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9 ene 2012

'Vampiros'

(John Carpenter's Vampires. John Carpenter. Estados Unidos / Japón. 1998. 108 minutos) La de los noventa no fue una década fácil para John Carpenter: pese a que algunas de sus últimas películas daban muestras de lo mejor de su talento, el director tuvo que ver cómo todas ellas perdían dinero, una detrás de otra (Memorias de un hombre invisible, En la boca del miedo, El pueblo de los malditos y 2013: Rescate en L.A.), y cómo se había visto envuelto en una situación en la que estaba perdiendo la ilusión por hacer cine. Aunque sea un narrador nato, es lógico que dejara de disfrutar de su trabajo al ver cómo tanto los estudios como el público ignoraban sus nuevas propuestas, mientras que sus obras más antiguas eran cada vez mejor consideradas y se convertían en piezas de culto. La salvación llegó gracias a una oferta de la productora Largo Entertainment, presentando a Carpenter la tentadora opción de adaptar una novela de John Steakley dándole plena libertad creativa y sirviéndole en bandeja la posibilidad de hacer lo que quisiera con el mito del vampiro y llevárselo a su terreno más amado, al del western polvoriento y lleno de violencia física y conceptual. Resulta curioso pensar que Carpenter no fuera la primera opción y que James Woods no fuera en principio el protagonista que los productores tenían en mente (se habló de Russel Mulcahy como director y de Dolph Lundgren o Patrick Swayze como estrellas principales), porque ahora resulta impensable imaginar la película con otro estilo que no sea aquel tan particular que Carpenter le imprimió y que la convirtió en un clásico moderno, situándola de inmediato al lado de las cimas más altas que alcanzó su filmografía.   

LO MEJOR: Que no hace concesiones al gran público.
LO PEOR: Que aún así consiguió satisfacer tanto a los más
acérrimos seguidores de Carpenter como a muchos de sus
detractores.
Quizá se preguntarán si catorce años después la cinta mantiene sus cualidades, si realmente era para tanto y si las críticas de la época no serían demasiado optimistas. Las respuestas serían las siguientes: sí, sí y no. Vista hoy, Vampiros sigue siendo una de las cintas de chupasangres más enérgicas, valientes y sucias que se hayan filmado jamás dentro de los límites de Hollywood, quizá sólo igualada por aquella joya titulada Los viajeros de la noche (Near dark. Kathryn Bigelow, 1987) y con un espíritu que sólo retomaría medianamente bien la reciente Stake Land (Jim Mickle, 2010). Todo lo bueno que el público dijo de ella en su momento también sigue siendo válido, aunque yo siga sin entender demasiado bien por qué muchos se mofaban de la forma en la que los no-muertos comenzaban a arder cuando eran tocados por la luz del sol (sí, parecen cerillas encendiéndose, pero... ¿a cuántos vampiros han visto ustedes morir recientemente?). Y, por una vez, la crítica, o parte de ella, fue lo suficientemente sagaz como para detectar que se encontraba ante una obra maestra y no tuvo que esperar a que pasaran los años para darse cuenta de ello, que es la lacra que ha tenido que soportar John Carpenter a lo largo de toda su carrera. Aunque no fuera un taquillazo en salas de cine (tampoco podría serlo en la práctica, ya que los menores no podían acceder a verla en pantalla grande), funcionó tan bien en el mercado doméstico que generó dos secuelas, ambas olvidables y muy lejos de los logros de la original: Vampiros 2: Los Muertos (Vampires: Los Muertos. Tommy Lee Wallace, 2002), con Jon Bon Jovi como protagonista y repitiendo parte del estilo de la original, y Vampiros 3 (Vampires: The Turning. Marty Weiss, 2005), ambientada en Tailandia y con profusión de artes marciales, ya sin nada que ver con la visión de Carpenter. Si no las reseño más a fondo es porque no merecen demasiado la pena, pero sí que considero necesaria una revisión de la primera parte, por ser la última gran obra de un director indispensable para la historia del cine fantástico en particular y del cine en general, y a quien nunca está de más recordar y alabar por sus muchos méritos.

23 ago 2011

'Stake Land'

(Stake Land. Jim Mickle. Estados Unidos. 2010. 98 minutos) En una conferencia conjunta con James Wan y Brad Anderson a la que tuve el placer de asistir en el pasado Festival de Sitges, el director Jim Mickle hablaba sobre cómo en los últimos años la figura del vampiro se había devaluado y cómo había perdido su carácter terrorífico, pasando a ser el sueño amoroso (e incluso erótico...) de millones de quinceañeras y no tan quinceañeras por culpa de un tal Edward Cullen. El factor miedo había quedado excluido de la ecuación y eso era algo que disgustaba a los fans del terror. En lugar de limitarse a soltar exabruptos, Mickle decidió pasar a la acción y realizar una película que devolviera a los chupasangres el honor perdido. Ambientada en unos Estados Unidos desolados por la epidemia vampírica, la cinta narra la historia de un joven huérfano y un veterano cazador de no-muertos que atraviesan el país en busca de un lugar que no esté infectado para, quizá, poder vivir en paz. Pero en su camino se darán cuenta de que los monstruos no son sólo aquellos que lucen colmillos, sino también algunos que portan crucifijos y que, en nombre de la supuesta justicia divina, resultan tan peligrosos, o quizás más, que los primos lejanos de Drácula. 

LO MEJOR: Los vampiros utilizados como arma arrojadiza.
LO PEOR: La manida estructura de road-movie.
No se puede discutir a Mickle su buena voluntad y su buen hacer detrás de las cámaras: secuencias como el prólogo o el asalto al pueblo de refugiados sirven para demostrar su pericia técnica y narrativa, construyendo set-pieces de notabilísima solvencia que lucen tan bien como lo podrían hacer las de algunas producciones mucho más caras. Se agradece también que no trufe la historia con guiños posmodernos y que no abuse de los monstruos para generar tensión, haciendo hincapié en la peligrosidad de los fanatismos especialmente en tiempos de crisis. Y resulta agradable volver a ver una película de vampiros tan sucia y violenta como (las superiores) Los viajeros de la noche (Near Dark. Kathryn Bigelow, 1987) y Vampiros (Vampires. John Carpenter, 1998).  Sin embargo, hay algo que aleja a Stake Land de lo memorable para situarla en el terreno de lo correcto, sin más. Y es que todo resulta demasiado familiar, no hay ningún elemento que destaque por su originalidad ni que se aparte demasiado de lo trillado, siendo bastante tópico el recurso del viaje hacia el norte en busca de un lugar mejor, especialmente cuando tenemos tan recientes todavía películas como La carretera (The road. John Hillcoat, 2009) o Soy leyenda (I am legend. Francis Lawrence, 2007). Pero no me malinterpreten: Stake Land merece su atención, es una buena película de vampiros, por muy familiar que resulte. 

27 nov 2010

Especial Sitges 2010: 'Déjame entrar'

(Let me in. Matt Reeves. Estados Unidos / Reino Unido. 2010. 116 minutos) No deja de resultar algo decepcionante que el regreso de Hammer Films haya servido para amparar este innecesario remake de la película homónima de 2008 dirigida en Suecia por Tomas Alfredson. También cuesta encajar que el siguiente paso de Matt Reeves como director, tras la vibrante Monstruoso, haya sido el de encargarse de este proyecto. Y es que no hay demasiados motivos para volver a adaptar la novela de John Ajvide Lindqvist más allá de la imposibilidad del público estadounidense para ver películas en versión original. Se entiende así fácilmente la estrategia: resulta cómodo volver a filmar una película europea casi plano por plano pero cambiando el idioma por el inglés y, a ser posible, cambiando el contexto en el que acontece la historia (aquí, la era Reagan) para hacerla más digerible para el espectador norteamericano (y, por extensión, el mundial). Y, aunque este remake no deje de resultar aceptable y hayamos ganado en ritmo y en medios, hemos perdido información sobre ciertos detalles escabrosos (especialmente en lo concerniente al sexo de la niña), en sugerencia (por culpa de unos efectos digitales mediocres y demasiado exhibicionistas) e incluso en espectacularidad (la secuencia final en la piscina está mucho peor resuelta que en la versión de Alfredson). Déjame entrar, remake, es lo que pueden esperar: una película de terror efectista, entretenida y fácilmente digerible para cualquier espectador de multisalas, aunque mucho menos sugerente que la que ya pasó por Sitges en 2008. 

LO MEJOR: La escena del accidente de tráfico, casi su única novedad.
LO PEOR: Que no hacía falta hacerla.

6 feb 2006

'Underworld Evolution'

(Underworld: Evolution. Len Wiseman. Estados Unidos. 2003. 106 min.) Cuando se estrenó la primera Underworld no pude verla en el cine, supongo que por algún buen motivo que me lo impidió. Me quedé con las ganas de disfrutar de una de las películas que con más ansias esperaba aquel año, después de haber visto su prometedor tráiler y de haber leído su argumento ("¿vampiros contra hombres lobos? ¡Eso hay que verlo!". Sí, amigos, soy así de simple...). Luego me llegaron comentarios de mis amigos: Underworld decepcionaba. Tuve que esperar al DVD para comprobarlo y, efectivamente, no era lo que deseaba ver. Me encontré con una película con buenas escenas de acción y una idea interesante, pero que se malograba por sus largos diálogos, su ritmo lento, su visualmente agotador monocromatismo y su montaje atropellado (si tenéis la oportunidad de ver el Making Of, comprobaréis que los licántropos lucen muchísimo mejor en el "cómo se hizo" que en el propio largometraje). El mayor acierto de Underworld desde mi punto de vista (aunque sé que muchos no piensan igual) fue el de olvidar los tópicos de vampiros y licántropos e intentar crear una nueva mitología alrededor de ellos, enfrentándolos como dos especies de criaturas salvajes sobrehumanas y no como monstruos arrepentidos de serlo. Con un presupuesto limitado, Underworld se convirtió en un moderado éxito que en teoría daría inicio a una trilogía. Ahora, con mayor abundancia de medios, Underworld Evolution hace honor a su título: significa una evolución con respecto a la anterior en varios aspectos, desde una mejora en cantidad y calidad de las secuencias dinámicas a un guión más ágil y menos pretencioso (aunque los diálogos tengan más bien poco interés). Los efectos especiales están a la altura y esta vez el montaje y una mejor dirección de Len Wiseman nos permiten apreciar en mayor medida los logros del departamento de maquillaje y del equipo de efectos visuales (y de efectos especiales prácticos, ya que también hay aparatosos highlights como el del helicóptero y varias explosiones).

Tras un prólogo que nos explica el origen del enfrentamiento entre vampiros y licántropos, y de un breve montaje que nos recuerda lo que ocurrió en la entrega anterior, Underworld Evolution sigue donde acababa aquella, con la aparición de un híbrido primigenio y la persecución que sufren los personajes de Selene (Beckinsale) y Michael (Speedman) después de haber roto el equilibrio entre ambos bandos.

Podría decir que, si bien Underworld no me pareció en absoluto mala (más bien una obra interesante pero fallida en ocasiones), Underworld Evolution me parece más satisfactoria que su predecesora. Es más rápida, más corta (las casi dos horas de la primera se me hicieron eternas), hay más monstruos, más peleas cuerpo a cuerpo y una escena erótica entre Speedman y Beckinsale donde el director (esposo de la actriz) lleva el desnudo hasta el límite y consigue no enseñar nada pero resultar tremendamente estimulante para la vista. Además, se ahonda algo más en el pasado de Selene y se abren varias líneas argumentales con tragedias paternofiliales y violentos reencuentros familiares.

No obstante, como ya me había pasado con la anterior, hay momentos en esta cinta en los que tuve que lidiar con el sueño. Será el cansancio, será la comodidad de la butaca del cine... pero hubo un par de momentos en los que desconectaba por completo y aparecía el principio de bostezo. Pienso que gran parte de la culpa la tienen las escenas de diálogos flojos (como ya dije antes) y (otra vez) la manía de utilizar un cromatismo idéntico para absolutamente todas las secuencias. A pesar de desarrollarse en diversos escenarios como montañas, castillos y túneles (nada que ver con la ambientación urbana de Underworld), todas las escenas están tratadas con la misma luz, haciendo que prácticamente todo lo que veamos sea una escala de azules. No estamos pues ante una película para ver a la hora de la siesta o de madrugada, por mucha acción que pueda tener, ya que por momentos uno corre el riesgo de caer en esa fase de atontamiento neuronal que nos conduce a contar ovejitas. Esta desgana con la que están contadas las (todavía abundantes) escenas de no-acción repercuten negativamente en la valoración global de la película y hacen que, por efecto arrastre, no consigamos vibrar en las secuencias más vistosas.

En resumen, Underworld Evolution (como la primera) pone las cosas fáciles a los que disfrutan riéndose de un determinado tipo de cine exagerado y fantasioso, pero ofrece un rato distraído a quien no mira el cine de acción fantástico desde el pedestal de la superioridad. No hay que tomarse estas películas más en serio de lo que se toman ellas mismas.


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Pereza. Esa es la palabra que mejor define mi actitud actual hacia la saga Underworld. De ahí que todavía no haya visto la tercera parte y  que no haya vuelto a ver ninguna de las dos primeras.