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15 may 2012

'Los Vengadores', la calma y la tormenta.

The Avengers. Joss Whedon. Estados Unidos. 2012. 143 minutos

Sin entrar en discusiones fútiles en torno a opiniones fundamentalistas sobre cómo debería ser una película de superhéroes y cómo no debería ser (y que siempre conducen a lo mismo: enfrentamientos entre los fans de Marvel y DC y el ya aburrido debate sobre si Christopher Nolan es Dios o es una mierda pinchada en un palo), lo cierto es que Los Vengadores de Joss Whedon se acerca mucho a lo que uno podía soñar cuando pensaba en ella: un espectáculo grandilocuente y atronador en el que abundan los chistes, los colorines, los efectos especiales, la destrucción como una de las bellas artes y la acción como recurso para hacer evolucionar a los personajes, quienes se conocen y aprenden a colaborar por el camino de las hostias, como si estuviesen en una de Kung Fu de la Shaw Brothers. Existe en ese sentido un considerable equilibrio  entre el ratio de protagonismo de todos los superhéroes que se dan cita, ya que todos tienen momentos de lucimiento y aportan algo al devenir de la historia. Obviamente, y como suele ser común en cualquier reunión de estrellas (ya sean actores famosos o, como en este caso, personajes de cómic), algunos brillan más que otros: la relación entre Iron Man y el Capitán América y la evolución personal de Bruce Banner / Hulk se llevan las mejores líneas, dejando al resto un poco en segundo plano, aunque no sea de manera tan importante como para resultar molesto. 


Todo eso entra dentro de lo previsible y estamos felices por ello. Lo que no esperábamos era el grado de virtuosismo que alcanzarían algunas de sus secuencias más aparatosas, pequeñas piezas de orfebrería visual que llegan al paroxismo durante un clímax final que es todo lo que Michael Bay ha intentado hacer con tres películas de los Transformes, largas, muy largas, y no ha sido capaz de llevar a cabo. Podrían existir dudas  lógicas sobre si Joss Whedon sería capaz de apañárselas bien manejando un presupuesto mucho más holgado que el que había podido utilizar previamente. Recordemos al respecto que Whedon ha desarrollado su carrera principalmente en televisión, dando origen a las series de culto Buffy, cazavampiros y Firefly, siendo la adaptación al cine de esta última su única incursión en la pantalla grande, con un presupuesto de 40 millones de dólares y el título de Serenity (2005). De eso ha pasado a contar con más de 200 millones y a sufrir la presión de ser el responsable de una cinta que viene a ser el descomunal clímax final de cinco títulos previos (Iron Man, Iron Man 2, El increíble Hulk, Capitán América y Thor), cuyas tramas confluyen aquí para encontrar la conclusión de algunos de sus conflictos y presentar otros nuevos de cara a futuras producciones (tanto de Los Vengadores en conjunto como de sus miembros por separado). Whedon logra salir airoso de tal reto e incluso es capaz de aportar, en sus mejores momentos, un grado de pericia narrativa que sobrepasa cualquier expectativa (y aquí es necesario destacar ese - falso - plano secuencia que pasa de un personaje a otro durante la batalla definitiva).


Sin embargo, no todo van a ser buenas noticias. Empecemos por lo peor: para tratarse de una cinta protagonizada por personajes que ya conocemos y que han contado (casi todos ellos) con películas propias, la primera hora de Los Vengadores emplea la mayor parte de su tiempo en presentarnos de nuevo a los protagonistas, como si no confiara del todo en que el público potencial hubiera visto las anteriores y sintiese la necesidad de explicar quién es quién, cómo se comportan, cuáles son sus características y de qué padecen. Se entiende que el propósito de Whedon también es mostrar cómo Loki va enfrentando a Los Vengadores entre sí, manipulándolos para que se destruyan entre ellos, pero a quien suscribe le pareció que no hacían falta tantos minutos para ello. En relación a esto, a medida que transcurría la película me preguntaba por qué las opiniones que había escuchado antes de ir al cine iban en dirección contraria: según me habían dicho, esto era un no parar de acción, un prodigio de ritmo que no se andaba con preliminares. Y no es así, pero entiendo lo que puede ocurrir. Resulta que la última hora y cuarto es tan trepidante, tan lustrosa e hipnótica que puede jugarnos una mala pasada y hacernos creer, en el recuerdo, que Los Vengadores es mucho más frenética de lo que en realidad es. Uno puede salir de la sala con tal subidón de adrenalina que olvida que, hasta que han empezado de verdad las tortas, ha tenido que soportar un buen rato de cháchara y minutos de relleno. Luego hay otros problemas algo menores, pero también dignos de mención: el Loki de las pelis sigue siendo un pelele (como, de hecho, confirma la secuencia extra que aparece durante los créditos finales), los Chitauri parecen diseñados a partir de una plantilla digital default y Scarlett Johanson sale todo el rato vestida hay subtramas que no quedan demasiado claras (especialmente la evolución de Hulk).


Con eso y todo, Los Vengadores tiene todo lo necesario para contentar al fan del cine de acción y de superhéroes que no busque más que sano entretenimiento, independientemente de que conozca las fuentes (vamos, que no hace falta ser coleccionista de cómics de la Marvel para entenderla), y, sobre todo, una alegría, aunque sea parcial, para todos los que preferimos la ligereza de Los 4 Fantásticos a la gratuita pedantería de El Caballero Oscuro. Mierda... lo dije. 

27 mar 2012

'Black Dynamite'

(Black Dynamite. Scott Sanders. Estados Unidos. 2009. 84 minutos) El género Blaxploitation, aquel surgido en Estados Unidos durante la década de 1970 a mayor gloria de protagonistas (y espectadores) afroamericanos, ya había sido parodiado en varias ocasiones antes de este Black Dynamite. Por poner dos ejemplos, ahí tienen Sobredosis de oro (I'm gonna git you sucka. Keenen Ivory Wayans, 1988), por la que se paseaban los mismísimos Jim Brown e Isaac Hayes, o la más reciente Undercover Brother (Malcolm D. Lee, 2002), algo así como una versión afro de Austin Powers protagonizada por Eddie Griffin y con cameo de James Brown. Sin embargo, ninguna de ellas llegaba a los niveles que alcanza la película que nos ocupa, auténtica maravilla que todavía espera estreno en España y que debería ser considerada como una de las obras maestras de las spoof movies, a la altura de clásicos como Top Secret (Top Secret!. Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker, 1984), Agárralo como puedas (The Naked Gun: From the Files of Police Squad!. David Zucker, 1988) o Hot Shots 2 (Hot Shots! Part deux. Jim Abrahams, 1993). Basada en una historia ideada por los propios protagonistas, Michael Jai White y Byron Minns, relata la cruzada del ex-agente de la CIA Black Dynamite en busca de la venganza por la muerte de su hermano, para lo cual se aliará con un grupo de camellos y proxenetas y llegará hasta las más altas esferas de Washington para encontrar al hombre (blanco) detrás de toda una trama para acabar con la raza negra.  

LO MEJOR: Que cuando parece que no puede ir a más, la
película se supera a sí misma.
LO PEOR: Que no se haya estrenado en España.
Habría que ser un experto en Blaxploitation para reconocer todos los guiños que Black Dynamite hace a clásicos del género (y si no lo son, aquí tienen una guía), pero basta con ser un espectador abierto de miras y con sentido del humor para dejarse arrollar por el torrente de estímulos cómicos que la película arroja sin cesar ante nuestros ojos. Todo lo que asocian a este tipo de cine está aquí: un protagonista chulo como él solo; bigotes, patillas y pelos a lo afro sin ningún rubor; féminas de buen ver que caen rendidas a los encantos del héroe (Black Dynamite es capaz de hacer el amor a tres chicas a la vez, cada una de una raza distinta); alianzas con delincuentes para hacer el bien; persecuciones con coches más grandes que la vida; pistolas con cañones de medio metro de largo; peleas de Karate y Kung-Fu a lo Jim Kelly; una banda sonora extraordinaria; y, finalmente, la figura del poder blanco como el enemigo más poderoso (aquí llevándolo al paroxismo cuando se nos descubre quién es el verdadero villano de la película). Todo ello mostrado desde un punto de vista reverencial y, al mismo tiempo, paródico, con un montaje voluntariamente abrupto y chistes a costa de la precariedad de medios (y, a veces, simple torpeza técnica) con la que se enfrentaban en ocasiones los cineastas que abordaban este género (tronchante es el momento en el que Michael Jai White sigue recitando sus líneas con toda la seriedad del mundo mientras ve cómo un micrófono se le viene encima). Ahora vendría el momento de hablar sobre lo malo, pero resulta que esta vez no hay nada que destacar en la parte negativa. Black Dynamite es todo lo buena que podría ser y cada uno de sus ochenta y pocos minutos se disfrutan al máximo, especialmente si uno conoce bien los códigos del cine de acción y es receptivo a que se mofen de ellos, llevándolos al extremo si hace falta, para construir una comedia perfecta que deja con ganas de más y que nos obliga a mover los pies y a ejercitar la sana carcajada. ♪Dynamite... Dynamite

25 mar 2012

'Negocios sucios'

(The 51st State. Ronny Yu. Reino Unido / Canadá. 2001. 88 minutos) Los años noventa fueron muy locos para el cine de acción: ante el decreciente interés del público por los héroes de toda la vida, se optó por recurrir a los servicios de savia nueva para el género y para Hollywood, con resultados no siempre óptimos y no siempre más atractivos para la taquilla. Por un lado, comenzó la tendencia de convertir en action-heroes a actores dramáticos, lo cual es la norma hoy en día e iba en detrimento de la credibilidad de las secuencias de acción. La otra estrategia consistió en importar el talento de los cineastas de Hong Kong, siendo Jean-Claude Van Damme el más listo al ponerse a las órdenes de John Woo (Blanco humano, 1993), Ringo Lam (Al límite del riesgo, 1996; Replicant, 2001; Salvaje, 2003) y Tsui Hark (Double team, 1997; En el ojo del huracán, 1998). Curiosamente, el desenfreno visual de estos maestros de la cinética no terminaría de cuajar en la industria norteamericana, como tampoco consiguieron establecerse Kirk Wong (con Equipo mortal, 1998) ni quien nos ocupa en esta reseña, Ronny Yu. Responsable en Hong Kong de un clásico del calibre de La novia del cabello blanco, Yu se presentó en Occidente con la marcianísima Guerreros de la virtud (Warriors of virtue. 1997) y resucitó la saga del Muñeco diabólico con La novia de Chucky (Bride of Chucky, 1998). Sin embargo, Negocios sucios pasó con más pena que gloria por donde se estrenó. Y, al verla, uno entiende por qué

LO MEJOR: El cúmulo de insensateces.
LO PEOR: Pierde gas a medida que avanza.
Lo que empieza casi como una película de Cheech & Chong se acaba convirtiendo en algo así como una versión hooligan de El último boy scout (The last boy scout. Tony Scott, 1991) pasada por el filtro politoxicómano de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), con Samuel L. Jackson paseándose por ahí con una falda escocesa, Robert Carlyle jugándose el pellejo por unas entradas de fútbol, Meat Loaf con media cara quemada haciendo de un tipo al que llaman El Lagarto, Emily Mortimer jugando a que es la mujer más sexy sobre el planeta y un Rhys Ifans on fire. Todos ellos dirigidos por un chino perdido en Liverpool y metidos en una absurda trama de tráfico de pastillas de esas que dicen que le ponen a uno al 150%. Es decir, demasiado para el público convencional, pero casi una delicia para los amantes de lo trash como nosotros. Y digo casi porque, al contrario de lo que ocurre con esa joya de lo absurdo que es En el ojo del huracán, la cinta de Yu no es capaz de mantener todo el tiempo el mismo nivel de locura ni de ir a más, algo que supone un ligero escollo pero que se perdona por secuencias tan pasadas de rosca como la de la fiesta rave o la del grupo de skins nazis cagándose encima (literalmente). Y, aunque el clímax final funcione a bajas revoluciones, sólo por ver el uso que le dan a un paraguas ya merece la pena. Ronny Yu seguiría a tope en la imprescindible Freddy contra Jason (Freddy vs. Jason. 2003) para luego volver a China y dar lecciones sobre cómo rodar secuencias de artes marciales en la potente Fearless - Sin miedo (Huo Yuan Jia, 2006), también menospreciada por los amargados de siempre, antes de dirigir un episodio de Fear itself en 2008 y regresar definitivamente a la ex-colonia británica para filmar Saving General Yang (2012), quizá harto de ser ninguneado en tierras yanquis. Ellos se lo pierden. 

23 mar 2012

'12 Trampas'

(12 Rounds. Renny Harlin. Estados Unidos. 2009. 108 minutos) Muchos añoran los años en los que miraban lo que aquí conocimos como Pressing Catch y soñaban con emular, siquiera con su primo el del pueblo o con su hermano pequeño como contrincantes, las hazañas sobre el ring de titanes como Hulk Hogan, André el Gigante, El Último Guerrero, El Enterrador o Terremoto Earthquake. Estos tienden a pensar que eran tiempos mejores para el espectáculo de la lucha libre, pero infravaloran lo que ha conseguido actualmente una firma como la WWE, capaz de promover giras multimillonarias a través del planeta, de vender sus licencias de emisión a varios canales televisivos, de explotar su firma en videojuegos para todas las plataformas e incluso algo con lo que la WWF no podía soñar en los noventa: crear una división cinematográfica que, bajo el epígrafe de WWE Films (actualmente WWE Studios), ha conseguido poner en marcha, aunque sea con irregular fortuna comercial y artística, una serie de películas protagonizadas por wrestlers como Dwayne "The Rock" Johnson, Ted DiBiase Jr., "Stone Cold" Steve Austin, Big Show, Triple H o el que nos ocupa, John Cena. 12 trampas supuso la segunda incursión de Cena en el cine de acción, después de haber debutado con la espectacular Persecución extrema (The Marine. John Bonito, 2006), que no tuvo el éxito merecido. En esta ocasión contó con el ojo experto de Renny Harlin para el género, quien fuera en su momento la gran esperanza blanca de Hollywood y a quien una serie de desafortunados fracasos colocó en una posición más bien incómoda dentro de los estudios, teniendo que aceptar trabajos alimenticios en los que su figura de director estrella quedó relegada a la de artesano competente y poco más. Sin embargo, la buena mano del director finlandés se hace notar en 12 trampas y consigue salvar por momentos este actioner bastante convencional y rutinario, menos interesante que el anterior trabajo de John Cena delante de las cámaras.

LO MEJOR: La secuencia del tranvía.
LO PEOR: La escasa credibilidad de John Cena como héroe
de acción.
No deberíamos cargar las tintas sobre las aptitudes interpretativas de Cena ya que, al fin y al cabo, géneros como la acción, el western o el peplum están llenos de protagonistas tan hercúleos como inexpresivos que han sabido llenar la pantalla con su presencia y carisma. El problema es que, como  dijo alguien en los foros de IMDb.com, "John Cena es el Justin Bieber de la lucha libre: alguien que gusta a los niños, pero no a los adultos". No voy a ser tan maligno, pero sí es cierto que el tipo no consigue llegar a transmitir esa sensación de rudeza que cabría exigir a todo buen action-hero. Tampoco resulta especialmente simpático, con esa apariencia de Matt Damon on steroids. Así que, más que un atractivo, el protagonismo de Cena resulta un inconveniente. Por otro lado, el guión urdido por Daniel Kunka (por ahora, su único trabajo conocido) nos lo sabemos de memoria, recordando demasiado a las mejores ideas de Harry el sucio (Dirty Harry. Don Siegel, 1971), Speed (Jan de Bont, 1994) y Jungla de Cristal. La venganza (Die Hard with a vengeance. John McTiernan, 1995), con lo cual no hay mucho espacio para la sorpresa o cualquier hallazgo argumental. Al menos, la dirección de Renny Harlin sabe otorgar en algunos momentos una credibilidad de la que no anda sobrada la cinta (véase su horrendo clímax final como ejemplo), sacándose de la manga una secuencia de acción con un tranvía que, si bien recuerda mucho a las que vimos en La Roca (The Rock. Michael Bay, 1996) y El negociador (Metro. Thomas Carter, 1997), al menos ofrece un punto álgido de emoción en un producto que huele a refrito y que sólo puede satisfacernos por lo que tiene de raro hoy en día que se estrene (además, en salas de cine) una película de acción de la vieja escuela. Pero ésta ya la hemos visto antes y mejor hecha.

21 mar 2012

'The Iceman Cometh'

(Ji dong ji xia. Clarence Fok. Hong Kong. 1989. 114 minutos) Ver pelear a Yuen Biao siempre es un bálsamo para la vista. Si, además, lo hace contra alguien tan preparado como Yuen Wah, el resultado sólo puede convertirse en una de las cimas de la elegancia, la ferocidad y las capacidades acrobáticas de las artes marciales. Esto es lo que sucede en The Iceman Cometh, película de Clarence Fok en la que Yuen Biao interpreta a Fong Sau-Ching, un guardia real de la Dinastía Ming que tiene la misión de atrapar a Fung San (Yuen Wah), un despiadado asesino que estudió con Fong pero que se dejó llevar por los vicios, el poder y la violencia. Durante una pelea, ambos quedan atrapados en un bloque de hielo que no será hallado hasta varios siglos después, en el Hong Kong de 1989. Una vez reanimados, los dos guerreros continuarán su lucha en una época que desconocen, al tiempo que entra en la ecuación una prostituta llamada Polla (Maggie Cheung), que es prostituta y... y se llama Polla... y es prostituta y se llama Polla... en fin, ¿qué culpa tienen los guionistas? Si están pensando en lo mucho que se parece al  argumento de la posterior Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), están acertando. Si al leer esto se han acordado también de la coetánea Warlock, el brujo (Warlock. Steve Miner, 1989) y de la anterior Los Inmortales (Highlander. Russell Mulcahy, 1986), siguen estando en lo cierto: The Iceman Cometh toma prestadas algunas ideas y anticipa otras de ellas, pero les gana por goleada en lo que más le interesa, que no es otra cosa que la acción. 

LO MEJOR: Evidentemente, las escenas de acción.
LO PEOR: La bobalicona subtrama romántica.
Y es que, sin despreciar los valores de Demolition Man, Warlock y Los Inmortales (todas ellas recomendables y necesarias), ningún efecto especial puede competir con las proezas de Yuen Biao y Yuen Wah, también coreógrafos de las escenas de acción junto con los veteranísimos Yuen Tak y Chin Kar Lok (el hombre que se escondía detrás de algunos de los stunts de Jackie Chan, así que olvídense de una vez por todas de la cantinela de que el bueno de Jackie no usaba dobles). El problema es que en casi dos horas de metraje son pocos los enfrentamientos entre ambos, y lo que hay entre medias no es precisamente memorable: después del prólogo, Yuen Biao comienza a protagonizar una comedia romántica con Maggie Cheung en la que el director no evita los socorridos (y manidos) chistes a costa del viajero del tiempo (lavarse la cara en la taza del wc, pensar que lo que emite la televisión está ocurriendo de verdad, temer a los automóviles como si fuesen monstruos diabólicos, etc.) hasta que, por fin, recuerda que tenía un enemigo que probablemente esté por ahí haciendo de las suyas y es entonces cuando decide seguirle el rastro. Toda esta parte central hace que el conjunto quede bastante deslucido, pero lo demás (las secuencias de acción y  los efectos especiales de la vieja escuela, pintados a mano sobre los propios fotogramas) es para levantarse del sillón y aplaudir. De ahí que el visionado de The Iceman Cometh transcurra entre el bochorno y el asombro, pero, si son fans del cine de Hong Kong y no la han visto, no deberían perdérsela por nada del mundo.

Nota: Esta vez no he localizado el tráiler, así que les dejo un vídeo donde pueden ver la pelea final entre estos dos titanes. Y, repito, es el final, así que vean el vídeo bajo su responsabilidad.

15 mar 2012

'Chronicle'

(Chronicle. Josh Trank. Estados Unidos / Reino Unido. 2012. 84 minutos) Aunque todavía sea pronto para aventurarse, por todo lo que todavía queda de año por delante, es posible que Chronicle sea ya el Attack the block de 2012. Esto es, la película sorpresa de la temporada que ha aparecido de no se sabe muy bien dónde, que sabe conectar con el público adolescente actual (y no sólo con el que lo fue hace veinte años), que ha sabido utilizar las redes sociales para organizar una campaña de marketing eficaz y que, por encima de todo, posee cualidades intrínsecas más que suficientes para que podamos hablar de ella como de una reliquia más allá de modas, dejando a un lado el hecho de que el boca-oreja vaya a auparla a los altares del cine cool. Más allá del fenómeno coyuntural en el que parece haberse convertido, Chronicle es una cinta inteligente, vibrante y contemporánea, capaz de llevar a un nuevo e insospechado nivel el género de las grabaciones encontradas y de convertirse, como ya muy bien han advertido algunos amigos, en lo más parecido que se ha podido ver hasta el momento a una adaptación en carne y hueso del cómic (y posterior película) de Katsuhiro Otomo Akira

LO MEJOR: Que, para variar, el contenido no esté limitado
por el continente.
LO PEOR: Algunos instantes en los que su credibilidad está
a punto de quedar en entredicho.
Habrá que seguir muy de cerca la carrera de Josh Trank, de tan sólo veintisiete años y que debuta aquí como director, así como la de Max Landis, hijo de veintiséis años del mítico John Landis y autor de la historia y el guión de Chronicle, porque con poco más de diez millones de dólares de presupuesto han conseguido crear una obra espectacular, apocalíptica, tensa y, al mismo tiempo, cargada de humor y energía netamente juveniles. Buena muestra de su inventiva es la manera en la que han conseguido superar las barreras que les impone este modo de filmación, siendo capaces, a través de un recurso de guión de lo más ingenioso, de filmar planos que no siempre tienen que ser subjetivos y que ayudan a sacar las imágenes del estancamiento al que se suelen ver sometidas en este tipo de películas. Curiosamente, hay otras ocasiones en las que caen en lo injustificado para presentar situaciones que no sirven para mucho (pienso, sobre todo, en la conversación entre uno de los protagonistas y la chica en el porche de la casa de ésta), pero son pocas y no empañan demasiado el resultado final. Pero lo más importante de Chronicle es que en ella pasan cosas, se desarrolla una historia (aunque no se explique el punto de arranque... algo que tampoco se echa en falta), los personajes evolucionan (o degeneran) y los conflictos se amplifican progresivamente hasta culminar en un clímax final rebosante de imágenes para el recuerdo. Aún con algunos problemas menores de ritmo y, sobre todo, de la manera en la que se fuerza el hecho de que siempre haya cámaras grabando (a veces sin lograrlo del todo bien, como ya he indicado), Chronicle es lo mejor que el subgénero nos ha dado desde Monstruoso (Cloverfield. Matt Reeves, 2007).

11 mar 2012

'Basic'

(Basic. John McTiernan. Estados Unidos / Alemania. 2003. 94 minutos) En otros tiempos, John McTiernan fue un renovador del cine de acción que concibió, en un plazo de sólo dos años, un par de obras maestras que se quedarían de inmediato grabadas en la memoria del público como dos de las piezas más importantes que hasta la fecha había dado el género. Estamos hablando, claro está, de Depredador (Predator. 1987) y Jungla de cristal (Die hard. 1988).  Unos años después, John Travolta y Samuel L. Jackson se convirtieron, con sus pelucones y sus conversaciones sobre hamburguesas, en epítomes de lo cool gracias a su trabajo conjunto en la también muy influyente Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). La reunión de estos tres titanes sólo podía ser recibida con alegría o, cómo mínimo, con curiosidad por parte de los aficionados. Sin embargo, Basic resultó ser un experimento fallido que puso fin, al menos hasta el momento, a la decadente carrera de McTiernan (antes de ser condenado a la cárcel por haber mentido al FBI en el caso de Anthony Pellicano) y en el que Travolta y Jackson apenas compartían unos planos. La excusa fue un enrevesado guión de James Vanderbilt que, siguiendo la estela de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) y su copiadísima estructura, se centraba en el interrogatorio al que el ex-ranger Hardy (Travolta) somete a los supervivientes de una misión militar de entrenamiento en la que ha desaparecido el resto del equipo, incluido su superior West (Jackson). Y, como no conviene desvelar más sobre su argumento, me detendré ahí para no fastidiarles nada.


LO MEJOR: La labor de John McTiernan tras las cámaras.
LO PEOR: El guión de James Vanderbilt.
De todos modos, cuando el espectador haya sobrepasado la barrera de los primeros treinta o cuarenta minutos, se dará cuenta de dónde está la trampa y de dónde se encuentra también el mayor defecto de la película: cada punto de giro está condenado a ser puesto en evidencia un par de secuencias más tarde, hasta tal punto que llega un momento en el que resulta imposible creer nada de lo que propone el libreto de Vanderbilt y el interés inicial que suscita la historia va decreciendo progresivamente, hasta llegar a un final sencillamente ridículo que nos hace sentir como idiotas. Esto lo dice alguien a quien le encantan los finales sorpresa, pero hay que saber diferenciar cuándo un guionista nos deja entrar en el juego, proponiéndonos pistas como en el caso de El Sexto Sentido (The Sith Sense. M. Night Shyamalan, 1999), deslumbrándonos con un giro final antológico como en Sospechosos habituales (The usual suspects. Bryan Singer, 1995), y cuándo se burla de nosotros, directamente, ocultando información o, lo que es peor, falseándola. Es una lástima que al final resulte que el único atractivo de Basic sea esa tendencia hacia lo absurdo, hacia la acumulación de vueltas de tuerca, porque la dirección de McTiernan resulta tan eficaz como cabría esperar, filmando con el buen pulso acostumbrado las escenas de acción y otorgando un ritmo infernal a las secuencias de interrogatorios mediante el uso de la cámara y el montaje. Steven E. de Souza, te echamos de menos...

7 mar 2012

'Infierno blanco'

(The grey. Joe Carnahan. Estados Unidos. 2012. 117 minutos) Tras la decepción comercial que supuso su vibrante versión de El Equipo-A, Joe Carnahan ha visto cómo la confianza que los grandes estudios depositaban en él ha quedado mermada y, debido a esto, su nuevo trabajo es una producción que, para los estándares de Hollywood, se puede decir que es de bajo presupuesto (apenas unos 25 millones de dólares según IMDb, muy lejos de los 110 que costó su anterior película). Esto, que en principio puede parecer una limitación, se puede entender claramente como una ventaja si tenemos en cuenta que un menor desembolso económico conlleva, dentro de unas inevitables aspiraciones lucrativas, una necesidad menor de conseguir unos resultados de taquilla boyantes y, por tanto, la posibilidad de dejar a un lado las concesiones al público menor de edad y a espectros demográficos amplios. Dicho de otro modo, gracias al semi-fracaso de su anterior propuesta, Joe Carnahan ha podido hacer una cinta más libre, concebida como una aventura violenta donde la gente muere dramáticamente, protagonizada exclusivamente por hombres de mediana edad y destinada a un público muy concreto: el que añora los tiempos en los que las películas sobre tipos duros sobreviviendo a circunstancias extraordinarias no eran la excepción.


LO MEJOR: La angustia que provocan algunas escenas.
LO PEOR: Los apuntes sentimentaloides.
Infierno blanco puede decepcionar si sólo pensamos en ella como un enfrentamiento entre Liam Neeson, algo así como el macho definitivo, y los lobos. En ese sentido, es muy probable que el final de la película deje a más de uno con la sensación de que la campaña publicitaria le ha tomado el pelo. Más que que eso, se trata de una historia de supervivencia colectiva en la que un grupo de descastados tiene que luchar codo con codo para sobrevivir a un accidente de avión, a las fuerzas de la naturaleza y a una manada de cánidos hambrientos, superando los conflictos interpersonales de rigor y, por supuesto, lidiando también con los fantasmas del pasado. La película presenta así a dos manadas enfrentadas, cada una con su respectivo macho alfa liderando al grupo, enfrentadas en un territorio donde los humanos tienen todas las de perder, que les es ajeno y en el que parecen condenados a ir encontrando la muerte uno a uno. De este modo, Infierno blanco está teñida por un pesimismo que provoca en el espectador la sensación de estar lejos de un mero entretenimiento, lo cual puede llevar a sentir cierto desapego hacia lo que ocurre en la pantalla, ya que Carnahan parece exigir demasiada empatía con unos personajes antipáticos y poco (o nada) desarrollados, de los que sólo conocemos datos arbitrarios gracias a sus escasas conversaciones o a la grotesca utilización de las fotos familiares guardadas en la cartera como recurso dramático. Ahí es donde fracasa la película, en el intento de trascender los límites del cine de acción y aventuras para convertirse en algo más... Carnahan yerra en ese sentido porque no sabe manejar bien los sentimientos de sus personajes y porque intenta llegar al espectador por la vía fácil, acudiendo al sentimentalismo, algo que le sienta mal a un título que debería haber sido más feroz y, en ocasiones, menos moñas para cumplir con las expectativas y no quedarse a medias. Aún así, es un film apreciable y que les recomiendo si son de los que, como servidor, disfrutan con el género supervivencialista.

17 feb 2012

'Cuenta atrás'

(À bout portant. Fred Cavayé. Francia. 2010. 84 minutos) Al fin llega a España Cuenta atrás, en pocas salas y casi año y medio después de su debut en Francia. Se trata de otro de esos grandes misterios de la distribución patria, un panorama proclive a los retrasos injustificados (o incluso a las ausencias imperdonables) que, hasta ahora, animaban a la búsqueda de una copia de buena calidad en Internet de estos títulos malditos en el momento en el que fueran lanzados en su país de origen (de manera legal, léase vía Amazon o similares, o a través de esos servidores ahora prohibidos o autocensurados como son Megaupload o Fileserve). Y la cantinela es la de siempre: independientemente de la buena voluntad que ha demostrado la distribuidora por haber rescatado este producto perdido (A contracorriente films), ¿realmente pretende llevar al público a las salas teniendo en cuenta que, dado el retardo que lleva con respecto a su estreno francés, un gran porcentaje del público que la quería ver ya lo habrá hecho sin tener que moverse de casa? El caso es más sangrante aún si tenemos en cuenta que estamos hablando de una cinta totalmente comercial, pensada para el gran público y tan apropiada (o más) para los espectadores de multisalas que para los habituales de las sesiones en versión original. Segunda película de Fred Cavayé tras Pour Elle (2008), convertida por Paul Haggis en Los próximos tres días (The next three days. 2010), Cuenta atrás narra la odisea que debe superar un hombre corriente (Gilles Lellouche), aspirante a enfermero, para rescatar a su esposa (Elena Anaya) de las garras de unos mafiosos que, a cambio, le han pedido que les entregue sano y salvo a un delincuente (Roschdy Zem) que se encuentra recuperándose de un aparatoso accidente en un hospital. 

LO MEJOR: La ficisidad de las escenas de acción.
LO PEOR: El epílogo.
Como ya ocurrió con su ópera prima, Cuenta atrás es carne de remake, puesto que su historia posee los mimbres necesarios para que Hollywood la fagocite y la convierta en una producción de 60 millones de dólares (como mínimo) lanzada a bombo y platillo en todo el planeta. Pero sería difícil que pudieran convertir ese hipotético remake en una experiencia más lograda que la original, ya que, teniendo en cuenta su punto de partida y la manera en la que se va desentramando su argumento, se puede decir que Fred Cavayé logra que dicha trama dé de sí todo lo que puede dar, sin meter demasiada paja y ajustando su metraje casi al máximo, sin estirarlo más de la cuenta y sin abusar de las tramas secundarias.  La relación que se establece entre el héroe a la fuerza y el hipotético villano está bien desarrollada, buscando una alianza imposible que finalmente será el único camino para la salvación de ambos. De este modo, Cavayé añade un punto de interés extra a un thriller poco original pero considerablemente satisfactorio. Cuenta atrás es una película rápida, sencilla, quizá incluso excesivamente simple, contundente y modesta en sus aspiraciones artísticas, pero tremendamente eficaz en cuestiones de ritmo e intensidad, logrando momentos de verdadero virtuosismo en ciertas secuencias como la apabullante persecución que culmina en una estación de metro. Lástima que acabe con un epílogo que resulta anticlimático, pero ese es un pequeño escollo dentro de un conjunto agradable que no debería dejar escapar ningún aficionado al cine de acción.

13 feb 2012

'El Invitado'

(Safe house. Daniel Espinosa. Estados Unidos / Sudáfrica. 2012. 115 minutos) Consciente de su posición de figura respetable en Hollywood y también plenamente consecuente con el hecho de que ya no es un chaval, Denzel Washington viene practicando de un tiempo a esta parte una estrategia que le permite, primero, mantenerse en primera línea de la industria cinematográfica y, segundo, delegar responsabilidades en sus compañeros de reparto de cara a conseguir un mayor grado de credibilidad en los argumentos que maneja. Es decir, Denzel Washington sabe que ya no está para demasiados trotes y que el público le identifica más como un hombre de mediana edad (que se cansa, que tiene achaques, que está de vuelta de todo...) que con el joven dispuesto a comerse el mundo que interpretaba en Ricochet (Russell Mulcahy, 1991). Es por eso que, para seguir paseándose ocasionalmente por el cine de acción, sabe que está en un momento difícil debido a su edad y que, a no ser que se apunte a un revival nostálgico auspiciado por Stallone (donde las arrugas son un valor añadido), tiene que repartirse las tareas de action-hero con un actor más joven, aunque él mismo siga sin renegar del todo de la acción física. Si en El libro de Eli (The book of Eli. Allen Hughes & Albert Hughes, 2010) compartía planos con Mila Kunis y en Imparable (Unstoppable. Tony Scott, 2010) le pasaba el testigo a Chris Pine, aquí hace lo mismo con el emergente y odiado Ryan Reynolds (recuerden que a él iban dedicadas aquellas fotografías de Scarlett Johansson que se filtraron en internet...), alguien que, desde que trabajó con Rodrigo Cortés en Buried (2010) parece estar algo más centrado como actor, dejando un poco atrás los días en los que su sola presencia causaba grima a buena parte de los espectadores (al menos a los impermeables a sus encantos físicos). Ambos, Washington y Reynolds, se compenetran con bastante eficacia en este adrenalínico thriller de acción que supone el debut en Hollywood del interesante Daniel Espinosa, responsable de la recomendable Dinero fácil (Snabba cash. 2010) y quien se lo pasa de lo lindo con el dinero que le han puesto sobre la mesa para gastárselo en destrozar coches y en pegarse unas vacaciones en Sudáfrica. 

LO MEJOR: Denzel Washington, como era de esperar.
LO PEOR: ¿Qué fue de la belleza en el cine de acción?
Decía, a propósito de su anterior película, que Daniel Espinosa se centraba más en desarrollar los personajes que en sobrecargar la pantalla de acción. En el caso de El Invitado nos encontramos justo en el otro extremo, con unos personajes bastante planos y sobreabundancia de momentos trepidantes, todo muy del gusto del público adicto a los thrillers de hoy en día con gente corriendo de un lado para otro, luchando de manera realista y sucia (olvídense de volantines a cámara lenta... y también de una planificación cristalina que permita cierto goce estético en las escenas de peleas) y conduciendo como locos por calles de ciudades exóticas. ¿Como en la saga Bourne? Sí, como en la saga Bourne, pero con la ventaja de no tener al soseras de Matt Damon de protagonista. Aunque, como en aquéllas, nos sobran los momentos de cháchara en la sede central de la CIA y algunas secuencias de relleno más, así como se echan en falta una mayor progresión dramática y una mayor profundización en la relación de los dos protagonistas. No reclamaríamos nada de esto en una cinta de acción convencional, con los buenos y los malos zurrándose, edificios explotando y tiroteos al tuntún. Pero El Invitado tiene el inconveniente de pretender ir algo más allá de esas premisas y la manera en la que lo hace no se puede calificar de triunfante, sino más bien de incómoda. Así, esos retazos de crítica al poder son tan inútiles como el hecho de ambientar la historia en Sudáfrica: distracciones que no consiguen ocultar que estamos ante lo mismo de siempre. La buena noticia es que, al menos, este plato de cine prefabricado está bien servido, puede saciar nuestro apetito de entretenimiento y, aunque no innove, se deglute con facilidad. La misma facilidad con la que, por otro lado, se olvida.

31 ene 2012

'Scott Pilgrim contra el mundo'

(Scott Pilgrim vs. the World. Edgar Wright. Estados Unidos / Reino Unido / Canadá. 2010. 107 minutos) Considerada uno de los mayores fracasos económicos de la Universal de los últimos años, Scott Pilgrim contra el mundo es también una de las películas más sorprendentes y fascinantes de todas las que han intentado adaptar al medio cinematográfico el lenguaje del cómic y los videojuegos. Edgar Wright, en su primer trabajo para Hollywood después de haber filmado las imprescindibles Zombies Party (Shaun of the dead. 2004) y Arma Fatal (Hot Fuzz. 2007) en su Inglaterra natal, lleva a la pantalla los seis volúmenes sobre Scott Pilgrim publicados por Bryan Lee O'Malley, respetando casi religiosamente algunas de sus viñetas y dando color (mucho color) a la historia de un joven aspirante a músico que debe luchar contra los siete ex malvados de su amada Ramona Flowers (todos ellos expertos en diferentes disciplinas marciales y con poderes propios de supervillanos), al mismo tiempo que intenta dar carpetazo a su breve idilio con la adolescente Knives Chau. Lo curioso es que el propio Scott Pilgrim es alguien que, detrás de su apariencia de joven desgarbado e inofensivo, esconde a todo un guerrero que no se amilana ante dicho desafío y que es capaz de plantar cara a quien se le ponga por delante con tal de lograr su objetivo. Como el héroe de un videojuego, Pilgrim debe superar varias fases hasta llegar al jefe final y, por el camino, aprender algo sobre la madurez y el amor

LO MEJOR: Su contagiosa energía adolescente.
LO PEOR: Resulta algo repetitiva y le sobran algunos
 minutos.
Hay dos películas encerradas dentro de Scott Pilgrim contra el mundo: primero, la de una historia de amor adolescente en la que un joven pardillo se enamora de una chica exótica. Contada con un ritmo apabullante (desde los enérgicos créditos iniciales a la manera en la que, mediante el montaje, utiliza recursos como que cada cambio de plano suponga también un cambio de escenario), esa parte de comedia funciona a las mil maravillas gracias a la credibilidad que los protagonistas dan a sus papeles, hasta tal punto que resulta difícil imaginarse luego a Scott Pilgrim, Ramona Flowers o Knives Chau interpretados por otros que no sean Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead y Ellen Wong. Pero después la cinta cambia de tono, empieza la segunda película y la historia se estanca a partir del momento en el que aparece el primero de los rivales de Pilgrim y todo se reduce a una sucesión de combates/desafíos de espectacularidad progresiva. Y, si bien es cierto que no hay muchos motivos de queja si tenemos en cuenta que las secuencias de artes marciales son, probablemente, las mejores que han visto en una película occidental en mucho tiempo, y que los efectos especiales recrean con encomiable exactitud el estilo de sus juegos de lucha favoritos, también hay que señalar que parte de la energía inicial se queda en el camino a medida que el metraje va corriendo y nos damos cuenta de que no podemos esperar más de su trama. Así, Scott Pilgrim contra el mundo se puede hacer un poco cuesta arriba en algunos momentos, especialmente si no son ustedes tan sagaces o experimentados como para reconocer todas las referencias que hay en ella (yo necesité guías como ésta o ésta) y se entretengan intentando detectarlas, pero su mezcla de comedia romántica adolescente, cine de acción, fantasía, musical y artes marciales es algo que uno no ve todos los días, al menos empaquetado dentro del mismo conjunto (y sin que dure tres horas y venga en idioma Hindi o Telegu...). Y sólo por eso (y porque, en el futuro, se dirá de ella que es Las aventuras de Buckaroo Banzai del Siglo XXI), este fracaso comercial de Edgar Wright merece ser tildado de exitazo artístico.

19 ene 2012

'Daño colateral'

(Collateral damage. Andrew Davis. Estados Unidos. 2002. 104 minutos) Por culpa de unos radicales de Oriente Medio cabreados (o de unos occidentales con ganas de invadir países de donde sacar petróleo, dependiendo de su grado de interés por la conspiranoia), Daño colateral pasó a adquirir una notoriedad que iba más allá de lo puramente cinematográfico para convertirse en material polémico desde un punto de vista político y social. Su estreno, previsto en Estados Unidos para el 5 de Octubre de 2001, tuvo que ser pospuesto por la Warner Bros. después de que el 11 de Septiembre de aquel año sucediera el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. El estudio pensó que una película en la que se mostraba un atentado en Los Angeles perpetrado por terrorista colombiano, pese a las diferencias con lo sucedido en la realidad, podría herir demasiadas susceptibilidades en un país que se sentía herido y, quizá por primera vez, vulnerable frente a los ataques de fuerzas opuestas. No obstante, mientras guardaban la película sin saber cuál iba a ser su destino, se dieron cuenta de que la historia de un bombero que viajaba a Colombia para vengar la muerte de su mujer y su hijo en dicho atentado, harto de que por la vía diplomática nadie consiguiera hallar al responsable de aquello, serviría para alentar los ánimos de una nación que se encontraba buscando lo mismo, revancha, aunque sólo fuera en la pantalla de un cine y tuvieran que hacer un esfuerzo de abstracción cambiando la nacionalidad de sus odiados enemigos. A los que simplemente éramos (¡somos!) fans del cine de acción, no nos gustó que el estreno de la película se congelara y que ésta fuera utilizada como material propagandístico, cuando lo único que queríamos era poder ver de nuevo a Schwarzenegger en una cinta de acción de verdad, tras los pobres resultados de las mediocres El fin de los días (End of days. Peter Hyams, 1999) y El 6º Día (The 6th Day. Roger Spottiswoode, 2000), ninguna de las cuales consiguió revitalizar una carrera que ya daba muestras de estar al borde de la extinción (y que quedaría en puntos suspensivos poco después cuando Schwarzenegger se dedicó de pleno a la política, siendo retomada ahora por un par de títulos nuevos que todavía son una incógnita). Sin embargo, Daño colateral tampoco consiguió reverdecer los laureles de quien antaño fuera uno de los actores más taquilleros de Hollywood. Quizá el hecho de arrastrar esa condición de film propagandístico no fue visto con buenos ojos fuera de los Estados Unidos, donde tampoco funcionó demasiado bien posiblemente debido a que era un título asociado a la polémica y a que el público no estaba tan preparado para ver atentados en la pantalla grande como la Warner podría pensar.  

LO MEJOR: El toque clásico de Andrew Davis.
LO PEOR: Que Schwarzie no dispare un arma de fuego en
toda la película.
Quizá simplemente fracasó porque se corrió el rumor de que Schwarzenegger no disparaba ningún arma de fuego en todo el metraje (algo que confirmo) y a que éste se empeñó, durante la promoción, en hablar sobre la manera distinta en la que había enfocado el papel con respecto a los que llevó a cabo en actioners previos, destacando la humanización del personaje del héroe y espantando, por tanto, a los que sólo querían verle haciendo lo mismo que no hacía desde Eraser (Chuck Russell, 1996).  La cuestión es que, por un motivo u otro, Daño colateral quedó marcada con el sello de película fallida y la reacción generalizada, incluso entre los fans del roble austriaco, fue la de olvidarla o incluso ignorarla. Este fue mi caso, ya que hasta ahora nunca me había planteado seriamente visionarla hasta que ha caído en mis manos casi regalada y he decidido darle una oportunidad. Dicho esto, debo decir que la sensación que me ha provocado Daño colateral ha sido extraña y placentera. Extraña porque se trataba para mí de un Schwarzenegger inédito, algo inaudito si tenemos en cuenta que algunas de sus cintas me las sé de memoria y que, hasta que descubrí a Van Damme y aprendí a apreciar a Stallone, era mi actor favorito. Y placentera porque esa sensación de extrañeza se convertía en satisfacción mientras me daba cuenta del gusto que suponía descubrir a estas alturas una película de hace diez años que, para colmo, estaba filmada como lo habría sido otra década atrás en el tiempo. Es decir, Daño colateral es una película de 2001 (aunque fuera estrenada finalmente en 2002) que parece filmada a principios de los 90, cuando el cine de acción era más físico, menos aparatoso y se basaba más en la fuerza bruta de sus protagonistas que en la eficiencia de unos efectos visuales que no siempre resultan idóneos (y aquí hay que reconocer que en algunos fragmentos, como en la primera explosión,  la cinta se deja contaminar, siquiera mínimamente, por la comodidad y la artificiosidad del ordenador). El trabajo de Andrew Davis, viejo zorro del género al que le debemos piezas como Código de silencio (Code of silence. 1985), Por encima de la ley (Above the law. 1988), Alerta máxima (Under siege. 1992) y las más mainstream El fugitivo (The fugitive. 1993) y Reacción en cadena (Chain reaction. 1996), resulta tan eficaz como cabría esperar, demostrando una sencillez en las formas y una claridad narrativa ancladas en el pasado, dicho esto como elogio más que como defecto. La historia es la de siempre, la del tipo desolado que se toma la justicia por su mano cuando descubre que el sistema no se la va a proporcionar, pero tiene la peculiaridad que apuntaba antes: en contra de aquello a lo que nos tenía acostumbrados (entrar en una habitación llena de malos rompiendo la puerta y acribillar a todo bicho viviente antes de soltar un chiste lacónico), Schwarzenegger es aquí alguien que no utiliza armas y que sobrevive y gesta su venganza gracias a su astucia y a los conocimientos adquiridos en su carrera como bombero. Quizá fuera la edad, quizá fuera el ansia de evolución artística, pero el caso es que este Arnold diferente es lo que termina siendo el punto débil de la película, si bien nos hace un guiño a los fieles con una de esas réplicas geniales marca de la casa justo después de matar al malo principal. Por lo demás, Daño colateral es una cinta de acción apreciable, con un argumento lleno de tópicos, colombianos con muy mala leche, un giro de guión bastante loco en los últimos quince minutos, elementos que sin duda sabrán apreciar los que sean viejos zorros en esto.

11 ene 2012

'New Kids Turbo'

(New Kids Turbo. Steffen Haars, Flip Van der Kuil. Holanda. 2010. 85 minutos) En 1986 el holandés Dick Maas consiguió uno de los mayores éxitos del cine de su país gracias a una delirante comedia que atentaba contra el buen gusto y que, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en una saga cinematográfica y una serie de televisión. Su título en España fue Una familia tronada, pero seguramente les sonará más si les digo que sus protagonistas son los miembros de la familia Flodder. Aunque localista, el humor de la película consiguió rebasar fronteras debido a que era fácil entender su propósito: ridiculizar a las clases altas mediante el viejo truco de colocar entre ellos a un grupo de indeseables, maleducados y descarados individuos. No ha ocurrido lo mismo, en cambio, con esta otra muestra del humor cafre de los Países Bajos, la primera adaptación cinematográfica de una serie de sketches televisivos que, con el nombre de New Kids Turbo, no ha conseguido traspasar los límites geográficos en los que fue ideada. Y eso a pesar de que su punto de partida puede resultar interesante para cualquiera, teniendo en cuenta el estado de recesión económica en el que nos encontramos: en el pequeño pueblo de Maaskantje, cinco amigos se quedan en el paro el mismo día debido a su incompetencia; cuando ven que las prestaciones sociales no les dan para mantener su ritmo de vida absurdamente derrochador, deciden que van a rebelarse contra el sistema y que, si el Estado no les da más dinero, ellos tampoco van a darle más dinero al Estado, por lo que comienzan a robar cualquier cosa que se les antoje. En un clima de crisis mundial, los cinco mequetrefes se convierten en involuntarios líderes revolucionarios cuando una cámara de televisión consigue retransmitir uno de sus enfrentamientos con la policía, generando una oleada de vandalismo y robos a escala internacional de gente que les ha tomado como ejemplo. Ante tal circunstancia, el gobierno se ve obligado a actuar de manera expeditiva y convierte Maaskantje en un campo de guerra.

LO MEJOR: El impacto inicial y su hilarante versión del
cine social.
LO PEOR: La pérdida de fuerza que sufre en el segundo acto.
Como ven, la premisa resulta lo suficientemente atractiva y universal como para que la película se hubiera exportado con éxito, pero si no lo ha hecho ha sido básicamente porque su burdo y ofensivo sentido del humor la convierte en un material demasiado incómodo para la corrección política a la que estamos acostumbrados. New Kids Turbo puede entenderse como cine social, sí, pero también es la película más bestia, inconsciente y obscena que he visto en mucho tiempo, al menos fuera del género de terror. No hay nada que sus responsables (también dos de los protagonistas de la cinta) crean tan sagrado como para no considerarlo objeto de burla, ya sean las deficiencias psíquicas o el sexo delante de menores de edad, de tal modo que, acostumbrados como estamos ya a un humor más amable, no resulte extraño que se nos congele la sonrisa ante la perplejidad que pueden provocar algunos de los chistes que pasan delante de nuestros ojos. New Kids Turbo es tan bestia que si alguien se decidiese a censurarla y remontarla para hacerla más digerible de cara al público internacional, su duración quizá no llegaría ni a los sesenta minutos, aunque muchas veces sea más por lo que sugiere que por lo que muestra. Si uno consigue abstraerse lo suficiente y entregarse al arsenal de estímulos cómicos y moralmente dudosos, quizá consiga disfrutar de New Kids Turbo como la gran experiencia chorra que es, con sus running gags, sus escenas de acción desbocadas y sus chistes primarios. Pero, ojo, también hay que decir que una vez pasada la impresión inicial, cuando ya estamos algo anestesiados, la película se vuelve algo rutinaria y sufre de unas pérdidas de interés bastante importantes, antes de remontar durante un clímax final lleno de pólvora. Siendo consciente de sus fallos y todo, sólo me queda decir que la segunda parte ya está lista, se titula New Kids Nitro y en ella salen zombis...

2 ene 2012

En Serie: La saga 'Misión Imposible'


El 17 de Septiembre de 1966, el público norteamericano que sintonizaba la CBS veía por primera vez una imagen que, acompañada de una música rimbombante, se convertiría en un rápido icono pop: la de una mano que, con una cerilla y al compás de la sintonía inmortal compuesta por Lalo Schifrin, encencía una mecha que le llevaba directo a una serie de aventuras de espionaje y acción que le mantendría pegado a la pantalla hasta que dejó de emitirse el 30 de Marzo de 1973. Creada por Bruce Geller, Misión: Imposible  recogía el clima de paranoia que se vivía en plena Guerra Fría y presentaba las peripecias de una agencia de espías que luchaba por mantener el mundo a salvo, generalmente de la invasión comunista. Tuvo que pasar más de una década para que Jim Phelps (Peter Graves) volviera a la acción, concretamente hasta 1988, pero en esta ocasión la serie sólo aguantó dos temporadas en antena, siendo cancelada en 1990. Seis años después, un Tom Cruise en la cima de su popularidad, convertido en el actor más taquillero de Hollywood y con la capacidad de levantar proyectos financiados de su propio bolsillo, recuperó el nombre de Misión: Imposible para construirse un traje a su medida y demostrar que, en una época en la que los músculos estaban de capa caída en Hollywood y que GoldenEye (Martin Campbell, 1995) había recuperado el cine de espías, estaba preparado para ofrecer a la industria un nuevo tipo de héroe de acción. La misión de ustedes como lectores, en caso de que decidan aceptarla, consiste en acompañarme por un repaso a las cuatro películas que constituyen, por el momento, la saga cinematográfica protagonizada por Cruise en el papel de Ethan Hunt. Y... no se preocupen: este post no se autodestruirá en cinco segundos.

LO MEJOR: El chute de adrenalina que
supone el clímax final.
LO PEOR: Esperar de ella una película de
acción imparable, cuando no lo es.
Mission: Impossible (Brian De Palma. Estados Unidos. 1996. 110 minutos) No le pudo ir mejor a Tom Cruise en su estreno como action-hero. Cuando la suerte comercial de las películas de Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y Jean-Claude Van Damme estaba en declive, Cruise aportó savia nueva al cine de acción, produciendo y protagonizando un thriller de espías en el que presentaba a Ethan Hunt, un agente de la FMI (Fuerza Misión Imposible) al que tienden una trampa y ponen en una situación realmente delicada: debe encontrar al topo que ha traicionado a su equipo antes de que sus enemigos acaben con él y las autoridades se le echen encima. La idea resultaba atractiva: retomar una franquicia bien implantada en el imaginario colectivo mediante una serie de películas que serían dirigidas por distintos directores, todos con personalidades bien marcadas, y que sirvieran para constituir un vehículo de lucimiento a mayor gloria de Tom Cruise, interpretando a un espía de alto nivel del siglo XXI, muy alejado del acartonamiento de James Bond y también de los héroes hipermusculados, pero tan astuto y letal en la lucha cuerpo a cuerpo como todos ellos. Brian De Palma fue el encargado de dirigir esta primera entrega y gracias a ella consiguió reactivar de algún modo una carrera que, al menos comercialmente, no estaba rindiendo tanto como antaño (sí artísticamente, ya que no se le puede negar el pan y la sal a dos obras tan rotundas y personales como En nombre de Caín y Atrapado por su pasado). No es de extrañar que la empresa tuviera un resultado satisfactorio para todos los agentes implicados: la película es un muestrario de lo mejor del director, con una utilización algo más controlada del plano secuencia que de costumbre, pero también con una construcción del suspense ejemplar, una planificación excelente y una capacidad para crear tensión ciertamente sobrenatural (la archifamosa secuencia del robo en la sede central de la CIA es para quitarse el sombrero, más allá de su valor icónico). El guión de David Koepp y Robert Towne fue criticado por resultar demasiado intrincado, aunque a decir verdad no cuesta demasiado seguirlo a poco que permanezcamos atentos a lo que sucede en pantalla. Y ese juego de dobles personalidades y máscaras aporta a la película un delicioso regusto camp que refulge en medio de toda esa sofisticación visual a cargo de Stephen H. Burum. Existen, no obstante, algunos problemas de ritmo que impiden un disfrute más continuado y compacto del film, pero todo eso queda casi olvidado gracias a un clímax final que merece ser recordado, por derecho propio, como una de las mejores set-pieces que nos regaló el cine de acción durante la década de los noventa. Es una gran manera de hacer explotar toda la tensión acumulada durante los dos actos anteriores y de dejar al público con ansias de más, algo que no llegaría hasta cuatro años después de la mano de John Woo.



LO MEJOR: Ethan Hunt convertido en
un ser mitológico.
LO PEOR: La languidez del conjunto.
Mission: Impossible II (John Woo. Estados Unidos / Alemania. 2000. 123 minutos) Con la buena respuesta crítica y económica de la primera Mission: Impossible, Cruise, su socia Paula Wagner y la Paramount no tardaron demasiado en dar luz verde a una secuela.  Oliver Stone, el director que otorgó a Cruise su primera nominación al Oscar gracias a Nacido el cuatro de Julio (Born on the fourth of July. 1989) fue la primera opción, pero el eterno rodaje de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) hizo que finalmente se cansara de esperar a su protagonista y se desentendiera del proyecto. Finalmente fue John Woo quien se hizo cargo del mismo. Woo venía de revolucionar el cine de acción gracias a las películas que había filmado en Hong Kong (A better tomorrow, The Killer, Hard-Boiled...), además de haber fabricado algunas de las mejores muestras que el género dio durante los noventa en su aventura americana (Blanco Humano, Broken Arrow y Cara a cara). Su elección trajo consigo una clara vocación por arreglar lo que sus responsables suponían un defecto de la anterior entrega: Robert Towne escribió un guión simplificado al máximo que se puede entender como una respuesta a las críticas que se produjeron al respecto con el primer film, ajustando su historia a una serie de set-pieces que Woo quería dirigir a toda costa. En el libreto, con claras reminiscencias del Encadenados (Notorious. 1946) de Hitchcock, Ethan Hunt tiene que verse las caras con un agente renegado de la FMI que amenaza con aniquilar la población de Sydney mediante la utilización de un virus llamado Quimera. Lo más interesante de la película reside en la manera en la que Woo se deja influenciar por la mitología y sucumbe a lo fantástico en el tercer acto: el héroe y el villano, tomando los nombres del antídoto y el virus que conducen la trama, Belerofonte y Quimera, se convierten casi en semi-dioses enfrentados en una lucha interminable en la que las leyes de la física no tienen ninguna relevancia. Hoy parecen algo anticuadas, pero estas escenas de acción supusieron en su día un impresionante reclamo para la película que fue tomado como ridículo por algunos y como excitante por otros (entre los que me incluyo). Vista hoy, Mission: Impossible II puede aportar poco más que eso, además de suponer la cinta menos interesante que John Woo rodó en EEUU (y, sí, tengo en cuenta las infravaloradas Windtalkers y Paycheck), un pálido reflejo de lo que el director fue capaz de filmar en otras ocasiones y una versión demasiado light de sus constantes temáticas y visuales. Aún así, los más de cuatrocientos millones de dólares que recaudó en todo el mundo fueron motivo suficiente como para que la franquicia siguiera su camino.



LO MEJOR: La secuencia del puente.
LO PEOR: Va perdiendo fuelle a medida
que avanza.
Mission:Impossible III (J.J. Abrams. Estados Unidos / Alemania / China. 2006. 125 minutos) La preproducción de la tercera parte no fue un camino de rosas. En la búsqueda de otro director de prestigio que aportara su sello personal al nuevo capítulo de la franquicia, Cruise contactó con David Fincher, pero éste rechazó la oferta y se dedicó a otros proyectos que no salieron adelante. Entonces el todopoderoso Cruise cambió la táctica: barriendo para casa, decidió contratar los servicios de alguien conocido por él y por la Paramount, un joven  llamado Joe Carnahan que ya había trabajado para ellos en Narc (2002). Sin embargo, Carnahan dio muestras de no amilanarse ante el poder de sus padrinos y abandonó el proyecto por diferencias creativas, dejando a Cruise sin nadie que ocupara la silla de director. Ahí entra J.J. Abrams, conocido por dar arranque a series tan populares como Alias (2001-2006) y Perdidos (2004-2010) y que se convirtió en el responsable de llevar a buen puerto la ópera prima más cara de la historia del cine. Aunque en su día fuimos muchos los que recibimos la elección de Abrams con cierto recelo (más que nada, por desconocimiento de su trabajo previo o por las eternas y cada vez más infundadas manías que algunos sienten hacia el medio televisivo), hay que reconocer que el tiempo ha tratado bien a Mission: Impossible III. Abrams conservó sus rasgos y dotó de humanidad a unos personajes que se ven inmersos en una trama totalmente irrelevante (y que sigue la pista de un mcguffin de los de toda la vida), porque esta vez es personal: Ethan Hunt hará lo impensable por vengar la muerte de una antigua amiga (y ex-pupila dentro de la FMI) y por tratar de evitar que el malvado Owen Davian (escalofriante Philip Seymour Hoffman) asesine a su flamante esposa, a la cual ha raptado. Como telón de fondo está la seguridad internacional, sí, pero el toque Abrams está ahí: por muchas escenas de despachos y por muchas amenazas globales que puedan aparecer, lo que prima en esta tercera parte (co-escrita entre Abrams y dos cómplices habituales como son Alex Kurtzman y Roberto Orci) es el factor humano. Lamentablemente, Abrams todavía estaba algo verde como director de blockbusters y sólo consiguió filmar una secuencia realmente memorable (la del puente), además de mostrarse incapaz de mantener durante todo el metraje el ritmo acelerado de la primera mitad y, especialmente, del prólogo. Aún así, y pese a reconocer que en el momento de su estreno sólo se me ocurrieron maldades para con ella, Mission: Impossible III es una película bastante aceptable que mereció mejor suerte comercial. Aunque gran parte de la culpa de que no respondiese a las expectativas económicas (especialmente en EEUU, donde recaudó menos de lo que costó) reside en el propio Tom y en esa manía de hacer el tonto en los medios de la que hacía gala en esa época. 



LO MEJOR: La parte que transcurre en
Dubai, salvo la tormenta de arena.
LO PEOR: La indigesta mezcla de tonos:
a ratos decadente, a ratos infantil.
Misión Imposible: Protocolo Fantasma (Mission:Impossible - Ghost Protocol. Brad Bird. Estados Unidos. 2011. 132 minutos) A pesar de que su colaboración había resultado ser la menos exitosa de la serie desde un punto de vista financiero, el entendimiento entre J.J. Abrams y Tom Cruise fue lo suficientemente bueno como para que, varios años después, ambos se plantearan continuar con la franquicia juntos. Sin embargo, la agenda cada vez más apretada de Abrams y la sensación de que a Cruise le quedaba ya poco fuelle como estrella de Hollywood sirvieron como acicate para que no se demoraran demasiado en la concreción de una posible Mission: Impossible IV. Tras tantear a talentos emergentes como Ruben Fleischer y Edgar Wright, la noticia de que la responsabilidad caería finalmente sobre los hombros de Brad Bird, hasta ahora autor de cine de animación, supuso toda una sorpresa que algunos no encajaron demasiado bien. Sin embargo, los fans de Bird sabían que era un tipo muy preparado para concebir secuencias de acción, como ya había demostrado en El gigante de hierro (The Iron Giant. 1999) y Los Increíbles (The Incredibles. 2004). Lo que no sospechábamos es que Bird se traería consigo el tono ligero de sus películas animadas, convirtiendo esta Misión Imposible: Protocolo Fantasma en la entrega más infantil, paródica e inofensiva de toda la serie. Este tono se agradece en momentos puntuales como la secuencia del pasillo y la "pantalla mágica", pero termina siendo inconveniente para una película de acción que pide a gritos algo más de intensidad y a la que le sobra esa pátina decadente que la sitúa a la misma (baja) altura que la de cualquier aventura de James Bond del montón (sensación potenciada por ese anticuado guión de Josh Appelbaum y André Nemec sobre rusos y misiles nucleares que le sentaría bien a la serie original de televisión, pero no a la cinematográfica), lo cual no puede estar más alejado de las intenciones iniciales con las que arrancó la saga de Mission: Impossible. Para colmo, Ethan Hunt pierde protagonismo y tiene que ver cómo sus compañeros de equipo protagonizan algunos momentos que él habría hecho en las entregas anteriores, y que aquí se limita a supervisar, de cara a su posible reemplazo como protagonista por el nuevo agente Brandt (el soso Jeremy Renner). Esta Protocolo Fantasma cumple como entretenimiento si no somos demasiado intransigentes, pero es, junto con la segunda parte, el punto más bajo que ha alcanzado la saga y, quizá, la responsable de que se haga urgente un replanteamiento de intenciones, protagonistas y estilos si alguien decide proseguir la serie con nuevos episodios.