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15 may 2012

'Los Vengadores', la calma y la tormenta.

The Avengers. Joss Whedon. Estados Unidos. 2012. 143 minutos

Sin entrar en discusiones fútiles en torno a opiniones fundamentalistas sobre cómo debería ser una película de superhéroes y cómo no debería ser (y que siempre conducen a lo mismo: enfrentamientos entre los fans de Marvel y DC y el ya aburrido debate sobre si Christopher Nolan es Dios o es una mierda pinchada en un palo), lo cierto es que Los Vengadores de Joss Whedon se acerca mucho a lo que uno podía soñar cuando pensaba en ella: un espectáculo grandilocuente y atronador en el que abundan los chistes, los colorines, los efectos especiales, la destrucción como una de las bellas artes y la acción como recurso para hacer evolucionar a los personajes, quienes se conocen y aprenden a colaborar por el camino de las hostias, como si estuviesen en una de Kung Fu de la Shaw Brothers. Existe en ese sentido un considerable equilibrio  entre el ratio de protagonismo de todos los superhéroes que se dan cita, ya que todos tienen momentos de lucimiento y aportan algo al devenir de la historia. Obviamente, y como suele ser común en cualquier reunión de estrellas (ya sean actores famosos o, como en este caso, personajes de cómic), algunos brillan más que otros: la relación entre Iron Man y el Capitán América y la evolución personal de Bruce Banner / Hulk se llevan las mejores líneas, dejando al resto un poco en segundo plano, aunque no sea de manera tan importante como para resultar molesto. 


Todo eso entra dentro de lo previsible y estamos felices por ello. Lo que no esperábamos era el grado de virtuosismo que alcanzarían algunas de sus secuencias más aparatosas, pequeñas piezas de orfebrería visual que llegan al paroxismo durante un clímax final que es todo lo que Michael Bay ha intentado hacer con tres películas de los Transformes, largas, muy largas, y no ha sido capaz de llevar a cabo. Podrían existir dudas  lógicas sobre si Joss Whedon sería capaz de apañárselas bien manejando un presupuesto mucho más holgado que el que había podido utilizar previamente. Recordemos al respecto que Whedon ha desarrollado su carrera principalmente en televisión, dando origen a las series de culto Buffy, cazavampiros y Firefly, siendo la adaptación al cine de esta última su única incursión en la pantalla grande, con un presupuesto de 40 millones de dólares y el título de Serenity (2005). De eso ha pasado a contar con más de 200 millones y a sufrir la presión de ser el responsable de una cinta que viene a ser el descomunal clímax final de cinco títulos previos (Iron Man, Iron Man 2, El increíble Hulk, Capitán América y Thor), cuyas tramas confluyen aquí para encontrar la conclusión de algunos de sus conflictos y presentar otros nuevos de cara a futuras producciones (tanto de Los Vengadores en conjunto como de sus miembros por separado). Whedon logra salir airoso de tal reto e incluso es capaz de aportar, en sus mejores momentos, un grado de pericia narrativa que sobrepasa cualquier expectativa (y aquí es necesario destacar ese - falso - plano secuencia que pasa de un personaje a otro durante la batalla definitiva).


Sin embargo, no todo van a ser buenas noticias. Empecemos por lo peor: para tratarse de una cinta protagonizada por personajes que ya conocemos y que han contado (casi todos ellos) con películas propias, la primera hora de Los Vengadores emplea la mayor parte de su tiempo en presentarnos de nuevo a los protagonistas, como si no confiara del todo en que el público potencial hubiera visto las anteriores y sintiese la necesidad de explicar quién es quién, cómo se comportan, cuáles son sus características y de qué padecen. Se entiende que el propósito de Whedon también es mostrar cómo Loki va enfrentando a Los Vengadores entre sí, manipulándolos para que se destruyan entre ellos, pero a quien suscribe le pareció que no hacían falta tantos minutos para ello. En relación a esto, a medida que transcurría la película me preguntaba por qué las opiniones que había escuchado antes de ir al cine iban en dirección contraria: según me habían dicho, esto era un no parar de acción, un prodigio de ritmo que no se andaba con preliminares. Y no es así, pero entiendo lo que puede ocurrir. Resulta que la última hora y cuarto es tan trepidante, tan lustrosa e hipnótica que puede jugarnos una mala pasada y hacernos creer, en el recuerdo, que Los Vengadores es mucho más frenética de lo que en realidad es. Uno puede salir de la sala con tal subidón de adrenalina que olvida que, hasta que han empezado de verdad las tortas, ha tenido que soportar un buen rato de cháchara y minutos de relleno. Luego hay otros problemas algo menores, pero también dignos de mención: el Loki de las pelis sigue siendo un pelele (como, de hecho, confirma la secuencia extra que aparece durante los créditos finales), los Chitauri parecen diseñados a partir de una plantilla digital default y Scarlett Johanson sale todo el rato vestida hay subtramas que no quedan demasiado claras (especialmente la evolución de Hulk).


Con eso y todo, Los Vengadores tiene todo lo necesario para contentar al fan del cine de acción y de superhéroes que no busque más que sano entretenimiento, independientemente de que conozca las fuentes (vamos, que no hace falta ser coleccionista de cómics de la Marvel para entenderla), y, sobre todo, una alegría, aunque sea parcial, para todos los que preferimos la ligereza de Los 4 Fantásticos a la gratuita pedantería de El Caballero Oscuro. Mierda... lo dije. 

7 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 6: 'REC 3: Génesis', boda de sangre.

(REC 3: Génesis. Paco Plaza. España. 2012. 80 minutos) 

En 2010, un año después de REC 2, apareció una noticia que fue recibida con entusiasmo y escepticismo a partes iguales, dependiendo de a qué sector del público se consultara: la saga continuaría con dos títulos más, de los cuales uno explicaría los orígenes de la infección, en forma de precuela, y el otro narraría lo sucedido después del final de la segunda parte. Y habría una novedad importante, ya que cada director se ocuparía de una de las películas en solitario. Así, Paco Plaza se encargaría de REC 3: Génesis, mientras que Jaume Balagueró haría lo mismo con REC 4: Apocalipsis.

En una breve charla que compartí con Paco Plaza y Leticia Dolera en el Festival de Sitges de 2010, a los que abordé, amparándome en mi bendita acreditación de prensa, antes del estreno del mágico corto dirigido por Dolera, Lo siento, te quiero (2009), Plaza me comentó que estaban trabajando en la preproducción y que intentarían tener lista REC 3 para Octubre de 2011, de cara a estrenarla en el mismo Sitges. Finalmente no fue posible, así que trazó un plan alternativo: REC 3: Génesis se convertiría en un cortometraje que explicaría los orígenes de la niña Medeiros y que, a modo de adelanto, estrenaría en el festival de 2011, unos meses antes de que llegara REC 3, el largometraje, a los multicines. El plan tampoco cuajo, aunque la historia de la niña Medeiros terminaría formando parte de la colección de historias inéditas que serían después publicadas en formato cómic, como veremos en el último capítulo de este monográfico.

Finalmente, REC 3: Génesis ha llegado a las carteleras el 30 de Marzo de 2012, entre el jolgorio de los que la esperábamos con ansias, sabiendo perfectamente a qué nos ateníamos, y la frustración de los que, tras sentirse engañados por la segunda parte, rezaban por un regreso a los postulados de la primera entrega.




Para empezar, sorprende que no nos encontremos ante una precuela de la saga, tal y como los medios se habían empeñado en señalar. REC 3 transcurre paralelamente a los acontecimientos acaecidos en las dos anteriores películas, a los que se hace mención insertando imágenes del edificio acordonado que aparecen en un informativo de televisión. El escenario es un enlace matrimonial, el de Clara (Leticia Dolera) y Koldo (Diego Martín), enamorados hasta las trancas y dispuestos a unirse en matrimonio hasta que la muerte los separe. El Génesis del título, entonces, no hace mención al origen de la condición demoníaca de la niña Madeiros, el cual queda explicado en el cómic, sino que es una referencia bíblica enunciada por el cura que oficia la boda, comparando lo que sucede a su alrededor con el nacimiento de una nueva era dominada por  los ángeles caídos sobre la faz de la Tierra. Durante estos primeros minutos Paco Plaza hace suya la saga, retorciendo las posibilidades del formato y llevándolas al paroxismo, comenzando la película con el menú de un DVD que presenta un montaje fotográfico de la feliz pareja al son del Gavilán o paloma de Pablo Abraira. Ya en la boda, nos encontramos con el feliz hallazgo del mano a mano audiovisual que se marcan el joven Adrián (Àlex Monner) y el muy carismático Atún (Borja Glez. Santaolalla, acreditado como Sr. B), este último un obseso de la imagen que pretende hacer cine con material de bodas, bautizos y comuniones. Allí está también el tío Víctor (Emilio Mencheta), quien llega a la celebración con una mordedura de perro en la mano. Detalle importante para los que no hayan leído el cómic: el cánido que le hace la herida no es otro que Max, la mascota de Jennifer, de la que anteriormente, en la primera parte, se había dicho que se encontraba en una clínica veterinaria. De esa clínica es de donde viene Víctor y es quien porta el virus demoníaco, siendo responsable de la ola de sangre y crímenes que azota el banquete.

En este punto la película se transforma, coincidiendo con el inicio del gore y los sustos. Hasta este instante, Plaza ha respetado el formato del found-footage, utilizándolo con mucho sentido del humor y reincidiendo, como ya hiciera en REC 2 con Suspiros de España y en Cuento de Navidad con Yes sir, I can boogie, en la utilización de una banda sonora totalmente desfasada e inesperada (añadan a Pablo Abraira el Eloise de Tino Casal y el Chup Chup de Australian Blonde, entre otros) que se transforma en icónica en el momento en el que la mezcla con el horror, y ha dotado a la película de un halo costumbrista que aporta una fescura incuestionable a la saga. Pero, en una decisión que para muchos ha supuesto traicionar el espíritu REC, decide romper con esa limitación y transformar la película en un espectáculo filmado en pantalla panorámica, cargado de travellings y con una fotografía recargada que nos lleva por momentos al mejor cine de terror italiano (aunque también al peor, hasta tal punto que a veces podríamos pensar que estamos ante una película de Bruno Mattei hecha con buen gusto estético, dicho esto como elogio y no como insulto). Para el director supone una liberación y para nosotros también, al menos para los que hemos entendido en qué se sustenta la evolución de la serie: machacar las expectativas del público y ofrecerle una película distinta a cada nueva entrega. Algo que, tristemente, no encaja demasiado bien en las mentes cuadriculadas de los que se sienten más cómodos cuando les dan una y otra vez lo mismo, y que sin duda ha repercutido negativamente en las opiniones que se están vertiendo sobre la película en internet. Sobre la imbecilidad de los adolescentes que tachan la película de cutre durante la primera media hora, mejor no profundizo.




En realidad, REC 3: Génesis, en contra de lo que pudiera parecer si tenemos en cuenta que estamos hablando del tercer capítulo de una serie de éxito, no es un film destinado a gustar a la mayoría. En ese sentido, se puede decir que está condenado a la incomprensión de la crítica tradicional y del público estándar. Y es que los espectadores que de verdad disfrutarán de la película son aquellos que se han curtido en los cines de barrio, los que no se perdían Noche de lobos y aullaban de emoción cada vez que localizaban alguna joya semidesconocida en su videoclub, está hecha para los que se han quemado los ojos viendo Demons, El ejército de las tinieblas, Braindead y Mortal Zombie. O, como mínimo, para los que no entren en la sala cargados de prejuicios, los que están dispuestos a subirse al tren de la bruja y dejarse arrastrar hacia el pasaje del terror, los que saben reírse con el gran guiñol y no pretenden encontrar en la película más de lo que la película pretende ofrecer, que no es otra cosa que un plausible divertimento multireferencial con los ojos puestos en la mejor Serie B. Sólo un pequeño reparo: la incómoda sensación de que aniquilan demasiado pronto a algunos de los mejores personajes secundarios, mientras que dan más tiempo de pantalla a otros menos interesantes. Pero sólo puedo sentir amor hacia una película que muestra lo mejor de Paco Plaza y que convierte en una figura mítica a la encantadora Leticia Dolera, arrebatadora en  todo momento y transformada ya en icono para los amantes de las reinas del grito con acento español.





6 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 5: 'REC 2', terror y acción en primera persona.

(REC 2. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2009. 85 minutos) 

Quince minutos después de que Ángela Vidal desaparezca entre las sombras del ático, arrastrada por las manos huesudas de la niña Medeiros, un oficial médico y un grupo de GEOS irrumpen en el edificio para evaluar la situación y acabar con la amenaza. Armados con escopetas, fusiles automáticos y cámaras alojadas en sus cascos, los GEOS no tardarán en encontrarse con los infectados... o con algo peor.




Como sus propios autores reconocen y como ya he señalado en anteriores capítulos de este especial, REC surgió como un divertimento que afrontaron como un proyecto fácil y económico, una manera de pasarlo bien antes de embarcarse en empresas más complejas desde perspectivas logísticas y argumentales. Sin embargo, el estruendoso éxito que cosechó (el equivalente a unos 30 millones de euros sumando la taquilla mundial, frente a 1.5 de presupuesto), las favorables reacciones de parte de la crítica y, sobre todo, la insistencia de un público que pedía más, motivaron que Jaume Balagueró y Paco Plaza se vieran obligados a plantearse cómo podrían continuar la historia y cómo volver a sorprender a una audiencia que ya no acudiría virgen a las salas. Envalentonados por el triunfo, Plaza y Balagueró tuvieron la alocada idea de rodar cada uno una película distinta, en el mismo escenario pero dirigiendo cada uno a un equipo diferente, para luego proyectar cada cinta en salas de cine contiguas. Evidentemente, Julio Fernández, desde Filmax, les tuvo que parar los pies, ya que lo consideraba un proyecto inviable. Los directores querían seguir adelante con la serie, pero no sabían cómo. La respuesta la hallaron en una célebre secuela que tomaron como ejemplo: Aliens, el regreso (Aliens. James Cameron, 1986).  Si la versión de Ridley Scott era REC, esta segunda parte iba a poder compararse con el ejercicio que realizó Cameron con Aliens. Es decir, si antes nos entregaron una angustiante obra de terror puro y minimalista, ahora tocaba el turno de hacer algo más espectacular, donde primara la acción por encima del suspense y que, además, contribuyese a crear toda una mitología en torno a la serie. También, como gran novedad, cabe destacar la introducción de un sentido del humor que, sin llegar a la parodia, dotaba a la cinta de un tono menos asfixiante y más ligero que la anterior, algo que no fue muy bien recibido por algunos espectadores, a los que quizá cogió demasiado desprevenidos dicho cambio.  Retomando la historia justo donde acababa la anterior película, los cineastas apostaron fuerte y, a pesar de seguir utilizando recursos del mockumentary o el found-footage como rasgo distintivo, optaron por dejar de disimular: si en REC prescindían de los títulos de crédito hasta el final, para potenciar la sensación de que estábamos ante un reportaje sin editar, aquí no dudan a la hora de presentar el invento como una película, con sus créditos iniciales y hasta con la utilización de música extradiegética. Esto, que de entrada podría parecer una traición al espíritu de la primera parte, no hace más que acrecentar el carácter festivo y desprejuiciado del conjunto, concebido como si fuera un circo de tres pistas en el que impera el más difícil todavía.

Como he dicho antes, la historia nos sitúa quince minutos después del final de la primera parte, en el mismo escenario, pero con distintos protagonistas. Como novedad, no sólo argumental, sino también narrativa (puesto que a mitad de metraje la película retrocede para mostrarnos otro punto de vista), la acción se divide en dos frentes. Por un lado está el equipo armado, aliado con un tal Dr. Owen (Jonathan Mellor) que tiene mucho que esconder y que posee las respuestas sobre el origen del brote infeccioso. La película no tarda en desvelar que los zombis o infectados de REC no eran tales, sino que en realidad eran... poseídos. Con este descubrimiento la cinta adquiere un cariz distinto a la anterior, llevando el terror a un nuevo nivel gracias a este componente religioso que se encontraba casi completamente ausente hasta ahora, salvo por lo insinuado en el clímax final de la primera parte. Los poseídos acechan en cada rincón, pero el objetivo de Owen no es utilizar a los GEOS para destruirlos, sino para que le ayuden a llegar al ático y encontrar una muestra de sangre de la niña Medeiros. Allí fue la última vez que vimos a Ángela Vidal (Manuela Velasco).  La volveremos a ver en esta segunda parte, aunque en circunstancias distintas que sirven para crear más suspense: ¿Cómo sobrevivió? ¿Qué pasó con la niña Medeiros? ¿Cómo ha salido del ático? Por otra parte, existe una línea argumental paralela en la que tres adolescentes y un personaje del que ya habíamos oído hablar (el padre de Jennifer, que fue a buscar medicinas, ¿recuerdan?) se adentran en el edificio y se ven inmersos en mitad del caos. Ambas tramas terminan confluyendo en una media hora final que se entrega totalmente al fantástico y se aparta del pretendido realismo de REC, optando por una resolución sorprendente que no puede dejar indiferente a nadie.



Balagueró y Plaza, conscientes de que no iban a poder inocular el miedo entre el público de la misma manera en la que lo habían hecho previamente, buscaron el triunfo de REC 2 por otros caminos: una generosa dosis de acción balística (con planos que recrean el lenguaje visual de los shooters en primera persona), mayores dosis de sustos y gore (los monstruos no tardan en aparecer y, por si fuera poco, ahora sabemos que no hay ningún virus detrás de la catástrofe, sino algo mucho peor y de origen diabólico), la inclusión de humor negro y la conversión definitiva de Manuela Velasco en icono del cine de terror español, en una Ripley con sorpresa y con una cámara de vídeo como arma.  El resultado final de REC 2 es muy distinto y, al mismo tiempo, tan positivo como el de la primera parte, ya que se aleja de lo previsible y, aunque se repita forzosamente en algunos aspectos (las limitaciones de espacio y de la técnica narrativa empleada, que constituyen su mayor defecto y dejan en evidencia que la saga necesitaba un cambio de aires y, sobre todo, abandonar la narrativa del metraje encontrado), consigue erigirse como una secuela inteligente, furiosa y con personalidad propia. Motivos suficientes para seguir pidiendo más, aunque esta vez el éxito fuera menor, seguramente porque a muchos espectadores les costó entrar en el juego propuesto: el de aniquilar sus expectativas para ofrecerles algo diferente y, hasta cierto punto, rupturista.




5 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 4: 'REC', la esencia del miedo.

(REC. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2007. 75 minutos) 

Siguiendo este especial sobre la saga REC, nos detenemos, por fin, a desgranar qué supuso la primera película y por qué consiguió convertirse en un fenómeno sin precedentes.

Algo sorprendente es cómo se origina el proyecto: Según cuentan Paco Plaza y Jaume Balagueró, todo empezó mientras tomaban un refresco en una terraza y en al televisión emitían Aquí hay tomate, concretamente unas imágenes de Raquel Mosquera que ellos tildaron de "demoledoras". Esto coincidió con una conversación en torno a cómo crear una película de terror fresca, diferente y que supusiera un reto para el público, algo que nunca hubieran experimentado. Entonces saltó la chispa: la obsesión de los canales de televisión y los espectadores por la telerrealidad, el morbo y la agresividad audiovisual serían el vehículo perfecto para guiar al público por un túnel del terror en mitad de una sala de cine.




La película nos presenta a Ángela Vidal (Manuela Velasco), reportera del programa de televisión Mientras usted duerme, trabajando para mostrar a los espectadores cómo es el turno de noche en un parque de bomberos. Cuando suena la alarma y se desplaza junto a ellos para cubrir la emergencia, poco puede sospechar que se va a encontrar aislada en un bloque de pisos donde se ha desatado un virus que convierte a los infectados en imparables devoradores de carne humana. Sorteando el miedo y demostrando una profesionalidad inquebrantable, Ángela pide a su cámara que no deje de grabar, que no pierda detalle de lo que está ocurriendo, porque la gente tiene que saber qué está pasando allí dentro.

Miedo, angustia y pánico son tres elementos que definen al mejor cine de terror y que estaban presentes en casi la totalidad del escueto metraje de esta primera entrega de REC. Uno se podría preguntar si realmente era para tanto, si el éxito que consiguió la película estaba justificado y si los premios que le llovieron en diversos festivales tenían razón de ser. Vista la película cinco años después de su estreno, la respuesta es que sí, rotundamente sí. Para empezar porque es su intención de hacer pasar un mal rato al espectador está plenamente logrado, con todo lo que eso lleva de triunfal y, paradójicamente, de poco habitual  en un gran porcentaje del cine de terror actual (y siempre asumiendo que hay otra vertiente del género que no se puede valorar según el mayor o menor grado de miedo que provoque... como sucederá, de hecho, en parte de REC 2 y en la práctica totalidad de REC 3). Como el tiempo se ha encargado de demostrar, uno sufre más angustia cuando está contemplando algo que le podría pasar a él mismo que con historias de fantasmas, por muy adornadas que éstas estén y por mucha pátina de realismo que se le quiera dar. En REC no hace falta añadir artificiosamente esa capa porque ya viene impresa en su misma concepción, en su estructura no ya de documental, como se suele decir, sino de los propios brutos de cámara de lo que después podría ser un reportaje editado. Como ocurría en esas dos obras fundamentales, pese a quien pese, del engaño terrorífico que fueron Holocausto Caníbal (Cannibal holocaust. Ruggero Deodato, 1980) y El proyecto de la Bruja de Blair (The Blair witch project. Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, 1999), lo que vemos en esta película es, exclusivamente, lo que ven sus protagonistas. La diferencia es que, en la cinta que nos ocupa, esa intención de verismo está depurada hasta el extremo, de tal modo que su filmación se limita a una sola cámara y principalmente a planos secuencia en los que no hay demasiado lugar para los encuadres elaborados ni para los adornos extradiegéticos (apenas algún efecto sonoro soterrado que sirve para incrementar la tensión en momentos muy determinados).

Así que, a un nivel puramente visual, nos creemos la historia porque tiene apariencia de grabación real, y porque no exagera los elementos fantásticos de su leve trama hasta un clímax final (deudor de la imaginería de Chris Cunningham) en el que estamos ya entregados a cualquier cosa que nos quieran mostrar. En su día se dijo que REC era una experiencia hueca, un simple experimento formal, acusándola de falta de profundidad argumental. Sandeces. Es cierto que el mayor interés de la película reside en su forma y que su contenido no es más que una repetición de esquemas de probada eficacia, pero... ¿y qué? Como ejercicio de estilo sigue resultando gratificante y poderosamente eficaz, especialmente si la comparamos con la cantidad de películas que se han estrenado después amparándose en el found-footage... Los problemas de la cinta, de cualquier modo, no residen en esa falta de enjundia dramática, sino en algunos cabos sueltos de guión que al fin y al cabo casi benefician a la sensación global de caos y, sobre todo, en la elección errónea de algunos actores que resultan cuanto menos familiares y que malogran en parte la pretendida naturaleza verista de la propuesta, ya sea porque sus rostros nos suenan (ahí está por ejemplo Carlos Lasarte, cuyo papel en Los sin nombre es difícil de olvidar) o porque acusan demasiado su condición de intérpretes sobreactuando en determinados pasajes. Nada que ver con el gran trabajo de Manuela Velasco, acierto brutal de casting que sabe resultar creíble tanto en los momentos rutinarios como en las situaciones límite, aprovechando de manera muy inteligente su experiencia como presentadora televisiva, aunque a veces bordee ligeramente la exageración.



De cualquier manera, Paco Plaza y Jaume Balagueró tuvieron la habilidad para rellenar esos huecos que quedaron vaciós en el guión de REC gracias al modo en el que continuaron la saga con REC 2, dando respuestas a algunas de las incógnitas que, premeditadamente o no, dejaron sin solución en esta primera parte.




31 mar 2012

'Escapada perfecta'

(A perfect getaway. David Twohy. Estados Unidos. 2009. 98 minutos) David Twohy es alguien a quien estimar. No se puede hacer otra cosa con quien escribió Critters 2 (Mick Garris. 1988), Warlock (Steve Miner, 1989) y Velocidad terminal (Terminal velocity. Deran Sarafian, 1994) o que dirigió la simpatiquísima ¡Han llegado! (The Arrival. 1996). Su golpe de suerte le llegó con Pitch Black (2000), modesta película de ciencia-ficción que se convirtió en cinta de culto casi de inmediato, generando una saga de la que se estrenará la tercera parte en 2013, a pesar de que su primera secuela, Las crónicas de Riddick (The chronicles of Riddick. 2004) no dejara contento a casi nadie. Esto obligó a Twohy a volver momentáneamente a la Serie B, escribiendo y dirigiendo esta Escapada perfecta tan tramposa e incongruente como simpática y entretenida. En un paradisíaco rincón de Hawai comienzan a producirse unos crímenes que parecen obra de un asesino en serie. En dicho paraje coinciden tres parejas ciertamente peculiares, todas ellas con algo que ocultar, especialmente porque dos de esas personas son los asesinos. ¿Podrían ser los amantes de la aventura y los deportes de riesgo, Nick (Timothy Oliphant) y Gina (Kiele Sanchez)? ¿O los fumetas y escurridizos Cleo (Marley Shelton) y Kale (Chris Hemsworth)? ¿Y qué hay de la pareja de recién casados que se encuentra de luna de miel, Cliff (Steve Zahn) y Cydney (Milla Jovovich)? 

LO MEJOR: La ensalada final de hostias y locura.
LO PEOR: Es tan tramposa que no cuesta pillarle el truco.
Decía John Tones en su imprescindible blog Inferno, hablando sobre el giro de guión que condiciona el visionado de Escapa perfecta, que "el truco es imposible de adivinar porque la película hace trampas durante toda la primera mitad, escamotea datos que no deberían ser escamoteados y presenta a los psicópatas como no deben ser presentados". Y no estoy de acuerdo. Si quieren ver la película, no sigan leyendo. Si no les importa que les ponga sobre la pista para desvelar el final a los cinco minutos de sesión, adelante. Escapada perfecta fracasa en su intento de crear suspense no porque haga trampas para ocultar la verdadera identidad de los asesinos, sino porque juega tanto con el espectador que acaba obligándonos a pensar que se esconde un as bajo la manga. Por lo tanto, nos lleva a darnos cuenta, apenas transcurridos unos minutos, de que el juego practicado por Twohy consiste en que la solución final vaya en contra de nuestras expectativas y, de ese modo, hace que podamos predecir lo impredecible. Luego marea la perdiz, intenta hacernos dudar, pero si se fían de su intuición y se dan cuenta desde el comienzo de lo que verdaderamente ocurre, el visionado de Escapada perfecta se les hará un poco cuesta arriba, especialmente cuando llega el momento de las explicaciones (un bochornoso montaje en blanco y negro mucho más alargado de lo necesario). En cierto modo, es como ver la actuación de un mago en la que, desde el principio, estamos viendo dónde está el truco y tenemos que aguantar el resto de la función sin poder decirle que se detenga, que ya no nos está engañando y que está haciendo el ridículo. Por lo demás, y ahí sí coincido con Tones, la cinta ofrece una bella colección de cuerpos perfectos, de bonitos paisajes y, sobre todo, una buena ración final de violencia para todos los públicos, algo que debería haber sido el camino a seguir durante todo el metraje y no simplemente un alivio.

29 mar 2012

'Splice. Experimento mortal'

(Splice. Vincenzo Natali. Canadá / Francia / Estados Unidos. 2009. 104 minutos) Desde que debutara en el campo del largometraje con la sorprendente Cube (1997), Vincenzo Natali ha estado intentando demostrar que el talento que dejó ver en aquella pequeña película no fue fruto de la casualidad. Sin embargo, ninguna de las propuestas que ha presentado desde entonces ha logrado calar en el público de la misma manera en la que lo hizo aquella maravilla. Splice no es una excepción. De hecho, y digo esto sin haber visto aún Cypher (2002) y Nothing (2003), sería más bien la confirmación de algo que casi se podía intuir en Cube: que Natali es un estupendo creador de ideas pero no es capaz de desarrollarlas del todo bien. En ese sentido, Splice es atroz: partiendo de una idea interesante (una pareja de científicos experimenta con fines médicos la mezcla de ADN animal y humano, dando como resultado una criatura humanoide que conserva sus instintos primarios), la película desemboca, a partir de trasladar la acción de un laboratorio a una granja perdida en un paraje nevado, en una rutinaria monster movie en la que todo está mal, empezando precisamente por un monstruo ridículo e irritante llamado Dren, unos protagonistas que caen mal y una alarmante falta de cualquier tipo de tensión o suspense.

LO MEJOR: Ginger y Fred destrozándose mutuamente.
LO PEOR: La manera en la que degenera la cinta hasta
convertirse en un producto inútil.
El primer acto de la película presenta conceptos ciertamente atractivos, como el hecho de comparar los experimentos genéticos con la maternidad o sugerir que si la medicina no avanza de manera más rápida se debe a cuestiones comerciales. También consigue hacer creíbles las criaturas creadas por los científicos gracias a unos efectos especiales bien logrados por las manos expertas de KNB EFX Group. Pero todo comienza a torcerse cuando nos damos cuenta de que no hay historia. Y eso que, en otras manos, la premisa podría haber dado bastante de sí: piensen lo que podría haber conseguido David Cronenberg con este material y en la manera en la que Natali desaprovecha ideas como la de la maternidad transgénica, los deslices incestuosos, el sexo entre especies, la responsabilidad que conlleva la creación de vida y cómo manejar los sentimientos encontrados hacia esa nueva criatura de apariencia vulnerable pero capaz de matar despiadadamente. En lugar de centrarse en esos términos, Natali introduce escenas risibles como la de Adrien Brody enseñando a bailar a Dren o la de Sarah Polley maquillándola frente a un espejo. Hay muchos momentos de Splice que inducen a la risa, pero ninguno que demuestre un humor voluntario. En los últimos minutos, todo se reduce a la típica idea de cazar al monstruo, para lo cual el guión se ve forzado a meter carnaza con calzador, culminando todo en un desenlace risible y bochornoso. Un despropósito, en resumen, sobre todo porque su punto de partida daba para una producción cuanto menos entretenida y terrorífica, dos atributos de los que no puede alardear la película.

27 mar 2012

'Black Dynamite'

(Black Dynamite. Scott Sanders. Estados Unidos. 2009. 84 minutos) El género Blaxploitation, aquel surgido en Estados Unidos durante la década de 1970 a mayor gloria de protagonistas (y espectadores) afroamericanos, ya había sido parodiado en varias ocasiones antes de este Black Dynamite. Por poner dos ejemplos, ahí tienen Sobredosis de oro (I'm gonna git you sucka. Keenen Ivory Wayans, 1988), por la que se paseaban los mismísimos Jim Brown e Isaac Hayes, o la más reciente Undercover Brother (Malcolm D. Lee, 2002), algo así como una versión afro de Austin Powers protagonizada por Eddie Griffin y con cameo de James Brown. Sin embargo, ninguna de ellas llegaba a los niveles que alcanza la película que nos ocupa, auténtica maravilla que todavía espera estreno en España y que debería ser considerada como una de las obras maestras de las spoof movies, a la altura de clásicos como Top Secret (Top Secret!. Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker, 1984), Agárralo como puedas (The Naked Gun: From the Files of Police Squad!. David Zucker, 1988) o Hot Shots 2 (Hot Shots! Part deux. Jim Abrahams, 1993). Basada en una historia ideada por los propios protagonistas, Michael Jai White y Byron Minns, relata la cruzada del ex-agente de la CIA Black Dynamite en busca de la venganza por la muerte de su hermano, para lo cual se aliará con un grupo de camellos y proxenetas y llegará hasta las más altas esferas de Washington para encontrar al hombre (blanco) detrás de toda una trama para acabar con la raza negra.  

LO MEJOR: Que cuando parece que no puede ir a más, la
película se supera a sí misma.
LO PEOR: Que no se haya estrenado en España.
Habría que ser un experto en Blaxploitation para reconocer todos los guiños que Black Dynamite hace a clásicos del género (y si no lo son, aquí tienen una guía), pero basta con ser un espectador abierto de miras y con sentido del humor para dejarse arrollar por el torrente de estímulos cómicos que la película arroja sin cesar ante nuestros ojos. Todo lo que asocian a este tipo de cine está aquí: un protagonista chulo como él solo; bigotes, patillas y pelos a lo afro sin ningún rubor; féminas de buen ver que caen rendidas a los encantos del héroe (Black Dynamite es capaz de hacer el amor a tres chicas a la vez, cada una de una raza distinta); alianzas con delincuentes para hacer el bien; persecuciones con coches más grandes que la vida; pistolas con cañones de medio metro de largo; peleas de Karate y Kung-Fu a lo Jim Kelly; una banda sonora extraordinaria; y, finalmente, la figura del poder blanco como el enemigo más poderoso (aquí llevándolo al paroxismo cuando se nos descubre quién es el verdadero villano de la película). Todo ello mostrado desde un punto de vista reverencial y, al mismo tiempo, paródico, con un montaje voluntariamente abrupto y chistes a costa de la precariedad de medios (y, a veces, simple torpeza técnica) con la que se enfrentaban en ocasiones los cineastas que abordaban este género (tronchante es el momento en el que Michael Jai White sigue recitando sus líneas con toda la seriedad del mundo mientras ve cómo un micrófono se le viene encima). Ahora vendría el momento de hablar sobre lo malo, pero resulta que esta vez no hay nada que destacar en la parte negativa. Black Dynamite es todo lo buena que podría ser y cada uno de sus ochenta y pocos minutos se disfrutan al máximo, especialmente si uno conoce bien los códigos del cine de acción y es receptivo a que se mofen de ellos, llevándolos al extremo si hace falta, para construir una comedia perfecta que deja con ganas de más y que nos obliga a mover los pies y a ejercitar la sana carcajada. ♪Dynamite... Dynamite♪

25 mar 2012

'Negocios sucios'

(The 51st State. Ronny Yu. Reino Unido / Canadá. 2001. 88 minutos) Los años noventa fueron muy locos para el cine de acción: ante el decreciente interés del público por los héroes de toda la vida, se optó por recurrir a los servicios de savia nueva para el género y para Hollywood, con resultados no siempre óptimos y no siempre más atractivos para la taquilla. Por un lado, comenzó la tendencia de convertir en action-heroes a actores dramáticos, lo cual es la norma hoy en día e iba en detrimento de la credibilidad de las secuencias de acción. La otra estrategia consistió en importar el talento de los cineastas de Hong Kong, siendo Jean-Claude Van Damme el más listo al ponerse a las órdenes de John Woo (Blanco humano, 1993), Ringo Lam (Al límite del riesgo, 1996; Replicant, 2001; Salvaje, 2003) y Tsui Hark (Double team, 1997; En el ojo del huracán, 1998). Curiosamente, el desenfreno visual de estos maestros de la cinética no terminaría de cuajar en la industria norteamericana, como tampoco consiguieron establecerse Kirk Wong (con Equipo mortal, 1998) ni quien nos ocupa en esta reseña, Ronny Yu. Responsable en Hong Kong de un clásico del calibre de La novia del cabello blanco, Yu se presentó en Occidente con la marcianísima Guerreros de la virtud (Warriors of virtue. 1997) y resucitó la saga del Muñeco diabólico con La novia de Chucky (Bride of Chucky, 1998). Sin embargo, Negocios sucios pasó con más pena que gloria por donde se estrenó. Y, al verla, uno entiende por qué. 

LO MEJOR: El cúmulo de insensateces.
LO PEOR: Pierde gas a medida que avanza.
Lo que empieza casi como una película de Cheech & Chong se acaba convirtiendo en algo así como una versión hooligan de El último boy scout (The last boy scout. Tony Scott, 1991) pasada por el filtro politoxicómano de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), con Samuel L. Jackson paseándose por ahí con una falda escocesa, Robert Carlyle jugándose el pellejo por unas entradas de fútbol, Meat Loaf con media cara quemada haciendo de un tipo al que llaman El Lagarto, Emily Mortimer jugando a que es la mujer más sexy sobre el planeta y un Rhys Ifans on fire. Todos ellos dirigidos por un chino perdido en Liverpool y metidos en una absurda trama de tráfico de pastillas de esas que dicen que le ponen a uno al 150%. Es decir, demasiado para el público convencional, pero casi una delicia para los amantes de lo trash como nosotros. Y digo casi porque, al contrario de lo que ocurre con esa joya de lo absurdo que es En el ojo del huracán, la cinta de Yu no es capaz de mantener todo el tiempo el mismo nivel de locura ni de ir a más, algo que supone un ligero escollo pero que se perdona por secuencias tan pasadas de rosca como la de la fiesta rave o la del grupo de skins nazis cagándose encima (literalmente). Y, aunque el clímax final funcione a bajas revoluciones, sólo por ver el uso que le dan a un paraguas ya merece la pena. Ronny Yu seguiría a tope en la imprescindible Freddy contra Jason (Freddy vs. Jason. 2003) para luego volver a China y dar lecciones sobre cómo rodar secuencias de artes marciales en la potente Fearless - Sin miedo (Huo Yuan Jia, 2006), también menospreciada por los amargados de siempre, antes de dirigir un episodio de Fear itself en 2008 y regresar definitivamente a la ex-colonia británica para filmar Saving General Yang (2012), quizá harto de ser ninguneado en tierras yanquis. Ellos se lo pierden. 

23 mar 2012

'12 Trampas'

(12 Rounds. Renny Harlin. Estados Unidos. 2009. 108 minutos) Muchos añoran los años en los que miraban lo que aquí conocimos como Pressing Catch y soñaban con emular, siquiera con su primo el del pueblo o con su hermano pequeño como contrincantes, las hazañas sobre el ring de titanes como Hulk Hogan, André el Gigante, El Último Guerrero, El Enterrador o Terremoto Earthquake. Estos tienden a pensar que eran tiempos mejores para el espectáculo de la lucha libre, pero infravaloran lo que ha conseguido actualmente una firma como la WWE, capaz de promover giras multimillonarias a través del planeta, de vender sus licencias de emisión a varios canales televisivos, de explotar su firma en videojuegos para todas las plataformas e incluso algo con lo que la WWF no podía soñar en los noventa: crear una división cinematográfica que, bajo el epígrafe de WWE Films (actualmente WWE Studios), ha conseguido poner en marcha, aunque sea con irregular fortuna comercial y artística, una serie de películas protagonizadas por wrestlers como Dwayne "The Rock" Johnson, Ted DiBiase Jr., "Stone Cold" Steve Austin, Big Show, Triple H o el que nos ocupa, John Cena. 12 trampas supuso la segunda incursión de Cena en el cine de acción, después de haber debutado con la espectacular Persecución extrema (The Marine. John Bonito, 2006), que no tuvo el éxito merecido. En esta ocasión contó con el ojo experto de Renny Harlin para el género, quien fuera en su momento la gran esperanza blanca de Hollywood y a quien una serie de desafortunados fracasos colocó en una posición más bien incómoda dentro de los estudios, teniendo que aceptar trabajos alimenticios en los que su figura de director estrella quedó relegada a la de artesano competente y poco más. Sin embargo, la buena mano del director finlandés se hace notar en 12 trampas y consigue salvar por momentos este actioner bastante convencional y rutinario, menos interesante que el anterior trabajo de John Cena delante de las cámaras.

LO MEJOR: La secuencia del tranvía.
LO PEOR: La escasa credibilidad de John Cena como héroe
de acción.
No deberíamos cargar las tintas sobre las aptitudes interpretativas de Cena ya que, al fin y al cabo, géneros como la acción, el western o el peplum están llenos de protagonistas tan hercúleos como inexpresivos que han sabido llenar la pantalla con su presencia y carisma. El problema es que, como  dijo alguien en los foros de IMDb.com, "John Cena es el Justin Bieber de la lucha libre: alguien que gusta a los niños, pero no a los adultos". No voy a ser tan maligno, pero sí es cierto que el tipo no consigue llegar a transmitir esa sensación de rudeza que cabría exigir a todo buen action-hero. Tampoco resulta especialmente simpático, con esa apariencia de Matt Damon on steroids. Así que, más que un atractivo, el protagonismo de Cena resulta un inconveniente. Por otro lado, el guión urdido por Daniel Kunka (por ahora, su único trabajo conocido) nos lo sabemos de memoria, recordando demasiado a las mejores ideas de Harry el sucio (Dirty Harry. Don Siegel, 1971), Speed (Jan de Bont, 1994) y Jungla de Cristal. La venganza (Die Hard with a vengeance. John McTiernan, 1995), con lo cual no hay mucho espacio para la sorpresa o cualquier hallazgo argumental. Al menos, la dirección de Renny Harlin sabe otorgar en algunos momentos una credibilidad de la que no anda sobrada la cinta (véase su horrendo clímax final como ejemplo), sacándose de la manga una secuencia de acción con un tranvía que, si bien recuerda mucho a las que vimos en La Roca (The Rock. Michael Bay, 1996) y El negociador (Metro. Thomas Carter, 1997), al menos ofrece un punto álgido de emoción en un producto que huele a refrito y que sólo puede satisfacernos por lo que tiene de raro hoy en día que se estrene (además, en salas de cine) una película de acción de la vieja escuela. Pero ésta ya la hemos visto antes y mejor hecha.

21 mar 2012

'The Iceman Cometh'

(Ji dong ji xia. Clarence Fok. Hong Kong. 1989. 114 minutos) Ver pelear a Yuen Biao siempre es un bálsamo para la vista. Si, además, lo hace contra alguien tan preparado como Yuen Wah, el resultado sólo puede convertirse en una de las cimas de la elegancia, la ferocidad y las capacidades acrobáticas de las artes marciales. Esto es lo que sucede en The Iceman Cometh, película de Clarence Fok en la que Yuen Biao interpreta a Fong Sau-Ching, un guardia real de la Dinastía Ming que tiene la misión de atrapar a Fung San (Yuen Wah), un despiadado asesino que estudió con Fong pero que se dejó llevar por los vicios, el poder y la violencia. Durante una pelea, ambos quedan atrapados en un bloque de hielo que no será hallado hasta varios siglos después, en el Hong Kong de 1989. Una vez reanimados, los dos guerreros continuarán su lucha en una época que desconocen, al tiempo que entra en la ecuación una prostituta llamada Polla (Maggie Cheung), que es prostituta y... y se llama Polla... y es prostituta y se llama Polla... en fin, ¿qué culpa tienen los guionistas? Si están pensando en lo mucho que se parece al  argumento de la posterior Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), están acertando. Si al leer esto se han acordado también de la coetánea Warlock, el brujo (Warlock. Steve Miner, 1989) y de la anterior Los Inmortales (Highlander. Russell Mulcahy, 1986), siguen estando en lo cierto: The Iceman Cometh toma prestadas algunas ideas y anticipa otras de ellas, pero les gana por goleada en lo que más le interesa, que no es otra cosa que la acción. 

LO MEJOR: Evidentemente, las escenas de acción.
LO PEOR: La bobalicona subtrama romántica.
Y es que, sin despreciar los valores de Demolition Man, Warlock y Los Inmortales (todas ellas recomendables y necesarias), ningún efecto especial puede competir con las proezas de Yuen Biao y Yuen Wah, también coreógrafos de las escenas de acción junto con los veteranísimos Yuen Tak y Chin Kar Lok (el hombre que se escondía detrás de algunos de los stunts de Jackie Chan, así que olvídense de una vez por todas de la cantinela de que el bueno de Jackie no usaba dobles). El problema es que en casi dos horas de metraje son pocos los enfrentamientos entre ambos, y lo que hay entre medias no es precisamente memorable: después del prólogo, Yuen Biao comienza a protagonizar una comedia romántica con Maggie Cheung en la que el director no evita los socorridos (y manidos) chistes a costa del viajero del tiempo (lavarse la cara en la taza del wc, pensar que lo que emite la televisión está ocurriendo de verdad, temer a los automóviles como si fuesen monstruos diabólicos, etc.) hasta que, por fin, recuerda que tenía un enemigo que probablemente esté por ahí haciendo de las suyas y es entonces cuando decide seguirle el rastro. Toda esta parte central hace que el conjunto quede bastante deslucido, pero lo demás (las secuencias de acción y  los efectos especiales de la vieja escuela, pintados a mano sobre los propios fotogramas) es para levantarse del sillón y aplaudir. De ahí que el visionado de The Iceman Cometh transcurra entre el bochorno y el asombro, pero, si son fans del cine de Hong Kong y no la han visto, no deberían perdérsela por nada del mundo.

Nota: Esta vez no he localizado el tráiler, así que les dejo un vídeo donde pueden ver la pelea final entre estos dos titanes. Y, repito, es el final, así que vean el vídeo bajo su responsabilidad.

19 mar 2012

'Paranormal Activity 3'

(Paranormal Activity 3. Henry Joost, Ariel Schulman. Estados Unidos. 2011. 83 minutos) En el libro no escrito sobre las reglas de las secuelas se dice que, cuando no se puede ir hacia adelante, hay que volver la vista hacia atrás, hacia los orígenes, para conocer cómo empezó todo. Eso es ni más ni menos lo que pretende la tercera parte de una saga que ya se agotaba a sí misma en el primer capítulo (prueben a revisarla y ya me dirán, ya...) y que, inexplicablemente (porque las películas no son nada del otro mundo y porque en ellas apenas sucede nada más que un par de sustos cada muchos minutos), se ha convertido en el máximo referente del público actual en cuanto a horror se refiere, logrando unos montantes en taquilla que para sí quisieran cintas mucho más elaboradas, costosas e incluso, por qué no decirlo (como diría el amigo Iker Jiménez), más terroríficas. En este caso, mediante el hallazgo de una caja llena de viejas cintas de vídeo, la acción nos lleva hasta 1988, momento en el que las pequeñas Kristi y Katie tuvieron sus primeras experiencias con lo paranormal y que fueron registradas exhaustivamente por el novio de su madre, quien afortunadamente (o no) se dedicaba a la grabación y edición de bodas, bautizos y comuniones.

LO MEJOR: Las panorámicas de la cámara-ventilador.
LO PEOR: Las limitaciones del formato, que cada vez se
hacen más evidentes.
Nada nuevo bajo el sol, entonces, ya que si la fórmula funcionó correctamente en dos ocasiones, no había ningún motivo para arriesgarse y ofrecer algo nuevo que pudiera dejar a los fans descontentos, ya que al fin y al cabo para ellos es para quien se ha llevado a cabo esta tercera parte. Paranormal Activity 3 es una película hecha en los despachos de los ejecutivos, sin mayores aspiraciones que las de hacer pasar por caja a los mismos que se asustaron con los dos capítulos previos y, de paso, evaluar si estos se han cansado de la fórmula o si siguen respondiendo igual de bien, de cara a una posible cuarta parte que actualmente ya se encuentra en preproducción y que, curiosamente, vendrá firmada también por Henry Joost y Ariel Schulman (quienes sorprendieran con el documental Catfish hace un par de años). Para ser justos, y después de dejar bien claro que a servidor esta saga le parece más bien inútil salvo por logros muy aislados, hay que reconocer que esta tercera parte consigue al menos aportar una ligera dosis de originalidad al introducir el tema de la brujería y una novedad narrativa: la cámara colocada sobre un ventilador que gira sobre sí misma y consigue crear los momentos más inquietantes de toda la película mediante sus panorámicas horizontales de ida y vuelta. Por lo demás, sólo para fans y para los que se asustan fácilmente y disfrutan con ello.

17 mar 2012

'La habitación del pánico'

(Panic room. David Fincher. Estados Unidos. 2002. 112 minutos) Tras sobrevivir al infierno que supuso el rodaje de Alien 3 (1992) y conseguir grabar su nombre con letras de oro en la historia del cine norteamericano reciente gracias a la triunfal Seven (1995), David Fincher vio su reputación mermada por culpa de los discretos resultados económicos de sus siguientes trabajos, The Game (1997) y El club de la lucha (Fight club, 1999), por más que esta última se convirtiera en un clásico inmediato. Con este panorama, Fincher decidió acometer un proyecto menos ambicioso, de bajo presupuesto y que fuera apto para ser digerido por las masas. Tomando como base un guión que el interesante David Koepp escribió en apenas unos días, Fincher convocó a Nicole Kidman y a Hayden Panettiere para interpretar a la madre y a la hija que quedan atrapadas en una habitación diseñada como una pequeña fortaleza, ante la amenaza de unos ladrones que han irrumpido en su casa y con el agravante de la enfermedad de la adolescente, que padece de diabetes. Todo parecía sencillo: un reparto con pocos actores, una única localización (salvo por algunos planos de exteriores) y un argumento perfecto para construir un ejercicio de suspense efectivo. Pero la mala suerte volvió a aparecer en la carrera de Fincher cuando Nicole Kidman sufrió un accidente durante el rodaje de Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001). Sin protagonista, el director contactó con Jodie Foster, con quien estuvo a punto de trabajar en The Game (en el papel que finalmente haría Sean Penn) y ésta aceptó de inmediato. Lo de Panettiere fue diferente: al parecer, Fincher la consideraba "irritante" y decidió prescindir de ella, sustituyéndola por la todavía casi desconocida Kristen Stewart. Pero ahí no acabarían los problemas, ya que el afán perfeccionista del director convirtió una pequeña producción en una película de casi 50 millones de dólares de presupuesto, en la que cuidó tanto los detalles que la compañía que realizó los títulos de crédito iniciales (de clara inspiración Hitchcock/Bass) tardó un año en completarlos tal y como quería Fincher. Y esto sólo por poner un ejemplo de su meticulosidad.

LO MEJOR: Su apartado técnico.
LO PEOR: Puede resultar algo insulsa.
El resultado económico de la película fue más que bueno (casi 200 millones a nivel internacional), pero no así el crítico, ya que este sector sigue considerando La habitación del pánico como el peor trabajo de David Fincher. Desde luego, sí que resulta el más intrascendente, ya que su hilo argumental es tan básico que no se puede rascar en él, siendo una simple excusa para presentar a dos mujeres intentando superar sus miedos. Es decir, el abecé de un gran porcentaje de películas de terror, con la salvedad de que a Fincher le exigimos algo más que a los cientos de artesanos de la Serie B, por mucho que esto resulte algo injusto tanto para él como para las intenciones con las que realizó este largometraje. Sin embargo, a nivel visual la película es un caramelo: Fincher se lo pasó como un bebé con un juguete nuevo haciendo planos-secuencia imposibles, sirviéndose de los efectos digitales como ayuda y haciendo trampas para conseguirlos, de la misma manera en la que Alfred Hitchcock engañaba al ojo del espectador cada vez que cambiaba de rollo de filmación en la juguetona y ultradisfrutable La soga (Rope. 1948). Por lo tanto, La habitación del pánico es un ejercicio de suspense formalmente impecable, pero sin dobleces, sin resquicios para el verdadero mal (salvo, acaso, por el personaje enmascarado interpretado por Dwight Yoakam), tan entretenido y tan visualmente barroco como hueco, tan intenso en algunas ocasiones como alargado en otras, y un claro precedente, además, de algunos de los defectos que marcarían la trayectoria posterior del director (pese a que los fans me quieran crucificar por esto): ampulosidad, falta de ritmo y exceso de metraje. Con todo, el trabajo de los actores y el virtuosismo con la cámara de Fincher consiguen mantener la atención del espectador de manera eficaz, que es de lo que se trata, al fin y al cabo.

15 mar 2012

'Chronicle'

(Chronicle. Josh Trank. Estados Unidos / Reino Unido. 2012. 84 minutos) Aunque todavía sea pronto para aventurarse, por todo lo que todavía queda de año por delante, es posible que Chronicle sea ya el Attack the block de 2012. Esto es, la película sorpresa de la temporada que ha aparecido de no se sabe muy bien dónde, que sabe conectar con el público adolescente actual (y no sólo con el que lo fue hace veinte años), que ha sabido utilizar las redes sociales para organizar una campaña de marketing eficaz y que, por encima de todo, posee cualidades intrínsecas más que suficientes para que podamos hablar de ella como de una reliquia más allá de modas, dejando a un lado el hecho de que el boca-oreja vaya a auparla a los altares del cine cool. Más allá del fenómeno coyuntural en el que parece haberse convertido, Chronicle es una cinta inteligente, vibrante y contemporánea, capaz de llevar a un nuevo e insospechado nivel el género de las grabaciones encontradas y de convertirse, como ya muy bien han advertido algunos amigos, en lo más parecido que se ha podido ver hasta el momento a una adaptación en carne y hueso del cómic (y posterior película) de Katsuhiro Otomo Akira. 

LO MEJOR: Que, para variar, el contenido no esté limitado
por el continente.
LO PEOR: Algunos instantes en los que su credibilidad está
a punto de quedar en entredicho.
Habrá que seguir muy de cerca la carrera de Josh Trank, de tan sólo veintisiete años y que debuta aquí como director, así como la de Max Landis, hijo de veintiséis años del mítico John Landis y autor de la historia y el guión de Chronicle, porque con poco más de diez millones de dólares de presupuesto han conseguido crear una obra espectacular, apocalíptica, tensa y, al mismo tiempo, cargada de humor y energía netamente juveniles. Buena muestra de su inventiva es la manera en la que han conseguido superar las barreras que les impone este modo de filmación, siendo capaces, a través de un recurso de guión de lo más ingenioso, de filmar planos que no siempre tienen que ser subjetivos y que ayudan a sacar las imágenes del estancamiento al que se suelen ver sometidas en este tipo de películas. Curiosamente, hay otras ocasiones en las que caen en lo injustificado para presentar situaciones que no sirven para mucho (pienso, sobre todo, en la conversación entre uno de los protagonistas y la chica en el porche de la casa de ésta), pero son pocas y no empañan demasiado el resultado final. Pero lo más importante de Chronicle es que en ella pasan cosas, se desarrolla una historia (aunque no se explique el punto de arranque... algo que tampoco se echa en falta), los personajes evolucionan (o degeneran) y los conflictos se amplifican progresivamente hasta culminar en un clímax final rebosante de imágenes para el recuerdo. Aún con algunos problemas menores de ritmo y, sobre todo, de la manera en la que se fuerza el hecho de que siempre haya cámaras grabando (a veces sin lograrlo del todo bien, como ya he indicado), Chronicle es lo mejor que el subgénero nos ha dado desde Monstruoso (Cloverfield. Matt Reeves, 2007).

13 mar 2012

'War Horse (Caballo de batalla)'

(War Horse. Steven Spielberg. Estados Unidos. 2011. 146 minutos) Adaptación de una novela de Michael Morpurgo, War Horse es la película perfecta para que los detractores de Steven Spielberg se reafirmen en su odio hacia el director norteamericano. Incluso se puede decir que la cinta se lo pone tan fácil a estos que casi parece una provocación hacia ellos: Spielberg hace gala aquí de todos esos tics que tanto les gusta enumerar a los que le odian, como es el abuso del sentimentalismo más rancio, los personajes unidimensionales, la búsqueda de planos que tengan valor artísticos por sí mismos (aunque la fotografía de Janusz Kaminski tenga que perder la continuidad por el camino), la sobreutilización de la música de John Williams para llegar al corazón del espectador, el exceso de duración para dar al público la sensación de que está ante una película importante... y, por encima de todo, una obsesión casi malsana por pretender equipararse a los cineastas clásicos de Hollywood, por intentar filmar lo que ellos habrían filmado de haber podido contar con los medios económicos y tecnológicos actuales. Y War Horse podría interpretarse como un fracaso de no ser porque es justo lo que Spielberg quería que fuera, dejando muy claro que él sigue a lo suyo y que lo que opinen los demás está de más. 

LO MEJOR: La apabullante realización de Spielberg.
LO PEOR: Ciertos (e inevitables) excesos de azúcar.
Lo que deberían reconocer todos los que no comulgan con la forma en la que Spielberg concibe el cine y, por extensión, el mundo (maniquea e idealista... aunque un análisis en profundidad de su obra serviría para desmontar algunos tópicos en torno a esto), es que el tipo sabe contar historias y además hacerlo (casi siempre) muy bien, involucrando al espectador, llevándole a su terreno y manipulando sus sentidos para hacerle partícipe de historias que aspiran a ser más grandes que la vida misma. War Horse es un ejercicio de nostalgia tan legítimo como puede serlo cualquiera de los que realiza Quentin Tarantino, por mucho que disten en sus referentes y en sus intenciones, pero con el hándicap de poner sus ojos sobre un cine pasado de moda, que el público ha olvidado o desconoce y que para la crítica no es tan apreciable como para derretir sus defensas de un modo tan contundente como ha conseguido The Artist (Michel Hazanavicius, 2011). Y es una verdadera lástima que la reacción general hacia War Horse no haya sido más entusiasta, porque se trata de un título que, además de tener una factura técnica y artística impecable, es capaz de narrar una historia realmente conmovedora (y menos tendente a la lágrima fácil de lo que podría parecer) que reflexiona sobre la absurdidad de la guerra y sobre la necesidad del entendimiento entre las personas (entre naciones, entre habitantes de un mismo pueblo, entre miembros de una familia...) para la resolución a todos los conflictos. Que a veces se le vaya la mano a Spielberg con el azúcar es un mal menor, porque, en un tiempo de crisis y depresión, War Horse es un dulce bálsamo para nuestros órganos sensitivos y, por tanto, una película necesaria.