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26 sept 2011

'No habrá paz para los malvados'

(No habrá paz para los malvados. Enrique Urbizu. España. 2011. 109 minutos) Tras La caja 507, la (¿santa?) trinidad formada por Enrique Urbizu, Michel Gaztambide y José Coronado encontró un nuevo proyecto con el que seguir estrechando sus lazos profesionales y ahondando en el retrato de perdedores: La vida mancha (2003). Pero habría que esperar bastantes años todavía para que los tres volvieran a reunirse y a seguir explotando su química. Entre medias, Urbizu rodó el episodio más anodino de la serie Películas para no dormir, el titulado Adivina quién soy (2006), ciertamente aburrido y pedante. Nada hacía presagiar que un servidor se entusiasmaría con el nuevo trabajo del director vasco. Y, sin embargo, el tráiler de No habrá paz para los malvados consiguió despertar tal interés en mí que me vi arrastrado hacia unas ganas imperiosas de descubrir los thrillers anteriores de Urbizu, fruto de las cuales salen los tres últimos posts que han podido leer en este blog, incluyendo el que nos ocupa. Lo visto en Todo por la pasta (1991) y La caja 507 (2003) ya me debería haber puesto sobre aviso: en ambos casos era fácilmente detectable el exceso de peso que tiene la casualidad en sus tramas, especialmente en el arranque de las mismas, además de una incipiente falta de cohesión entre las varias líneas argumentales que se mezclaban en ellas, la cual lastraba los hallazgos de La caja 507 especialmente. Sin embargo, el tráiler de su cinta más reciente, de título bíblico evocador y rimbombante, hacía presagiar algo distinto, una película más furiosa, un thriller de alto octanaje, violento, espectacular y vibrante. Y resulta que no, que eso sólo es parte de la película y que el resto es, hablando en plata y olvidándome de tecnicismos o cultismos, un truñaco. 

LO MEJOR: José Coronado.
LO PEOR: Un guión que no sabe hacia dónde caminar.
Lo peor es que se intuye una gran película dentro de otra mediocre, lastrada por el exceso de tramas paralelas, de personajes secundarios y de malos actores, por la incapacidad de relacionar de manera clara los argumentos que transcurren en paralelo, y por la manera en la que constriñe la historia más interesante: la de Santos Trinidad (inmenso José Coronado), un tipo del que sólo podemos intuir detalles y cuyas intenciones tenemos que suponer por culpa de un guión hipertrofiado, mal hilvanado y que debido a su superávit de información acaba cayendo justamente en lo contrario, en la desinformación casi absoluta y una falta de concesiones total hacia el espectador (algo que, en esta ocasión, más que ser un punto añadido supone una traba). Veamos, la película ya arranca poniéndonos las cosas difíciles, llevándonos a los límites de nuestra permisividad en el sentido de que el detonante de la acción se antoja demasiado caprichoso e increíble: durante una noche de farra, Santos Trinidad entra en un puticlub y liquida a tres colombianos. Porque sí (o, al menos, eso parece, porque más adelante sabemos que el policía ha trabajado en Colombia años atrás...). En su intento por deshacerse de las pruebas, Trinidad descubre que estos sujetos a los que ha asesinado estaban metidos en asuntos de tráfico de drogas. Hasta ahí bien. Sólo con eso la película ya podría haber sido el thriller de acción que muchos queríamos ver (y que es el que vende su tráiler, de manera harto engañosa). El problema surge cuando la historia comienza a sufrir varias ramificaciones que sólo consiguen distraernos y desviarnos del asunto principal. Aparecen entonces la Juez Chacón (fría, robótica e incómoda Helena Miquel) y otros personajes que restan protagonismo a Trinidad, llenando insoportables minutos de cháchara que no van a ninguna parte (o que quizá sí tenían sentido en una versión primigenia del guión que ha podido ser masacrada durante el rodaje o la post-producción), abriendo nuevos caminos en una narración que no necesitaba escisiones y aportando datos que sólo consiguen marearnos. Terroristas islámicos, traficantes de armas chechenos, narcos colombianos, policías de memoria dudosa, burócratas incompetentes y una constante (aunque casi subliminal) presencia de los medios de comunicación sobrecargan el guión hasta convertirlo en una masa informe, en un batiburrillo indigesto que nos conduce hasta el aburrimiento. Luego aparece José Coronado y la película remonta, recupera brío, aunque a la hora de la verdad sólo le veamos entrando en casas vacías, haciendo preguntas cuyas respuestas no nos dicen nada y buscando a una niña desaparecida de la que tampoco sabemos un carajo. Hay un momento de la película en el que el personaje de Trinidad, parco en palabras hasta entonces, suelta por su boca un "Rock and roll" que nos hace creer que a partir de ahí la cinta va a estallar, que se va armar la marimorena y vamos a tener lo que nos prometía el avance. Y tampoco. Y así funciona constantemente la película: si después de esa frase no pasa nada, es que tenemos un problema gordo entre manos. Pero tampoco se confundan. No estoy diciendo que No habrá paz para los malvados no sea buena porque no tenga la suficiente acción, porque no sea el pim-pam-pum que deseaba ver y que creía que debía esperar. Pero imaginen por un momento que la historia se hubiese centrado en Santos Trinidad, en sus pesquisas por buscar a la chica desaparecida y por borrar sus huellas homicidas, en su enfrentamiento directo contra los narcotraficantes. Igual tendríamos una película más convencional, eso es cierto, pero también más disfrutable, más compacta y más digerible. En cambio lo que tenemos es un producto frío, deshumanizado en el peor de los sentidos, una película interesante encerrada en un grueso cascarón de nadería que no le permite salir a la luz más que en momentos puntuales, que son los que, a fin de cuentas, consiguen que no acabe resultando del todo inservible. Una pena y una decepción de las que hacen mella, al menos para quien subscribe.

'La Caja 507'

(La caja 507. Enrique Urbizu. España. 2002. 104 minutos) Tras su regreso a la comedia con Cómo ser infeliz y disfrutarlo (1994) y Cuernos de mujer (1995) y el acercamiento genérico que supuso Cachito (1996), Enrique Urbizu se unió al guionista Michel Gaztambide para regresar al terreno que ya había pisado con Todo por la pasta (1991), si bien los once años que transcurrieron entre una y otra las sitúan en contextos bien distintos. Por un lado, hay que tener muy en cuenta que el cine español había gozado de una evolución notable en cuanto a calidad y diversidad. En 2002, año en el que se estrena la película que nos ocupa, ya se han sentado las bases que permiten a los directores nacionales presentar largometrajes que no necesitan de coartadas sociales, humorísticas o históricas para adentrarse en los confines de los géneros más puros, siendo posible que aparezcan cintas de terror, de suspense o policíacas narradas con tono serio y, sobre todo, creíble. Años atrás, que un personaje llamado Modesto Pardo (Antonio Resines) se convirtiera en el héroe de un complicado entramado de corrupción, especulación y asesinatos resultaba increíble. Ahora menos. Y eso supone todo un logro para nuestros creadores cinematográficos, algo que les permite abordar un nuevo tipo de cine imposible de practicar con total entrega hace unos años, principalmente porque no resultaba creíble para el público ni para los propios guionistas. Es por eso que esta película no habría sido viable una década antes

LO MEJOR: Sus dos protagonistas están impecables.
LO PEOR: La trama se dispersa en ocasiones.
Por otro lado, La caja 507 nos presenta también a un Urbizu con las ideas más claras y un mayor pulso narrativo, alguien interesado en contar una historia seca, áspera, que juega las reglas del thriller desde un punto de vista dramático, pausado y serio, muy alejado de esa (a veces involuntaria) mezcla de humor y tiroteos sangrientos que daba forma a su anterior aproximación al género. No hay aquí asideros emocionales que aligeren un poco la carga trágica al espectador, ni alivios cómicos o siquiera escenas de acción que permitan la recreación del respetable en el espectáculo de la violencia fílmica. Y eso podría ser un problema (especialmente para espectadores como un servidor, siempre dispuesto al puro entretenimiento por encima de cualquier cualidad artística), de no ser por la solidez con la que los actores desarrollan sus papeles (incluso Goya Toledo, que normalmente me parece bastante floja). José Coronado se quita de encima el sambenito que lleva arrastrando desde el principio de su carrera, siendo siempre considerado un actor pésimo y más popular por sus apariciones televisivas que por sus grandes papeles. Aquí, en cambio, resulta imponente como esa especie de Terminator implacable capaz de acabar con todos los huéspedes de una habitación sin pestañear. Antonio Resines, por su parte, otro que también debe cargar con una injusta reputación de mal actor, ejecuta su papel con una frialdad y una determinación que le vienen perfectas al personaje, un tipo normal que, por accidente, se le presenta la oportunidad de vengarse de los responsables de la muerte de su hija producida, aparentemente por accidente, siete años atrás. Ambos refuerzan una película correcta a la que le falta algo de ritmo o de intensidad en algunos pasajes, aquellos en los que comienza a desenmarañarse la madeja de culpables y no deja de complicarse la trama con personajes secundarios de los que se podría haber prescindido. Pero La caja 507 supone, en todo caso, un salto cualitativo con respecto a Todo por la pasta, además de un avance de lo positivo y, sobre todo, lo negativo que nos encontraríamos en el siguiente encuentro Enrique Urbizu/José Coronado: No habrá paz para los malvados (2011).