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31 mar 2012

'Escapada perfecta'

(A perfect getaway. David Twohy. Estados Unidos. 2009. 98 minutos) David Twohy es alguien a quien estimar. No se puede hacer otra cosa con quien escribió Critters 2 (Mick Garris. 1988), Warlock (Steve Miner, 1989) y Velocidad terminal (Terminal velocity. Deran Sarafian, 1994) o que dirigió la simpatiquísima ¡Han llegado! (The Arrival. 1996). Su golpe de suerte le llegó con Pitch Black (2000), modesta película de ciencia-ficción que se convirtió en cinta de culto casi de inmediato, generando una saga de la que se estrenará la tercera parte en 2013, a pesar de que su primera secuela, Las crónicas de Riddick (The chronicles of Riddick. 2004) no dejara contento a casi nadie. Esto obligó a Twohy a volver momentáneamente a la Serie B, escribiendo y dirigiendo esta Escapada perfecta tan tramposa e incongruente como simpática y entretenida. En un paradisíaco rincón de Hawai comienzan a producirse unos crímenes que parecen obra de un asesino en serie. En dicho paraje coinciden tres parejas ciertamente peculiares, todas ellas con algo que ocultar, especialmente porque dos de esas personas son los asesinos. ¿Podrían ser los amantes de la aventura y los deportes de riesgo, Nick (Timothy Oliphant) y Gina (Kiele Sanchez)? ¿O los fumetas y escurridizos Cleo (Marley Shelton) y Kale (Chris Hemsworth)? ¿Y qué hay de la pareja de recién casados que se encuentra de luna de miel, Cliff (Steve Zahn) y Cydney (Milla Jovovich)? 

LO MEJOR: La ensalada final de hostias y locura.
LO PEOR: Es tan tramposa que no cuesta pillarle el truco.
Decía John Tones en su imprescindible blog Inferno, hablando sobre el giro de guión que condiciona el visionado de Escapa perfecta, que "el truco es imposible de adivinar porque la película hace trampas durante toda la primera mitad, escamotea datos que no deberían ser escamoteados y presenta a los psicópatas como no deben ser presentados". Y no estoy de acuerdo. Si quieren ver la película, no sigan leyendo. Si no les importa que les ponga sobre la pista para desvelar el final a los cinco minutos de sesión, adelante. Escapada perfecta fracasa en su intento de crear suspense no porque haga trampas para ocultar la verdadera identidad de los asesinos, sino porque juega tanto con el espectador que acaba obligándonos a pensar que se esconde un as bajo la manga. Por lo tanto, nos lleva a darnos cuenta, apenas transcurridos unos minutos, de que el juego practicado por Twohy consiste en que la solución final vaya en contra de nuestras expectativas y, de ese modo, hace que podamos predecir lo impredecible. Luego marea la perdiz, intenta hacernos dudar, pero si se fían de su intuición y se dan cuenta desde el comienzo de lo que verdaderamente ocurre, el visionado de Escapada perfecta se les hará un poco cuesta arriba, especialmente cuando llega el momento de las explicaciones (un bochornoso montaje en blanco y negro mucho más alargado de lo necesario). En cierto modo, es como ver la actuación de un mago en la que, desde el principio, estamos viendo dónde está el truco y tenemos que aguantar el resto de la función sin poder decirle que se detenga, que ya no nos está engañando y que está haciendo el ridículo. Por lo demás, y ahí sí coincido con Tones, la cinta ofrece una bella colección de cuerpos perfectos, de bonitos paisajes y, sobre todo, una buena ración final de violencia para todos los públicos, algo que debería haber sido el camino a seguir durante todo el metraje y no simplemente un alivio.

11 mar 2012

'Basic'

(Basic. John McTiernan. Estados Unidos / Alemania. 2003. 94 minutos) En otros tiempos, John McTiernan fue un renovador del cine de acción que concibió, en un plazo de sólo dos años, un par de obras maestras que se quedarían de inmediato grabadas en la memoria del público como dos de las piezas más importantes que hasta la fecha había dado el género. Estamos hablando, claro está, de Depredador (Predator. 1987) y Jungla de cristal (Die hard. 1988).  Unos años después, John Travolta y Samuel L. Jackson se convirtieron, con sus pelucones y sus conversaciones sobre hamburguesas, en epítomes de lo cool gracias a su trabajo conjunto en la también muy influyente Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). La reunión de estos tres titanes sólo podía ser recibida con alegría o, cómo mínimo, con curiosidad por parte de los aficionados. Sin embargo, Basic resultó ser un experimento fallido que puso fin, al menos hasta el momento, a la decadente carrera de McTiernan (antes de ser condenado a la cárcel por haber mentido al FBI en el caso de Anthony Pellicano) y en el que Travolta y Jackson apenas compartían unos planos. La excusa fue un enrevesado guión de James Vanderbilt que, siguiendo la estela de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) y su copiadísima estructura, se centraba en el interrogatorio al que el ex-ranger Hardy (Travolta) somete a los supervivientes de una misión militar de entrenamiento en la que ha desaparecido el resto del equipo, incluido su superior West (Jackson). Y, como no conviene desvelar más sobre su argumento, me detendré ahí para no fastidiarles nada.


LO MEJOR: La labor de John McTiernan tras las cámaras.
LO PEOR: El guión de James Vanderbilt.
De todos modos, cuando el espectador haya sobrepasado la barrera de los primeros treinta o cuarenta minutos, se dará cuenta de dónde está la trampa y de dónde se encuentra también el mayor defecto de la película: cada punto de giro está condenado a ser puesto en evidencia un par de secuencias más tarde, hasta tal punto que llega un momento en el que resulta imposible creer nada de lo que propone el libreto de Vanderbilt y el interés inicial que suscita la historia va decreciendo progresivamente, hasta llegar a un final sencillamente ridículo que nos hace sentir como idiotas. Esto lo dice alguien a quien le encantan los finales sorpresa, pero hay que saber diferenciar cuándo un guionista nos deja entrar en el juego, proponiéndonos pistas como en el caso de El Sexto Sentido (The Sith Sense. M. Night Shyamalan, 1999), deslumbrándonos con un giro final antológico como en Sospechosos habituales (The usual suspects. Bryan Singer, 1995), y cuándo se burla de nosotros, directamente, ocultando información o, lo que es peor, falseándola. Es una lástima que al final resulte que el único atractivo de Basic sea esa tendencia hacia lo absurdo, hacia la acumulación de vueltas de tuerca, porque la dirección de McTiernan resulta tan eficaz como cabría esperar, filmando con el buen pulso acostumbrado las escenas de acción y otorgando un ritmo infernal a las secuencias de interrogatorios mediante el uso de la cámara y el montaje. Steven E. de Souza, te echamos de menos...

9 mar 2012

'Luces rojas'

(Red lights. Rodrigo Cortés. Estados Unidos / España. 2012. 119 minutos) Resulta muy difícil escribir sobre determinadas películas sin destripar involuntariamente algún detalle importante de su argumento. A veces basta con que pongamos al espectador sobre aviso para que éste sienta un irrefrenable deseo de seguir leyendo (o, aunque evite este paso, ya se predispone a realizar un visionado de la película más activo y descreído de lo normal). Voy a hacer lo posible por no desvelar nada importante, aunque sí les recomendaría que no siguieran leyendo y que no vieran el tráiler de Luces rojas en caso de que no quieran arriesgarse. No obstante, si han visto los posters promocionales ya habrán podido leer frases como "¿Qué crees saber?", "Desconfía de tus ojos" o "Tu cerebro te miente", las cuales tienen mucho que ver con lo que se esconde detrás de la tercera película de Rodrigo Cortés, quien abandona el autoimpuesto minimalismo de Buried (2010) para entregarnos un atronador espectáculo de magia con el que demuestra que la cobardía no es lo suyo: no le tiembla el pulso a la hora de dirigir a dos titanes como Sigourney Weaver y Robert De Niro, ni al filmar secuencias con efectos especiales que poco tienen que ver con la parquedad visual de su anterior trabajo. 

LO MEJOR: La inquietante presencia de Cillian Murphy.
LO PEOR: La historia del personaje de Sigourney Weaver
se desarrolla menos de lo deseable.
En lo que sí reincide Cortés es en desarrollar una historia angustiante y, hasta cierto punto, tramposa, ya que buena parte de su eficacia reside en el impacto que pueda causar su final en el espectador y en la habilidad con la que el guión disemina pistas a lo largo del metraje, intentando que no resulten demasiado evidentes como para descubrir el truco. Ahí no se puede decir que la película triunfe del todo, ya que alguna de las cartas que guarda Cortés se le ve debajo de la manga mucho antes de lo deseable, siendo éste el mayor inconveniente de un largometraje que, por lo demás, no pretende engañar a nadie: ya desde sus primeros minutos deja muy claro que el público debería cuestionarse todo lo que aparezca delante de sus ojos, obligándole a plantearse qué debería creerse y qué información debería desechar, intentando averiguar dónde está el truco y si realmente estamos ante fenómenos paranormales o ante la gran obra de un farsante. Y, de paso, aunque sea tomando prestado algo de David Lynch y algo de M. Night Shyamalan, Luces rojas confirma a Rodrigo Cortés como un cineasta total, capaz de escribir, montar y dirigir sus propias historias, entregándose a un cine de entretenimiento inteligente, elegante y lleno de sugerencias que deseo que siga cultivando muchos años, antes de que sea afectado por el síndrome Amenábar y decida que ha llegado el momento de dedicarse a contar historias más importantes.

26 feb 2012

'Slumdog millionaire'

(Slumdog millionaire. Danny Boyle, Loveleen Tandan. Reino Unido. 2008. 120 minutos) Ver Slumdog millionaire supone hacer un esfuerzo para todos los que alguna vez se han interesado por el cine que realmente se hace en la India: estos saben que la película de Danny Boyle no es cine de Bollywood, por mucho que se incluya un número musical en los créditos finales, y que, por tanto, más que una de esas mezclas de géneros que se cocinan allí (en las que incluyen ingredientes del cine de acción, del musical, del drama y mil cosas más), es un producto filmado desde un punto de vista occidental y accesible para el público de todo el planeta, un crowd pleaser en toda regla. No me extrañaría que alguien de Mumbai considerase que Slumdog millionaire es una cinta corta, sin gracia y falta de emociones fuertes. Para nosotros, en cambio, es un producto provisto de exotismo por mostrarnos otra cultura y por tener a protagonistas cuya etnia no suele pasearse por nuestras salas de cine salvo para aportar un toque cómico o villanesco. También supone un esfuerzo para los que somos reticentes a las "películas de la temporada", es decir, esos títulos que, de repente, y siempre por motivos que tienen más que ver con una buena campaña de marketing que con su calidad cinematográfica intrínseca, se convierten en los largometrajes que todo el mundo debe ver y que a todos gustan, sin aplicar un criterio propio y dejándose muchas veces arrastrar por la corriente general de aprobación hacia el film. El hecho de haberse convertido en acaparadora de Oscars tampoco es un reclamo infalible para algunos, sino casi lo contrario, ese dato se acaba convirtiendo en repelente en no pocas ocasiones.

LO MEJOR: La estructura de thriller y el magnetismo de
sus protagonistas.
LO PEOR: Que, a pesar de que juegue a mantener la intriga
del espectador con tres tiempos narrativos, no haya opción
para la sorpresa.
Todo lo anterior viene a hablar de la falta de personalidad de unos pocos y de los prejuicios que tenemos otros tantos, que es lo que al fin y al cabo me ha mantenido alejado de la película durante tanto tiempo. Pero... ¿y si resulta que Slumdog millionaire es buena después de todo? Pues si somos gente de bien, lo aceptaremos y no nos empeñaremos en buscarle defectos que, si nos ajustamos a lo que parecen ser las intenciones de Danny Boyle, no son tales. Y es que uno de los recursos más fáciles para atacar a Slumdog millionaire, aparte de su estigma de película oscarizada, es apelar a ese buenrollismo que se aprecia a simple vista, a esas ganas de convertirse en una "feel good movie" que nos haga salir del cine con una sonrisa dibujada en el rostro, a pesar de que minutos antes hayamos visto a un niño cubierto literalmente de mierda y a otro siendo mutilado. No termino de entender la manía que muchos le tienen a los finales felices y, en el caso de Slumdog millionaire, quejarse de su happy ending es como reclamar que Oliver Twist muriera a manos de Fagin en la novela de Charles Dickens. Porque, superadas todas las reticencias iniciales, uno se da cuenta de que lo que de verdad cuenta Boyle no es la historia de un ratero por obligación que quiere convertirse en millonario, sino de alguien que utiliza un programa de televisión para encontrar a la mujer de la que ha estado enamorado desde que eran niños. Con su alambicada estructura en tres tiempos, Slumdog millionaire no es otra cosa que un simple cuento de hadas, con un héroe, una princesa y unos malos. Quien esperase algo así como cine social o comprometido por el simple hecho de estar ambientado en las calles más pobres de la India, aparte de ser corto de miras y un tanto racista (por asociación de ideas: países extranjeros=tercer mundo=niños pobres=final triste), estará negándose la posibilidad de entender la simpleza de la película, que es donde radican tanto su mayor defecto (por ser excesivamente fácil, agradable y previsible, quedando anulado el factor sorpresa a pesar de que formal y estructuralmente parezca un thriller) y su mayor virtud (su capacidad para llegar a casi cualquier tipo de público). En definitiva, puede que Slumdog millionaire no sea la panacea ni una obra cuyo recuerdo perdurará en las próximas décadas, pero tampoco es tan babosa como algunos se empeñaron en hacernos creer.

17 feb 2012

'Cuenta atrás'

(À bout portant. Fred Cavayé. Francia. 2010. 84 minutos) Al fin llega a España Cuenta atrás, en pocas salas y casi año y medio después de su debut en Francia. Se trata de otro de esos grandes misterios de la distribución patria, un panorama proclive a los retrasos injustificados (o incluso a las ausencias imperdonables) que, hasta ahora, animaban a la búsqueda de una copia de buena calidad en Internet de estos títulos malditos en el momento en el que fueran lanzados en su país de origen (de manera legal, léase vía Amazon o similares, o a través de esos servidores ahora prohibidos o autocensurados como son Megaupload o Fileserve). Y la cantinela es la de siempre: independientemente de la buena voluntad que ha demostrado la distribuidora por haber rescatado este producto perdido (A contracorriente films), ¿realmente pretende llevar al público a las salas teniendo en cuenta que, dado el retardo que lleva con respecto a su estreno francés, un gran porcentaje del público que la quería ver ya lo habrá hecho sin tener que moverse de casa? El caso es más sangrante aún si tenemos en cuenta que estamos hablando de una cinta totalmente comercial, pensada para el gran público y tan apropiada (o más) para los espectadores de multisalas que para los habituales de las sesiones en versión original. Segunda película de Fred Cavayé tras Pour Elle (2008), convertida por Paul Haggis en Los próximos tres días (The next three days. 2010), Cuenta atrás narra la odisea que debe superar un hombre corriente (Gilles Lellouche), aspirante a enfermero, para rescatar a su esposa (Elena Anaya) de las garras de unos mafiosos que, a cambio, le han pedido que les entregue sano y salvo a un delincuente (Roschdy Zem) que se encuentra recuperándose de un aparatoso accidente en un hospital. 

LO MEJOR: La ficisidad de las escenas de acción.
LO PEOR: El epílogo.
Como ya ocurrió con su ópera prima, Cuenta atrás es carne de remake, puesto que su historia posee los mimbres necesarios para que Hollywood la fagocite y la convierta en una producción de 60 millones de dólares (como mínimo) lanzada a bombo y platillo en todo el planeta. Pero sería difícil que pudieran convertir ese hipotético remake en una experiencia más lograda que la original, ya que, teniendo en cuenta su punto de partida y la manera en la que se va desentramando su argumento, se puede decir que Fred Cavayé logra que dicha trama dé de sí todo lo que puede dar, sin meter demasiada paja y ajustando su metraje casi al máximo, sin estirarlo más de la cuenta y sin abusar de las tramas secundarias.  La relación que se establece entre el héroe a la fuerza y el hipotético villano está bien desarrollada, buscando una alianza imposible que finalmente será el único camino para la salvación de ambos. De este modo, Cavayé añade un punto de interés extra a un thriller poco original pero considerablemente satisfactorio. Cuenta atrás es una película rápida, sencilla, quizá incluso excesivamente simple, contundente y modesta en sus aspiraciones artísticas, pero tremendamente eficaz en cuestiones de ritmo e intensidad, logrando momentos de verdadero virtuosismo en ciertas secuencias como la apabullante persecución que culmina en una estación de metro. Lástima que acabe con un epílogo que resulta anticlimático, pero ese es un pequeño escollo dentro de un conjunto agradable que no debería dejar escapar ningún aficionado al cine de acción.

13 feb 2012

'El Invitado'

(Safe house. Daniel Espinosa. Estados Unidos / Sudáfrica. 2012. 115 minutos) Consciente de su posición de figura respetable en Hollywood y también plenamente consecuente con el hecho de que ya no es un chaval, Denzel Washington viene practicando de un tiempo a esta parte una estrategia que le permite, primero, mantenerse en primera línea de la industria cinematográfica y, segundo, delegar responsabilidades en sus compañeros de reparto de cara a conseguir un mayor grado de credibilidad en los argumentos que maneja. Es decir, Denzel Washington sabe que ya no está para demasiados trotes y que el público le identifica más como un hombre de mediana edad (que se cansa, que tiene achaques, que está de vuelta de todo...) que con el joven dispuesto a comerse el mundo que interpretaba en Ricochet (Russell Mulcahy, 1991). Es por eso que, para seguir paseándose ocasionalmente por el cine de acción, sabe que está en un momento difícil debido a su edad y que, a no ser que se apunte a un revival nostálgico auspiciado por Stallone (donde las arrugas son un valor añadido), tiene que repartirse las tareas de action-hero con un actor más joven, aunque él mismo siga sin renegar del todo de la acción física. Si en El libro de Eli (The book of Eli. Allen Hughes & Albert Hughes, 2010) compartía planos con Mila Kunis y en Imparable (Unstoppable. Tony Scott, 2010) le pasaba el testigo a Chris Pine, aquí hace lo mismo con el emergente y odiado Ryan Reynolds (recuerden que a él iban dedicadas aquellas fotografías de Scarlett Johansson que se filtraron en internet...), alguien que, desde que trabajó con Rodrigo Cortés en Buried (2010) parece estar algo más centrado como actor, dejando un poco atrás los días en los que su sola presencia causaba grima a buena parte de los espectadores (al menos a los impermeables a sus encantos físicos). Ambos, Washington y Reynolds, se compenetran con bastante eficacia en este adrenalínico thriller de acción que supone el debut en Hollywood del interesante Daniel Espinosa, responsable de la recomendable Dinero fácil (Snabba cash. 2010) y quien se lo pasa de lo lindo con el dinero que le han puesto sobre la mesa para gastárselo en destrozar coches y en pegarse unas vacaciones en Sudáfrica. 

LO MEJOR: Denzel Washington, como era de esperar.
LO PEOR: ¿Qué fue de la belleza en el cine de acción?
Decía, a propósito de su anterior película, que Daniel Espinosa se centraba más en desarrollar los personajes que en sobrecargar la pantalla de acción. En el caso de El Invitado nos encontramos justo en el otro extremo, con unos personajes bastante planos y sobreabundancia de momentos trepidantes, todo muy del gusto del público adicto a los thrillers de hoy en día con gente corriendo de un lado para otro, luchando de manera realista y sucia (olvídense de volantines a cámara lenta... y también de una planificación cristalina que permita cierto goce estético en las escenas de peleas) y conduciendo como locos por calles de ciudades exóticas. ¿Como en la saga Bourne? Sí, como en la saga Bourne, pero con la ventaja de no tener al soseras de Matt Damon de protagonista. Aunque, como en aquéllas, nos sobran los momentos de cháchara en la sede central de la CIA y algunas secuencias de relleno más, así como se echan en falta una mayor progresión dramática y una mayor profundización en la relación de los dos protagonistas. No reclamaríamos nada de esto en una cinta de acción convencional, con los buenos y los malos zurrándose, edificios explotando y tiroteos al tuntún. Pero El Invitado tiene el inconveniente de pretender ir algo más allá de esas premisas y la manera en la que lo hace no se puede calificar de triunfante, sino más bien de incómoda. Así, esos retazos de crítica al poder son tan inútiles como el hecho de ambientar la historia en Sudáfrica: distracciones que no consiguen ocultar que estamos ante lo mismo de siempre. La buena noticia es que, al menos, este plato de cine prefabricado está bien servido, puede saciar nuestro apetito de entretenimiento y, aunque no innove, se deglute con facilidad. La misma facilidad con la que, por otro lado, se olvida.

2 ene 2012

En Serie: La saga 'Misión Imposible'


El 17 de Septiembre de 1966, el público norteamericano que sintonizaba la CBS veía por primera vez una imagen que, acompañada de una música rimbombante, se convertiría en un rápido icono pop: la de una mano que, con una cerilla y al compás de la sintonía inmortal compuesta por Lalo Schifrin, encencía una mecha que le llevaba directo a una serie de aventuras de espionaje y acción que le mantendría pegado a la pantalla hasta que dejó de emitirse el 30 de Marzo de 1973. Creada por Bruce Geller, Misión: Imposible  recogía el clima de paranoia que se vivía en plena Guerra Fría y presentaba las peripecias de una agencia de espías que luchaba por mantener el mundo a salvo, generalmente de la invasión comunista. Tuvo que pasar más de una década para que Jim Phelps (Peter Graves) volviera a la acción, concretamente hasta 1988, pero en esta ocasión la serie sólo aguantó dos temporadas en antena, siendo cancelada en 1990. Seis años después, un Tom Cruise en la cima de su popularidad, convertido en el actor más taquillero de Hollywood y con la capacidad de levantar proyectos financiados de su propio bolsillo, recuperó el nombre de Misión: Imposible para construirse un traje a su medida y demostrar que, en una época en la que los músculos estaban de capa caída en Hollywood y que GoldenEye (Martin Campbell, 1995) había recuperado el cine de espías, estaba preparado para ofrecer a la industria un nuevo tipo de héroe de acción. La misión de ustedes como lectores, en caso de que decidan aceptarla, consiste en acompañarme por un repaso a las cuatro películas que constituyen, por el momento, la saga cinematográfica protagonizada por Cruise en el papel de Ethan Hunt. Y... no se preocupen: este post no se autodestruirá en cinco segundos.

LO MEJOR: El chute de adrenalina que
supone el clímax final.
LO PEOR: Esperar de ella una película de
acción imparable, cuando no lo es.
Mission: Impossible (Brian De Palma. Estados Unidos. 1996. 110 minutos) No le pudo ir mejor a Tom Cruise en su estreno como action-hero. Cuando la suerte comercial de las películas de Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y Jean-Claude Van Damme estaba en declive, Cruise aportó savia nueva al cine de acción, produciendo y protagonizando un thriller de espías en el que presentaba a Ethan Hunt, un agente de la FMI (Fuerza Misión Imposible) al que tienden una trampa y ponen en una situación realmente delicada: debe encontrar al topo que ha traicionado a su equipo antes de que sus enemigos acaben con él y las autoridades se le echen encima. La idea resultaba atractiva: retomar una franquicia bien implantada en el imaginario colectivo mediante una serie de películas que serían dirigidas por distintos directores, todos con personalidades bien marcadas, y que sirvieran para constituir un vehículo de lucimiento a mayor gloria de Tom Cruise, interpretando a un espía de alto nivel del siglo XXI, muy alejado del acartonamiento de James Bond y también de los héroes hipermusculados, pero tan astuto y letal en la lucha cuerpo a cuerpo como todos ellos. Brian De Palma fue el encargado de dirigir esta primera entrega y gracias a ella consiguió reactivar de algún modo una carrera que, al menos comercialmente, no estaba rindiendo tanto como antaño (sí artísticamente, ya que no se le puede negar el pan y la sal a dos obras tan rotundas y personales como En nombre de Caín y Atrapado por su pasado). No es de extrañar que la empresa tuviera un resultado satisfactorio para todos los agentes implicados: la película es un muestrario de lo mejor del director, con una utilización algo más controlada del plano secuencia que de costumbre, pero también con una construcción del suspense ejemplar, una planificación excelente y una capacidad para crear tensión ciertamente sobrenatural (la archifamosa secuencia del robo en la sede central de la CIA es para quitarse el sombrero, más allá de su valor icónico). El guión de David Koepp y Robert Towne fue criticado por resultar demasiado intrincado, aunque a decir verdad no cuesta demasiado seguirlo a poco que permanezcamos atentos a lo que sucede en pantalla. Y ese juego de dobles personalidades y máscaras aporta a la película un delicioso regusto camp que refulge en medio de toda esa sofisticación visual a cargo de Stephen H. Burum. Existen, no obstante, algunos problemas de ritmo que impiden un disfrute más continuado y compacto del film, pero todo eso queda casi olvidado gracias a un clímax final que merece ser recordado, por derecho propio, como una de las mejores set-pieces que nos regaló el cine de acción durante la década de los noventa. Es una gran manera de hacer explotar toda la tensión acumulada durante los dos actos anteriores y de dejar al público con ansias de más, algo que no llegaría hasta cuatro años después de la mano de John Woo.



LO MEJOR: Ethan Hunt convertido en
un ser mitológico.
LO PEOR: La languidez del conjunto.
Mission: Impossible II (John Woo. Estados Unidos / Alemania. 2000. 123 minutos) Con la buena respuesta crítica y económica de la primera Mission: Impossible, Cruise, su socia Paula Wagner y la Paramount no tardaron demasiado en dar luz verde a una secuela.  Oliver Stone, el director que otorgó a Cruise su primera nominación al Oscar gracias a Nacido el cuatro de Julio (Born on the fourth of July. 1989) fue la primera opción, pero el eterno rodaje de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) hizo que finalmente se cansara de esperar a su protagonista y se desentendiera del proyecto. Finalmente fue John Woo quien se hizo cargo del mismo. Woo venía de revolucionar el cine de acción gracias a las películas que había filmado en Hong Kong (A better tomorrow, The Killer, Hard-Boiled...), además de haber fabricado algunas de las mejores muestras que el género dio durante los noventa en su aventura americana (Blanco Humano, Broken Arrow y Cara a cara). Su elección trajo consigo una clara vocación por arreglar lo que sus responsables suponían un defecto de la anterior entrega: Robert Towne escribió un guión simplificado al máximo que se puede entender como una respuesta a las críticas que se produjeron al respecto con el primer film, ajustando su historia a una serie de set-pieces que Woo quería dirigir a toda costa. En el libreto, con claras reminiscencias del Encadenados (Notorious. 1946) de Hitchcock, Ethan Hunt tiene que verse las caras con un agente renegado de la FMI que amenaza con aniquilar la población de Sydney mediante la utilización de un virus llamado Quimera. Lo más interesante de la película reside en la manera en la que Woo se deja influenciar por la mitología y sucumbe a lo fantástico en el tercer acto: el héroe y el villano, tomando los nombres del antídoto y el virus que conducen la trama, Belerofonte y Quimera, se convierten casi en semi-dioses enfrentados en una lucha interminable en la que las leyes de la física no tienen ninguna relevancia. Hoy parecen algo anticuadas, pero estas escenas de acción supusieron en su día un impresionante reclamo para la película que fue tomado como ridículo por algunos y como excitante por otros (entre los que me incluyo). Vista hoy, Mission: Impossible II puede aportar poco más que eso, además de suponer la cinta menos interesante que John Woo rodó en EEUU (y, sí, tengo en cuenta las infravaloradas Windtalkers y Paycheck), un pálido reflejo de lo que el director fue capaz de filmar en otras ocasiones y una versión demasiado light de sus constantes temáticas y visuales. Aún así, los más de cuatrocientos millones de dólares que recaudó en todo el mundo fueron motivo suficiente como para que la franquicia siguiera su camino.



LO MEJOR: La secuencia del puente.
LO PEOR: Va perdiendo fuelle a medida
que avanza.
Mission:Impossible III (J.J. Abrams. Estados Unidos / Alemania / China. 2006. 125 minutos) La preproducción de la tercera parte no fue un camino de rosas. En la búsqueda de otro director de prestigio que aportara su sello personal al nuevo capítulo de la franquicia, Cruise contactó con David Fincher, pero éste rechazó la oferta y se dedicó a otros proyectos que no salieron adelante. Entonces el todopoderoso Cruise cambió la táctica: barriendo para casa, decidió contratar los servicios de alguien conocido por él y por la Paramount, un joven  llamado Joe Carnahan que ya había trabajado para ellos en Narc (2002). Sin embargo, Carnahan dio muestras de no amilanarse ante el poder de sus padrinos y abandonó el proyecto por diferencias creativas, dejando a Cruise sin nadie que ocupara la silla de director. Ahí entra J.J. Abrams, conocido por dar arranque a series tan populares como Alias (2001-2006) y Perdidos (2004-2010) y que se convirtió en el responsable de llevar a buen puerto la ópera prima más cara de la historia del cine. Aunque en su día fuimos muchos los que recibimos la elección de Abrams con cierto recelo (más que nada, por desconocimiento de su trabajo previo o por las eternas y cada vez más infundadas manías que algunos sienten hacia el medio televisivo), hay que reconocer que el tiempo ha tratado bien a Mission: Impossible III. Abrams conservó sus rasgos y dotó de humanidad a unos personajes que se ven inmersos en una trama totalmente irrelevante (y que sigue la pista de un mcguffin de los de toda la vida), porque esta vez es personal: Ethan Hunt hará lo impensable por vengar la muerte de una antigua amiga (y ex-pupila dentro de la FMI) y por tratar de evitar que el malvado Owen Davian (escalofriante Philip Seymour Hoffman) asesine a su flamante esposa, a la cual ha raptado. Como telón de fondo está la seguridad internacional, sí, pero el toque Abrams está ahí: por muchas escenas de despachos y por muchas amenazas globales que puedan aparecer, lo que prima en esta tercera parte (co-escrita entre Abrams y dos cómplices habituales como son Alex Kurtzman y Roberto Orci) es el factor humano. Lamentablemente, Abrams todavía estaba algo verde como director de blockbusters y sólo consiguió filmar una secuencia realmente memorable (la del puente), además de mostrarse incapaz de mantener durante todo el metraje el ritmo acelerado de la primera mitad y, especialmente, del prólogo. Aún así, y pese a reconocer que en el momento de su estreno sólo se me ocurrieron maldades para con ella, Mission: Impossible III es una película bastante aceptable que mereció mejor suerte comercial. Aunque gran parte de la culpa de que no respondiese a las expectativas económicas (especialmente en EEUU, donde recaudó menos de lo que costó) reside en el propio Tom y en esa manía de hacer el tonto en los medios de la que hacía gala en esa época. 



LO MEJOR: La parte que transcurre en
Dubai, salvo la tormenta de arena.
LO PEOR: La indigesta mezcla de tonos:
a ratos decadente, a ratos infantil.
Misión Imposible: Protocolo Fantasma (Mission:Impossible - Ghost Protocol. Brad Bird. Estados Unidos. 2011. 132 minutos) A pesar de que su colaboración había resultado ser la menos exitosa de la serie desde un punto de vista financiero, el entendimiento entre J.J. Abrams y Tom Cruise fue lo suficientemente bueno como para que, varios años después, ambos se plantearan continuar con la franquicia juntos. Sin embargo, la agenda cada vez más apretada de Abrams y la sensación de que a Cruise le quedaba ya poco fuelle como estrella de Hollywood sirvieron como acicate para que no se demoraran demasiado en la concreción de una posible Mission: Impossible IV. Tras tantear a talentos emergentes como Ruben Fleischer y Edgar Wright, la noticia de que la responsabilidad caería finalmente sobre los hombros de Brad Bird, hasta ahora autor de cine de animación, supuso toda una sorpresa que algunos no encajaron demasiado bien. Sin embargo, los fans de Bird sabían que era un tipo muy preparado para concebir secuencias de acción, como ya había demostrado en El gigante de hierro (The Iron Giant. 1999) y Los Increíbles (The Incredibles. 2004). Lo que no sospechábamos es que Bird se traería consigo el tono ligero de sus películas animadas, convirtiendo esta Misión Imposible: Protocolo Fantasma en la entrega más infantil, paródica e inofensiva de toda la serie. Este tono se agradece en momentos puntuales como la secuencia del pasillo y la "pantalla mágica", pero termina siendo inconveniente para una película de acción que pide a gritos algo más de intensidad y a la que le sobra esa pátina decadente que la sitúa a la misma (baja) altura que la de cualquier aventura de James Bond del montón (sensación potenciada por ese anticuado guión de Josh Appelbaum y André Nemec sobre rusos y misiles nucleares que le sentaría bien a la serie original de televisión, pero no a la cinematográfica), lo cual no puede estar más alejado de las intenciones iniciales con las que arrancó la saga de Mission: Impossible. Para colmo, Ethan Hunt pierde protagonismo y tiene que ver cómo sus compañeros de equipo protagonizan algunos momentos que él habría hecho en las entregas anteriores, y que aquí se limita a supervisar, de cara a su posible reemplazo como protagonista por el nuevo agente Brandt (el soso Jeremy Renner). Esta Protocolo Fantasma cumple como entretenimiento si no somos demasiado intransigentes, pero es, junto con la segunda parte, el punto más bajo que ha alcanzado la saga y, quizá, la responsable de que se haga urgente un replanteamiento de intenciones, protagonistas y estilos si alguien decide proseguir la serie con nuevos episodios.

27 dic 2011

'Drive'

(Drive. Nicolas Winding Refn. Estados Unidos. 2011. 100 minutos) Hay películas que a uno le dejan indefenso, como espectador y como crítico, y animan a rechazar cualquier análisis racional y convencional para abrazar el entusiasmo y escribir simplemente dos palabras de las que se suele abusar y que, en la mayoría de los casos, no dejan de suponer un acto de subjetivismo puro y duro. Estas palabras son "obra" y "maestra". Pasa en muy pocas ocasiones: esa sensación de que cualquier frase escrita resultará inútil, que no podrá reflejar con justicia lo que se siente al ver la película y que me tendría que limitar a decirles que no se la pueden perder por nada en el mundo. ¡Corran a verla! ¡¿Qué hacen ahí parados leyendo esto, insensatos?! ¿Que no se estrena donde viven? ¡Búsquenla! ¡Hagan lo que sea! Repito, lo-que-sea. Luego viene la calma, reaparece la cordura y caigo en la cuenta de que eso no es suficiente. Drive me parece una obra maestra, sí, pero, ¿por qué? Habrá que justificarlo. No es porque su director ganara la Palma de Oro en el Festival de Cannes, ni porque suponga la  película más accesible de Refn (o eso dicen, porque en mi caso es la primera vez que leo su nombre detrás del rótulo de Directed by), ni porque haya cierto consenso entre la crítica y se la aúpe como uno de los títulos más importantes de 2011. Todo eso es irrelevante y poco nos importa a los que no comulgamos demasiado con ese tipo de certámenes ni con los cronistas de gustos más convencionales. Tampoco hay que hacer caso a sus detractores, aunque algo de razón no les falte: Drive no es sólo estética, por mucho que ésta se presente de manera apabullante; tampoco es una copia descarada de Driver (The Driver. Walter Hill, 1978), a pesar de que ambas comparten ciertos conceptos como la figura del héroe sin nombre y la abstracción como arma; y, por supuesto, no hay que hacer caso a esa loca de Michigan que demandó a la productora Film District por haberle hecho pensar que iba a ver una cinta de coches rápidos y furiosos al estilo de las protagonizadas por Vin Diesel. 

LO MEJOR: La secuencia del ascensor.
LO PEOR: La trama gangsteril.
El mundo se equivoca, como dice la canción, no sé si por miopía, por cerrazón mental o por incapacidad para asimilar el arsenal de estímulos sensoriales que la película de Winding Refn nos lanza durante sus cien minutos de puro goce estético. Pero quedarse ahí, en esa capa superficial, por mucho que sea la superficie más arrebatadoramente bella que nos ha escupido un proyector de cine durante todo 2011, es disfrutar a medias de Drive, porque debajo de esa capa de esplendor visual y de ese masaje para los oídos que constituye su impresionante banda sonora, hay vida. Me comenta un buen amigo que no entiende las motivaciones del protagonista, que no termina de ver nada de historia detrás de las estampas, pero que, por algún motivo, la película le resulta algo así como hipnótica. Y no es la única persona a la que le escucho decir esto, lo cual hace que me suma en la perplejidad: me resulta increíble que alguien no entienda lo que se esconde tras la piel de Drive, cuando resulta evidente (o, al menos, eso me gustaría pensar) que no hay rastro de complejidad en el argumento ni en las motivaciones de los personajes. Sí en las relaciones que se establecen entre ellos, como en toda buena muestra de cine negro (y Drive es el cine negro del mañana: referencial, hiper-romántico, violento, deslumbrante y retrofuturista), pero no en aquello que mueve al personaje interpretado por Ryan Gosling. Se trata, sin más, de alguien que llena su hueca vida poniéndola en riesgo hasta que encuentra un motivo por el que levantar el pie del acelerador: una mujer y un hijo a quienes ayudar y, a través del cariño que siente hacia ellos y del que puede recibir a cambio, volver a sentir la sangre corriendo por sus venas. ¿Algo cursi? Quizá. ¿Eficaz? Mucho, sobre todo porque ese punto de partida convierte la concatenación de sucesos que viene después en una aventura de ribetes trágicos, además de incidir en lo que de verdad quiere contar Winding Refn: la imposibilidad de un tipo de héroe para encontrar la paz cuando está marcado por estigmas del pasado que, en este caso, se intuyen sin demasiado esfuerzo. Drive tiene que pagar un peaje en tanto que debe pasar por una serie de puntos comunes con el género al que pertenece de manera superficial, siendo obligada a incluir pasajes de menor interés y que tienen que ver con la parte de thriller del asunto (los líos con bolsos llenos de dinero, los villanos de tres al cuarto), pero su historia de amor contenida, sus estallidos de violencia y su capacidad para dejarnos literalmente embobados la convierten en una pieza única, un título a reivindicar desde ya y salvar de la incomprensión a la que parece estar condenado. Aquí tienen mis dos céntimos.

16 dic 2011

'In Time'

(In Time. Andrew Niccol. Estados Unidos. 2011. 109 minutos) La Ciencia-Ficción siempre ha tenido una utilidad más allá de la posibilidad de mostrar robots, lásers y extraterrestres: a lo largo de los años, tanto en el cine como en la literatura, el género ha servido para que sus autores reflexionaran sobre los miedos y los problemas de la sociedad en la que les ha tocado vivir. Andrew Niccol no escapa a esta tendencia y sigue dibujando distopías que vienen a ser un claro reflejo de su tiempo. En In Time, el director utiliza la ficción para hablar sobre la realidad en la que nos encontramos, sumidos en una crisis que no tiene visos de llegar pronto a su fin y que no hará otra cosa que amplificar las desigualdades sociales. Esto es algo que ya planteaba en Gattaca, pero aquí lo hace de manera más explícita, hasta tal punto que llega un momento en el que el espectador puede sentirse incómodo ante la reiteración de conceptos y la manera tan simplista con la que Niccol establece su discurso. In Time presenta un futuro en el que el dinero no existe y se paga con tiempo. Cada persona nace con un periodo de tiempo determinado, una especie de cronómetro vital que se activa una vez que haya cumplido los veinticinco años. A partir de entonces, su cuerpo no envejece, pero los minutos cuentan hacia atrás y, al llegar a cero, la persona muere en el acto. Esto significa que los poderosos pueden ser inmortales (recuerden, aquí tiempo es igual a dinero), mientras que las clases bajas viven aisladas en zonas marginales en las que todo el mundo corre, porque viven con el tiempo justo para mantenerse vivos un día más, a veces incluso menos que eso. Will Salas (Justin Timberlake) es un trabajador que ayuda a escapar de una pelea a un tipo privilegiado que tiene en su cuenta más de un siglo, pero cuando éste decide suicidarse (cansado ya de vivir), regala a Salas su tiempo para que sea empleado de la manera correcta. Lo que parece una lotería premiada para el protagonista no será más que el principio de una nueva serie de problemas. 

LO MEJOR: El punto de partida.
LO PEOR: El rutinario tercer acto.
Hay que dejar claro que la idea de la que parte In Time es atractiva y está bien presentada durante los primeros minutos, con una secuencia magistral en la que vemos cuáles son las consecuencias de agotar el tiempo vital y qué supone sobrevivir con lo justo. Sin embargo, pronto queda claro que Niccol siente la absurda necesidad de volver a explicarlo una y otra vez, cayendo en una repetición que quizá esconde el verdadero problema de la película: el choque que se produce entre una historia tan minimalista como angustiante y el producto comercial para multisalas que pueda ser entendido por el último de los espectadores. Quizá cansado de ver cómo sus primeras propuestas eran ignoradas por el público, Niccol se ha ido acercando progresivamente a un tipo de cine más comercial sin perder del todo su intención subversiva, como mostraba El señor de la guerra (Lord of war. 2005) y que llega a su culminación con el título que nos ocupa y el que le seguirá, la adaptación de la novela La huésped de Stephenie Meyer (con la que está por ver si se convertirá definitivamente en un asalariado más de los estudios de Hollywood o si seguirá conservando sus rasgos autorales). Volviendo a In Time, es destacable la manera en la que lo más flojo de Gattaca se convierte también en el punto débil de esta nueva producción. Si en aquélla la subtrama policíaca conseguía desviar nuestra atención por momentos de la trama principal y, para colmo, olía a excusa para poder vender la película como un thriller, aquí la acción acaba ganando partido sobre la reflexión, convirtiéndose durante su última media hora en una convencional cinta de acción, persecuciones y tiros (al menos bien filmada, eso sí). En ese momento la idea principal pasa un segundo plano y lo mismo nos daría si los protagonistas estuvieran robando lingotes de oro, Bonos del Estado o diamantes en lugar de tiempo. Esta pérdida del norte durante el último acto hace que In Time baje enteros y acabe siendo menos satisfactoria de lo que parecía en un principio, si bien eso no impide que siga resultando una de las propuestas más interesantes de la cartelera actual.

18 nov 2011

'Asesinos de élite'

(Killer Elite. Gary McKendry. Estados Unidos / Australia. 2011. 116 minutos) Como ya ocurrió con The Bank Job, Asesinos de élite devuelve a Jason Statham a un terreno algo más apegado a la realidad de lo que nos tienen acostumbrados sus incursiones en el cine de acción más loco. Ambientada en 1981, la película está basada en las experiencias reales de un ex-oficial de fuerzas armadas británicas, Ranulph Fiennes, quien publicó en 1991 una novela de aventuras y espionaje titulada The Feather Man en la que relataba algunas de las matanzas perpetradas por su ejército en Omán durante 1976, con fotografías incluidas. Así, sorprenden de entrada estos dos detalles: su ambientación eighties (aunque no se haga hincapié en ello y, de hecho, el texto que aparece antes de los créditos juega con lo poco que han cambiado las cosas desde entonces) y que no se trate de un remake de la película homónima que Sam Peckinpah dirigió en 1975, titulada en España Los aristócratas del crimen (algo que, si siguen las noticias sobre cine, ya sabrían). Pero pueden estar tranquilos: por mucho que estemos ante una película "basada en hechos reales", lo que de verdad toma como punto de partida es una novela cuya veracidad fue puesta en entredicho y que no deja de ser una aventura de agentes secretos, conspiraciones militares y venganzas. Con sus actores haciendo lo que ven en el póster: intentar ser los más chulos del reparto y darse a la acción a la mínima que pueden.

LO MEJOR: Los enfrentamientos entre Statham y Owen.
LO PEOR: Es algo rutinaria.
Robert De Niro aparece más bien poco, así que toda opción de lucimiento queda en bandeja para Jason Statham, quien hace lo de siempre e igual de bien, y sobre todo un Clive Owen que, con su caracterización y su actitud, se dedica a robar escenas incluso cuando las comparte con Statham, aquí bastante comedido en la línea de trabajos recientes como The Mechanic y Blitz. Se aprecia en la película del debutante McKendry cierta indefinición entre el thriller de tono serio y la cinta de acción desbocada, pero afortunadamente el cómputo global es bastante satisfactorio y, si bien se la puede considerar simplemente otra película más dentro de la ya extensa filmografía de Statham, no defraudará a sus fans ni a cualquiera que se lo pase bien con los tiroteos, persecuciones y peleas de rigor, aquí bastante bien dosificadas en un metraje algo excesivo. Sobra la historia de amor que pretende humanizar al protagonista y quizá nos hubiera gustado más de haberse centrado en el juego del gato y el ratón entre Statham y Owen. De este modo, Asesinos de élite, sin dejar de ser un largometraje correcto, deja con la sensación de que podría haber ido a más si hubiese tenido más claros sus objetivos. Y, sin que por ahora haya motivos para encender las señales de alarma, quizá debería servir como toque de atención a The Stath para que dejara de conformarse con aparecer en películas simplemente aceptables (y que basan la mayor parte de su fuerza en él mismo) y comenzar a buscar algo más memorable. O, dicho de otro modo más prosaico, queremos verle de nuevo en pelis que lo peten.

26 sept 2011

'No habrá paz para los malvados'

(No habrá paz para los malvados. Enrique Urbizu. España. 2011. 109 minutos) Tras La caja 507, la (¿santa?) trinidad formada por Enrique Urbizu, Michel Gaztambide y José Coronado encontró un nuevo proyecto con el que seguir estrechando sus lazos profesionales y ahondando en el retrato de perdedores: La vida mancha (2003). Pero habría que esperar bastantes años todavía para que los tres volvieran a reunirse y a seguir explotando su química. Entre medias, Urbizu rodó el episodio más anodino de la serie Películas para no dormir, el titulado Adivina quién soy (2006), ciertamente aburrido y pedante. Nada hacía presagiar que un servidor se entusiasmaría con el nuevo trabajo del director vasco. Y, sin embargo, el tráiler de No habrá paz para los malvados consiguió despertar tal interés en mí que me vi arrastrado hacia unas ganas imperiosas de descubrir los thrillers anteriores de Urbizu, fruto de las cuales salen los tres últimos posts que han podido leer en este blog, incluyendo el que nos ocupa. Lo visto en Todo por la pasta (1991) y La caja 507 (2003) ya me debería haber puesto sobre aviso: en ambos casos era fácilmente detectable el exceso de peso que tiene la casualidad en sus tramas, especialmente en el arranque de las mismas, además de una incipiente falta de cohesión entre las varias líneas argumentales que se mezclaban en ellas, la cual lastraba los hallazgos de La caja 507 especialmente. Sin embargo, el tráiler de su cinta más reciente, de título bíblico evocador y rimbombante, hacía presagiar algo distinto, una película más furiosa, un thriller de alto octanaje, violento, espectacular y vibrante. Y resulta que no, que eso sólo es parte de la película y que el resto es, hablando en plata y olvidándome de tecnicismos o cultismos, un truñaco. 

LO MEJOR: José Coronado.
LO PEOR: Un guión que no sabe hacia dónde caminar.
Lo peor es que se intuye una gran película dentro de otra mediocre, lastrada por el exceso de tramas paralelas, de personajes secundarios y de malos actores, por la incapacidad de relacionar de manera clara los argumentos que transcurren en paralelo, y por la manera en la que constriñe la historia más interesante: la de Santos Trinidad (inmenso José Coronado), un tipo del que sólo podemos intuir detalles y cuyas intenciones tenemos que suponer por culpa de un guión hipertrofiado, mal hilvanado y que debido a su superávit de información acaba cayendo justamente en lo contrario, en la desinformación casi absoluta y una falta de concesiones total hacia el espectador (algo que, en esta ocasión, más que ser un punto añadido supone una traba). Veamos, la película ya arranca poniéndonos las cosas difíciles, llevándonos a los límites de nuestra permisividad en el sentido de que el detonante de la acción se antoja demasiado caprichoso e increíble: durante una noche de farra, Santos Trinidad entra en un puticlub y liquida a tres colombianos. Porque sí (o, al menos, eso parece, porque más adelante sabemos que el policía ha trabajado en Colombia años atrás...). En su intento por deshacerse de las pruebas, Trinidad descubre que estos sujetos a los que ha asesinado estaban metidos en asuntos de tráfico de drogas. Hasta ahí bien. Sólo con eso la película ya podría haber sido el thriller de acción que muchos queríamos ver (y que es el que vende su tráiler, de manera harto engañosa). El problema surge cuando la historia comienza a sufrir varias ramificaciones que sólo consiguen distraernos y desviarnos del asunto principal. Aparecen entonces la Juez Chacón (fría, robótica e incómoda Helena Miquel) y otros personajes que restan protagonismo a Trinidad, llenando insoportables minutos de cháchara que no van a ninguna parte (o que quizá sí tenían sentido en una versión primigenia del guión que ha podido ser masacrada durante el rodaje o la post-producción), abriendo nuevos caminos en una narración que no necesitaba escisiones y aportando datos que sólo consiguen marearnos. Terroristas islámicos, traficantes de armas chechenos, narcos colombianos, policías de memoria dudosa, burócratas incompetentes y una constante (aunque casi subliminal) presencia de los medios de comunicación sobrecargan el guión hasta convertirlo en una masa informe, en un batiburrillo indigesto que nos conduce hasta el aburrimiento. Luego aparece José Coronado y la película remonta, recupera brío, aunque a la hora de la verdad sólo le veamos entrando en casas vacías, haciendo preguntas cuyas respuestas no nos dicen nada y buscando a una niña desaparecida de la que tampoco sabemos un carajo. Hay un momento de la película en el que el personaje de Trinidad, parco en palabras hasta entonces, suelta por su boca un "Rock and roll" que nos hace creer que a partir de ahí la cinta va a estallar, que se va armar la marimorena y vamos a tener lo que nos prometía el avance. Y tampoco. Y así funciona constantemente la película: si después de esa frase no pasa nada, es que tenemos un problema gordo entre manos. Pero tampoco se confundan. No estoy diciendo que No habrá paz para los malvados no sea buena porque no tenga la suficiente acción, porque no sea el pim-pam-pum que deseaba ver y que creía que debía esperar. Pero imaginen por un momento que la historia se hubiese centrado en Santos Trinidad, en sus pesquisas por buscar a la chica desaparecida y por borrar sus huellas homicidas, en su enfrentamiento directo contra los narcotraficantes. Igual tendríamos una película más convencional, eso es cierto, pero también más disfrutable, más compacta y más digerible. En cambio lo que tenemos es un producto frío, deshumanizado en el peor de los sentidos, una película interesante encerrada en un grueso cascarón de nadería que no le permite salir a la luz más que en momentos puntuales, que son los que, a fin de cuentas, consiguen que no acabe resultando del todo inservible. Una pena y una decepción de las que hacen mella, al menos para quien subscribe.

'La Caja 507'

(La caja 507. Enrique Urbizu. España. 2002. 104 minutos) Tras su regreso a la comedia con Cómo ser infeliz y disfrutarlo (1994) y Cuernos de mujer (1995) y el acercamiento genérico que supuso Cachito (1996), Enrique Urbizu se unió al guionista Michel Gaztambide para regresar al terreno que ya había pisado con Todo por la pasta (1991), si bien los once años que transcurrieron entre una y otra las sitúan en contextos bien distintos. Por un lado, hay que tener muy en cuenta que el cine español había gozado de una evolución notable en cuanto a calidad y diversidad. En 2002, año en el que se estrena la película que nos ocupa, ya se han sentado las bases que permiten a los directores nacionales presentar largometrajes que no necesitan de coartadas sociales, humorísticas o históricas para adentrarse en los confines de los géneros más puros, siendo posible que aparezcan cintas de terror, de suspense o policíacas narradas con tono serio y, sobre todo, creíble. Años atrás, que un personaje llamado Modesto Pardo (Antonio Resines) se convirtiera en el héroe de un complicado entramado de corrupción, especulación y asesinatos resultaba increíble. Ahora menos. Y eso supone todo un logro para nuestros creadores cinematográficos, algo que les permite abordar un nuevo tipo de cine imposible de practicar con total entrega hace unos años, principalmente porque no resultaba creíble para el público ni para los propios guionistas. Es por eso que esta película no habría sido viable una década antes. 

LO MEJOR: Sus dos protagonistas están impecables.
LO PEOR: La trama se dispersa en ocasiones.
Por otro lado, La caja 507 nos presenta también a un Urbizu con las ideas más claras y un mayor pulso narrativo, alguien interesado en contar una historia seca, áspera, que juega las reglas del thriller desde un punto de vista dramático, pausado y serio, muy alejado de esa (a veces involuntaria) mezcla de humor y tiroteos sangrientos que daba forma a su anterior aproximación al género. No hay aquí asideros emocionales que aligeren un poco la carga trágica al espectador, ni alivios cómicos o siquiera escenas de acción que permitan la recreación del respetable en el espectáculo de la violencia fílmica. Y eso podría ser un problema (especialmente para espectadores como un servidor, siempre dispuesto al puro entretenimiento por encima de cualquier cualidad artística), de no ser por la solidez con la que los actores desarrollan sus papeles (incluso Goya Toledo, que normalmente me parece bastante floja). José Coronado se quita de encima el sambenito que lleva arrastrando desde el principio de su carrera, siendo siempre considerado un actor pésimo y más popular por sus apariciones televisivas que por sus grandes papeles. Aquí, en cambio, resulta imponente como esa especie de Terminator implacable capaz de acabar con todos los huéspedes de una habitación sin pestañear. Antonio Resines, por su parte, otro que también debe cargar con una injusta reputación de mal actor, ejecuta su papel con una frialdad y una determinación que le vienen perfectas al personaje, un tipo normal que, por accidente, se le presenta la oportunidad de vengarse de los responsables de la muerte de su hija producida, aparentemente por accidente, siete años atrás. Ambos refuerzan una película correcta a la que le falta algo de ritmo o de intensidad en algunos pasajes, aquellos en los que comienza a desenmarañarse la madeja de culpables y no deja de complicarse la trama con personajes secundarios de los que se podría haber prescindido. Pero La caja 507 supone, en todo caso, un salto cualitativo con respecto a Todo por la pasta, además de un avance de lo positivo y, sobre todo, lo negativo que nos encontraríamos en el siguiente encuentro Enrique Urbizu/José Coronado: No habrá paz para los malvados (2011).

25 sept 2011

'Todo por la pasta'

(Todo por la pasta. Enrique Urbizu. España. 1991. 88 minutos) El cine de género español de los años ochenta era un terreno yermo por culpa de la política de subvenciones y apoyo al cine social y de autor promovida por Pilar Miró y Fernando Méndez-Leite, respectivamente, desde su posición de directores del ICAA (Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales), aunque a la hora de la verdad lo que triunfaba eran las comedias de tetas y los dramas de posguerra. Paralelamente, y quizá como un acto de rebeldía y reafirmación de una voluntad contracultural y ajena a las tendencias imperantes en el panorama patrio, se fue gestando una revolución auspiciada por un grupo de nuevos creadores, independientes, jóvenes y amantes del cine de entretenimiento, que eclosionaría en los noventa, primero en forma de cortometrajes y luego dando el salto a las salas en forma de un nuevo de tipo de cine español enfocado a una audiencia ansiosa de nuevas experiencias y diversión. Pero antes del asentamiento y la aceptación masiva de Álex de la Iglesia (a quien vemos en los créditos de Todo por la pasta como director artístico) o Alejandro Amenábar, seguramente los más populares del grupo, hubo algún intento aislado por hacer algo distinto dentro de nuestras fronteras, con películas que aún se debatían entre el costumbrismo nacional y la imitación de temáticas y estilismos foráneos propios de géneros más concretos como el terror o, en este caso, la acción. El caso de Enrique Urbizu no hacía presagiar que andaría por esos derroteros, teniendo en cuenta que su ópera primera fue la comedia Tu novia está loca (1988), pero en 1991, reuniendo a dos de los protagonistas de aquella, Antonio Resines y María Barranco, se descubrió con un thriller de acción que serviría como preludio de lo que luego podría dar de sí en dos obras posteriores más ambiciosas como La caja 507 (2002) y No habrá paz para los malvados (2011). 

LO MEJOR: El intento de hacer un tipo de cine
distinto al que se hacía por entonces en España.
LO PEOR: La interpretación de María Barranco.
Todo por la pasta tiene el valor de ser una película a contracorriente, un título ajeno a cualquier moda y, en cierto modo, precursor de todo lo que vendría después, sin renunciar a la posible influencia que sobre ella hayan podido tener títulos aislados del policíaco español como A tiro limpio (Francisco Pérez-Dolz. 1963) o El Crack (José Luis Garci. 1981). Urbizu se basa en un guión de Luis Marías que se toma en serio el cine negro, desprovisto de cualquier distanciamiento irónico y plagado de personajes arquetípicos que parecen venir de otros esquemas populares (los kinkis de José Antonio de la Loma o Eloy de la Iglesia se mezclan con una actriz de porno en vivo que podría venir de cualquier cinta del primer Almodóvar) para verse envueltos en una trama de corrupción policial, atracos y asesinatos que afectan tanto a altas esferas políticas como a los miembros más desarrapados de la sociedad española. El problema es que en Todo por la pasta se produce una fricción entre dos tipos de cine: el que se hacía por entonces y el que todavía estaba por hacerse en España. Se queda así la película en tierra de nadie, obteniendo grandes momentos de crudeza y furia en los momentos de acción (filmados de manera correcta) pero chirriando en otros aspectos como la música de Bernardo Bonezzi (que ha quedado desfasada y que no es del todo apropiada para un thriller, algo que debería haber quedado claro hace veinte años, cuando se estrenó la película) o, especialmente, la insoportable interpretación de María Barranco, alguien con dotes evidentes para la comedia que, sin embargo, se mueve aquí como un elefante en una cacharrería, desentonando constantemente, irritando con sus grititos improcedentes y sus sobreesfuerzos interpretativos. Compensan en parte el desaguisado una Kiti Manver correcta y un Antonio Resines que anticipaba lo muy hijoputa que podría llegar a ser en pantalla, pero el hecho de tener a María Barranco como protagonista supone un lastre hasta el final, cuando en los títulos de crédito tenemos que escuchar una canción insoportable interpretada por ella misma. No obstante, centrándonos en lo positivo, la cinta sirvió como primer contacto de Urbizu con el cine de género, el cual volvería a tantear en la road-movie Cachito (1996) y en el videojuego Los Justicieros (1996), un experimento con forma de Western, antes de volver a intentarlo de manera absoluta con la ya citada La caja 507, de la que en breve podrán leer también aquí.