios de cualquier película del Oeste, con sus pinturas de guerra, sus arcos y flechas, sus danzas tribales (especialmente ridículas, por cierto) y sus caballos, porque ni la fauna creada por Cameron es original… ahí están esos sucedáneos de equinos, perros, rinocerontes y otras especies, demostrando que Cameron no ha inventado nada, por mucho que él crea que así ha sido.
Es una pena, en realidad, hablar mal de una película de alguien a quien siempre he admirado y en la que ha invertido tanto esfuerzo e ilusión. No hay odio en mis palabras hacia Cameron, tampoco un intento de ir contracorriente (porque parece que la cinta está gustando bastante por ahí, y cuando estén leyendo esto seguro que ya habrá roto records de taquilla), pero una media hora final espectacular no es suficiente para bailarle el agua a AVATAR. Si alguien con la experiencia de Cameron y el dinero con el que ha contado no era capaz de hacer al menos eso, sería para retirarle el carnet de director.