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3 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 2: Jaume Balagueró y la síntesis del mal.

Jaume Balagueró fotografiado por
Xavier Torres Bacchetta. 

Nacido el 2 de Noviembre de 1968 en Lérida, aunque criado en Barcelona, Jaume Balagueró estuvo desde muy joven expuesto al Mal: las maratones de películas a las que asistía en un cine de Vendrell le descubrieron los peligrosos e hipnóticos encantos de George A. Romero, William Lustig o Lucio Fulci, provocando en el joven Jaume una irrefrenable voluntad de descubrimiento y posterior creación de cine fantástico y de terror que culminaría en una de las filmografías más interesantes y personales del panorama español. Repasemos brevemente su trayectoria. 


Los primeros pasos: horror, fanzines y cintas de vídeo. 

Portada del Zineshock nº1
Animado por su pasión por el cine y los medios de masas, Jaume Balagueró se licencia en Ciencias de la Comunicación en 1991 por la Universidad Autónoma de Barcelona. Convencido de que lo suyo es hacer películas, decide matricularse en el CECC (Centro de Estudios Cinematográficos de Cataluña) y pronto comienza una carrera paralela como periodista, colaborando en varias revistas donde se explaya sobre su amor por el cine de género. Sus ansias de difusión llegan hasta tal punto que decide dirigir en 1991 su propio fanzine, titulado Zineshock y de grato recuerdo para los que tuvieron el privilegio de disfrutarlo en dicha época. Con las ideas muy claras, no deja de proclamar su defensa del cine de terror y el gore, algo que no abandona en toda su carrera, aunque posteriormente prefiere encaminarse hacia derroteros más psicológicos que sanguinolentos. 

Reuniendo valentía y fuerzas, Balagueró decide que es el momento de pasar a la acción y desfogarse rodando sus propias piezas, aunque por el momento sólo pueda filmarlas en formato vídeo. Así surgen dos rarezas imposibles de localizar, tituladas El niño bubónico (1991) y La invención de la leche (1993). A la espera de poder filmar algo de manera más profesional, Balagueró comienza también un breve periplo radiofónico gracias al programa La espuma de los días, dirigido por él mismo para Radio L'Hospitalet. 


Llega el celuloide: Alicia y Días de luz. 

1994 es el año en el que consigue rodar al fin un cortometraje en 35mm, de título Alicia. Con un inicio provocador e incómodo, el corto comienza con la imagen de una joven vestida sólo con unas bragas, acariciándose el bajo vientre, cuando sufre su primera menstruación y mancha de sangre el libro que tenía bajo sus pies, de título El drama de Jesús. Entonces aparecen dos tipos vestidos con trajes de látex y máscaras anti-gas (en lo luego será una constante visual en su filmografía) y la fecundan mediante una técnica, digamos, poco ortodoxa... Con efectos especiales de la por entonces casi recién estrenada DDT, Alicia supone un alucinógeno experimento que combina imágenes surrealistas con citas visuales que van desde el David Lynch de Cabeza borradora hasta la imaginería sexualizada y robótica de H. R. Giger, todo en un costroso blanco y negro muy propio de los cortometrajes españoles de la época y la evidente subversión de los símbolos cristianos. Y, además, marca un hito profesional en la carrera de Balagueró, ya que consigue alzarse con el galardón al mejor cortometraje en el Festival de Sitges. 

Estos resultados animan a Balagueró para acometer un proyecto algo más ambicioso, ahora rodado en color y que, ya desde su póster promocional, reincide en la idea de presentar un contexto en el que Dios ha dejado de existir para los protagonistas. Con un acabado más elaborado y profesional, Días sin luz (1995) ya cuenta con apoyo económico del ICAA y la Generalitat de Catalunya, algo que se nota en los valores de producción, pero no en su radicalismo temático, que sigue intacto a pesar de la ayuda de los organismos oficiales. En los créditos nos encontramos también con Nacho Cerdá en labores de producción. Narrada por una voz en off, refleja los momentos que han marcado la vida del niño protagonista, los cuales, como ya ocurría en Alicia, tienen que ver con la dolorosa maternidad, con la orfandad, con el sexo malsano y con la sensación de abandono divino y el desamparo que todo ello conlleva. El miedo a la oscuridad, al peligro bacteriológico y al instrumental quirúrgico hacen también aquí acto de presencia, anticipando otros de los recursos habituales del cine de Balagueró. El resultado es otra pieza conceptual y gore, apartada del tono festivo que se llevaba por entonces y que ya comienza a dar muestras de rasgos autorales que irán unidos al resto de trabajos del director catalán. 


Balagueró y Filmax: la alianza del terror. 

A pesar del éxito en festivales de sus dos cortometrajes profesionales, Balagueró todavía tarda unos años en poder dirigir su primera película. Antes de ello, su nombre aparece como guionista y director de La ciutat de la sort (1997), episodio de la serie de televisión Nova Ficció. Además, podemos verle trabajando como actor en el cortometraje de David Alcalde Doctor Curry (1996), interpretando al Padre Church. 

Tras un par de años esperando su oportunidad, Los sin nombre (1999) marca el debut del director en el campo del largometraje. Se trata de una producción de Filmax con la que Julio Fernández volvía a financiar una película de corte fantástico después del descalabro comercial que supuso Fotos (Elio Quiroga, 1996). Basada en la novela La secta sin nombre de Ramsey Campbell, adaptada por el mismo Balagueró, Los sin nombre narra la historia de Claudia (Emma Vilarasau), una madre cuya hija desapareció y fue hallada muerta cinco años atrás. Ahora recibe la llamada telefónica de una niña que dice ser su hija y que le pide que vaya a buscarla. Con la ayuda del ex-policía que llevó el caso, Massera (Karra Elejalde), y la de un periodista especializado en fenómenos paranormales, Quiroga (Tristán Ulloa), Claudia emprende la búsqueda de su hija y se enfrenta a algo mucho más terrorífico que un fantasma. Esta opera prima nos presenta a un Balagueró plenamente consciente de que debe aprovechar el momento, dando lo mejor de sí mismo para construir una historia de terror psicológico en la que están presentes sus obsesiones, desde las visuales (las mascarillas, la oscuridad) hasta las conceptuales, empezando por la traumática separación materno-filial y culminando con lo que sería el aspecto clave de su cine, la columna vertebral de toda su trayectoria profesional: la búsqueda del mal en estado puro, sintetizado y utilizado como arma para destruir a su reverso. El final de Los sin nombre deja al público en estado de shock y, aunque los resultados económicos son más bien discretos, los premios conseguidos en los festivales de cine fantástico de todo el mundo colocan al director en el punto de mira de los productores, deseosos de explotar el talento de un joven cineasta con ganas de comerse el mundo a bocados.

Balagueró se mantiene fiel a Julio Fernández, hasta tal punto que acepta filmar, junto a su amigo Paco Plaza, el documental OT: La película (2002), experimento que los futuros directores de REC (2007) se toman como un divertimento y una forma de relajarse en mitad de proyectos más serios. Aunque a muchos les extrañe encontrarse con un título así en la filmografía de ambos, es hasta cierto punto comprensible que acepten el encargo: al fin y al cabo, se trata de irse de vacaciones pagadas siguiendo la gira de los triunfitos por toda España y filmándoles en el escenario y en situaciones cotidianas que, en un giro inesperado, aportan algunos momentos de un incómodo dramatismo, reflejando lo poco preparados que algunos de los aspirantes a estrella estaban para la que se les vino encima. Este paréntesis, no obstante, sólo es relevante porque supone el primer trabajo conjunto de dos cineastas que son amigos desde su época de cortometrajistas y que acabarán creando, también bajo la protección de Filmax, la saga que da sentido a esta serie de artículos.

Menos de un mes después del estreno de OT: La película, llega a las salas la verdadera segunda película de Jaume Balagueró: Darkness (2002). Ya no estamos ante una pequeña producción de la que nadie espera nada; ahora las expectativas están por las nubes, gracias al grato recuerdo de Los sin nombre y al hecho de que Darkness se presente como una co-producción con los Estados Unidos en la que los mismísimos hermanos Weinstein y su Miramax han invertido dinero, rodada en inglés, con reparto internacional y un presupuesto de diez millones de dólares. Quizá por todo ello, y a pesar de la buena taquilla, la película supone cierta decepción: reincide en las obsesiones balaguerianas (el miedo a los padres, la amenaza que acecha en la oscuridad, los hospitales) y abunda en el peculiar uso que el director hace de la cámara y el montaje para sacudir al espectador (en lo que se vino a llamar El efecto Balagueró), pero la historia guarda demasiadas similitudes conscientes con clásicos del género como Terror en Amityville (The Amityville horror. Stuart Rosenberg, 1979) y El resplandor (The shining. Stanley Kubrick, 1980) como para resultar sorprendente, degenerando en una película que nos sabemos ya de memoria, que tiene que cargar con el peso de algunas interpretaciones bastante flojas y que sólo presenta momentos aislados de brillantez dentro de un conjunto poco memorable, del que, pese a todo, sale victorioso Balagueró como creador de atmósferas y de imágenes terroríficas.

La mezcla OT + Darkness provoca cierto recelo en el aficionado, quien comienza a desconfiar en el talento de Balagueró para desarrollar historias que aguanten los noventa minutos de rigor más allá de los golpes de efecto. Quizá por ello Frágiles (2005) es recibida con algo de hostilidad, también por lo poco afortunado de colocar a alguien tan inapropiado como Calista Flockhart al frente de una película de terror, recaudando menos que la anterior cinta del director y siendo estrenada en Estados Unidos directamente en DVD, incluso habiendo sido rodada en inglés. Pero lo cierto es que estamos ante una película argumentalmente superior a Darkness y visualmente más poderosa que Los sin nombre, un cuento de horror para adultos protagonizado por niños que se rompen, hacinados en un hospital que se cae a trozos y en el que reside un fantasma al que llaman "la niña mecánica" (encarnada por esa pequeña scream queen española llamada Ivana Baquero). Con personajes bien desarrollados y una buena dosificación de sustos en mitad de un contexto dramático y opresivo, además de una utilización más inteligente de los clichés, Frágiles se erige en su momento como la mejor película de Jaume Balagueró para quien esto subscribe, pese a que la reacción generalizada entre crítica y público oscila entre la ignorancia y el desprecio.

2006 es el año en el que Chicho Ibáñez Serrador, con el apoyo de Filmax y Tele 5, resucita sus Historias para no dormir con la serie de telefilmes Películas para no dormir. Julio Fernández coloca a sus protegidos Paco Plaza y Jaume Balagueró en la lista de directores que se hacen cargo de las cintas, siendo sus capítulos dos de los tres mejores de los seis que se filmaron, junto al de Álex de la Iglesia. Para entrar a vivir (2006) anticipa el terror de rellano y escalera de REC (2007) y Mientras duermes (2011), ambientando la historia en un bloque de pisos abandonado al que una pareja de novios en busca de un nuevo hogar, Clara (Macarena Gómez) y Mario (Adrià Collado), hace una visita siguiendo un anuncio que prometía que el lugar estaba en perfectas condiciones para ser habitable de inmediato. Poco puede sospechar la pareja que la propietaria del inmueble (Nuria González) es una psicópata solitaria empeñada en hacer el mal y en conseguir una familia por métodos poco ortodoxos. Con guión del propio Balagueró en colaboración con Alberto Marini y una duración de menos de setenta minutos, Para entrar a vivir representa un nuevo punto álgido dentro de la filmografía del director catalán, una miniatura asfixiante y adrenalínica en la que Balagueró se permite algo más de relajación que en trabajos anteriores, en tanto que la trama es tan escueta como funcional, y carga las tintas sobre los violentos enfrentamientos entre los personajes protagonistas y esa némesis descocada que acecha entre las sombras. Una joya que reactiva definitivamente la fe puesta en el director en sus comienzos y que se perdió de alguna manera con su segunda película.

En 2007 y 2009 nos encontramos con REC y REC 2, dirigidas junto a Paco Plaza y de las que nos ocuparemos ampliamente en siguientes capítulos de este especial. Apuntar, no obstante y de cara a la continuidad de este artículo, que el primer REC constituye un éxito sorpresa que nace de la voluntad de hacer una película pequeña y se acaba convirtiendo, de manera en principio involuntaria, en el comienzo de la primera franquicia nominal del terror español. Su secuela, pese a que decepciona a algunos fans por el cambio de tercio que se produce en su argumento y, en cierta manera, en su estilo de filmación, sirve para ampliar el universo de la serie y comenzar una saga en la que cada nueva entrega se aparta de la precedente,  dejando al mismo tiempo un inevitable grado de continuidad.

La última película hasta el momento de Balagueró como director es 
Mientras duermes (2011), proyecto paralelo a una novela homónima de Alberto Marini publicada al mismo tiempo y que es plenamente característica del director. Gira en torno a la obsesión de un portero de edificios, César (Luis Tosar), incapaz de encontrar la felicidad y empeñado en arruinar la de sus inquilinos, especialmente de la risueña Clara (Marta Etura). Mientras duermes presenta un ligero cambio de rumbo en la filmografía del director, aunque también reincida en sus constantes, sin ahorrarnos la inevitable mascarilla anti-gas ni esa obsesión que tiene Balagueró por indagar en las raíces del mal, representado aquí por un escalofriante Luis Tosar que consigue dar miedo sin caer en histrionismos ni en demasiadas acciones violentas. Pero, precisamente por este punto, la cinta posee un suspense más elaborado que en anteriores propuestas de Balagueró, ya que toda la trama se construye en torno a este elemento y escatima en escenas expeditivas que, eso sí, cuando aparecen adquieren una capacidad de impacto mayor que cuando se sobrecarga al espectador con efectismos. Con Mientras duermes Balagueró levanta el pie del acelerador, dejando a un lado la trepidación de sus últimos trabajos y volviendo a sus orígenes, a esa síntesis del mal que perseguían sus primeros cortometrajes y su opera prima como cineasta.

Lo próximo será REC 4: Apocalipsis, punto y final a la franquicia después de que Paco Plaza se encargara de la explosiva REC 3: Génesis (2012), aunque todavía es pronto para hablar de ello.


Otros trabajos. 

Ya he mencionado anteriormente la aparición de Jaume Balagueró como actor en el cortometraje Doctor Curry (1996). No es esa la única ocasión en la que el director se pone delante de las cámaras: en 2009 demuestra que tiene sentido del humor cuando se presta a parodiar la saga en Spanish Movie, de Javier Ruiz Caldera. En el papel de bombero, Balagueró se ríe del estilo que popularizó la primera REC, dentro de una amalgama de cameos y chistes de diferente pelaje. 

Su nombre aparece también en la ficha de La monja (2005), primera cinta como director de Luis de la Madrid, anteriormente montador de Los sin nombre y Darkness, entre otras. Aunque la película es un despropósito, el guión de Manu Díez se basa en una historia original de Jaume Balagueró que refleja algo que ya estaba presente en sus cortos: el miedo hacia las figuras religiosas, concretamente hacia las monjas, convirtiendo a una de ellas en epítome del mal. 

Como muchos otros directores, Balagueró tiene en cuenta  las posibilidades expresivas que ofrecen las nuevas tecnologías. Así, terminamos este repaso a su filmografía con aquellos trabajos concebidos para su difusión por internet. El primero de ellos es Sr. Rosso (2007), rodado para el NotodoFilmfest únicamente con dos teléfonos móviles y la agradecida entrega de Macarena Gómez, Carlos Lasarte y Leticia Dolera. Es una pieza de cuatro minutos en la que Balagueró elabora el suspense gracias a la confusión que se produce cuando una chica recoge a un viajero en el aeropuerto que podría no ser quien dice. Un año después, ahora con mejores medios y un acabado visual mucho más deudor de sus largometrajes, Balagueró entrega para Teaserland (Festival de trailers falsos) la promo de una hipotética El exorcista V, casi parodiando lo que el público esperaría de una película suya (una niña poseída, oscuridad, escaleras...). Más ambicioso resulta el proyecto de La Wikipeli, promovido por Mahou, un esfuerzo colaborativo en el que más de 6000 usuarios de internet aportan sus ideas y opiniones para hacer un cortometraje de 25 minutos (casi diez utilizados para plasmar los nombres de los 6000 co-directores) que termina llamándose Miedo y es dirigido por Jaume Balagueró siguiendo las sugerencias de los internautas. Protagonizado por Macarena Gómez, Mario Casas y  María Castro, muestra lo que le sucede a un joven cuando, tras discutir con su novia, comete una infidelidad con una chica a la  que acaba de conocer en un bar. Y lo que sucede es, lo han adivinado, una historia de miedo en la que el muchacho es torturado por unos desconocidos con máscaras de payaso que buscan algo de él: su adrenalina. No faltan los rellanos en penumbra ni las madres raras en este trabajo de buena factura y muy propio de Balagueró, siempre al servicio de lo perverso, de lo extraño y de lo malvado... su territorio habitual.  

2 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 1: Una introducción al cine de terror español.


Quizá pueda parecer precipitado dedicar una serie entera de entradas a una saga cinematográfica de la que todavía queda, al menos, una entrega más por estrenar. El tiempo dirá si el impacto causado por las películas dirigidas por Jaume Balagueró y Paco Plaza es flor de un día o si perdurará en la memoria, alojándose indeleblemente en el recuerdo de los aficionados de la misma manera en la lo consiguieron las andanzas de los templarios de Ossorio o del Waldemar Daninsky de Paul Naschy. Pero REC es, hoy por hoy, la única saga de terror producida dentro de nuestras fronteras que ha logrado una continuidad consciente y alentada por el público, la primera que ha utilizado números detrás del título y también una de las pocas producciones españolas que ha conseguido estrenarse con buenos resultados fuera de nuestro país y hasta ser objeto de remakes de Hollywood. Por todo ello, y porque ahora mismo REC 3: Génesis se encuentra en las salas de cine, es un buen momento para dedicarle una semana entera a este fenómeno del que tendríamos que sentirnos orgullosos, no sólo por que apele a nuestro orgullo patrio (a quien lo tenga, claro), sino porque supone un regalo irreprochable para todos los que nos hemos criado devorando cine fantástico y de terror y añorábamos pasar miedo, sorprendernos y disfrutar en una sala de cine con esta mezcla de horror, fantasía, acción y humor. 


Un poco de historia: de Segundo de Chomón y el esplendor del Fantaterror al ostracismo provocado por la Ley Miró.

Hubo una época en la que los espectadores jóvenes nos acostumbramos a odiar el cine español o, como mínimo, a mirarlo por encima del hombro, con algo de desprecio y la sensación inapelable de que no estaba hecho para nosotros. Durante los años ochenta, con la implacable Ley Miró dominando el panorama (recordemos que, con este decreto, se potenció y subvencionó un cine de supuesto contenido social y artístico en detrimento del cine comercial y de género), se implantó entre todos nosotros la idea de que el cine español trataba siempre sobre "putas y maricones". Puede que este sea un axioma cafre y no del todo cierto, pero también es verdad que no le faltaba parte de razón. Aunque lo más grave es que cercenó lo que, hasta ese momento, y gracias a una política que facilitaba las co-producciones con otros países, estaba cerca de ser algo así como una industria cinematográfica. La gente pagaba por ver cine español porque le ofrecía entretenimiento, diversión, espectacularidad (toda la que era posible con los presupuestos exiguos que muy a menudo se manejaban, claro) y remedos "españolizados" de géneros en principio ajenos a nuestra tradición como el Western o el terror. 

Fotograma de La casa hechizada (1906).
Como suele ocurrir con todo en este país, el género fantástico llegó algo más tarde a nuestro cine que en otros lugares del globo. Y esto fue así por esa falta de tradición de la que hablaba antes, ya que, a pesar de que podamos encontrar casos aislados en nuestra literatura colindantes con el género (algunos relatos, las leyendas autóctonas, la obra de Bécquer e incluso  la influencia de nuestra propia educación cristiana), no se puede decir que poseamos un equivalente castizo al Frankenstein de Mary Shelley o al Drácula de Bram Stoker. Es por esto que, mientras que en Estados Unidos, Francia o Alemania los orígenes del cine están ligados íntimamente al mundo imaginario y al terror, en España nos tuvimos que conformar, por así decirlo, con un caso aislado como el de Segundo de Chomón, responsable de las primeras películas fantásticas de nuestra filmografía, aunque contaran con producción francesa, como La casa hechizada (1906) o El hotel eléctrico (1908).  No hubo un afán continuista en otros directores españoles, aportando durante el periodo de la República y durante la Guerra Civil y la Posguerra apenas un puñado de títulos apartados en el tiempo. Así, tendríamos que irnos hasta 1944 para encontrarnos con la que se suele considerar la primera película de terror netamente española, La torre de los jorobados de Edgar Neville. Pero tampoco logró ninguna continuidad.

Fotograma de Gritos en la noche (1962).

Es a partir de los años 60 cuando comienza a producirse un cambio en los profesionales del cine español, así como en los hábitos de consumo del público. Gracias a las colaboración con otros países, muchos técnicos y artistas autóctonos tuvieron la oportunidad de aprender bastante sobre el arte de hacer películas debido a su participación en grandes producciones foráneas que se rodaban en suelo nacional. Surge así la figura de Jesús Franco, cineasta venerado y odiado a partes iguales. Aunque hoy le reconozcamos sobre todo por su apabullante producción (resulta difícil saber exactamente cuántas cintas componen su filmografía) y por la dejadez formal de muchos de sus trabajos, su Gritos en la noche (1962) supuso un hito dentro del panorama del cine español, demostrando que había hueco para un cine de terror que recogía la influencia europea para llevarlo a nuestra idiosincrasia y que podía resultar disfrutable y creíble para un público ávido de emociones fuertes. Además, y aunque no fuera de manera premeditada ni inmediata, sino más bien muy dilatada a lo largo de los años y sin demasiada relación argumental, podríamos decir que fue la generadora de la primera saga terrorífica de nuestro país, ya que volveríamos a ver al Dr. Orloff (no siempre interpretado por Howard Vernon) en otros títulos posteriores: El enigma del ataúd (Santos Alcocer, 1969),  Orloff y el hombre invisible (La vie amoureuse de l'homme invisible. Pierre Chevalier, 1970), La venganza del doctor Mabuse (Jesús Franco, 1972), Los ojos siniestros del doctor Orloff (Jesús Franco, 1973), El siniestro doctor Orloff (Jesús Franco, 1984), Sola ante el terror (Jesús Franco, 1986) y Los depredadores de la noche (Les prédateurs de la nuit. Jesús Franco, 1987). Gracias al éxito del Tío Jess, provocado más por su insistencia que por la calidad intrínseca de sus películas, surgen otros nombres entregados al fantástico como  León Klimovsky, José Luis Madrid, Carlos Aured, Jorge Grau, Narciso Ibáñez Serrador o Eugenio Martín. Fue la etapa dorada de lo que se dio en llamar Fantaterror (Fantástico + Terror). 

Armando de Ossorio posa junto a uno de sus templarios.
Pero detengámonos en el otro gran nombre a tener en cuenta: Armando de Ossorio. Persona de la que todo el mundo hablaba maravillas, fue sin embargo un director que a menudo tenía que lidiar con cierta torpeza narrativa y con una carencia de medios económicos que no sabía muy bien cómo disimular. Aun así, de lo que no se puede dudar es de su acierto a la hora de utilizar la imaginería hispana para construir una saga terrorífica con identidad propia y que, sin ninguna duda, podemos calificar como el precedente más claro de lo que ha sucedido con la serie REC, en tanto que también estaba compuesta por cuatro títulos con personalidad propia. Ossorio, basándose en El monte de las ánimas y El miserere de Gustavo Adolfo Bécquer y un poco a rebufo del éxito de La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead. George A. Romero, 1968), estrenó en 1972 La noche del terror ciego, una película que seguía algunos de los hallazgos visuales y argumentales de la cinta de Romero pero que utilizaba unos caballeros templarios como amenaza. Aunque no fuera precisamente un prodigio de ritmo, La noche del terror ciego deslumbró visualmente gracias a la figura de esos esqueléticos templarios cabalgando en mitad de las brumas portuguesas y a la escalofriante partitura de Antón García Abril, elementos que dotaban de una personalidad inédita a esta primera entrega de lo que luego sería una saga continuada con El ataque de los muertos sin ojos (1973), El buque maldito (1974) y La noche de las gaviotas (1975), todas ellas con características bien definitorias y diferenciadoras entre sí. 

Fotograma de La marca del hombre lobo (1968)

Otra parada obligatoria es la de Jacinto Molina, alias Paul Naschy, campeón de halterofilia reciclado en actor y cineasta que fue el creador, actor principal y, en ocasiones, director de la saga protagonizada por el licántropo Waldemar Daninsky. Si bien Molina participó en muchos otros títulos imprescindibles para el Fantaterror, fueron sus encarnaciones de Daninsky las que servirían para que se ganara el cariño y el respeto de los aficionados al cine fantástico de todo el planeta. El hombre lobo de Paul Naschy haría acto de presencia en La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968), la misteriosa y desaparecida Las noches del hombre lobo (René Govar, 1968), Los monstruos del terror (Tulio Demicheli, 1970), La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1971), La furia del hombre lobo (José María Zabalza, 1972), Dr. Jekyll y el hombre lobo (León Klimovsky, 1972), El retorno de Walpurgis (Carlos Aured, 1973), La maldición de la bestia (Miguel Iglesias, 1975), El retorno del hombre lobo (Jacinto Molina, 1981), La bestia y la espada mágica (Jacinto Molina, 1983), El aullido del diablo (Jacinto Molina, 1987), Licántropo: El asesino de la luna llena (Francisco Rodríguez Gordillo, 1996) y Tomb of the werewolf (Fred Olen Ray, 2004), además de aparecer sin el nombre de Daninsky en las comedias Buenas noches, señor monstruo (Antonio Mercero, 1982) y Aquí huele a muerto... (¡Pues yo no he sido!) (Álvaro Sáenz de Heredia, 1989). Sin embargo, no se puede hablar de una saga con una continuidad interna propiamente dicha, sino más bien de una serie de películas independientes protagonizadas por el mismo personaje. 

Volviendo a los años ochenta, con el Decreto Miró en activo, el aficionado al horror con ñ tenía que conformarse con cintas aisladas que oscilaban entre lo sorprendente, como es el caso de Angustia (Bigas Luna, 1987), y lo bochornoso, como es Descanse en piezas (José Ramón Larraz, 1987). Prácticamente sólo un director se mantuvo inquebrantable, a excepción del infatigable Jesús Franco, a su pasión por el cine de género: Juan Piquer Simón. A menudo saqueando ideas que explotaban los últimos éxitos norteamericanos (algo que él siempre se negó a reconocer), Piquer Simón fue el responsable de títulos entrañables e imposibles como Supersonic Man (1980), Mil gritos tiene la noche (1982), Slugs, muerte viscosa (1988), La grieta (1990) o La mansión de Cthuthu (1992), además de algunos filmes familiares que adaptaban novelas de Julio Verne. 


La eclosión de los años noventa y la confirmación en el nuevo siglo.


Fotograma de El día de la bestia (1995).

A pesar de que el panorama oficial del cine español estaba anquilosado en fórmulas rancias de comedia y drama social, algo estaba sucediendo en la escena independiente: una nueva generación de cinestastas jóvenes, educados con el cine comercial norteamericano y rastreadores de rarezas del cine de género de cualquier nacionalidad (y que, en ocasiones, eran redactores de fanzines que rememoraban tiempos pretéritos en los que aquí se hacía terror de calidad), comenzó a llamar la atención de los productores gracias a una serie de cortometrajes que daban buena muestra de que algo estaba destinado a cambiar muy pronto dentro de los márgenes del cine español. Surgen por esta época piezas como Mirindas asesinas (Álex de la Iglesia, 1991), Evilio (Santiago Segura, 1992), Aftermath (Nacho Cerdá, 1994), Luna (Alejandro Amenábar, 1994), Alicia (Jaume Balagueró, 1994) o el más tardío Abuelitos (Paco Plaza, 1999), además de un largometraje totalmente independiente, brutal e irrepetible como fue La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos (Antonio Blanco y Ricardo Llovo, 1993). Sobre la obra de Paco Plaza y Jaume Balagueró me ocuparé en siguientes capítulos de este monográfico, de ahí que deje sus aportaciones en un segundo plano durante esta introducción.

Fotograma de Tesis (1996).
Los que más rápido y de manera más estruendosa calaron en el público español fueron Álex de la Iglesia y Alejandro Amenábar. Con ellos se produjo un fenómeno inaudito: por primera vez en muchos años, el público joven estaba dispuesto a pagar para ver una película española. El primero consiguió llamar la atención tímidamente con Acción Mutante (1992), pero fue con El día de la bestia (1995) cuando consiguió convertirse en una figura indispensable de nuestro cine, en un ídolo para una nueva generación de espectadores y en la gran esperanza para los que soñaban con un cine de género hablado en castellano. Su filmografía posterior ha ido por otros derroteros, dando mayor relevancia al componente cómico y satírico que al terrorífico, pero sirvió de revulsivo para que los productores comenzaran a confiar en que un nuevo tipo de cine era posible. Así surge también la figura de un por entonces prometedor Alejandro Amenábar, firmante de la triunfal Tesis (1996) y después director de Abre los ojos (1997) y de una de las cintas más taquilleras de la historia de nuestro país, Los otros (The others. 2001), antes de embarcarse en proyectos que no nos incumben. Aunque a muchos no nos guste el rumbo que ha tomado su carrera y ahora parezca que reniega de sus orígenes, es justo reconocer la importancia de Amenábar en nuestro cine de género. Gracias a la buena acogida popular de sus dos primeros títulos y, sobre todo, al inconmensurable taquillazo que le reportó el tercero, comenzaron a surgir otras propuestas interesantes, fuera de los grandes largometrajes conocidos por todos, que contribuyeron a fundar una nueva etapa dorada para el terror hispano, como 99.9 (Agustí Villaronga, 1997), Memorias del Ángel Caído (David Alonso, Fernando Cámara, 1998), La Biblia Negra (David Pujol, 2001), Nos miran (Norberto López Amado, 2002), Ouija (Juan Pedro Ortega, 2003) o Eskalofrío (2008), junto con otros menos logrados como Hipnos (David Carreras, 2004), Los abandonados (The abandoned. Nacho Cerdà, 2006), Imago Mortis (Stefano Bessoni, 2009) o el díptico compuesto por La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2010) y La herencia Valdemar II: La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2011). Incluso, gracias a la influencia del renacimiento del terror adolescente en Estados Unidos y a los buenos resultados de las series juveniles españolas como Al salir de clase, Nada es para siempre o Compañeros, tuvimos aquí nuestra ración de acné en peligro de muerte gracias a (o por culpa de) las poco memorables El arte de morir (Álvaro Fernández Armero, 2000), School Killer (Carlos Gil, 2001) o Tuno negro (Pedro L. Barbero, Vicente J. Martín).

Logo de la extinta Fantastic Factory.
Junto a estos trabajos menos exitosos, se alzaron triunfantes (dejando de momento a un lado los títulos firmados por Plaza y Balagueró, como ya indiqué antes) dos obras de desigual interés protagonizadas por la más bien incómoda Belén Rueda, primero la funcional y poco sorprendente El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) y después la estimulante Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010). Ambas fueron producciones del mexicano Guillermo del Toro, quien además dirigió otros dos de los largometrajes más rentables y recordados del terror español, la escalofriante El espinazo del Diablo (2001) y la bella y telúrica El laberinto del fauno (2006). Pero del Toro no fue el único cineasta extranjero que puso los ojos aquí: el mismísimo Roman Polanski, adaptando una novela de Arturo Pérez-Reverte, filmó en Toledo parte de la co-producción La novena puerta (The ninth gate, 1999), aunque más importante es el hecho de que todo un pope de la Serie B internacional como Brian Yuzna pusiera sus ojos sobre España para fundar aquí una productora en alianza con la Filmax de Julio Fernández (quien acogería en su seno los talentos de Jaume Balagueró y Paco Plaza). Surge así la Fantastic Factory, de la cual salieron nueve títulos antes de desaparecer en 2007. Fueron los siguientes: Faust, la venganza está en la sangre (Brian Yuzna, 2000), Arachnid (Jack Sholder, 2001), Dagon. La secta del mar (Stuart Gordon, 2001), Darkness (Jaume Balagueró, 2002), Romasanta. La caza de la bestia (Paco Plaza, 2003), Beyond Re-Animator (Brian Yuzna, 2003), Rottweiler (Brian Yuzna, 2004), La monja (Luis de la Madrid, 2005) y Bajo aguas tranquilas (Brian Yuzna, 2006). Los pobres resultados económicos de casi todos ellos (exceptuando el de Balagueró) y las malas críticas hicieron que Brian Yuzna diera por concluida su aventura española.

Fotograma que presentaba cada una de las
 Películas para no dormir. 
Pero Julio Fernández quería seguir apostando por el fantástico y decidió esta vez resucitar un formato de prestigio y que había calado muy hondo en la imaginería popular española. Así, en 2006, surgiría Películas para no dormir, una serie de telefilmes que homenajeaban al añorado programa de televisión Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador. Este mito de los medios fue convocado para dirigir uno de los episodios, La culpa, dando como resultado uno de los más flojos junto con los de Mateo Gil (Regreso a Moira) y Enrique Urbizu (Adivina quién soy). Mucho más disfrutables fueron el episodio de Álex de la Iglesia (La habitación del niño) y, sobre todo, los de Paco Plaza (Cuento de Navidad) y Jaume Balagueró (Para entrar a vivir). Lamentablemente, Tele 5, cadena televisiva que supuestamente tenía que emitir la serie, maltrató el proyecto sin emitirlo por completo, provocando que estos telefilmes tuvieran que ser disfrutados exclusivamente gracias a un bello pack editado por Filmax en DVD. No obstante, Películas para no dormir es importante también porque supone el germen de lo que luego sería la saga REC: mientras que Cuento de Navidad mostraba por primera vez la pasión reencontrada de Paco Plaza con sus orígenes como espectador de cine de derribo (que es una de las bases sobre las que se sustenta REC 3: Génesis, incluyendo esa peculiar utilización de clásicos de la música reciente española, en este caso Baccara), Para entrar a vivir demostraba que se podía filmar una película de terror, tensa, furiosa, enérgica y electrizante sin apenas salir de un bloque de pisos (lo que constituía un buen ensayo para la inmediata REC, aunque no estuviera filmada con la técnica documental). Lejos quedaban ahora los días en los que Julio Fernández les traspasaba a Plaza y Balagueró el marrón de dirigir OT: La película (2002). Ahora confiaba en estos jóvenes talentos para llevar a cabo empresas más interesantes, habida cuenta de que sus aportes tanto para la Fantastic Factory como para Películas para no dormir fueron de los más celebrados. Así que no puso demasiadas pegas cuando ambos le propusieron una idea en principio bastante loca: un largometraje de terror con forma de falso documental, ambientado en una única localización, con actores semidesconocidos y con un planteamiento de rodaje casi de guerrilla. Así nació REC (2007) y así  fue como marcaron un hito en el cine de nuestro país, del que nos seguiremos ocupando en los siguientes capítulos de este especial.