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24 ago 2010

'Origen'

(Inception. Christopher Nolan. Estados Unidos / Reino Unido. 2010. 148 minutos) Parece mentira que, años después de su estreno, todavía tenga que dar explicaciones sobre por qué El Caballero Oscuro me pareció tan aborrecible. Pero si son de los que todavía no me han preguntado al respecto, aquí tienen la respuesta. En el caso de Origen, podrían suponer que esperaba la película con la escopeta cargada de mala hostia hacia Nolan, pero se estarían equivocando: a pesar de que todo apuntaba a que el director habría repetido la jugada, con un metraje excesivo, personajes de más, aspiraciones trascendentales y la etiqueta de película-acontecimiento de la temporada, confiaba en que Nolan se entregaría al género fantástico por completo y, de una vez por todas, se lanzara hacia la evasión mastodóntica sin complejos ni pátinas intelectualoides. Me equivocaba. Origen posee los mismos defectos que los detractores de su anterior película encontramos en aquel engendro, si bien aquí Nolan logra un cierto equilibrio que posibilita el disfrute parcial de su cinta y que, afortunadamente, evita la sensación de constante agotamiento y frustración que algunos padecimos en El Caballero Oscuro

Porque sí, Origen es excesivamente larga, tiene muchos personajes que pintan poco en la trama y pretende ser más inteligente de lo que es, pero al mismo tiempo posee una estructura que se convierte en un bello artificio y que arrastra al espectador, de manera tan tramposa como plausible, hacia los recovecos de una pesadilla arquitectónica y narrativa que halla en su forma su verdadera razón de ser. Y aquí está el truco: toda la línea argumental relativa a la misión que los protagonistas deben cumplir en una de sus incursiones mentales no es más que un macguffin; la verdadera historia es de lo más sencilla y tiene que ver con la imposibilidad de asumir la culpa, pero Nolan lo enrevesa todo tanto que hace creer al público que está asistiendo a una narración de amplios matices trascendentales, cuando no es más que una idea simple contada de manera desordenada (que es, más o menos, lo que ocurría en su anterior Memento). Por otro lado, obviando la motivación del personaje principal, no es más que una película de ladrones o de espías cuyo campo de acción es el onírico, lo cual podría haber dado para una cinta mucho más disfrutable que ésta de no ser por la incapacidad de su director y guionista para la concreción y su tendencia a la desmesura y la dispersión. Y, a pesar de su (otra vez patente) torpeza para poner en pie escenas de acción y de todos los peros que acabo de exponer, Nolan consigue algunos momentos de verdadero interés cuando expone mediante los personajes las reglas del juego, al mismo tiempo que nos las presenta a los espectadores, y cuando se atreve a mostrar la mecánica de los sueños con su estructura maleable e insegura. Por tanto, no se puede decir que Origen me haya entusiasmado, pero esta vez no me encontrarán tampoco en el bando de los que se han sentido estafados, indignados o insultados con su obra.

18 ago 2010

'Toy Story 3'

(Toy Story 3. Lee Unkrich. Estados Unidos. 2010. 103 minutos) No se producen muy a menudo, pero hay películas que a quien escribe sobre cine le hacen replantearse la necesidad de buscarle los tres pies al gato, de analizar sesudamente su objeto de estudio en busca de taras, debilidades o algún detalle que cambiaría de lugar, por nimio que sea, en ocasiones porque a uno se le adhiere  de un modo tan profundo que no le resulta plausible ponerle pegas, y otras veces porque es imposible hacerlo. Más difícil aún es que una productora construya su filmografía a base de obras maestras o que estén muy cerca de serlo. Pixar constituye entonces un caso aparte en el mundo del cine: un grupo de mentes creativas que parece haber encontrado el secreto de la eterna inspiración y que transmite un amor por lo que hace que traspasa los límites de la pantalla y contagia a los espectadores, logrando una suerte de 3D emocional que no tiene nada que ver con la tecnología pero sí mucho con la capacidad para narrar historias y crear personajes. La orfebrería digital de Pixar no tendría tanto valor sin los cuentacuentos que hay detrás de sus guiones y sin su querencia por lo humano, ya sea a través de robots, ratones o muñecos con cuerpo de píxel pero provistos también de alma. 

Con la tercera parte de su emblemática saga, Pixar avanza un paso más en la conquista de todo tipo de públicos y en la progresiva madurez de sus relatos. Como ya sucediera con la excelsa Up, la mirada adulta es la que puede sacar más provecho a la película, ya que además de su festival de (impecables) gags cómicos, sus vibrantes escenas de acción y la estupenda nueva galería de personajes, Toy Story 3 ofrece una emocionante y veces dolorosa reflexión sobre el fin de la infancia, la asunción de responsabilidades y la necesidad de ir quemando etapas vitales que, en un momento de debilidad, puede hacer llorar hasta al tipo aquel que les quitaba el bocadillo en el recreo. El virtuosismo con el que se combinan las carcajadas (el Buzz agitanado, el Sr. Tortilla) con momentos de puro desasosiego (la angustiosa y bellísima secuencia post-clímax en el patio de Bonnie; la mirada de desconcierto entre el Sr. y la Sra. Patata al acercarse al fuego...) se ve acentuado por algunos instantes próximos al terror y llenos de una oscuridad escénica y conceptual impropios de una película en principio para todos los públicos, suponiendo una prueba más de que en Pixar tratan a los niños como seres inteligentes y no como a meros reclamos bobos para que sus padres paguen entradas. Toy Story 3 es tan redonda que sólo tiene un problema: coloca de nuevo a Pixar en una situación difícil para volver a superarse a sí mismos. Pero ojalá todos los problemas fueran como ese. 

15 ago 2010

'Los Mercenarios (The Expendables)'

(The Expendables. Sylvester Stallone. Estados Unidos. 2010. 103 minutos) Desde el mismo momento en el que supimos de su futura existencia, The Expendables se convirtió en La Película, el evento cinematográfico con el que hace veinte años sólo podíamos soñar y que venía a concretar el sueño húmedo de los fans del actioner: la élite de las macho-movies reunida en una sola cinta con protagonismo repartido y que nos hiciera babear ya desde el mismo cartel. Aunque nos falten Van Damme, Seagal, Snipes o Norris, The Expendables cumple con ese propósito de manera bastante cercana a lo que deseábamos, si bien hay que admitir que el anhelo de ver a Stallone, Schwarzenegger y Willis compartiendo una escena de acción debe ser contentado con una secuencia de diálogo (cómico, autorreferencial) en la que los tres nunca comparten plano al mismo tiempo. De aquella época se rescatan también a otros actores cuyas carreras no podían ser más distintas: Mickey Rourke encarna aquí a un mercenario retirado que arrastra demasiados demonios y sobre el que se reflejan las inquietudes autorales de Stallone, incluso más que en el papel que interpreta él mismo, representando los momentos más reflexivos de la película y el argumento que subyace bajo la aparatosidad del conjunto (el héroe que mira al pasado y sólo encuentra muerte y destrucción, atormentándose porque sólo a través de ello puede considerarse útil); Dolph Lundgren, como ya hiciera en la excelente (y todavía inédita en España) Universal Soldier: Regeneration, aprovecha cada uno de sus minutos en pantalla y se apropia de algunos de los mejores one-liners de la cinta; aunque al cine occidental llegó a finales de los noventa, Jet Li también es un clásico del cine de acción que lo dio todo en Hong Kong mientras en Hollywood Sly y Schwarzie se repartían el pescado en su época de esplendor; olvidados en la promoción, Eric Roberts y Gary Daniels también hicieron carrera en el género, el primero protagonizando las dos primeras entregas de Campeón de campeones, la magnífica El tren del infierno o títulos menos conocidos como Blood Red o Caída libre, además de enfrentarse a Stallone en El Especialista, mientras que Daniels es todo un veterano del cine de artes marciales de serie b, con una extensa filmografía a sus espaldas que le hacía merecedor de un puesto destacado en el cartel publicitario de The Expendables. Para enlazar la época dorada del actioner con la savia más reciente, Stallone ha tirado de luchadores profesionales (Randy Couture, Steve Austin), un ex-deportista con admirables dotes cómicas (Terry Crews) y el mayor héroe que ha dado el género en los últimos diez años, esa deidad que responde al nombre de Jason Statham y que por ahora supone el único relevo real de las viejas glorias del cine de acción.


A pesar de las omisiones, podemos decir entonces que el grupo elegido para conformar los Expendables es más que satisfactorio y que todos ellos reúnen las condiciones suficientes, por carisma, experiencia, aptitud física y actitud chulesca, para regalar momentos de fulgor a los espectadores. Precisamente por eso resulta hiriente que casi todas las escenas de lucha de la película sean, digámoslo claramente, una birria. En su intento de homenajear las formas del cine de acción de los ochenta y primeros noventa, Stallone ha olvidado que en esos tiempos las peleas se entendían: uno podía distinguir quién daba el golpe, quién lo recibía, a qué distancia estaban los oponentes y cuántas heridas nuevas iban surgiendo en sus cuerpos a medida que se zurraban. En The Expendables resulta casi imposible obtener esa información debido a la confusión con la que están filmadas las peleas, intuimos que bien coreografiadas (por ahí anda Corey Yuen, nada menos, aunque no lo indiquen en IMDb) pero rodadas con encuadres cerrados y montadas en planos cortos y tambaleantes. Tampoco las escenas de persecución están planteadas con claridad, a pesar de contar con un experto en estas lides como Spiro Razatos ejerciendo de director de la segunda unidad. El problema está en que Stallone ha elegido la opción incorrecta. En John Rambo las escenas de acción eran igual de descarnadas que en The Expendables, incluso más, pero se seguían mejor y, en cualquier caso, en los momentos en los que se desmadraban formalmente contribuían a potenciar la sensación de caos que rodeaba a los protagonistas en medio de la guerra; sin embargo, usar esa misma técnica en Los Mercenarios es poco menos que un crimen contra los miembros del reparto, contra la espectacularidad que se le suponía a la que debería ser la mayor cinta del género de todos los tiempos y contra la capacidad receptiva del público, furioso porque debe asumir que, salvo momentos ocasionales (como la excelente secuencia del avión o la explosiva aparición de Terry Crews con su novia en el clímax final, junto a planos aislados en medio de las peleas), está contemplando una obra contradictoria: una celebración del cine de acción donde la acción no se ve bien.

Es lamentable que lo que debería ser la mayor fiesta de todos los tiempos para el fan del cine de acción se vea manchada por este hecho irrefutable. Y que nadie me venga con eso de que las expectativas eran demasiado altas y que es normal que decepcione en algo, porque si las expectativas no debían ser altas con algo así, díganme con qué podrían serlo. De cualquier modo, y aunque parezca  paradójico a tenor de todo lo que acabo de decir, The Expendables tiene motivos para contentar al aficionado, siempre y cuando sepa perdonar esa confusión en los momentos citados (lo cual supone un escollo realmente importante y para nada fácil de saltar). Ya la grafía utilizada en los títulos de crédito iniciales nos hace pensar en el pasado, en el cine de acción de verdad diseñado sobre el set y no en la sala de montaje. La banda sonora también nos lleva a esa época, con Thin Lizzy o Creedence Clearwater Revival acompañando las imágenes. Y las escenas en las que los personajes interactúan resultan creíbles y simpáticas, realmente da la sensación de que se conocen y que hay buena química entre ellos, especialmente en un epílogo lúdico y prometedor de cara a una posible franquicia. Pero, sobre todo, The Expendables funciona por acumulación: de estrellas en el reparto, de frases lapidarias en el guión (endeble, por otro lado, como era de prever), de autoconsciencia y, finalmente, de acción desaforada que se mantiene en estado casi latente durante buena parte del metraje, pero que estalla de manera implacable en un clímax final donde reina la destrucción y el (en esta ocasión, voluntario) caos. Esa acumulación puede provocar un aparente entusiasmo que se disipa a poco que reflexionemos sobre lo innegable, que es el hecho de que The Expendables no está todo lo bien que debería estar... y que sabemos por qué y Stallone (o ALGUIEN) debería haberse dado cuenta. Recemos para que corrijan los defectos en la secuela. No hace falta más dinero, ni más tiempo de rodaje, ni más estrellas, hace falta alguien que sepa filmar las escenas de acción de tal modo que resulten ciertamente espectaculares. Y no hace falta tirar de John Woo o John McTiernan, existiendo directores que han demostrado que con muy pocos medios se pueden hacer derroches de estilo y elegancia (Isaac Florentine) o de brutalidad y contundencia (John Hyams), perfectamente visibles y con la misma fuerza que Stallone ha intentado imprimir a sus imágenes. Termino con una petición: no se dejen cegar por el entusiasmo producido por el fanatismo, The Expendables podría haberles dado mucho más y ustedes lo saben. 

12 ago 2010

'El Equipo-A'

(The A-Team. Joe Carnahan. Estados Unidos. 2010. 113 minutos) 1997; el productor Moshe Diamant y el director Tsui Hark anuncian una película que, según ellos, tiene todo lo necesario para volver locos a los fans del cine de acción: Jean-Claude Van Damme, acompañado por Dennis Rodman, se enfrenta a Mickey Rourke en una trama de espionaje internacional y venganzas en la que hay persecuciones locas, paracaídas con forma de pelotas de baloncesto, anillos-bomba, una pelea contra un tigre y un final explosivo en pleno Coliseo Romano. Double Team, título del invento, es un rotundo fracaso económico a pesar de contener todo lo que sus responsables prometen. O precisamente por eso. 2010; Joe Carnahan, después del moderado triunfo de Ases calientes, se hace con los mandos de una película heredada de John Singleton y que en teoría supone un éxito cantado: la versión cinematográfica de la serie de televisión El Equipo-A. El tráiler presenta una escena de acción en la que un tanque cae en paracaídas mientras dispara contra los aviones que pretenden derribarlo. Unos cuantos babeamos. Otros muchos se ponen nerviosos o se muestran indiferentes. Se estrena la película y pincha en taquilla. 

La comparación no es arbitraria: tanto Double Team como El Equipo-A son películas que toman los estilemas de un género para dinamitarlos mediante la hipérbole y la pirueta imposible, poniendo a prueba la capacidad (y voluntad) de suspensión de credibilidad de los espectadores. Y ambas se topan con la incomprensión y el rechazo del público medio, ese que tiene atrofiado el sentido de la imaginación y que parece haber olvidado de qué va todo esto: tiros, cabriolas y chistes. La cinta de Carnahan recupera todo eso de la serie y mantiene además lo que de verdad la hacía funcionar: un cuarteto de personajes de química infalible y características intransferibles que funcionaba con la eficacia de un reloj suizo y lo sigue haciendo casi treinta años después, interpretados además por un grupo de actores perfectamente conscientes de cuál es el juego y que transmiten la sensación de estar pasándoselo en grande, contagiando su entusiasmo a todo aquel que no esté demasiado ocupado echando de menos las cadenas de Mr. T o las canas auténticas de George Peppard. Por mi parte, no tengo nada que objetar a este espectáculo que funciona como gigantesco episodio piloto de lo que podría ser una (abortada) nueva serie cinematográfica, ya que no sólo mantiene las virtudes del original sino que las amplifica añadiéndole mayores medios, una mayor dosis de violencia (que sigue siendo igual de inocente aunque aquí sí mueran los villanos) y una sorprendente capacidad para ir a más que arranca con los títulos de crédito más largos y divertidos del año y finaliza con una set-piece descomunal en la que contenedores industriales son manejados como cubiletes. Les pido un favor: si algún día dejo de disfrutar de cosas así... asesínenme, por favor. 

11 ago 2010

Algo pasa con Tom


En mi último artículo para Crónicas de un Pueblo hablo sobre Noche y Día, película que cualquier espectador con dos dedos de frente debería saber disfrutar por muchos sanfermines sevillanos que presente, y de paso reflexiono rápidamente sobre Tom Cruise. 


Cuando Tom Cruise apareció bailando rap en la última ceremonia de los MTV Movie Awards junto a Jennifer Lopez nos estaba enviando un mensaje: “Soy un tío divertido”. Recordemos que el primer gran éxito de Cruise fue una comedia, RISKY BUSINESS (1983), pero durante toda su carrera el actor parece haberse empeñado en demostrar que es algo más que el ídolo de jovencitas en el que se convirtió a mediados de los ochenta. Su filmografía ha estado calculada al milímetro y casi todos sus títulos están ahí por algún motivo en concreto, ya sea el de intentar ganar un Oscar a toda costa (NACIDO EL 4 DE JULIO, EL ÚLTIMO SAMURAI) o hacer patentes sus dotes como héroe de acción (la trilogía, pronto tetralogía, MISIÓN IMPOSIBLE). Sin embargo, a la hora de demostrar que también puede resultar cómico ha actuado con más timidez. Primero fue su cameo en AUSTIN POWERS EN MIEMBRO DE ORO (2002), donde supo reírse de su imagen de superestrella de Hollywood; pero donde realmente dio el do de pecho (peludo) fue en su interpretación de Les Grossman en la recuperable TROPIC THUNDER (2008). Con el papel de un productor irritable e irritante, con exceso de kilos y de vello corporal, Tom Cruise arrancó carcajadas. Pero más sorprendente aún fue si cabe que en la gala que citaba al comienzo del artículo retomara ese mismo papel para interpretar un número humorístico.
No obstante, hay algo que no debemos pasar por alto: este acercamiento de Tom Cruise hacia la comedia es una herramienta para combatir la mala imagen que se ha granjeado en los últimos años con sus apariciones públicas y sus declaraciones a favor de la Iglesia de la Cienciología. La jugada se ha completado con su regreso oficial a la comedia gracias a la película NOCHE Y DÍA (2010), vehículo para su lucimiento y para el de su partenaire Cameron Díaz, quienes viajan a través de medio mundo en una comedia de espías y acción de la vieja escuela, reminiscente tanto de CHARADA (1963), la saga James Bond o el cine de Alfred Hitchock como de títulos más recientes tales como MENTIRAS ARRIESGADAS (1994) o SR. Y SRA. SMITH (2005). Independientemente de la osadía (¿inconsciencia?) de situar unos San Fermines en Sevilla, la película es un divertimento notablemente agradable que se disfruta con tanta facilidad como se olvida pero que, en comparación con lo que se está estrenando este verano, se erige como uno de los productos más satisfactorios de la época estival en la que nos encontramos. Con NOCHE Y DÍA Cruise consigue su objetivo: durante algo menos de dos horas realmente vemos a un Tom que se lo pasa bien y que hace disfrutar, y casi nos hace olvidar que es ese tipo que reniega de la psicología y reza por las noches a los extraterrestres. Misión cumplida.