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16 abr 2011

'Skinwalkers'

(Skinwalkers. James Isaac. Canadá / Estados Unidos / Alemania. 2006. 89 minutos) Tim es un joven a punto de cumplir 13 años que, tras la muerte de su padre, vive con su madre y su tío en un pequeño pueblo donde todo el mundo se conoce. Su vida va a dar un vuelco cuando descubra que es el protagonista de una profecía que dice que, cuando el cielo se torne rojo y haya luna llena, su sangre será capaz de acabar con la maldición de los hombres lobo. Así, el chico y su madre se ven inmersos en una batalla sangrienta entre un grupo de licántropos que quieren acabar con su maldición y otros que no desean volver a ser humanos. Este es el argumento de la tercera película como director del irregular James Isaac, firmante de la aburrida House III (The Horror Show. 1989) y de la divertida Jason X (2001). Se trata de una mezcla entre cine de terror y de acción bastante descompensada, primando más lo segundo que lo primero, y siendo ciertamente pobre en ambos aspectos, ya que los sustos resultan de lo más tópicos (la taza cae al suelo, el personaje se agacha para recogerla y hay alguien detrás, acompañado del inevitable golpe de sonido...) y las escenas de acción a veces pueden resultar involuntariamente cómicas (esa abuela con pistolas no tiene precio). 

LO MEJOR: Rhona Mitra y las peleas entre lobos.
LO PEOR: Resulta involuntariamente cómica.
La Serie B siempre requiere algo de esfuerzo por parte del espectador en cuanto a permisibilidad, pudiendo llevar la credibilidad al límite en cuanto a sus recursos fantásticos, pero a veces hay elementos argumentales que están tan cogidos con pinzas que, por muy buenos que seamos, no impiden que tengamos la sensación de que nos están tomando por tontos. Miren, si a mí la película me dice que los hombres lobo existen, me lo creo. Si el guión dijera que la Tierra es plana, que los hombres vuelan, que las plantas hablan y que la Crisis es una mentira, también me lo creería. Pero si me dicen que el personaje de Rhona Mitra ha vivido 13 años entre hombres lobo y que nunca se ha dado cuenta, empiezo a sentirme idiota. O bien me están tomando el pelo o bien los guionistas han querido tener a una heroína tonta del culo, porque una persona con dos dedos de frente no podría convivir más de una década con gente que por las noches tiene que dormir entre correas para no salir a matar. Lo de que todo el mundo en el pueblo vaya armado hasta los dientes y haya pasado desapercibido para la protagonista puede tener hasta su coña, especialmente en un país donde venden armas en los supermercados, pero lo otro no, oigan. Y una vez que me toman por imbécil se produce una fractura insalvable que hace que la película me resulte antipática, especialmente cuando ésta se toma en serio a sí misma, aunque en ella salga Rhona Mitra (que siempre es un plus en cualquier cinta en la que aparezca) y aunque dure menos de hora y media y muestre la oportunidad de ver a Elias Koteas haciendo el ridículo disfrazado de peluche con colmillos y garras. 

22 nov 2009

'Doomsday - El día del juicio'

(Doomsday. Neil Marshall. Reino Unido / EEUU / Sudáfrica / Alemania. 2008. 108 minutos). Anacrónica, espectacular, violenta y desconcertante son cuatro adjetivos que definen bien la tercera película de Neil Marshall. En el plano visual, sus fondos postapocalípticos pintados (digitalmente) en glorioso scope y el diseño de los títulos de crédito, además del hecho de que la protagonista sea una versión femenina y tecnificada de Snake Plissken, nos llevan al John Carpenter de 1997... Rescate en Nueva York y también al controlado (y reivindicable) caos de Fantasmas de Marte (mucho más cercana en espíritu y resultados a Doomsday que 28 días después o Resident Evil, con las que, por distintos y evidentes motivos, además de erróneos, es fácil comparar la cinta de Marshall), con esa sobreabundancia de efectos pirotécnicos y físicos que huyen de lo infográfico cuando pueden hacerlo y donde siempre va a prevalecer la eficacia del stuntman por encima del doble virtual. Sus secuencias de destrucción urbana y vandalismo post-punk nos llevan a Enzo G. Castellari y Mark L. Lester. Y es absolutamente inevitable pensar en George Miller cuando la película se lanza a la carretera y se produce una batalla sobre el asfalto entre un Bentley y un coche forrado con piel humana. Doomsday se convierte así en un catálogo de referencias pop de carácter anacrónico que anulan cualquier intento por parte del espectador de hallar en ella originalidad o, incluso, contemporaneidad, pero lejos está esa peculiaridad de convertirse en un estorbo para los que de verdad amen aquello a lo que se homenajea aquí.

Sí existe un serio problema a veces con el modo en el que Marshal plantea el montaje de las escenas de acción, anulando en ocasiones la fuerza de una espectacularidad que siempre está presente pero que por momentos tenemos que recrear mentalmente, componiendo con celeridad los fragmentos que la película escupe y que no siempre están bien ensamblados. Es una pena que tengamos que seguir diciendo esto de un buen porcentaje del cine de acción que se estrena de un tiempo a esta parte, pero Doomsday, lamentablemente, no es ninguna excepción en este sentido. No existe ningún problema, en cambio, para regocijarnos en una violencia plasmada frontalmente con la que Marshall, que es un tipo inteligente, se divierte: ver cómo una cabeza rebanada se acerca a toda leche hacia la pantalla que nos separa de la ficción y la golpea... cómo decirlo... mola. Y punto. El director se toma el producto tan a broma que plantea una performance de unos caníbales que escuchan a los Fine Young Cannibals antes de asar a una de sus presas en una pista de circo y repartirla en filetes entre la multitud. Lógicamente, después de esto cualquier intento de introducir algo de crítica social (los poderes políticos apartando a los infectados antes de caer víctimas de su arrogancia y esas cosas) resulta inútil.


Eso nos lleva a lo desconcertante: tenemos claro que la función de la película es rendir tributo a unos cuantos subgéneros que van de la infiltración militar estilo Aliens en la que los bichos son desaforados jóvenes caníbales a un clímax deficitario de Mad Max. Pero en medio de todo ello nos topamos con una parada en la Edad Media sin necesidad de máquina del tiempo que puede resultar incómoda y anticlimática, a pesar de contener en ella la secuencia en la que Rhona Mitra (pausa para el suspiro) se luce repartiendo tollinas y luciendo cuerpazo. No obstante, es encomiable que a Marshall se le ocurriera este episodio y finalmente tuviera las pelotas para filmarlo. Además en el segundo visionado de la película resulta menos incómodo una vez superada la sorpresa inicial. Ya veré qué me encuentro cuando la vea una tercera, una cuarta vez. Mientras tanto, seguiré rezando para que Rhona Mitra protagonice una secuela.