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25 oct 2011

'La Cosa'

(The Thing. Matthijs van Heijningen Jr. Estados Unidos. 2011. 103 minutos) Ironías del destino, la respuesta comercial que ha recibido esta película, suerte de precuela que a veces no puede evitar parecer un remake, ha sido similar a la que obtuvo el título que toma como referencia: La Cosa de John Carpenter. Ambas películas pueden considerarse rotundos fracasos desde un punto de vista puramente crematístico, lo cual no deja de ser injusto tanto para una como para otra y dice mucho de la miopía del público: del de 1982 por no apreciar que estaba ante una obra maestra en aquel momento, quizá por no estar preparado para ello, y del de 2011 por ignorar propuestas tan interesantes como ésta y aupar a lo más alto de la taquilla a subproductos de terror en los que no pasa nada remarcable durante el ochenta por ciento de proyección. Sin embargo, si la película de Carpenter logró granjearse un estatus de obra de culto a reivindicar, es poco probable que, en el futuro, alguien se dedique a reclamar valores que hayan pasado desapercibidos en el largometraje de Matthijs van Heijningen Jr., sin que esto signifique que su fracaso comercial haya sido justo, ni de lejos. La Cosa 2011 no merecía ser recibida con tanta indiferencia tanto por los jóvenes que desconocían la película original como por los integristas que han aborrecido el proyecto desde que supieron que se había escrito la primera letra de su guión. Es inevitable recurrir a las comparaciones en este caso, ya que, desde el mismo concepto inicial, la cinta que nos ocupa se ve obligada a depender del clásico de Carpenter a nivel argumental y visual, si bien su narrativa, como veremos, pretende adaptarse a los gustos actuales. Esto es, más acción, más transformaciones, más efectos especiales, más sustos, menos sugerencia, menos suspense, menos tensión. Al mismo tiempo, debido a su condición de precuela directa (recordemos que narra los acontecimientos sucedidos inmediatamente antes del comienzo de la película de Carpenter, los cuales quedan encadenados durante los créditos finales), se ve obligada a despejar algunas incógnitas y a hilar su trama con la del film original, con lo que su valor como película independiente queda a un nivel muy básico, pero también muy correcto, de típico corre-que-te-pillo por pasillos en los que un bicho da cuenta de un grupo de humanos que va reduciéndose progresivamente hasta un clímax final en el que sólo quede un (o, sobre todo, una) superviviente. 

LO MEJOR: Su aspecto visual conecta muy bien con la
película de John Carpenter.
LO PEOR: Que, en este caso, más es menos.
Desde un punto de vista lúdico, entonces, la versión 2011 de La Cosa funciona de manera apropiada: posee un ritmo trepidante, numerosas transformaciones y multitud de efectos visuales, los cuales están bastante logrados en algunos momentos puntuales, pero en general deslucen comparados con la carnosidad de los expuestos por Rob Bottin en la versión de 1982. En este sentido, el problema no sólo está en haber cambiado el látex por el píxel, sino en algo peor, como es la pérdida de virulencia que han experimentado algunas de las transmutaciones mostradas aquí, además de por la artificialidad de la infografía, también por la sobreutilización del monstruo y la poca imaginación con la que están mostrados sus ataques. El suspense queda fuera de la ecuación en este caso, incluso si evitamos la comparación con la película de Carpenter, ya que el modo en el que La Cosa hace acto de presencia carece de cualquier tipo de misterio, no provoca demasiada paranoia entre los personajes ni entre los espectadores, ya que ahora, el primer sospechoso de ser el monstruo es el siguiente en transformarse, a ser posible en pocos minutos, para que la muchachada no se aburra y no se haga líos con tantos tipos yendo de acá para allá (algo radicalmente opuesto al modo en el que Carpenter generaba un clima de incertidumbre y miedo al prójimo, logrando un estado de inquietud y alerta constante). Es irónico, pues, que esta nueva cosa se haya rodado con el público actual en mente y este le haya dado la espalda. Para los veteranos, los que nos hemos dejado las pestañas viendo la película de Carpenter una y otra vez, nos queda la satisfacción de pasar un buen rato con estilo añejo (efectos visuales aparte) y todos esos apuntes pajeros que tanto nos gustan: Ramona Flowers en plan Ripley on ice, ver el interior de la nave, vislumbrar el aspecto original del alien al salir del bloque de hielo que ya conocíamos vacío, descubrir cómo se creó el monstruo de las dos caras, comprobar que La Cosa no ha sido siempre un ente tan sigiloso y teorizar sobre por qué huye de los humanos en la película de Carpenter en lugar de enfrentarse a ellos directamente, que es lo que hace aquí... Todo ello con alguna posible incongruencia pendiente de confirmar con futuros visionados, además de con la puerta abierta a una posible secuela (atentos a la mención de una estación polar rusa de la que no sabíamos nada hasta ahora, y que viene a sumarse a las ya conocidas, la noruega y la norteamericana) que, visto el resultado en taquilla de la actual, dudo mucho que llegue a hacerse realidad. Quizá sea mejor dejar las cosas como están.

18 oct 2011

'Sin salida'

(Abduction. John Singleton. Estados Unidos. 2011. 106 minutos) Taylor Lautner debe ser uno de los personajes más odiados actualmente sobre el planeta Tierra. Y todo porque tuvo la suerte de ser elegido para interpretar el papel de Jacob Black en la saga Crepúsculo y, de ese modo, convertirse en un ídolo de masas entre el público adolescente. Entiendo que algunos le puedan coger manía por estar sobreexpuesto a los medios, porque no les guste cómo actúe, porque no aguanten las películas por las que se ha hecho famoso... pero de ahí al odio hay un paso que nadie inteligente debería dar. El odio, además de desgastar demasiadas energías, no hace otra cosa que generar prejuicios y apreciaciones parciales. Eso es más o menos lo que ha sucedido con Sin salida, película que ha sido atacada constantemente desde que se vio su primer cartel y apareció su primer tráiler y que, en contra de lo que muchos predican (más por ceguera que por justicia), resulta un entretenimiento nada desdeñable que no habría generado tan malas opiniones de no haber sido protagonizado por alguien tan odiado por el público masculino heterosexual que ha dejado atrás la adolescencia. Ese mismo público que añora lo bien que se lo pasaba en su día con Fuera de límites (Out of bounds. Richard Tuggle, 1986), Espías sin identidad (Little Nikita. Richard Benjamin, 1988), Agente juvenil (If looks could kill. William Dear, 1991) o Run, perseguido por todos (Run. Geoff Burrowes, 1991), cuando su masculinidad no se veía amenazada por la presencia de Anthony Michael Hall, River Phoenix, Richard Grieco y Patrick Dempsey, todos ellos jóvenes metidos en tramas de persecución, acción y/o espionaje en las películas citadas. Soy consciente de la posible inutilidad de esta entrada: lo más probable es que no consiga destruir las reservas de ningún hater de Taylor Lautner y que incluso se entienda que estoy haciendo una defensa apasionada del muchacho, pero no es esa mi intención.  

LO MEJOR: Tiene el ritmo adecuado para no resultar aburri-
da en ningún momento.
LO PEOR: Que los fans del cine de acción no le den una
oportunidad sólo por estar protagonizada por "el lobo de
Crepúsculo"
.
Es un error pensar que Lautner se ha subido al carro del cine de acción sin haber mostrado antes cierta predilección por él. Han de saber que, incluso antes de The adventures of Sharkboy and Lavagirl (Robert Rodriguez, 2005), Lautner ya había hecho su primera aparición frente a las cámaras en la película de artes marciales Shadow Fury (Makoto Yokohama, 2001), donde ya ofrecía una temprana muestra de su talento para las coreografías de lucha. Así, el hecho de que el joven haya escogido una película de acción como su primer vehículo de lucimiento exclusivo es plenamente coherente con sus inicios como campeón infantil de Karate. Además, ha demostrado cierto nivel de inteligencia al dejarse arropar por un equipo de profesionales solventes como las actrices Sigourney Weaver o Maria Bello, el actor Alfred Molina o el director John Singleton, quien con Sin salida vuelve a demostrar que con él tampoco van los prejuicios. Cada vez más cómodo como asalariado de los grandes estudios, Singleton ha dejado atrás su reputación de autor (recuerden que fue nominado al Oscar como Mejor Director por su debut en 1991, Los chicos del barrio - Boyz 'n the hood) y se ha convertido en un eficaz artesano gracias a títulos de pura evasión como Shaft: The Return (Shaft. 2000), 2 fast 2 furious (2003) o Cuatro hermanos (Four brothers. 2005). Esa eficiencia como narrador de thrillers de corte clásico la vuelve a ejecutar en Sin salida, producto prefabricado y previsible de soluciones argumentales caprichosas que acaba convirtiéndose en un artefacto disfrutable gracias a su falta de pretensiones, a su ritmo incesante y a sus ocasionales set-pieces de acción, sencillas y poco espectaculares, pero bien dosificadas y filmadas con buen gusto y claridad (dentro de los parámetros del cine norteamericano, eso sí). Es evidente que estamos ante un título concebido para afianzar el estatus de estrella de Taylor Lautner en Hollywood (o, al menos, intentarlo... porque la taquilla no ha respondido demasiado bien que digamos), contentar a las fans con los inevitables momentos en los que el protagonista se quita la camiseta (algo que, ojo, ya pasaba en casi todas las películas de Bruce Lee y Van Damme...) y distraer al público sin dejarle pensar demasiado en la cantidad de casualidades que hay en su argumento. Pero, con eso y todo, Sin salida es más honesta que otras películas con las que se la está comparando a la ligera, es muy consciente de su condición de producto derivativo y al servicio de su estrella y, por eso, resulta estimulante como cinta de acción de serie B facturada con un presupuesto moderado cuya máxima ambición es la de entretener.