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17 mar 2012

'La habitación del pánico'

(Panic room. David Fincher. Estados Unidos. 2002. 112 minutos) Tras sobrevivir al infierno que supuso el rodaje de Alien 3 (1992) y conseguir grabar su nombre con letras de oro en la historia del cine norteamericano reciente gracias a la triunfal Seven (1995), David Fincher vio su reputación mermada por culpa de los discretos resultados económicos de sus siguientes trabajos, The Game (1997) y El club de la lucha (Fight club, 1999), por más que esta última se convirtiera en un clásico inmediato. Con este panorama, Fincher decidió acometer un proyecto menos ambicioso, de bajo presupuesto y que fuera apto para ser digerido por las masas. Tomando como base un guión que el interesante David Koepp escribió en apenas unos días, Fincher convocó a Nicole Kidman y a Hayden Panettiere para interpretar a la madre y a la hija que quedan atrapadas en una habitación diseñada como una pequeña fortaleza, ante la amenaza de unos ladrones que han irrumpido en su casa y con el agravante de la enfermedad de la adolescente, que padece de diabetes. Todo parecía sencillo: un reparto con pocos actores, una única localización (salvo por algunos planos de exteriores) y un argumento perfecto para construir un ejercicio de suspense efectivo. Pero la mala suerte volvió a aparecer en la carrera de Fincher cuando Nicole Kidman sufrió un accidente durante el rodaje de Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001). Sin protagonista, el director contactó con Jodie Foster, con quien estuvo a punto de trabajar en The Game (en el papel que finalmente haría Sean Penn) y ésta aceptó de inmediato. Lo de Panettiere fue diferente: al parecer, Fincher la consideraba "irritante" y decidió prescindir de ella, sustituyéndola por la todavía casi desconocida Kristen Stewart. Pero ahí no acabarían los problemas, ya que el afán perfeccionista del director convirtió una pequeña producción en una película de casi 50 millones de dólares de presupuesto, en la que cuidó tanto los detalles que la compañía que realizó los títulos de crédito iniciales (de clara inspiración Hitchcock/Bass) tardó un año en completarlos tal y como quería Fincher. Y esto sólo por poner un ejemplo de su meticulosidad.

LO MEJOR: Su apartado técnico.
LO PEOR: Puede resultar algo insulsa.
El resultado económico de la película fue más que bueno (casi 200 millones a nivel internacional), pero no así el crítico, ya que este sector sigue considerando La habitación del pánico como el peor trabajo de David Fincher. Desde luego, sí que resulta el más intrascendente, ya que su hilo argumental es tan básico que no se puede rascar en él, siendo una simple excusa para presentar a dos mujeres intentando superar sus miedos. Es decir, el abecé de un gran porcentaje de películas de terror, con la salvedad de que a Fincher le exigimos algo más que a los cientos de artesanos de la Serie B, por mucho que esto resulte algo injusto tanto para él como para las intenciones con las que realizó este largometraje. Sin embargo, a nivel visual la película es un caramelo: Fincher se lo pasó como un bebé con un juguete nuevo haciendo planos-secuencia imposibles, sirviéndose de los efectos digitales como ayuda y haciendo trampas para conseguirlos, de la misma manera en la que Alfred Hitchcock engañaba al ojo del espectador cada vez que cambiaba de rollo de filmación en la juguetona y ultradisfrutable La soga (Rope. 1948). Por lo tanto, La habitación del pánico es un ejercicio de suspense formalmente impecable, pero sin dobleces, sin resquicios para el verdadero mal (salvo, acaso, por el personaje enmascarado interpretado por Dwight Yoakam), tan entretenido y tan visualmente barroco como hueco, tan intenso en algunas ocasiones como alargado en otras, y un claro precedente, además, de algunos de los defectos que marcarían la trayectoria posterior del director (pese a que los fans me quieran crucificar por esto): ampulosidad, falta de ritmo y exceso de metraje. Con todo, el trabajo de los actores y el virtuosismo con la cámara de Fincher consiguen mantener la atención del espectador de manera eficaz, que es de lo que se trata, al fin y al cabo.

19 ene 2012

'Daño colateral'

(Collateral damage. Andrew Davis. Estados Unidos. 2002. 104 minutos) Por culpa de unos radicales de Oriente Medio cabreados (o de unos occidentales con ganas de invadir países de donde sacar petróleo, dependiendo de su grado de interés por la conspiranoia), Daño colateral pasó a adquirir una notoriedad que iba más allá de lo puramente cinematográfico para convertirse en material polémico desde un punto de vista político y social. Su estreno, previsto en Estados Unidos para el 5 de Octubre de 2001, tuvo que ser pospuesto por la Warner Bros. después de que el 11 de Septiembre de aquel año sucediera el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. El estudio pensó que una película en la que se mostraba un atentado en Los Angeles perpetrado por terrorista colombiano, pese a las diferencias con lo sucedido en la realidad, podría herir demasiadas susceptibilidades en un país que se sentía herido y, quizá por primera vez, vulnerable frente a los ataques de fuerzas opuestas. No obstante, mientras guardaban la película sin saber cuál iba a ser su destino, se dieron cuenta de que la historia de un bombero que viajaba a Colombia para vengar la muerte de su mujer y su hijo en dicho atentado, harto de que por la vía diplomática nadie consiguiera hallar al responsable de aquello, serviría para alentar los ánimos de una nación que se encontraba buscando lo mismo, revancha, aunque sólo fuera en la pantalla de un cine y tuvieran que hacer un esfuerzo de abstracción cambiando la nacionalidad de sus odiados enemigos. A los que simplemente éramos (¡somos!) fans del cine de acción, no nos gustó que el estreno de la película se congelara y que ésta fuera utilizada como material propagandístico, cuando lo único que queríamos era poder ver de nuevo a Schwarzenegger en una cinta de acción de verdad, tras los pobres resultados de las mediocres El fin de los días (End of days. Peter Hyams, 1999) y El 6º Día (The 6th Day. Roger Spottiswoode, 2000), ninguna de las cuales consiguió revitalizar una carrera que ya daba muestras de estar al borde de la extinción (y que quedaría en puntos suspensivos poco después cuando Schwarzenegger se dedicó de pleno a la política, siendo retomada ahora por un par de títulos nuevos que todavía son una incógnita). Sin embargo, Daño colateral tampoco consiguió reverdecer los laureles de quien antaño fuera uno de los actores más taquilleros de Hollywood. Quizá el hecho de arrastrar esa condición de film propagandístico no fue visto con buenos ojos fuera de los Estados Unidos, donde tampoco funcionó demasiado bien posiblemente debido a que era un título asociado a la polémica y a que el público no estaba tan preparado para ver atentados en la pantalla grande como la Warner podría pensar.  

LO MEJOR: El toque clásico de Andrew Davis.
LO PEOR: Que Schwarzie no dispare un arma de fuego en
toda la película.
Quizá simplemente fracasó porque se corrió el rumor de que Schwarzenegger no disparaba ningún arma de fuego en todo el metraje (algo que confirmo) y a que éste se empeñó, durante la promoción, en hablar sobre la manera distinta en la que había enfocado el papel con respecto a los que llevó a cabo en actioners previos, destacando la humanización del personaje del héroe y espantando, por tanto, a los que sólo querían verle haciendo lo mismo que no hacía desde Eraser (Chuck Russell, 1996).  La cuestión es que, por un motivo u otro, Daño colateral quedó marcada con el sello de película fallida y la reacción generalizada, incluso entre los fans del roble austriaco, fue la de olvidarla o incluso ignorarla. Este fue mi caso, ya que hasta ahora nunca me había planteado seriamente visionarla hasta que ha caído en mis manos casi regalada y he decidido darle una oportunidad. Dicho esto, debo decir que la sensación que me ha provocado Daño colateral ha sido extraña y placentera. Extraña porque se trataba para mí de un Schwarzenegger inédito, algo inaudito si tenemos en cuenta que algunas de sus cintas me las sé de memoria y que, hasta que descubrí a Van Damme y aprendí a apreciar a Stallone, era mi actor favorito. Y placentera porque esa sensación de extrañeza se convertía en satisfacción mientras me daba cuenta del gusto que suponía descubrir a estas alturas una película de hace diez años que, para colmo, estaba filmada como lo habría sido otra década atrás en el tiempo. Es decir, Daño colateral es una película de 2001 (aunque fuera estrenada finalmente en 2002) que parece filmada a principios de los 90, cuando el cine de acción era más físico, menos aparatoso y se basaba más en la fuerza bruta de sus protagonistas que en la eficiencia de unos efectos visuales que no siempre resultan idóneos (y aquí hay que reconocer que en algunos fragmentos, como en la primera explosión,  la cinta se deja contaminar, siquiera mínimamente, por la comodidad y la artificiosidad del ordenador). El trabajo de Andrew Davis, viejo zorro del género al que le debemos piezas como Código de silencio (Code of silence. 1985), Por encima de la ley (Above the law. 1988), Alerta máxima (Under siege. 1992) y las más mainstream El fugitivo (The fugitive. 1993) y Reacción en cadena (Chain reaction. 1996), resulta tan eficaz como cabría esperar, demostrando una sencillez en las formas y una claridad narrativa ancladas en el pasado, dicho esto como elogio más que como defecto. La historia es la de siempre, la del tipo desolado que se toma la justicia por su mano cuando descubre que el sistema no se la va a proporcionar, pero tiene la peculiaridad que apuntaba antes: en contra de aquello a lo que nos tenía acostumbrados (entrar en una habitación llena de malos rompiendo la puerta y acribillar a todo bicho viviente antes de soltar un chiste lacónico), Schwarzenegger es aquí alguien que no utiliza armas y que sobrevive y gesta su venganza gracias a su astucia y a los conocimientos adquiridos en su carrera como bombero. Quizá fuera la edad, quizá fuera el ansia de evolución artística, pero el caso es que este Arnold diferente es lo que termina siendo el punto débil de la película, si bien nos hace un guiño a los fieles con una de esas réplicas geniales marca de la casa justo después de matar al malo principal. Por lo demás, Daño colateral es una cinta de acción apreciable, con un argumento lleno de tópicos, colombianos con muy mala leche, un giro de guión bastante loco en los últimos quince minutos, elementos que sin duda sabrán apreciar los que sean viejos zorros en esto.

26 sept 2011

'La Caja 507'

(La caja 507. Enrique Urbizu. España. 2002. 104 minutos) Tras su regreso a la comedia con Cómo ser infeliz y disfrutarlo (1994) y Cuernos de mujer (1995) y el acercamiento genérico que supuso Cachito (1996), Enrique Urbizu se unió al guionista Michel Gaztambide para regresar al terreno que ya había pisado con Todo por la pasta (1991), si bien los once años que transcurrieron entre una y otra las sitúan en contextos bien distintos. Por un lado, hay que tener muy en cuenta que el cine español había gozado de una evolución notable en cuanto a calidad y diversidad. En 2002, año en el que se estrena la película que nos ocupa, ya se han sentado las bases que permiten a los directores nacionales presentar largometrajes que no necesitan de coartadas sociales, humorísticas o históricas para adentrarse en los confines de los géneros más puros, siendo posible que aparezcan cintas de terror, de suspense o policíacas narradas con tono serio y, sobre todo, creíble. Años atrás, que un personaje llamado Modesto Pardo (Antonio Resines) se convirtiera en el héroe de un complicado entramado de corrupción, especulación y asesinatos resultaba increíble. Ahora menos. Y eso supone todo un logro para nuestros creadores cinematográficos, algo que les permite abordar un nuevo tipo de cine imposible de practicar con total entrega hace unos años, principalmente porque no resultaba creíble para el público ni para los propios guionistas. Es por eso que esta película no habría sido viable una década antes

LO MEJOR: Sus dos protagonistas están impecables.
LO PEOR: La trama se dispersa en ocasiones.
Por otro lado, La caja 507 nos presenta también a un Urbizu con las ideas más claras y un mayor pulso narrativo, alguien interesado en contar una historia seca, áspera, que juega las reglas del thriller desde un punto de vista dramático, pausado y serio, muy alejado de esa (a veces involuntaria) mezcla de humor y tiroteos sangrientos que daba forma a su anterior aproximación al género. No hay aquí asideros emocionales que aligeren un poco la carga trágica al espectador, ni alivios cómicos o siquiera escenas de acción que permitan la recreación del respetable en el espectáculo de la violencia fílmica. Y eso podría ser un problema (especialmente para espectadores como un servidor, siempre dispuesto al puro entretenimiento por encima de cualquier cualidad artística), de no ser por la solidez con la que los actores desarrollan sus papeles (incluso Goya Toledo, que normalmente me parece bastante floja). José Coronado se quita de encima el sambenito que lleva arrastrando desde el principio de su carrera, siendo siempre considerado un actor pésimo y más popular por sus apariciones televisivas que por sus grandes papeles. Aquí, en cambio, resulta imponente como esa especie de Terminator implacable capaz de acabar con todos los huéspedes de una habitación sin pestañear. Antonio Resines, por su parte, otro que también debe cargar con una injusta reputación de mal actor, ejecuta su papel con una frialdad y una determinación que le vienen perfectas al personaje, un tipo normal que, por accidente, se le presenta la oportunidad de vengarse de los responsables de la muerte de su hija producida, aparentemente por accidente, siete años atrás. Ambos refuerzan una película correcta a la que le falta algo de ritmo o de intensidad en algunos pasajes, aquellos en los que comienza a desenmarañarse la madeja de culpables y no deja de complicarse la trama con personajes secundarios de los que se podría haber prescindido. Pero La caja 507 supone, en todo caso, un salto cualitativo con respecto a Todo por la pasta, además de un avance de lo positivo y, sobre todo, lo negativo que nos encontraríamos en el siguiente encuentro Enrique Urbizu/José Coronado: No habrá paz para los malvados (2011).

2 mar 2006

'Juego sucio'

(Infernal affairs / Mou gaan dou. Andrew Lau, Alan Mak. Hong Kong. 2002. 97 min.) ¿Cómo saber cuándo una película es realmente buena o, como mínimo, se encuentra por encima de la media? Muy sencillo: si gana con cada visionado, si cada vez que la ves aprecias más detalles, le sacas más jugo y se te hace incluso más entretenida que la primera vez que la disfrutaste, es que estás ante una película especial.

Infernal Affairs se ha estrenado en España directamente en DVD con el insulso título de Juego Sucio y con una fotografía de Elva Hsiao en la carátula que no corresponde a ninguna escena de la película (si clickáis aquí veréis la carátula del DVD internacional distribuido por Miramax, que es el que ha llegado también a nuestras tierras). Un modo tremendamente injusto de ofrecernos un largometraje más que notable, una de las producciones más importantes del último cine de Hong Kong, origen de una trilogía y objeto de remake por parte de Martin Scorsese bajo el título de The Departed.

Cuando llegue a las pantallas grandes de todo el mundo la cinta protagonizada por Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Martin Sheen, Mark Wahlberg, etc., se le alabarán infinidad de valores cinematográficos y se hablará de lo genial de su argumento. Apuesto a que muchos de los críticos que hablarán sobre The Departed no habrán visto Infernal Affairs ni les interesará lo más mínimo hacerlo (estos son los que no quieren enterarse de que el mejor cine que existe ahora mismo se hace en Oriente). Y están en su pleno derecho, claro, pero será otro ejemplo más de cómo la crítica mainstream menosprecia el cine proveniente de Hong Kong, mientras que sí que tiene en cuenta otras cinematografías como las de Corea del Sur y Japón, por ejemplo. El motivo está más o menos claro: el cine de la ex-colonia británica siempre se ha caracterizado por su voluntad de espectáculo y entretenimiento popular, sin más pretensión que la de divertir y epatar a la audiencia con su vistosidad, y eso parece estar penado por los que opinan que el cine (únicamente) debe ser Arte. Hablamos en general, claro, ya que en Hong Kong se dan todo tipo de géneros, pero si es famosa su filmografía es por el cine de acción. Si me permiten el atrevimiento, opino que allí se han filmado algunas de las mejores secuencias de acción de los últimos cuarenta años y que buena parte de los éxitos norteamericanos del género le deben bastante a los planteamientos cinematográficos de los cineastas hongkoneses (piensen en cintas como Matrix o X-Men y verán que detrás de cada escena de artes marciales hay un coreógrafo de Hong Kong). Pero el caso de Infernal Affairs, en cuanto a acción se refiere, es ciertamente particular: en contra de lo que nos tienen acostumbrados, aquí no se nos muestra un tiroteo hasta los sesenta minutos de proyección, y realmente es la única escena de este tipo en todo el filme. Por supuesto que en el resto de la película hay pistolas, persecuciones y asesinatos, pero aquí lo que importa es la mente torturada que hay detrás de cada bala y no el espectáculo balístico por sí mismo.

Si la anterior cinta del director Andrew Lau (no confundir con el protagonista, Andy Lau), The Storm Riders, me pareció algo agotadora debido al exceso de efectos visuales y de personajes, Infernal Affairs destaca precisamente por lo contrario: pocos personajes, casi todos con peso específico en la trama, y una total falta de artificios innecesarios (exceptuando unos trucos de montaje que comentaré después). Si gusta tanto esta cinta es porque la historia es buena y los personajes son atractivos. Tony Leung Chiu-wai interpreta a Chan, un policía infiltrado en una importante tríada de Hong Kong liderada por el carismático jefe Sam (el simpático Eric Tsang). Sam ve en Chan uno de sus hombres de confianza y, al saber que hay un topo entre su banda, le confía la misión de encontrarle. Por su parte, el propio Sam también tiene un hombre infiltrado en la policía: Lau (Andrew Lau), quien se convierte en uno de los más eficaces agentes del cuerpo y en estrecho colaborador del superior Wong (Anthony Wong), que es la única persona que sabe la verdadera identidad del infiltrado Chan. Como podéis ver, la película juega a enfrentar opuestos y a trazar los paralelismos que surgen entre personalidades en principio discordantes pero que, al fin y al cabo, no son más que los reflejos de sí mismos en una lucha constante entre lo que son de verdad y lo que deben aparentar. En los primeros minutos de la cinta, vemos cómo Chan y Lau conversan amigablemente en una tienda de aparatos de música: de no ser por el papel que cada uno juega en sus respectivos bandos, intuímos que quizá estos dos personajes podrían ser amigos.

Hay muchísimos detalles que ahondan en este aspecto de la trama, en la perversa dualidad de unos tipos que logran convertirse en los mejores de un campo al que no pertenecen y en el que constantemente están fingiendo. En un momento de la película, Chan le pregunta con una risa nerviosa a su psicóloga si cree que él es un hombre bueno o un hombre malo: está claro que, tras diez años fingiendo ser lo que no son, los protagonistas empiezan a dudar de qué papel juegan en realidad en sus peligrosas vidas. El concepto de identidad se esfuma tras la máscara del engaño y la imposibilidad de reflejar en público lo que uno siente. En este sentido, es excepcional ese plano en que Chan debe observar el cortejo fúnebre de un superior escondido en un callejón, saludando militarmente desde el anonimato, intentando recordar quién es en realidad aunque sea a escondidas. Por otro lado, Lau empieza a mostrarse muy cómodo en su papel de policía, incluso intenta llevar una vida normal de pareja con una joven escritora, pero los demonios internos no son buenos compañeros de viaje en la frenética travesía por encontrar su yo verdadero. Su novia intenta escribir una novela sobre un hombre con múltiples personalidades, pero llega un momento en que no logra avanzar porque no sabe si su protagonista es bueno o malo, del mismo modo que Chan y Lau ya no saben por cuál de los dos bandos definirse.

En Infernal Affairs no todo es blanco o negro, los personajes se mueven en una amplia escala de grises teñidos de rojo sangre, de dolor, de tristeza... y ver personajes con esta profundidad en un thriller de acción no es algo que ocurra a menudo. Pero, de cualquier modo, lo de "thriller de acción" no es más que una etiqueta, una parcela donde encuadrar esta película capaz de trascender las barreras genéricas y convertirse en esa obra especial que mencionaba al comienzo de este artículo. Así las cosas, surge una cuestión importante para los fans acérrimos del cine de Hong Kong: ¿puede un thriller con poca acción no resultar aburrido? La respuesta es un rotundo SÍ. Infernal Affairs no sólo no es aburrida, sino que es intensa y excitante sin tener que recurrir a set-pieces cada quince minutos. Además de lo interesante de la trama y la excepcional labor del reparto (ya veremos si los actores americanos logran alcanzar estas cotas de verosimilitud y carisma en el remake), es importante destacar los estupendos valores técnicos con los que cuenta el filme: la fotografía es exquisita, la música es vibrante, el diseño de producción minimalista y efectivo... pero son la dirección y el montaje los que ayudan sobremanera a que la atención del espectador se mantenga intacta aún en secuencias tan extensas como la de la redada inicial, unos veinte minutos de suspense prolongado en los que no existe acción en el sentido habitual que podamos pensar, pero que se siguen con tensión gracias a montajes paralelos y trucos como barridos frenéticos acompañados de rimbombantes efectos sonoros.

Es difícil seguir hablando de Infernal Affairs y no comentar su extraordinario final, así que me morderé la lengua y dejaré que seáis vosotros, con vuestros comentarios, los que continuéis esta reseña. Tan sólo añadir que se ha comparado esta cinta con Heat, de Michael Mann. Quizá es comprensible hacer este paralelismo debido a que ambas enfrentan en pantalla a dos astros de sus respectivas cinematografías, pero si en Heat uno podía dudar de si realmente compartieron escenario De Niro y Pacino, en Infernal Affairs no hay duda de que no hay lugar para los aires de estrella ni para los morbosos trucos de marketing: si uno ve los extras del dvd, puede comprobar cómo Andy Lau y Tony Leung compartieron incluso cabina de sonido para grabar el tema musical que acompaña los títulos de crédito finales. Por otro lado, y dejando de lado esta anécdota, lo que en Heat era frialdad y magnitud desmesurada, en Infernal Affairs es emoción y austeridad. No sé a ustedes, pero puestos a comparar, a un servidor la cinta que nos ocupa le parece una obra mucho más honesta y redonda que ese supuesto referente hollywoodiense que le quieren encasquetar.


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: De algún modo esta reseña marcó un punto de inflexión entre lo que venía escribiendo hasta entonces y lo que sería mi labor posterior. Empezando por el detalle de comenzar a tratarles de usted (reminiscencia de John Tones plenamente asumida), comenzaba aquí a envalentonarme y a expresar ideas que siempre he tenido pero que en un principio no me atrevía a hacer públicas: que Heat es excesivamente pocha y que la mayoría de críticos de medios generalistas siguen chupándole el culo a los autores a los que siguen considerando intocables a pesar de todo (y en este sentido, The Departed es una puta mierda al lado de Infernal Affairs, le pese a quien le pese).  

16 feb 2006

'999'

(999-9999. Peter Manus. Tailandia. 2002. 102 minutos). "Esta película está lejanamente basada en un hecho real". Esto es lo que podemos leer nada más comenzar el visionado de 999, una película de terror oriental que se aparta de los tópicos de las fantasmas despeinadas que tanto llegaron a abundar y a aburrirnos.

Escuela Internacional de Chiang Mai (Norte de Tailandia). Un pájaro muerto sale a flote en el agua. Una profesora encuentra un collar en el suelo, a los pies del poste de la bandera. Cuando va a izarla, se encuentra a una chica ensartada en lo alto del mástil (glubs). Cerca de la escena, un teléfono descolgado se balancea misteriosamente...

Tras este prólogo, la acción nos lleva a la Escuela Internacional de Phuket. Allí, unos jóvenes rebeldes (en realidad, unos niños malcriados) que se hacen llamar el Club de los Diablos (los Dare Devils) sabotean el circuito de televisión interno del colegio y demuestran que el director guarda pornografía en un armario. Los protagonistas no son unos intelectuales precísamente, así que cuando llega una chica nueva al colegio, a la que llaman Rainbow (la modelo tailandesa Sririta Jensen, también conocida simplemente como Rita), y se enteran de que procede de la Escuela de Chiang Mai, no tardan mucho en organizarle una encerrona para interrogarle sobre lo ocurrido allí. En el transcurso de la noche sale a relucir un número de teléfono, el 999-9999 (por favor, intenten aguantar la risa cada vez que uno de los personajes pronuncia nuevenuevenueve-nuevenuevenuevenueve), al que puedes llamar para pedir cualquier deseo (sólo a partir de las 12 de la noche, como manda la tradición terrorífica) y te lo conceden. El problema es que ese ente extraño que recibe las llamadas siempre acaba cobrándose los favores... ya podéis imaginar de qué manera.

En la línea del terror oriental moderno, en esta cinta la tecnología es usada como medio para crear el pánico entre los personajes, que van muriendo uno a uno en la mejor tradición del slasher norteamericano hasta que, siguiendo otro esquema típico del género, cuando sólo quedan un par de supervivientes estos deciden trasladarse al lugar donde empezó todo para intentar averiguar cómo detener la masacre.

Podemos interpretar pues 999 como la versión tailandesa de Destino Final cruzada con elementos de la cachonda Wishmaster, un catálogo de muertes creativas que se producen como si fueran accidentes provocados por un genio de la lámpara con muy mala leche. Por supuesto, aquí no vamos a objetar nada: la cinta, a pesar del tono de comedia que tiene en sus primeros minutos, no es apta para todos los públicos y ofrece alguna secuencia gore que deleitará a los fans de las tripas y desmembramientos varios. Pero todo visto en un tono lúdico y exagerado, como ya ocurría en la citada Destino Final y secuelas, lo que unido a lo poco que sabemos de los protagonistas y que no caen demasiado bien, hace que disfrutemos con una sonrisa macabra en la cara cada vez que uno de ellos va a pagar por su deseo cumplido.

Es una pena que los responsables de este largometraje (entre ellos Prachya Pinkaew, descubridor cinematográfico de Tony Jaa) tuvieran mejores ideas de lo que eran capaces de plasmar en imágenes con los recursos que tenían. Así, la escena de la cámara de ingravidez llega a caer en el ridículo por culpa de unos efectos infográficos demasiado pobres, que estropean lo que sobre el papel sería un concepto atractivo. Pero, en líneas generales, 999 es una cinta disfrutable y ligera, una buena opción para una tarde tonta delante del dvd.



Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Otra prueba más de que antes me tragaba cualquier cosa oriental que se estrenara en videoclubes y que más o menos defendía como mejor podía.