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Mostrando entradas con la etiqueta J.J. Abrams. Mostrar todas las entradas
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4 ene 2012

Lo mejor de 2011.


Llegó el momento de ajustar cuentas con lo que ha sido 2011 desde un punto de vista cinematográfico. Aquí tienen mi resumen con lo mejor que se ha estrenado en las salas de cine españolas durante 2011, siempre desde el criterio de un humilde servidor, claro está. Un artículo publicado originalmente en el último número de la edición impresa de Crónicas de un Pueblo.

El año se ha acabado y, como siempre, uno tiende a hacer balance. Como el tiempo apremia y tampoco hay mucho espacio, voy a obviar las decepciones de 2011 (que también las hubo) y voy a centrarme en recomendarles mis diez películas favoritas de este año: 

1) ATTACK THE BLOCK (Joe Cornish), por su habilidad para sorprender y convertirse en un cóctel irresistible de mis géneros favoritos: acción, terror, ciencia-ficción y comedia adolescente. 

2) SUPER 8 (J.J. Abrams), por reivindicar el poder de la imaginación en la infancia y por homenajear tanto al cine familiar de Steven Spielberg como a la Serie B de monstruos, algo de lo que muchos parecieron no darse cuenta. 

3) DRIVE (Nicolas Winding Refn), por su hipnótica perfección audiovisual y por ser una de las historias de amor más bellas (y bestias) que he visto en mucho tiempo, además de un retrato desolador sobre la figura del héroe trágico. Y por una banda sonora impecable. 

4) EL ORIGEN DEL PLANETA DE LOS SIMIOS (Rupert Wyatt), por conseguir romper las barreras de prejuicios que se habían erigido en torno a ella y por mezclar con pasmosa destreza la reflexión social y el espectáculo. 

5) MIDNIGHT IN PARIS (Woody Allen), por recuperar al mejor Allen, el de las historias amables con un poso amargo y mucho humor, el de la magia, los personajes inolvidables y las réplicas ingeniosas. 

6) CRAZY, STUPID, LOVE (Glenn Ficarra y John Requa), por su amplio reparto en estado de gracia, la manera en la que consigue hilar varias tramas paralelas y hacerlas confluir de manera inteligente e hilarante. 

7) INSIDIOUS (James Wan), porque aunque se estrenara con casi un año de retraso aquí, sigue siendo la película de terror más inquietante y poderosa que llegó a nuestras pantallas en 2011. 

8) LAS AVENTURAS DE TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO (Steven Spielberg), por recuperar al Spielberg que amamos, al que sabe dirigir secuencias de acción que quitan el aliento y sabe contar trepidantes relatos de aventuras. 

9) SED DE VENGANZA (George Tillman Jr.), por ir más allá de lo que se le pide y traspasar el umbral de película al servicio de Dwayne “The Rock” Johnson para convertirse en algo si cabe más interesante: una película de acción hecha con las tripas y con el cerebro. 

10) LA PIEL QUE HABITO (Pedro Almodóvar), por devolvernos al Almodóvar más exagerado y acercarse al género fantástico sin perder ni un ápice de su personalidad. Hay otras que se quedan en el tintero y también muchas a las que habría que darle cera pero, como me recuerda mi tío, a veces es mejor recomendar antes que ponerse a quejarse de todo. Feliz 2012.

2 ene 2012

En Serie: La saga 'Misión Imposible'


El 17 de Septiembre de 1966, el público norteamericano que sintonizaba la CBS veía por primera vez una imagen que, acompañada de una música rimbombante, se convertiría en un rápido icono pop: la de una mano que, con una cerilla y al compás de la sintonía inmortal compuesta por Lalo Schifrin, encencía una mecha que le llevaba directo a una serie de aventuras de espionaje y acción que le mantendría pegado a la pantalla hasta que dejó de emitirse el 30 de Marzo de 1973. Creada por Bruce Geller, Misión: Imposible  recogía el clima de paranoia que se vivía en plena Guerra Fría y presentaba las peripecias de una agencia de espías que luchaba por mantener el mundo a salvo, generalmente de la invasión comunista. Tuvo que pasar más de una década para que Jim Phelps (Peter Graves) volviera a la acción, concretamente hasta 1988, pero en esta ocasión la serie sólo aguantó dos temporadas en antena, siendo cancelada en 1990. Seis años después, un Tom Cruise en la cima de su popularidad, convertido en el actor más taquillero de Hollywood y con la capacidad de levantar proyectos financiados de su propio bolsillo, recuperó el nombre de Misión: Imposible para construirse un traje a su medida y demostrar que, en una época en la que los músculos estaban de capa caída en Hollywood y que GoldenEye (Martin Campbell, 1995) había recuperado el cine de espías, estaba preparado para ofrecer a la industria un nuevo tipo de héroe de acción. La misión de ustedes como lectores, en caso de que decidan aceptarla, consiste en acompañarme por un repaso a las cuatro películas que constituyen, por el momento, la saga cinematográfica protagonizada por Cruise en el papel de Ethan Hunt. Y... no se preocupen: este post no se autodestruirá en cinco segundos.

LO MEJOR: El chute de adrenalina que
supone el clímax final.
LO PEOR: Esperar de ella una película de
acción imparable, cuando no lo es.
Mission: Impossible (Brian De Palma. Estados Unidos. 1996. 110 minutos) No le pudo ir mejor a Tom Cruise en su estreno como action-hero. Cuando la suerte comercial de las películas de Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y Jean-Claude Van Damme estaba en declive, Cruise aportó savia nueva al cine de acción, produciendo y protagonizando un thriller de espías en el que presentaba a Ethan Hunt, un agente de la FMI (Fuerza Misión Imposible) al que tienden una trampa y ponen en una situación realmente delicada: debe encontrar al topo que ha traicionado a su equipo antes de que sus enemigos acaben con él y las autoridades se le echen encima. La idea resultaba atractiva: retomar una franquicia bien implantada en el imaginario colectivo mediante una serie de películas que serían dirigidas por distintos directores, todos con personalidades bien marcadas, y que sirvieran para constituir un vehículo de lucimiento a mayor gloria de Tom Cruise, interpretando a un espía de alto nivel del siglo XXI, muy alejado del acartonamiento de James Bond y también de los héroes hipermusculados, pero tan astuto y letal en la lucha cuerpo a cuerpo como todos ellos. Brian De Palma fue el encargado de dirigir esta primera entrega y gracias a ella consiguió reactivar de algún modo una carrera que, al menos comercialmente, no estaba rindiendo tanto como antaño (sí artísticamente, ya que no se le puede negar el pan y la sal a dos obras tan rotundas y personales como En nombre de Caín y Atrapado por su pasado). No es de extrañar que la empresa tuviera un resultado satisfactorio para todos los agentes implicados: la película es un muestrario de lo mejor del director, con una utilización algo más controlada del plano secuencia que de costumbre, pero también con una construcción del suspense ejemplar, una planificación excelente y una capacidad para crear tensión ciertamente sobrenatural (la archifamosa secuencia del robo en la sede central de la CIA es para quitarse el sombrero, más allá de su valor icónico). El guión de David Koepp y Robert Towne fue criticado por resultar demasiado intrincado, aunque a decir verdad no cuesta demasiado seguirlo a poco que permanezcamos atentos a lo que sucede en pantalla. Y ese juego de dobles personalidades y máscaras aporta a la película un delicioso regusto camp que refulge en medio de toda esa sofisticación visual a cargo de Stephen H. Burum. Existen, no obstante, algunos problemas de ritmo que impiden un disfrute más continuado y compacto del film, pero todo eso queda casi olvidado gracias a un clímax final que merece ser recordado, por derecho propio, como una de las mejores set-pieces que nos regaló el cine de acción durante la década de los noventa. Es una gran manera de hacer explotar toda la tensión acumulada durante los dos actos anteriores y de dejar al público con ansias de más, algo que no llegaría hasta cuatro años después de la mano de John Woo.



LO MEJOR: Ethan Hunt convertido en
un ser mitológico.
LO PEOR: La languidez del conjunto.
Mission: Impossible II (John Woo. Estados Unidos / Alemania. 2000. 123 minutos) Con la buena respuesta crítica y económica de la primera Mission: Impossible, Cruise, su socia Paula Wagner y la Paramount no tardaron demasiado en dar luz verde a una secuela.  Oliver Stone, el director que otorgó a Cruise su primera nominación al Oscar gracias a Nacido el cuatro de Julio (Born on the fourth of July. 1989) fue la primera opción, pero el eterno rodaje de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999) hizo que finalmente se cansara de esperar a su protagonista y se desentendiera del proyecto. Finalmente fue John Woo quien se hizo cargo del mismo. Woo venía de revolucionar el cine de acción gracias a las películas que había filmado en Hong Kong (A better tomorrow, The Killer, Hard-Boiled...), además de haber fabricado algunas de las mejores muestras que el género dio durante los noventa en su aventura americana (Blanco Humano, Broken Arrow y Cara a cara). Su elección trajo consigo una clara vocación por arreglar lo que sus responsables suponían un defecto de la anterior entrega: Robert Towne escribió un guión simplificado al máximo que se puede entender como una respuesta a las críticas que se produjeron al respecto con el primer film, ajustando su historia a una serie de set-pieces que Woo quería dirigir a toda costa. En el libreto, con claras reminiscencias del Encadenados (Notorious. 1946) de Hitchcock, Ethan Hunt tiene que verse las caras con un agente renegado de la FMI que amenaza con aniquilar la población de Sydney mediante la utilización de un virus llamado Quimera. Lo más interesante de la película reside en la manera en la que Woo se deja influenciar por la mitología y sucumbe a lo fantástico en el tercer acto: el héroe y el villano, tomando los nombres del antídoto y el virus que conducen la trama, Belerofonte y Quimera, se convierten casi en semi-dioses enfrentados en una lucha interminable en la que las leyes de la física no tienen ninguna relevancia. Hoy parecen algo anticuadas, pero estas escenas de acción supusieron en su día un impresionante reclamo para la película que fue tomado como ridículo por algunos y como excitante por otros (entre los que me incluyo). Vista hoy, Mission: Impossible II puede aportar poco más que eso, además de suponer la cinta menos interesante que John Woo rodó en EEUU (y, sí, tengo en cuenta las infravaloradas Windtalkers y Paycheck), un pálido reflejo de lo que el director fue capaz de filmar en otras ocasiones y una versión demasiado light de sus constantes temáticas y visuales. Aún así, los más de cuatrocientos millones de dólares que recaudó en todo el mundo fueron motivo suficiente como para que la franquicia siguiera su camino.



LO MEJOR: La secuencia del puente.
LO PEOR: Va perdiendo fuelle a medida
que avanza.
Mission:Impossible III (J.J. Abrams. Estados Unidos / Alemania / China. 2006. 125 minutos) La preproducción de la tercera parte no fue un camino de rosas. En la búsqueda de otro director de prestigio que aportara su sello personal al nuevo capítulo de la franquicia, Cruise contactó con David Fincher, pero éste rechazó la oferta y se dedicó a otros proyectos que no salieron adelante. Entonces el todopoderoso Cruise cambió la táctica: barriendo para casa, decidió contratar los servicios de alguien conocido por él y por la Paramount, un joven  llamado Joe Carnahan que ya había trabajado para ellos en Narc (2002). Sin embargo, Carnahan dio muestras de no amilanarse ante el poder de sus padrinos y abandonó el proyecto por diferencias creativas, dejando a Cruise sin nadie que ocupara la silla de director. Ahí entra J.J. Abrams, conocido por dar arranque a series tan populares como Alias (2001-2006) y Perdidos (2004-2010) y que se convirtió en el responsable de llevar a buen puerto la ópera prima más cara de la historia del cine. Aunque en su día fuimos muchos los que recibimos la elección de Abrams con cierto recelo (más que nada, por desconocimiento de su trabajo previo o por las eternas y cada vez más infundadas manías que algunos sienten hacia el medio televisivo), hay que reconocer que el tiempo ha tratado bien a Mission: Impossible III. Abrams conservó sus rasgos y dotó de humanidad a unos personajes que se ven inmersos en una trama totalmente irrelevante (y que sigue la pista de un mcguffin de los de toda la vida), porque esta vez es personal: Ethan Hunt hará lo impensable por vengar la muerte de una antigua amiga (y ex-pupila dentro de la FMI) y por tratar de evitar que el malvado Owen Davian (escalofriante Philip Seymour Hoffman) asesine a su flamante esposa, a la cual ha raptado. Como telón de fondo está la seguridad internacional, sí, pero el toque Abrams está ahí: por muchas escenas de despachos y por muchas amenazas globales que puedan aparecer, lo que prima en esta tercera parte (co-escrita entre Abrams y dos cómplices habituales como son Alex Kurtzman y Roberto Orci) es el factor humano. Lamentablemente, Abrams todavía estaba algo verde como director de blockbusters y sólo consiguió filmar una secuencia realmente memorable (la del puente), además de mostrarse incapaz de mantener durante todo el metraje el ritmo acelerado de la primera mitad y, especialmente, del prólogo. Aún así, y pese a reconocer que en el momento de su estreno sólo se me ocurrieron maldades para con ella, Mission: Impossible III es una película bastante aceptable que mereció mejor suerte comercial. Aunque gran parte de la culpa de que no respondiese a las expectativas económicas (especialmente en EEUU, donde recaudó menos de lo que costó) reside en el propio Tom y en esa manía de hacer el tonto en los medios de la que hacía gala en esa época. 



LO MEJOR: La parte que transcurre en
Dubai, salvo la tormenta de arena.
LO PEOR: La indigesta mezcla de tonos:
a ratos decadente, a ratos infantil.
Misión Imposible: Protocolo Fantasma (Mission:Impossible - Ghost Protocol. Brad Bird. Estados Unidos. 2011. 132 minutos) A pesar de que su colaboración había resultado ser la menos exitosa de la serie desde un punto de vista financiero, el entendimiento entre J.J. Abrams y Tom Cruise fue lo suficientemente bueno como para que, varios años después, ambos se plantearan continuar con la franquicia juntos. Sin embargo, la agenda cada vez más apretada de Abrams y la sensación de que a Cruise le quedaba ya poco fuelle como estrella de Hollywood sirvieron como acicate para que no se demoraran demasiado en la concreción de una posible Mission: Impossible IV. Tras tantear a talentos emergentes como Ruben Fleischer y Edgar Wright, la noticia de que la responsabilidad caería finalmente sobre los hombros de Brad Bird, hasta ahora autor de cine de animación, supuso toda una sorpresa que algunos no encajaron demasiado bien. Sin embargo, los fans de Bird sabían que era un tipo muy preparado para concebir secuencias de acción, como ya había demostrado en El gigante de hierro (The Iron Giant. 1999) y Los Increíbles (The Incredibles. 2004). Lo que no sospechábamos es que Bird se traería consigo el tono ligero de sus películas animadas, convirtiendo esta Misión Imposible: Protocolo Fantasma en la entrega más infantil, paródica e inofensiva de toda la serie. Este tono se agradece en momentos puntuales como la secuencia del pasillo y la "pantalla mágica", pero termina siendo inconveniente para una película de acción que pide a gritos algo más de intensidad y a la que le sobra esa pátina decadente que la sitúa a la misma (baja) altura que la de cualquier aventura de James Bond del montón (sensación potenciada por ese anticuado guión de Josh Appelbaum y André Nemec sobre rusos y misiles nucleares que le sentaría bien a la serie original de televisión, pero no a la cinematográfica), lo cual no puede estar más alejado de las intenciones iniciales con las que arrancó la saga de Mission: Impossible. Para colmo, Ethan Hunt pierde protagonismo y tiene que ver cómo sus compañeros de equipo protagonizan algunos momentos que él habría hecho en las entregas anteriores, y que aquí se limita a supervisar, de cara a su posible reemplazo como protagonista por el nuevo agente Brandt (el soso Jeremy Renner). Esta Protocolo Fantasma cumple como entretenimiento si no somos demasiado intransigentes, pero es, junto con la segunda parte, el punto más bajo que ha alcanzado la saga y, quizá, la responsable de que se haga urgente un replanteamiento de intenciones, protagonistas y estilos si alguien decide proseguir la serie con nuevos episodios.

14 sept 2011

'Super 8'

(Super 8. J.J. Abrams. Estados Unidos. 2011. 112 minutos) Uno de los deportes favoritos de este verano que va a terminar ha sido meterse con Super 8, generalmente con frases que vienen a decir más o menos lo siguiente: "No está mal, pero el final es una mierda" o, directamente, "Es una puta basura y yo quería ver una secuela de Monstruoso". A los que han pronunciado lo primero, les diría que no han entendido prácticamente nada de la película y que no sé muy bien cómo querían que terminara, si con la manida maniobra de destrucción de la amenaza por parte de los humanos o con la posibilidad de una secuela directa que les explicara algo más. Además, me resulta realmente complicado discernir a partir de qué momento la película deja de molar y se convierte en algo ñoño, como ellos afirman, cuando ese tono emotivo está presente a lo largo de todo el metraje y, por si fuera poco, en el último tercio de la cinta se concentran algunas de sus mejores secuencias. A los que han soltado pestes sobre la cinta de Abrams juzgándola a partir de las expectativas que habían puesto en ella, y que tenían más que ver con sus ganas de ver una posible segunda parte de Cloverfield que con su capacidad para adentrarse en una historia distinta e independiente de aquella (por mucho que el amigo J.J. esté involucrado en ambas), les pediría que se dejaran de teorías pajilleras y abriesen un poco su mente, más que nada porque debe resultar para ellos agotador y frustrante aguantar dos horas sufriendo una lucha interna entre lo que deseaban ver antes de sentarse en la butaca y lo que se está proyectando sobre la pantalla de cine. Así que relájense. Y recuerden: si Cloverfield 2 no se hace realidad, no pasa nada, la vida continúa a pesar de ello...

LO MEJOR: Su potencial de film de culto. El corto que se
exhibe en mitad de los créditos finales.
LO PEOR: Que se haya puesto de moda despellejarla.
Existe también un tercer grupo de posibles damnificados por el Efecto Super 8, compuesto esta vez por miembros que me parecen más respetables y cuya queja sobre la película de Abrams, sin dejar de ser injusta, sí resulta algo más comprensible. Hablo de aquellos que, nacidos a finales de los setenta y principios de los ochenta, han crecido con el tipo de cine al que Super 8 pretende homenajear, centrándose sobre todo en la producción Amblin auspiciada por Steven Spielberg, pero también en el grueso de la Serie B de monstruos de la época y en las películas caseras que futuros cineastas filmaban en sus patios con las cámaras de sus padres. Este grupo de espectadores afirma haber echado en falta algo de la magia que aquellas producciones poseían, pero no nos engañemos: Super 8 tiene tanto sentido de la maravilla como cualquiera de nuestras películas favoritas de la década de los ochenta, sus personajes están tan bien construidos como en aquellas (o incluso mejor, además de estar interpretados de manera impecable por su joven reparto) y de haber sido filmada hace veinticinco años, hoy estaría en el mismo altar en el que muchos sitúan Los Goonies o Exploradores, con las que, dicho sea de paso, no tiene tanto en común como algunos piensan. Si hay algo que reprochar a este largometraje es que, en algunas ocasiones, se le notan ciertas costuras a un guión que proviene de dos ideas diferentes y que no siempre están bien cohesionadas (por un lado, la historia centrada en el ataque de un alienígena a una pequeña población norteamericana, por otro, la historia de unos jóvenes que quieren hacer películas y tienen que enfrentarse a la madurez a marchas forzadas), sin que ello suponga que exista demasiada descompensación entre las mismas. Por lo demás, y dejando a un lado minucias como alguna que otra exageración o incoherencia sin importancia (ver cómo la camioneta está casi intacta, por ejemplo, después del caos que monta al chocar contra el tren) o su poco sutil mensaje anti-drogas (que no tiene por qué ser un defecto per se, a no ser que ustedes se pongan hasta el ojete de todo), Super 8 es una película a reivindicar desde ya, un título que debemos rescatar de la incomprensión con la que ha sido recibido y que, aviso, gana enteros con un segundo visionado, que es algo que no se puede decir de muchos estrenos. Así que admitámoslo: el problema está en nosotros, que no somos los mismos que éramos en 1985, hemos perdido parte de la capacidad para sorprendernos y (creemos que) estamos de vuelta de todo. Y de eso Super 8 no tiene ninguna culpa.

2 abr 2010

Vacaciones en el paraíso


Haber decidido que este blog iba a ser sólo un blog de cine era arriesgado por dos motivos: primero, por el escaso número de visitas que tendría una bitácora dedicada exclusivamente a la crítica cinematográfica dirigida a lectores pensantes; segundo, porque la falta de tiempo para ver películas conlleva la inexistencia de nuevos posts. Esos eran dos factores que tenía asumidos y a los que me enfrentaba voluntariamente. Lo que no entraba en mis planes era que me pondría a ver 'Perdidos' desde el episodio 1 y quedaría enganchado de tal modo que no me apeteciera ver otra cosa. Por eso he tenido que hablar de una serie de televisión en Crónicas de un pueblo, en una sección que tiene por nombre 'Crónicas cinéfagas'... Varios apuntes: desde que escribí el artículo hasta que ha aparecido publicado he podido ver algunos títulos de los que ya daré cuenta por aquí, sigo sin ver 'Agora' ni 'En tierra hostil' y lo que escribí para WeLoveCinema sigue inédito.

La actualidad cinematográfica se halla en un momento propicio para que este mes les hablara de varios temas interesantes: el triunfo en los Goya de la maravillosa CELDA 211 sobre ÁGORA (que no he visto ni pienso ver); el de EN TIERRA HOSTIL (que todavía no he visto pero quiero ver) en los Oscar sobre AVATAR (que en maldita hora padecí); la llegada de las proyecciones tridimensionales al cine Conquistadores de Badajoz, con lo cual ya no será necesario desplazarse hasta Mérida o Almendralejo para ver en 3D FURIA DE TITANES o ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS… También una serie de estrenos apetecibles a priori y que han llegado de golpe a nuestras pantallas (AL LÍMITE, DAYBREAKERS, THE LOVELY BONES, GREEN ZONE – DISTRITO PROTEGIDO, EL LIBRO DE ELI, DESDE PARÍS CON AMOR, SHUTTER ISLAND…). Lástima que no haya visto ninguno de ellos. De hecho, no voy al cine desde el mes pasado, cuando salí asqueado de ver aquel HOMBRE LOBO del que ya les hablé. Y en casa apenas he vuelto a ver algunos títulos, bien por encargo (para un artículo que me han pedido para la web www.welovecinema.es que quizá ya esté on-line cuando tengan este número del Crónicas en sus manos) o para acompañar a algún familiar. ¿Qué ocurre? ¿Acaso he perdido interés por el cine? ¿Acaso he dejado de ser yo? Nada de eso, digamos que me he tomado unas vacaciones... en una isla (semi)desierta acompañado de un puñado de supervivientes de un accidente aéreo: los pasajeros del vuelo Oceanic 815.
Efectivamente, les hablo de PERDIDOS. De un tiempo a esta parte, todo mi tiempo de ocio ha sido empleado en disfrutar de esta serie, probablemente el fenómeno televisivo de mayor impacto que podremos presenciar en muchos años (si no contamos la nariz nueva de la Esteban), un producto que ha marcado un antes y un después en la ficción televisiva y blablablá, ya saben, todo eso que se escribe por ahí. A mí lo que realmente me importa es que después de muchos años resistiéndome a ver la serie (cualquier serie, en realidad, porque prefiero emplear mi tiempo libre en ver películas, en leer o en jugar a emuladores de videoconsolas antiguas y a alguna novedad), sentí una especie de agobio al conocer que el final se acercaba y que irremediablemente conocería el final de PERDIDOS antes de saber cómo fue el principio. Así, me propuse intentar ver al menos el primer capítulo para ver qué ocurría. El resultado es que hoy, mes y muy poco después, me he puesto al día y he visto en este corto periodo de tiempo lo que otros han tenido que dilatar durante seis años. Eso quiere decir que los fines de semana y muchas tardes después de trabajar no he hecho otra cosa que sentarme delante de esta pantalla a ver cómo se las apañan Jack, Kate, Sawyer, Locke, Claire, Sayid o Hurley para sobrevivir y escapar de la isla, cómo Desmond (mi personaje favorito) intentaba solucionar sus saltos temporales o cómo Charlie (mi segundo preferido) superaba su adicción a las drogas y se convertía en un héroe trágico. Así que sí, definitivamente, PERDIDOS tiene algo… ese algo capaz de hacerme ver doce episodios de una sentada en un domingo, que consigue que cada temporada sea más emocionante, compleja y vibrante que la anterior y que me hiciera pensar, mientras disfrutaba el último episodio de la cuarta temporada hace apenas unos días, que voy a echar de menos a unos personajes de los que hasta hace dos meses no sabía prácticamente nada. Y también capaz de conseguir que no haya echado de menos el cine en todo este tiempo, porque casi todo lo que me gusta en el cine está aquí. Si eso no tiene mérito, que venga Ben Linus y me corte el cuello.

8 feb 2008

'Monstruoso'

(Cloverfield. Matt Reeves. EEUU, 2007. 83 minutos) Vaya la que se ha montado con esta película: si pinchan aquí verán la guerra que se ha desatado entre los que defendemos la cinta y los que piensan que es un pedazo de mierda mareante y falsa como un euro de madera. También los hay que se han quedado igual tras verla, pero sus comentarios son menos divertidos. Si después de leer todo eso aún quieren más, sigan aquí y acompáñenme, que prometo no ponerme muy pesado con el tema.

A mí Cloverfield, lo voy a decir ya, me parece una obra maestra del acojone, una visita al apocalipsis en primera persona y una historia de amor brutal (porque, amigos, la gente guapa también tiene derecho a sufrir por amor, no sólo los freaks como nosotros). Diferentes teorías se están formando sobre lo que es en realidad la cinta y, sobre todo, lo que no es (otra versión del Godzilla de Emmerich, peli que todos pusieron a parir pero que ahora parece que querían volver a ver), muchas de ellas vagas, otras tantas idiotas, algunas ciertamente inteligentes y las menos algo rebuscadas. Yo intento aislar toda la paja y quedarme con la esencia: con la sensación de placer, desconcierto y asombro, todo mezclado, que experimenté mientras estaba en la butaca, engullendo palomitas y haciendo esfuerzos por mantener los ojos en su sitio, mientras me imaginaba con la misma cara de felicidad que tenía Michael Jackson en la escena del cine del Thriller.

Con una estructura sacada directamente del abecé de la narrativa de aventuras y contada mediante una inteligente manipulación cronológica (con elipsis y flash-forwards que están dentro de un gran flash-back narrado, es un decir, desde un tiempo indefinido por una tarjeta de vídeo encontrada tras la debacle... uff), Cloverfield es, entre otras cosas, la película sobre el 11-S que todo el mundo demandaba cuando se estrenaron World Trade Center y United 93 y que ahora no ha conseguido interpretar de esa manera, sólo porque lo que provoca la destrucción es un monstruo y no aviones a manos, según algunos, de terroristas islámicos. Pero hablan de lo mismo: de la fragilidad de nuestras perfectas vidas, de nuestra incompetencia para resolver de manera inmediata y exitosa un ataque a lo que conocemos... Cloverfield habla sobre el caos y nos lo emite en un falso directo, consiguiendo que carguemos con la cámara y que nos preguntemos qué haríamos nosotros en situaciones similares. ¿Atravesaríamos el infierno para buscar a la persona que amamos sabiendo, de entrada, que hay muchas posibilidades de que ya esté muerta? ¿Arriesgaríamos nuestra vida por hacer una declaración de amor a un posible cadáver? Esa temeridad que algunos ven como algo irracional, estúpido y, atención, demasiado americano (¿qué coño significa eso?), a mí me enterneció hasta tal punto que el monstruo se convirtió en algo secundario, en la excusa para poner a prueba a los personajes y llevarles (llevarnos) al límite de la cordura, mandando al pairo todo lo que la lógica nos diría que tendríamos que evitar para seguir con vida. Que a un sector importante del público le moleste, le parezca una exageración, que alguien pueda poner en peligro su vida por un acto de amor tan rotundo como este dice mucho de cómo es el mundo en que vivimos, sin querer hacer demagogia con la frase. Y no creo estar muy equivocado cuando digo que el monstruo, a pesar de lo que pueda parecer, no es lo verdaderamente importante de la película. Aquí los personajes no son meros monigotes a los que el monstruo mira en picado o cenital, son ellos a través de quienes vemos, sufrimos, experimentamos la historia. No hay aquí planos digitales masturbatorios para los amantes de la infografía animada, vemos lo que está grabando (que no siempre observando) uno de los protagonistas y sólo conocemos lo que ellos experimentan. Que no me vengan diciendo que la película es mala porque no da explicaciones sobre el monstruo, porque apenas se ve la criatura (cosa que es mentira, por cierto), porque todo es mareante o porque la historia no es original o es incoherente, porque hay product placement o porque los protagonistas son guapos. Argumentos insuficientes para defenestrar un largometraje rotundo y atrevido, no me jodan, y que ha puesto de manifiesto lo tonta que a veces es la gente (aquí que se incluya quien quiera): en la época del streaming y de la información recogida con móviles o cámaras personales, que es como contemplamos las escenas más impactantes del atentado a las Torres Gemelas, alguien se atreve a hacer una película con ese estilo y se le acusa de ser poco claro, de marear y de no enseñar todo lo que queríamos ver, que es justo uno de los detalles que más me gustaron de la película. ¿Acaso alguien le reprochó a [Rec] que no tuviera elegantes travellings o encuadres elaborados? Si Cloverfield pretende tomar el mismo punto de vista y hacerlo más activo aún, ¿por qué nos debe mostrar todo con la claridad de la tercera persona? ¿No querían realismo? Ah, no, esperen, que resulta que es una película americana, protagonizada por gente guapa, en la que sale publicidad de una marca de móviles, con monstruo gigante y en la que participa el ejército. Eso tiene que ser malo, por cojones. ¿Verdad?