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8 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 7 y final: El virus se propaga.

A lo largo de esta semana he intentado trazar, mediante un artículo por día, una panorámica más o menos completa y sintetizada sobre lo que ha sido hasta el momento la saga REC. Pero este repaso resultaría insuficiente si no hiciera mención a esos productos satélite que se han generado alrededor de la franquicia cinematográfica, uno de ellos incluso bastante interesante. Aquí van unos breves apuntes sobre el cómic, el videojuego y los remakes norteamericanos.

REC: HISTORIAS INÉDITAS.

Algo muy usual entre las sagas de cine de otros países, especialmente Estados Unidos, es crear en los fans la necesidad de poseer otros productos relacionados con las películas y que apelan, normalmente, a sus ansias completistas o simplemente a la indecisión de los consumidores casuales. Es de lo más común que el último blockbuster hollywoodiense venga acompañado de su correspondiente adaptación al cómic, su videojuego de turno y su gama de figuras coleccionables. De momento (y que yo sepa), a nadie se le ha ocurrido la idea de lanzar al mercado muñecas articuladas de Ángela Vidal con su cámara, Clara con su motosierra y su vestido de novia o, incluso, una reproducción fidedigna de la horripilante niña Medeiros (martillo incluido). Pero sí que a EDT (antigua Glénat) le ha parecido pertinente lanzar en los kioscos y librerías un tomo de 96 páginas que recopila cinco historias inéditas del universo REC. La edición es digna de elogio: en lugar de haber encargado la típica versión reducida de cualquiera de las tres partes de la saga, o incluso de las tres, EDT ha optado por recuperar varias líneas argumentales que Paco Plaza y Jaume Balagueró idearon pero que no pudieron incluir, por distintos motivos, en ninguna de las películas. Guionizando esas ideas se encuentra Hernán Migoya, mientras que a los lápices tenemos a una amplia variedad de artistas que han dado su personal visión de personajes que ya conocíamos y de otros que suponen una novedad. Las historias, presentadas por la propia niña Medeiros como si fuera el Tío Creepy, son las siguientes:

Encerrados (ilustrado por Andrea Jen): Quizá algunos de ustedes echó en falta alguna explicación sobre lo que les ocurrió a los adolescentes que aparecían en REC 2. Sabíamos que uno de ellos fue poseído, pero... ¿qué ocurrió con su hermana y con el amigo de ambos? Este primer episodio da respuesta a esa incógnita de un modo que jamás esperaríamos haber visto en la película, planteando una situación en la que la joven superviviente decide que, si va a morir, no quiere hacerlo siendo virgen. Con ilustraciones al más puro estilo manga, la historia nos muestra un festival de gore y humor marrano, con sexo adolescente, insinuaciones homosexuales y un ritmo trepidante que obliga a pasar velozmente de una viñeta a otra, hasta llegar a una conclusión tan macabra como coherente. 

Tristana (Feliciano G. Zecchin): Ya vimos, en el artículo dedicado a REC 3: Génesis, que la idea inicial de Paco Plaza era poder filmar un cortometraje que explicara los orígenes de Tristana Medeiros, la que luego provocaría pesadillas a los espectadores de la saga que nos ocupa. Este corto iba a ser filmado en un blanco y negro expresionista y sería mudo en casi su totalidad. Todas esas ideas han sido respetadas por Migoya y el ilustrador Feliciano G. Zecchin, dando como resultado una historieta que casi no cuenta con ningún diálogo y que explica cómo acabó convirtiéndose la niña Tristana en una poseída. La acción nos sitúa en un monasterio de Portugal, donde la niña trabajaba para unos monjes. La belleza de la joven no pasaba inadvertida a los habitantes del monasterio, quienes finalmente la violaron y la condenaron a que el Mal entrara en su interior. 

Zoombi (Álvaro Ruilova): Este es el capítulo más loco del conjunto, ambientando la acción en un zoológico de Barcelona al que ha llegado uno de los poseídos, propagando el virus demoníaco entre los animales. Unos vigilantes de seguridad tratan de sobrevivir, con infructuosos resultados. No sabemos muy bien cómo encaja esta historia dentro del universo REC, ya que presenta algunos anacronismos: en teoría, la acción transcurre paralela a los acontecimientos descritos en las películas, pero vemos cómo los protagonistas ven en televisión una actuación del Ballet Zoom de Giorgio Aresu, famoso en la década de 1970 entre los televidentes españoles. El estilo de las ilustraciones se contagia también del marcado por esa época. Por otra parte, utiliza un icono tan importante para Barcelona como Copito de Nieve, al que presentan criogenizado (recordemos que el gorila murió en 2003). Quizá se trate de alguna idea desechada para continuar y expandir la saga fuera del edificio del Ensanche barcelonés, aunque viendo su final puede que incluso se trate de un prólogo para la futura REC 4: Apocalipsis... 

El experimento (Salvador Sanz): otro cabo suelto en la serie es el que concierne al padre Albelda. ¿Quién fue? ¿Cómo era la relación con sus vecinos? Esta historia da respuestas a esas incógnitas, presentándonos el momento en el que Albelda recibe el telegrama de Roma indicándole que tiene que acabar con la niña Medeiros, a la cual tiene encerrada en una habitación del ático plagada de cruces. Vemos así el enfrentamiento que se produce entre ambos, con resultados ya conocidos para los espectadores fieles a la serie. Con un estilo sobrio y austero, cuenta con uno de los dibujos más irregulares de todo el libro (genial para los fondos y los objetos, regular para los personajes), aunque lo compensa con una pulcritud ciertamente elegante que equilibra un poco la locura expuesta en el resto de historias breves. 

El desconocido (Joan Marín): no hace falta ser Sherlock Holmes para deducir que la mordedura que lleva el personaje del tío Víctor al comienzo de REC 3: Génesis y que, a la postre, desata la tragedia, se la ha hecho Max, el perro de Jennifer del que oímos hablar en la primera parte de REC. Pero, por si acaso, aquí está la explicación de cómo el bueno (y calzonazos) de Víctor se acaba convirtiendo en el responsable de llevar el virus a la boda de Clara y Koldo, explicando además un efecto secundario del que no se ha hablado hasta ahora y que no guarda mucha lógica con lo que conocíamos: cómo la infección va convirtiendo al sufridor en alguien más atrevido, con mayor determinación y confianza en sí mismo, hasta que finalmente (tras varias horas) se convierte en un zombi / infectado / poseído más. Así, como relato independiente puede estar bien, pero resulta incongruente con todo lo demás, pese a que consiga enlazar las historias paralelas que protagonizaron Manuela Velasco y Leticia Dolera, cada una por su lado. 

REC: THE VIDEOGAME.

Dentro del merchandising de la película, y aprovechando que ahora REC 3: Génesis se encuentra en las carteleras, Filmax se ha aliado con los estudios independientes Tonika Games y Cupra Studios para lanzar al mercado un videojuego que permite al usuario vivir, en primera persona, los enfrentamientos contra las hordas del mal. La idea es que el videojuego tenga un episodio que respete el argumento de cada una de las películas de la saga. Así, en cada parte que sea lanzada el jugador tendrá la oportunidad de manejar primero el personaje de Ángela Vidal, después ponerse en la piel de un GEO y, por último (hasta que llegue REC 4: Apocalipsis), convertirse en Clara y coger una motosierra para liarla parda. Como no podría ser de otro modo, sobre todo teniendo en cuenta que las películas ya bebían de este género, el juego es un FPS (First Person Shooter). Todo pinta muy bien, ¿verdad? Pero la realidad es que el videojuego sólo está disponible para iPhone, iPad y móviles con sistema operativo Android. Se supone que también saldrá una versión para PC aunque, visto lo visto, o sufre una reconversión brutal o con este apartado técnico no va a vender ni tres copias antes de que comience a ser despellejado por los usuarios. Les dejo con un vídeo:




EL REMAKE Y SU SECUELA.

Una práctica habitual en Hollywood es la de comprar películas foráneas con importante potencial comercial para hacer nuevas versiones adaptadas a su idioma y a sus gustos. Recordemos que allí no se estrenan cintas dobladas, sino que los títulos que les llegan del extranjero son difundidos con su idioma original y con subtítulos en inglés. Se ve que allí la V.O.S.E. gusta tanto (o más bien tan poco) como aquí, así que a las productoras les sale más rentable producir nuevos títulos pagando los derechos de los originales que intentando que estos tengan una carrera comercial exitosa en las salas (salvo alguna excepción). Así, en 2008 llegó a las pantallas de todo el mundo Quarantine (John Erick Dowdle), calco casi literal de la cinta de Balagueró y Plaza que apenas presentaba alguna novedad y, cuando lo hacía, normalmente no era para bien. Para empezar, tenemos potenciado el peor defecto de la película original. Si allí nos quejábamos de que algunas caras de los actores nos resultaban familiares, dando al traste con la vocación de credibilidad total de la película, en la versión americana esto se agrava al contar con rostros más o menos populares como los de Jennifer Carpenter (El exorcismo de Emily Rose, Dexter), Jay Hernandez (Hostel, World Trade Center), Rade Šerbedžija (Eyes wide shut, Misión imposible 2) o Jonathon Schaech (The Wonders, Los malditos). Incluso se atreve a mostrar el rostro del cámara (interpretado por Steve Harris) a los pocos segundos de comenzar, rompiendo la ilusión de que nuestros ojos son los que "filman" la película, y poniendo un rostro ajeno a esa mirada. Un fallo garrafal desde un punto de vista semántico que arruina también buena parte del efecto verista de la original. También es bastante más pacata, ya que no se atreven a meterse con la Iglesia, siendo todo el resultado de los experimentos de una secta. Y la niña Medeiros ya no existe, aunque el monstruo interpretado por Doug Jones viene a ser lo mismo pero sin tetas colganderas, acreditado como Infected thin man. Un horror, en definitiva, absolutamente inservible y que sólo aporta un detalle original: la utilización de la cámara como arma contra los infectados. 

La secuela llegaría en 2011 bajo el título de Quarantine 2: Terminal (John Pogue), con resultados también desastrosos y directamente al mercado del DVD. De nuevo tenemos al pobre perro Max como foco de la infección, ya que contagia el virus a su dueño, quien se encuentra fuera del edificio ejercitando su trabajo de co-piloto de aviones. Durante un vuelo rutinario todo se complica cuando el desgraciado propaga la infección dentro del avión y todos los pasajeros, tras un aterrizaje de emergencia, quedan confinados en la terminal. Lo único destacable de esta secuela del remake es que tiene personalidad propia, ya que no se trata de una copia directa de ninguna otra cinta de la saga y, por si eso fuera poco, se adelanta a REC 3: Génesis a la hora de romper con el estilo de found-footage de los títulos previos. Sin embargo, poco más se puede decir de esta película en el aspecto positivo. Todo lo demás es una repetición del esquema de personajes antagonistas encerrados en un espacio reducido y con la amenaza del contagio progresivo y virulento como leit motiv. Rodada sin gracia alguna, sin ningún sentido estético y plagada de interpretaciones deficientes, Quarantine 2: Terminal no es más que un triste direct-to-video para aprovechar el tirón de la anterior y contentar a los fans menos exigentes. 

CODA.

Para no terminar este monográfico con algo tan triste, me despediré con la ilusión depositada en la futura REC 4: Apocalipsis, dirigida por Jaume Balagueró en solitario y que dará fin a la serie. Quizá, llegado el momento, este especial resucitará y, con un poco de suerte, podremos hablar de nuevos detalles que hayan enriquecido la saga, de nuevos aspectos de la epidemia que no conocíamos. Porque, si algo hemos aprendido de estas películas es que cada una muestra algo nuevo que contribuye a prolongar y a ampliar la mitología en torno a ellas; y que, para colmo, cada nueva entrega supone un cambio tonal e incluso narrativo con respecto a las anteriores, lo cual hace que desee todavía con más fuerza comprobar hacia dónde lleva Balagueró su película y qué nos podremos encontrar en ella. 

Hasta entonces, gracias por haber seguido conmigo hasta el final de este monográfico. Ustedes son quienes dan sentido a este esfuerzo. 

7 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 6: 'REC 3: Génesis', boda de sangre.

(REC 3: Génesis. Paco Plaza. España. 2012. 80 minutos) 

En 2010, un año después de REC 2, apareció una noticia que fue recibida con entusiasmo y escepticismo a partes iguales, dependiendo de a qué sector del público se consultara: la saga continuaría con dos títulos más, de los cuales uno explicaría los orígenes de la infección, en forma de precuela, y el otro narraría lo sucedido después del final de la segunda parte. Y habría una novedad importante, ya que cada director se ocuparía de una de las películas en solitario. Así, Paco Plaza se encargaría de REC 3: Génesis, mientras que Jaume Balagueró haría lo mismo con REC 4: Apocalipsis.

En una breve charla que compartí con Paco Plaza y Leticia Dolera en el Festival de Sitges de 2010, a los que abordé, amparándome en mi bendita acreditación de prensa, antes del estreno del mágico corto dirigido por Dolera, Lo siento, te quiero (2009), Plaza me comentó que estaban trabajando en la preproducción y que intentarían tener lista REC 3 para Octubre de 2011, de cara a estrenarla en el mismo Sitges. Finalmente no fue posible, así que trazó un plan alternativo: REC 3: Génesis se convertiría en un cortometraje que explicaría los orígenes de la niña Medeiros y que, a modo de adelanto, estrenaría en el festival de 2011, unos meses antes de que llegara REC 3, el largometraje, a los multicines. El plan tampoco cuajo, aunque la historia de la niña Medeiros terminaría formando parte de la colección de historias inéditas que serían después publicadas en formato cómic, como veremos en el último capítulo de este monográfico.

Finalmente, REC 3: Génesis ha llegado a las carteleras el 30 de Marzo de 2012, entre el jolgorio de los que la esperábamos con ansias, sabiendo perfectamente a qué nos ateníamos, y la frustración de los que, tras sentirse engañados por la segunda parte, rezaban por un regreso a los postulados de la primera entrega.




Para empezar, sorprende que no nos encontremos ante una precuela de la saga, tal y como los medios se habían empeñado en señalar. REC 3 transcurre paralelamente a los acontecimientos acaecidos en las dos anteriores películas, a los que se hace mención insertando imágenes del edificio acordonado que aparecen en un informativo de televisión. El escenario es un enlace matrimonial, el de Clara (Leticia Dolera) y Koldo (Diego Martín), enamorados hasta las trancas y dispuestos a unirse en matrimonio hasta que la muerte los separe. El Génesis del título, entonces, no hace mención al origen de la condición demoníaca de la niña Madeiros, el cual queda explicado en el cómic, sino que es una referencia bíblica enunciada por el cura que oficia la boda, comparando lo que sucede a su alrededor con el nacimiento de una nueva era dominada por  los ángeles caídos sobre la faz de la Tierra. Durante estos primeros minutos Paco Plaza hace suya la saga, retorciendo las posibilidades del formato y llevándolas al paroxismo, comenzando la película con el menú de un DVD que presenta un montaje fotográfico de la feliz pareja al son del Gavilán o paloma de Pablo Abraira. Ya en la boda, nos encontramos con el feliz hallazgo del mano a mano audiovisual que se marcan el joven Adrián (Àlex Monner) y el muy carismático Atún (Borja Glez. Santaolalla, acreditado como Sr. B), este último un obseso de la imagen que pretende hacer cine con material de bodas, bautizos y comuniones. Allí está también el tío Víctor (Emilio Mencheta), quien llega a la celebración con una mordedura de perro en la mano. Detalle importante para los que no hayan leído el cómic: el cánido que le hace la herida no es otro que Max, la mascota de Jennifer, de la que anteriormente, en la primera parte, se había dicho que se encontraba en una clínica veterinaria. De esa clínica es de donde viene Víctor y es quien porta el virus demoníaco, siendo responsable de la ola de sangre y crímenes que azota el banquete.

En este punto la película se transforma, coincidiendo con el inicio del gore y los sustos. Hasta este instante, Plaza ha respetado el formato del found-footage, utilizándolo con mucho sentido del humor y reincidiendo, como ya hiciera en REC 2 con Suspiros de España y en Cuento de Navidad con Yes sir, I can boogie, en la utilización de una banda sonora totalmente desfasada e inesperada (añadan a Pablo Abraira el Eloise de Tino Casal y el Chup Chup de Australian Blonde, entre otros) que se transforma en icónica en el momento en el que la mezcla con el horror, y ha dotado a la película de un halo costumbrista que aporta una fescura incuestionable a la saga. Pero, en una decisión que para muchos ha supuesto traicionar el espíritu REC, decide romper con esa limitación y transformar la película en un espectáculo filmado en pantalla panorámica, cargado de travellings y con una fotografía recargada que nos lleva por momentos al mejor cine de terror italiano (aunque también al peor, hasta tal punto que a veces podríamos pensar que estamos ante una película de Bruno Mattei hecha con buen gusto estético, dicho esto como elogio y no como insulto). Para el director supone una liberación y para nosotros también, al menos para los que hemos entendido en qué se sustenta la evolución de la serie: machacar las expectativas del público y ofrecerle una película distinta a cada nueva entrega. Algo que, tristemente, no encaja demasiado bien en las mentes cuadriculadas de los que se sienten más cómodos cuando les dan una y otra vez lo mismo, y que sin duda ha repercutido negativamente en las opiniones que se están vertiendo sobre la película en internet. Sobre la imbecilidad de los adolescentes que tachan la película de cutre durante la primera media hora, mejor no profundizo.




En realidad, REC 3: Génesis, en contra de lo que pudiera parecer si tenemos en cuenta que estamos hablando del tercer capítulo de una serie de éxito, no es un film destinado a gustar a la mayoría. En ese sentido, se puede decir que está condenado a la incomprensión de la crítica tradicional y del público estándar. Y es que los espectadores que de verdad disfrutarán de la película son aquellos que se han curtido en los cines de barrio, los que no se perdían Noche de lobos y aullaban de emoción cada vez que localizaban alguna joya semidesconocida en su videoclub, está hecha para los que se han quemado los ojos viendo Demons, El ejército de las tinieblas, Braindead y Mortal Zombie. O, como mínimo, para los que no entren en la sala cargados de prejuicios, los que están dispuestos a subirse al tren de la bruja y dejarse arrastrar hacia el pasaje del terror, los que saben reírse con el gran guiñol y no pretenden encontrar en la película más de lo que la película pretende ofrecer, que no es otra cosa que un plausible divertimento multireferencial con los ojos puestos en la mejor Serie B. Sólo un pequeño reparo: la incómoda sensación de que aniquilan demasiado pronto a algunos de los mejores personajes secundarios, mientras que dan más tiempo de pantalla a otros menos interesantes. Pero sólo puedo sentir amor hacia una película que muestra lo mejor de Paco Plaza y que convierte en una figura mítica a la encantadora Leticia Dolera, arrebatadora en  todo momento y transformada ya en icono para los amantes de las reinas del grito con acento español.





6 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 5: 'REC 2', terror y acción en primera persona.

(REC 2. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2009. 85 minutos) 

Quince minutos después de que Ángela Vidal desaparezca entre las sombras del ático, arrastrada por las manos huesudas de la niña Medeiros, un oficial médico y un grupo de GEOS irrumpen en el edificio para evaluar la situación y acabar con la amenaza. Armados con escopetas, fusiles automáticos y cámaras alojadas en sus cascos, los GEOS no tardarán en encontrarse con los infectados... o con algo peor.




Como sus propios autores reconocen y como ya he señalado en anteriores capítulos de este especial, REC surgió como un divertimento que afrontaron como un proyecto fácil y económico, una manera de pasarlo bien antes de embarcarse en empresas más complejas desde perspectivas logísticas y argumentales. Sin embargo, el estruendoso éxito que cosechó (el equivalente a unos 30 millones de euros sumando la taquilla mundial, frente a 1.5 de presupuesto), las favorables reacciones de parte de la crítica y, sobre todo, la insistencia de un público que pedía más, motivaron que Jaume Balagueró y Paco Plaza se vieran obligados a plantearse cómo podrían continuar la historia y cómo volver a sorprender a una audiencia que ya no acudiría virgen a las salas. Envalentonados por el triunfo, Plaza y Balagueró tuvieron la alocada idea de rodar cada uno una película distinta, en el mismo escenario pero dirigiendo cada uno a un equipo diferente, para luego proyectar cada cinta en salas de cine contiguas. Evidentemente, Julio Fernández, desde Filmax, les tuvo que parar los pies, ya que lo consideraba un proyecto inviable. Los directores querían seguir adelante con la serie, pero no sabían cómo. La respuesta la hallaron en una célebre secuela que tomaron como ejemplo: Aliens, el regreso (Aliens. James Cameron, 1986).  Si la versión de Ridley Scott era REC, esta segunda parte iba a poder compararse con el ejercicio que realizó Cameron con Aliens. Es decir, si antes nos entregaron una angustiante obra de terror puro y minimalista, ahora tocaba el turno de hacer algo más espectacular, donde primara la acción por encima del suspense y que, además, contribuyese a crear toda una mitología en torno a la serie. También, como gran novedad, cabe destacar la introducción de un sentido del humor que, sin llegar a la parodia, dotaba a la cinta de un tono menos asfixiante y más ligero que la anterior, algo que no fue muy bien recibido por algunos espectadores, a los que quizá cogió demasiado desprevenidos dicho cambio.  Retomando la historia justo donde acababa la anterior película, los cineastas apostaron fuerte y, a pesar de seguir utilizando recursos del mockumentary o el found-footage como rasgo distintivo, optaron por dejar de disimular: si en REC prescindían de los títulos de crédito hasta el final, para potenciar la sensación de que estábamos ante un reportaje sin editar, aquí no dudan a la hora de presentar el invento como una película, con sus créditos iniciales y hasta con la utilización de música extradiegética. Esto, que de entrada podría parecer una traición al espíritu de la primera parte, no hace más que acrecentar el carácter festivo y desprejuiciado del conjunto, concebido como si fuera un circo de tres pistas en el que impera el más difícil todavía.

Como he dicho antes, la historia nos sitúa quince minutos después del final de la primera parte, en el mismo escenario, pero con distintos protagonistas. Como novedad, no sólo argumental, sino también narrativa (puesto que a mitad de metraje la película retrocede para mostrarnos otro punto de vista), la acción se divide en dos frentes. Por un lado está el equipo armado, aliado con un tal Dr. Owen (Jonathan Mellor) que tiene mucho que esconder y que posee las respuestas sobre el origen del brote infeccioso. La película no tarda en desvelar que los zombis o infectados de REC no eran tales, sino que en realidad eran... poseídos. Con este descubrimiento la cinta adquiere un cariz distinto a la anterior, llevando el terror a un nuevo nivel gracias a este componente religioso que se encontraba casi completamente ausente hasta ahora, salvo por lo insinuado en el clímax final de la primera parte. Los poseídos acechan en cada rincón, pero el objetivo de Owen no es utilizar a los GEOS para destruirlos, sino para que le ayuden a llegar al ático y encontrar una muestra de sangre de la niña Medeiros. Allí fue la última vez que vimos a Ángela Vidal (Manuela Velasco).  La volveremos a ver en esta segunda parte, aunque en circunstancias distintas que sirven para crear más suspense: ¿Cómo sobrevivió? ¿Qué pasó con la niña Medeiros? ¿Cómo ha salido del ático? Por otra parte, existe una línea argumental paralela en la que tres adolescentes y un personaje del que ya habíamos oído hablar (el padre de Jennifer, que fue a buscar medicinas, ¿recuerdan?) se adentran en el edificio y se ven inmersos en mitad del caos. Ambas tramas terminan confluyendo en una media hora final que se entrega totalmente al fantástico y se aparta del pretendido realismo de REC, optando por una resolución sorprendente que no puede dejar indiferente a nadie.



Balagueró y Plaza, conscientes de que no iban a poder inocular el miedo entre el público de la misma manera en la que lo habían hecho previamente, buscaron el triunfo de REC 2 por otros caminos: una generosa dosis de acción balística (con planos que recrean el lenguaje visual de los shooters en primera persona), mayores dosis de sustos y gore (los monstruos no tardan en aparecer y, por si fuera poco, ahora sabemos que no hay ningún virus detrás de la catástrofe, sino algo mucho peor y de origen diabólico), la inclusión de humor negro y la conversión definitiva de Manuela Velasco en icono del cine de terror español, en una Ripley con sorpresa y con una cámara de vídeo como arma.  El resultado final de REC 2 es muy distinto y, al mismo tiempo, tan positivo como el de la primera parte, ya que se aleja de lo previsible y, aunque se repita forzosamente en algunos aspectos (las limitaciones de espacio y de la técnica narrativa empleada, que constituyen su mayor defecto y dejan en evidencia que la saga necesitaba un cambio de aires y, sobre todo, abandonar la narrativa del metraje encontrado), consigue erigirse como una secuela inteligente, furiosa y con personalidad propia. Motivos suficientes para seguir pidiendo más, aunque esta vez el éxito fuera menor, seguramente porque a muchos espectadores les costó entrar en el juego propuesto: el de aniquilar sus expectativas para ofrecerles algo diferente y, hasta cierto punto, rupturista.




5 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 4: 'REC', la esencia del miedo.

(REC. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2007. 75 minutos) 

Siguiendo este especial sobre la saga REC, nos detenemos, por fin, a desgranar qué supuso la primera película y por qué consiguió convertirse en un fenómeno sin precedentes.

Algo sorprendente es cómo se origina el proyecto: Según cuentan Paco Plaza y Jaume Balagueró, todo empezó mientras tomaban un refresco en una terraza y en al televisión emitían Aquí hay tomate, concretamente unas imágenes de Raquel Mosquera que ellos tildaron de "demoledoras". Esto coincidió con una conversación en torno a cómo crear una película de terror fresca, diferente y que supusiera un reto para el público, algo que nunca hubieran experimentado. Entonces saltó la chispa: la obsesión de los canales de televisión y los espectadores por la telerrealidad, el morbo y la agresividad audiovisual serían el vehículo perfecto para guiar al público por un túnel del terror en mitad de una sala de cine.




La película nos presenta a Ángela Vidal (Manuela Velasco), reportera del programa de televisión Mientras usted duerme, trabajando para mostrar a los espectadores cómo es el turno de noche en un parque de bomberos. Cuando suena la alarma y se desplaza junto a ellos para cubrir la emergencia, poco puede sospechar que se va a encontrar aislada en un bloque de pisos donde se ha desatado un virus que convierte a los infectados en imparables devoradores de carne humana. Sorteando el miedo y demostrando una profesionalidad inquebrantable, Ángela pide a su cámara que no deje de grabar, que no pierda detalle de lo que está ocurriendo, porque la gente tiene que saber qué está pasando allí dentro.

Miedo, angustia y pánico son tres elementos que definen al mejor cine de terror y que estaban presentes en casi la totalidad del escueto metraje de esta primera entrega de REC. Uno se podría preguntar si realmente era para tanto, si el éxito que consiguió la película estaba justificado y si los premios que le llovieron en diversos festivales tenían razón de ser. Vista la película cinco años después de su estreno, la respuesta es que sí, rotundamente sí. Para empezar porque es su intención de hacer pasar un mal rato al espectador está plenamente logrado, con todo lo que eso lleva de triunfal y, paradójicamente, de poco habitual  en un gran porcentaje del cine de terror actual (y siempre asumiendo que hay otra vertiente del género que no se puede valorar según el mayor o menor grado de miedo que provoque... como sucederá, de hecho, en parte de REC 2 y en la práctica totalidad de REC 3). Como el tiempo se ha encargado de demostrar, uno sufre más angustia cuando está contemplando algo que le podría pasar a él mismo que con historias de fantasmas, por muy adornadas que éstas estén y por mucha pátina de realismo que se le quiera dar. En REC no hace falta añadir artificiosamente esa capa porque ya viene impresa en su misma concepción, en su estructura no ya de documental, como se suele decir, sino de los propios brutos de cámara de lo que después podría ser un reportaje editado. Como ocurría en esas dos obras fundamentales, pese a quien pese, del engaño terrorífico que fueron Holocausto Caníbal (Cannibal holocaust. Ruggero Deodato, 1980) y El proyecto de la Bruja de Blair (The Blair witch project. Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), lo que vemos en esta película es, exclusivamente, lo que ven sus protagonistas. La diferencia es que, en la cinta que nos ocupa, esa intención de verismo está depurada hasta el extremo, de tal modo que su filmación se limita a una sola cámara y principalmente a planos secuencia en los que no hay demasiado lugar para los encuadres elaborados ni para los adornos extradiegéticos (apenas algún efecto sonoro soterrado que sirve para incrementar la tensión en momentos muy determinados).

Así que, a un nivel puramente visual, nos creemos la historia porque tiene apariencia de grabación real, y porque no exagera los elementos fantásticos de su leve trama hasta un clímax final (deudor de la imaginería de Chris Cunningham) en el que estamos ya entregados a cualquier cosa que nos quieran mostrar. En su día se dijo que REC era una experiencia hueca, un simple experimento formal, acusándola de falta de profundidad argumental. Sandeces. Es cierto que el mayor interés de la película reside en su forma y que su contenido no es más que una repetición de esquemas de probada eficacia, pero... ¿y qué? Como ejercicio de estilo sigue resultando gratificante y poderosamente eficaz, especialmente si la comparamos con la cantidad de películas que se han estrenado después amparándose en el found-footage... Los problemas de la cinta, de cualquier modo, no residen en esa falta de enjundia dramática, sino en algunos cabos sueltos de guión que al fin y al cabo casi benefician a la sensación global de caos y, sobre todo, en la elección errónea de algunos actores que resultan cuanto menos familiares y que malogran en parte la pretendida naturaleza verista de la propuesta, ya sea porque sus rostros nos suenan (ahí está por ejemplo Carlos Lasarte, cuyo papel en Los sin nombre es difícil de olvidar) o porque acusan demasiado su condición de intérpretes sobreactuando en determinados pasajes. Nada que ver con el gran trabajo de Manuela Velasco, acierto brutal de casting que sabe resultar creíble tanto en los momentos rutinarios como en las situaciones límite, aprovechando de manera muy inteligente su experiencia como presentadora televisiva, aunque a veces bordee ligeramente la exageración.



De cualquier manera, Paco Plaza y Jaume Balagueró tuvieron la habilidad para rellenar esos huecos que quedaron vaciós en el guión de REC gracias al modo en el que continuaron la saga con REC 2, dando respuestas a algunas de las incógnitas que, premeditadamente o no, dejaron sin solución en esta primera parte.




4 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 3: Paco Plaza, de la Filmoteca al Grindhouse.


Paco Plaza y el autor de estas líneas fotografiados por Leticia Dolera
en la edición del Festival de Sitges de 2010. 


Injustamente infravalorado con respecto a su amigo y compañero de guerra Jaume Balagueró, Paco Plaza  (Valencia, 1973) ha sabido evolucionar desde unos primeros pasos dubitativos hacia un cine que desprende amor y entrega total por el género fantástico y de terror. Sigamos una trayectoria que nos conduce hasta esa pequeña joya de nombre REC 3: Génesis


La negación de la infancia

En un interesante artículo escrito para la revista Scifiworld, Tonio L. Alarcón define muy bien, ya desde el propio título ("Paco Plaza: De Tarkovski a Fulci en sólo siete pasos"), la que ha sido la trayectoria del director valenciano: un proceso que primero pasa por una fase de negación de los gustos juveniles para, poco a poco, llegar a un estado de reconciliación con el pasado. 

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Valencia, Plaza decide enfocar su carrera hacia la realización cinematográfica y, en vistas a conseguirlo, se marcha hasta Madrid para matricularse en la ECAM (Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid). Por esta época comienza a publicar artículos en el mítico fanzine 2000 Maníacos y, algo después, escribe algunos libros para Midons Editorial durante los años dorados de las publicaciones en torno al cine de género, antes de que internet explotara definitivamente y los aficionados dejaran de pagar por tener información en formato físico. En Asesinos de cine (1998), se deja entrever cierto desapego de Paco Plaza hacia el cine que ha mamado desde su infancia. De algún modo, da la sensación de que el escritor mira por encima del hombro al género slasher. Se produce así un proceso negación transitoria del fantástico y el terror, no sé hasta qué punto producto de la "reeducación" a la que son sometidos los alumnos de las escuelas de cine, a menudo aleccionados para que aprendan a valorar el llamado Séptimo Arte desde términos distintos a los que aplicaría un espectador cualquiera, con lo bueno y lo malo que ello conlleva.

Cegado por Bergman y Tarkovski y olvidándose de Lucio Fulci y Jack Arnold, Plaza acomete su primer trabajo detrás de las cámaras con un cortometraje titulado Tropismos (1995), rodado en blanco y negro y actualmente ilocalizable. Tampoco es posible rescatar su segundo trabajo, de título también pedante y poco prometedor: Tarzán en el Café Lisboa (1997). Según indica Tonio L. Alarcón en el artículo citado, el paso de Paco Plaza por un corto de vampiros titulado Noche de sangre, del que no he conseguido localizar ninguna información, le hace reencontrarse con el género fantástico y le predisponen a dirigir un experimento que se acerque algo más al cine con el que se ha criado.

De esta manera, Plaza dirige en 1999 Abuelitos, uno de esos cortometrajes insondables que uno mira embelesado aunque no sepa muy bien qué es lo que está contando. Explicar su argumento es imposible porque, sencillamente, no lo hay: todo se reduce a unos personajes de los que no sabemos nada (los abuelitos del título, en teoría niños envejecidos para llevar a cabo algún experimento... o eso entendí) en una situación de la que no disponemos mayor información que la que vemos durante los largos, eternos quince minutos de metraje. Lo que no se puede negar es que Abuelitos derrocha atmósfera y que la fotografía de Pablo Rosso (futuro cómplice habitual de Balagueró y Plaza: encarnó al cámara Pablo en REC y a al GEO Rosso en REC 2) le otorga un acabado profesional que no tiene nada que envidiar al de muchos largometrajes españoles. Pero, por lo demás, es una buena muestra de este primer Paco Plaza que a servidor no le resultaba especialmente interesante.

Del siguiente corto del director, titulado Puzzles (2001), poco se sabe, ya que no se encuentra disponible en la actualidad en ningún sitio. Por su parte, Abuelitos sigue su periplo festivalero hasta que Joan Girard, de Filmax, lo ve en Oporto y le llama la atención. Girard acaba de producir Los sin nombre (1999), primera película de Jaume Balagueró, y busca alguien que se encargue de adaptar otra novela de Ramsey Campbell, en este caso El pacto de los padres. Paco Plaza, amigo de Balagueró, ve en esto la oportunidad para debutar como director de largometrajes... y no la desaprovecha.

Mercenario para Filmax

A priori, El segundo nombre (2002) guarda demasiadas semejanzas con Los sin nombre como para evitar que pese sobre ella cierta acusación de explotación oportunista. Al fin y al cabo, ambas son producciones de Filmax, las dos adaptan novelas de Ramsey Campbell y hasta poseen cierto parecido en sus títulos. Sin embargo, pese a los paralelismos, la opera prima de Paco Plaza es un trabajo sin relación argumental con el presentado por Balagueró tres años antes. La película cuenta la historia de Daniella (Erica Prior), una joven que investiga el misterioso suicidio de su padre y la posterior profanación de su tumba. Sus pesquisas le llevan hasta los Abrahamitas, una secta religiosa a la que podrían haber pertenecido sus progenitores. Paco Plaza demuestra que no le da miedo afrontar una primera película rodada en inglés y que, probablemente, va a ser comparada con Los sin nombre, con lo que eso llevará de decepción para un público que podría sentirse engañado. Lamentablemente, esta valentía no se traduce en un film poderoso o enérgico. El segundo nombre ni siquiera es una película de terror propiamente dicha, sino un thriller elegantemente rodado pero carente de ritmo e intensidad, un título que funciona a bajas revoluciones, tan correcto como frío y distante, y que, sorprendentemente, es alabado por el jurado del Festival de Sitges... algo que no hará un público que la ignora cuando pasa por las salas de cine.

Después de co-dirigir junto a Jaume Balagueró OT: La película (2002), de la que ya hablé en el anterior capítulo de este monográfico, Paco Plaza sigue demostrando a Julio Fernández (capitoste de Filmax) que puede contar con él para sacar adelante cualquier proyecto. Aunque empieza en el cortometraje venerando al cine de autor, poco a poco la carrera de Paco Plaza le va convirtiendo, irónicamente, en un artesano al servicio de los productores. Así, acepta hacerse cargo de Romasanta, la caza de la bestia (2004) después de que Chuck Parello se desentienda de ella. Basada en los crímenes reales de Manuel Blanco Romasanta, psicópata gallego que a mediados del siglo XIX fue arrestado por sus fechorías y que fue diagnosticado de licantropía clínica, se trata de un producto al servicio del nuevo sello Fantastic Factory. La película se beneficia de la competente fotografía de Javier Salmones y de la siempre inquietante presencia de Julian Sands, pero adolece de los mismos defectos que El segundo nombre: una falta de energía detrás de las cámaras que se puede interpretar como falta de entusiasmo por parte de Paco Plaza, quien durante el rodaje debe encontrarse en una situación poco cómoda, teniendo en cuenta que no tiene la posibilidad de encarar proyectos personales ahora que, por fin, ha comenzado a reconciliarse con el género que le hizo amar el cine. 


Etapa de reconciliación. 


A pesar de que años después lo percibimos de otro modo, en 2004 no resulta fácil ver que hay algo en Romasanta que insinúa esa tensión entre lo que Paco Plaza está deseando hacer y lo que le permiten. Por eso, el episodio que dirige para la serie de telefilms Películas para no dormir nos coge a todos desprevenidos: por primera vez vemos a un Plaza distinto, radiante y lleno de potencia. 

Cuento de navidad (2005) comienza mostrándonos imágenes de una película falsa, Invasión Zombie, en la que un héroe con las maneras de Snake Plissken, Taylor (Loquillo), rescata a su chica, Ekran (Elsa Pataky), del ataque de un muerto viviente. Estos primeros minutos sientan las bases de lo que está por venir y suponen una declaración de intenciones: toca hacer las paces con el pasado, con los programas dobles de cine de barrio, con las cintas de vídeo, con la Serie B y la Serie Z... con la infancia. Así, Paco Plaza, con guión de Luiso Berdejo, nos presenta tras el prólogo a cinco amigos en la costa valenciana de mediados de los ochenta: Koldo (Christian Casas), Moni (Ivana Baquero), Peti (Roger Babia), Tito (Pau Poch) y Eugenio (Daniel Casadellà). Sin mucho más que hacer que ver una y otra vez Kárate Kid (The Karate Kid. John G. Avildsen, 1984), encuentran en un agujero en mitad del bosque a una mujer disfrazada de Papá Noel. Se trata de Rebeca Expósito (Maru Valdivieso), una delincuente huida de la justicia a la que los niños mantendrán oculta y retenida hasta que les diga dónde está el dinero que ha robado o, en su defecto, hasta que la policía ofrezca una recompensa por ella y puedan cobrarla.

Fotograma de Cuento de navidad (2005).
Cuento de navidad, desde su inicio, destroza cualquier prejuicio que pudiéramos sentir hacia la obra de Paco Plaza, logrando aunar en apenas 70 minutos terror, suspense, aventuras, comedia y fantasía, dando como resultado un producto mucho menos artificial que otros que posteriormente han intentado resucitar el espíritu del cine juvenil de los 80. Paco Plaza lo consigue sin aparente esfuerzo, plagando la pantalla de estímulos que nos retrotraen a nuestro pasado como incipientes consumidores de cultura pop, asimilando los códigos del cine de Spielberg (no mostrando los rostros de los adultos, por ejemplo) para subvertirlos: si bien durante los primeros minutos nos hace creer que estamos viendo a un grupo de niños inocentes y de buen corazón, pronto descubrimos que su amistad y sus actitudes están a punto de corromperse cuando entra en juego la avaricia; incluso se atreve a ir más lejos al presentar a Peti y Eugenio como dos pequeños aspirantes a psicópatas, capaces de hacer un ritual de vudú y de maltratar psicológicamente a la que, en otras circunstancias (y estas circunstancias terminan llegando durante el clímax final), sería la malvada de este cuento macabro.

La película sólo se resiente de algunas interpretaciones ligeramente torpes, pero posee una eficacia muy superior a los anteriores trabajos de Plaza y, por si fuera poco, sirve como adelanto de lo que más tarde será REC 3: Génesis: esa mezcla entre sentimentalismo y mala uva, entre momentos agradables y explosiones gore, esa utilización de canciones en principio poco apropiadas para ambientar una escena de suspense (aquí el Yes sir, I can boogie de Baccara) y la representación de una sociedad cutre por defecto ya están presentes en Cuento de navidad, la primera constatación de que en Paco Plaza  hay algo más que un simple artesano al servicio de proyectos ajenos.

A partir de aquí, el director comienza a divertirse y a divertirnos. Surgen en este instante REC (2007) y REC 2 (2009), de las que, como saben, me encargaré en otros capítulos de este especial. Apuntar, no obstante, que el hecho de que el gran público no pueda acceder en pantalla grande o televisión a Cuento de navidad (ya que sólo se estrenó en DVD) mantiene a Plaza en un segundo plano durante los dos primeros títulos de la saga REC, al menos a ojos de los espectadores que le ven como un segundón y que, de manera injusta, piensan que los mayores hallazgos de la serie se deben a Jaume Balagueró.


La confirmación de un nombre propio. 

Fotograma de Maldito viernes (2008).
Todavía esperando una oportunidad mejor de mostrar en salas de cine su reencontrada pasión por el fantástico, Paco Plaza comienza a explorar otros medios y a dejar aflorar su verdadera personalidad. En 2008, para el festival de trailers falsos Teaserland, Plaza dirige una breve pieza de 50 segundos protagonizada por la que comienza a ser su musa, Leticia Dolera. Rodada en blanco y negro y en una única toma, Maldito viernes es el fingido avance de una hipotética película de vampiros que, según comenta el propio director, aspira a poder realizar algún día, situándola actualmente entre sus proyectos prioritarios después de REC 3: Génesis, una vez que las riendas de la saga han sido tomadas en solitario por Jaume Balagueró para la cuarta parte.

Leticia Dolera en Luna di miele, luna di sangue VII (2010).
Nos encontramos en este punto con otra rareza significativa: otra vez Dolera, vestida de novia e inmersa en una historia de terror, protagoniza Luna di miele, luna di sangue VII (2010). Según comenta Paco Plaza en su blog, el cortometraje se crea para un concurso auspiciado por PortAventura en el que los participantes pueden presentar una película que no sobrepase el minuto de duración. La de Plaza lo supera, supongo que conscientemente (por mucho que en blog bromee diciendo lo contrario) y le sirve para ironizar sobre las propias bases del certamen y, sobre todo, para hacer chistes a costa de los códigos del cine de terror, sobre la lentitud de los psicópatas a la hora de matar a sus víctimas indefensas y sobre los giros de guión inesperados en el último rollo de la película.

Fotograma de REC 3: Génesis (2012).

Luna di miele, luna di sangue VII nos hace sospechar que los detalles humorísticos que hay en REC 2 se deben más a la mano de Paco Plaza que a la de Jaume Balagueró, algo que resulta por fin evidente gracias al estreno de REC 3: Génesis (2012). La cinta confirma a Plaza como un amante del trash, introduciendo infinidad de referencias que van desde el Fantaterror al Splatstick, pasando por la Exploitation italiana y rematando con cierto costumbrismo berlanguiano, como veremos en la crítica que publicaré dentro de este monográfico.

Y así, con la sonrisa en los labios provocada por el recuerdo de REC 3, llegamos al final de esta biofilmografía de Paco Plaza, director que ha sabido sustituir lo irritante por lo memorable y a quien habrá que seguir y apoyar en sus futuros pasos como cineasta. 

2 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 1: Una introducción al cine de terror español.


Quizá pueda parecer precipitado dedicar una serie entera de entradas a una saga cinematográfica de la que todavía queda, al menos, una entrega más por estrenar. El tiempo dirá si el impacto causado por las películas dirigidas por Jaume Balagueró y Paco Plaza es flor de un día o si perdurará en la memoria, alojándose indeleblemente en el recuerdo de los aficionados de la misma manera en la lo consiguieron las andanzas de los templarios de Ossorio o del Waldemar Daninsky de Paul Naschy. Pero REC es, hoy por hoy, la única saga de terror producida dentro de nuestras fronteras que ha logrado una continuidad consciente y alentada por el público, la primera que ha utilizado números detrás del título y también una de las pocas producciones españolas que ha conseguido estrenarse con buenos resultados fuera de nuestro país y hasta ser objeto de remakes de Hollywood. Por todo ello, y porque ahora mismo REC 3: Génesis se encuentra en las salas de cine, es un buen momento para dedicarle una semana entera a este fenómeno del que tendríamos que sentirnos orgullosos, no sólo por que apele a nuestro orgullo patrio (a quien lo tenga, claro), sino porque supone un regalo irreprochable para todos los que nos hemos criado devorando cine fantástico y de terror y añorábamos pasar miedo, sorprendernos y disfrutar en una sala de cine con esta mezcla de horror, fantasía, acción y humor. 


Un poco de historia: de Segundo de Chomón y el esplendor del Fantaterror al ostracismo provocado por la Ley Miró.

Hubo una época en la que los espectadores jóvenes nos acostumbramos a odiar el cine español o, como mínimo, a mirarlo por encima del hombro, con algo de desprecio y la sensación inapelable de que no estaba hecho para nosotros. Durante los años ochenta, con la implacable Ley Miró dominando el panorama (recordemos que, con este decreto, se potenció y subvencionó un cine de supuesto contenido social y artístico en detrimento del cine comercial y de género), se implantó entre todos nosotros la idea de que el cine español trataba siempre sobre "putas y maricones". Puede que este sea un axioma cafre y no del todo cierto, pero también es verdad que no le faltaba parte de razón. Aunque lo más grave es que cercenó lo que, hasta ese momento, y gracias a una política que facilitaba las co-producciones con otros países, estaba cerca de ser algo así como una industria cinematográfica. La gente pagaba por ver cine español porque le ofrecía entretenimiento, diversión, espectacularidad (toda la que era posible con los presupuestos exiguos que muy a menudo se manejaban, claro) y remedos "españolizados" de géneros en principio ajenos a nuestra tradición como el Western o el terror. 

Fotograma de La casa hechizada (1906).
Como suele ocurrir con todo en este país, el género fantástico llegó algo más tarde a nuestro cine que en otros lugares del globo. Y esto fue así por esa falta de tradición de la que hablaba antes, ya que, a pesar de que podamos encontrar casos aislados en nuestra literatura colindantes con el género (algunos relatos, las leyendas autóctonas, la obra de Bécquer e incluso  la influencia de nuestra propia educación cristiana), no se puede decir que poseamos un equivalente castizo al Frankenstein de Mary Shelley o al Drácula de Bram Stoker. Es por esto que, mientras que en Estados Unidos, Francia o Alemania los orígenes del cine están ligados íntimamente al mundo imaginario y al terror, en España nos tuvimos que conformar, por así decirlo, con un caso aislado como el de Segundo de Chomón, responsable de las primeras películas fantásticas de nuestra filmografía, aunque contaran con producción francesa, como La casa hechizada (1906) o El hotel eléctrico (1908).  No hubo un afán continuista en otros directores españoles, aportando durante el periodo de la República y durante la Guerra Civil y la Posguerra apenas un puñado de títulos apartados en el tiempo. Así, tendríamos que irnos hasta 1944 para encontrarnos con la que se suele considerar la primera película de terror netamente española, La torre de los jorobados de Edgar Neville. Pero tampoco logró ninguna continuidad.

Fotograma de Gritos en la noche (1962).

Es a partir de los años 60 cuando comienza a producirse un cambio en los profesionales del cine español, así como en los hábitos de consumo del público. Gracias a las colaboración con otros países, muchos técnicos y artistas autóctonos tuvieron la oportunidad de aprender bastante sobre el arte de hacer películas debido a su participación en grandes producciones foráneas que se rodaban en suelo nacional. Surge así la figura de Jesús Franco, cineasta venerado y odiado a partes iguales. Aunque hoy le reconozcamos sobre todo por su apabullante producción (resulta difícil saber exactamente cuántas cintas componen su filmografía) y por la dejadez formal de muchos de sus trabajos, su Gritos en la noche (1962) supuso un hito dentro del panorama del cine español, demostrando que había hueco para un cine de terror que recogía la influencia europea para llevarlo a nuestra idiosincrasia y que podía resultar disfrutable y creíble para un público ávido de emociones fuertes. Además, y aunque no fuera de manera premeditada ni inmediata, sino más bien muy dilatada a lo largo de los años y sin demasiada relación argumental, podríamos decir que fue la generadora de la primera saga terrorífica de nuestro país, ya que volveríamos a ver al Dr. Orloff (no siempre interpretado por Howard Vernon) en otros títulos posteriores: El enigma del ataúd (Santos Alcocer, 1969),  Orloff y el hombre invisible (La vie amoureuse de l'homme invisible. Pierre Chevalier, 1970), La venganza del doctor Mabuse (Jesús Franco, 1972), Los ojos siniestros del doctor Orloff (Jesús Franco, 1973), El siniestro doctor Orloff (Jesús Franco, 1984), Sola ante el terror (Jesús Franco, 1986) y Los depredadores de la noche (Les prédateurs de la nuit. Jesús Franco, 1987). Gracias al éxito del Tío Jess, provocado más por su insistencia que por la calidad intrínseca de sus películas, surgen otros nombres entregados al fantástico como  León Klimovsky, José Luis Madrid, Carlos Aured, Jorge Grau, Narciso Ibáñez Serrador o Eugenio Martín. Fue la etapa dorada de lo que se dio en llamar Fantaterror (Fantástico + Terror). 

Armando de Ossorio posa junto a uno de sus templarios.
Pero detengámonos en el otro gran nombre a tener en cuenta: Armando de Ossorio. Persona de la que todo el mundo hablaba maravillas, fue sin embargo un director que a menudo tenía que lidiar con cierta torpeza narrativa y con una carencia de medios económicos que no sabía muy bien cómo disimular. Aun así, de lo que no se puede dudar es de su acierto a la hora de utilizar la imaginería hispana para construir una saga terrorífica con identidad propia y que, sin ninguna duda, podemos calificar como el precedente más claro de lo que ha sucedido con la serie REC, en tanto que también estaba compuesta por cuatro títulos con personalidad propia. Ossorio, basándose en El monte de las ánimas y El miserere de Gustavo Adolfo Bécquer y un poco a rebufo del éxito de La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead. George A. Romero, 1968), estrenó en 1972 La noche del terror ciego, una película que seguía algunos de los hallazgos visuales y argumentales de la cinta de Romero pero que utilizaba unos caballeros templarios como amenaza. Aunque no fuera precisamente un prodigio de ritmo, La noche del terror ciego deslumbró visualmente gracias a la figura de esos esqueléticos templarios cabalgando en mitad de las brumas portuguesas y a la escalofriante partitura de Antón García Abril, elementos que dotaban de una personalidad inédita a esta primera entrega de lo que luego sería una saga continuada con El ataque de los muertos sin ojos (1973), El buque maldito (1974) y La noche de las gaviotas (1975), todas ellas con características bien definitorias y diferenciadoras entre sí. 

Fotograma de La marca del hombre lobo (1968)

Otra parada obligatoria es la de Jacinto Molina, alias Paul Naschy, campeón de halterofilia reciclado en actor y cineasta que fue el creador, actor principal y, en ocasiones, director de la saga protagonizada por el licántropo Waldemar Daninsky. Si bien Molina participó en muchos otros títulos imprescindibles para el Fantaterror, fueron sus encarnaciones de Daninsky las que servirían para que se ganara el cariño y el respeto de los aficionados al cine fantástico de todo el planeta. El hombre lobo de Paul Naschy haría acto de presencia en La marca del hombre lobo (Enrique López Eguiluz, 1968), la misteriosa y desaparecida Las noches del hombre lobo (René Govar, 1968), Los monstruos del terror (Tulio Demicheli, 1970), La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1971), La furia del hombre lobo (José María Zabalza, 1972), Dr. Jekyll y el hombre lobo (León Klimovsky, 1972), El retorno de Walpurgis (Carlos Aured, 1973), La maldición de la bestia (Miguel Iglesias, 1975), El retorno del hombre lobo (Jacinto Molina, 1981), La bestia y la espada mágica (Jacinto Molina, 1983), El aullido del diablo (Jacinto Molina, 1987), Licántropo: El asesino de la luna llena (Francisco Rodríguez Gordillo, 1996) y Tomb of the werewolf (Fred Olen Ray, 2004), además de aparecer sin el nombre de Daninsky en las comedias Buenas noches, señor monstruo (Antonio Mercero, 1982) y Aquí huele a muerto... (¡Pues yo no he sido!) (Álvaro Sáenz de Heredia, 1989). Sin embargo, no se puede hablar de una saga con una continuidad interna propiamente dicha, sino más bien de una serie de películas independientes protagonizadas por el mismo personaje. 

Volviendo a los años ochenta, con el Decreto Miró en activo, el aficionado al horror con ñ tenía que conformarse con cintas aisladas que oscilaban entre lo sorprendente, como es el caso de Angustia (Bigas Luna, 1987), y lo bochornoso, como es Descanse en piezas (José Ramón Larraz, 1987). Prácticamente sólo un director se mantuvo inquebrantable, a excepción del infatigable Jesús Franco, a su pasión por el cine de género: Juan Piquer Simón. A menudo saqueando ideas que explotaban los últimos éxitos norteamericanos (algo que él siempre se negó a reconocer), Piquer Simón fue el responsable de títulos entrañables e imposibles como Supersonic Man (1980), Mil gritos tiene la noche (1982), Slugs, muerte viscosa (1988), La grieta (1990) o La mansión de Cthuthu (1992), además de algunos filmes familiares que adaptaban novelas de Julio Verne. 


La eclosión de los años noventa y la confirmación en el nuevo siglo.


Fotograma de El día de la bestia (1995).

A pesar de que el panorama oficial del cine español estaba anquilosado en fórmulas rancias de comedia y drama social, algo estaba sucediendo en la escena independiente: una nueva generación de cinestastas jóvenes, educados con el cine comercial norteamericano y rastreadores de rarezas del cine de género de cualquier nacionalidad (y que, en ocasiones, eran redactores de fanzines que rememoraban tiempos pretéritos en los que aquí se hacía terror de calidad), comenzó a llamar la atención de los productores gracias a una serie de cortometrajes que daban buena muestra de que algo estaba destinado a cambiar muy pronto dentro de los márgenes del cine español. Surgen por esta época piezas como Mirindas asesinas (Álex de la Iglesia, 1991), Evilio (Santiago Segura, 1992), Aftermath (Nacho Cerdá, 1994), Luna (Alejandro Amenábar, 1994), Alicia (Jaume Balagueró, 1994) o el más tardío Abuelitos (Paco Plaza, 1999), además de un largometraje totalmente independiente, brutal e irrepetible como fue La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos (Antonio Blanco y Ricardo Llovo, 1993). Sobre la obra de Paco Plaza y Jaume Balagueró me ocuparé en siguientes capítulos de este monográfico, de ahí que deje sus aportaciones en un segundo plano durante esta introducción.

Fotograma de Tesis (1996).
Los que más rápido y de manera más estruendosa calaron en el público español fueron Álex de la Iglesia y Alejandro Amenábar. Con ellos se produjo un fenómeno inaudito: por primera vez en muchos años, el público joven estaba dispuesto a pagar para ver una película española. El primero consiguió llamar la atención tímidamente con Acción Mutante (1992), pero fue con El día de la bestia (1995) cuando consiguió convertirse en una figura indispensable de nuestro cine, en un ídolo para una nueva generación de espectadores y en la gran esperanza para los que soñaban con un cine de género hablado en castellano. Su filmografía posterior ha ido por otros derroteros, dando mayor relevancia al componente cómico y satírico que al terrorífico, pero sirvió de revulsivo para que los productores comenzaran a confiar en que un nuevo tipo de cine era posible. Así surge también la figura de un por entonces prometedor Alejandro Amenábar, firmante de la triunfal Tesis (1996) y después director de Abre los ojos (1997) y de una de las cintas más taquilleras de la historia de nuestro país, Los otros (The others. 2001), antes de embarcarse en proyectos que no nos incumben. Aunque a muchos no nos guste el rumbo que ha tomado su carrera y ahora parezca que reniega de sus orígenes, es justo reconocer la importancia de Amenábar en nuestro cine de género. Gracias a la buena acogida popular de sus dos primeros títulos y, sobre todo, al inconmensurable taquillazo que le reportó el tercero, comenzaron a surgir otras propuestas interesantes, fuera de los grandes largometrajes conocidos por todos, que contribuyeron a fundar una nueva etapa dorada para el terror hispano, como 99.9 (Agustí Villaronga, 1997), Memorias del Ángel Caído (David Alonso, Fernando Cámara, 1998), La Biblia Negra (David Pujol, 2001), Nos miran (Norberto López Amado, 2002), Ouija (Juan Pedro Ortega, 2003) o Eskalofrío (2008), junto con otros menos logrados como Hipnos (David Carreras, 2004), Los abandonados (The abandoned. Nacho Cerdà, 2006), Imago Mortis (Stefano Bessoni, 2009) o el díptico compuesto por La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2010) y La herencia Valdemar II: La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2011). Incluso, gracias a la influencia del renacimiento del terror adolescente en Estados Unidos y a los buenos resultados de las series juveniles españolas como Al salir de clase, Nada es para siempre o Compañeros, tuvimos aquí nuestra ración de acné en peligro de muerte gracias a (o por culpa de) las poco memorables El arte de morir (Álvaro Fernández Armero, 2000), School Killer (Carlos Gil, 2001) o Tuno negro (Pedro L. Barbero, Vicente J. Martín).

Logo de la extinta Fantastic Factory.
Junto a estos trabajos menos exitosos, se alzaron triunfantes (dejando de momento a un lado los títulos firmados por Plaza y Balagueró, como ya indiqué antes) dos obras de desigual interés protagonizadas por la más bien incómoda Belén Rueda, primero la funcional y poco sorprendente El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) y después la estimulante Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010). Ambas fueron producciones del mexicano Guillermo del Toro, quien además dirigió otros dos de los largometrajes más rentables y recordados del terror español, la escalofriante El espinazo del Diablo (2001) y la bella y telúrica El laberinto del fauno (2006). Pero del Toro no fue el único cineasta extranjero que puso los ojos aquí: el mismísimo Roman Polanski, adaptando una novela de Arturo Pérez-Reverte, filmó en Toledo parte de la co-producción La novena puerta (The ninth gate, 1999), aunque más importante es el hecho de que todo un pope de la Serie B internacional como Brian Yuzna pusiera sus ojos sobre España para fundar aquí una productora en alianza con la Filmax de Julio Fernández (quien acogería en su seno los talentos de Jaume Balagueró y Paco Plaza). Surge así la Fantastic Factory, de la cual salieron nueve títulos antes de desaparecer en 2007. Fueron los siguientes: Faust, la venganza está en la sangre (Brian Yuzna, 2000), Arachnid (Jack Sholder, 2001), Dagon. La secta del mar (Stuart Gordon, 2001), Darkness (Jaume Balagueró, 2002), Romasanta. La caza de la bestia (Paco Plaza, 2003), Beyond Re-Animator (Brian Yuzna, 2003), Rottweiler (Brian Yuzna, 2004), La monja (Luis de la Madrid, 2005) y Bajo aguas tranquilas (Brian Yuzna, 2006). Los pobres resultados económicos de casi todos ellos (exceptuando el de Balagueró) y las malas críticas hicieron que Brian Yuzna diera por concluida su aventura española.

Fotograma que presentaba cada una de las
 Películas para no dormir
Pero Julio Fernández quería seguir apostando por el fantástico y decidió esta vez resucitar un formato de prestigio y que había calado muy hondo en la imaginería popular española. Así, en 2006, surgiría Películas para no dormir, una serie de telefilmes que homenajeaban al añorado programa de televisión Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador. Este mito de los medios fue convocado para dirigir uno de los episodios, La culpa, dando como resultado uno de los más flojos junto con los de Mateo Gil (Regreso a Moira) y Enrique Urbizu (Adivina quién soy). Mucho más disfrutables fueron el episodio de Álex de la Iglesia (La habitación del niño) y, sobre todo, los de Paco Plaza (Cuento de Navidad) y Jaume Balagueró (Para entrar a vivir). Lamentablemente, Tele 5, cadena televisiva que supuestamente tenía que emitir la serie, maltrató el proyecto sin emitirlo por completo, provocando que estos telefilmes tuvieran que ser disfrutados exclusivamente gracias a un bello pack editado por Filmax en DVD. No obstante, Películas para no dormir es importante también porque supone el germen de lo que luego sería la saga REC: mientras que Cuento de Navidad mostraba por primera vez la pasión reencontrada de Paco Plaza con sus orígenes como espectador de cine de derribo (que es una de las bases sobre las que se sustenta REC 3: Génesis, incluyendo esa peculiar utilización de clásicos de la música reciente española, en este caso Baccara), Para entrar a vivir demostraba que se podía filmar una película de terror, tensa, furiosa, enérgica y electrizante sin apenas salir de un bloque de pisos (lo que constituía un buen ensayo para la inmediata REC, aunque no estuviera filmada con la técnica documental). Lejos quedaban ahora los días en los que Julio Fernández les traspasaba a Plaza y Balagueró el marrón de dirigir OT: La película (2002). Ahora confiaba en estos jóvenes talentos para llevar a cabo empresas más interesantes, habida cuenta de que sus aportes tanto para la Fantastic Factory como para Películas para no dormir fueron de los más celebrados. Así que no puso demasiadas pegas cuando ambos le propusieron una idea en principio bastante loca: un largometraje de terror con forma de falso documental, ambientado en una única localización, con actores semidesconocidos y con un planteamiento de rodaje casi de guerrilla. Así nació REC (2007) y así  fue como marcaron un hito en el cine de nuestro país, del que nos seguiremos ocupando en los siguientes capítulos de este especial.