(From Beyond. Stuart Gordon. Estados Unidos. 1986. 86 minutos) Ante el éxito de Re-Animator (1985), considerada unánimemente como una de las mejores comedias de terror de todos los tiempos y uno de los títulos imprescindibles del cine fantástico de los ochenta, al productor Brian Yuzna le faltó tiempo para reunir al mismo equipo técnico y artístico y ponerse manos a la obra con un nuevo proyecto con el que intentaría repetir la jugada. Así, Stuart Gordon como director, Dennis Paoli como guionista y Richard Band como compositor se reunieron con Yuzna y con dos de los protagonistas de Re-Animator, el siempre agradecido Jeffrey Combs y la apetitosa Barbara Crampton, para volver al universo de H.P. Lovecraft y llevar a la pantalla otro de sus relatos, en este caso Del más allá, publicado en 1934. Retomando al protagonista de la narración escrita y añadiendo componentes de sexo malsano, la película nos cuenta la historia del Crawford Tillinghast (Jeffrey Combs), un científico que, siguiendo los pasos del Dr. Edward Pretorious (Ted Sorel), realiza experimentos con el re-sonador, una máquina capaz de estimular la glándula pineal y desarrollarla hasta convertirla en un nuevo sentido, un nuevo órgano, un tercer ojo (literalmente) a través del cual se pueden ver los seres del más allá que están entre nosotros y que no somos capaces de percibir con los cinco sentidos tradicionales. Pero el re-sonador tiene otras consecuencias: provoca dependencia a sus usuarios, les despierta la libido de manera desaforada y, lo peor de todo, abre una ventana entre dos mundos a través de la cual se pueden colar peligrosas criaturas ansiosas de sangre y carne humana. La doctora Katherine McMichaels (Barbara Crampton) y el policía Bubba Brownlee (Ken Foree) se verán inmersos en el terror al intentar determinar si Tillinghast es simplemente un pirado o si realmente ha conseguido ver el otro lado.
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29 sept 2011
20 jul 2011
'Carretera al infierno'
(The Hitcher. Robert Harmon. Estados Unidos. 1986. 93 minutos) De El diablo sobre ruedas (Duel. Steven Spielberg, 1971) a Nunca juegues con extraños (Joy Ride. John Dahl, 2001), pasando por locuras tan jugosas como Sin salida (Freeway. Matthew Bright, 1996) o Giro al infierno (U-Turn. Oliver Stone, 1997) y cintas de acción más convencionales, pero igual de disfrutables, como Sin escrúpulos (Roadflower. Deran Sarafian, 1994) o Breakdown (Ídem. Jonathan Mostow, 1997), el cine norteamericano nos ha dejado claro a lo largo de los años que esa idea romántica de atravesar las carreteras menos transitadas de los Estados Unidos en busca de libertad, paz o sosiego, puede tener más de viaje hacia tierras inhóspitas y altamente peligrosas que de vacaciones reconfortantes. Eric Red, guionista después de esa otra maravillosa road-movie terrorífica que fue Los viajeros de la noche (Near Dark. Kathryn Bigelow, 1987), consiguió con su primer largometraje infundirnos un terror que iba más allá del propuesto por Spielberg en su ópera prima: el mal no se esconde ya detrás de cada curva o cambio de rasante, no es un camión con un conductor al que nunca vemos el rostro, en Carretera al infierno el mal tiene rostro y voz, se acomoda en el asiento del copiloto y consigue infiltrarse en la cabeza del protagonista, influyendo en sus acciones y quebrantando cualquier atisbo de inocencia que pudiera quedar en él.
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| LO MEJOR: Su apabullante ritmo y Rutger Hauer. LO PEOR: Un final algo precipitado. |
Carretera al infierno es una película de terror, si quieren llamarlo así, psicológico. John Ryder (Rutger Hauer) no parece que quiera realmente matar a Jim Halsey (C. Thomas Howell), sino que parece más interesado en pervertir al muchacho, en guiarle por los caminos de la violencia y el asesinato. Es como si el Coyote finalmente consiguiera atrapar al Correcaminos y, en lugar de comérselo, le enseñara a liquidar a otros de su especie. Está muy lejos en ese sentido del thriller convencional, ya que el protagonista acaba desarrollando una especie de vínculo emocional con su perseguidor, quizá porque, de algún modo, el estar al borde de la muerte y tener que luchar por su supervivencia, incluso por las de otras personas a las que ni siquiera conoce, es lo único que le hace sentir vivo ya. También es una cinta de acción. Robert Harmon, que ya avanzó de lo que era capaz con el corto China Lake (Ídem. 1983), y que volvería a explorar las posibilidades del thriller psicopático y el cine de carreteras dentro del marco de las action-movies en Sin escape (Nowhere to run. 1993) y Sin salida (Highwaymen. 2004), consiguió con Carretera al infierno alcanzar la cima creativa de su carrera, debutando con una película modélica en la que la tensión apenas da respiro al espectador y en la que se construyen implacables set-pieces donde las palabras desaparecen y dejan paso a los sonidos de cristales, metales, neumáticos, disparos y explosiones. Sin duda es una de esas cintas de culto que merecen serlo por los motivos adecuados, por sus valores intrínsecos y no por su valor nostálgico o arqueológico. No confundir con Autopista al infierno (Highway to hell. Ate de Jong, 1991), que también estaba bien, pero por otras razones.
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14 dic 2008
'Neon Maniacs'

(Neon Maniacs. Joseph Mangine. EEUU. 1986. 91 minutos). Ya lo decía Whodini: los monstruos salen de noche. Y aquí, sin ninguna explicación, sin que nunca tengamos claro su origen ni su intención, tenemos a doce maníacos mutantes que salen por las noches para matar a adolescentes. ¿A todos? No, sólo a algunos. ¿Por qué? PORQUE SÍ. Esta es una película en la que todo ocurre porque sí mientras nosotros nos preguntamos en qué estaban pensando mientras la hacían. Así, uno se pregunta por qué esa música para los títulos de crédito, por qué presentar a los monstruos en cartas como si fueran personajes de un juego de rol o protagonistas de una colección de cromos, por qué el director es tan torpe que deja que la cámara se refleje durante más de diez segundos sosteniendo un plano que no sirve para nada, por qué un conductor de autobús no puede escuchar los gritos que vienen del fondo del vehículo pero otros personajes se alarman por el chasquido de una rama que se produce a cincuenta metros, por qué el protagonista es presentado como un pringado y luego resulta ser la estrella pop del instituto sin metamorfosis de por medio, por qué, por qué, ¡¿por qué?! PORQUE SÍ. Todo aquí pasa porque sí. Ni sabemos de dónde vienen los monstruos, ni qué son, ni por qué matan, ni por qué el agua les destruye... ni falta que hace. Son monstruos porque molan, matan porque es una peli de miedo y el agua les mata porque es la risa ver a policías derribando una puerta con las pistolas de coña en ristre. Y así todo lo demás. ¿Qué derecho tenemos entonces nosotros a cuestionarnos la lógica interna de una cinta que podría ser una continuación de la película de La Pandilla Basura protagonizada por los monstruos descartados en Razas de noche? Se trata de presentar a doce freaks asesinos en hora y media, cada uno con su caracterización distintiva, su modus operandi y su parte del pastel de sangre. ¿Cómo va a quedar espacio para la historia, las explicaciones, la lógica? A la mierda con todo eso. Neon Maniacs es perfecta en su gilipollez y altamente disfrutable. Si no lo ven así, dejen de leer este blog.
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5 abr 2008
'Ultra Force' / 'Ultra Force 2'

(Royal Warriors a.k.a. In the line of duty. David Chung. 1986. 96 min. / Yes, Madam a.k.a. In the line of duty 2. Corey Yuen. 1985. 93 min.) Antes de nada, y por si alguno de ustedes no ha leído nunca nada al respecto, sería conveniente aclarar el jaleo de títulos con los que se conoce esta serie de películas que en principio no tenían nada que ver y que, según pasaron los años, acabaron conformando una saga sin más cohesión que la nominal y la premisa de mostrar a aguerridas mujeres luchando contra mafiosos y maleantes. Conocida internacionalmente como In the line of duty, la serie de siete películas (que yo sepa) tuvo su origen en estos dos títulos que ocupan el post de hoy, los cuales no comparten personajes ni argumento (aunque sí actores) y, para colmo, no se estrenaron cronológicamente: el que conocemos como Ultra Force 2 es en realidad un año más viejo que el que se estrenó en el mercado internacional como Ultra Force 1. Para que nadie se líe, simplifiquemos: a partir de ahora llamaremos a ambas películas por sus verdaderos nombres: Royal Warriors (que sería Ultra Force) y Yes, Madam (la que conocimos como Ultra Force 2), que es en realidad, por orden cronológico y por contenido, la verdadera impulsora no sólo de la serie In the line of duty, sino también del subgénero de las femmes fatales made in HK (del que ya tuvimos un referente en el blog, la brutal Iron Angels 2). Fue tal el impacto del film protagonizado por Michelle Khan (ahora Yeoh) y Cynthia Rothrock (ahora olvidada) que los gerifaltes de la extinta D&B Films, en busca de una nueva battling babe con menos caché que recogiera el testigo, se buscaron a una bailarina formada tanto en jazz como en sevillanas llamada Li-Tsing Yang y la rebautizaron fundiendo los nombres de las protagonistas de Yes, Madam, dando como resultado esa belleza con piernas de acero que pasó a la historia como Cynthia Khan y que protagonizaría In the line of duty III (estrenada en España como Ultra Force 3) y todas las que vinieron después. Pero de ésta hablaremos quizá en otra ocasión.


Royal Warriors comienza de la peor forma imaginable: Michelle Khan de turista en Japón paseándose por un festival callejero o así en el que un montón de nipones disfrazados de los Beatles, de rockabillies y otras cosas hacen el ganso a mucha honra mientras una Khan con mayas blancas, chaqueta con hombreras y unas Ray-ban les echa fotos y baila al ritmo de una música horrible. Ya saben: nada más horteraochentero que el hongkonés ochentero, y más si va de excursión. Suerte que pronto empiezan las hostias: siguiendo uno de esos porquesíes que tanto nos gustan del cine de Hong Kong y que vienen en forma de escenas introductorias que a lo mejor tienen que ver con la trama posterior y a lo mejor no, pero que siempre sirven para presentarnos la acción, Michelle tarda menos de tres minutos en meterse en pelea y sacar a relucir su poderío con las piernas. Pero esto no es nada para lo que se nos viene encima, ya que poco después presenciamos una escena que podría ser el clímax de cualquier otra cinta de este tipo por su intensidad y espectacularidad , y que aquí aparece como un plato entrante que sirve para que lo tres protagonistas (Michelle, Hiroyuki Sanada y Michael Wong) se conozcan y conformen un improvisado trío de héroes a la fuerza (salvo Wong, que se encuentra muy a gusto en su papel de celebridad) que sufrirán un vuelco en sus vidas que derivará hacia el peligro, la muerte de alguno de ellos (o de sus familiares, y que conste que no les destripo nada que no se adivine a los 10 minutos de película) y la ulterior venganza explosiva. Esta secuencia, ambientada en un avión en pleno vuelo (aunque no da esa sensación en ningún momento), en la que los tres protagonistas actúan en equipo por primera vez para detener la intentona de secuestro de un par de delincuentes que estaban siendo trasladados a prisión de un país a otro, es uno de los mejores ejemplos de por qué uno ama el cine de acción de Hong Kong: todo es posible. Estos tres policías, ex-policía en el caso del japonés, no dudan en poner en riesgo a toda la tripulación con tal de evitar que los malos secuestren el avión, sin importarles que para ello tengan que iniciar un tiroteo en el interior de la aeronave (con la temeridad que eso supone) o hacer estallar una granada de mano que, por lo visto, al meterla en un armario lleno de latas de conserva no produce tanto daño, ni desequilibra el aparato ni nada. Pero qué sabré yo de aeronáutica... El caso es que la secuencia es cojonuda y acaba de manera violenta y creativa. Como casi he dicho antes, esto podría estar adornando el final de cualquier cinta de acción norteamericana, pero aquí sirve para presentar a los personajes. Michael (Wong) no tardará en tirarle los trastos a Michelle, con una frase de galán a lo Fabio Testi que impresiona: "Me gusta ayudar a las chicas bonitas", dice mientras le ayuda con el equipaje, para disgusto de las fans que no se sientan tan agraciadas físicamente como la Khan. Además ella le sigue el juego, iniciando un tira y afloja sexual que no llega a consumarse (intuyo) y que acaba de manera no muy placentera. Por su parte, Sanada es el mayor sufridor de la película al ver cómo su familia, con la que se acaba de reconciliar, vuela por los aires como consecuencia del affaire del avión, cuando un viejo amigo de uno de los secuestradores decide tomar el camino de la venganza, que es el único que entienden los personajes de este largometraje. Un poco de drama, algo de comedia y, sobre todo, acción, persecuciones y artes marciales es lo que se pueden encontrar en Royal Warriors, cuyo colofón es un clímax adornado con una motosierra, bombas, un ataúd suspendido en el aire por una grúa y una especie de 4 latas tuneado por el becario del departamento artístico de Mad Max 2.

Yes, Madam, nuestra Ultra Force 2, es aún mejor si cabe. Aunque lo que más llama la atención es que quienes llevan el peso de la trama son tres personajes de perfil cómico con nombres de medicamentos (alterados en la versión doblada), encarnados por Meng Hoi, John Sham y... atención, Tsui Hark, en lugar de por por las battling babes que se adueñan de las escenas de acción. Los tres se meten en un jaleo del quince cuando accidentalmente roban un microfilm, que contiene pruebas que podrían suponer el final de los días de gloria de un especulador peligroso (interpretado por un repelente James Tien que tiene en los letales Dick Wei y Chong Fat sus mejores cuerpos ejecutores). Cynthia Rothrock es una agente de Scotland Yard enviada a Hong Kong para ayudar a Michelle Khan en el caso del microfilm perdido. Siguiendo el tópico, al principio ambas mujeronas no encajarán demasiado bien, pero acabarán formando un deadly duo que brilla con todo su esplendor en la batalla final en la mansión de Tien, donde asistimos a un festival de stunts y coreografías impecables de los que te dejan con ganas de patearle el culo al primero que te mire mal por la calle, pero con estilo y gracia, eso que no falte. Llena de caras conocidas (algunas divertidas secuencias en las que unos avejentados Samo Hung, David Chiang y Richard Ng hacían de enfermos mentales fueron eliminadas del montaje estrenado en España), con una trama algo enrevesada que se sigue con interés en buena parte gracias a sus elementos cómicos, además de una larga serie de personajes con importancia en la historia que interactúan sin parar, Yes, Madam es un must que nadie interesado en estos temas debería dejar pasar. Más violenta y espectacular que Royal Warriors, aunque con un personaje menos agradecido para una Michelle Khan que prácticamente debutaba en un papel de peso y debía compartir protagonismo con demasiados rostros familiares para el fan del cine made in HK, la película cobra más valor aún cuando haciendo un poco de historia nos damos cuenta de su importancia para el devenir del cine de acción posterior que se filmó en la ex-colonia británica: 1985 fue el año que definió las bases de lo que se conocería como modern day action, gracias a los estrenos de la película que nos ocupa y la nunca demasiado recomendada Police Story de Jackie Chan, cinta que sería otra opción perfecta para acompañar a Yes, Madam en uno de estos programas dobles que les propongo desde The Blogthing (últimamente demasiado orientalizado, quizá). Todas ellas tienen además algo en común, una idea que habrá sido utilizada decenas de veces en las frases publicitarias de otras tantas películas, pero que nos sirve para cohesionar más si cabe las dos (o tres, si unimos la de Jackie) cintas de las que estamos hablando: para conseguir que se cumpla la justicia, el héroe debe estar fuera de la ley. Así, todos los protagonistas de los largometrajes citados deben cumplir un ritual antes de enfrentarse a sus enemigos con todas sus consecuencias, y este no es otro que abandonar voluntariamente (o casi) su posición de agentes de la ley, entregar sus placas y sus pistolas, para comenzar a repartir justicia de la buena, sin cortapisas burocráticas ni procedimientos penosamente lentos. En Yes, Madam, las valientes polis, hartas de que la legalidad les ponga zancadillas para llegar a derrocar al villano, deciden que para equilibrar la balanza y poder actuar con libertad y, ojo, efectividad, deben colocarse al mismo nivel que el de sus enemigos, convertirse en forajidas liberadas de los grilletes de la ley. Cine de justicieros de toda la vida, en definitiva, pero protagonizado por dos chicas guapas en lugar de por un señor mayor con bigote (sorry, Starman, you know I love you, bro).

Después de todo esto, y por si aún no les queda claro que estas son dos películas que deben ver sí o sí (y asumiendo por mi parte lo casi ridículo que resulta recomendar a estas alturas dos títulos que lo mismo ya se saben muchos de ustedes de memoria), les dejo con dos vídeos que quizá enseñen más de la cuenta, pero que me vienen extraordinariamente bien para subrayar todo lo que acaban de leer. Y después busquen, recuperen, disfruten... lo que toque en cada uno de ustedes.

Yes, Madam, nuestra Ultra Force 2, es aún mejor si cabe. Aunque lo que más llama la atención es que quienes llevan el peso de la trama son tres personajes de perfil cómico con nombres de medicamentos (alterados en la versión doblada), encarnados por Meng Hoi, John Sham y... atención, Tsui Hark, en lugar de por por las battling babes que se adueñan de las escenas de acción. Los tres se meten en un jaleo del quince cuando accidentalmente roban un microfilm, que contiene pruebas que podrían suponer el final de los días de gloria de un especulador peligroso (interpretado por un repelente James Tien que tiene en los letales Dick Wei y Chong Fat sus mejores cuerpos ejecutores). Cynthia Rothrock es una agente de Scotland Yard enviada a Hong Kong para ayudar a Michelle Khan en el caso del microfilm perdido. Siguiendo el tópico, al principio ambas mujeronas no encajarán demasiado bien, pero acabarán formando un deadly duo que brilla con todo su esplendor en la batalla final en la mansión de Tien, donde asistimos a un festival de stunts y coreografías impecables de los que te dejan con ganas de patearle el culo al primero que te mire mal por la calle, pero con estilo y gracia, eso que no falte. Llena de caras conocidas (algunas divertidas secuencias en las que unos avejentados Samo Hung, David Chiang y Richard Ng hacían de enfermos mentales fueron eliminadas del montaje estrenado en España), con una trama algo enrevesada que se sigue con interés en buena parte gracias a sus elementos cómicos, además de una larga serie de personajes con importancia en la historia que interactúan sin parar, Yes, Madam es un must que nadie interesado en estos temas debería dejar pasar. Más violenta y espectacular que Royal Warriors, aunque con un personaje menos agradecido para una Michelle Khan que prácticamente debutaba en un papel de peso y debía compartir protagonismo con demasiados rostros familiares para el fan del cine made in HK, la película cobra más valor aún cuando haciendo un poco de historia nos damos cuenta de su importancia para el devenir del cine de acción posterior que se filmó en la ex-colonia británica: 1985 fue el año que definió las bases de lo que se conocería como modern day action, gracias a los estrenos de la película que nos ocupa y la nunca demasiado recomendada Police Story de Jackie Chan, cinta que sería otra opción perfecta para acompañar a Yes, Madam en uno de estos programas dobles que les propongo desde The Blogthing (últimamente demasiado orientalizado, quizá). Todas ellas tienen además algo en común, una idea que habrá sido utilizada decenas de veces en las frases publicitarias de otras tantas películas, pero que nos sirve para cohesionar más si cabe las dos (o tres, si unimos la de Jackie) cintas de las que estamos hablando: para conseguir que se cumpla la justicia, el héroe debe estar fuera de la ley. Así, todos los protagonistas de los largometrajes citados deben cumplir un ritual antes de enfrentarse a sus enemigos con todas sus consecuencias, y este no es otro que abandonar voluntariamente (o casi) su posición de agentes de la ley, entregar sus placas y sus pistolas, para comenzar a repartir justicia de la buena, sin cortapisas burocráticas ni procedimientos penosamente lentos. En Yes, Madam, las valientes polis, hartas de que la legalidad les ponga zancadillas para llegar a derrocar al villano, deciden que para equilibrar la balanza y poder actuar con libertad y, ojo, efectividad, deben colocarse al mismo nivel que el de sus enemigos, convertirse en forajidas liberadas de los grilletes de la ley. Cine de justicieros de toda la vida, en definitiva, pero protagonizado por dos chicas guapas en lugar de por un señor mayor con bigote (sorry, Starman, you know I love you, bro).

Después de todo esto, y por si aún no les queda claro que estas son dos películas que deben ver sí o sí (y asumiendo por mi parte lo casi ridículo que resulta recomendar a estas alturas dos títulos que lo mismo ya se saben muchos de ustedes de memoria), les dejo con dos vídeos que quizá enseñen más de la cuenta, pero que me vienen extraordinariamente bien para subrayar todo lo que acaban de leer. Y después busquen, recuperen, disfruten... lo que toque en cada uno de ustedes.
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