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2 ene 2012

En Serie: La saga 'Misión Imposible'


El 17 de Septiembre de 1966, el público norteamericano que sintonizaba la CBS veía por primera vez una imagen que, acompañada de una música rimbombante, se convertiría en un rápido icono pop: la de una mano que, con una cerilla y al compás de la sintonía inmortal compuesta por Lalo Schifrin, encencía una mecha que le llevaba directo a una serie de aventuras de espionaje y acción que le mantendría pegado a la pantalla hasta que dejó de emitirse el 30 de Marzo de 1973. Creada por Bruce Geller, Misión: Imposible  recogía el clima de paranoia que se vivía en plena Guerra Fría y presentaba las peripecias de una agencia de espías que luchaba por mantener el mundo a salvo, generalmente de la invasión comunista. Tuvo que pasar más de una década para que Jim Phelps (Peter Graves) volviera a la acción, concretamente hasta 1988, pero en esta ocasión la serie sólo aguantó dos temporadas en antena, siendo cancelada en 1990. Seis años después, un Tom Cruise en la cima de su popularidad, convertido en el actor más taquillero de Hollywood y con la capacidad de levantar proyectos financiados de su propio bolsillo, recuperó el nombre de Misión: Imposible para construirse un traje a su medida y demostrar que, en una época en la que los músculos estaban de capa caída en Hollywood y que GoldenEye (Martin Campbell, 1995) había recuperado el cine de espías, estaba preparado para ofrecer a la industria un nuevo tipo de héroe de acción. La misión de ustedes como lectores, en caso de que decidan aceptarla, consiste en acompañarme por un repaso a las cuatro películas que constituyen, por el momento, la saga cinematográfica protagonizada por Cruise en el papel de Ethan Hunt. Y... no se preocupen: este post no se autodestruirá en cinco segundos.

LO MEJOR: El chute de adrenalina que
supone el clímax final.
LO PEOR: Esperar de ella una película de
acción imparable, cuando no lo es.
Mission: Impossible (Brian De Palma. Estados Unidos. 1996. 110 minutos) No le pudo ir mejor a Tom Cruise en su estreno como action-hero. Cuando la suerte comercial de las películas de Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y Jean-Claude Van Damme estaba en declive, Cruise aportó savia nueva al cine de acción, produciendo y protagonizando un thriller de espías en el que presentaba a Ethan Hunt, un agente de la FMI (Fuerza Misión Imposible) al que tienden una trampa y ponen en una situación realmente delicada: debe encontrar al topo que ha traicionado a su equipo antes de que sus enemigos acaben con él y las autoridades se le echen encima. La idea resultaba atractiva: retomar una franquicia bien implantada en el imaginario colectivo mediante una serie de películas que serían dirigidas por distintos directores, todos con personalidades bien marcadas, y que sirvieran para constituir un vehículo de lucimiento a mayor gloria de Tom Cruise, interpretando a un espía de alto nivel del siglo XXI, muy alejado del acartonamiento de James Bond y también de los héroes hipermusculados, pero tan astuto y letal en la lucha cuerpo a cuerpo como todos ellos. Brian De Palma fue el encargado de dirigir esta primera entrega y gracias a ella consiguió reactivar de algún modo una carrera que, al menos comercialmente, no estaba rindiendo tanto como antaño (sí artísticamente, ya que no se le puede negar el pan y la sal a dos obras tan rotundas y personales como En nombre de Caín y Atrapado por su pasado). No es de extrañar que la empresa tuviera un resultado satisfactorio para todos los agentes implicados: la película es un muestrario de lo mejor del director, con una utilización algo más controlada del plano secuencia que de costumbre, pero también con una construcción del suspense ejemplar, una planificación excelente y una capacidad para crear tensión ciertamente sobrenatural (la archifamosa secuencia del robo en la sede central de la CIA es para quitarse el sombrero, más allá de su valor icónico). El guión de David Koepp y Robert Towne fue criticado por resultar demasiado intrincado, aunque a decir verdad no cuesta demasiado seguirlo a poco que permanezcamos atentos a lo que sucede en pantalla. Y ese juego de dobles personalidades y máscaras aporta a la película un delicioso regusto camp que refulge en medio de toda esa sofisticación visual a cargo de Stephen H. Burum. Existen, no obstante, algunos problemas de ritmo que impiden un disfrute más continuado y compacto del film, pero todo eso queda casi olvidado gracias a un clímax final que merece ser recordado, por derecho propio, como una de las mejores set-pieces que nos regaló el cine de acción durante la década de los noventa. Es una gran manera de hacer explotar toda la tensión acumulada durante los dos actos anteriores y de dejar al público con ansias de más, algo que no llegaría hasta cuatro años después de la mano de John Woo.



LO MEJOR: Ethan Hunt convertido en
un ser mitológico.
LO PEOR: La languidez del conjunto.
Mission: Impossible II (John Woo. Estados Unidos / Alemania. 2000. 123 minutos) Con la buena respuesta crítica y económica de la primera Mission: Impossible, Cruise, su socia Paula Wagner y la Paramount no tardaron demasiado en dar luz verde a una secuela.  Oliver Stone, el director que otorgó a Cruise su primera nominación al Oscar gracias a Nacido el cuatro de Julio (Born on the fourth of July. 1989) fue la primera opción, pero el eterno rodaje de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) hizo que finalmente se cansara de esperar a su protagonista y se desentendiera del proyecto. Finalmente fue John Woo quien se hizo cargo del mismo. Woo venía de revolucionar el cine de acción gracias a las películas que había filmado en Hong Kong (A better tomorrow, The Killer, Hard-Boiled...), además de haber fabricado algunas de las mejores muestras que el género dio durante los noventa en su aventura americana (Blanco Humano, Broken Arrow y Cara a cara). Su elección trajo consigo una clara vocación por arreglar lo que sus responsables suponían un defecto de la anterior entrega: Robert Towne escribió un guión simplificado al máximo que se puede entender como una respuesta a las críticas que se produjeron al respecto con el primer film, ajustando su historia a una serie de set-pieces que Woo quería dirigir a toda costa. En el libreto, con claras reminiscencias del Encadenados (Notorious. 1946) de Hitchcock, Ethan Hunt tiene que verse las caras con un agente renegado de la FMI que amenaza con aniquilar la población de Sydney mediante la utilización de un virus llamado Quimera. Lo más interesante de la película reside en la manera en la que Woo se deja influenciar por la mitología y sucumbe a lo fantástico en el tercer acto: el héroe y el villano, tomando los nombres del antídoto y el virus que conducen la trama, Belerofonte y Quimera, se convierten casi en semi-dioses enfrentados en una lucha interminable en la que las leyes de la física no tienen ninguna relevancia. Hoy parecen algo anticuadas, pero estas escenas de acción supusieron en su día un impresionante reclamo para la película que fue tomado como ridículo por algunos y como excitante por otros (entre los que me incluyo). Vista hoy, Mission: Impossible II puede aportar poco más que eso, además de suponer la cinta menos interesante que John Woo rodó en EEUU (y, sí, tengo en cuenta las infravaloradas Windtalkers y Paycheck), un pálido reflejo de lo que el director fue capaz de filmar en otras ocasiones y una versión demasiado light de sus constantes temáticas y visuales. Aún así, los más de cuatrocientos millones de dólares que recaudó en todo el mundo fueron motivo suficiente como para que la franquicia siguiera su camino.



LO MEJOR: La secuencia del puente.
LO PEOR: Va perdiendo fuelle a medida
que avanza.
Mission:Impossible III (J.J. Abrams. Estados Unidos / Alemania / China. 2006. 125 minutos) La preproducción de la tercera parte no fue un camino de rosas. En la búsqueda de otro director de prestigio que aportara su sello personal al nuevo capítulo de la franquicia, Cruise contactó con David Fincher, pero éste rechazó la oferta y se dedicó a otros proyectos que no salieron adelante. Entonces el todopoderoso Cruise cambió la táctica: barriendo para casa, decidió contratar los servicios de alguien conocido por él y por la Paramount, un joven  llamado Joe Carnahan que ya había trabajado para ellos en Narc (2002). Sin embargo, Carnahan dio muestras de no amilanarse ante el poder de sus padrinos y abandonó el proyecto por diferencias creativas, dejando a Cruise sin nadie que ocupara la silla de director. Ahí entra J.J. Abrams, conocido por dar arranque a series tan populares como Alias (2001-2006) y Perdidos (2004-2010) y que se convirtió en el responsable de llevar a buen puerto la ópera prima más cara de la historia del cine. Aunque en su día fuimos muchos los que recibimos la elección de Abrams con cierto recelo (más que nada, por desconocimiento de su trabajo previo o por las eternas y cada vez más infundadas manías que algunos sienten hacia el medio televisivo), hay que reconocer que el tiempo ha tratado bien a Mission: Impossible III. Abrams conservó sus rasgos y dotó de humanidad a unos personajes que se ven inmersos en una trama totalmente irrelevante (y que sigue la pista de un mcguffin de los de toda la vida), porque esta vez es personal: Ethan Hunt hará lo impensable por vengar la muerte de una antigua amiga (y ex-pupila dentro de la FMI) y por tratar de evitar que el malvado Owen Davian (escalofriante Philip Seymour Hoffman) asesine a su flamante esposa, a la cual ha raptado. Como telón de fondo está la seguridad internacional, sí, pero el toque Abrams está ahí: por muchas escenas de despachos y por muchas amenazas globales que puedan aparecer, lo que prima en esta tercera parte (co-escrita entre Abrams y dos cómplices habituales como son Alex Kurtzman y Roberto Orci) es el factor humano. Lamentablemente, Abrams todavía estaba algo verde como director de blockbusters y sólo consiguió filmar una secuencia realmente memorable (la del puente), además de mostrarse incapaz de mantener durante todo el metraje el ritmo acelerado de la primera mitad y, especialmente, del prólogo. Aún así, y pese a reconocer que en el momento de su estreno sólo se me ocurrieron maldades para con ella, Mission: Impossible III es una película bastante aceptable que mereció mejor suerte comercial. Aunque gran parte de la culpa de que no respondiese a las expectativas económicas (especialmente en EEUU, donde recaudó menos de lo que costó) reside en el propio Tom y en esa manía de hacer el tonto en los medios de la que hacía gala en esa época. 



LO MEJOR: La parte que transcurre en
Dubai, salvo la tormenta de arena.
LO PEOR: La indigesta mezcla de tonos:
a ratos decadente, a ratos infantil.
Misión Imposible: Protocolo Fantasma (Mission:Impossible - Ghost Protocol. Brad Bird. Estados Unidos. 2011. 132 minutos) A pesar de que su colaboración había resultado ser la menos exitosa de la serie desde un punto de vista financiero, el entendimiento entre J.J. Abrams y Tom Cruise fue lo suficientemente bueno como para que, varios años después, ambos se plantearan continuar con la franquicia juntos. Sin embargo, la agenda cada vez más apretada de Abrams y la sensación de que a Cruise le quedaba ya poco fuelle como estrella de Hollywood sirvieron como acicate para que no se demoraran demasiado en la concreción de una posible Mission: Impossible IV. Tras tantear a talentos emergentes como Ruben Fleischer y Edgar Wright, la noticia de que la responsabilidad caería finalmente sobre los hombros de Brad Bird, hasta ahora autor de cine de animación, supuso toda una sorpresa que algunos no encajaron demasiado bien. Sin embargo, los fans de Bird sabían que era un tipo muy preparado para concebir secuencias de acción, como ya había demostrado en El gigante de hierro (The Iron Giant. 1999) y Los Increíbles (The Incredibles. 2004). Lo que no sospechábamos es que Bird se traería consigo el tono ligero de sus películas animadas, convirtiendo esta Misión Imposible: Protocolo Fantasma en la entrega más infantil, paródica e inofensiva de toda la serie. Este tono se agradece en momentos puntuales como la secuencia del pasillo y la "pantalla mágica", pero termina siendo inconveniente para una película de acción que pide a gritos algo más de intensidad y a la que le sobra esa pátina decadente que la sitúa a la misma (baja) altura que la de cualquier aventura de James Bond del montón (sensación potenciada por ese anticuado guión de Josh Appelbaum y André Nemec sobre rusos y misiles nucleares que le sentaría bien a la serie original de televisión, pero no a la cinematográfica), lo cual no puede estar más alejado de las intenciones iniciales con las que arrancó la saga de Mission: Impossible. Para colmo, Ethan Hunt pierde protagonismo y tiene que ver cómo sus compañeros de equipo protagonizan algunos momentos que él habría hecho en las entregas anteriores, y que aquí se limita a supervisar, de cara a su posible reemplazo como protagonista por el nuevo agente Brandt (el soso Jeremy Renner). Esta Protocolo Fantasma cumple como entretenimiento si no somos demasiado intransigentes, pero es, junto con la segunda parte, el punto más bajo que ha alcanzado la saga y, quizá, la responsable de que se haga urgente un replanteamiento de intenciones, protagonistas y estilos si alguien decide proseguir la serie con nuevos episodios.

22 abr 2011

En Serie: La saga 'Scream'


A mediados de los noventa, el cine de terror se hallaba en uno de sus peores momentos: apenas se estrenaban películas del género en los cines y, cuando llegaba alguna, se trataba de algún producto mediocre distribuido para rellenar cartelera o de alguna cinta descafeinada concebida para agradar al mayor número posible de espectadores y no ofender a nadie. Los vítores con los que fue recibida Jóvenes y brujas supusieron un toque de atención para los productores de Hollywood: quizá el público adolescente estaba esperando la oportunidad de descubrir a nuevos psicópatas y de disfrutar de cintas de terror teenager que no fueran secuelas tardías de éxitos lejanos y que, más importante, no les trataran como tontos. Antes de que Jóvenes y brujas llegara a las pantallas ya se estaba gestando la cinta que marcaría un punto y aparte en la industria del cine en cuanto a terror se refiere: un guión escrito por un tal Kevin Williamson y titulado Scary Movie había sido adquirido por los hermanos Weinstein y estaba siendo filmado por una leyenda viva del género que se encontraba de capa caída, Wes Craven. En diciembre de 1996 (en España tuvimos que esperar hasta abril de 1997), la película se estrenaba con el nombre de Scream y revitalizaba un subgénero, el terror adolescente, que ansiaba sangre nueva. Con la cuarta entrega de la serie en las salas, es un buen momento para repasar lo que ha sido esta saga. Aléjense de las máscaras de carnaval, no cojan el teléfono y prepárense para gritar. 

LO MEJOR: El magistral prólogo.
LO PEOR: Los excesos de verborrea made
in Kevin Williamson.
Scream - Vigila quién llama (Scream. Wes Craven. Estados Unidos. 1996. 111 minutos) Una misteriosa voz al otro lado del teléfono pregunta "¿Cuál es tu película de terror favorita?". Sidney Prescott (Neve Campbell) ha vivido una historia de terror real: su madre fue asesinada un año atrás y ahora alguien, coincidiendo con el aniversario de tan trágico acontecimiento, está intentando acabar también con ella... En el momento de su estreno, Scream llegaba con la promesa de ser una revolución en el género, la película que reverdecería el interés por el cine de asesinos en serie en clave juvenil. Y así fue, aunque con un matiz importante: si hasta entonces los éxitos del terror habían seguido una fórmula inalterable, llena de lugares comunes que debían ser respetados para que el público fiel se sintiera cómodo con la propuesta, después de Scream se apreció una clara tendencia hacia el metalenguaje, la autoparodia y la ironía galopante, como quedaría patente en divertimentos posteriores como Sé lo que hicisteis el último verano (I know what you did last summer. Jim Gillespie, 1997) o Leyenda urbana (Urban legend. Jamie Blanks, 1998), aunque ninguno llegaría a los niveles de sofisticación del largometraje de Wes Craven. El guión de Kevin Williamson estaba lleno de tópicos, pero se permitía el lujo de reflexionar sobre ellos en lugar de simplemente explotarlos, cuestionando las reglas del género y dejándolas en evidencia al mismo tiempo que las respetaba casi con religiosidad. Quizá su mayor valía resida en que funciona en ambos términos: como thriller de terror, lleno de asesinatos espectaculares, falsos culpables, giros de guión y suspense de alta tensión, la película es totalmente válida y aún hoy conseguiría asustar y poner nervioso a quien no la hubiera visto todavía; pero como ejercicio referencial, como juguete posmoderno y summa de todo lo que nos gusta del slasher (salvo las tetas, que aquí no se ven por ningún lado aunque se hable de ellas), Scream resulta más eficaz aún, ya que presenta un caudal de guiños para el fan veterano del terror que amplifican el placer del visionado, además de potenciar la sensación de estar ante un regalo en forma de película, un premio inesperado para los que en la época en la que se estrenó la cinta ya andaban hastiados de tanta repetición y no podían soñar con que alguien, y menos con el responsable de clásicos como Las colinas tienen ojos (The hills have eyes. 1977) y Pesadilla en Elm Street (A nightmare on Elm Street. 1984) tras las cámaras, se atrevería a poner patas arriba los resortes del género que un día amaron y del que ya comenzaban a aburrirse. Scream, vista hoy, y a tenor de lo mucho que fue explotada y parodiada a continuación (cuando en realidad ya era una parodia en sí misma), puede parecer anticuada o falta de gracia, especialmente porque los mismos diálogos escritos por Kevin Williamson que nos parecieron chispeantes en ese instante ahora nos pueden resultar algo cargantes, pero hagan la prueba: pónganle la cinta a alguien que, por lo que sea, aún no la haya visto y ya me dirán si sigue funcionando como película de terror o no



LO MEJOR: La tensa secuencia del coche.
LO PEOR: El momento en el que se descu-
bre el pastel y nos da la bajona.
Scream 2 (Scream 2. Wes Craven. Estados Unidos. 1997. 120 minutos) Los supervivientes de la primera película han abandonado su Woodsboro natal y ahora se reencuentran en la Universidad donde estudia Sidney, después de que tras el estreno de Puñalada, cinta basada en el libro que escribió Gale Weathers (Courteney Cox) sobre los asesinatos ocurridos en la anterior entrega, vuelvan a aparecer cadáveres a manos de alguien que pretende seguir los pasos de Ghostface. En una escena de la película, Randy (Jamie Kennedy) expone que todas las secuelas deben seguir una serie de normas, entre ellas que debe haber más asesinatos que en la primera parte y que las escenas deben ser más elaboradas. Con esa sentencia en el guión de Kevin Williamson, a Wes Craven no le quedó más remedio que intentar hacer una secuela más terrorífica, más sangrienta y más espectacular. No se puede decir que consiga lo primero, ya que el factor sorpresa se ha esfumado y la fórmula para crear suspense se repite sin alteraciones (llamada/acoso/asesinato), pero sí estamos ante una secuela más grande y ambiciosa que la anterior, con más escenas de terror y más posibles asesinos. Aunque esta vez el guión queda en evidencia en varias ocasiones por culpa de su interés en repetir el esquema que tan bien funcionó en Scream. Así, la necesidad de contar con un prólogo impactante que estuviera a la altura de la secuencia que abría la saga, y que casi puede ser considerada la mejor de toda la serie, obliga a introducir otra escena de presentación en la que mueren unos personajes que no tienen nada que ver con el resto y en la que ya queda claro que todo va a ser más exagerado, más grandilocuente y teatral, pero lo cierto es que no llega a superar el impacto de la set-piece protagonizada por Drew Barrymore. También fracasa en el clímax, o más concretamente cuando se descubre quién (o quiénes) está(n) detrás de la nueva masacre y el porqué, tirando por tierra la simplicidad de la que se hablaba en la primera parte y desvelando una mayor torpeza a la hora de jugar al despiste con el espectador, ya que da la sensación de ser una solución de última hora y no algo tan premeditado como había ocurrido en la cinta previa. De hecho, lo que ocurrió realmente debió andar por ahí: una versión del guión inicial fue filtrada y Williamson se vio obligado a escribir varios finales distintos, con diferentes asesinos, así que las motivaciones finales que se presentan resultan menos satisfactorias y creíbles, más caprichosas que deliberadas. Aún así, Scream 2 es una buena secuela, está filmada con energía y sentido del humor, aunque a veces se pierda en sus intenciones de ser el slasher definitivo



LO MEJOR: La ambientación hollywoodiense
y los (falsos) elementos sobrenaturales.
LO PEOR: El evidente desgaste de Ghostface.
Scream 3 (Scream 3. Wes Craven. Estados Unidos. 2000. 116 minutos) Para esconderse de posibles nuevos aspirantes a psicópatas enmascarados, Sidney vive alejada en el campo bajo una identidad falsa y sólo tiene contacto directo con su padre. Cuando Cotton Weary (Liev Schreiber) es atacado por alguien disfrazado de Ghostface, que además pretende asesinar a los que participan en el rodaje de Puñalada 3, dejando una foto de una joven Maureen Prescott (la madre de Sidney) sobre cada cadáver, la joven no tiene más remedio que reunirse (otra vez) con Gale Weathers y el ex-sheriff Dewey (David Arquette) para enfrentarse a la nueva amenaza. Injustamente vilipendiada en su momento, quizá porque el entonces respetado Kevin Williamson había sido sustituido en el guión por Ehren Kruger, Scream 3 es una película que podemos reivindicar, no con mucho entusiasmo pero sí con motivos suficientes como para que deje de ser considerada un fracaso total o una película cualitativamente demasiado alejada de los logros de las dos primeras. Es cierto que en ella ya se aprecia un evidente desgaste de la fórmula y que la figura de Ghostface ya no resulta tan amenazante (sólo cinco meses después se estrenaría Scary Movie y convertiría al personaje, ya oficialmente, en motivo de risa), pero el hecho de estar ambientada en Hollywood le aporta un aliciente extra, al transcurrir parte de sus escenas en réplicas de los escenarios donde sucedieron los hechos de la primera parte. Además, y aunque finalmente se desvele como un truco de guión, aparecen elementos sobrenaturales que le sientan bien a un argumento que gira en torno al pasado de Sidney y de los fantasmas que arrastra. Lo malo es que el final, una vez más, vuelve a estar cogido con pinzas y la identidad del asesino resulta otra vez relativamente decepcionante, algo de lo que muy probablemente tiene la culpa el hecho de que el guión no estuviera finalizado cuando comenzaron a rodar y Kruger tuviera que escribir varios finales y reescribir diálogos y situaciones a marchas forzadas. Algo de este caos queda reflejado en la cinta, así como la desgana de algunos de sus responsables: Wes Craven aceptó dirigir la película a cambio de que Miramax le dejara dirigir antes el drama Música del corazón (Music of the heart. 1999), algo que queda patente en la poca fuerza con la que filma algunos de los asesinatos en comparación con las dos entregas previas, mientras que Neve Campbell, que andaba ocupada buscando otros retos interpretativos, firmó un contrato según el cual no estaría en el set de rodaje más de veinte días (lo cual explica que aparezca menos y que, sorprendentemente, buena parte del clímax final transcurra sin su presencia). Con esta película pensaban que cumplían y que se podrían deshacer de Ghostface para siempre, pero ignoraban que once años después sus carreras no habrían tomado el rumbo que ellos quisieran y que aceptarían un tardío Scream 4...



LO MEJOR: Consigue despistarnos y es
capaz de crear momentos de alta tensión.
LO PEOR: Que el público joven le dé la
espalda por desconocer la trilogía original.
Scream 4 (Scream 4. Wes Craven. Estados Unidos. 2011. 111 minutos) ... y entonces ocurrió lo inesperado: Scream 4 es la mejor secuela de toda la serie, una divertidísima, tensa y sangrienta película de terror que insufla vida a una saga que parecía muerta y enterrada y que vuelve a relucir como no lo hacía desde su primera parte. El argumento es tan sencillo que casi da cosica escribirlo: Sidney Prescott ha triunfado como escritora de libros de autoayuda y, como parte de la gira promocional, regresa a Woodsboro coincidiendo con el aniversario de la primera matanza a la que sobrevivió. Dewey es ahora el Sheriff y vive con su esposa Gale, quien no es capaz de relanzar su carrera como periodista mediática. Nada más pisar su pueblo natal, Sidney ve cómo se vuelve a desencadenar una matanza...  Y así, con esa premisa tan rutinaria que hacía temer lo peor, como que estuviéramos simplemente ante un intento desesperado por parte de su director, su guionista (otra vez Kevin Williamson, aunque al parecer Ehren Kruger también ha reescrito algunas líneas) y sus protagonistas de volver a tener un éxito en sus carreras, comienza un festival de sustos, gore (es la más explícita de la saga en ese sentido), asesinatos y humor negro, ahora con el leitmotiv de los reboots y los remakes y con las redes sociales en el punto de mira. Y lo mejor de todo es que, aunque parezca una mera estrategia comercial que pasa por la renovación de reparto, aportando un cambio generacional en forma de nuevos rostros adolescentes (entre los que destacan por varios motivos Hayden Panettiere, Rory Culkin y Emma Roberts), el verdadero mensaje de la película es el siguiente: "Respeta siempre al original". Así, el número de autoreferencias aumenta y también posibilita que los giros de guión sean más insospechados, por cuanto consiguen dar la vuelta a conceptos ya manejados con anterioridad y que aquí son llevados a nuevos territorios. Además, el final resulta sorprendente y emocionante, algo que supone una novedad para la saga (ya que los finales de las entregas dos y tres eran francamente decepcionantes) y casi para la filmografía de Wes Craven, puesto que todos conocemos su tendencia a estropear los logros de algunas de sus películas por culpa de tramos finales demasiado exagerados o que rompen con el tono del metraje anterior. Aunque aquí también se produzca (y no puedo decir mucho más sin desvelar nada), esa rotura tonal y ese final paroxístico resultan por una vez apropiados y sirven como colofón perfecto para una película vibrante  a la que, aparte de algún bajón de ritmo y de durar algunos minutos más de lo necesario, sólo se le puede reprochar el hecho de no haber llegado antes