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7 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 6: 'REC 3: Génesis', boda de sangre.

(REC 3: Génesis. Paco Plaza. España. 2012. 80 minutos) 

En 2010, un año después de REC 2, apareció una noticia que fue recibida con entusiasmo y escepticismo a partes iguales, dependiendo de a qué sector del público se consultara: la saga continuaría con dos títulos más, de los cuales uno explicaría los orígenes de la infección, en forma de precuela, y el otro narraría lo sucedido después del final de la segunda parte. Y habría una novedad importante, ya que cada director se ocuparía de una de las películas en solitario. Así, Paco Plaza se encargaría de REC 3: Génesis, mientras que Jaume Balagueró haría lo mismo con REC 4: Apocalipsis.

En una breve charla que compartí con Paco Plaza y Leticia Dolera en el Festival de Sitges de 2010, a los que abordé, amparándome en mi bendita acreditación de prensa, antes del estreno del mágico corto dirigido por Dolera, Lo siento, te quiero (2009), Plaza me comentó que estaban trabajando en la preproducción y que intentarían tener lista REC 3 para Octubre de 2011, de cara a estrenarla en el mismo Sitges. Finalmente no fue posible, así que trazó un plan alternativo: REC 3: Génesis se convertiría en un cortometraje que explicaría los orígenes de la niña Medeiros y que, a modo de adelanto, estrenaría en el festival de 2011, unos meses antes de que llegara REC 3, el largometraje, a los multicines. El plan tampoco cuajo, aunque la historia de la niña Medeiros terminaría formando parte de la colección de historias inéditas que serían después publicadas en formato cómic, como veremos en el último capítulo de este monográfico.

Finalmente, REC 3: Génesis ha llegado a las carteleras el 30 de Marzo de 2012, entre el jolgorio de los que la esperábamos con ansias, sabiendo perfectamente a qué nos ateníamos, y la frustración de los que, tras sentirse engañados por la segunda parte, rezaban por un regreso a los postulados de la primera entrega.




Para empezar, sorprende que no nos encontremos ante una precuela de la saga, tal y como los medios se habían empeñado en señalar. REC 3 transcurre paralelamente a los acontecimientos acaecidos en las dos anteriores películas, a los que se hace mención insertando imágenes del edificio acordonado que aparecen en un informativo de televisión. El escenario es un enlace matrimonial, el de Clara (Leticia Dolera) y Koldo (Diego Martín), enamorados hasta las trancas y dispuestos a unirse en matrimonio hasta que la muerte los separe. El Génesis del título, entonces, no hace mención al origen de la condición demoníaca de la niña Madeiros, el cual queda explicado en el cómic, sino que es una referencia bíblica enunciada por el cura que oficia la boda, comparando lo que sucede a su alrededor con el nacimiento de una nueva era dominada por  los ángeles caídos sobre la faz de la Tierra. Durante estos primeros minutos Paco Plaza hace suya la saga, retorciendo las posibilidades del formato y llevándolas al paroxismo, comenzando la película con el menú de un DVD que presenta un montaje fotográfico de la feliz pareja al son del Gavilán o paloma de Pablo Abraira. Ya en la boda, nos encontramos con el feliz hallazgo del mano a mano audiovisual que se marcan el joven Adrián (Àlex Monner) y el muy carismático Atún (Borja Glez. Santaolalla, acreditado como Sr. B), este último un obseso de la imagen que pretende hacer cine con material de bodas, bautizos y comuniones. Allí está también el tío Víctor (Emilio Mencheta), quien llega a la celebración con una mordedura de perro en la mano. Detalle importante para los que no hayan leído el cómic: el cánido que le hace la herida no es otro que Max, la mascota de Jennifer, de la que anteriormente, en la primera parte, se había dicho que se encontraba en una clínica veterinaria. De esa clínica es de donde viene Víctor y es quien porta el virus demoníaco, siendo responsable de la ola de sangre y crímenes que azota el banquete.

En este punto la película se transforma, coincidiendo con el inicio del gore y los sustos. Hasta este instante, Plaza ha respetado el formato del found-footage, utilizándolo con mucho sentido del humor y reincidiendo, como ya hiciera en REC 2 con Suspiros de España y en Cuento de Navidad con Yes sir, I can boogie, en la utilización de una banda sonora totalmente desfasada e inesperada (añadan a Pablo Abraira el Eloise de Tino Casal y el Chup Chup de Australian Blonde, entre otros) que se transforma en icónica en el momento en el que la mezcla con el horror, y ha dotado a la película de un halo costumbrista que aporta una fescura incuestionable a la saga. Pero, en una decisión que para muchos ha supuesto traicionar el espíritu REC, decide romper con esa limitación y transformar la película en un espectáculo filmado en pantalla panorámica, cargado de travellings y con una fotografía recargada que nos lleva por momentos al mejor cine de terror italiano (aunque también al peor, hasta tal punto que a veces podríamos pensar que estamos ante una película de Bruno Mattei hecha con buen gusto estético, dicho esto como elogio y no como insulto). Para el director supone una liberación y para nosotros también, al menos para los que hemos entendido en qué se sustenta la evolución de la serie: machacar las expectativas del público y ofrecerle una película distinta a cada nueva entrega. Algo que, tristemente, no encaja demasiado bien en las mentes cuadriculadas de los que se sienten más cómodos cuando les dan una y otra vez lo mismo, y que sin duda ha repercutido negativamente en las opiniones que se están vertiendo sobre la película en internet. Sobre la imbecilidad de los adolescentes que tachan la película de cutre durante la primera media hora, mejor no profundizo.




En realidad, REC 3: Génesis, en contra de lo que pudiera parecer si tenemos en cuenta que estamos hablando del tercer capítulo de una serie de éxito, no es un film destinado a gustar a la mayoría. En ese sentido, se puede decir que está condenado a la incomprensión de la crítica tradicional y del público estándar. Y es que los espectadores que de verdad disfrutarán de la película son aquellos que se han curtido en los cines de barrio, los que no se perdían Noche de lobos y aullaban de emoción cada vez que localizaban alguna joya semidesconocida en su videoclub, está hecha para los que se han quemado los ojos viendo Demons, El ejército de las tinieblas, Braindead y Mortal Zombie. O, como mínimo, para los que no entren en la sala cargados de prejuicios, los que están dispuestos a subirse al tren de la bruja y dejarse arrastrar hacia el pasaje del terror, los que saben reírse con el gran guiñol y no pretenden encontrar en la película más de lo que la película pretende ofrecer, que no es otra cosa que un plausible divertimento multireferencial con los ojos puestos en la mejor Serie B. Sólo un pequeño reparo: la incómoda sensación de que aniquilan demasiado pronto a algunos de los mejores personajes secundarios, mientras que dan más tiempo de pantalla a otros menos interesantes. Pero sólo puedo sentir amor hacia una película que muestra lo mejor de Paco Plaza y que convierte en una figura mítica a la encantadora Leticia Dolera, arrebatadora en  todo momento y transformada ya en icono para los amantes de las reinas del grito con acento español.





6 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 5: 'REC 2', terror y acción en primera persona.

(REC 2. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2009. 85 minutos) 

Quince minutos después de que Ángela Vidal desaparezca entre las sombras del ático, arrastrada por las manos huesudas de la niña Medeiros, un oficial médico y un grupo de GEOS irrumpen en el edificio para evaluar la situación y acabar con la amenaza. Armados con escopetas, fusiles automáticos y cámaras alojadas en sus cascos, los GEOS no tardarán en encontrarse con los infectados... o con algo peor.




Como sus propios autores reconocen y como ya he señalado en anteriores capítulos de este especial, REC surgió como un divertimento que afrontaron como un proyecto fácil y económico, una manera de pasarlo bien antes de embarcarse en empresas más complejas desde perspectivas logísticas y argumentales. Sin embargo, el estruendoso éxito que cosechó (el equivalente a unos 30 millones de euros sumando la taquilla mundial, frente a 1.5 de presupuesto), las favorables reacciones de parte de la crítica y, sobre todo, la insistencia de un público que pedía más, motivaron que Jaume Balagueró y Paco Plaza se vieran obligados a plantearse cómo podrían continuar la historia y cómo volver a sorprender a una audiencia que ya no acudiría virgen a las salas. Envalentonados por el triunfo, Plaza y Balagueró tuvieron la alocada idea de rodar cada uno una película distinta, en el mismo escenario pero dirigiendo cada uno a un equipo diferente, para luego proyectar cada cinta en salas de cine contiguas. Evidentemente, Julio Fernández, desde Filmax, les tuvo que parar los pies, ya que lo consideraba un proyecto inviable. Los directores querían seguir adelante con la serie, pero no sabían cómo. La respuesta la hallaron en una célebre secuela que tomaron como ejemplo: Aliens, el regreso (Aliens. James Cameron, 1986).  Si la versión de Ridley Scott era REC, esta segunda parte iba a poder compararse con el ejercicio que realizó Cameron con Aliens. Es decir, si antes nos entregaron una angustiante obra de terror puro y minimalista, ahora tocaba el turno de hacer algo más espectacular, donde primara la acción por encima del suspense y que, además, contribuyese a crear toda una mitología en torno a la serie. También, como gran novedad, cabe destacar la introducción de un sentido del humor que, sin llegar a la parodia, dotaba a la cinta de un tono menos asfixiante y más ligero que la anterior, algo que no fue muy bien recibido por algunos espectadores, a los que quizá cogió demasiado desprevenidos dicho cambio.  Retomando la historia justo donde acababa la anterior película, los cineastas apostaron fuerte y, a pesar de seguir utilizando recursos del mockumentary o el found-footage como rasgo distintivo, optaron por dejar de disimular: si en REC prescindían de los títulos de crédito hasta el final, para potenciar la sensación de que estábamos ante un reportaje sin editar, aquí no dudan a la hora de presentar el invento como una película, con sus créditos iniciales y hasta con la utilización de música extradiegética. Esto, que de entrada podría parecer una traición al espíritu de la primera parte, no hace más que acrecentar el carácter festivo y desprejuiciado del conjunto, concebido como si fuera un circo de tres pistas en el que impera el más difícil todavía.

Como he dicho antes, la historia nos sitúa quince minutos después del final de la primera parte, en el mismo escenario, pero con distintos protagonistas. Como novedad, no sólo argumental, sino también narrativa (puesto que a mitad de metraje la película retrocede para mostrarnos otro punto de vista), la acción se divide en dos frentes. Por un lado está el equipo armado, aliado con un tal Dr. Owen (Jonathan Mellor) que tiene mucho que esconder y que posee las respuestas sobre el origen del brote infeccioso. La película no tarda en desvelar que los zombis o infectados de REC no eran tales, sino que en realidad eran... poseídos. Con este descubrimiento la cinta adquiere un cariz distinto a la anterior, llevando el terror a un nuevo nivel gracias a este componente religioso que se encontraba casi completamente ausente hasta ahora, salvo por lo insinuado en el clímax final de la primera parte. Los poseídos acechan en cada rincón, pero el objetivo de Owen no es utilizar a los GEOS para destruirlos, sino para que le ayuden a llegar al ático y encontrar una muestra de sangre de la niña Medeiros. Allí fue la última vez que vimos a Ángela Vidal (Manuela Velasco).  La volveremos a ver en esta segunda parte, aunque en circunstancias distintas que sirven para crear más suspense: ¿Cómo sobrevivió? ¿Qué pasó con la niña Medeiros? ¿Cómo ha salido del ático? Por otra parte, existe una línea argumental paralela en la que tres adolescentes y un personaje del que ya habíamos oído hablar (el padre de Jennifer, que fue a buscar medicinas, ¿recuerdan?) se adentran en el edificio y se ven inmersos en mitad del caos. Ambas tramas terminan confluyendo en una media hora final que se entrega totalmente al fantástico y se aparta del pretendido realismo de REC, optando por una resolución sorprendente que no puede dejar indiferente a nadie.



Balagueró y Plaza, conscientes de que no iban a poder inocular el miedo entre el público de la misma manera en la que lo habían hecho previamente, buscaron el triunfo de REC 2 por otros caminos: una generosa dosis de acción balística (con planos que recrean el lenguaje visual de los shooters en primera persona), mayores dosis de sustos y gore (los monstruos no tardan en aparecer y, por si fuera poco, ahora sabemos que no hay ningún virus detrás de la catástrofe, sino algo mucho peor y de origen diabólico), la inclusión de humor negro y la conversión definitiva de Manuela Velasco en icono del cine de terror español, en una Ripley con sorpresa y con una cámara de vídeo como arma.  El resultado final de REC 2 es muy distinto y, al mismo tiempo, tan positivo como el de la primera parte, ya que se aleja de lo previsible y, aunque se repita forzosamente en algunos aspectos (las limitaciones de espacio y de la técnica narrativa empleada, que constituyen su mayor defecto y dejan en evidencia que la saga necesitaba un cambio de aires y, sobre todo, abandonar la narrativa del metraje encontrado), consigue erigirse como una secuela inteligente, furiosa y con personalidad propia. Motivos suficientes para seguir pidiendo más, aunque esta vez el éxito fuera menor, seguramente porque a muchos espectadores les costó entrar en el juego propuesto: el de aniquilar sus expectativas para ofrecerles algo diferente y, hasta cierto punto, rupturista.




5 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 4: 'REC', la esencia del miedo.

(REC. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2007. 75 minutos) 

Siguiendo este especial sobre la saga REC, nos detenemos, por fin, a desgranar qué supuso la primera película y por qué consiguió convertirse en un fenómeno sin precedentes.

Algo sorprendente es cómo se origina el proyecto: Según cuentan Paco Plaza y Jaume Balagueró, todo empezó mientras tomaban un refresco en una terraza y en al televisión emitían Aquí hay tomate, concretamente unas imágenes de Raquel Mosquera que ellos tildaron de "demoledoras". Esto coincidió con una conversación en torno a cómo crear una película de terror fresca, diferente y que supusiera un reto para el público, algo que nunca hubieran experimentado. Entonces saltó la chispa: la obsesión de los canales de televisión y los espectadores por la telerrealidad, el morbo y la agresividad audiovisual serían el vehículo perfecto para guiar al público por un túnel del terror en mitad de una sala de cine.




La película nos presenta a Ángela Vidal (Manuela Velasco), reportera del programa de televisión Mientras usted duerme, trabajando para mostrar a los espectadores cómo es el turno de noche en un parque de bomberos. Cuando suena la alarma y se desplaza junto a ellos para cubrir la emergencia, poco puede sospechar que se va a encontrar aislada en un bloque de pisos donde se ha desatado un virus que convierte a los infectados en imparables devoradores de carne humana. Sorteando el miedo y demostrando una profesionalidad inquebrantable, Ángela pide a su cámara que no deje de grabar, que no pierda detalle de lo que está ocurriendo, porque la gente tiene que saber qué está pasando allí dentro.

Miedo, angustia y pánico son tres elementos que definen al mejor cine de terror y que estaban presentes en casi la totalidad del escueto metraje de esta primera entrega de REC. Uno se podría preguntar si realmente era para tanto, si el éxito que consiguió la película estaba justificado y si los premios que le llovieron en diversos festivales tenían razón de ser. Vista la película cinco años después de su estreno, la respuesta es que sí, rotundamente sí. Para empezar porque es su intención de hacer pasar un mal rato al espectador está plenamente logrado, con todo lo que eso lleva de triunfal y, paradójicamente, de poco habitual  en un gran porcentaje del cine de terror actual (y siempre asumiendo que hay otra vertiente del género que no se puede valorar según el mayor o menor grado de miedo que provoque... como sucederá, de hecho, en parte de REC 2 y en la práctica totalidad de REC 3). Como el tiempo se ha encargado de demostrar, uno sufre más angustia cuando está contemplando algo que le podría pasar a él mismo que con historias de fantasmas, por muy adornadas que éstas estén y por mucha pátina de realismo que se le quiera dar. En REC no hace falta añadir artificiosamente esa capa porque ya viene impresa en su misma concepción, en su estructura no ya de documental, como se suele decir, sino de los propios brutos de cámara de lo que después podría ser un reportaje editado. Como ocurría en esas dos obras fundamentales, pese a quien pese, del engaño terrorífico que fueron Holocausto Caníbal (Cannibal holocaust. Ruggero Deodato, 1980) y El proyecto de la Bruja de Blair (The Blair witch project. Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), lo que vemos en esta película es, exclusivamente, lo que ven sus protagonistas. La diferencia es que, en la cinta que nos ocupa, esa intención de verismo está depurada hasta el extremo, de tal modo que su filmación se limita a una sola cámara y principalmente a planos secuencia en los que no hay demasiado lugar para los encuadres elaborados ni para los adornos extradiegéticos (apenas algún efecto sonoro soterrado que sirve para incrementar la tensión en momentos muy determinados).

Así que, a un nivel puramente visual, nos creemos la historia porque tiene apariencia de grabación real, y porque no exagera los elementos fantásticos de su leve trama hasta un clímax final (deudor de la imaginería de Chris Cunningham) en el que estamos ya entregados a cualquier cosa que nos quieran mostrar. En su día se dijo que REC era una experiencia hueca, un simple experimento formal, acusándola de falta de profundidad argumental. Sandeces. Es cierto que el mayor interés de la película reside en su forma y que su contenido no es más que una repetición de esquemas de probada eficacia, pero... ¿y qué? Como ejercicio de estilo sigue resultando gratificante y poderosamente eficaz, especialmente si la comparamos con la cantidad de películas que se han estrenado después amparándose en el found-footage... Los problemas de la cinta, de cualquier modo, no residen en esa falta de enjundia dramática, sino en algunos cabos sueltos de guión que al fin y al cabo casi benefician a la sensación global de caos y, sobre todo, en la elección errónea de algunos actores que resultan cuanto menos familiares y que malogran en parte la pretendida naturaleza verista de la propuesta, ya sea porque sus rostros nos suenan (ahí está por ejemplo Carlos Lasarte, cuyo papel en Los sin nombre es difícil de olvidar) o porque acusan demasiado su condición de intérpretes sobreactuando en determinados pasajes. Nada que ver con el gran trabajo de Manuela Velasco, acierto brutal de casting que sabe resultar creíble tanto en los momentos rutinarios como en las situaciones límite, aprovechando de manera muy inteligente su experiencia como presentadora televisiva, aunque a veces bordee ligeramente la exageración.



De cualquier manera, Paco Plaza y Jaume Balagueró tuvieron la habilidad para rellenar esos huecos que quedaron vaciós en el guión de REC gracias al modo en el que continuaron la saga con REC 2, dando respuestas a algunas de las incógnitas que, premeditadamente o no, dejaron sin solución en esta primera parte.




2 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 1: Una introducción al cine de terror español.


Quizá pueda parecer precipitado dedicar una serie entera de entradas a una saga cinematográfica de la que todavía queda, al menos, una entrega más por estrenar. El tiempo dirá si el impacto causado por las películas dirigidas por Jaume Balagueró y Paco Plaza es flor de un día o si perdurará en la memoria, alojándose indeleblemente en el recuerdo de los aficionados de la misma manera en la lo consiguieron las andanzas de los templarios de Ossorio o del Waldemar Daninsky de Paul Naschy. Pero REC es, hoy por hoy, la única saga de terror producida dentro de nuestras fronteras que ha logrado una continuidad consciente y alentada por el público, la primera que ha utilizado números detrás del título y también una de las pocas producciones españolas que ha conseguido estrenarse con buenos resultados fuera de nuestro país y hasta ser objeto de remakes de Hollywood. Por todo ello, y porque ahora mismo REC 3: Génesis se encuentra en las salas de cine, es un buen momento para dedicarle una semana entera a este fenómeno del que tendríamos que sentirnos orgullosos, no sólo por que apele a nuestro orgullo patrio (a quien lo tenga, claro), sino porque supone un regalo irreprochable para todos los que nos hemos criado devorando cine fantástico y de terror y añorábamos pasar miedo, sorprendernos y disfrutar en una sala de cine con esta mezcla de horror, fantasía, acción y humor. 


Un poco de historia: de Segundo de Chomón y el esplendor del Fantaterror al ostracismo provocado por la Ley Miró.

Hubo una época en la que los espectadores jóvenes nos acostumbramos a odiar el cine español o, como mínimo, a mirarlo por encima del hombro, con algo de desprecio y la sensación inapelable de que no estaba hecho para nosotros. Durante los años ochenta, con la implacable Ley Miró dominando el panorama (recordemos que, con este decreto, se potenció y subvencionó un cine de supuesto contenido social y artístico en detrimento del cine comercial y de género), se implantó entre todos nosotros la idea de que el cine español trataba siempre sobre "putas y maricones". Puede que este sea un axioma cafre y no del todo cierto, pero también es verdad que no le faltaba parte de razón. Aunque lo más grave es que cercenó lo que, hasta ese momento, y gracias a una política que facilitaba las co-producciones con otros países, estaba cerca de ser algo así como una industria cinematográfica. La gente pagaba por ver cine español porque le ofrecía entretenimiento, diversión, espectacularidad (toda la que era posible con los presupuestos exiguos que muy a menudo se manejaban, claro) y remedos "españolizados" de géneros en principio ajenos a nuestra tradición como el Western o el terror. 

Fotograma de La casa hechizada (1906).
Como suele ocurrir con todo en este país, el género fantástico llegó algo más tarde a nuestro cine que en otros lugares del globo. Y esto fue así por esa falta de tradición de la que hablaba antes, ya que, a pesar de que podamos encontrar casos aislados en nuestra literatura colindantes con el género (algunos relatos, las leyendas autóctonas, la obra de Bécquer e incluso  la influencia de nuestra propia educación cristiana), no se puede decir que poseamos un equivalente castizo al Frankenstein de Mary Shelley o al Drácula de Bram Stoker. Es por esto que, mientras que en Estados Unidos, Francia o Alemania los orígenes del cine están ligados íntimamente al mundo imaginario y al terror, en España nos tuvimos que conformar, por así decirlo, con un caso aislado como el de Segundo de Chomón, responsable de las primeras películas fantásticas de nuestra filmografía, aunque contaran con producción francesa, como La casa hechizada (1906) o El hotel eléctrico (1908).  No hubo un afán continuista en otros directores españoles, aportando durante el periodo de la República y durante la Guerra Civil y la Posguerra apenas un puñado de títulos apartados en el tiempo. Así, tendríamos que irnos hasta 1944 para encontrarnos con la que se suele considerar la primera película de terror netamente española, La torre de los jorobados de Edgar Neville. Pero tampoco logró ninguna continuidad.

Fotograma de Gritos en la noche (1962).

Es a partir de los años 60 cuando comienza a producirse un cambio en los profesionales del cine español, así como en los hábitos de consumo del público. Gracias a las colaboración con otros países, muchos técnicos y artistas autóctonos tuvieron la oportunidad de aprender bastante sobre el arte de hacer películas debido a su participación en grandes producciones foráneas que se rodaban en suelo nacional. Surge así la figura de Jesús Franco, cineasta venerado y odiado a partes iguales. Aunque hoy le reconozcamos sobre todo por su apabullante producción (resulta difícil saber exactamente cuántas cintas componen su filmografía) y por la dejadez formal de muchos de sus trabajos, su Gritos en la noche (1962) supuso un hito dentro del panorama del cine español, demostrando que había hueco para un cine de terror que recogía la influencia europea para llevarlo a nuestra idiosincrasia y que podía resultar disfrutable y creíble para un público ávido de emociones fuertes. Además, y aunque no fuera de manera premeditada ni inmediata, sino más bien muy dilatada a lo largo de los años y sin demasiada relación argumental, podríamos decir que fue la generadora de la primera saga terrorífica de nuestro país, ya que volveríamos a ver al Dr. Orloff (no siempre interpretado por Howard Vernon) en otros títulos posteriores: El enigma del ataúd (Santos Alcocer, 1969),  Orloff y el hombre invisible (La vie amoureuse de l'homme invisible. Pierre Chevalier, 1970), La venganza del doctor Mabuse (Jesús Franco, 1972), Los ojos siniestros del doctor Orloff (Jesús Franco, 1973), El siniestro doctor Orloff (Jesús Franco, 1984), Sola ante el terror (Jesús Franco, 1986) y Los depredadores de la noche (Les prédateurs de la nuit. Jesús Franco, 1987). Gracias al éxito del Tío Jess, provocado más por su insistencia que por la calidad intrínseca de sus películas, surgen otros nombres entregados al fantástico como  León Klimovsky, José Luis Madrid, Carlos Aured, Jorge Grau, Narciso Ibáñez Serrador o Eugenio Martín. Fue la etapa dorada de lo que se dio en llamar Fantaterror (Fantástico + Terror). 

Armando de Ossorio posa junto a uno de sus templarios.
Pero detengámonos en el otro gran nombre a tener en cuenta: Armando de Ossorio. Persona de la que todo el mundo hablaba maravillas, fue sin embargo un director que a menudo tenía que lidiar con cierta torpeza narrativa y con una carencia de medios económicos que no sabía muy bien cómo disimular. Aun así, de lo que no se puede dudar es de su acierto a la hora de utilizar la imaginería hispana para construir una saga terrorífica con identidad propia y que, sin ninguna duda, podemos calificar como el precedente más claro de lo que ha sucedido con la serie REC, en tanto que también estaba compuesta por cuatro títulos con personalidad propia. Ossorio, basándose en El monte de las ánimas y El miserere de Gustavo Adolfo Bécquer y un poco a rebufo del éxito de La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead. George A. Romero, 1968), estrenó en 1972 La noche del terror ciego, una película que seguía algunos de los hallazgos visuales y argumentales de la cinta de Romero pero que utilizaba unos caballeros templarios como amenaza. Aunque no fuera precisamente un prodigio de ritmo, La noche del terror ciego deslumbró visualmente gracias a la figura de esos esqueléticos templarios cabalgando en mitad de las brumas portuguesas y a la escalofriante partitura de Antón García Abril, elementos que dotaban de una personalidad inédita a esta primera entrega de lo que luego sería una saga continuada con El ataque de los muertos sin ojos (1973), El buque maldito (1974) y La noche de las gaviotas (1975), todas ellas con características bien definitorias y diferenciadoras entre sí. 

Fotograma de La marca del hombre lobo (1968)

Otra parada obligatoria es la de Jacinto Molina, alias Paul Naschy, campeón de halterofilia reciclado en actor y cineasta que fue el creador, actor principal y, en ocasiones, director de la saga protagonizada por el licántropo Waldemar Daninsky. Si bien Molina participó en muchos otros títulos imprescindibles para el Fantaterror, fueron sus encarnaciones de Daninsky las que servirían para que se ganara el cariño y el respeto de los aficionados al cine fantástico de todo el planeta. El hombre lobo de Paul Naschy haría acto de presencia en La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968), la misteriosa y desaparecida Las noches del hombre lobo (René Govar, 1968), Los monstruos del terror (Tulio Demicheli, 1970), La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1971), La furia del hombre lobo (José María Zabalza, 1972), Dr. Jekyll y el hombre lobo (León Klimovsky, 1972), El retorno de Walpurgis (Carlos Aured, 1973), La maldición de la bestia (Miguel Iglesias, 1975), El retorno del hombre lobo (Jacinto Molina, 1981), La bestia y la espada mágica (Jacinto Molina, 1983), El aullido del diablo (Jacinto Molina, 1987), Licántropo: El asesino de la luna llena (Francisco Rodríguez Gordillo, 1996) y Tomb of the werewolf (Fred Olen Ray, 2004), además de aparecer sin el nombre de Daninsky en las comedias Buenas noches, señor monstruo (Antonio Mercero, 1982) y Aquí huele a muerto... (¡Pues yo no he sido!) (Álvaro Sáenz de Heredia, 1989). Sin embargo, no se puede hablar de una saga con una continuidad interna propiamente dicha, sino más bien de una serie de películas independientes protagonizadas por el mismo personaje. 

Volviendo a los años ochenta, con el Decreto Miró en activo, el aficionado al horror con ñ tenía que conformarse con cintas aisladas que oscilaban entre lo sorprendente, como es el caso de Angustia (Bigas Luna, 1987), y lo bochornoso, como es Descanse en piezas (José Ramón Larraz, 1987). Prácticamente sólo un director se mantuvo inquebrantable, a excepción del infatigable Jesús Franco, a su pasión por el cine de género: Juan Piquer Simón. A menudo saqueando ideas que explotaban los últimos éxitos norteamericanos (algo que él siempre se negó a reconocer), Piquer Simón fue el responsable de títulos entrañables e imposibles como Supersonic Man (1980), Mil gritos tiene la noche (1982), Slugs, muerte viscosa (1988), La grieta (1990) o La mansión de Cthuthu (1992), además de algunos filmes familiares que adaptaban novelas de Julio Verne. 


La eclosión de los años noventa y la confirmación en el nuevo siglo.


Fotograma de El día de la bestia (1995).

A pesar de que el panorama oficial del cine español estaba anquilosado en fórmulas rancias de comedia y drama social, algo estaba sucediendo en la escena independiente: una nueva generación de cinestastas jóvenes, educados con el cine comercial norteamericano y rastreadores de rarezas del cine de género de cualquier nacionalidad (y que, en ocasiones, eran redactores de fanzines que rememoraban tiempos pretéritos en los que aquí se hacía terror de calidad), comenzó a llamar la atención de los productores gracias a una serie de cortometrajes que daban buena muestra de que algo estaba destinado a cambiar muy pronto dentro de los márgenes del cine español. Surgen por esta época piezas como Mirindas asesinas (Álex de la Iglesia, 1991), Evilio (Santiago Segura, 1992), Aftermath (Nacho Cerdá, 1994), Luna (Alejandro Amenábar, 1994), Alicia (Jaume Balagueró, 1994) o el más tardío Abuelitos (Paco Plaza, 1999), además de un largometraje totalmente independiente, brutal e irrepetible como fue La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos (Antonio Blanco y Ricardo Llovo, 1993). Sobre la obra de Paco Plaza y Jaume Balagueró me ocuparé en siguientes capítulos de este monográfico, de ahí que deje sus aportaciones en un segundo plano durante esta introducción.

Fotograma de Tesis (1996).
Los que más rápido y de manera más estruendosa calaron en el público español fueron Álex de la Iglesia y Alejandro Amenábar. Con ellos se produjo un fenómeno inaudito: por primera vez en muchos años, el público joven estaba dispuesto a pagar para ver una película española. El primero consiguió llamar la atención tímidamente con Acción Mutante (1992), pero fue con El día de la bestia (1995) cuando consiguió convertirse en una figura indispensable de nuestro cine, en un ídolo para una nueva generación de espectadores y en la gran esperanza para los que soñaban con un cine de género hablado en castellano. Su filmografía posterior ha ido por otros derroteros, dando mayor relevancia al componente cómico y satírico que al terrorífico, pero sirvió de revulsivo para que los productores comenzaran a confiar en que un nuevo tipo de cine era posible. Así surge también la figura de un por entonces prometedor Alejandro Amenábar, firmante de la triunfal Tesis (1996) y después director de Abre los ojos (1997) y de una de las cintas más taquilleras de la historia de nuestro país, Los otros (The others. 2001), antes de embarcarse en proyectos que no nos incumben. Aunque a muchos no nos guste el rumbo que ha tomado su carrera y ahora parezca que reniega de sus orígenes, es justo reconocer la importancia de Amenábar en nuestro cine de género. Gracias a la buena acogida popular de sus dos primeros títulos y, sobre todo, al inconmensurable taquillazo que le reportó el tercero, comenzaron a surgir otras propuestas interesantes, fuera de los grandes largometrajes conocidos por todos, que contribuyeron a fundar una nueva etapa dorada para el terror hispano, como 99.9 (Agustí Villaronga, 1997), Memorias del Ángel Caído (David Alonso, Fernando Cámara, 1998), La Biblia Negra (David Pujol, 2001), Nos miran (Norberto López Amado, 2002), Ouija (Juan Pedro Ortega, 2003) o Eskalofrío (2008), junto con otros menos logrados como Hipnos (David Carreras, 2004), Los abandonados (The abandoned. Nacho Cerdà, 2006), Imago Mortis (Stefano Bessoni, 2009) o el díptico compuesto por La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2010) y La herencia Valdemar II: La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2011). Incluso, gracias a la influencia del renacimiento del terror adolescente en Estados Unidos y a los buenos resultados de las series juveniles españolas como Al salir de clase, Nada es para siempre o Compañeros, tuvimos aquí nuestra ración de acné en peligro de muerte gracias a (o por culpa de) las poco memorables El arte de morir (Álvaro Fernández Armero, 2000), School Killer (Carlos Gil, 2001) o Tuno negro (Pedro L. Barbero, Vicente J. Martín).

Logo de la extinta Fantastic Factory.
Junto a estos trabajos menos exitosos, se alzaron triunfantes (dejando de momento a un lado los títulos firmados por Plaza y Balagueró, como ya indiqué antes) dos obras de desigual interés protagonizadas por la más bien incómoda Belén Rueda, primero la funcional y poco sorprendente El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) y después la estimulante Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010). Ambas fueron producciones del mexicano Guillermo del Toro, quien además dirigió otros dos de los largometrajes más rentables y recordados del terror español, la escalofriante El espinazo del Diablo (2001) y la bella y telúrica El laberinto del fauno (2006). Pero del Toro no fue el único cineasta extranjero que puso los ojos aquí: el mismísimo Roman Polanski, adaptando una novela de Arturo Pérez-Reverte, filmó en Toledo parte de la co-producción La novena puerta (The ninth gate, 1999), aunque más importante es el hecho de que todo un pope de la Serie B internacional como Brian Yuzna pusiera sus ojos sobre España para fundar aquí una productora en alianza con la Filmax de Julio Fernández (quien acogería en su seno los talentos de Jaume Balagueró y Paco Plaza). Surge así la Fantastic Factory, de la cual salieron nueve títulos antes de desaparecer en 2007. Fueron los siguientes: Faust, la venganza está en la sangre (Brian Yuzna, 2000), Arachnid (Jack Sholder, 2001), Dagon. La secta del mar (Stuart Gordon, 2001), Darkness (Jaume Balagueró, 2002), Romasanta. La caza de la bestia (Paco Plaza, 2003), Beyond Re-Animator (Brian Yuzna, 2003), Rottweiler (Brian Yuzna, 2004), La monja (Luis de la Madrid, 2005) y Bajo aguas tranquilas (Brian Yuzna, 2006). Los pobres resultados económicos de casi todos ellos (exceptuando el de Balagueró) y las malas críticas hicieron que Brian Yuzna diera por concluida su aventura española.

Fotograma que presentaba cada una de las
 Películas para no dormir. 
Pero Julio Fernández quería seguir apostando por el fantástico y decidió esta vez resucitar un formato de prestigio y que había calado muy hondo en la imaginería popular española. Así, en 2006, surgiría Películas para no dormir, una serie de telefilmes que homenajeaban al añorado programa de televisión Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador. Este mito de los medios fue convocado para dirigir uno de los episodios, La culpa, dando como resultado uno de los más flojos junto con los de Mateo Gil (Regreso a Moira) y Enrique Urbizu (Adivina quién soy). Mucho más disfrutables fueron el episodio de Álex de la Iglesia (La habitación del niño) y, sobre todo, los de Paco Plaza (Cuento de Navidad) y Jaume Balagueró (Para entrar a vivir). Lamentablemente, Tele 5, cadena televisiva que supuestamente tenía que emitir la serie, maltrató el proyecto sin emitirlo por completo, provocando que estos telefilmes tuvieran que ser disfrutados exclusivamente gracias a un bello pack editado por Filmax en DVD. No obstante, Películas para no dormir es importante también porque supone el germen de lo que luego sería la saga REC: mientras que Cuento de Navidad mostraba por primera vez la pasión reencontrada de Paco Plaza con sus orígenes como espectador de cine de derribo (que es una de las bases sobre las que se sustenta REC 3: Génesis, incluyendo esa peculiar utilización de clásicos de la música reciente española, en este caso Baccara), Para entrar a vivir demostraba que se podía filmar una película de terror, tensa, furiosa, enérgica y electrizante sin apenas salir de un bloque de pisos (lo que constituía un buen ensayo para la inmediata REC, aunque no estuviera filmada con la técnica documental). Lejos quedaban ahora los días en los que Julio Fernández les traspasaba a Plaza y Balagueró el marrón de dirigir OT: La película (2002). Ahora confiaba en estos jóvenes talentos para llevar a cabo empresas más interesantes, habida cuenta de que sus aportes tanto para la Fantastic Factory como para Películas para no dormir fueron de los más celebrados. Así que no puso demasiadas pegas cuando ambos le propusieron una idea en principio bastante loca: un largometraje de terror con forma de falso documental, ambientado en una única localización, con actores semidesconocidos y con un planteamiento de rodaje casi de guerrilla. Así nació REC (2007) y así  fue como marcaron un hito en el cine de nuestro país, del que nos seguiremos ocupando en los siguientes capítulos de este especial.

9 mar 2012

'Luces rojas'

(Red lights. Rodrigo Cortés. Estados Unidos / España. 2012. 119 minutos) Resulta muy difícil escribir sobre determinadas películas sin destripar involuntariamente algún detalle importante de su argumento. A veces basta con que pongamos al espectador sobre aviso para que éste sienta un irrefrenable deseo de seguir leyendo (o, aunque evite este paso, ya se predispone a realizar un visionado de la película más activo y descreído de lo normal). Voy a hacer lo posible por no desvelar nada importante, aunque sí les recomendaría que no siguieran leyendo y que no vieran el tráiler de Luces rojas en caso de que no quieran arriesgarse. No obstante, si han visto los posters promocionales ya habrán podido leer frases como "¿Qué crees saber?", "Desconfía de tus ojos" o "Tu cerebro te miente", las cuales tienen mucho que ver con lo que se esconde detrás de la tercera película de Rodrigo Cortés, quien abandona el autoimpuesto minimalismo de Buried (2010) para entregarnos un atronador espectáculo de magia con el que demuestra que la cobardía no es lo suyo: no le tiembla el pulso a la hora de dirigir a dos titanes como Sigourney Weaver y Robert De Niro, ni al filmar secuencias con efectos especiales que poco tienen que ver con la parquedad visual de su anterior trabajo. 

LO MEJOR: La inquietante presencia de Cillian Murphy.
LO PEOR: La historia del personaje de Sigourney Weaver
se desarrolla menos de lo deseable.
En lo que sí reincide Cortés es en desarrollar una historia angustiante y, hasta cierto punto, tramposa, ya que buena parte de su eficacia reside en el impacto que pueda causar su final en el espectador y en la habilidad con la que el guión disemina pistas a lo largo del metraje, intentando que no resulten demasiado evidentes como para descubrir el truco. Ahí no se puede decir que la película triunfe del todo, ya que alguna de las cartas que guarda Cortés se le ve debajo de la manga mucho antes de lo deseable, siendo éste el mayor inconveniente de un largometraje que, por lo demás, no pretende engañar a nadie: ya desde sus primeros minutos deja muy claro que el público debería cuestionarse todo lo que aparezca delante de sus ojos, obligándole a plantearse qué debería creerse y qué información debería desechar, intentando averiguar dónde está el truco y si realmente estamos ante fenómenos paranormales o ante la gran obra de un farsante. Y, de paso, aunque sea tomando prestado algo de David Lynch y algo de M. Night Shyamalan, Luces rojas confirma a Rodrigo Cortés como un cineasta total, capaz de escribir, montar y dirigir sus propias historias, entregándose a un cine de entretenimiento inteligente, elegante y lleno de sugerencias que deseo que siga cultivando muchos años, antes de que sea afectado por el síndrome Amenábar y decida que ha llegado el momento de dedicarse a contar historias más importantes.

26 ene 2012

'Mientras duermes'

(Mientras duermes. Jaume Balagueró. España. 2011. 102 minutos) Antes que nada, una aclaración: Mientras duermes no está basada en la novela homónima de Alberto Marini, sino que es al revés. El libro es la adaptación que el italiano llevó a cabo de su propio guión para la película de Balagueró. Marini no es un desconocido para el director catalán, ni mucho menos, ya que lleva años trabajando en Filmax como guionista, productor y desarrollador de proyectos, siendo uno de los máximos responsables del impulso que la productora de Julio Fernández ha dado al cine fantástico y de terror durante la última década. Su novela surge, en parte, de la frustración que le supuso tener que eliminar subtramas y cambiar escenarios para adaptarse a los requerimientos de la producción fílmica, siempre más limitativos por cuestiones presupuestarias y narrativas. Eso sí, como base para un nuevo trabajo de Jaume Balagueró resulta un argumento perfecto: la historia de un oscuro portero de edificio que es incapaz de ser feliz y que, en venganza, pretende borrar la sonrisa del rostro de una de sus vecinas, resulta el vehículo idóneo para que el director ahonde en algunas de sus obsesiones. Así, la búsqueda del Mal puro como leit-motiv que ya se encontraba en Los sin nombre (1999) se une a ese terror doméstico, de rellanos y escaleras, de habitaciones inseguras, que tan bien plasmó en las dos primeras partes de Rec (2007 / 2009) y en la adrenalínica Para entrar a vivir (2006). Sin embargo, podríamos decir que, pese a lo turbios que resultan algunos de sus conceptos, Mientras duermes es la película más reposada y comedida del director, al mismo tiempo que, posiblemente, la que menos pone su mirada sobre los gustos básicos de su público potencial.

LO MEJOR: Luis Tosar personificando la maldad absoluta.
LO PEOR: En algunos momentos le sentaría bien algo más
de visceralidad.
Esto puede suponer un problema si buscan en la cinta un exceso de emociones fuertes, escenas de violencia explícita cada pocos minutos o una progresión del suspense demasiado pronunciada. Mientras duermes no se mueve por ese terreno: juega la mayoría de sus bazas desde los primeros minutos, sin esconder nada al espectador, ni pretender engañarles con la identidad del villano ni con sus motivaciones, jugando al despiste lo justo para mantener constantemente nuestra atención y dosificando bien los puntos álgidos de tensión. En ese sentido, la película de Balagueró resulta mucho más satisfactoria que la modosa e insustancial La víctima perfecta (The resident. Antti Jokinen, 2011), con la que comparte una trama muy similar y de la que hablé en su momento (aquí). Y lo es también porque su punto de vista es radicalmente distinto, puesto que Mientras duermes está narrada desde la visión del agresor y no de la víctima, forzando al público a identificarse con un desequilibrado y hasta a sufrir cuando es él quien tiene que esconderse para no ser visto por los que, en otro caso, serían los protagonistas. El mayor interés de Mientras duermes está ahí, en la manera en la que Balagueró nos lleva a empatizar con alguien despreciable y a odiar a otros personajes que deberían resultarnos vulnerables y despertar nuestro instinto protector. Incluso lleva este recurso al extremo cuando, sin que casi nos demos cuenta, vemos a una niña como una amenaza para el protagonista (un Luis Tosar impecable), porque es la única que sabe lo que éste hace por las noches. Es como cuando en Psicosis (Psycho. Alfred Hitchcock, 1960) nos inquietaba la posibilidad de que pillaran a Norman Bates, tratándose en realidad de un psicópata que no debería despertar ninguna de nuestras simpatías, pero radicalizando aún más la propuesta al convertir a este individuo en narrador de la historia desde el minuto uno y, además, sin pretender justificar sus acciones con ningún trauma ni enfermedad mental. Mientras duermes es, así, un triunfo para Jaume Balagueró, a la par que, en cierto modo, una demostración de madurez: su búsqueda por generar la incomodidad del público encuentra aquí una respuesta que no tiene nada que ver con sectas, fantasmas ni demonios, sino con un terror más cotidiano, más real y, también, más injustificado. Y ese es el que da miedo de verdad.

23 ene 2012

'La chispa de la vida'

(La chispa de la vida. Álex de la Iglesia. España. 2012. 106 minutos) Resultaba tan chocante como prometedor el hecho de que Álex de la Iglesia fuera a dirigir una película sobre un guión de Randy Feldman, responsable de tres títulos tan majos como Tango & Cash (Andrey Konchalovskiy, 1989), Sin escape: Ganar o morir (Nowhere to run. Robert Harmon, 1993) y El negociador (Metro. Thomas Carter, 1997). Que uno de los directores que más (y mejores) secuencias de acción ha dirigido en España se aliara con un guionista de Hollywood especializado en el género podría hacer suponer que el experimento iría por esos derroteros y, sin embargo, una vez conocido el argumento de lo que sería La chispa de la vida, quedó claro que, irónicamente, estaríamos ante la película menos dinámica y más dramática del director. Pero no es la única de las contradicciones que nos encontramos en este proyecto. También está el hecho de que sea el primer trabajo importante en el cine del cómico español más popular (que no el mejor) que existe en la actualidad, y que le toque lidiar con un personaje dramático. O que Salma Hayek, despampanante incluso cuando aparece desaliñada por exigencias del guión, haya venido a España desde Hollywood para filmar la cinta más minimalista del director vasco. Aunque la peor contradicción de todas es la que se produce entre lo que el público espera y lo que se encuentra: apuesto lo que quieran a que un porcentaje bastante alto de los que se han acercado al cine esperaban ver a José Mota en plan gracioso y, a tenor de lo que comprobé en la sala, ni siquiera con la película delante algunos son capaces de entender que están ante un drama, si tengo que hacer caso a las risas que proferían algunos vecinos de butaca en los momentos más insospechados. Cierto es que Álex de la Iglesia introduce algún guiño hilarante en instantes muy concretos, a veces incluso inapropiados, pero estamos ante su película más pesimista, deprimente y cruel.

LO MEJOR: El papel y la interpretación de Salma Hayek.
LO PEOR: Los subrayados de Álex de la Iglesia.
Aunque, ojo, eso no significa que La chispa de la vida no merezca la pena, que sea un bodrio o que conduzca al aburrimiento. Ni siquiera se puede hablar de película fallida porque, aunque de manera algo torpe, triunfa en su intento de convertirse en una mezcla entre cine social y entretenimiento, entre una historia coral de depredadores sin un ápice de moralidad y el cuento íntimo de un amor tocado por la tragedia y la crisis económica. Además, al estar narrada casi en tiempo real a partir de que sucede el accidente, la película posee un ritmo de lo más ajustado y jamás cae en el tedio, por mucho que la historia obligue a que la acción se centre en un único escenario y a que la movilidad de los personajes esté muy limitada. Pero igual que Álex de la Iglesia triunfa en estos aspectos, fracasa estrepitósamente en otros, y además de manera bastante burda, siendo quizá este el título en el que más evidente se hace uno de los defectos más notorios de su filmografía: esa tendencia, a veces irrelevante y otras veces molesta, de caer en los subrayados innecesarios. Hay uno que duele de manera especial y que no conviene desvelar, pero que sabrán identificar si han visto la película: tiene que ver con un maletín y una patada. Duele porque se produce en un momento en el que ya ha quedado clara la postura de los personajes que intervienen en dicha escena, y da pena pensar que el director crea que necesitamos esa anotación extra para entender el mensaje. Pero no es el único instante en el que de la Iglesia se pasa de la raya y está a punto de bordear el ridículo, como por ejemplo en el ensañamiento que se produce en los primeros minutos con el personaje de José Mota (¿de verdad era necesario lo del café o que lleve en el curriculum una foto tan desfavorecedora y tan gigantesca? ¿No es el personaje un experto en marketing?). Esto, junto con la irregular interpretación del protagonista (que, digan lo que digan, no está del todo creíble, por mucho que sea apreciable el esfuerzo que lleva a cabo), a la maniquea representación de algunos personajes (el dedo acusador sobre Fernando Tejero resulta casi risible, así como el director de la cadena de televisión rodeado de putas) y a cierto tonillo panfletista en sus últimos minutos, hace que La chispa de la vida resulte uno de los títulos menos inspirados de Álex de la Iglesia, quizá el más flojo que ha firmado desde... Acción mutante (1992).

12 oct 2011

'Intruders'

(Intruders. Juan Carlos Fresnadillo. España / Reino Unido / Estados Unidos. 2011. 100 minutos) Tras un lapsus de cuatro años, Fresnadillo vuelve a las salas con una película que, sorprendentemente, tiene más en común con Intacto (2001) que con su adrenalínica primera incursión en el mercado internacional, 28 semanas después (28 weeks later. 2007). Con esta última se ganó el interés de Steven Spielberg, quien le iba a producir una cinta de acción titulada Wednesday que, desgraciadamente, quedó en dique seco tras la huelga de guionistas que afectó a Hollywood desde noviembre de 2007 hasta febrero de 2008, tiempo suficiente para que el proyecto quedara paralizado y tanto Spielberg como Fresnadillo pasaran a otros menesteres. Intruders vuelve a la faceta introspectiva y reposada de Intacto, la misma que convirtió aquella opera prima en una película interesante, con grandes momentos, pero que dejaba cierto regusto amargo debido a lo difícil que era en ocasiones conectar emocionalmente con las intrincadas mentes de sus personajes y con la frialdad de algunas de sus acciones. Intruders tampoco es una película de emociones fuertes, no hay sobresaltos ni secuencias de tensión excesiva, incluso podríamos simplificar mucho y decir que es una cinta de terror que no da miedo, con lo cual no les resultará satisfactoria si ese es el único motivo por el que se acercan al género. Sin embargo, no se puede criticar a la película por este motivo cuando resulta evidente que es así a propósito, se aprecia perfectamente cuáles son sus intenciones y por eso no se puede hablar de producto fallido.

LO MEJOR: Que se aleja conscientemente de los cánones.
LO PEOR: Que debido a ello no termina de resultar del todo
satisfactoria.
Lo que predomina aquí es el factor psicológico, ya que es en la psique de los personajes donde se gesta el terror de la película. Fresnadillo utiliza la imaginación como creadora de miedos y, a la vez, como transmisora de traumas, construyendo su relato sobre otro cuento que escriben dos niños separados geográfica y temporalmente. La película es tramposa porque juega al final sorpresa y escatima en pistas que posibiliten al público descubrir el secreto que se esconde tras su bifurcada estructura. Pero esto no tiene por qué ser considerado un debe, sino más bien una manera útil de conseguir que los espectadores realicen un visionado activo, obligándoles a mantenerse alerta y a poner de su parte para desentramar la historia, llevándoles a recapitular información en el desenlace y a interpretar todo lo que se ha contado anteriormente desde un punto de vista distinto. Por lo tanto, Intruders tiene la virtud de ser una película que exige atención al detalle, se aleja de los sustos prefabricados y se adentra en la oscuridad, tanto ambiental como mental, para contar una historia que no es original en contenido pero que sí adquiere cierta personalidad propia en la forma. Sin embargo, pese a todas estas bondades, no consigue generar entusiasmo, ni provocar otra sensación que no sea la del básico interés por saber qué está ocurriendo, quién es Carahueca y por qué se le presenta a dos niños distintos. Intruders resulta aséptica en ese sentido, bordeando de manera peligrosa la indiferencia. La película es correcta porque se adivina que la intención de Fresnadillo era hacer un largometraje de terror íntimo y, al mismo tiempo y sin que sirva como contradicción, distante. Pero esa falta de emociones extremas y de transparencia impide que el público pueda involucrarse al cien por cien y ahí reside su mayor defecto, en la ausencia de garra y visceralidad.

10 oct 2011

Pedro y la tarántula.


Seguimos con el cine español en el blog, algo que no ha sido premeditado, sino que resulta una buena demostración de lo mucho y bien que se está apostando actualmente en nuestro país por el cine de ribetes fantásticos o de otros géneros de nuestro agrado. En este caso toca hablar de Pedro Almodóvar y La piel que habito, para lo cual rescato la columna que he publicado en el último número del periódico Crónicas de un Pueblo. Y atentos, porque el siguiente post será también sobre una película española: Intruders. 

   Todos los que llevamos el nombre de Pedro y tenemos amigos graciosos tuvimos que soportar hace unos años el mismo chiste. Imitando la voz de Penélope Cruz y exagerando todo lo humanamente posible, estos colegas nos estuvieron increpando durante un tiempo con un grito de guerra recurrente: “¡PEEEEDROOOOO!”. Y todo porque a la buena de Pe le dio por gritar de ese modo el nombre de Almodóvar cuando ella y Antonio Banderas le entregaron el Oscar a la Mejor Película Extranjera por ‘Todo sobre mi madre’ (1999). Quizá eso era motivo suficiente para cogerle manía al director manchego, pero no, mi relación de amor-odio con él no tiene nada que ver con este lance. En realidad, lo que menos me gusta de Almodóvar no tiene tanto que ver con él ni con su cine como con sus fans, especialmente los que surgieron tras el boom del Oscar citado anteriormente. Hubo una época en la que Almodóvar era un director irreverente, provocador y alternativo, pero a medida que fue ganándose el aprecio de cierto público, sus formas se fueron refinando y padeció un aburguesamiento inducido por lo que yo llamo el Síndrome Clint Eastwood, según el cual un director puede pasar de ser considerado un paria a un maestro del cine de la noche a la mañana, momento a partir del cual toda cinta que estrene será recibida con vítores incluso cuando no lo merece. De ahí a hacer películas para contentar a la mayoría hay sólo un paso, y ahí es donde fallan. Por eso he recibido con interés ‘La piel que habito’, versión libre que Almodóvar ha hecho de la novela ‘Tarántula’ de Thierry Jonquet. 
   La película nos devuelve al Almodóvar de las exageraciones, el que llevó a sus personajes a los extremos pasionales en ‘Carne trémula’ (1997), el que homenajeó al Giallo en ‘Matador’ (1986) y que jugó con los límites de la credibilidad en ‘Kika’ (1993). En definitiva, es el regreso del Almodóvar que no le gusta a los fans de Almodóvar, y eso es digno de celebración. ‘La piel que habito’ bordea el cine de ciencia-ficción y el de terror, huye de la comedia y hurga en los resortes del melodrama, convirtiéndose en una película arriesgada, valiente y necesaria, un soplo de aire fresco en la filmografía reciente del director en particular y de la cinematografía española en general. Puede que esta vez no le acompañen los premios y que el público no responda excesivamente bien, recaudando menos de lo esperado. Pero, tal y como está el patio, eso no es sino un indicativo de que, gracias a ‘La piel que habito’, Almodóvar ha hecho una película libre, bizarre y… buena. Quizá su giro de guión se adivina demasiado pronto y, una vez desvelado el truco, pierde algo de fuelle. Pero es un mal menor en un título que no deberían perderse si son amantes de un cine distinto a la mayoría de lo que se estrena, sin que pierda, al mismo tiempo, su capacidad para ser plenamente comercial y entretenido. Aunque (y esto aún está por ver) no se lleve ningún Goya o ningún Oscar. A no ser que ustedes sean de los que valoran las películas por los premios, claro. Y eso está muy mal.

5 oct 2011

'La cara oculta'

(La cara oculta. Andrés Baiz. España / Colombia. 2011. 103 minutos) Dice el póster de La cara oculta que "hay puertas que nunca deberían abrirse". También hay tráilers que nunca deberían mostrarse y el de esta película es uno de ellos. Igual que hay críticas que nunca deberían leerse antes de entrar en el cine... y les advierto que ésta también es una de ellas. Si sienten cierta curiosidad por ver La cara oculta pero aún no se han decidido, les bastará saber que la película les hará pasar un buen rato, que resulta lo suficientemente inteligente, intrigante y entretenida como para que merezca la pena pagar el precio de la entrada, que encontrarán momentos que bordean el terror, otros en los que el erotismo campa a sus anchas, pero que básicamente se trata de una historia de suspense atemporal, un relato clásico que podría suceder en cualquier época (salvo algún detalle muy puntual como el uso del teléfono móvil como medio de comunicación, que podría sustituirse por una carta, por ejemplo) y en cualquier lugar (aunque la trama gire en torno a una desaparición y eso es algo que lamentablemente está muy apegado a la realidad de Colombia, país en el que transcurre la cinta). No necesitan más información, así que, si tienen ganas de ver la película, les recomiendo que no sigan leyendo el siguiente párrafo. 

LO MEJOR: Su clasicismo bien entendido y su capacidad
para generar tensión a pesar de la pérdida del elemento
sorpresa.
LO PEOR: Que el tráiler lo cuente todo. La ausente interpre-
tación de Quim Gutiérrez.
Alerta de spoilers a partir de ahora. Decía al principio que hay tráilers que nunca deberían mostrarse o que, al menos, deberían preocuparse más de mantener el misterio sobre lo que luego nos encontraremos en la película de turno. En este caso, el avance que se ha proyectado en los cines de La cara oculta se ha convertido su peor enemigo, ya que desvela su entramado argumental y anula casi por completo el factor sorpresa, dejando inservibles los intentos del guión por hacernos creer que podríamos estar viendo una película de fantasmas o, incluso, que existiera la posibilidad de que el protagonista (interpretado por un hierático Quim Gutiérrez) fuera un asesino que ha acabado con su novia (Clara Lago, defendiendo muy bien su papel) y que ahora podría también hacer lo mismo con una nueva víctima en potencia (una muy desinhibida Martina García). Es una pena que uno de los puntos fuertes de la película se vea intoxicado por culpa de un ejercicio de marketing: quizá la 20th Century Fox no se ha atrevido a vender el producto como si se tratara de una historia sobrenatural por miedo a las reacciones negativas del público al comprobar que aquí no hay ningún elemento fantástico, con lo cual el boca-oreja podría aniquilar sus aspiraciones comerciales debido a las opiniones furiosas de espectadores decepcionados; sin embargo, durante la primera mitad de la película asistimos a un recital de recursos audiovisuales que remiten muy claramente al cine de fantasmas y casas encantadas, no descubriendo hasta pasados muchos minutos que la procedencia de esos posibles fenómenos paranormales no son producto de ningún poltergeist, sino de una persona que se ha quedado encerrada en una cámara secreta de la casa. A partir de ahí, y en un giro de guión que habría agradado a Hitchcock, el suspense se centra en saber si el personaje de Clara Lago podrá salir de su accidental reclusión, mientras el interpretado por Martina García trata de dilucidar qué ocurre a su alrededor. Es decir, que cambia el punto de vista narrativo y se produce el suspense hitchcockiano: el público sabe más que uno de los personajes de la película, con lo cual puede vivir la angustia de este desde la anticipación y la aparente omnisciencia que su posición privilegiada le aporta. Es una pena, empero, que este juego propuesto por Andrés Baiz quede al descubierto desde el primer minuto en caso de que se haya visto el tráiler (que, no obstante, y para seguir con la estructura habitual del blog, insertaré tras estas líneas). Un caso flagrante de arte prostituido por la mercadotecnia, pero de agradable visionado al fin y al cabo.

ADVERTENCIA: No vean el tráiler si tienen alguna intención de ver la película.

26 sept 2011

'No habrá paz para los malvados'

(No habrá paz para los malvados. Enrique Urbizu. España. 2011. 109 minutos) Tras La caja 507, la (¿santa?) trinidad formada por Enrique Urbizu, Michel Gaztambide y José Coronado encontró un nuevo proyecto con el que seguir estrechando sus lazos profesionales y ahondando en el retrato de perdedores: La vida mancha (2003). Pero habría que esperar bastantes años todavía para que los tres volvieran a reunirse y a seguir explotando su química. Entre medias, Urbizu rodó el episodio más anodino de la serie Películas para no dormir, el titulado Adivina quién soy (2006), ciertamente aburrido y pedante. Nada hacía presagiar que un servidor se entusiasmaría con el nuevo trabajo del director vasco. Y, sin embargo, el tráiler de No habrá paz para los malvados consiguió despertar tal interés en mí que me vi arrastrado hacia unas ganas imperiosas de descubrir los thrillers anteriores de Urbizu, fruto de las cuales salen los tres últimos posts que han podido leer en este blog, incluyendo el que nos ocupa. Lo visto en Todo por la pasta (1991) y La caja 507 (2003) ya me debería haber puesto sobre aviso: en ambos casos era fácilmente detectable el exceso de peso que tiene la casualidad en sus tramas, especialmente en el arranque de las mismas, además de una incipiente falta de cohesión entre las varias líneas argumentales que se mezclaban en ellas, la cual lastraba los hallazgos de La caja 507 especialmente. Sin embargo, el tráiler de su cinta más reciente, de título bíblico evocador y rimbombante, hacía presagiar algo distinto, una película más furiosa, un thriller de alto octanaje, violento, espectacular y vibrante. Y resulta que no, que eso sólo es parte de la película y que el resto es, hablando en plata y olvidándome de tecnicismos o cultismos, un truñaco. 

LO MEJOR: José Coronado.
LO PEOR: Un guión que no sabe hacia dónde caminar.
Lo peor es que se intuye una gran película dentro de otra mediocre, lastrada por el exceso de tramas paralelas, de personajes secundarios y de malos actores, por la incapacidad de relacionar de manera clara los argumentos que transcurren en paralelo, y por la manera en la que constriñe la historia más interesante: la de Santos Trinidad (inmenso José Coronado), un tipo del que sólo podemos intuir detalles y cuyas intenciones tenemos que suponer por culpa de un guión hipertrofiado, mal hilvanado y que debido a su superávit de información acaba cayendo justamente en lo contrario, en la desinformación casi absoluta y una falta de concesiones total hacia el espectador (algo que, en esta ocasión, más que ser un punto añadido supone una traba). Veamos, la película ya arranca poniéndonos las cosas difíciles, llevándonos a los límites de nuestra permisividad en el sentido de que el detonante de la acción se antoja demasiado caprichoso e increíble: durante una noche de farra, Santos Trinidad entra en un puticlub y liquida a tres colombianos. Porque sí (o, al menos, eso parece, porque más adelante sabemos que el policía ha trabajado en Colombia años atrás...). En su intento por deshacerse de las pruebas, Trinidad descubre que estos sujetos a los que ha asesinado estaban metidos en asuntos de tráfico de drogas. Hasta ahí bien. Sólo con eso la película ya podría haber sido el thriller de acción que muchos queríamos ver (y que es el que vende su tráiler, de manera harto engañosa). El problema surge cuando la historia comienza a sufrir varias ramificaciones que sólo consiguen distraernos y desviarnos del asunto principal. Aparecen entonces la Juez Chacón (fría, robótica e incómoda Helena Miquel) y otros personajes que restan protagonismo a Trinidad, llenando insoportables minutos de cháchara que no van a ninguna parte (o que quizá sí tenían sentido en una versión primigenia del guión que ha podido ser masacrada durante el rodaje o la post-producción), abriendo nuevos caminos en una narración que no necesitaba escisiones y aportando datos que sólo consiguen marearnos. Terroristas islámicos, traficantes de armas chechenos, narcos colombianos, policías de memoria dudosa, burócratas incompetentes y una constante (aunque casi subliminal) presencia de los medios de comunicación sobrecargan el guión hasta convertirlo en una masa informe, en un batiburrillo indigesto que nos conduce hasta el aburrimiento. Luego aparece José Coronado y la película remonta, recupera brío, aunque a la hora de la verdad sólo le veamos entrando en casas vacías, haciendo preguntas cuyas respuestas no nos dicen nada y buscando a una niña desaparecida de la que tampoco sabemos un carajo. Hay un momento de la película en el que el personaje de Trinidad, parco en palabras hasta entonces, suelta por su boca un "Rock and roll" que nos hace creer que a partir de ahí la cinta va a estallar, que se va armar la marimorena y vamos a tener lo que nos prometía el avance. Y tampoco. Y así funciona constantemente la película: si después de esa frase no pasa nada, es que tenemos un problema gordo entre manos. Pero tampoco se confundan. No estoy diciendo que No habrá paz para los malvados no sea buena porque no tenga la suficiente acción, porque no sea el pim-pam-pum que deseaba ver y que creía que debía esperar. Pero imaginen por un momento que la historia se hubiese centrado en Santos Trinidad, en sus pesquisas por buscar a la chica desaparecida y por borrar sus huellas homicidas, en su enfrentamiento directo contra los narcotraficantes. Igual tendríamos una película más convencional, eso es cierto, pero también más disfrutable, más compacta y más digerible. En cambio lo que tenemos es un producto frío, deshumanizado en el peor de los sentidos, una película interesante encerrada en un grueso cascarón de nadería que no le permite salir a la luz más que en momentos puntuales, que son los que, a fin de cuentas, consiguen que no acabe resultando del todo inservible. Una pena y una decepción de las que hacen mella, al menos para quien subscribe.