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21 mar 2012

'The Iceman Cometh'

(Ji dong ji xia. Clarence Fok. Hong Kong. 1989. 114 minutos) Ver pelear a Yuen Biao siempre es un bálsamo para la vista. Si, además, lo hace contra alguien tan preparado como Yuen Wah, el resultado sólo puede convertirse en una de las cimas de la elegancia, la ferocidad y las capacidades acrobáticas de las artes marciales. Esto es lo que sucede en The Iceman Cometh, película de Clarence Fok en la que Yuen Biao interpreta a Fong Sau-Ching, un guardia real de la Dinastía Ming que tiene la misión de atrapar a Fung San (Yuen Wah), un despiadado asesino que estudió con Fong pero que se dejó llevar por los vicios, el poder y la violencia. Durante una pelea, ambos quedan atrapados en un bloque de hielo que no será hallado hasta varios siglos después, en el Hong Kong de 1989. Una vez reanimados, los dos guerreros continuarán su lucha en una época que desconocen, al tiempo que entra en la ecuación una prostituta llamada Polla (Maggie Cheung), que es prostituta y... y se llama Polla... y es prostituta y se llama Polla... en fin, ¿qué culpa tienen los guionistas? Si están pensando en lo mucho que se parece al  argumento de la posterior Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), están acertando. Si al leer esto se han acordado también de la coetánea Warlock, el brujo (Warlock. Steve Miner, 1989) y de la anterior Los Inmortales (Highlander. Russell Mulcahy, 1986), siguen estando en lo cierto: The Iceman Cometh toma prestadas algunas ideas y anticipa otras de ellas, pero les gana por goleada en lo que más le interesa, que no es otra cosa que la acción. 

LO MEJOR: Evidentemente, las escenas de acción.
LO PEOR: La bobalicona subtrama romántica.
Y es que, sin despreciar los valores de Demolition Man, Warlock y Los Inmortales (todas ellas recomendables y necesarias), ningún efecto especial puede competir con las proezas de Yuen Biao y Yuen Wah, también coreógrafos de las escenas de acción junto con los veteranísimos Yuen Tak y Chin Kar Lok (el hombre que se escondía detrás de algunos de los stunts de Jackie Chan, así que olvídense de una vez por todas de la cantinela de que el bueno de Jackie no usaba dobles). El problema es que en casi dos horas de metraje son pocos los enfrentamientos entre ambos, y lo que hay entre medias no es precisamente memorable: después del prólogo, Yuen Biao comienza a protagonizar una comedia romántica con Maggie Cheung en la que el director no evita los socorridos (y manidos) chistes a costa del viajero del tiempo (lavarse la cara en la taza del wc, pensar que lo que emite la televisión está ocurriendo de verdad, temer a los automóviles como si fuesen monstruos diabólicos, etc.) hasta que, por fin, recuerda que tenía un enemigo que probablemente esté por ahí haciendo de las suyas y es entonces cuando decide seguirle el rastro. Toda esta parte central hace que el conjunto quede bastante deslucido, pero lo demás (las secuencias de acción y  los efectos especiales de la vieja escuela, pintados a mano sobre los propios fotogramas) es para levantarse del sillón y aplaudir. De ahí que el visionado de The Iceman Cometh transcurra entre el bochorno y el asombro, pero, si son fans del cine de Hong Kong y no la han visto, no deberían perdérsela por nada del mundo.

Nota: Esta vez no he localizado el tráiler, así que les dejo un vídeo donde pueden ver la pelea final entre estos dos titanes. Y, repito, es el final, así que vean el vídeo bajo su responsabilidad.

31 ene 2012

'Scott Pilgrim contra el mundo'

(Scott Pilgrim vs. the World. Edgar Wright. Estados Unidos / Reino Unido / Canadá. 2010. 107 minutos) Considerada uno de los mayores fracasos económicos de la Universal de los últimos años, Scott Pilgrim contra el mundo es también una de las películas más sorprendentes y fascinantes de todas las que han intentado adaptar al medio cinematográfico el lenguaje del cómic y los videojuegos. Edgar Wright, en su primer trabajo para Hollywood después de haber filmado las imprescindibles Zombies Party (Shaun of the dead. 2004) y Arma Fatal (Hot Fuzz. 2007) en su Inglaterra natal, lleva a la pantalla los seis volúmenes sobre Scott Pilgrim publicados por Bryan Lee O'Malley, respetando casi religiosamente algunas de sus viñetas y dando color (mucho color) a la historia de un joven aspirante a músico que debe luchar contra los siete ex malvados de su amada Ramona Flowers (todos ellos expertos en diferentes disciplinas marciales y con poderes propios de supervillanos), al mismo tiempo que intenta dar carpetazo a su breve idilio con la adolescente Knives Chau. Lo curioso es que el propio Scott Pilgrim es alguien que, detrás de su apariencia de joven desgarbado e inofensivo, esconde a todo un guerrero que no se amilana ante dicho desafío y que es capaz de plantar cara a quien se le ponga por delante con tal de lograr su objetivo. Como el héroe de un videojuego, Pilgrim debe superar varias fases hasta llegar al jefe final y, por el camino, aprender algo sobre la madurez y el amor. 

LO MEJOR: Su contagiosa energía adolescente.
LO PEOR: Resulta algo repetitiva y le sobran algunos
 minutos.
Hay dos películas encerradas dentro de Scott Pilgrim contra el mundo: primero, la de una historia de amor adolescente en la que un joven pardillo se enamora de una chica exótica. Contada con un ritmo apabullante (desde los enérgicos créditos iniciales a la manera en la que, mediante el montaje, utiliza recursos como que cada cambio de plano suponga también un cambio de escenario), esa parte de comedia funciona a las mil maravillas gracias a la credibilidad que los protagonistas dan a sus papeles, hasta tal punto que resulta difícil imaginarse luego a Scott Pilgrim, Ramona Flowers o Knives Chau interpretados por otros que no sean Michael Cera, Mary Elizabeth Winstead y Ellen Wong. Pero después la cinta cambia de tono, empieza la segunda película y la historia se estanca a partir del momento en el que aparece el primero de los rivales de Pilgrim y todo se reduce a una sucesión de combates/desafíos de espectacularidad progresiva. Y, si bien es cierto que no hay muchos motivos de queja si tenemos en cuenta que las secuencias de artes marciales son, probablemente, las mejores que han visto en una película occidental en mucho tiempo, y que los efectos especiales recrean con encomiable exactitud el estilo de sus juegos de lucha favoritos, también hay que señalar que parte de la energía inicial se queda en el camino a medida que el metraje va corriendo y nos damos cuenta de que no podemos esperar más de su trama. Así, Scott Pilgrim contra el mundo se puede hacer un poco cuesta arriba en algunos momentos, especialmente si no son ustedes tan sagaces o experimentados como para reconocer todas las referencias que hay en ella (yo necesité guías como ésta o ésta) y se entretengan intentando detectarlas, pero su mezcla de comedia romántica adolescente, cine de acción, fantasía, musical y artes marciales es algo que uno no ve todos los días, al menos empaquetado dentro del mismo conjunto (y sin que dure tres horas y venga en idioma Hindi o Telegu...). Y sólo por eso (y porque, en el futuro, se dirá de ella que es Las aventuras de Buckaroo Banzai del Siglo XXI), este fracaso comercial de Edgar Wright merece ser tildado de exitazo artístico.

20 dic 2011

'Troll Hunter'

(Trolljegeren. Andre Ovredal. Noruega. 2010. 99 minutos) Decía hace poco, en el post sobre Escóndete y tiembla, que cuanto más se acerca a la realidad, mayor capacidad para inquietar adquiere el cine de terror. Esta parece ser la máxima que ha seguido el género en los últimos años, siendo invadido por muestras de todo pelaje de lo que se ha venido a llamar terror subjetivo: películas en las que el público ve lo que alguno de sus personajes ha grabado con una videocámara o, en su defecto, falsos documentales que pretenden hacer pasar por veraces algunas historias que pueden entrar de lleno en el ámbito de lo fantástico o bien mantenerse algo más apegadas a la realidad. Troll Hunter sigue la línea marcada por El proyecto de la Bruja de Blair (The Blair Witch Project. Eduardo Sánchez, Daniel Myrick, 1999) y presenta una estructura de filmación hallada, pero no es una película específicamente de terror, siendo su marco genérico bastante difícil de delimitar, ya que en su metraje encontramos rasgos de cine de miedo, humor y acción, pero esencialmente se podría decir que es una cinta fantástica que utiliza la mitología escandinava en torno a los trolls como punto de partida y, sobre todo, como principal reclamo y rasgo distintivo con respecto a otros títulos de estructura similar. Esto le aporta una personalidad bien marcada que, a la postre, acaba convirtiéndose en su mayor valor y lo único por lo que merece la pena destacarla.

LO MEJOR: Los trolls.
LO PEOR: Todos los demás personajes, salvo el cazador.

Porque, hablemos claro, los momentos en los que aparecen los trolls son ciertamente impresionantes y poseen tanto el valor de la espectacularidad como el del exotismo. Incluso se puede decir que Ovredal consigue con estas secuencias algo a priori bastante difícil, como es el hecho de que sus criaturas resulten creíbles (por cómo lucen, cómo interactúan con su entorno y cómo reaccionan los protagonistas ante ellas). Pero el resto de película resulta bastante convencional y poco queda de ella en la memoria del espectador después de visionarla, si no es la extraña belleza que poseen los momentos ya citados. Existe algo de interés también en la figura del veterano cazador de trolls que trabaja secretamente para el gobierno y que, harto de que no le paguen bien, decide dar a conocer las interioridades de su trabajo. Esto aporta algo de mala baba, se ríe de las teorías conspiranoicas y nos regala algo de humor extra. Así que, en general, Troll Hunter no es esa maravilla de la que algunos hablan, pero eso no significa que no merezca la pena dedicarle noventa minutos de su tiempo, especialmente si son de los que disfrutan viendo recreaciones de monstruos imposibles llevadas a cabo de la manera más realista posible.

19 sept 2011

'Conan el bárbaro'

(Conan the barbarian. Marcus Nispel. Estados Unidos. 2011. 113 minutos) A priori, la idea de hacer un nuevo Conan para los espectadores del siglo XXI no tenía por qué ser mala: al fin y al cabo, hoy pocos espectadores parecen acordarse de las cintas protagonizadas por Arnold Schwarzenegger a principios de los ochenta; y si hablamos de los fans de Robert E. Howard, no es difícil encontrar entre ellos detractores acérrimos de la primera adaptación a la pantalla realizada por John Milius (la cual, por cierto, no ha envejecido nada mal). La marca de Millenium Films en los créditos de esta nueva versión de las aventuras del Cimmerio hacía presagiar una querencia hacia las formas clásicas del cine de acción y, al mismo tiempo, los medios actuales posibilitaban una mayor inmersión en los aspectos fantásticos del universo del personaje. Eso mismo nos hacían intuir los primeros avances de la película protagonizada por Jason Momoa, amén de una buena dosis de violencia que se apartara de la mojigatería habitual vista en la gran pantalla de un tiempo a esta parte. Teniendo en cuenta todo esto, no había miedos ni reticencias por mi parte a la hora de enfrentarme a este nuevo Conan el bárbaro, salvo, ay, un detalle importante: Marcus Nispel me parece un zoquete.

LO MEJOR: Los primeros veinte minutos.
LO PEOR: Una Rose McGowan insoportable.
La peor cualidad del director alemán no es que toda su filmografía se componga de remakes, sino la mediocridad como narrador que ha demostrado tener en todos ellos. La matanza de Texas (2003), a pesar de su considerable éxito comercial y de unas críticas aceptables, sólo resultaba interesante por la hipnótica presencia de Jessica Biel en camiseta mojada. Pathfinder: El guía del desfiladero (2007) contenía algunas imágenes impactantes y demostraba cierta pericia técnica, pero conseguía que la cinta noruega a la que reversionaba nos pareciera un prodigio de ritmo, casi una obra maestra, en comparación. El remake que hizo de Viernes 13 (2009), por ahora su mejor película, funcionaba suficientemente bien como para no aburrir, pero no iba mucho más allá en cuestión de calidad de lo conseguido por cualquiera de las muchas aventuras de Jason Voorhees. Conan el bárbaro, su versión, consigue crear el espejismo de estar viendo, al fin, una buena película dirigida por Marcus Nispel, pero la expresividad de los primeros minutos, su virulencia y su chulería, quedan sepultados poco después por la medianía y el adocenamiento. Nispel no sabe cómo contar una historia con imágenes y tampoco sabe manejarse en las escenas de acción. Como ejemplo, observen el clímax final, en el que no queda muy claro cuál es el magnífico poder que el villano posee y, lo que es peor, el director exhibe una incapacidad total para filmar de manera comprensible el enfrentamiento entre los antagonistas, a pesar de que, sobre el papel, el concepto que maneja podría haber dado para una secuencia espectacular y emocionante de haber sido dirigida por alguien como Jackie Chan, por ejemplo. Lo único bueno que se puede decir de la cinta es que puede cumplir su cometido de entretenimiento si somos (muy poco) exigentes, pero también les digo que va directamente a mi lista de Películas que no tengo intención de volver a ver jamás. De ahí la solitaria estrella que le pongo...

13 abr 2011

'Furia ciega 3D'

(Drive angry 3D. Patrick Lussier. Estados Unidos. 2011. 104 minutos) Que me cuelguen de las pelotas si veo algún problema en esta premisa: John Milton (Nic Cage) se fuga del Infierno para rendir cuentas con el líder de una secta que mató a su hija y ha secuestrado a su nieta, con la intención de sacrificarla en un ritual satánico. Que me claven agujas en los ojos si me parece mal la intención de Patrick Lussier de llenar su película de violencia, disparos, persecuciones, explosiones, tetas y actitud testosterónica. Que me arranquen una a una las uñas de los pies y luego me machaquen los dedos con una maza si no es un placer ver a Amber Heard en 3D. Que quemen mi colección de DVDs delante de mis narices, mientras suena en 7.1 un disco de Justin Bieber o de Camela, si no encuentro divertido ver cómo el amigo Nicolas se zumba a una camarera y no se la saca mientras se produce un tiroteo y él sigue ahí dándolo todo, además con las gafas de sol puestas, una pistola en una mano y una botella de alcohol en la otra. Que me peguen un tiro si llega el día en el que todos estos motivos no me parecen suficientes para justificar el precio de la entrada. Y sin embargo, ay, les pido piedad cuando digo que no he disfrutado de Furia ciega 3D tanto como esperaba.

LO MEJOR: Nicolas Cage, por fin, encontrando un papel a
su medida.
LO PEOR: El 3D entorpece más que ayuda.
No se alarmen: la película merece la pena, tiene toneladas de chulería, Nicolas Cage es perfecto para el papel y no hay monsergas argumentales. Además, tiene un personaje genial, como es El Contable interpretado por William Fichtner. Pero le sucede lo mismo que a otro reciente intento de recuperar el cine de explotación de los 70: Machete (Robert Rodriguez, 2010). Como ocurría en la cinta protagonizada por Danny Trejo, y como le pasa a veces a Tarantino, se nota demasiado en Furia Ciega el esfuerzo por ser guay, por ser un guiño condescendiente a espectadores que saben más de la Serie B y la Exploitation por lo que han leído sobre ellas que por las películas que han visto. Por otro lado, hay elementos en ella que funcionan bien y otros que la dejan en evidencia: si bien acierta en esa voluntad de homenaje cuando recupera al gran Tom Atkins para un papel de policía, también yerra cuando algunas de sus escenas de acción quedan a merced de unos efectos digitales pobres y de una planificación y un montaje de Lussier carentes de brío, algo de lo que quizá tenga la culpa el hecho de haber rodado la cinta con cámaras tridimensionales, ya que permiten menos movilidad a la hora de filmar por el hecho de ser más pesadas y por el riesgo de que se desajuste alguna de las dos lentes. Hay una secuencia paradigmática en este sentido: El Contable aparece en mitad de un control policial de carretera, subido a un camión lleno de hidrógeno y escuchando el That's the way I like it de KC and the Sunshine Band. La idea está bien, puede resultar cómica y es agradable ver cómo el personaje mantiene esa parsimonia antes de hacerlo volar todo por los aires, pero el uso de unos efectos infográficos cutres y de una planificación apagada consiguen arruinar el momento. Otro problema es que el tono macarra de los primeros minutos no se mantiene durante todo el guión, que arranca con mucha fuerza pero que se va desinflando a medida que avanza la cinta, cuando intenta jugar al despiste en torno a la verdadera naturaleza del personaje de Milton y no lo consigue porque resulta demasiado evidente. Tampoco hubiera estado mal una banda sonora instrumental potente para compensar las carencias de la puesta en escena. Rodada en 2D, sin efectos digitales, con un guión más atinado y mejores escenas de acción, Furia Ciega 3D podría haber sido una obra maestra o, al menos, una película superior a la media, como fue Sed de venganza (Faster. George Tillman Jr. 2010). Tal y como está, no es más que un divertimento de acción y fantasía que les podría hacer añorar cosas tan dispares como Punto límite: cero (Vanishing point. Richard C. Safarian. 1971), Autopista al infierno (Highway to Hell. Ate de Jong, 1991) o Van Damme's Inferno (Inferno. John G. Avildsen, 1999), lo cual ya es bastante, pero no puede llevarles a engaño: si ven que Furia Ciega 3D va ganando por ahí estrellitas y entusiasmo a mansalva no es porque sea así de buena, sino porque lamentablemente ya no se hacen tantas películas así como antes.

4 abr 2011

'Sucker Punch'

(Sucker Punch. Zack Snyder. Estados Unidos / Canadá. 2011. 110 minutos) Tras las buenas críticas cosechadas con su estupendo debut, Amanecer de los muertos (Dawn of the dead. 2004) y el éxito popular conseguido con 300 (2006), Zack Snyder vio cómo su prometedora carrera entraba en una dinámica peligrosa al comprobar cómo su proyecto más ambicioso, Watchmen (2009), se hundía en taquilla: tras una expectación previa mayúscula y una recaudación suculenta durante su primer fin de semana, el boca-oreja comenzó a funcionar y el público que desconocía el cómic y que esperaba una película convencional sobre superhéroes empezó a despedazarla. Después vino la indiferencia hacia Ga'Hoole: La leyenda de los guardianes (Legend of the guardians: The owls of Ga'Hoole. 2010), su primer acercamiento al cine de animación digital que a duras penas consiguió recuperar la inversión gracias al mercado internacional. Encasillado en su papel de remaker o adaptador de material ajeno, a Snyder le faltaba aún crear una historia propia, un guión inédito que no surgiera de un viejo clásico del cine de terror, un cómic de prestigio o un libro infantil. Sucker Punch es eso pero, al mismo tiempo, no deja de ser una suma de lo presentado anteriormente: hay atmósferas cercanas al terror, las protagonistas son heroínas que podrían estar sacadas de cualquier cómic y, enlazando con la animación, hay profusión de efectos digitales gracias a los cuales se integran a las actrices en entornos imposibles e interactúan con criaturas fantásticas.  

LO MEJOR: El episodio de los zombis.
LO PEOR: Que tanta espectacularidad acaba anestesiando
al espectador después del impacto inicial.
Pero si hay un referente que prima sobre los demás, en este caso se trata de la mecánica del videojuego. Sucker Punch narra la historia de Babydoll (Emily Browning), una joven con problemas mentales y conductuales que es encerrada en un centro especial tras intentar asesinar al padrastro que abusaba de ella y su hermana. Allí, Babydoll planea una fuga y convence a Sweet Pea (Abbie Cornish), Rocket (Jena Malone), Blondie (Vanessa Hudgens) y Amber (Jamie Chung) para que se unan a ella en su lucha. Lo llamativo del asunto es que todo lo que vemos durante la película es la narración que hace otro personaje y, dentro de ésta, existe otro nivel narrativo más en el que cada una de las pruebas que han de superar las protagonistas son representadas por secuencias independientes que transcurren en universos imaginarios. De este modo, la estructura convencional del relato queda fragmentada y dispersa entre varias capas, imposibilitando en cierta medida que el espectador se involucre del todo, ya que no existe una continuidad o una conexión real entre las diversas escenas de acción que están diseminadas por el metraje y que, como decía antes, provocan la sensación de estar viendo una de esas secuencias cinemáticas en las que los videojuegos se apoyan para hacer avanzar la historia o bien, simplemente, para epatar al jugador con la calidad de sus gráficos. Sucker Punch no es entonces la historia de acción épica que podría parecer en un principio, ya que su estructura se lo imposibilita, pero como orgía infográfica no tiene precio: el arsenal de estímulos pajilleros es apabullante, con chicas ligeras de ropa y armadas hasta los dientes, dragones, robots, samurais gigantescos y zombis luciendo en todo su esplendor. Es el sueño húmedo de cualquier adolescente y de los que, aunque ya peinemos canas, todavía sentimos placer cuando el cine apela a nuestros instintos más básicos. 

9 ene 2011

'Miedos 3D'

(The Hole. Joe Dante. Estados Unidos. 2009. 92 minutos) En mi anterior post reflexionaba sobre el paso del tiempo y sobre la caducidad de ciertas películas que en un momento dado nos parecieron maravillas y hoy sólo podemos salvar por el factor nostalgia (y, a veces, ni por esas). Irónicamente, después de varios intentos frustrados por recuperar el espíritu jovial y distendido el cine de la década de los ochenta viendo películas de esa época, ha tenido que ser una cinta de 2009 la que haya conseguido transportarme de nuevo a ese estadio mental. Y no se trata de un remake, una secuela, un reboot o cualquiera de esas estrategias con las que nos intentan colar tan a menudo el mismo perro con distinto collar. The Hole es, simplemente, una película de los ochenta rodada en el siglo XXI, un ejercicio que mimetiza sin artificiosidad alguna el estilo de aquel cine familiar rebosante de imaginación, humor y terror para todos los públicos, con personajes carismáticos y una mirada infantil o juvenil que contagia al espectador la capacidad de sorpresa, inquietud y diversión que se le supone a toda persona de corta edad, quienes en principio serían el público ideal para esta película de no ser porque estas formas con las que está realizada la cinta, como reconocía el propio Joe Dante en su Masterclass en el pasado Festival de Sitges, han quedado lamentablemente anticuadas para los espectadores de hoy en día, especialmente por la triste devaluación de la imaginación como uno de los aspectos educativos y culturales básicos en el desarrollo vital de la chavalería actual. 

LO MEJOR: Recupera el espíritu del mejor cine familiar de
entretenimiento de los ochenta.
LO PEOR: Le sobran minutos.
En ese sentido The Hole era un fracaso anunciado desde su misma concepción, ya que es una película dirigida a unos jóvenes que no sienten ningún interés por ella. Su público ideal entonces es el que creció con el cine de Joe Dante, aquellos que se cagaban de miedo al tiempo que se morían de risa con Gremlins (1984), que quisieron construir una nave espacial con cubos de basura después de ver Exploradores (Explorers. 1985) y que jamás volvieron a mirar igual a su vecino más extraño después de ver No matarás al vecino (The 'burbs. 1989). Dante sigue demostrando su pericia para dirigir a actores infantiles sacando de ellos credibilidad y emoción, conjuga bien los momentos de humor con los de terror (algunos de ellos, ciertamente impactantes pese a la ausencia casi total de sangre, vísceras o sustos fáciles) y encierra a los personajes en un tramo final rebosante de audacia visual, lleno de ángulos imposibles y arquitectura onírica, que recuerda a su desbocado fragmento para la versión cinematográfica de En los límites de la realidad (Twilight Zone: The Movie. 1983), de la que The Hole retoma también, aunque no de manera explícita, su estructura por episodios: el agujero que encuentran los chicos en el sótano es capaz de proyectar sus miedos y hacerlos tangibles, con lo cual cada uno de los protagonistas tiene que hacer frente a una amenaza distinta de manera episódica, pero integrándose todo en un conjunto narrativo que no está dividido por capítulos. Quizá le sobren a la película algunos minutos y le falte algo más de intensidad, pero tal y como está el panorama, The Hole es un título totalmente recomendable que incluso podría despertar cierto entusiasmo entre la gente de mi generación. 

28 nov 2010

Especial Sitges 2010: 'Black Lightning'

(Chernaya Molniya. Dmitriy Kiselev, Aleksandr Voytinskiy. Rusia. 2009. 102 minutos) Estrenada recientemente en DVD en nuestro país tras su fugaz paso por el festival de Sitges (donde fue proyectada en una sesión especial infantil), Black Lightning supone un intento de la cinematografía rusa por generar una franquicia y competir con las adaptaciones de cómics filmadas en Hollywood. Pero en lugar de intentar hacer algo original han tirado por el camino fácil: básicamente, el argumento de esta película es el mismo del primer Spider-Man de Sam Raimi, que a su vez evocaba al Superman de Richard Donner. La única diferencia es que aquí el chaval protagonista no viene de un planeta lejano ni adquiere poderes al ser picado por una araña; en su lugar, el joven recibe como regalo un coche destartalado (sí, como en Herbie o como en Transformers) que en realidad tiene la capacidad de volar y esconde dentro un generador de energía codiciado por los malos de la película. La sensación de incredulidad que genera la cinta es constante, no tanto por el hecho de que un coche vuele como por la forma de actuar de algunos personajes (las mujeres, por cierto, son retratadas como seres interesados y superficiales que sólo se fijan en el dinero, los lujos o el poder para sentirse atraída por los hombres). Así que Black Lightning no es original, vale, pero ¿es divertida? Tampoco. Cabía esperar un entretenimiento mayor a tenor del trailer, pero todo lo bueno estaba ahí. Para colmo, los efectos visuales demuestran no ser tan creíbles viendo la película completa y las escenas de acción son limitadas y repetitivas. Ni siquiera el duelo final entre el Volga del protagonista y el Mercedes tuneado como el DeLorean de Regreso al futuro consigue arrancar un mínimo de entusiasmo. No pierdan el tiempo.

LO MEJOR: Algún efecto especial.
LO PEOR: Es una copia hecha sin gracia.

27 nov 2010

Especial Sitges 2010: 'Detective Dee and the Mystery of Phantom Flame'

(Di Renjie. Tsui Hark. China / Hong Kong. 2010. 122 minutos) Después de la caótica Siete espadas (Qi jian, 2005) y de varios experimentos que no llegaron a nuestro país, Tsui Hark vuelve al género con el que nos dio tantas alegrías a principios de los noventa: el swordsplay desbocado, ese cine de héroes, espadas, escenas de lucha acrobáticas y ocasionales momentos fantásticos que revitalizó la industria del cine de Hong Kong en aquella época, después del empacho de heroic bloodshed que se vivió en años previos. Pero los tiempos han cambiado y no precisamente para bien: como ya ocurría en Zu Warriors (Shu shan zheng zhuan, 2001), el virtuosismo escénico de Tsui Hark está muy por encima de su capacidad para narrar una historia de manera coherente o que resulte fácil de seguir con interés, y si esto le sentaba de maravilla a aquellas joyas que fueron Double Team (1997) y En el ojo del huracán (Knock Off, 1998), donde la locura visual formaba parte del contexto en el que se movían los personajes, no se puede decir lo mismo de Detective Dee, donde se acusa un exceso de personajes y acciones secundarias que pueden marear al espectador expulsándole de la película. Aún así, sólo nos cabe celebrar esta vuelta de Tsui Hark al puro espectáculo (a pesar del exceso de infografía regulera) y soñar con todo lo que podría hacer si volviera a encontrar un guión digerible con el que trabajar. 

LO MEJOR: El virtuosismo de Tsui Hark para la acción sigue intacto.
LO PEOR: Abusa de los efectos digitales y de la acumulación de personajes.

24 oct 2010

Especial Sitges 2010: 'Hybrid'

(Hybrid. Eric Valette. Estados Unidos / Alemania. 2010. 94 minutos) En cierto modo, Hybrid es un contrasentido: una película que gira en torno a un coche asesino que transcurre en un garaje de tres plantas. Elegir como amenaza un elemento móvil por definición como es un vehículo de motor y acotar su campo de acción a un espacio tan reducido, anulando la posibilidad de representar persecuciones y accidentes automovilísticos como los que abren la cinta (los únicos momentos, por cierto, en los que el 3D se hace notar), resulta algo frustrante y evidencia una falta de medios que la película debe sortear como mejor puede. Sin embargo, esta suerte de Parking 2 con un coche mutante haciendo las veces de psicópata, con su argumento agradecidamente imposible y del que no se explica más que lo necesario, resulta eficaz por su apuesta total por lo fantástico y la acción claustrofóbica, así como simpática por su falta de ambiciones. No es un título a recomendar encarecidamente, pero funciona bien como entretenimiento.


Especial Sitges 2010: 'Rare Exports: A Christmas Tale'

(Rare Exports: A Christmas Tale. Jalmari Helander. Finlandia / Noruega / Francia / Suecia. 2010. 82 minutos) Con sus cortometrajes Rare Exports Inc. (2003) y Rare Exports Inc. - Safety Instructions (2005), Jalmari Helander construyó la base mitológica en la que se sustenta su primer largo, la versión mejorada y extendida de aquellos trabajos en los que utilizaba el humor y la fantasía para mostrar las hazañas de un grupo de cazadores y adiestradores de una especie singular: el Papá Noel salvaje. La película ganadora en Sitges 2010 amplifica los hallazgos de aquellas piezas, potenciando su espectacularidad, su sentido de la maravilla y del humor, logrando un cuento infantil terrorífico y visualmente arrebatador donde, además, disfrutamos de un giro de guión pre-clímax que nos obliga a replantearnos lo que hasta ese momento creíamos que sabíamos sobre la trama, no sólo de la película sino también de los cortometrajes previos. Se le puede achacar, eso sí, algo de morosidad narrativa, no tanto como para considerarla un corto alargado, pero sí para provocar algo de impaciencia en el espectador por culpa de la incómoda sensación de que la cinta no termina de arrancar y encontrar su camino hasta los últimos veinte minutos. A pesar de eso, Rare Exports: A Christmas Tale es un título estimulante y uno de los pocos pertenecientes al fantástico de los últimos años con la capacidad de convertirse en un clásico de culto en un futuro cercano.


29 may 2010

'Guerreros del Cielo y de la Tierra'

(Warriors of Heaven and Earth / Tian di ying xiong. He Ping. China / Hong Kong. 2003. 115 minutos) Estrenada de forma limitada en España después de los buenos resultados económicos de Tigre & Dragón y Hero, Guerreros del Cielo y la Tierra poco tiene que ver con aquellos arrebatos esteticistas de Ang Lee y Zhang Yimou. Más bien lo contrario, He Ping apuesta por una película clásica de aventuras narrada sin apenas florituras y que toma prestados algunos rasgos del chanbara japonés, el wuxia hongkonés (especialmente el anterior a la década de los 70) y el western norteamericano, de tal modo que no esperen ver luchas con cables que desafían la gravedad (sólo utilizan el wirework en momentos muy puntuales), estampas preciosistas o cualquier intención de poética en movimiento. Dicho así, y después de ver el tráiler y el póster, uno podría podría pensar en aburrimiento o en prosaísmo, pero lo cierto es que la película va ganando fuerza a medida que avanza y presenta una historia atractiva y dinámica poblada por personajes ciertamente interesantes, en especial el teniente Li (Jiang Wen), acusado de insubordinación junto a sus hombres al negarse a asesinar a unos inocentes, y el emisario japonés Lai Xi (Nakai Kiichi), cuya misión es acabar con el primero para poder luego volver a su país. Sin embargo, ambos deben formar alianza para sobrevivir a un enemigo común y a las inclemencias del desierto del Gobi, mientras intentan hacer llegar a buen puerto el tesoro secreto que guarda un joven monje.

Y en ese último detalle, en el tesoro que deben transportar, es donde reside lo único que chirría en la película:  una desviación hacia el misticismo que no sólo puede hacerse indigesta por motivos puramente narrativos sino también visuales, puesto que es la culpable de la aparición de algunos efectos infográficos bastante pobres y que no hacen ningún bien a todo lo conseguido en el resto de metraje. Dejando este escollo a un lado (y lo baboso de su título), Guerreros del Cielo y de la Tierra es un largometraje apreciable y hasta emocionante por momentos, una de esas historias que tanto nos gustan sobre el honor entre guerreros y la amistad perenne, con secuencias bélicas más eficientes que espectaculares y un reparto bien avenido. No hay nada memorable en ella ni se distingue mucho a primera vista de otras cintas de su corte, pero finalmente no es tan anodina como hace pensar su publicidad. 

8 abr 2010

'Furia de Titanes'

(Clash of the Titans. Louis Leterrier. Estados Unidos / Reino Unido. 2010. 106 minutos) Es fácil atacar a Furia de Titanes por sus mediocres efectos visuales (esa Medusa que parece sacada de un juego de PlayStation... 2), por su condición de remake de una película que ya era regulera (por mucho cariño que le tengan al stop-motion de Harryhausen) o por su adscripción de última hora a la moda del 3D (nota importante: no se filmó pensando en su estreno tridimensional, sino que fue una decisión tomada a posteriori, de ahí que resulte tan desangelada e insatisfactoria en este aspecto). También resulta sencillo sentir apatía ante un guión previsiblemente plano, como es de esperar en (casi)toda aspirante a taquillazo, pero a servidor lo que de verdad le ha molestado de la película, lo que realmente le ha supuesto una lástima, es que por primera vez se ha aburrido viendo un trabajo de Louis Leterrier. Hablamos del hombre que debutó con la loca y absolutamente reivindicable Transporter 2, que colocó a Jason Statham en el camino de la locura que luego explotarían mejor el dúo Neveldine/Taylor en el díptico Crank. Hablamos del responsable de darle a Jet Li el mejor papel que ha conseguido en una producción occidental en Danny the Dog, donde demostró que se podía mezclar melodrama de salón con hondonadas de hostias sin aparente dificultad. El mismo que intentó reflotar la (de momento abortada) franquicia Hulk con un título que poseía un clímax mucho más espectacular que el mismo enfrentamiento entre Perseo y el Kraken. Pero si ya en aquella cinta Leterrier, que habla y gesticula como si fuera un Tarantino galo, tuvo que sufrir los problemas implícitos de verse rodeado de mucho dinero y demasiados brazos metiendo mano en el resultado final, ahora confirma que sus aptitudes se adaptan mejor a la acción física, al cuerpo a cuerpo y a la frivolidad autoconsciente que al gigantismo y la epicidad. Definitivamente, le prefiero imitando a Hollywood desde Francia que siendo un pelele en Estados Unidos. Para colmo, Pierre Morel anuncia una nueva adaptación de Dune. Que Zeus nos asista.

21 dic 2009

'Donde viven los monstruos'

(Where the wild things are. Spike Jonze. EEUU. 2009. 101 minutos). 2009 será recordado por dos motivos bien distintos: por ser el año en el que se concentra la mayor pérdida de celebridades amadas que recuerdo (Michael Jackson, Patrick Swayze, John Hughes, Dan O'Bannon, Paul Naschy, Brittany Murphy...) y por haberse convertido en el recipiente de un cine teóricamente infantil (o simplemente protagonizado por niños) que se salta las reglas de cortesía hacia su público objetivo y sus protagonistas y les sumerge en historias que poco tienen de amables y ligeras. Si Déjame entrar (de 2008, pero estrenada aquí en 2009) planteaba una historia de amor entre un niño y una niña vampiro que no siempre fue niña, Up lanzaba a la cara de los infantes una contundente reflexión sobre la muerte y (la aún por estrenar en España) 9 se mostraba como una ejemplar cinta de acción y aventuras en la que apenas había alivio cómico para la chavalería, Donde viven los monstruos nos presenta un concepto de la infancia poco amable que toma las ideas del bello cuento de Maurice Sendak y las lleva un paso más allá, radicalizando la idea base y ahondando también en la moraleja de la historia: los niños son seres complejos capaces de pasar de la ternura más desarmante al salvajismo inconsciente en cuestión de segundos, fuerzas a las que si se deja fuera de control pueden resultar dañinas para sí mismas, pero también portadores de la imaginación pura, aquella que es condicionada positivamente por los estímulos que reciben del mundo exterior pero todavía no corrompida ni coartada por estos.


Y en esas coordenadas se mueve Spike Jonze en este trabajo, capaz de provocar entusiasmo, risas, desconcierto y lágrimas en una misma secuencia y con la misma contundencia con la que un niño pasa de la carcajada al llanto de un momento a otro. Así, como reflejo de la inestabilidad emocional inherente a esa temprana etapa vital en la que todavía está todo por descubrir, Donde viven los monstruos se convierte en una joya sin pulir, con sus aristas y sus imperfecciones pero también con su brillantez. Como en aquella otra maravilla que fue El verano de Kikujiro, en la mayoría de metraje de Donde viven los monstruos no ocurre nada, pero lejos de ser un demérito esto se convierte en uno de los aspectos más arrebatadores de la película: todo está supeditado a la imaginación y a la voluntad del niño protagonista y, como tal, la mayor parte del tiempo asistimos a una concatenación de juegos que acaban por convertirse en el argumento, al ser estos los que trazan el aprendizaje del protagonista y los que le guían a desechar su mundo imaginario para volver a la calidez (estricta, pero confortable al fin y al cabo) de su madre. En ese sentido, los monstruos de esa isla imaginaria están totalmente subordinados a este proceso didáctico que experimenta el niño Max, y sus problemas internos como microsociedad no son otros que los que este debe afrontar con sus mayores, por lo tanto no es de extrañar que al final (sin desvelar nada) dé la sensación de que no se ha resuelto ninguno de los conflictos que el protagonista ha generado entre los monstruos, ya que estos no son más que reflejos del que Max acaba superando en el tercer acto.

En un plano más técnico, es encomiable el modo en el que Jonze consigue que una producción de 80 millones de dólares parezca una película pequeña e intimista, que huye de la espectacularidad artificial de otras aventuras con niños y monstruos para fijar su ojo en lo humano y conseguir una sensación de placidez en el espectador que, por contraste, refuerza el impacto de aquellos momentos oscuros y casi terroríficos que nacen de las reacciones imprevisibles de las cosas salvajes del título original. Podía existir antes la duda de si Spike Jonze seguiría siendo igual de interesante sin la ayuda de Charlie Kaufman en el guión. Después de Donde viven los monstruos, cualquier suspicacia al respecto debería quedar obsoleta.

3 nov 2009

'¿Estamos muertos o... qué?'

(Dead Heat. Mark Goldblatt. EEUU. 1988. 83 minutos). En 1950 Rudolph Maté dirigía una trepidante y tardía film-noir titulada D.O.A. (Death on arrival). En ella, Frank Bigelow (Edmond O'Brien) acude a la comisaría de policía para informar sobre un asesinato: el suyo. Después de ese impactante comienzo, la historia retrocede hasta 24 horas antes, cuando Bigelow conoce que ha sido envenenado con una sustancia sin antídoto y decide emplear las horas que le quedan de vida para averiguar quién está detrás de su muerte. Si no la han visto y les suena el argumento no será tanto por el remake que en 1988 protagonizaron Dennis Quaid y Meg Ryan, que está más que olvidado, como por el hecho de que esa base argumental es muy similar a la utilizada en Crank. No obstante, en ese 1988 se estrenaba también una película que, sin ser una nueva versión de la cinta de Maté, utilizaba al clásico de los cincuenta como un claro referente: ¿Estamos muertos o... qué? (traducción libre del original Dead Heat que, para variar, se adecua más al espíritu de la película que el más serio título original), con la que debutaba como director de cine el justamente reputado montador Mark Goldblatt, curtido en la factoría Corman y responsable de la edición de, entre muchas otras, Terminator, El último boy-scout, Mentiras arriesgadas o la reciente G-Force. Una lástima que la filmografía como director de Goldblatt se ciña a tan sólo dos títulos, el que nos ocupa y aquella disfrutable versión de The Punisher que protagonizó Dolph Lundgren en 1989, ya que en ambas demostró cierta pericia para conjugar las set-pieces de acción con momentos tragicómicos, un acercamiento frontal y desprejuiciado a una violencia gráfica pero totalmente inofensiva, así como un estilo (o falta del mismo) menos contaminado por el videoclip de lo que era habitual en esa época y que nos hace pensar que podría haber sido un Jan De Bont más hábil o un Craig R. Baxley no confinado al circuito televisivo, pero con un ojo puesto sobre el cine negro del Hollywood clásico.

En Dead Heat tenemos estas características bien reflejadas: por un lado una adscripción a las buddy-movies ochenteras, con dos policías de distinto carácter (aunque aquí Treat Williams y Joe Piscopo son amigos desde antes que comience la historia) intentando resolver una trama de atracos y asesinatos a golpe de tiroteos imparables, persecuciones y chistes malos; por otro, una querencia por fórmulas más antiguas que van desde el nombre de uno de los protagonistas, Doug Bigelow, que hace referencia explícita al Frank Bigelow de D.O.A. (de la que, no en vano, muestra un fragmento en determinada secuencia), hasta la elección de Vincent Price como secundario de lujo o el guiño final a Casablanca. Pero es el nombre del otro protagonista, Roger Mortis, el que nos pone en la pista sobre las intenciones del guión de Terry Black (hermano de Shane Black, quien hace un cameo como policía): un sentido del humor negro con chascarrillos alrededor de la muerte, el más allá, la resurrección y la inmortalidad. Dead Heat es una película de acción protagonizada por un muerto viviente y un compañero a punto de serlo, enfrentados a una sociedad de viejos millonarios que utilizan a su vez a otros revividos para hacerles el trabajo sucio (hasta patos y cerdos agridulces si hace falta) y que, dentro de la hilaridad, propone una idea interesante y no falta de mala baba: cuando Mortis ha fenecido, ha resucitado y sabe que apenas le quedan unas horas extra como zombi hasta descomponerse por completo, es cuando más vivo se siente, cuando puede romper las reglas de su hasta entonces cuadriculada vida, saltarse la ley de la que era representante y entregarse a una excitante aventura con los minutos contados en la que puede permitirse imitar a Terminator. Vista de nuevo la película veinte años después de su estreno, sigue siendo una comedia de acción divertida, rápida y agradable, además de un festín para los fans del látex como efecto especial favorito. Valga esta reseña, sobre todo, para descubrir la película a esos cuantos jóvenes que me leen y que no tuvieron el placer de poder conocerla en su momento.



19 jul 2009

'Moonwalker'


(Moonwalker. Jerry Kramer, Colin Chilvers, Jim Blashfield. EEUU. 1988. 93 minutos)

Para Mario, que lleva años pidiéndome esto.

"De la imaginación de Michael Jackson llega una película como ninguna otra"
decía la publicidad de Moonwalker, título con el que Jacko pretendía ir más allá de lo que fue la experiencia Thriller: en lugar de limitarse a promocionar su flamante álbum Bad con un cortometraje destinado a la televisión y al vídeo (dirigido en esa ocasión por Martin Scorsese), la intención era construir un largometraje completo con posibilidades de ser estrenado en salas comerciales (no limitado a target tan específico que tenía Captain Eo) que sirviera, además, como colofón a lo grande de un Bad Tour que transcurrió simultáneo a la filmación del mismo. Se trataba del siguiente paso en una carrera que, a esas alturas, ya estaba en un nivel distinto al de cualquiera de sus coetáneos y que otorgaba a su protagonista la posibilidad de reinventar su entorno y su persona para construir un universo propio que gravitara en torno a su efigie mutante y progresivamente mesiánica. Michael Jackson, con expresión inocente pero con ambición revolucionaria, quería llegar donde ningún cantante había llegado antes y convertirse en el Entertainer Total, consiguiendo que lo que en otros era un simple trabajo discográfico se transformara en su caso en un todavía tosco aparato multimedia que incluyera un disco, una gira, una película, un videojuego y un libro, manteniendo así a los fans ocupados hasta el siguiente trabajo, que llegaría en 1991 bajo el nombre de Dangerous. Lamentablemente para Michael Jackson, ni siquiera con toda esta mercadotecnia pudo superar las expectativas que se habían generado después del arrollador Thriller y su lluvia de premios y ventas, hasta tal punto que Moonwalker no pasó por los cines estadounidenses y se lanzó directamente en vídeo en 1989, habiendo sido ya estrenada en salas en otros países como España, donde se pudo ver en diciembre de 1988.


En cierto modo, lo que enunciaba el slogan era verdad: Moonwalker es todo menos una película convencional. Su estructura rompe con todas las reglas narrativas al presentar unos primeros cuarenta minutos que comienzan con una versión en directo de Man in the mirror (en la que se utilizan extractos de diferentes conciertos del Bad World Tour) para continuar con un montaje que repasa la trayectoria profesional de Michael desde sus inicios en los Jackson Five hasta ese instante, una presentación innecesaria (¿habría alguien en 1988 que pagara por ver la película y no supiera quién era Michael Jackson y qué había hecho antes?) y que se entiende como recopilación audiovisual para fans y como hagiografía pop, en la que incluso se retocan imágenes para reforzar la sensación de que Michael estaba cerca de la divinidad (las alas de ángel dibujadas sobre su figura en el extracto de Rock with you) y de la magia (un halo de estrellas se desprendía ahora de sus calcetines, su guante y su sombrero a cada movimiento en la recuperación de la mítica interpretación de Billie Jean en el 25 aniversario de la Motown). Tras el greatest hits llega un cortometraje que comienza como una versión infantil de Bad titulada Badder (protagonizada por Brandon Adams, a quien más tarde veremos en el verdadero corpus de la película) y finaliza con un desenfrenado clip de Speed Demon lleno de claymation y cameos entre los que se advierten versiones caricaturizadas de Spielberg, Stallone, Tina Turner o Pee-Wee Herman. Varios detalles interesantes aquí: primero, que una vez finaliza su interpretación de Bad, Brandon Adams se transforma en un Michael Jackson adulto tras cruzar una pantalla de humo. El mensaje es así de evidente y ni siquiera merece la pena detenerse en él. Sí hay que destacar el guiño de Michael hacia quien la prensa pretendía convertir en su rival y quien rechazó cantar a dúo el tema que daba título al disco de 1987. El equipo de seguridad de Michael le comenta que le han puesto a Bubbles (su mono) una camiseta de Prince, algo que no hace mucha gracia al primero en la ficción y menos (supongo) al segundo en la realidad, cuyo sentido del humor siempre he puesto en duda. Citada la palabra realidad, conviene destacar también el hecho de que en este corto Michael y su equipo son casi los únicos con aspecto humano (entran en la excepción también algunos extras), mientras que el resto de personajes están hechos por animación. Así, los seres grotescos son aquí el resto de humanos y no Michael, aunque finalmente se acaba convirtiendo también en un personaje animado por stop-motion que juega al transformismo para despistar a los que le acosan y que acaba por adquirir vida propia, produciéndose un duelo entre el Jackson que es en realidad y el que los demás ven y no saben interpretar. Se muestra entonces un Michael Jackson por primera vez en su carrera plenamente combativo y crítico contra el acoso de los medios de comunicación, potenciándose hasta el extremo con el siguiente fragmento de la película: Leave me alone. Como ya se ha dicho en varias ocasiones, se trata del primer tema en el que Michael Jackson habla sobre sí mismo y de su relación con los media. Irónicamente, a pesar de tratarse de una pieza tan personal (o quizá debido a eso), sólo se editó como bonustrack de la edición en cd de Bad, quedando excluído de las versiones en vinilo y cassette, por lo que durante un tiempo fue una canción que algunos fans sólo podíamos disfrutar viendo Moonwalker. El videoclip es sencillamente genial, con un Michael Jackson que se adentra en un parque de atracciones lleno de sus obsesiones en el que juega con los rumores que giraban en torno a su persona y que finaliza con el descubrimiento de que, en realidad, el parque temático es el propio Michael. Con esta imagen, que tiene tanto de denuncia como de declaración de intenciones, finaliza la primera mitad de Moonwalker y comienza, por fin, lo que el póster y el tráiler vendían.

Como decía, se puede pensar que aquí es donde empieza realmente Moonwalker - La película, asumiendo que el resto no es más que una larga introducción destinada a rellenar metraje para llegar a los casi noventa minutos de rigor. También que esta segunda parte no es más que una versión extendida hasta el paroxismo del videoclip Smooth Criminal con el que encaja a todos los niveles y en torno al cual se desarrolla una historia, entrando así a formar parte de la estructura del resto de Moonwalker concebida como una colección de videoclips. Sea como fuere, sí que se propone aquí, aunque de manera turbia, un planteamiento, nudo y desenlace ausentes en el resto del producto, unos diálogos y una correlación de escenas interdependientes que conforman un mediometraje de estética retrofuturista que viene a ser algo así como una película de acción y fantasía protagonizada por Michael Jackson, es decir, como Captain Eo pero con un tono menos infantil (lo que no quiere decir que tenga un tratamiento adulto, ni mucho menos). Básicamente, la historia se resume en el enfrentamiento entre un extraño personaje con poderes sobrenaturales y procedencia incierta (Michael haciendo de... Michael) y un tal Frankie Lideo que se hace llamar Mr. Big (Joe Pesci desbocado) que pretender dominar el mundo drogando a los niños y llenando todo de arañas. En medio del tinglado hallamos a tres amigos pequeños del protagonista (Kellie Parker, Brandon Adams y Sean Lennon... sí, el hijo de...) que en unas secuencias aparecen ataviados como vagabundos y en otras no, sin explicación aparente, y que junto al protagonista descubren las intenciones de Lideo. Cuando la niña del grupo es secuestrada, Michael desata toda su ira demostrando (una vez más) una capacidad inaudita para transmutar en lo que desee, ya sea un coche, un robot o una nave espacial (eso sí, siempre y cuando vea una estrella fugaz) y para dar vida a lo inerte (otra vez las connotaciones divinas), como en la escena en la que entra en un club abandonado de los años 30 y acaba convirtiéndose en un número musical con una de las coreografías grupales más famosas de todos los tiempos.


Si el argumento parece una locura sin mucho sentido es porque lo es. Apenas sabemos nada sobre los personajes y la narración es confusa, jugando con algunas alteraciones temporales de dudosa coherencia y generando la sensación de que los espectadores han llegado tarde y están viendo el clímax final de una historia cuya primera mitad no han presenciado. Pero eso hace también que la experiencia sea intensa y vibrante: no hay paja, todo es una persecución constante a través de escenarios que no ocultan jamás su condición de decorados y por los que jamás pasa nadie, llegando a una conclusión repleta de efectos visuales y explosiones que parece filmada por el Roland Emmerich de la época, con su obsesión por capturar el sense of wonder spielbergiano. En su condición de cuento para niños, con niños y protagonizada por un adulto que seguía sintiéndose niño, hay cabida también para algunas imágenes de leve violencia que sorprenden viniendo de Michael Jackson: los golpes de Mr. Big a la niña y su amenaza con la jeringuilla llena de droga resultan tan perturbadores como esos planos en los que los cascos de los secuaces del villano revientan y dejan ver que no existían cabezas dentro de ellos, así como impactante resulta el hecho de que Michael llegue a matar a alguien disparándole a bocajarro durante la pieza musical de Smooth Criminal (en la que hay un interludio francamente raro e incómodo en el que el cantante y el resto del cast parece contorsionarse y gemir entre convulsiones orgásmicas, precedente directo de la parte del clip Black or White que sería censurada años más tarde por varias televisiones). Al final todo se convierte en un monumento hacia un Michael Jackson que incluso se sacrifica por sus amigos y acaba resucitando para invitarles a un concierto de... ¿lo adivinan? Con esa escenificación final del Come together de los Beatles se rompe otra barrera y se difumina del todo la pared entre el Michael personaje y el real, dejando claro que Jacko no es alguien como los demás y que, aparte de ser responsable de los momentos musicales más emocionantes de las últimas décadas, también era capaz de hacer otros milagros. Es un mensaje que puede poner nerviosos a los detractores del artista, desde luego, quienes harían bien en no acercarse jamás a Moonwalker ni siquiera con desdén antropológico. Pero para los fans, los de Jackson y los de los años ochenta, se trata de una pieza que se sobrepone a todas sus faltas por su capacidad para capturar tanto el espíritu de una época como la idiosincrasia de un genio en pleno subidón de ego plenamente justificado. La publicidad no engañaba, entonces: Moonwalker es magia y es espectáculo. Es Michael Jackson y es la posibilidad de urgar en su cabeza, en sus obsesiones, sueños, miedos y fantasías. Y, por lo tanto, es imprescindible.