(Interview with the vampire. Neil Jordan. Estados Unidos. 1994. 123 minutos) Vista hoy, casi dos décadas después de su estreno,
Entrevista con el vampiro puede resultar una experiencia chocante si pensamos que fue una de las películas más populares de su año y que su recaudación superó la (por entonces) mágica barrera de los cien millones de dólares sólo teniendo en cuenta el suelo norteamericano (cifra total mundial: 223 millones). Y puede ser así por varios motivos, siendo el más destacado de ellos lo muy distinta que puede considerarse esta película del modelo actual de
blockbusters que triunfan en la taquilla, cada vez más enfocados a un público juvenil y con muchas menos aspiraciones artísticas. Como cierta saga vampírica que todos ustedes conocen y con la que no me voy a meter (porque creo que cumple la función para la que está concebida y porque, salvo los dos primeros capítulos, no es tan horrenda como muchos se empeñan en pensar),
Entrevista con el vampiro nace también de la literatura, en este caso de la primera entrega de las
Crónicas Vampíricas iniciadas por Anne Rice en 1976. Desde entonces, Hollywood intentó infructuosamente en varias ocasiones adaptar la historia al cine, desistiendo finalmente cuando el terror de los ochenta parecía insinuar que no había hueco para los vampiros, a no ser que fueran reflejados de manera paródica (
Mordiscos peligrosos) o revisionista (
Noche de miedo).
Sin embargo, los años noventa trajeron con ellos una especie de sofisticación del género, un intento de volver a otorgar cierto prestigio a figuras clásicas del terror que pudiesen volver a ser tomadas en serio, a veces incluso demasiado. Eran los años de
Drácula de Bram Stoker (
Bram Stoker's Dracula. Francis Ford Coppola, 1992),
Lobo (
Wolf. Mike Nichols, 1994) y
Frankenstein de Mary Shelley (
Mary Shelley's Frankenstein. Kenneth Branagh, 1994), un momento idóneo para que David Geffen se aliara con la Warner Bros. y convenciera a Neil Jordan, quien tenía bajo el brazo el reciente Osar al Mejor Guión por
Juego de lágrimas (
The crying game. 1992), para que adaptara al fin la novela de Rice, uniendo además a un reparto de órdago que asegurara el interés de un público mayoritario (y por mucho que la propia Rice detestara la elección de Tom Cruise como Lestat, gesto del que se arrepintió más tarde, una vez vio la película terminada). El resultado final fue un éxito económico y artístico que, como decía al comienzo de estas líneas, sería relativamente inviable hoy en día, especialmente viniendo de un estudio de Hollywood.
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LO MEJOR: La sordidez de algunos conceptos, especialmente
viniendo de una de las grandes majors de Hollywood.
LO PEOR: Su ritmo, demasiado irregular, y el hecho de que
pretenda abarcar demasiado para dos horas de metraje.
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La elección de Neil Jordan como director tenía su lógica. Al fin y al cabo ya había demostrado que sabía narrar un cuento de terror, tal y como hizo con
En compañía de lobos (
The company of wolves. 1994). Pero, siendo como es un director a contracorriente, hoy cuesta imaginar que alguien le llamase para dirigir otra producción de presupuesto considerable que se enmarcara dentro del cine de terror, sobre todo teniendo en cuenta que su último intento al respecto fue un fracaso:
In Dreams (1999). Más raro sería aún que, como ocurrió en esta cinta de 1994, tuviera tanta capacidad de decisión sobre el corte final y el estudio no se entrometiera demasiado en su trabajo. Tampoco hoy sería bien visto que una superproducción (moderada, eso sí) de terror, contara con un ritmo tan irregular y tan poco dado a los sustos y a la acción como el que ostenta
Entrevista con el vampiro. Este sería, en parte, su mayor defecto, ya que
la película denota en exceso que se trata de una adaptación literaria que pretende condensar una historia extensa en dos horas de metraje. Esto obliga a que algunos pasajes sean explicados de manera superficial y conduce al público a la sensación de que se está perdiendo matices que le impiden entender la historia en su totalidad (como toda la parte con Armand, especialmente), algo que entra en contraste con lo muy pausados que son otros fragmentos de la cinta y que pueden invitar a cierto tedio en momentos puntuales, estando los puntos álgidos de emoción distribuidos de manera algo insatisfactoria (y, por supuesto, provocando un choque frontal con lo que el público contemporáneo demanda en cuanto a cantidad y frecuencia de las emociones fuertes).
La mayor virtud del largometraje, y que también es algo que sería inconcebible en cualquier aspirante a taquillazo actual que se precie, es el incómodo retrato que hace de una familia disfuncional: Lestat (Tom Cruise) convierte a Louis (Brad Pitt) en vampiro y ambos adoptan a la pequeña Claudia (Kirsten Dunst) haciéndola también inmortal y formando un núcleo familiar realmente sórdido, en el que sobrevuelan los aires de la evidente atracción homosexual que parecen sentir Lestat y Louis (y no sólo ellos: también el Armand interpretado por Antonio Banderas desea tener a Louis como compañero), además de unas insinuaciones incestuosas (a su manera) y pederastas (también
sui generis, porque recordemos que Claudia termina siendo una señora mayor encerrada en un cuerpo de niña... algo que le atormenta) entre Louis y su "hija". A todo esto añádanle desnudos femeninos completos, sus buenos chorreos de sangre y unos efectos de maquillaje perfectos de Stan Winston y quizá se echen a llorar: aún con todos sus problemas de ritmo y de selección de subtramas (que son los que, en definitiva, le impiden convertirse en una obra más redonda),
Entrevista con el vampiro sería imposible hoy, al menos con un reparto de caras conocidas, con unos medios económicos tan holgados y con unos aspectos en su trama tan perversos. Puede que dos de estos elementos sí pudiesen ser mezclados en el cine del nuevo milenio pero, desde luego, no los tres... y menos aún con la esperanza de lograr un éxito. Este podría ser un buen motivo para revisionarla o quizá incluso descubrirla, al tiempo que nos damos cuenta de lo mucho que han cambiado las cosas desde 1994 hasta la actualidad.