(Vanishing on 7th Street. Brad Anderson. Estados Unidos. 2010. 100 minutos) Vapuleada sin piedad en la mayoría de comentarios que escuchaba sobre ella entre los asistentes al Festival de Sitges, la nueva película de Brad Anderson no se trata del desastre que temía después de tales opiniones. Si bien eso ha podido influir en que mi impresión sobre la misma no haya sido tan negativa, no se le puede negar a Vanishing on 7th Street un objetivo carácter de rara avis dentro del panorama hollywoodiense puesto que, como ya sucedía en la recuperable El Incidente (The Happening. M. Night Shyamalan, 2008), plantea el apocalipsis desde una óptica minimalista e íntima, con otra familia improvisada que debe unir fuerzas para intentar sobrevivir a un terror intangible que en aquella se escondía en el aire y aquí en la oscuridad. El concepto de partida es atractivo: sin ninguna explicación, de repente desaparecen todos los seres humanos que en momento concreto no llevaran encima alguna luz o estuvieran bajo una de ellas; un grupo reducido de supervivientes ha de luchar por mantenerse alejado de las sombras en las que acecha un mal incorpóreo, omnipresente e imposible de vencer. Anderson escoge el camino difícil, optando por centrarse en el escaso número de personajes en lugar de apostar por el terror de susto fácil o la espectacularidad (sólo presente, y muy de soslayo, en los primeros minutos de la cinta), planteando una película que busca (y, en varias ocasiones, consigue) sumir al espectador en un estado de angustia constante ante la que, como los personajes, no puede hacer mucho más que esperar a la tragedia. Si bien le sobran algunos momentos oníricos de relleno y se le puede achacar cierta falta de ritmo, Vanishing on 7th Street termina siendo un producto interesante y moderadamente logrado al que le costará bastante encontrar público cuando llegue el momento de su estreno (programado en Estados Unidos para Febrero de 2011 y sin fecha en el resto del globo).
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| LO MEJOR: Consigue su propósito de angustiar al espectador. LO PEOR: Las escenas oníricas. |

