Buscador

4 jun 2009

'X-Men Orígenes: Lobezno'


(X-Men Origins: Wolverine. Gavin Hood. EEUU. 2009. 107 minutos). Pasa en muy pocas ocasiones y es algo que todavía me desconcierta, pero ha vuelto a ocurrir: a la hora de leer opiones sobre Lobezno (abreviando) no estoy de acuerdo ni con focoforers ni con blogdeciners. Lo habitual, aquello con lo que me siento cómodo, es estar de acuerdo con los primeros y disconforme con los segundos, pero esta vez no entiendo a ninguno de los dos bandos. Seguramente porque, en comparación con lo que anda por ahí suelto, yo no tengo ni puta idea de cómics y para mí Lobezno es un personaje molón con garras y ya está, no un ser mitológico cuya Historia, así en mayúsculas, no debería ser manchada con blasfemias e interpretaciones libres. Basta de tonterías. Los que esperaran esa voluntad de seriedad que quiso implantar Brian Synger en sus dos películas y, en menor medida, Brett Ratner en la menospreciada tercera parte de la saga, que se jodan. Pedirle trascendencia a algo así es, grosso modo, síntoma de gilipollez y del daño que ha hecho el pesado de Christopher Nolan al género con su visión del superhéroe y el supervillano, generando un estúpido rasero con el cual todos se quieren medir ahora (incluyendo a alguien que hasta hace poco tenía las ideas tan claras como McG) y obligando al público medio a buscar atributos como seriedad, oscuridad y trascendencia donde antes sólo buscaba humor, colorido y evasión. Jódanse también los que se arañan la cara y se tiran de los párpados cuando se sienten violados ante las adaptaciones de sus deidades de papel. Su necesidad de ver LO MISMO en otro medio es una limitación que se autoimponen de manera fútil, pero allá ustedes. Soy un hombre tranquilo y los que me conocen lo saben. Pero a veces , dicho desde el respeto y el cariño que profeso hacia algunos de ustedes, entran ganas de darles una buena hostia: "¡Qué cantazo dan las garras a digitales!", "¡Qué inverosímil resulta que Lobezno atraviese una pared!", "¡Qué incongruente es la actitud de Gambito!", "¡Qué guión más pobre!", "¡Le han cambiado el peinado a Logan!", "¡Qué peste a Serie-Z!"... Que se joda también Hugh Jackman, que ha intentado vendernos la moto proclamando a diestro y siniestro que su película contenía grandes dosis de drama y profundidad psicológica cuando en realidad no es más que un tebeo imparable y rijoso con momentos que llevan a la risa (a veces sin querer hacerlo) y conflictos dramáticos de telenovela, aunque uno no sabe ciertamente, y tampoco me apetece averiguarlo, hasta qué punto esto es una treta comercial o si realmente Jackman piensa que ha hecho eso, incapaz de asimilar la verdadera identidad del resultado final más allá de lo que Gavin Hood le prometió que iba a llevar a cabo.

Jódanse todos, en definitiva, menos yo... que he ido dos veces gustosamente al cine a ver esta intrascendente, a ratos grotesca y moderadamente espectacular película, suerte de blockbuster a medio gas que se puede entender como un producto fallido por la distancia existente entre intenciones, expectativas y resultados pero que, para quienes de verdad se criaron en los videoclubes, contiene toda la acción, jolgorio, chulería y vacuidad que le exigíamos a cosas como Destroyer: Brazo de acero, La venganza del acorralado o Cy Warrior, pero hecho con más medios. Ni más ni menos.

3 may 2009

“OH, NO, ¡ES UNA SECUELA!”


Ahora que se ha estrenado las que son hasta el momento las mejores entregas de las sagas X-Men (hecho demostrable por dos factores: aspira a tener la misma profundidad dramática que Destroyer: Brazo de acero y está siendo atacada ferozmente por los de siempre, que ni siquiera me voy a molestar en enlazar porque ya saben quiénes son) y Fast and Furious (de la que han eliminado el pajerío tuning y han mantenido lo realmente interesante), es un buen momento para presentarles mi última aportación al periódico mensual Crónicas de un pueblo. No es mi artículo más inspirado, desde luego, entre otras cosas porque lo tuve que escribir a toda leche, pero ustedes serán quienes lo juzguen.


No voy a intentar tirarles por tierra el axioma de que las segundas partes no son buenas porque intentar demostrar lo contrario se ha convertido en un tópico en sí mismo y está más que demostrado que es una falacia, al menos cuando de cine hablamos. Pero sí que me gustaría recordarles que esto de las sagas y de las segundas partes no es nada nuevo, a pesar de que muchos juntaletras crean que es un fenómeno moderno que responde a la falta de creatividad de la industria cinematográfica. Parte del éxito popular de la narrativa se debe a las aventuras seriadas de personajes de ficción. Y no sólo si hablamos de películas: recuerden que ‘El Quijote’ tuvo una segunda parte apócrifa y otra oficial, lo que en cine sería una exploitation y una secuela genuina; o que Sherlock Holmes protagonizó cuatro novelas y más de cincuenta relatos. Teniendo en cuenta que el cine es negocio y espectáculo antes que arte, no es de extrañar que utilice herramientas de fidelización en forma de historias inconclusas de manera abrupta en momentos álgidos (esos finales que los entendidos llaman cliffhanger) o peripecias capituladas para mantener al público enganchado a los avatares de su héroe favorito durante el máximo tiempo posible. Piensen en la reciente ‘Fast and Furious: Aún más rápido’ (premio al título chorra del mes para los geniecillos de la distribuidora en España) y díganme, ¿de verdad creen que alguno de los que pagaron (pagamos) por verla se plantearon en cualquier momento la falta de originalidad del proyecto? ¿Que tuvieron miedo a un posible desgaste evolutivo dentro de las coordenadas inamovibles de la saga, a saber, gente guapa, coches rápidos y mucha acción? Para nada. El fan se encuentra cómodo en las sagas y, cuando éstas están bien planteadas, ofrecen fascinantes posibilidades de ahondar en la psicología de los personajes, de presentar la reiteración de situaciones pasadas por el tamiz de la evolución moral y el aprendizaje de sus protagonistas, de hacer crecer una idea, en definitiva. En otras ocasiones de lo que se trata es de ofrecer más de todo, la acumulación aumentativa como único motor de continuidad, lo cual no deja de ser interesante y bello.
Otro detalle me llama la atención: muchos de los que desprecian las sagas cinematográficas son al mismo tiempo fieles consumidores de series de televisión. Ya sé en qué están pensando: las teleseries que más enganchan a los espectadores son aquellas que cuentan con capítulos interdependientes que requieren un seguimiento continuado para su completa y correcta asimilación. Y las secuelas cinematográficas que detestan son aquellas cuyo origen está en la buena taquilla de la anterior y más que un afán de continuismo buscan seguir exprimiendo el dólar. Pero si lo meditan suficientemente bien se darán cuenta de que ambas persiguen lo mismo: mantenerles enganchados con voluntad lucrativa. No se engañen. A J.J. Abrams le daría igual si ustedes se quedaran sin saber cómo acaba ‘Perdidos’ si con la serie estuviera perdiendo dinero.
Un último apunte: por favor, dejen de usar la palabra “cuatrilogía”, que no existe, y empiecen a utilizar “tetralogía”, que es lo correcto. Gracias.