...pero tú prefieres al bruto de tu amante". Marc Parrot, en el tema 'Soy tu espía', del álbum 'Sólo para locos', 1993.

"Puta sincronía" es una de las frases que más se repiten en las extensas y reconstituyentes conversaciones que mantengo regularmente con my brother from another planet, el subvalorado Starman, quien es mucho más que un plan 9 aunque algunos no logren ver más allá de sus tractor beams y sus sondas anales. Esas charlas, como decía, están llenas de esotéricas sincronías que, lejos de entorpecer la comunicación, refuerzan más si cabe el grosor de ese lazo invisible que nos une a través del universo y que nos lleva a sentir, de verdad, esa mística comunión sentimental de la que hablan los gemelos y que tan poco creíble resulta.
Estos días, más que nunca, Starman y yo nos sentamos juntos en el corredor de la muerte de la esperanza, con la mueca cómplice de los que saben que por poner las entrañas encima de la mesa, y mostrarlas a quienes querían regalárselas, están donde están. Con su post Muy 51 me ha recordado que no puedo limitarme a hablarles de Maniac Cop cuando lo que está pasando dentro de mí no tiene nada que ver con policías asesinos y me está pidiendo a gritos que lo deje salir, de motu casi propio, antes de que me reviente el pecho y llene la pantalla de cenizas.
Sé que quizá es injusto para ustedes que escriba sobre mis maltrechos sentimientos sin explicar a qué se debe esta situación, pero me voy a limitar a darles pistas: estoy hablando sobre la imposibilidad de ser amado, sobre un triunfo profesional que no he podido celebrar con quien quería, sobre lo que pesa que admiren tu talento y no saber si el sentimiento pasará de ahí, sobre un regalo que se ha quedado envuelto y que me costó bastante conseguir a tiempo. Estoy hablando del amor y sus complejos mecanismos, de marcar una fecha en el calendario y organizar el resto de días en torno a ese para que todo saliera perfecto, sólo para descubrir horas antes que la persona por la que has estado esperando está muy lejos y te ha dejado con el ramo de flores en la mano esperando a que se marchiten para poder tirarlas a la basura, porque sabes que antes de que dejen de existir no podrás dejar de admirar su belleza. Y lo peor de todo es que no puedo enfadarme con ella, porque la quiero y porque entiendo que donde está ahora seguro que es mucho más feliz de lo que hubiera podido serlo conmigo. Y también porque acabo entendiendo que para ella ese día no era EL DÍA como sí lo iba a ser para mí, por mucho que de algún modo me intentara engañar a mí mismo sin querer, atreviéndome a imaginar que el deseo sería compartido y no unilateral. Y no puedo enfadarme tampoco porque, a pesar de ser la segunda vez que me ocurre, sé que seguramente habrá una tercera y sé que la próxima vez que hable con ella conseguirá, sin esfuerzos y sin intención de malicia, que vuelva a ilusionarme, que me crea otra vez interesante y que las canciones de La Casa Azul vuelvan a sonar alegres y positivas, como el día antes de que me diera plantón sin pensar, seguramente, que lo estaba haciendo. No puedo reprocharle nada, porque seguramente no se ha dado cuenta de lo que ese día significaba para mí... y es posible que para ella no tuviera mayor trascendencia que la de ver a un amigo con el que hace tiempo que no charla cara a cara. Este test me dice que está jugando conmigo y que debería olvidarla. Pero no quiero hacerlo. No es su culpa, ella no es mala. El problema es que aún no se ha dado cuenta de lo que me importa y de lo que estaría dispuesto a darle. La cuestión es si algún día me lo permitirá o tendré que desistir y resignarme a sentirme solo, a rogarle que no me diga cosas bonitas y que me mande a la mierda para hacerlo todo un poco más fácil. De momento seguiré esperando a ver qué pasa, como MacReady y Childs, sentado sobre la fría nieve y calentándome con el fuego que todavía estalla a mis espaldas.
Gracias por el empujón, Starman. Ahora me siento mejor.

"Puta sincronía" es una de las frases que más se repiten en las extensas y reconstituyentes conversaciones que mantengo regularmente con my brother from another planet, el subvalorado Starman, quien es mucho más que un plan 9 aunque algunos no logren ver más allá de sus tractor beams y sus sondas anales. Esas charlas, como decía, están llenas de esotéricas sincronías que, lejos de entorpecer la comunicación, refuerzan más si cabe el grosor de ese lazo invisible que nos une a través del universo y que nos lleva a sentir, de verdad, esa mística comunión sentimental de la que hablan los gemelos y que tan poco creíble resulta.
Estos días, más que nunca, Starman y yo nos sentamos juntos en el corredor de la muerte de la esperanza, con la mueca cómplice de los que saben que por poner las entrañas encima de la mesa, y mostrarlas a quienes querían regalárselas, están donde están. Con su post Muy 51 me ha recordado que no puedo limitarme a hablarles de Maniac Cop cuando lo que está pasando dentro de mí no tiene nada que ver con policías asesinos y me está pidiendo a gritos que lo deje salir, de motu casi propio, antes de que me reviente el pecho y llene la pantalla de cenizas.
Sé que quizá es injusto para ustedes que escriba sobre mis maltrechos sentimientos sin explicar a qué se debe esta situación, pero me voy a limitar a darles pistas: estoy hablando sobre la imposibilidad de ser amado, sobre un triunfo profesional que no he podido celebrar con quien quería, sobre lo que pesa que admiren tu talento y no saber si el sentimiento pasará de ahí, sobre un regalo que se ha quedado envuelto y que me costó bastante conseguir a tiempo. Estoy hablando del amor y sus complejos mecanismos, de marcar una fecha en el calendario y organizar el resto de días en torno a ese para que todo saliera perfecto, sólo para descubrir horas antes que la persona por la que has estado esperando está muy lejos y te ha dejado con el ramo de flores en la mano esperando a que se marchiten para poder tirarlas a la basura, porque sabes que antes de que dejen de existir no podrás dejar de admirar su belleza. Y lo peor de todo es que no puedo enfadarme con ella, porque la quiero y porque entiendo que donde está ahora seguro que es mucho más feliz de lo que hubiera podido serlo conmigo. Y también porque acabo entendiendo que para ella ese día no era EL DÍA como sí lo iba a ser para mí, por mucho que de algún modo me intentara engañar a mí mismo sin querer, atreviéndome a imaginar que el deseo sería compartido y no unilateral. Y no puedo enfadarme tampoco porque, a pesar de ser la segunda vez que me ocurre, sé que seguramente habrá una tercera y sé que la próxima vez que hable con ella conseguirá, sin esfuerzos y sin intención de malicia, que vuelva a ilusionarme, que me crea otra vez interesante y que las canciones de La Casa Azul vuelvan a sonar alegres y positivas, como el día antes de que me diera plantón sin pensar, seguramente, que lo estaba haciendo. No puedo reprocharle nada, porque seguramente no se ha dado cuenta de lo que ese día significaba para mí... y es posible que para ella no tuviera mayor trascendencia que la de ver a un amigo con el que hace tiempo que no charla cara a cara. Este test me dice que está jugando conmigo y que debería olvidarla. Pero no quiero hacerlo. No es su culpa, ella no es mala. El problema es que aún no se ha dado cuenta de lo que me importa y de lo que estaría dispuesto a darle. La cuestión es si algún día me lo permitirá o tendré que desistir y resignarme a sentirme solo, a rogarle que no me diga cosas bonitas y que me mande a la mierda para hacerlo todo un poco más fácil. De momento seguiré esperando a ver qué pasa, como MacReady y Childs, sentado sobre la fría nieve y calentándome con el fuego que todavía estalla a mis espaldas.
Gracias por el empujón, Starman. Ahora me siento mejor.



