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6 abr 2012

Especial 'REC' Cap. 5: 'REC 2', terror y acción en primera persona.

(REC 2. Jaume Balagueró, Paco Plaza. España. 2009. 85 minutos) 

Quince minutos después de que Ángela Vidal desaparezca entre las sombras del ático, arrastrada por las manos huesudas de la niña Medeiros, un oficial médico y un grupo de GEOS irrumpen en el edificio para evaluar la situación y acabar con la amenaza. Armados con escopetas, fusiles automáticos y cámaras alojadas en sus cascos, los GEOS no tardarán en encontrarse con los infectados... o con algo peor.




Como sus propios autores reconocen y como ya he señalado en anteriores capítulos de este especial, REC surgió como un divertimento que afrontaron como un proyecto fácil y económico, una manera de pasarlo bien antes de embarcarse en empresas más complejas desde perspectivas logísticas y argumentales. Sin embargo, el estruendoso éxito que cosechó (el equivalente a unos 30 millones de euros sumando la taquilla mundial, frente a 1.5 de presupuesto), las favorables reacciones de parte de la crítica y, sobre todo, la insistencia de un público que pedía más, motivaron que Jaume Balagueró y Paco Plaza se vieran obligados a plantearse cómo podrían continuar la historia y cómo volver a sorprender a una audiencia que ya no acudiría virgen a las salas. Envalentonados por el triunfo, Plaza y Balagueró tuvieron la alocada idea de rodar cada uno una película distinta, en el mismo escenario pero dirigiendo cada uno a un equipo diferente, para luego proyectar cada cinta en salas de cine contiguas. Evidentemente, Julio Fernández, desde Filmax, les tuvo que parar los pies, ya que lo consideraba un proyecto inviable. Los directores querían seguir adelante con la serie, pero no sabían cómo. La respuesta la hallaron en una célebre secuela que tomaron como ejemplo: Aliens, el regreso (Aliens. James Cameron, 1986).  Si la versión de Ridley Scott era REC, esta segunda parte iba a poder compararse con el ejercicio que realizó Cameron con Aliens. Es decir, si antes nos entregaron una angustiante obra de terror puro y minimalista, ahora tocaba el turno de hacer algo más espectacular, donde primara la acción por encima del suspense y que, además, contribuyese a crear toda una mitología en torno a la serie. También, como gran novedad, cabe destacar la introducción de un sentido del humor que, sin llegar a la parodia, dotaba a la cinta de un tono menos asfixiante y más ligero que la anterior, algo que no fue muy bien recibido por algunos espectadores, a los que quizá cogió demasiado desprevenidos dicho cambio.  Retomando la historia justo donde acababa la anterior película, los cineastas apostaron fuerte y, a pesar de seguir utilizando recursos del mockumentary o el found-footage como rasgo distintivo, optaron por dejar de disimular: si en REC prescindían de los títulos de crédito hasta el final, para potenciar la sensación de que estábamos ante un reportaje sin editar, aquí no dudan a la hora de presentar el invento como una película, con sus créditos iniciales y hasta con la utilización de música extradiegética. Esto, que de entrada podría parecer una traición al espíritu de la primera parte, no hace más que acrecentar el carácter festivo y desprejuiciado del conjunto, concebido como si fuera un circo de tres pistas en el que impera el más difícil todavía.

Como he dicho antes, la historia nos sitúa quince minutos después del final de la primera parte, en el mismo escenario, pero con distintos protagonistas. Como novedad, no sólo argumental, sino también narrativa (puesto que a mitad de metraje la película retrocede para mostrarnos otro punto de vista), la acción se divide en dos frentes. Por un lado está el equipo armado, aliado con un tal Dr. Owen (Jonathan Mellor) que tiene mucho que esconder y que posee las respuestas sobre el origen del brote infeccioso. La película no tarda en desvelar que los zombis o infectados de REC no eran tales, sino que en realidad eran... poseídos. Con este descubrimiento la cinta adquiere un cariz distinto a la anterior, llevando el terror a un nuevo nivel gracias a este componente religioso que se encontraba casi completamente ausente hasta ahora, salvo por lo insinuado en el clímax final de la primera parte. Los poseídos acechan en cada rincón, pero el objetivo de Owen no es utilizar a los GEOS para destruirlos, sino para que le ayuden a llegar al ático y encontrar una muestra de sangre de la niña Medeiros. Allí fue la última vez que vimos a Ángela Vidal (Manuela Velasco).  La volveremos a ver en esta segunda parte, aunque en circunstancias distintas que sirven para crear más suspense: ¿Cómo sobrevivió? ¿Qué pasó con la niña Medeiros? ¿Cómo ha salido del ático? Por otra parte, existe una línea argumental paralela en la que tres adolescentes y un personaje del que ya habíamos oído hablar (el padre de Jennifer, que fue a buscar medicinas, ¿recuerdan?) se adentran en el edificio y se ven inmersos en mitad del caos. Ambas tramas terminan confluyendo en una media hora final que se entrega totalmente al fantástico y se aparta del pretendido realismo de REC, optando por una resolución sorprendente que no puede dejar indiferente a nadie.



Balagueró y Plaza, conscientes de que no iban a poder inocular el miedo entre el público de la misma manera en la que lo habían hecho previamente, buscaron el triunfo de REC 2 por otros caminos: una generosa dosis de acción balística (con planos que recrean el lenguaje visual de los shooters en primera persona), mayores dosis de sustos y gore (los monstruos no tardan en aparecer y, por si fuera poco, ahora sabemos que no hay ningún virus detrás de la catástrofe, sino algo mucho peor y de origen diabólico), la inclusión de humor negro y la conversión definitiva de Manuela Velasco en icono del cine de terror español, en una Ripley con sorpresa y con una cámara de vídeo como arma.  El resultado final de REC 2 es muy distinto y, al mismo tiempo, tan positivo como el de la primera parte, ya que se aleja de lo previsible y, aunque se repita forzosamente en algunos aspectos (las limitaciones de espacio y de la técnica narrativa empleada, que constituyen su mayor defecto y dejan en evidencia que la saga necesitaba un cambio de aires y, sobre todo, abandonar la narrativa del metraje encontrado), consigue erigirse como una secuela inteligente, furiosa y con personalidad propia. Motivos suficientes para seguir pidiendo más, aunque esta vez el éxito fuera menor, seguramente porque a muchos espectadores les costó entrar en el juego propuesto: el de aniquilar sus expectativas para ofrecerles algo diferente y, hasta cierto punto, rupturista.




31 mar 2012

'Escapada perfecta'

(A perfect getaway. David Twohy. Estados Unidos. 2009. 98 minutos) David Twohy es alguien a quien estimar. No se puede hacer otra cosa con quien escribió Critters 2 (Mick Garris. 1988), Warlock (Steve Miner, 1989) y Velocidad terminal (Terminal velocity. Deran Sarafian, 1994) o que dirigió la simpatiquísima ¡Han llegado! (The Arrival. 1996). Su golpe de suerte le llegó con Pitch Black (2000), modesta película de ciencia-ficción que se convirtió en cinta de culto casi de inmediato, generando una saga de la que se estrenará la tercera parte en 2013, a pesar de que su primera secuela, Las crónicas de Riddick (The chronicles of Riddick. 2004) no dejara contento a casi nadie. Esto obligó a Twohy a volver momentáneamente a la Serie B, escribiendo y dirigiendo esta Escapada perfecta tan tramposa e incongruente como simpática y entretenida. En un paradisíaco rincón de Hawai comienzan a producirse unos crímenes que parecen obra de un asesino en serie. En dicho paraje coinciden tres parejas ciertamente peculiares, todas ellas con algo que ocultar, especialmente porque dos de esas personas son los asesinos. ¿Podrían ser los amantes de la aventura y los deportes de riesgo, Nick (Timothy Oliphant) y Gina (Kiele Sanchez)? ¿O los fumetas y escurridizos Cleo (Marley Shelton) y Kale (Chris Hemsworth)? ¿Y qué hay de la pareja de recién casados que se encuentra de luna de miel, Cliff (Steve Zahn) y Cydney (Milla Jovovich)? 

LO MEJOR: La ensalada final de hostias y locura.
LO PEOR: Es tan tramposa que no cuesta pillarle el truco.
Decía John Tones en su imprescindible blog Inferno, hablando sobre el giro de guión que condiciona el visionado de Escapa perfecta, que "el truco es imposible de adivinar porque la película hace trampas durante toda la primera mitad, escamotea datos que no deberían ser escamoteados y presenta a los psicópatas como no deben ser presentados". Y no estoy de acuerdo. Si quieren ver la película, no sigan leyendo. Si no les importa que les ponga sobre la pista para desvelar el final a los cinco minutos de sesión, adelante. Escapada perfecta fracasa en su intento de crear suspense no porque haga trampas para ocultar la verdadera identidad de los asesinos, sino porque juega tanto con el espectador que acaba obligándonos a pensar que se esconde un as bajo la manga. Por lo tanto, nos lleva a darnos cuenta, apenas transcurridos unos minutos, de que el juego practicado por Twohy consiste en que la solución final vaya en contra de nuestras expectativas y, de ese modo, hace que podamos predecir lo impredecible. Luego marea la perdiz, intenta hacernos dudar, pero si se fían de su intuición y se dan cuenta desde el comienzo de lo que verdaderamente ocurre, el visionado de Escapada perfecta se les hará un poco cuesta arriba, especialmente cuando llega el momento de las explicaciones (un bochornoso montaje en blanco y negro mucho más alargado de lo necesario). En cierto modo, es como ver la actuación de un mago en la que, desde el principio, estamos viendo dónde está el truco y tenemos que aguantar el resto de la función sin poder decirle que se detenga, que ya no nos está engañando y que está haciendo el ridículo. Por lo demás, y ahí sí coincido con Tones, la cinta ofrece una bella colección de cuerpos perfectos, de bonitos paisajes y, sobre todo, una buena ración final de violencia para todos los públicos, algo que debería haber sido el camino a seguir durante todo el metraje y no simplemente un alivio.

29 mar 2012

'Splice. Experimento mortal'

(Splice. Vincenzo Natali. Canadá / Francia / Estados Unidos. 2009. 104 minutos) Desde que debutara en el campo del largometraje con la sorprendente Cube (1997), Vincenzo Natali ha estado intentando demostrar que el talento que dejó ver en aquella pequeña película no fue fruto de la casualidad. Sin embargo, ninguna de las propuestas que ha presentado desde entonces ha logrado calar en el público de la misma manera en la que lo hizo aquella maravilla. Splice no es una excepción. De hecho, y digo esto sin haber visto aún Cypher (2002) y Nothing (2003), sería más bien la confirmación de algo que casi se podía intuir en Cube: que Natali es un estupendo creador de ideas pero no es capaz de desarrollarlas del todo bien. En ese sentido, Splice es atroz: partiendo de una idea interesante (una pareja de científicos experimenta con fines médicos la mezcla de ADN animal y humano, dando como resultado una criatura humanoide que conserva sus instintos primarios), la película desemboca, a partir de trasladar la acción de un laboratorio a una granja perdida en un paraje nevado, en una rutinaria monster movie en la que todo está mal, empezando precisamente por un monstruo ridículo e irritante llamado Dren, unos protagonistas que caen mal y una alarmante falta de cualquier tipo de tensión o suspense.

LO MEJOR: Ginger y Fred destrozándose mutuamente.
LO PEOR: La manera en la que degenera la cinta hasta
convertirse en un producto inútil.
El primer acto de la película presenta conceptos ciertamente atractivos, como el hecho de comparar los experimentos genéticos con la maternidad o sugerir que si la medicina no avanza de manera más rápida se debe a cuestiones comerciales. También consigue hacer creíbles las criaturas creadas por los científicos gracias a unos efectos especiales bien logrados por las manos expertas de KNB EFX Group. Pero todo comienza a torcerse cuando nos damos cuenta de que no hay historia. Y eso que, en otras manos, la premisa podría haber dado bastante de sí: piensen lo que podría haber conseguido David Cronenberg con este material y en la manera en la que Natali desaprovecha ideas como la de la maternidad transgénica, los deslices incestuosos, el sexo entre especies, la responsabilidad que conlleva la creación de vida y cómo manejar los sentimientos encontrados hacia esa nueva criatura de apariencia vulnerable pero capaz de matar despiadadamente. En lugar de centrarse en esos términos, Natali introduce escenas risibles como la de Adrien Brody enseñando a bailar a Dren o la de Sarah Polley maquillándola frente a un espejo. Hay muchos momentos de Splice que inducen a la risa, pero ninguno que demuestre un humor voluntario. En los últimos minutos, todo se reduce a la típica idea de cazar al monstruo, para lo cual el guión se ve forzado a meter carnaza con calzador, culminando todo en un desenlace risible y bochornoso. Un despropósito, en resumen, sobre todo porque su punto de partida daba para una producción cuanto menos entretenida y terrorífica, dos atributos de los que no puede alardear la película.

27 mar 2012

'Black Dynamite'

(Black Dynamite. Scott Sanders. Estados Unidos. 2009. 84 minutos) El género Blaxploitation, aquel surgido en Estados Unidos durante la década de 1970 a mayor gloria de protagonistas (y espectadores) afroamericanos, ya había sido parodiado en varias ocasiones antes de este Black Dynamite. Por poner dos ejemplos, ahí tienen Sobredosis de oro (I'm gonna git you sucka. Keenen Ivory Wayans, 1988), por la que se paseaban los mismísimos Jim Brown e Isaac Hayes, o la más reciente Undercover Brother (Malcolm D. Lee, 2002), algo así como una versión afro de Austin Powers protagonizada por Eddie Griffin y con cameo de James Brown. Sin embargo, ninguna de ellas llegaba a los niveles que alcanza la película que nos ocupa, auténtica maravilla que todavía espera estreno en España y que debería ser considerada como una de las obras maestras de las spoof movies, a la altura de clásicos como Top Secret (Top Secret!. Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker, 1984), Agárralo como puedas (The Naked Gun: From the Files of Police Squad!. David Zucker, 1988) o Hot Shots 2 (Hot Shots! Part deux. Jim Abrahams, 1993). Basada en una historia ideada por los propios protagonistas, Michael Jai White y Byron Minns, relata la cruzada del ex-agente de la CIA Black Dynamite en busca de la venganza por la muerte de su hermano, para lo cual se aliará con un grupo de camellos y proxenetas y llegará hasta las más altas esferas de Washington para encontrar al hombre (blanco) detrás de toda una trama para acabar con la raza negra.  

LO MEJOR: Que cuando parece que no puede ir a más, la
película se supera a sí misma.
LO PEOR: Que no se haya estrenado en España.
Habría que ser un experto en Blaxploitation para reconocer todos los guiños que Black Dynamite hace a clásicos del género (y si no lo son, aquí tienen una guía), pero basta con ser un espectador abierto de miras y con sentido del humor para dejarse arrollar por el torrente de estímulos cómicos que la película arroja sin cesar ante nuestros ojos. Todo lo que asocian a este tipo de cine está aquí: un protagonista chulo como él solo; bigotes, patillas y pelos a lo afro sin ningún rubor; féminas de buen ver que caen rendidas a los encantos del héroe (Black Dynamite es capaz de hacer el amor a tres chicas a la vez, cada una de una raza distinta); alianzas con delincuentes para hacer el bien; persecuciones con coches más grandes que la vida; pistolas con cañones de medio metro de largo; peleas de Karate y Kung-Fu a lo Jim Kelly; una banda sonora extraordinaria; y, finalmente, la figura del poder blanco como el enemigo más poderoso (aquí llevándolo al paroxismo cuando se nos descubre quién es el verdadero villano de la película). Todo ello mostrado desde un punto de vista reverencial y, al mismo tiempo, paródico, con un montaje voluntariamente abrupto y chistes a costa de la precariedad de medios (y, a veces, simple torpeza técnica) con la que se enfrentaban en ocasiones los cineastas que abordaban este género (tronchante es el momento en el que Michael Jai White sigue recitando sus líneas con toda la seriedad del mundo mientras ve cómo un micrófono se le viene encima). Ahora vendría el momento de hablar sobre lo malo, pero resulta que esta vez no hay nada que destacar en la parte negativa. Black Dynamite es todo lo buena que podría ser y cada uno de sus ochenta y pocos minutos se disfrutan al máximo, especialmente si uno conoce bien los códigos del cine de acción y es receptivo a que se mofen de ellos, llevándolos al extremo si hace falta, para construir una comedia perfecta que deja con ganas de más y que nos obliga a mover los pies y a ejercitar la sana carcajada. ♪Dynamite... Dynamite

23 mar 2012

'12 Trampas'

(12 Rounds. Renny Harlin. Estados Unidos. 2009. 108 minutos) Muchos añoran los años en los que miraban lo que aquí conocimos como Pressing Catch y soñaban con emular, siquiera con su primo el del pueblo o con su hermano pequeño como contrincantes, las hazañas sobre el ring de titanes como Hulk Hogan, André el Gigante, El Último Guerrero, El Enterrador o Terremoto Earthquake. Estos tienden a pensar que eran tiempos mejores para el espectáculo de la lucha libre, pero infravaloran lo que ha conseguido actualmente una firma como la WWE, capaz de promover giras multimillonarias a través del planeta, de vender sus licencias de emisión a varios canales televisivos, de explotar su firma en videojuegos para todas las plataformas e incluso algo con lo que la WWF no podía soñar en los noventa: crear una división cinematográfica que, bajo el epígrafe de WWE Films (actualmente WWE Studios), ha conseguido poner en marcha, aunque sea con irregular fortuna comercial y artística, una serie de películas protagonizadas por wrestlers como Dwayne "The Rock" Johnson, Ted DiBiase Jr., "Stone Cold" Steve Austin, Big Show, Triple H o el que nos ocupa, John Cena. 12 trampas supuso la segunda incursión de Cena en el cine de acción, después de haber debutado con la espectacular Persecución extrema (The Marine. John Bonito, 2006), que no tuvo el éxito merecido. En esta ocasión contó con el ojo experto de Renny Harlin para el género, quien fuera en su momento la gran esperanza blanca de Hollywood y a quien una serie de desafortunados fracasos colocó en una posición más bien incómoda dentro de los estudios, teniendo que aceptar trabajos alimenticios en los que su figura de director estrella quedó relegada a la de artesano competente y poco más. Sin embargo, la buena mano del director finlandés se hace notar en 12 trampas y consigue salvar por momentos este actioner bastante convencional y rutinario, menos interesante que el anterior trabajo de John Cena delante de las cámaras.

LO MEJOR: La secuencia del tranvía.
LO PEOR: La escasa credibilidad de John Cena como héroe
de acción.
No deberíamos cargar las tintas sobre las aptitudes interpretativas de Cena ya que, al fin y al cabo, géneros como la acción, el western o el peplum están llenos de protagonistas tan hercúleos como inexpresivos que han sabido llenar la pantalla con su presencia y carisma. El problema es que, como  dijo alguien en los foros de IMDb.com, "John Cena es el Justin Bieber de la lucha libre: alguien que gusta a los niños, pero no a los adultos". No voy a ser tan maligno, pero sí es cierto que el tipo no consigue llegar a transmitir esa sensación de rudeza que cabría exigir a todo buen action-hero. Tampoco resulta especialmente simpático, con esa apariencia de Matt Damon on steroids. Así que, más que un atractivo, el protagonismo de Cena resulta un inconveniente. Por otro lado, el guión urdido por Daniel Kunka (por ahora, su único trabajo conocido) nos lo sabemos de memoria, recordando demasiado a las mejores ideas de Harry el sucio (Dirty Harry. Don Siegel, 1971), Speed (Jan de Bont, 1994) y Jungla de Cristal. La venganza (Die Hard with a vengeance. John McTiernan, 1995), con lo cual no hay mucho espacio para la sorpresa o cualquier hallazgo argumental. Al menos, la dirección de Renny Harlin sabe otorgar en algunos momentos una credibilidad de la que no anda sobrada la cinta (véase su horrendo clímax final como ejemplo), sacándose de la manga una secuencia de acción con un tranvía que, si bien recuerda mucho a las que vimos en La Roca (The Rock. Michael Bay, 1996) y El negociador (Metro. Thomas Carter, 1997), al menos ofrece un punto álgido de emoción en un producto que huele a refrito y que sólo puede satisfacernos por lo que tiene de raro hoy en día que se estrene (además, en salas de cine) una película de acción de la vieja escuela. Pero ésta ya la hemos visto antes y mejor hecha.

21 feb 2012

'The Collector'

(The Collector. Marcus Dunstan. Estados Unidos. 2009. 90 minutos) Habiéndose curtido como guionista en las sagas Saw y Feast, era inevitable que la ópera prima como director de Marcus Dunstan fuera una cinta de terror. Sin embargo, no ha optado por lo previsible a la hora de encarar su película debut, ya que ni se ha limitado a hacer un torture porn al uso ni, aún menos, se ha decantado por filmar otra de bichos violentos. The Collector gira en torno a un ex-convicto, reciclado en obrero, que decide robar la casa en la que ha estado trabajando en los últimos meses para poder prestarle a su esposa el dinero que le debe a unos prestamistas (su  acto delictivo tiene entonces coartadas morales que sirven para que empaticemos con el protagonista, ya que de otro modo sería bastante difícil que el público conectara con un héroe de intenciones oscuras). La sorpresa llega cuando, al entrar en la casa, el ladrón se percata de que allí hay alguien más: un psicópata que colecciona personas y que ha puesto sus ojos sobre la familia que vive allí. El Coleccionista ha llenado la casa de trampas mortales y ha secuestrado a sus propietarios. Movido por el pánico, el instinto de supervivencia y la necesidad de salir de allí con vida y con el botín, el improvisado héroe tiene que salvarse a sí mismo y, al mismo tiempo (y, de nuevo, por una cuestión moral) no puede dejar que la pequeña de la casa muera, ya que la identifica con su propia hija y no podría cargar con esa culpa. Y, tranquilos, que en esto que acabo de contar no hay spoilers, aunque pueda parecerlo.


LO MEJOR: El cadáver ensartado en la pantalla.
LO PEOR: Hay que dar por válidas situaciones increíbles.
The Collector tiene momentos que podrían rivalizar con cualquiera de las torturas perpetradas por Jigsaw en la serie Saw, especialmente una segunda mitad en la que la casquería y las muertes violentas nos son mostradas con todo lujo de detalles. Incluso tiene concomitancias visuales con la saga iniciada por James Wan, con una fotografía quemada, granulada y propensa a los tonos oxidados y verdosos. Pero la película que nos ocupa se basa más en el enfrentamiento físico que psicológico, con dos personas al margen de la ley, un ladrón y un asesino en serie, utilizando la violencia más descarnada para ganar su peculiar juego del gato y el ratón, aunque durante la primera mitad de proyección el protagonista intente pasar desapercibido escondiéndose del psicópata y esquivando sus trampas. Aquí se concentran algunos de los mejores momentos del largometraje, aunque a decir verdad proliferan las situaciones inverosímiles, algunas de las cuales atentan directamente contra la inteligencia del espectador (por ejemplo, cuando el ladrón se esconde detrás de un montón de cojines y de la almohada de una cama, ¿cómo ha conseguido colocarlo todo tan bien desde dentro para que no se notara que estaba ocultándose ahí?). Así, ciertos instantes provocan algo de incomodidad por requerir un esfuerzo y un acto de benevolencia por parte del espectador. Otro punto negativo es la horrible música que acompaña las imágenes, compuesta por ruidos desagradables que hacen daño a los oídos. Pero, a pesar de todo esto, The Collector acaba resultando entretenida y tiene algún punto extra como la espectacular muerte contra la pantalla de proyección (si la han visto sabrán a cuál me refiero) y ciertas reminiscencias al giallo en el diseño de algunas trampas. No es mucho, pero al menos hay que reconocerle el esfuerzo por apartarse un poco de las modas. Y Madeline Zima vuelve a mostrar sus encantos, como en Californication.

30 may 2011

'Señales del futuro'

(Knowing. Alex Proyas. Estados Unidos / Reino Unido / Australia. 2009. 117 minutos) Con una filmografía todavía breve que incluye tanto títulos de culto como El Cuervo (The Crow. 1994) o Dark City (1998) como aquella superproducción más inteligente de lo habitual que fue Yo, Robot (I, Robot. 2004), Alex Proyas se está convirtiendo en uno de los nombres más interesantes del panorama del cine fantástico actual, tanto por su insistencia en el género (sólo rota por la comedia Garage days en 2002) como por su capacidad para combinar con acierto espectáculo con tramas oscuras, a veces rayanas en el terror, que huyen de lo fácil para plantear duros enfrentamientos entre la fantasía o la ciencia y la cotidianeidad de héroes heridos y poco amables para el público (incluso el Will Smith de Yo, Robot resultaba menos simpático que de costumbre, y era un héroe con costuras... tanto físicas como psicológicas). En Señales del futuro Nicolas Cage interpreta a John Koestler, un profesor de ciencias que ha dejado de creer en todo desde que falleció su esposa un año atrás. Su vida sufre un nuevo vuelco cuando aparece en ella por casualidad un documento que parece pronosticar una serie de catástrofes con muertes masivas, además de reflejar con exactitud todas las que han ocurrido en el pasado reciente (incluyendo aquella en la que falleció la mujer de Koestler). Al mismo tiempo, unos tipos de apariencia extraña parecen perseguir a su hijo con la intención de llevárselo con ellos. Según los números, el protagonista apenas tiene unos días para desvelar qué misterio se esconde detrás del documento y, sobre todo, averiguar si hay alguna manera en la que pueda evitar nuevos desastres. 

LO MEJOR: La secuencia del accidente aéreo.
LO PEOR: El rollo "Adán y Eva".
Con esta base y con algo más de presupuesto, Michael Bay o Roland Emmerich hubieran construido una película hiperbólica llena de escenas de destrucción y efectos especiales, un espectáculo destinado a contentar a todo el mundo y a llenar las salas. Eso no tendría nada de malo y de hecho es una combinación que puede ser bastante apetecible. Pero, como hemos dicho antes, Alex Proyas está hecho de otra pasta: en Señales del futuro plantea las set-pieces desde el punto de vista de los personajes, mostrando la acción sin artificios narrativos e incluso en plano-secuencia (como en el brillante momento del accidente de avión, escalofriante y de gran impacto al estar mostrado sin cortes), lo cual aporta sin que nos demos cuenta un valor extra de credibilidad a una historia de raíces eminentemente fantásticas como ésta, por cuanto nos sitúa de inmediato en el mismo punto de vista del personaje de Nicolas Cage. Ese, junto a la habilidad con la que Proyas introduce elementos de cine de terror, sería el mayor valor de la película, por lo demás algo previsible pero ciertamente entretenida. En los puntos flacos tendríamos que destacar dos que nos llaman la atención y que quizá a algunos de ustedes no les molesten, ya que se tratan de manías muy particulares: por un lado, partiendo de la base de que creo que la mayoría de las historias se podrían contar en noventa minutos (y reconociendo que me gustan todavía más las que no pasan de la hora y veinte), la duración de Señales del futuro se me antoja algo desproporcionada e innecesaria, ya que pretende alargar el misterio de algo que resulta bastante evidente mucho antes de acabar la película (y que no desvelaré, por si acaso, ya que tiene que ver con la intención de los hombres que susurran); por otro, me chirría todo el rollo de reminiscencias religiosas y postalitas new age que se adueña de la segunda mitad de la película, quizá buscando deliberadamente contrarrestar el impacto de un final que se adivina poco alegre desde casi el principio de la historia, lo cual no deja de ser una de las grandes trabas del cine comercial. Pese a estos defectos (que, repito, pueden ser meras manías personales de alguien a quien le molesta mucho mirar el reloj mientras ve una peli, casi tanto como que le metan con calzador escenas de buenrrollismo esteticista), Señales del futuro queda como un título disfrutable, con secuencias de acción por encima de la media y algunos momentos de terror ciertamente efectivos

17 abr 2011

'No-Do'

(No-Do. Elio Quiroga. España. 2009. 94 minutos) Hay casos en los que a uno le gustaría ser más permisivo con lo que critica, poder pasar un poco la mano y ser algo condescendiente con películas que no terminan de funcionar del todo. Ocurre con No-Do, y no por la película en sí, sino porque su responsable es uno de los directores más raros de nuestro país y bien merece nuestra atención: debutó con la extrañísima Fotos (1996), que ha sido la única película, a menos que yo sepa, que ha sido calificada con un símbolo de interrogación en la revista Fotogramas en lugar de con las típicas estrellas, y siguió con dos cintas de terror que contaron con una distribución escasísima y que no terminaron de dejar contento a casi nadie: La hora fría (2006) y la que nos ocupa. No-Do se podría considerar un intento por amoldarse a las expectativas del público, con una historia de fantasmas y un viejo caserón encantado protagonizada por Ana Torrent, mito multigeneracional patrio gracias a El espíritu de la colmena (Víctor Erice. 1973) y Tesis (Alejandro Amenábar. 1996). El problema es que, bien por incapacidad de Quiroga o bien por incomodidad, su película acaba resultando un fracaso insípido e impersonal, aquejado de algunos de los peores males del cine de terror español actual: falta de originalidad, exceso de confianza en la atmósfera, ausencia de ritmo, interpretaciones poco creíbles, guión demasiado dependiente de sorpresas sin gracia y efectos digitales de pacotilla

LO MEJOR: La idea de unas grabaciones secretas de
milagros entre la iglesia de la época franquista.
LO PEOR: Es aburrida hasta decir basta.
Es una verdadera lástima, ya que la trama podría haber dado mucho más de sí. Al menos una de ellas, ya que hay dos líneas argumentales entrelazadas. Por un lado está la tópica historia de Francesca (Ana Torrent), una médico de urgencias que perdió a su hija hace diez años y que no ha podido recuperarse psicológicamente. Sigue hablando con su hija fallecida (y no desvelo nada, porque el hecho de que sólo aparezca cuando la protagonista está sola es un detalle demasiado revelador), bautiza a los niños que mueren en el hospital y está obsesionada con que el bebé que ha tenido recientemente también va a morir. Se muda con su marido, Pedro (Francisco Boira), a una vieja mansión que perteneció a un obispo y que era un colegio para niños pobres que lleva cerrado más de 50 años. Como pueden imaginar, los ruidos y las apariciones de niñas fantasmas no tardan en hacer acto de presencia. La otra historia paralela es la de un sacerdote, Miguel de Azpeitia (Héctor Colomé), encargado de verificar los casos de milagros y con un pecado del pasado pesando sobre su conciencia. Ambas historias están relacionadas y tienen que ver con grabaciones sobre milagros que aparecían en unas versiones del No-Do que sólo altos miembros del clero podían ver. Con esos mimbres, y con el siempre agradecido recurso del cine como capturador de imágenes que el ojo humano no puede llegar a ver, No-Do podría haber sido una película ciertamente aterradora. De hecho, hay momentos aislados que funcionan bien y que resultan inquietantes: los rastros de huellas humanas que suben por las paredes, el monstruo hecho con exvotos (según el guión, figuras hechas a imagen y semejanza de partes enfermas del cuerpo humano que  las personas ofrecían a los santos para que les curaran) y que recuerda a las criaturas del universo Silent Hill, o la aparición final de un Elemental (aunque estéticamente parezca sacado de una portada de Scifiworld). Pero todo está narrado con tanta lentitud, con tanta pachorra y desgana, y los actores resultan tan poco creíbles, que resulta muy difícil mantener el interés y no desconectar de la película a medida que pasan los minutos y entendemos que la propia cinta es algo muerto y sin alma. Apuesto a que las críticas positivas que aparecieron en su momento no eran otra cosa que un capote tendido a Quiroga, una forma de echar un cable a una rara-avis dentro de la cinematografía de nuestro país, pero a veces no se puede ser tan bueno. Sólo veo de recibo colocar una estrella a aquellas películas que no pienso volver a ver... jamás. Y No-Do es una de ellas. Eso sí, si usted es Íker Jiménez lo mismo le vuelve loco.  

13 ene 2011

'The House of the Devil'

(The house of the devil. Ti West. Estados Unidos. 2009. 95 minutos) Cuando uno ve la foto de perfil que Ti West tiene puesta en su ficha de IMDb, con esa pistola, esa chaqueta de la serie de televisión V (1983-1985), esas gafas de sol, el bigotillo y la cinta del pelo de Daniel Larusso en Karate Kid (John G. Avildsen. 1984), puede pensar que el joven es otro más de esos cortometrajistas anclados en los ochenta que, de algún modo, han conseguido dinero para llevar a cabo pastiches rodados en vídeo en los que plasman sus obsesiones infantiles. Sin embargo, con su tercera película West se reveló como alguien que conoce y ama el cine de terror tanto como lo respeta, sin caer en la referencia irónica o posmoderna, sin situar su mirada por encima del género al que pretende remitirnos, y también como alguien de quien esperar trabajos interesantes en el futuro, como esa The Innkeepers que se encuentra en post-producción y que está ambientada en un hotel encantado. Se puede defender The house of the devil por su deliciosa estética, deudora del cine de terror norteamericano de los últimos setenta y primeros ochenta en los que transcurre la historia, con esa magistral recreación del estilo de la vieja escuela que queda bien patente desde la introducción y los créditos iniciales (en ese sentido, podría formar un maravilloso programa doble con La Centinela, dirigida por Michael Winner en 1977, sin que se notara demasiado que hay una diferencia de 32 años entre la producción de una y otra). También está el guiño que han realizado a los coleccionistas más veteranos al sacar la película en VHS, como pueden ver aquí. Pero hay otros motivos menos superficiales para tenerla en alta estima, como expondré a continuación.

LO MEJOR: El modo magistral con el que está manejado el
suspense.
LO PEOR: Esperar de ella un festival gore posmoderno.
La premisa resulta cautivadora, ya que si bien no es original sí que nos sitúa en ese plácido terreno conocido de agradable regreso que es el mundo de los lugares comunes en el cine de terror: una chica responde a un anuncio en el que se solicita una canguro para trabajar, durante una noche en la que se producirá un eclipse total, en una casa alejada de la ciudad y con unos habitantes ciertamente extraños que evidencian desde un primero momento que tienen mucho que ocultar. No hay lugar para la sorpresa porque Ti West, quien también se encarga del guión y del montaje, no quiere que la haya: desde un primer momento se nos anuncia, mediante un texto explicativo, que la historia gira en torno al satanismo. Esto sitúa al público en esa situación ventajosa que tanto gustaba a Alfred Hitchcock, en la que los espectadores tienen más información que los protagonistas de la película sobre lo que ocurre a su alrededor, de tal modo que se genera una tensión constante por la que siempre estamos dispuestos al sobresalto y los giros de guión. Un magnífico ejemplo es la secuencia del baile: la protagonista utiliza su walkman y danza por la casa sin ser consciente de que una amenaza se cierne sobre ella, generándose una sensación de angustia creciente en el espectador que finalmente no explota del todo debido a otro de los grandes aciertos de la cinta, como es el hecho de que West se preocupe más por la anticipación que por las soluciones tópicas. Esto nos lleva a lo que realmente impresiona de The House of the Devil, su capacidad para generar suspense y por dilatar la angustia del público hasta niveles asfixiantes, alargando escenas en las que no ocurre prácticamente nada sin caer en el aburrimiento, gracias a ese constante estado de alerta en el que nos obliga a permanecer durante todo su metraje. Finalmente, toda esta tensión acumulada explota en un final violento y alocado que sólo tiene un problema: si bien narrativamente es un clímax inevitable y hasta deseado (por lo que supone de liberación de todo el suspense retenido durante los minutos previos), formalmente pierde el norte con la utilización de la cámara en mano y el montaje atropellado durante el enfrentamiento entre los antagonistas, para retornar después al estilo clásico en un epílogo quizá innecesario, pero también simpático. Una pequeña falta en una de las mejores películas de terror de los últimos años, con dotes suficientes para ser considerada como obra de culto en un futuro no muy lejano y en la que, por último, merece la pena destacar el reparto: Jocelin Donahue carga con una entereza encomiable todo el peso de la cinta, rodeada por veteranos bregados en el terror como Tom Noonan, Mary Woronov y Dee Wallace. 

9 ene 2011

'Miedos 3D'

(The Hole. Joe Dante. Estados Unidos. 2009. 92 minutos) En mi anterior post reflexionaba sobre el paso del tiempo y sobre la caducidad de ciertas películas que en un momento dado nos parecieron maravillas y hoy sólo podemos salvar por el factor nostalgia (y, a veces, ni por esas). Irónicamente, después de varios intentos frustrados por recuperar el espíritu jovial y distendido el cine de la década de los ochenta viendo películas de esa época, ha tenido que ser una cinta de 2009 la que haya conseguido transportarme de nuevo a ese estadio mental. Y no se trata de un remake, una secuela, un reboot o cualquiera de esas estrategias con las que nos intentan colar tan a menudo el mismo perro con distinto collar. The Hole es, simplemente, una película de los ochenta rodada en el siglo XXI, un ejercicio que mimetiza sin artificiosidad alguna el estilo de aquel cine familiar rebosante de imaginación, humor y terror para todos los públicos, con personajes carismáticos y una mirada infantil o juvenil que contagia al espectador la capacidad de sorpresa, inquietud y diversión que se le supone a toda persona de corta edad, quienes en principio serían el público ideal para esta película de no ser porque estas formas con las que está realizada la cinta, como reconocía el propio Joe Dante en su Masterclass en el pasado Festival de Sitges, han quedado lamentablemente anticuadas para los espectadores de hoy en día, especialmente por la triste devaluación de la imaginación como uno de los aspectos educativos y culturales básicos en el desarrollo vital de la chavalería actual. 

LO MEJOR: Recupera el espíritu del mejor cine familiar de
entretenimiento de los ochenta.
LO PEOR: Le sobran minutos.
En ese sentido The Hole era un fracaso anunciado desde su misma concepción, ya que es una película dirigida a unos jóvenes que no sienten ningún interés por ella. Su público ideal entonces es el que creció con el cine de Joe Dante, aquellos que se cagaban de miedo al tiempo que se morían de risa con Gremlins (1984), que quisieron construir una nave espacial con cubos de basura después de ver Exploradores (Explorers. 1985) y que jamás volvieron a mirar igual a su vecino más extraño después de ver No matarás al vecino (The 'burbs. 1989). Dante sigue demostrando su pericia para dirigir a actores infantiles sacando de ellos credibilidad y emoción, conjuga bien los momentos de humor con los de terror (algunos de ellos, ciertamente impactantes pese a la ausencia casi total de sangre, vísceras o sustos fáciles) y encierra a los personajes en un tramo final rebosante de audacia visual, lleno de ángulos imposibles y arquitectura onírica, que recuerda a su desbocado fragmento para la versión cinematográfica de En los límites de la realidad (Twilight Zone: The Movie. 1983), de la que The Hole retoma también, aunque no de manera explícita, su estructura por episodios: el agujero que encuentran los chicos en el sótano es capaz de proyectar sus miedos y hacerlos tangibles, con lo cual cada uno de los protagonistas tiene que hacer frente a una amenaza distinta de manera episódica, pero integrándose todo en un conjunto narrativo que no está dividido por capítulos. Quizá le sobren a la película algunos minutos y le falte algo más de intensidad, pero tal y como está el panorama, The Hole es un título totalmente recomendable que incluso podría despertar cierto entusiasmo entre la gente de mi generación. 

28 nov 2010

Especial Sitges 2010: 'Black Lightning'

(Chernaya Molniya. Dmitriy Kiselev, Aleksandr Voytinskiy. Rusia. 2009. 102 minutos) Estrenada recientemente en DVD en nuestro país tras su fugaz paso por el festival de Sitges (donde fue proyectada en una sesión especial infantil), Black Lightning supone un intento de la cinematografía rusa por generar una franquicia y competir con las adaptaciones de cómics filmadas en Hollywood. Pero en lugar de intentar hacer algo original han tirado por el camino fácil: básicamente, el argumento de esta película es el mismo del primer Spider-Man de Sam Raimi, que a su vez evocaba al Superman de Richard Donner. La única diferencia es que aquí el chaval protagonista no viene de un planeta lejano ni adquiere poderes al ser picado por una araña; en su lugar, el joven recibe como regalo un coche destartalado (sí, como en Herbie o como en Transformers) que en realidad tiene la capacidad de volar y esconde dentro un generador de energía codiciado por los malos de la película. La sensación de incredulidad que genera la cinta es constante, no tanto por el hecho de que un coche vuele como por la forma de actuar de algunos personajes (las mujeres, por cierto, son retratadas como seres interesados y superficiales que sólo se fijan en el dinero, los lujos o el poder para sentirse atraída por los hombres). Así que Black Lightning no es original, vale, pero ¿es divertida? Tampoco. Cabía esperar un entretenimiento mayor a tenor del trailer, pero todo lo bueno estaba ahí. Para colmo, los efectos visuales demuestran no ser tan creíbles viendo la película completa y las escenas de acción son limitadas y repetitivas. Ni siquiera el duelo final entre el Volga del protagonista y el Mercedes tuneado como el DeLorean de Regreso al futuro consigue arrancar un mínimo de entusiasmo. No pierdan el tiempo.

LO MEJOR: Algún efecto especial.
LO PEOR: Es una copia hecha sin gracia.

31 oct 2010

Especial Sitges 2010: 'La otra hija'

(The New Daughter. Luis Berdejo. Estados Unidos. 2009. 108 minutos) Luis Berdejo como guionista es un tipo capaz de lo mejor (Películas para no dormir: Cuento de Navidad) y lo peor (Imago Mortis). El Berdejo director se ha construido una carrera sólida con una serie de cortometrajes como La guerra o For(r)est in the des(s)ert en los que demostraba una pericia técnica y narrativa muy a tener en cuenta. Su debut en el largometraje, financiado y rodado en Estados Unidos, posee rasgos de esta eficacia para contar historias de manera elegante y sobria, pero también un ritmo somnífero que arruina algunos de los logros de la película. Es encomiable que Berdejo haya decidido hacer una película de terror centrada en los personajes y que se toma su tiempo para explicar la historia, centrándose no tanto en los sustos y el gore como en el suspense contenido y creciente, pero esa falta de intensidad es al mismo tiempo su peor enemigo, ya que puede adormecer al espectador (especialmente al de los festivales, que exige algo de brío cuando lleva viendo películas desde las 8 de la mañana y tiene que enfrentarse a títulos como este pasada la medianoche). Suerte que cuenta con la baza de las buenas interpretaciones de Kevin Costner e Ivana Baquero, con una digna banda sonora de Javier Navarrete y con interesantes ideas que utilizan el horror telúrico para hablar, en realidad, de los cambios hormonales de una adolescente y los problemas de su padre para encajar la transformación. Porque al fin y al cabo eso es La otra hija, aunque con un final menos agradable que cualquier pesadilla que tuvieran durante su pubertad. 


Especial Sitges 2010: 'Besouro'

(Besouro. João Daniel Tikhomiroff. Brasil. 2009. 93 minutos) Hasta ahora, el mejor exponente que la Capoeira tenía en el cine era la modesta y apreciable Sólo el más fuerte (Only the strong, 1993), dirigida por Sheldon Lettich y protagonizada por Mark Dacascos, película que sobresalía por su exotismo entre el exceso de producción de cine de artes marciales que se produjo en Estados Unidos a principios de los 90 gracias, principalmente, a lo bien que funcionaban en los circuitos domésticos los títulos de Jean-Claude Van Damme y Steven Seagal. Besouro viene a aportar algo más de legitimidad al asunto narrando la historia de Manoel Henrique Pereira (1895-1924), figura mítica entre los capoeiristas que adquirió el apodo de Besouro ("Escarabajo" en portugués) debido a su flexibilidad y a su capacidad para esconderse y huir de los problemas. La cinta transcurre en el último año de su vida y narra, en clave mística y ligeramente fantástica, los enfrentamientos de Besouro contra los caciques que esclavizaban a los negros en el estado brasileño de Bahía y penalizaban la práctica de la Capoeira. Se trata de una hagiografía, entonces, en la cual tiene mucho peso la religión Yoruba y sus Orixás, y en la que la figura de Besouro aparece retratada como la de un santo con poderes que desafían las leyes físicas y que aportan a la película, de manera inesperada y agradecida,  ocasionales toques de espectacularidad en mitad de un contexto realista e histórico. Quizá, si han visto el tráiler, hayan pensado en un Ong-Bak brasileiro, pero Besouro posee una calidez humana de la que carece cualquier título protagonizado por Tony Jaa, preocupándose por desarrollar los personajes y las relaciones que se establecen entre ellos, de tal modo que por momentos (y esto puede resultar un lastre para algunos espectadores) olvidamos por completo que estamos viendo una película teóricamente de artes marciales, adentrándonos en un drama sobre la explotación social y racial en la que los protagonistas, además de saber patear culos, sienten y padecen. Besouro no es, desde luego, el film espectáculo que podría haber sido y, en ese sentido, no se puede decir que supere a las exhibiciones vistas en Sólo el más fuerte; tampoco es estrictamente una cinta de aventuras o de acción, ni un drama intimista, ni una fantasía llena de magia y escenas de lucha con cables, pero al mismo tiempo es todo eso y consigue conjugar tantos aspectos de manera correcta aunque, a veces, adoleciendo una falta de ritmo y de intensidad que repercuten negativamente en el, por otra parte apreciable, resultado final.


30 jul 2010

'Whiteout'

(Whiteout. Dominic Sena. Estados Unidos / Francia / Canadá. 2009. 97 minutos) Almacenada durante dos años en las oficinas de la Warner y estrenada directamente en DVD en España, Whiteout es uno de esos proyectos que nacen gafados desde el principio: en su origen, la adaptación del cómic de Greg Rucka y Steve Lieber se comenzó a gestar en las oficinas de la Columbia en 1999; pasó a manos de Universal en 2002, cuando intentaron producir el proyecto con Reese Witherspoon como protagonista (quizá la peor elección posible para un rol que requería ciertas dotes para la acción); y finalmente fue Dark Castle Entertainment, con Joel Silver en cabeza, quien se hizo con los derechos de la novela gráfica. Con un presupuesto ajustado de 35 millones de dólares, el rodaje concluyó en julio de 2007 y el resultado no se vio en los cines norteamericanos hasta el 11 de Septiembre de 2009, recaudando unos paupérrimos 10 millones de dólares.

No recurriría a estos datos si no fuera porque todo esto se deja ver en el resultado final, tras cuyo visionado se hace comprensible el descalabro y el temor a distribuir la película en el mercado internacional: aunque no se pueda hablar de desastre absoluto, Whiteout es una película fallida. Según los que han leído la novela gráfica, no funciona como adaptación porque introduce cambios importantes en la trama y en los personajes de cara a que resulten más amables y convencionales para el gran público. Pero, independientemente de su fidelidad o de la falta de la misma, Whiteout fracasa como película por culpa, sobre todo, de un guión deslavazado que nunca tiene claro qué es lo que quiere contar ni cómo hacerlo. La pericia técnica de Dominic Sena vuelve a quedar patente como ya lo hiciera en sus anteriores trabajos, Kalifornia, 60 segundos y, sobre todo, Operación Swordfish (su mejor película y una de las más estimables cintas de acción de la pasada década), pero no puede hacer demasiado con un libreto que quiere tocar demasiados palos y no consigue funcionar en ninguno de ellos: durante hora y media, la película parece cambiar de subgénero en varias ocasiones y nunca tenemos claro si estamos viendo un thriller de investigaciones a lo CSI, una cinta sobre un psycho-killer en la Antártida o un largometraje de acción catastrofista. Es más, la puesta en escena y la ambientación en ocasiones pueden recordar a La Cosa de John Carpenter, lo que unido al modo en el que juegan con el misterio (qué buscan los protagonistas, qué relación hay entre ellos, en quién se puede confiar, qué se esconde bajo el hielo) nos hace generar unas expectativas de un giro sobrenatural o fantástico que nunca llega, produciendo cierta sensación de incomodidad en un espectador que espera más de lo que realmente ofrece el film. Nos tenemos que conformar observando lo bien que está Kate Beckinsale en ropa interior o con algunas escenas de acción que casi carecen de ritmo pero son extrañamente hipnóticas (esas persecuciones en mitad de las ventiscas, con los protagonistas sujetos por la cintura a cuerdas que marcan el camino), pero en general Whiteout es un producto irregular y finalmente insípido. 

9 may 2010

'Un ciudadano ejemplar'

(Law abiding citizen. F. Gary Gray. EEUU. 2009. 108 minutos) A lo largo de quince años de carrera y siete películas, F. Gary Gray ha demostrado una habilidad plausible para el thriller dialogado y cool (Negociador, Set it off) que, en ocasiones, no ha tenido reparos en mezclar con el humor (Friday, The Italian Job, Be Cool). Por su parte, el aquí guionista Kurt Wimmer siempre ha oscilado entre lo ridículo (Ultravioleta) y lo mínimamente aceptable (Street Kings), pasando por aquel Equilibrium que sigue inédito en España y que generó cierto culto no sé hasta qué punto justificado. La unión de ambos nombres es un ejemplo meridiano de lo que funciona en el caso del primero y de lo que falla en el del segundo: la solvencia de Gary Gray para mantener el ritmo y manejarse de manera eficaz tanto en los (escasos) tiempos muertos como en las escenas de acción queda fuera de toda duda, mientras que resulta patente la tendencia de Wimmer a dinamitar los cimientos de su creación con su propensión al exceso. El director, que muestra aquí algunas de las escenas más violentas e inquietantes de toda su filmografía, sortea como mejor puede las lagunas de guión que se van haciendo más notorias a medida que avanza la película y que culminan en un tercer acto sencillamente inverosímil que está a punto de arruinar todo lo conseguido en los minutos previos.

Y no se que equivoquen: los problemas de 'Un ciudadano ejemplar' no vienen de su postura ideológica. De hecho, entenderla únicamente como una cinta más de venganzas es un error, ya que no se limita a narrar sólo la vendetta del protagonista en sí (quien ha sufrido el asesinato de su esposa e hija), sino que se adentra en otro terreno más pantanoso como es la crítica al aparato judicial. Así, el personaje interpretado con su habitual sosería por Gerald Butler se plantea un ajuste de cuentas contra El Sistema, más que contra los asesinos de su familia, a quienes despacha en el primer acto. El verdadero problema surge cuando se produce un conflicto grave entre esa intención de ir más allá y el afán por hacer del personaje de Butler una especie de superhombre, capaz de burlar altas medidas de seguridad del modo más rudimentario y de otras proezas que no conviene desvelar. En ese momento la cuerda tensa que existía entre la intención de transcendencia y la de la fantasía se rompe y todo el equipo cae hacia el lado del absurdo, lo cual no tendría nada de malo si ese hubiera sido el tono elegido desde el principio, pero que tal y como se nos presenta la historia no puede hacer otra cosa que rechinar. Un ciudadano ejemplar no es, a pesar de todo, un título desdeñable: se sigue con interés, apenas da descanso y sabe bien cómo sobresaltar al espectador. Lo único reprochable es que finalmente pierda el norte.

13 feb 2010

'The Road (La Carretera)'

(The Road. John Hillcoat. EEUU. 2009. 111 minutos). La Carretera, la novela de Cormac McCarthy en la que se basa esta película, poseía una estructura singular que arrebataba al lector la posibilidad de ejercer una lectura por tiempos: la ausencia de capítulos remarcados como tales generaba una ansiedad y una necesidad constante de seguir adelante con las páginas, consiguiendo de manera inteligente una sensación de asfixia que potenciaba aún más la radicalidad de sus palabras, al tiempo que colocaba al lector en una situación carente de cualquier comodidad tanto por lo que se contaba en la novela como por el modo en el que se planteaba formalmente. Existía, entonces, una secuencialidad que la emparejaba con el cine en tanto parecía concebida para ser digerida de una vez, sin pausas, como una única unidad narrativa dividida en actos pero no en episodios distinguibles a simple vista con una fugaz hojeada. El auténtico problema a la hora de adaptar la novela al medio audiovisual era cómo capturar lo que aquella narraba: el viaje de un padre y su hijo por un entorno muerto y con un destino incierto, basado en la esperanza de encontrar un rayo de luz en mitad de un paisaje lleno de nieve y ceniza, y en la que las reflexiones apocalípticas y morales tenían un peso mucho mayor que el contexto de la supervivencia y la lucha contra los caníbales.

La Carretera, película, nace pues con todas las desventajas que se le pueden suponer a cualquier adaptación de una obra literaria fundamental y que se pueden resumir en una: la imposibilidad de recrear el impacto del original. Partiendo de esa base, y siendo consciente de la injusticia e inevitabilidad que supone la comparativa, John Hillcoat supera las adversidades y entrega un largometraje notable y eficaz, con un guión de Joe Penhall que atrapa la esencia de la novela de McCarthy y una fotografía de Javier Aguirresarobe que recrea con acierto el escenario yermo por el que deambulan los protagonistas, todos interpretados de manera correcta por un reparto ajustado. Sus problemas, no siempre relativos al enfrentamiento con el original, tienen que ver con el medio: se ve obligada a pagar el peaje que supone dirigirse al gran público, mediante herramientas que pueden resultar incómodas. Hablo por ejemplo del exceso de flashbacks que sólo parecen tener sentido desde un punto de vista comercial, con la finalidad de otorgarle a Charlize Theron más minutos en pantalla. Pero sobre todo pienso en un irritante uso de la música como instrumento de acentuación dramática que anula, irónicamente, el efecto devastador que poseían los diálogos secos y cortantes de la novela, así como sus momentos más desoladores. Son males menores, de cualquier modo, en una película a veces positivamente incómoda y siempre interesante.

21 dic 2009

'Donde viven los monstruos'

(Where the wild things are. Spike Jonze. EEUU. 2009. 101 minutos). 2009 será recordado por dos motivos bien distintos: por ser el año en el que se concentra la mayor pérdida de celebridades amadas que recuerdo (Michael Jackson, Patrick Swayze, John Hughes, Dan O'Bannon, Paul Naschy, Brittany Murphy...) y por haberse convertido en el recipiente de un cine teóricamente infantil (o simplemente protagonizado por niños) que se salta las reglas de cortesía hacia su público objetivo y sus protagonistas y les sumerge en historias que poco tienen de amables y ligeras. Si Déjame entrar (de 2008, pero estrenada aquí en 2009) planteaba una historia de amor entre un niño y una niña vampiro que no siempre fue niña, Up lanzaba a la cara de los infantes una contundente reflexión sobre la muerte y (la aún por estrenar en España) 9 se mostraba como una ejemplar cinta de acción y aventuras en la que apenas había alivio cómico para la chavalería, Donde viven los monstruos nos presenta un concepto de la infancia poco amable que toma las ideas del bello cuento de Maurice Sendak y las lleva un paso más allá, radicalizando la idea base y ahondando también en la moraleja de la historia: los niños son seres complejos capaces de pasar de la ternura más desarmante al salvajismo inconsciente en cuestión de segundos, fuerzas a las que si se deja fuera de control pueden resultar dañinas para sí mismas, pero también portadores de la imaginación pura, aquella que es condicionada positivamente por los estímulos que reciben del mundo exterior pero todavía no corrompida ni coartada por estos.


Y en esas coordenadas se mueve Spike Jonze en este trabajo, capaz de provocar entusiasmo, risas, desconcierto y lágrimas en una misma secuencia y con la misma contundencia con la que un niño pasa de la carcajada al llanto de un momento a otro. Así, como reflejo de la inestabilidad emocional inherente a esa temprana etapa vital en la que todavía está todo por descubrir, Donde viven los monstruos se convierte en una joya sin pulir, con sus aristas y sus imperfecciones pero también con su brillantez. Como en aquella otra maravilla que fue El verano de Kikujiro, en la mayoría de metraje de Donde viven los monstruos no ocurre nada, pero lejos de ser un demérito esto se convierte en uno de los aspectos más arrebatadores de la película: todo está supeditado a la imaginación y a la voluntad del niño protagonista y, como tal, la mayor parte del tiempo asistimos a una concatenación de juegos que acaban por convertirse en el argumento, al ser estos los que trazan el aprendizaje del protagonista y los que le guían a desechar su mundo imaginario para volver a la calidez (estricta, pero confortable al fin y al cabo) de su madre. En ese sentido, los monstruos de esa isla imaginaria están totalmente subordinados a este proceso didáctico que experimenta el niño Max, y sus problemas internos como microsociedad no son otros que los que este debe afrontar con sus mayores, por lo tanto no es de extrañar que al final (sin desvelar nada) dé la sensación de que no se ha resuelto ninguno de los conflictos que el protagonista ha generado entre los monstruos, ya que estos no son más que reflejos del que Max acaba superando en el tercer acto.

En un plano más técnico, es encomiable el modo en el que Jonze consigue que una producción de 80 millones de dólares parezca una película pequeña e intimista, que huye de la espectacularidad artificial de otras aventuras con niños y monstruos para fijar su ojo en lo humano y conseguir una sensación de placidez en el espectador que, por contraste, refuerza el impacto de aquellos momentos oscuros y casi terroríficos que nacen de las reacciones imprevisibles de las cosas salvajes del título original. Podía existir antes la duda de si Spike Jonze seguiría siendo igual de interesante sin la ayuda de Charlie Kaufman en el guión. Después de Donde viven los monstruos, cualquier suspicacia al respecto debería quedar obsoleta.