Cuando uno vive apartado de la civilización, anclado en una sociedad en la que la cultura es algo raro y, a veces, molesto que sólo practican cuatro locos entregados con más entusiasmo que recursos, hacer una excursión a un lugar en el que se respira cine y subcultura de una manera tan intensa es poco menos que un hito, una experiencia digna de figurar en la lista de triunfos personales de alguien que la mayor parte de su vida ha sido pobre y cobarde, pero que este año ha recibido un empujón anímico que, mezclado con un tirón emocional y una serie de afortunadas casualidades, ha posibilitado la concreción de ese viejo sueño infantil de ir al Festival de Sitges, ese del que tanto leía de pequeño en las revistas y que imaginaba por entonces como el Paraíso en la Tierra.
Algunos de ustedes están acostumbrados a tomar café con los Titanes, a ir a sitios donde pueden charlar con la gente a la que leen y escuchan, a sentirse cómodos en la fiesta de la inteligencia bizarra, pero yo no soy más que un invitado que se movió como mejor pudo entre los Grandes durante los cuatro días que estuvo allí, de manera cómoda pero algo torpe en ocasiones, como un cowboy en la gran ciudad. Algunos me dijeron que mi viaje era un acto de amor, por eso lo voy a narrar desde la óptica pasional del novato entusiasmado. Avisados quedan, pues. Ustedes deciden si siguen leyendo o no.
Miércoles 8 de Octubre - El Bautizo

Con el
estrés típico acumulado de los últimos días antes de un viaje largo (la pensión, los billetes, la maleta, el presupuesto, etc.), salí de casa a las seis de la mañana desde mi pueblo camino a
Badajoz. Allí me esperaba un autobús a
Sevilla, donde tenía que coger un avión hasta Barcelona. Una vez en Barcelona, todavía me restaba coger un tren hasta
Sitges y, una vez allí, localizar la pensión. Este
planning se me hacía un mundo, acostumbrado a ir de A a B directamente y no tener que ir de A a E pasando por B, C o D. Y más teniendo en cuenta mis famosos despistes, como cuando estando en Inglaterra me bajé de un autobús unos pueblos más lejos de donde tenía que haberme apeado y acabé perdido hasta que unos chavales que me conocían me encontraron de casualidad y me guiaron. Volviendo a
Sitges, no llegué allí hasta cerca de las cuatro de la tarde, justo cuando empezó a llover. Pensaba que preguntando encontraría fácilmente la pensión, pero no contaba con un detalle importante: que si preguntaba en castellano algunos me contestaran y me dieran indicaciones en catalán. Fallo de novato. Me calé hasta los huesos mientras caminaba por las calles cargando con una mochila y una maleta, preguntando a varios transeúntes hasta que un buen hombre de un restaurante me dio un mapa y conseguí localizar la calle. Pensión
Maricel, en la calle Tacó. Algo cutre, pero con gente amable y bien situada. Igual alguno de ustedes ha estado allí. Ya en la habitación continuaron mis problemas con el agua: un resbalón en la ducha y casi me desnuco. Suerte que soy grande y fui rebotando contra las paredes hasta que me quedé tendido por completo en el plato, imaginando lo triste que hubiera sido morir allí sin haber visto todavía ninguna
peli y estando tan lejos de mi casa. Dejó de llover el rato justo para poder subir al
Melià a comprar entradas. Allí me puse en la cola para ver
The Chaser e intenté hacer algo de vida social. Primero lo intenté con un par de tipos de
Allzine que andaban por allí, pero no me hicieron ni puto caso. Igual era porque yo no llevaba camisetas
identificativas, ni acreditación, ni confundía a
Peter Pau con
Peter Chan en una conversación de esas de mira-lo-que-sé. Por fin conseguí algo de charla con dos tipos bastante majos ya veteranos del Festival que me comentaron que este año la cosa estaba muy floja. Yo no tenía con qué comparar salvo por lo que había leído, aunque tenían razón: o la producción de este año ha sido muy pobre o el proceso de selección ha sido bastante vago y arbitrario. Pero no estaba dispuesto a sufrir una
bajona, así que entré a ver
The Chaser con la ilusión del pardillo que conduce por primera vez. Mientras me acomodaba en la butaca del
Auditori me vibró el móvil: llamada de
Tones. Estábamos en la misma sala y le vi a lo lejos. Sé que se lo dicen mucho, pero en persona es mucho más alto de lo que aparenta en los medios. Me presentó a
eunice, que es tan maja como imaginaba, y los tres disfrutamos seriamente de la cinta coreana, a medio camino entre la acción
setentera y el
psychothriller malrollista, pero no exenta de humor y belleza, con sus lluvias, sus hostias y sus iconos cristianos que tanto gustan a los
surcoreanos. Desde luego, no había motivos para darle una paliza a su joven director, Na
Hong-
jin, que presentó la película pidiendo perdón por si la considerábamos más aburrida o menos violenta que otras de su estilo. A la salida me presentaron a
Absence, de quien no tenía ninguna idea preconcebida más allá de considerarle uno de los Gigantes de la
blogosfera. Me encontré con alguien sereno, locuaz y amable, pero lo que de verdad me sorprendió fue que me conociera. Más tarde, cenando una Hamburguesa
Deluxe en el restaurante del
Melià junto a los tres, poco me impresionaba que estuvieran al lado
Charlie Kaufman, J.A.
Bayona o
Fred Williamson. Y lo digo sin exageración ni peloteo. Por allí se acercó
Jesús Palacios a saludar a Tones. No pude reprimirme y me presenté ante él como seguidor. Seguro que le dije alguna gilipollez, pero no lo recuerdo bien. Ahí saqué al pueblerino que llevaba ocultando toda la tarde y no pude evitar el momento foto. Una con Palacios, otra con Tones, más otra en la que salían
eunice y
Absence que no publicaré porque sé que no son muy amigos de mostrar sus rostros (especialmente
Abs).
Algo más tarde me di cuenta de que no tenía entrada para ninguna película hasta el pase nocturno del debut de
Kaufman, así que decidí acercarme a la sala
Brigadoon a ver qué ponían. A esas alturas ya había comido de nuevo un
sandwich en la calle y me empezaba a aficionar al
Burn para aguantar el tirón. No obstante, no tuve que luchar contra el sueño esa tarde: con un pase de
La invasión de los zombies atómicos no necesitaba aditivos para sostenerme (me sigue
jodiendo el final, pero también continúa siendo divertida y cafre) . Luego intenté visionar en la misma sala una rareza llamada
The Cocaine Fiends, pero abandoné tras cinco minutos al ver que la proyectaban sin subtítulos y con un audio
gastadísimo propio de su época que la hacían ininteligible para mí. Había gente que se quedó en la sala, no sé por cuánto tiempo. Supongo que algunos sí se enteraban de la película, pero otros estarían allí para contar luego que habían visto
"una peli superextraña y supervieja sobre la cocaína que es una clásico de culto de Hollywood del que nadie se acuerda y que hemos visto cuatro gatos". Yo preferí ver la exposición
King Kong Solidario. Y más compras después de la interrumpida sesión doble, dejando parte de mis cuartos en los
stands de
Imagen Death y
CineAsia (saludos a
Enrique Garcelán y a
Domingo López y gracias por su amabilidad) y un regreso a la pensión antes de reunirme de nuevo con Tones y
eunice para ver
Synecdoche, New York en el
Auditori, una película que tiene una primera hora magnífica y que se acaba perdiendo en un laberinto
metalingüístico con el que
Kaufman no sabe muy bien qué hacer, por mucho que él crea que sí. Es la película de un tipo que se sabe genio y se recrea en ello, así que
imagínense: acaba siendo un horror interminable, por mucho que a eunice le encantara. Lo mejor de la noche fue conocer a
Sergio Colmenar y darme cuenta de que es un adorable hijo de puta al que amar desde ya (porque antes sólo lo respetaba). La conversación en la cola con él y Tones sobre gente como
Tibor Tackacs o
Nico Mastorakis (¡qué apellidos!) fue mucho más interesante, compacta y satisfactoria que lo que vino después en la sala. Y que el corto que precedió a la película,
Found Objects, que se resume en mucho dinero invertido en ver cómo un tipo se cae por un acantilado con una bicicleta.
Viernes 10 de Octubre - El día más largo
Siempre lo diré: mis dos objetivos primordiales cuando decidí (más bien me convencieron... gracias,
Loli) ir a
Sitges, aparte de poder vivir la experiencia del Festival y hartarme de cine, eran conocer a los Titanes que tengo enlazados a la derecha de estas líneas y poder ver
JCVD. Lo primero lo estaba consiguiendo, pero para lo segundo me quedaba todo un día entero que tenía que llenar como mejor pudiera y, con tal de no ponerme demasiado nervioso, necesitaba mantener la cabeza ocupada en otros menesteres. Así que a las 10 de la mañana estaba haciendo cola para ver
La noche de los muertos vivientes. Aparte de la oportunidad de verla en pantalla grande, me interesaba sobre todo el hecho de que
George A. Romero fuera a estar presente en la sala. No obstante, no las tenía mucho conmigo, por mucho que en todas partes apareciera su efigie como punta de lanza de la Zombie
Walk que se celebraría esa tarde. No me equivoqué. Primero me lo dijo alguien en el hotel:
"George Romero is not here". Luego lo confirmó su agente en el escenario cuando se disculpó ante los
fans señalando que Romero se encontraba en
Toronto rodando su nueva
peli de
zombis (que, esperemos, sea algo más
disfrutable que la
penúltima). Decepción aparte, tuvo su gracia ver allí a parte del reparto y tener a
Russell Streiner a unos metros de mí colocándose sus guantes de conductor y diciendo aquello de
"He's coming to get you, Barbra!". Lo
acojonante de ver de nuevo
Night of the living dead es comprobar que, más allá de fanatismos y del respeto que todos le tenemos, sigue siendo una película terrorífica, tensa, dramática y radical, haciendo del
minimalismo obligado por la precariedad presupuestaria uno de sus mayores logros. Pero más sorprendente todavía resultó comprobar que había gente en la sala que NUNCA la había visto, escuchando comentarios al final como
"ay, a que le matan..." y cosas así. ¿Se imaginan descubrir la película a estas alturas y en una pantalla gigantesca, en el marco de uno de los mayores festivales de cine fantástico del mundo? No sé si me da lástima o envidia. Para el recuerdo debería quedar también la pitada que proferimos cuando nos dimos cuenta de que la estaban proyectando doblada. Unos silbidos después cambiaron el idioma al original, cosa que agradecimos con aplausos de alivio.
A la salida me encontré con una
performance promocional de
Dead Space, con unos tipos enfundados en trajes protectores que llevaban un cadáver, acompañados de un personaje con megáfono y ojeras que pretendía meter miedo y otro más que parecía ir de drogas duras animando a la gente a que gritara el nombre de la
peli/
videojuego. No entré a verla, más que nada porque tenía cosas mejores que hacer: comer junto a Tones,
eunice,
Toby y un nuevo acompañante, el gran
Dr. Zito. De él, culto y elegante como imaginaba, no van a encontrar ninguna foto aquí. Él es poco amigo de la cámara y enemigo de mostrarse públicamente. Después de la comida, dispersión:
Zito,
eunice y Tones por un lado (a ver
Anamorph y
Absurdistan, creo... porque no salían del
Auditori los
jodíos), mientras que
Toby y yo nos dirigimos al Retiro para disfrutar (él sobre todo)
The burrowers. Para mí, lo mejor de la sesión volvió a ser el contacto humano: la conversación con
Toby en la cafetería del Retiro, donde hablamos sobre su trayectoria como
cortometrajista y sus proyectos y me instruyó sobre J.T.
Petty (de quien aún no había visto nada y de quien necesito ver cuanto antes
S&Man), la recordaré mucho mejor que lo que vi dentro de la sala. Allí, donde encontré un asiento V.I.P., me quedé dormido durante la mayor parte de la cinta, así que no les puedo decir todavía si me gustó o no hasta que la vea entera. El señor
Dammit salió encantado, eso sí. A la salida nos encontramos con
Libertino, tío grande no ya por su estatura, sino por todo lo que lleva dentro de ese cuerpo de loco entrañable. Los tres nos fuimos a un
videoclub donde vendían todavía
VHS nacionales y
DVDs de importación, pero lo que más nos interesó no estaba a la venta y acabamos saliendo de allí con las manos vacías. Eso sí, nos echamos unas risas viendo las ediciones piratas que tenían en alquiler con carátulas customizadas y todo. Quédense con la siguiente foto: menudo trío.

Nueva dispersión minutos más tarde: reunión con Zito para ver la Zombie Walk, donde descubrí que estaba con Absence, Sra. Absence y Absencito, majísimos ellos, por mucho que este último no quisiera enseñarme su imitación de los zombis y las momias. A esto es a lo que me refería con lo que escribía al principio, a esas conexiones personales que antes del viaje no imaginaba tan sólidas, lo cual me pareció algo maravilloso y una manera estupenda de conocerles a todos sin tener que dividir en exceso mi tiempo. Al final nos tuvimos que separar de nuevo sin que hubiera arrancado el desfile zombi, que al final resultó un fracaso (sobre el concierto posterior no tengo información), empezando por la ausencia de Romero y siguiendo por el retraso de la salida y el cambio de itinerario. Ya quedaba menos para ver
JCVD, pero todavía quedaba una película en medio: La Sueca, o lo que es lo mismo,
Let the right one in. Tones, eunice, Libertino y yo salimos contentos y le dimos buena nota. Toby salió cabreado (incluso dice que quiso darnos de hostias) y le colocó un 1. Estoy de acuerdo con él en que la cinta no aporta nada al mito vampírico y tampoco entiendo que se diga de ella que es original y revolucionaria. No hay nada de eso, pero es una película bella, mal que le pese a Toby, bien contada y emotiva, aunque también manipuladora y efectista en ocasiones. Quizá me llegó a un nivel personal porque me recordó a mi historia de amor infantil imposible con la hermana de
El Pequeño Vampiro, pero es que yo soy así de básico, irracional y romántico. Además, consiguió que por un par de horas me olvidara de que estaba a punto de ver La Película del Festival, ahora sí,
JCVD. Aquí viene algo que me guardaba: antes de ver La Sueca, tuve la suerte de encontrarme en el Hotel Melià con
Mabrouk El Mechri, el Genio detrás de la resurrección de Jean-Claude Van Damme (que no acudió al festival debido a su compromiso con el rodaje de
Full Love en Tailandia). Ahora que todavía es poco conocido y accesible, tuve la ocasión de saludarle, hablarle brevemente de
VanDammeForum y darle las gracias por lo que había hecho, aún sin haber visto la película. Toby, que sí la había experimentado ya, se limitó a levantar el pulgar y gritar
"Great film!".

En la cola para ver
JCVD, acompañado de Libertino, se produjo mi encuentro con
Jose Viruete, quien me presentó a
Domingo López y a
Pedro J. Mérida, que salían también de
Let the right one in. Con ello cumplía otro sueño: si ya había conocido a uno de mis declarados guías espirituales, John Tones, ahora cerraba el círculo con mi encuentro con Jose. Junto a él y Libertino tuve que soportar dos cortos demasiado largos,
Kingz (muy caro, muy espectacular, pero con unas criaturas diseñadas con el culo) y
Tras los visillos (que es... ¿aberrante? ¿idiota? Todavía no lo he decidido) antes de que llegara El Momento. No voy a extenderme mucho aquí sobre
JCVD, ya que daré cuenta de ella de manera extensa en
VanDammeForum-OnLine en cuanto me sea posible, pero sí les tengo que decir que si está causando sensación entre los que la ven no es porque sí, no es una moda ni una opinión causada por la inercia (porque ahora parece que todo el mundo es fan de Van Damme y que éste es
cool, cuando Tones y yo llevamos años partiéndonos la cara contra los que se mofaban de él, que eran mayoría): es una película inteligente, divertida, original, dramática, tensa, tierna, dirigida de manera apabullante y con un Van Damme irresistible y sobrecogedor que todavía tendrá que vérselas con los que despreciarán su acojonante labor actoral porque "
se interpreta a sí mismo y eso no tiene mérito". Todavía emocionado por
JCVD, pasé la noche charlando con Viru hasta que decidimos que no estaría de más dormir algo.
Sábado 11 de Octubre - Ballardcelona y fans
Si el día anterior me dejó exhausto, el que tenía que afrontar ahora no iba a ser más relajado. No obstante, de las tres películas para las que tenía entrada acabé viendo sólo una:
JCVD... otra vez. Por la mañana tenía cita con el Dr. Zito y con
Alvy Singer, pero no en Sitges, sino en Barcelona capital. Su intención era la de convertirme al Ballardismo con la
exposición montada por Jordi Costa, pero no contaban con que mis conocimientos sobre Ballard se resumían a saber que había escrito
Crash y
El imperio del Sol, con lo cual no pude disfrutar del mismo modo que ellos durante el interesante paseo por la vida del escritor. No obstante, todo está montado de manera diáfana para el profano y supone un recorrido disfrutable con elementos tan interesantes como la proyección de tráilers de ciencia-ficción o el momento Stendhalazo provocado por unas cortinas y un par de proyectores. Sobre Alvy... es tan enérgico, sabio, joven e hiperactivo como aparenta en su blog. Lo peor de la mañana fue mi estado de salud, algo precario por culpa del bautizo del primer día, las pocas horas de sueño y el no parar de ir de un lado a otro durante esos días. Súmenle que algo me sentó mal y tenía el estómago como una hormigonera y entenderán por qué rechacé ver
King Boxer y
Prime Time a pesar de tener las entradas en el bolsillo. De todos modos, la primera la tengo en casa. De la segunda, Libertino me dijo que se salió a la media hora, así que la pérdida sólo fue económica. Zito casi pierde el Ave y Alvy se debatía entre ir a un compromiso académico (creo) o asistir al cine con su chica. Espero que eligiera lo segundo.

Ya por la noche, tenía otro compromiso agradable: encontrarme con
Juan y
Agus, miembros activísimos de VanDammeForum, a los que se unieron varios amigos que no conocía. La experiencia de ver
JCVD con ellos fue distinta a la que tuve con Viru y Libertino. Estos chicos saben tanto de Van Damme que podían identificar cada una de las referencias, guiños personales y profesionales, hasta el rostro de algunos extras, que aparecían en la película. Aunque me hicieron sentir algo viejuno (ya que tengo unos diez años más que cada uno de ellos) con su ímpetu y su desvergüenza, me llevé la alegría de conocerles personalmente y ver que todavía hay que tener confianza en la raza humana: si unos chicos de menos de veinte años son así de seguidores de Van Damme, igual todavía podemos salvarnos. Por si esto fuera poco, son buena gente: además de compartir con ellos una cena abundante, divertida y sopesada en un restarante oriental, tuvieron la gentileza de acompañarme durante toda la noche hasta que tuviera que coger el tren de vuelta a Barcelona a las 6 de la mañana, exceptuando el par de horas que subí a la pensión para hacer la maleta y dejarlo todo hecho. Esa noche también me despedí de Jose con un fuerte abrazo que me hizo constatar algo que ya intuía: que este buen hombre me tiene más aprecio del que se tiene por un colega de chat o comentarios blogueros. Sentimiento recíproco, por cierto.


Domingo 12 de Octubre - El Regreso
Sin tiempo a dormir la noche anterior, a las 8 de la mañana subí a un tren en Barcelona en el que volvería a mi casa durante el agradable periodo de tiempo de 14 horas y media. Ahí es nada. No hay mucho que contar de este viaje de regreso, salvo anotar la antipatía del camarero del vagón restaurante, la incomodidad de los asientos, el hecho de que no funcionara el vídeo o que hubiera gente borracha haciendo el gilipollas a las 10 de la mañana dentro del tren. Bueno, hay otra cosa más que les hará entender por qué digo que mis despistes son famosos. Verán, sobre las 2 de la tarde fui al vagón cafetería a por un bocadillo. Mientras lo degustaba (es un decir) noté que el tren se paraba unos 20 minutos. Pensé que esperábamos a más pasajeros y que eso era normal. Cuando terminé el bocata crucé todos los vagones en busca del mío y... ¡no estaba! ¿Recuerdan esa escena de
Sin Control en la que Van Damme va cruzando los vagones en busca de su hijo y se pone a llorar cuando llega al último y se encuentra con que no está por ninguna parte? Pues lo mismo pero sin llorar. Dicen que habían avisado de que mi vagón desengancharía, pero les juro que no escuché nada. Al final me bajé en Manzanares y esperé unos diez minutos a que mi vagón pasara por allí para subir de nuevo. Afortunadamente mi equipaje seguía donde lo dejé y lo más que sufrí fue el susto y caras raras de algunos pasajeros cuando me vieron entrar de nuevo allí. En fin... no podía terminar el viaje sin una cagada de estas tan mías, así que igual lo hice por eso, de manera instintiva.