Momento moñas, queridos lectores. Hasta ahora en esta sección había hablado de una escena de lucha y de dos despliegues de efectos especiales y violencia que me marcaron en su momento y me siguen hechizando. Pero no sólo de hostias, sangre y babas vive el hombre, así que ya era hora de plasmar aquí una de mis debilidades más amadas y, en bastantes ocasiones, incomprendidas: mi devoción total, incondicional y eterna por este melodrama de regusto clásico y casi naïf que he visto tantas veces (si no más) que La Cosa o Blanco Humano. Ninguneada por los fans de La ley de la calle, considerada obra menor de la que sólo se habla por su brutal cast, o dramón azucarado para niñas en el peor de los casos, a mí Rebeldes me hace llorar y me llega a sitios a donde no me llega la película del chico de la moto ni la propia novela de S.E. Hinton en la que se basa. Me basta con sus primeros minutos, con esa introducción de Ponyboy y esos créditos desfasados que desfilan al son del Stay Gold de Stevie Wonder, para llevarme a mi infancia, a cuando mi joven madre todavía compraba la Super Pop para coleccionar fotos y posters de Patrick Swayze, a cuando su visionado me despejaba la mente de entre tanto terror y tanta acción y se convertía en la alternativa perfecta para una tarde lluviosa después del colegio, arropado hasta la barbilla y secándome los pies mojados con el calor del brasero de picón. Es difícil explicar lo que esta película significa para mí, la cantidad de recuerdos que van unidos a cada uno de sus minutos y lo imposible que es que acabe aburriéndome de ella. Como me pasa con un puñadito de títulos más, amo tanto a esta película, de un modo tan especial e íntimo, que no quiero tener que enfrentarme a hacerle una crítica si puedo evitarlo. No quiero analizarla, sólo sentirla, porque como dijo Álex de la Iglesia a propósito de Tiburón, Rebeldes no me parece ni bien ni mal, forma parte de mí, como mi cabeza, mi brazo o mi pene. Para mí, The Outsiders will stay gold.Buscador
28 feb 2008
Pegado a mis retinas: "Cuando salí a la cegadora luz del sol..."
Momento moñas, queridos lectores. Hasta ahora en esta sección había hablado de una escena de lucha y de dos despliegues de efectos especiales y violencia que me marcaron en su momento y me siguen hechizando. Pero no sólo de hostias, sangre y babas vive el hombre, así que ya era hora de plasmar aquí una de mis debilidades más amadas y, en bastantes ocasiones, incomprendidas: mi devoción total, incondicional y eterna por este melodrama de regusto clásico y casi naïf que he visto tantas veces (si no más) que La Cosa o Blanco Humano. Ninguneada por los fans de La ley de la calle, considerada obra menor de la que sólo se habla por su brutal cast, o dramón azucarado para niñas en el peor de los casos, a mí Rebeldes me hace llorar y me llega a sitios a donde no me llega la película del chico de la moto ni la propia novela de S.E. Hinton en la que se basa. Me basta con sus primeros minutos, con esa introducción de Ponyboy y esos créditos desfasados que desfilan al son del Stay Gold de Stevie Wonder, para llevarme a mi infancia, a cuando mi joven madre todavía compraba la Super Pop para coleccionar fotos y posters de Patrick Swayze, a cuando su visionado me despejaba la mente de entre tanto terror y tanta acción y se convertía en la alternativa perfecta para una tarde lluviosa después del colegio, arropado hasta la barbilla y secándome los pies mojados con el calor del brasero de picón. Es difícil explicar lo que esta película significa para mí, la cantidad de recuerdos que van unidos a cada uno de sus minutos y lo imposible que es que acabe aburriéndome de ella. Como me pasa con un puñadito de títulos más, amo tanto a esta película, de un modo tan especial e íntimo, que no quiero tener que enfrentarme a hacerle una crítica si puedo evitarlo. No quiero analizarla, sólo sentirla, porque como dijo Álex de la Iglesia a propósito de Tiburón, Rebeldes no me parece ni bien ni mal, forma parte de mí, como mi cabeza, mi brazo o mi pene. Para mí, The Outsiders will stay gold.26 feb 2008
'Hatchet'
(Hatchet. Adam Green. EEUU, 2006. 80 minutos) Hace cinco meses, cuando aún militaba en las filas de Tierra de Cinéfagos, escribía sobre esta película y me preguntaba si sería cierto lo que nos anunciaban: que Victor Crowley, eje (des)vertebrador de la cinta, iba a convertirse en nuevo icono del cine de terror y que se uniría a la lista de nombres propios del género junto a Jason Voorhees, Freddy Krueger, Michael Myers, Leatherface o Pinhead. Hoy, después de ver Hatchet y por mucho que pueda decir Harry Knowles, yo digo que ni de coña. A menos que alguien decida filmar una secuela y le dé total protagonismo al personaje, además de buscarle alguna seña de identidad que le otorgue algo de carisma, aunque sea una mísera máscara. Parecerá una tontería, pero que el asesino vaya a rostro descubierto, por muy feo que sea, no funciona demasiado bien a la hora de crear misterio en torno a su figura. Ya que han tomado como referente a Jason, podrían haber aprendido algo sobre lo mucho que influían el saco y, sobre todo, la máscara de hockey para convertir al personaje en un icono. Y el caso es que intentan darle un trasfondo a recordar: Victor Crowley era un niño deforme que vivía en el bayou con su padre (Kane Hodder interpreta al progenitor y luego a Victor en la edad adulta), era objeto de burla del resto de los niños y por lo tanto tenía prohibido salir de casa si no era acompañado. En un fatídico día los pequeños cabrones que se reían de él fueron más lejos y con unos petardos provocaron un incendio en la cabaña de los Crowley. Victor no podía salir y su padre, al llegar, intentó tirar la puerta abajo con un hacha. ¿Adivinan quién estaba con la cabeza apoyada detrás la puerta? El padre murió de pena años después y la leyenda dice que si uno se acerca a la casa todavía puede escuchar el espíritu de Victor gritando.Pero Crowley no está muerto, como comprobará un grupo de excursionistas que realiza una excursión a bordo de una penosa embarcación por los pantanos de Lousiana, cerca de donde se supone que reside el espíritu de Victor Crowley. Y de espíritu nada: el chaval ha crecido hasta convertirse en una gigante máquina de despedazar con el modo furia constantemente activado y una capacidad para despiezar que ni el mejor carnicero de su pueblo. ¿Verdad que tiene buena pinta? "Un psychokiller brutote, un grupo de excursionistas listos para morir, las zonas pantanosas de Nueva Orleans... eso tiene que molar". A eso súmenle tetas gratuitas. Pues no se emocionen, que la cosa no es para tanto. Para empezar porque el tono que tiene la película no cuadra para nada con la estructura que se le pretende dar: ¿qué sentido tiene no mostrar plenamente en acción a Crowley hasta que han pasado los 40 minutos, si no se pretende crear suspense o un clima mínimamente serio que induzca al terror? Y sí, he visto Tiburón. La primera mitad del largometraje está ocupada por unos personajes gilipollas y un cocodrilo que hace las veces de amenaza (homenaje al Hooper de Trampa Mortal, quizá) hasta que Crowley se decide a salir de su cabaña y coger el hacha. Hasta en eso, el asociar al personaje con un arma, falla la película, ya que la utiliza tan poco que no parece una extensión natural de su brazo (como sí parecían las garras de Freddy, la motosierra de Leatherface o las navajas de los asesinos de los gialli). Y en cuanto a los personajes, el problema no es que tengan pocas luces (eso puede ser hasta habitual en el slasher), sino que son directamente insoportables. No quiero ni imaginarme la película doblada...
Ya sabemos que no funciona como película de terror, que los personajes son estúpidos y que a Victor Crowley le falta mucho para llegar a ser un nombre a recordar. Pero a pesar de todo eso la película puede gustar a más de uno, especialmente a los fans de los efectos especiales clásicos practicados delante de la cámara. Suerte que para eso está metido en el ajo, entre otros, el curtidísimo John Carl Buechler. Y que hay poca autocensura a la hora de mostrar los ataques de Crowley. En ese sentido, Hatchet es un buen título para ver en compañía de unos cuantos gore fans y jalear los mejores momentos de la película. Los únicos que merecen la pena en realidad. Es una lástima que un proyecto como este, con elementos suficientes como para convertirse en un regalo para los fans de toda la vida, acabe siendo un moderadamente entretenido que no funciona como comedia ni como killer on the loose, ya que puestos a jugar a ser gráficos podrían haber hecho un alarde mayor (en cantidad, porque la calidad es más que suficiente) de asesinatos bañados en sangre y látex. Si toda la película hubiera llevado el ritmo de los últimos minutos estaríamos hablando de una fiesta. A ver si hacen secuela y se olvidan del crescendo. Total, para lo que les ha servido esta vez...
Ya sabemos que no funciona como película de terror, que los personajes son estúpidos y que a Victor Crowley le falta mucho para llegar a ser un nombre a recordar. Pero a pesar de todo eso la película puede gustar a más de uno, especialmente a los fans de los efectos especiales clásicos practicados delante de la cámara. Suerte que para eso está metido en el ajo, entre otros, el curtidísimo John Carl Buechler. Y que hay poca autocensura a la hora de mostrar los ataques de Crowley. En ese sentido, Hatchet es un buen título para ver en compañía de unos cuantos gore fans y jalear los mejores momentos de la película. Los únicos que merecen la pena en realidad. Es una lástima que un proyecto como este, con elementos suficientes como para convertirse en un regalo para los fans de toda la vida, acabe siendo un moderadamente entretenido que no funciona como comedia ni como killer on the loose, ya que puestos a jugar a ser gráficos podrían haber hecho un alarde mayor (en cantidad, porque la calidad es más que suficiente) de asesinatos bañados en sangre y látex. Si toda la película hubiera llevado el ritmo de los últimos minutos estaríamos hablando de una fiesta. A ver si hacen secuela y se olvidan del crescendo. Total, para lo que les ha servido esta vez...
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