(Inception. Christopher Nolan. Estados Unidos / Reino Unido. 2010. 148 minutos) Parece mentira que, años después de su estreno, todavía tenga que dar explicaciones sobre por qué El Caballero Oscuro me pareció tan aborrecible. Pero si son de los que todavía no me han preguntado al respecto, aquí tienen la respuesta. En el caso de Origen, podrían suponer que esperaba la película con la escopeta cargada de mala hostia hacia Nolan, pero se estarían equivocando: a pesar de que todo apuntaba a que el director habría repetido la jugada, con un metraje excesivo, personajes de más, aspiraciones trascendentales y la etiqueta de película-acontecimiento de la temporada, confiaba en que Nolan se entregaría al género fantástico por completo y, de una vez por todas, se lanzara hacia la evasión mastodóntica sin complejos ni pátinas intelectualoides. Me equivocaba. Origen posee los mismos defectos que los detractores de su anterior película encontramos en aquel engendro, si bien aquí Nolan logra un cierto equilibrio que posibilita el disfrute parcial de su cinta y que, afortunadamente, evita la sensación de constante agotamiento y frustración que algunos padecimos en El Caballero Oscuro.
Porque sí, Origen es excesivamente larga, tiene muchos personajes que pintan poco en la trama y pretende ser más inteligente de lo que es, pero al mismo tiempo posee una estructura que se convierte en un bello artificio y que arrastra al espectador, de manera tan tramposa como plausible, hacia los recovecos de una pesadilla arquitectónica y narrativa que halla en su forma su verdadera razón de ser. Y aquí está el truco: toda la línea argumental relativa a la misión que los protagonistas deben cumplir en una de sus incursiones mentales no es más que un macguffin; la verdadera historia es de lo más sencilla y tiene que ver con la imposibilidad de asumir la culpa, pero Nolan lo enrevesa todo tanto que hace creer al público que está asistiendo a una narración de amplios matices trascendentales, cuando no es más que una idea simple contada de manera desordenada (que es, más o menos, lo que ocurría en su anterior Memento). Por otro lado, obviando la motivación del personaje principal, no es más que una película de ladrones o de espías cuyo campo de acción es el onírico, lo cual podría haber dado para una cinta mucho más disfrutable que ésta de no ser por la incapacidad de su director y guionista para la concreción y su tendencia a la desmesura y la dispersión. Y, a pesar de su (otra vez patente) torpeza para poner en pie escenas de acción y de todos los peros que acabo de exponer, Nolan consigue algunos momentos de verdadero interés cuando expone mediante los personajes las reglas del juego, al mismo tiempo que nos las presenta a los espectadores, y cuando se atreve a mostrar la mecánica de los sueños con su estructura maleable e insegura. Por tanto, no se puede decir que Origen me haya entusiasmado, pero esta vez no me encontrarán tampoco en el bando de los que se han sentido estafados, indignados o insultados con su obra.

