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Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas
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11 mar 2012

'Basic'

(Basic. John McTiernan. Estados Unidos / Alemania. 2003. 94 minutos) En otros tiempos, John McTiernan fue un renovador del cine de acción que concibió, en un plazo de sólo dos años, un par de obras maestras que se quedarían de inmediato grabadas en la memoria del público como dos de las piezas más importantes que hasta la fecha había dado el género. Estamos hablando, claro está, de Depredador (Predator. 1987) y Jungla de cristal (Die hard. 1988).  Unos años después, John Travolta y Samuel L. Jackson se convirtieron, con sus pelucones y sus conversaciones sobre hamburguesas, en epítomes de lo cool gracias a su trabajo conjunto en la también muy influyente Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). La reunión de estos tres titanes sólo podía ser recibida con alegría o, cómo mínimo, con curiosidad por parte de los aficionados. Sin embargo, Basic resultó ser un experimento fallido que puso fin, al menos hasta el momento, a la decadente carrera de McTiernan (antes de ser condenado a la cárcel por haber mentido al FBI en el caso de Anthony Pellicano) y en el que Travolta y Jackson apenas compartían unos planos. La excusa fue un enrevesado guión de James Vanderbilt que, siguiendo la estela de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) y su copiadísima estructura, se centraba en el interrogatorio al que el ex-ranger Hardy (Travolta) somete a los supervivientes de una misión militar de entrenamiento en la que ha desaparecido el resto del equipo, incluido su superior West (Jackson). Y, como no conviene desvelar más sobre su argumento, me detendré ahí para no fastidiarles nada.


LO MEJOR: La labor de John McTiernan tras las cámaras.
LO PEOR: El guión de James Vanderbilt.
De todos modos, cuando el espectador haya sobrepasado la barrera de los primeros treinta o cuarenta minutos, se dará cuenta de dónde está la trampa y de dónde se encuentra también el mayor defecto de la película: cada punto de giro está condenado a ser puesto en evidencia un par de secuencias más tarde, hasta tal punto que llega un momento en el que resulta imposible creer nada de lo que propone el libreto de Vanderbilt y el interés inicial que suscita la historia va decreciendo progresivamente, hasta llegar a un final sencillamente ridículo que nos hace sentir como idiotas. Esto lo dice alguien a quien le encantan los finales sorpresa, pero hay que saber diferenciar cuándo un guionista nos deja entrar en el juego, proponiéndonos pistas como en el caso de El Sexto Sentido (The Sith Sense. M. Night Shyamalan, 1999), deslumbrándonos con un giro final antológico como en Sospechosos habituales (The usual suspects. Bryan Singer, 1995), y cuándo se burla de nosotros, directamente, ocultando información o, lo que es peor, falseándola. Es una lástima que al final resulte que el único atractivo de Basic sea esa tendencia hacia lo absurdo, hacia la acumulación de vueltas de tuerca, porque la dirección de McTiernan resulta tan eficaz como cabría esperar, filmando con el buen pulso acostumbrado las escenas de acción y otorgando un ritmo infernal a las secuencias de interrogatorios mediante el uso de la cámara y el montaje. Steven E. de Souza, te echamos de menos...

13 jun 2011

'Hanna'

(Hanna. Joe Wright. Estados Unidos, Reino Unido, Alemania. 2011. 106 minutos) Veamos: Hanna cuenta la historia de una chica de 16 años que ha sido criada en un paraje helado de Finlandia por un tipo que le ha enseñado a ser una asesina perfecta, tan ágil y sigilosa como fuerte y despiadada. Cuando la joven se ve preparada, decide ir en busca de la agente de la CIA que la dejó huérfana de madre y la dio por muerta cuando apenas era un bebé. La villana, a su vez, contrata a unos sicarios para que busquen a la chica y a su padre antes de que ella misma sea la presa cazada. Visto así, parece que la película va a molar, ¿no? ¡Tiene que hacerlo! ¡Vamos al cine! ¡Esto tiene que estar bien sí o sí! Porque... a ver, tenemos a una chica adolescente pateando culos y matando gente, a una mala muy mala, a un padre que también reparte hostias como panes, una subtrama de experimentos genéticos, escenas que transcurren en varios continentes... Y sin embargo, con todos esos elementos en juego, resulta que Hanna es una gilipollez con apenas un puñado de hallazgos y mucha tontería dentro. Es uno de esos pocos casos en los que, a medida que van transcurriendo los minutos, a este criticucho se le van hinchando las narices de mala manera, que es lo que pasa cuando uno se da cuenta de que le están tomando el pelo. 

LO MEJOR: Saoirse Ronan, Eric Bana y la intensidad del
primer acto.
LO PEOR: Todo lo demás.
Hanna es una película que intenta desesperadamente ser guay, pero que, como les pasa aquí a una sobreactuada Cate Blanchet o a un irritante Tom Hollander, no sabe bien dónde poner los límites y se acaba extralimitando. Joe Wright nos la ha dado con queso: nos ha hecho creer que íbamos a ver un thriller de acción vibrante, furioso e independiente. Y de los tres adjetivos sólo es aplicable el tercero, pero no precisamente de buena manera. La película arranca con un primer acto sensacional y prometedor, en el que tenemos todo lo que se podía esperar de un argumento así. Todo funciona bien hasta la secuencia de la fuga de Hanna de la prisión de máxima seguridad de Marruecos. Allí la película se transforma de repente en una indigesta suerte de Pequeña Miss Sunshine meets Tres metros sobre el cielo, pasada por el filtro de un aborto pergeñado artificialmente con los genes de los primos tontos de David Lynch y Jean-Pierre Jeunet, aliñada con influencias mal entendidas de los cuentos infantiles y coronada con simbolismos de chichinabo (la protagonista entrando, literalmente, en la boca del lobo...). Para crear ambiente, el ágape se ameniza con la inadecuada y chirriante música de los Chemical Brothers, "que queda así como muy alternativo y eso", debió pensar el director (que seguramente opinó lo mismo de una escena que parece blandiporno lésbico adolescente por la manera en la que está planificada). Se salvan de la quema las impecables interpretaciones de Saoirse Ronan y Eric Bana (que debió  darse cuenta del mierdorro en el que se había metido el día del estreno de la película, puesto que las escenas en las que interviene son las menos risibles), así como el ritmo de los primeros minutos y el buen uso del plano-secuencia en algunos instantes. También se puede decir que no aburre, así que le podríamos dar dos estrellas. Pero le voy a calzar a Joe Wright una por haberme cabreado. Y por listo.  

9 jun 2011

'El bosque maldito'

(The woods. Lucky McKee. Estados Unidos / Reino Unido / Alemania. 2006. 87 minutos) Tras la buena recepción en circuitos especializados que consiguió su ópera prima, May (2002), el director Lucky McKee tuvo problemas para llevar a buen puerto su segunda película, The Woods, que estuvo retenida durante un par de años por la productora y que obligó a M. Night Shyamalan a cambiar el título original de El bosque (The village. 2004), llamada en un principio también The woods. La sinopsis es la siguiente: Estamos en 1965. Heather Fasulo (Agnes Bruckner), una joven problemática, es internada en un colegio privado para chicas situado en mitad de un bosque de Nueva Inglaterra. Allí escucha la historia que se esconde tras los muros del edificio y que todavía resuena en los árboles: tres jóvenes brujas sufrieron las agresiones de sus compañeras y posteriormente se vengaron ofreciéndoles las almas de aquellas al bosque. Heather no tarda en descubrir que la directora del colegio, Ms. Traverse (Patricia Clarkson), podría ser una de esas brujas y que habrían seguido durante años ofreciendo sacrificios a los espíritus los árboles. 

LO MEJOR: Bruce Campbell.
LO PEOR: Se intuyen los problemas de producción tras
sus imágenes.
Si les suena familiar es porque recuerdan bien Suspiria (Dario Argento. 1977), que contaba más o menos lo mismo. Pero si en aquella teníamos un entorno de pesadilla ambientado en una laberíntica academia de baile de Friburgo, aquí el terror viene de la naturaleza. Brujería, ritos paganos, pesadillas, peleas de adolescentes con uniforme y, sobre todo, la posibilidad de ver de nuevo a Bruce Campbell (el padre de la protagonista) luchando contra troncos malignos, lo que nos lleva de inmediato a ese agradable rincón de nuestra memoria donde permanece Posesión infernal (The evil dead. Sam Raimi, 1981). Eso en la parte positiva, donde también tendríamos que citar la manera perversa en la que utiliza éxitos del pop ñoño de Lesley Gore, elegida quizá por la reconocida homosexualidad de la cantante y la manera en la sus canciones ayudan a que se establezca la relación, de manera sutil pero con obvios tintes lésbicos, entre la protagonista y su compañera Marcy (Lauren Birkell). En la parte negativa, por desgracia la que más pesa en esta ocasión, estaría el ritmo, exasperante por momentos, trufado de escenas de terror oníricas que acaban provocando sueño y de personajes y subtramas que quedan deslavazados, quizá como consecuencia del complicado proceso de postproducción que sufrió la película. Los hachazos y los efectos especiales del final consiguen levantar el ánimo, pero para cuando llegan es un poco tarde e incluso podríamos decir que desentonan con el conjunto, demasiado lánguido como para producir ningún tipo de entusiasmo.

28 may 2011

'Gran Torino'

(Gran Torino. Clint Eastwood. Estados Unidos / Alemania. 2008. 116 minutos) Sin ser un experto en el cine dirigido por Clint Eastwood, y reconociendo públicamente que no he visto todas sus películas porque no todas me interesan, detecto fácilmente algunas posturas críticas en torno a la figura del actor y director norteamericano que me parecen cuanto menos desafortunadas. Por un lado, tenemos a esos espectadores crédulos que creen a pies juntillas que Eastwood es un maestro todoterreno cuya filmografía como director sólo se compone de obras maestras. Daría igual si el bueno de Clint filmara el mayor cagarro de la historia, que ellos estarían ahí defendiéndole con una fe ciega e inalterable. Para entendernos, serían esos espectadores que no tienen por qué saber mucho de cine ni haber visto demasiados títulos, pero a los que se les llena la boca diciendo que "Clint Eastwood es un maestro" o "Es el último clásico vivo" o "Clint es Dios". Por eso no saben distinguir entre una maravilla como Los puentes de Madison (The bridges of Madison County. 1995) y una bazofia como Más allá de la vida (Hereafter. 2010). Por otro lado, están los que sí entienden de cine y se cabrean de mala manera cuando Eastwood decide hacer algún divertimento intrascendente como El principiante (The rookie. 1990) o esta Gran Torino que nos ocupa. Tan desproporcionada me parece una postura como otra y ambas sirven para caer en la ceguera. El problema en el caso de Gran Torino no es que no sea esa obra maestra que se anunciaba, ese testamento quejumbroso y solemne del Clint Eastwood actor que muchos esperaban, sino que dentro de su levedad y de su falta de pretensiones no termina de funcionar del todo como el drama tragicómico que pretende ser. 

LO MEJOR: Se mea en las expectativas de los fans del Clint
héroe de acción y del Clint de títulos mayores.
LO PEOR: No termina de encontrar el norte.
Esto viene de la indefinición de la película. Eastwood no acierta con el tono o, mejor dicho, no se decide por qué camino tomar, si el del drama crepuscular y agónico que se introduce en algunos momentos de la historia, si el de la película de acción en estado latente que nunca termina de explotar y que constriñe su intensidad, o el de historia generacional de traspaso de conocimiento entre un anciano y un adolescente que da cuerpo al argumento. Es sabido el problema que tiene el director con los guiones de algunas de sus películas: no los revisa, no los retoca, no los pule... y eso se nota. En Gran Torino hay secuencias enteras que podrían haber sido eliminadas de la película sin que ello afectara en lo más mínimo a la historia, o que resultan redundantes y sólo sirven para subrayar ideas que ya han quedado claras en escenas previas (por ejemplo, todo el tramo de Thao hablando con el capataz de la obra). Sin embargo, hay otros instantes en los que utiliza elipsis desconcertantes (ese momento en el que Thao está siendo agredido en un callejón por los pandilleros y, tras un cambio de plano que nos deja prácticamente en el mismo escenario, han pasado tres días desde aquello), dejando la sensación de que la historia no avanza con la fluidez que debería. Sin embargo, tener a Clint como actor suele ser una ventaja, ya que aporta tablas y carisma suficientes como para que sigamos con interés la película a pesar de estar contada de manera un tanto errática. Además, siendo muy consciente del corte de mangas que le hace tanto a los que esperaban una nueva aventura de Harry Callahan como a los que querían ver una Gran Película, se toma su trabajo (tanto delante como detrás de las cámaras) con una relajación y un sentido del humor dignos de mención. Al fin y al cabo, de lo que se trata aquí es de hacer su propia versión de Karate Kid (The Karate Kid. John G. Avildsen, 1984): tenemos a un adolescente pringado con problemas de bullying y que no se atreve a ligar con chicas, un viejo cascarrabias veterano de guerra que ya no espera nada de la vida después de enviudar e incluso, para rematar la comparación, tenemos un coche clásico que se utiliza como regalo y como herencia. Con la diferencia, y esto va a ser entendido como sacrilegio por muchos, de que tanto la versión de Avildsen como la más renovada de Harald Zwart contienen mucha más emoción, concreción y épica que Gran Torino. Y eso es así se pongan como se pongan. 

16 abr 2011

'Skinwalkers'

(Skinwalkers. James Isaac. Canadá / Estados Unidos / Alemania. 2006. 89 minutos) Tim es un joven a punto de cumplir 13 años que, tras la muerte de su padre, vive con su madre y su tío en un pequeño pueblo donde todo el mundo se conoce. Su vida va a dar un vuelco cuando descubra que es el protagonista de una profecía que dice que, cuando el cielo se torne rojo y haya luna llena, su sangre será capaz de acabar con la maldición de los hombres lobo. Así, el chico y su madre se ven inmersos en una batalla sangrienta entre un grupo de licántropos que quieren acabar con su maldición y otros que no desean volver a ser humanos. Este es el argumento de la tercera película como director del irregular James Isaac, firmante de la aburrida House III (The Horror Show. 1989) y de la divertida Jason X (2001). Se trata de una mezcla entre cine de terror y de acción bastante descompensada, primando más lo segundo que lo primero, y siendo ciertamente pobre en ambos aspectos, ya que los sustos resultan de lo más tópicos (la taza cae al suelo, el personaje se agacha para recogerla y hay alguien detrás, acompañado del inevitable golpe de sonido...) y las escenas de acción a veces pueden resultar involuntariamente cómicas (esa abuela con pistolas no tiene precio). 

LO MEJOR: Rhona Mitra y las peleas entre lobos.
LO PEOR: Resulta involuntariamente cómica.
La Serie B siempre requiere algo de esfuerzo por parte del espectador en cuanto a permisibilidad, pudiendo llevar la credibilidad al límite en cuanto a sus recursos fantásticos, pero a veces hay elementos argumentales que están tan cogidos con pinzas que, por muy buenos que seamos, no impiden que tengamos la sensación de que nos están tomando por tontos. Miren, si a mí la película me dice que los hombres lobo existen, me lo creo. Si el guión dijera que la Tierra es plana, que los hombres vuelan, que las plantas hablan y que la Crisis es una mentira, también me lo creería. Pero si me dicen que el personaje de Rhona Mitra ha vivido 13 años entre hombres lobo y que nunca se ha dado cuenta, empiezo a sentirme idiota. O bien me están tomando el pelo o bien los guionistas han querido tener a una heroína tonta del culo, porque una persona con dos dedos de frente no podría convivir más de una década con gente que por las noches tiene que dormir entre correas para no salir a matar. Lo de que todo el mundo en el pueblo vaya armado hasta los dientes y haya pasado desapercibido para la protagonista puede tener hasta su coña, especialmente en un país donde venden armas en los supermercados, pero lo otro no, oigan. Y una vez que me toman por imbécil se produce una fractura insalvable que hace que la película me resulte antipática, especialmente cuando ésta se toma en serio a sí misma, aunque en ella salga Rhona Mitra (que siempre es un plus en cualquier cinta en la que aparezca) y aunque dure menos de hora y media y muestre la oportunidad de ver a Elias Koteas haciendo el ridículo disfrazado de peluche con colmillos y garras. 

24 oct 2010

Especial Sitges 2010: 'Hybrid'

(Hybrid. Eric Valette. Estados Unidos / Alemania. 2010. 94 minutos) En cierto modo, Hybrid es un contrasentido: una película que gira en torno a un coche asesino que transcurre en un garaje de tres plantas. Elegir como amenaza un elemento móvil por definición como es un vehículo de motor y acotar su campo de acción a un espacio tan reducido, anulando la posibilidad de representar persecuciones y accidentes automovilísticos como los que abren la cinta (los únicos momentos, por cierto, en los que el 3D se hace notar), resulta algo frustrante y evidencia una falta de medios que la película debe sortear como mejor puede. Sin embargo, esta suerte de Parking 2 con un coche mutante haciendo las veces de psicópata, con su argumento agradecidamente imposible y del que no se explica más que lo necesario, resulta eficaz por su apuesta total por lo fantástico y la acción claustrofóbica, así como simpática por su falta de ambiciones. No es un título a recomendar encarecidamente, pero funciona bien como entretenimiento.


28 dic 2009

'Ninja Assassin' / 'Ninja'


(Ninja Assassin. James McTeigue. EEUU/Alemania. 99 min. / Ninja. Isaac Florentine. EEUU. 82 min.)


Que Joel Silver no introdujera el factor asiático en sus películas hasta su alianza con Jet Li en 1998 (Arma Letal IV) es sintomático de lo poco que el productor confiaba en la viabilidad económica de una superproducción protagonizada por un oriental: ahí están los discretos resultados económicos de las posteriores Romeo debe morir (2000) y Nacer para morir (2003) para corroborar que una película de presupuesto holgado no puede aspirar a convertirse en un blockbuster si su cabeza de cartel tiene los ojos rasgados (y esto no sólo va por Jet Li: Jackie Chan necesitó la compañía de Chris Tucker para barrer en taquilla con la trilogía de Hora Punta, mientras que la reunión de ambos astros de la cinematografía de Hong Kong, El Reino Prohibido, recaudó menos de la mitad que cualquiera de los tres títulos de dicha saga). Por eso sorprende en parte su apuesta por convertir a esto en una estrella de acción, arriesgando junto los Wachowski alrededor de 40 millones de dólares en una película de ninjas, lo que no deja de ser un presupuesto medio pero que, significativamente, no ha conseguido recuperar en su paso por las salas norteamericanas. Números aparte, lo que debería importarnos es si la película funciona o no. Y en ese aspecto tampoco podemos hablar de éxito absoluto: si bien siempre es un placer ver ninjas en pantalla grande (algo que sucedía de manera tangencial en War - El Asesino, dos años atrás), poco tiene que ver Ninja Assassin con las cintas que popularizaron al personaje, las de la Cannon, la Filmark y la IFD que convirtieron al mito en un icono subcultural de los 80. Era previsible, siendo este un producto mainstream, que se intentara revestir el tema de los luchadores disfrazados y casi invencibles con un guión que hiciera digerible la historia para el público actual de multisalas, ese al que los nombres de Richard Harrison, Bruce Stallion o incluso Michael Dudikoff le suenan a chino y que no otorgará ningún valor sentimental (o siquiera referencial) a la aparición de Sho Kosugi. Y aún así resulta algo molesto el modo en el que lo han hecho: esos ramalazos poéticos, la pseudofilosofía oriental de chichinabo o el abuso del flashback son escollos que entorpecen la fluidez de la historia de venganza que vertebra la película, la que resulta realmente interesante y que, de no ser porque la masa necesita coartadas para atreverse a disfrutar de lo básico, debería bastar para conducirla por un sinfín de barbaridades y desafíos a la credibilidad. Otro problema de Ninja Assassin es que, aparte del festival gore que propone (lo cual me pilló desprevenido, para bien), sus secuencias de acción muestran lo peor del cine actual proveniente de Hollywood: un montón de medios desaprovechados por un montaje nefasto que arruina la espectacularidad de los momentos álgidos, agravado por una fotografía oscura que impide el seguimiento total de lo que ocurre en la ráfaga de planos que McTeigue dispara cuando pretende impactar al espectador y que sólo consiguen dejarnos turulatos. A pesar de todo esto, el balance final es positivo: Rain consigue hacernos olvidar su momentos ñoños como cantante y como protagonista de la bella Soy un cyborg, incluso riéndose de su imagen de ídolo teen, el ritmo no decae (casi) nunca y la cinta ofrece set-pieces que ni siquiera el montaje atropellado consigue arruinar (como ese enfrentamiento final entre Rain y Sho Kosugi que parece una fase del Last Blade de SNK).


Pero hay una alternativa a Ninja Assassin que resulta mucho más cercana, en cuanto a parámetros estéticos y narrativos, a los productos de la Cannon culpables de muchas de sus visitas al videoclub y que, haciendo involuntario honor a dicha casa, está condenada a la distribución doméstica (y eso entiéndanlo como quieran): Ninja, de Isaac Florentine (posiblemente el mejor director de cine de acción que existe en el mercado del DTV ahora mismo) y producida por la cada vez más interesante Nu Image (propiedad de la ascendente Millenium Films), se presenta como una versión low-fi de la película de McTeigue, con mucho menos presupuesto pero una concepción mucho más acertada de sus secuencias de acción y de la estampa trash inherente a todo lo ninja. Para empezar, el protagonista es un auténtico artista marcial, ese Scott Adkins tan impresionante a nivel de lucha como carente de expresividad y carisma, lo que le condenará a ser el David Bradley de nuestro tiempo si nada lo remedia. Eso ayuda a que no haya que recurrir a ningún truco de cámara ni a efectos especiales para que las escenas de hostias resulten espectaculares, ya que Adkins es un espectáculo en sí mismo. La falta de presupuesto redunda también en la magnitud de la propuesta: si en Ninja Assassin los ninjas se cuentan por decenas, en Ninja sólo aparece uno hasta el clímax final, pero resulta una figura más interesante e inquietante que cualquiera de los que deambulan por la versión cara: el de Florentine es un ninja high-tech, con visión nocturna y armadura, con un compartimento secreto donde guarda sus armas y gadgets y que, como Batman, puede desplegar sus brazos y planear sobre unas calles tan artificiales como las del Gotham City de Tim Burton. Otra ventaja de la película de Florentine sobre la de McTeigue es que va mucho más directa al grano. Los protagonistas de ambas, Raizo y Casey, comparten idéntico pasado (son huérfanos adoptados por un maestro ninja que les enseña con mano dura a convertirse en máquinas de matar), pero mientras que en el primer caso todo nos es mostrado mediante flashbacks, en Ninja se resuelve el pasado del protagonista de un modo mucho más simple: Casey se lo cuenta a otro personaje en una cena. Esa economía narrativa (no sólo provocada por la falta de medios, sino también por una visión del cine de acción mucho más pura) es otra de las ventajas de Ninja sobre Ninja Assassin, aunque en lugar de enfrentarlas, deberíamos celebrar ambos títulos y convertirlos en un programa doble de rápida y placentera degustación.


22 nov 2009

'Doomsday - El día del juicio'

(Doomsday. Neil Marshall. Reino Unido / EEUU / Sudáfrica / Alemania. 2008. 108 minutos). Anacrónica, espectacular, violenta y desconcertante son cuatro adjetivos que definen bien la tercera película de Neil Marshall. En el plano visual, sus fondos postapocalípticos pintados (digitalmente) en glorioso scope y el diseño de los títulos de crédito, además del hecho de que la protagonista sea una versión femenina y tecnificada de Snake Plissken, nos llevan al John Carpenter de 1997... Rescate en Nueva York y también al controlado (y reivindicable) caos de Fantasmas de Marte (mucho más cercana en espíritu y resultados a Doomsday que 28 días después o Resident Evil, con las que, por distintos y evidentes motivos, además de erróneos, es fácil comparar la cinta de Marshall), con esa sobreabundancia de efectos pirotécnicos y físicos que huyen de lo infográfico cuando pueden hacerlo y donde siempre va a prevalecer la eficacia del stuntman por encima del doble virtual. Sus secuencias de destrucción urbana y vandalismo post-punk nos llevan a Enzo G. Castellari y Mark L. Lester. Y es absolutamente inevitable pensar en George Miller cuando la película se lanza a la carretera y se produce una batalla sobre el asfalto entre un Bentley y un coche forrado con piel humana. Doomsday se convierte así en un catálogo de referencias pop de carácter anacrónico que anulan cualquier intento por parte del espectador de hallar en ella originalidad o, incluso, contemporaneidad, pero lejos está esa peculiaridad de convertirse en un estorbo para los que de verdad amen aquello a lo que se homenajea aquí.

Sí existe un serio problema a veces con el modo en el que Marshal plantea el montaje de las escenas de acción, anulando en ocasiones la fuerza de una espectacularidad que siempre está presente pero que por momentos tenemos que recrear mentalmente, componiendo con celeridad los fragmentos que la película escupe y que no siempre están bien ensamblados. Es una pena que tengamos que seguir diciendo esto de un buen porcentaje del cine de acción que se estrena de un tiempo a esta parte, pero Doomsday, lamentablemente, no es ninguna excepción en este sentido. No existe ningún problema, en cambio, para regocijarnos en una violencia plasmada frontalmente con la que Marshall, que es un tipo inteligente, se divierte: ver cómo una cabeza rebanada se acerca a toda leche hacia la pantalla que nos separa de la ficción y la golpea... cómo decirlo... mola. Y punto. El director se toma el producto tan a broma que plantea una performance de unos caníbales que escuchan a los Fine Young Cannibals antes de asar a una de sus presas en una pista de circo y repartirla en filetes entre la multitud. Lógicamente, después de esto cualquier intento de introducir algo de crítica social (los poderes políticos apartando a los infectados antes de caer víctimas de su arrogancia y esas cosas) resulta inútil.


Eso nos lleva a lo desconcertante: tenemos claro que la función de la película es rendir tributo a unos cuantos subgéneros que van de la infiltración militar estilo Aliens en la que los bichos son desaforados jóvenes caníbales a un clímax deficitario de Mad Max. Pero en medio de todo ello nos topamos con una parada en la Edad Media sin necesidad de máquina del tiempo que puede resultar incómoda y anticlimática, a pesar de contener en ella la secuencia en la que Rhona Mitra (pausa para el suspiro) se luce repartiendo tollinas y luciendo cuerpazo. No obstante, es encomiable que a Marshall se le ocurriera este episodio y finalmente tuviera las pelotas para filmarlo. Además en el segundo visionado de la película resulta menos incómodo una vez superada la sorpresa inicial. Ya veré qué me encuentro cuando la vea una tercera, una cuarta vez. Mientras tanto, seguiré rezando para que Rhona Mitra protagonice una secuela.



17 oct 2009

'Malditos Bastardos'

(Inglorious Basterds. Quentin Tarantino. EEUU/Alemania. 2009. 153 minutos). Considerar Malditos Bastardos como una estafa ha sido lo más común desde que se estrenó la película, pero estaríamos obviando un detalle importante: Tarantino construye su cine a base de retales que extrae de manera indiscriminada de toda la ponzoña que lleva dentro de su cabeza y, en su microcosmos de referencias heterogéneas pero siempre de raigambre bé y zeta, ha dejado influenciarse por otra de las características de este tipo de cine, algo que antaño nos enojaba y ahora encumbramos como uno de los pilares en los que se sostiene nuestra nostalgia audiovisual. Hablo de dar gato por liebre. Recuerden esas carátulas de videoclub en las que la hipérbole hecha dibujo nos epataba y en las que, indefectiblemente, los músculos del protagonista siempre eran más gruesos, las chicas más guapas y las explosiones más grandes que en la realidad que nos devolvía la cinta al pulsar el Play. Era una putada, pero era parte del juego. Tarantino no ha mentido en los carteles promocionales de Malditos Bastardos, pero ha ido más lejos todavía y ha construido un mundo de expectativas visuales, genéricas y argumentales que no se cumplen y que se plantean desde el mismo título. Los Malditos Bastardos, con Brad Pitt en cabeza, son el reclamo publicitario sobre el que se sustenta toda la promoción, pero Tarantino les utiliza del mismo modo en que Joseph Lai usaba a Richard Harrison: aparte de servir de punch, aparecen sólo en algunas secuencias y se mueven por una trama que transcurre paralela a la principal (aquí, las motivaciones de Soshanna, su historia de venganza por encima de la Historia) con la que no tiene por qué cruzarse, aunque en este caso sí que convergen ambas vías en un Capítulo 5 de una belleza y una ejecución técnica incuestionables. Porque, y esto es lo que separa a los cabezones intransigentes de los sagaces, lo que cuenta al fin y al cabo es que la cosa funcione. Y Malditos Bastardos, por mucho que se aleje de lo que se esperaba de ella, no da gato por liebre, sino que a cambio nos ofrece otra liebre distinta a la que todos queríamos dar caza y que no por ello deja de resultar igual de jugosa.


Decía el acomodador a la salida del cine: "no se ven películas como ésta todos los días, ¿eh?". Y en esa frase está la clave: independientemente de lo mucho o poco que se acerque a nuestras expectativas, Malditos Bastardos, como todo lo que ha estrenado Tarantino después de Reservoir Dogs, ha sido la película ineludible de la temporada, el Quijote de este otoño, el anti-blockbuster de visión obligada. Es, en definitiva, una bella contradicción: una película de guerra sin escenas bélicas, protagonizada por un comando de soldados que resultan ser secundarios, que bebe más del western que de las historias de la II Guerra Mundial y que, a pesar de su extensa duración, sólo está compuesta por un puñado de secuencias (casi una por capítulo de los cinco que forman su estructura). Pero su validez, como viene siendo habitual en Quentin, va mucho más allá del catálogo de referencias atinadas (esas que a usted le hacen sentir más inteligente que a sus compañeros de butaca) que se intenta justificar como único mérito de su filmografía. Lo poderoso de Tarantino y de Malditos Bastardos es su perversa inteligencia, el ir siempre por delante de las previsiones del público para machacarlas mientras le acaricia el lomo con un par de guiños complacientes, su didactismo cinematográfico (no sólo porque fomenta el descubrimiento de las piezas que componen el corpus referencial de Tarantino, sino porque es una película que habla más del poder de las imágenes y los iconos que del contexto histórico que la enmarca) y su capacidad para crear tensión desde la nada estirando las situaciones dramáticas al máximo para culminar siempre con una explosión de eficacia visual y narrativa, aunque a veces corra el riesgo de propasarse prolongando determinados momentos hasta rozar levemente el hastío, lo que supone el único hándicap real de la película más allá de nuestras injustas preconcepciones. Así que uno no debe entrar en el juego de si es la mejor o peor película de Tarantino o en qué posición del ranking estaría, de si es mejor o peor de lo que esperábamos sólo por ser diferente, porque estaríamos haciendo un esfuerzo en vano que nos alejaría de lo que realmente importa: Malditos Bastardos contiene toda la audacia, riqueza audiovisual e intensidad dramática que cabía exigirle. Y además, violencia y carcajadas. ¿De qué nos quejamos?

1 ago 2009

'Punisher: Zona de guerra'


(Punizher: War Zone. Lexi Alexander. EEUU / Canadá / Alemania. 2008. 103 minutos). Que Punisher: War Zone haya llegado a España directamente al mercado del dvd no debería ser tanto una tragedia como una celebración: los fans de la serie B, siendo egoístas, sabemos que más vale un estreno directo a vídeo que uno limitado en salas de cine al que sólo puedan acceder cuatro privilegiados, haciendo que el resto tengamos que esperar más tiempo para disfrutarlo en condiciones óptimas. Y esta película es un producto para ser gozado en la intimidad, en círculos reducidos, más que en multisalas llenas de espectadores con prejuicios, poco dados a la experimentación y que sólo encajan el gore si viene empaquetado dentro del género de terror. Una vez vista, no extraña nada que se haya convertido en un fracaso comercial. Punisher: War Zone viene de otra época, con su uso lúdico de la violencia, su humor bestia, sus despliegues de fogueo y esas hostias tan sonoras. Hace pensar en RoboCop, en Darkman y en Dick Tracy sin que haya nada específico que se apropie de ninguna de las tres, pero sí asumiendo gustosamente unas máximas de grosería, diversión y exageración presentes en aquellas que no se han vuelto a dar en ninguna otra cinta ambientada en (o inspirada por) el mundo cómic. Si, además, pensamos que detrás de las cámaras está una bella alemana campeona de karate y kickboxing, el nivel de excitación que provoca este Punisher roza ya lo erótico. Sale Kathryn Bigelow, entra Lexi Alexander.


Háganse un favor y cómprense el dvd o el blu-ray de esta maravilla. Los extras, aunque breves, no están nada mal y van a lo útil, centrándose en detalles prácticos sobre la realización de la película y dejando de lado el rollo "yo siempre quise trabajar con..." que tanto nos aburre. De ellos destaco una frase de la directora: "cuando veo una película de acción y noto que a los 20 minutos no pasa nada, empiezo a pensar en la colada". Lexi, le amo.

14 jun 2009

'Terminator Salvation'


(Terminator Salvation. McG. EEUU / Alemania / Reino Unido / Italia. 2009. 115 minutos). Si hay algo que me decepcione de Terminator Salvation es descubrir que no estamos ante Los Ángeles de Skynet: la idea de ver a John Connor enfrentándose a tres terminatrix con las formas de un Heroic Trio en un escenario postapocalíptico mientras se escucha 'Smack my bitch up' era algo que me ponía y que desgraciadamente se quedará encerrado en los sueños húmedos de unos cuantos que, como yo, tenían la esperanza de que la locura visual llegara a la saga Terminator y prolongara el tono de parodia que, dubitativamente, aparecía en la tercera parte. Pero hay dos razones para que esto no sea así (tres, si contamos que el mundo no es perfecto): Salvation no es 'Terminator 4' y McG se ha puesto serio.

Empecemos con lo malo: McG tuvo un mal viaje durante el visionado de El Caballero Oscuro y no sólo reta a Michael Bay a un concurso de pollas, sino que quiere demostrar que él también puede ser Christopher Nolan. Y si para eso hay que contratar a Christian queintensosoy Bale y llamar a Jonathan Nolan para que repase el guión, se hace y punto. Será por huevos. Pero McG no cuenta con que si algo nos interesaba de él era su descaro, su voluntad de ir siempre a tope y de desafíar la credibilidad y la vergüenza ajena de los espectadores serios, esos que buscan realismo en películas de hombres adultos con caretas que se pegan hostias y hacen chistes malos. O, peor aún, cree que ese es el camino para ganarse el respeto y dejar de ser considerado ese flipado que antes hacía videoclips y ahora juega a hacer pelis chorras. Muy mal, porque ese es el lastre que hace que Terminator Salvation tire en ocasiones hacia lo convencional (esa persecución por el campo de minas que parece sacada de... Van Damme's Inferno) y que provoca ciertos altibajos que restan intensidad a lo que podría haber sido una experiencia brutal al 100% de haber mantenido durante todo el metraje el desenfreno y la energía visual de secuencias como la de la caída del helicóptero o todo el tramo que va desde el ataque a la gasolinera hasta la persecución aérea.

Pero descuiden, que mi intención no va encaminada a escribir lo mismo que opina todo el mundo: la primera mitad mola y la segunda es una mierda. No estoy de acuerdo en absoluto y a partir de ya me considero, como Sergio Colmenar o Ángel Sala, parte de una Resistencia que defiende Salvation como una apreciable película de acción crepuscular y como ejemplo de un cine bélico con robots que no supone ningún declive cualitativo en una saga a la que se le pide una coherencia que no necesita pero que, al mismo tiempo y sin que esto contradiga lo anterior, mantiene unas constantes identificables que en esta última entrega se convierten ya directamente en guiños complices (el 'You could be mine' en la absurdamente controvertida secuencia de la moto o el 'Ven conmigo si quieres sobrevivir' de un joven Kyle Reese son buenos ejemplos) o en exponentes claros del arco del personaje principal (John Connor perdonando la insubordinación de uno de sus soldados porque comprende perfectamente lo que es sentirse conmovido por una máquina y llegar a desarrollar sentimientos empáticos y hasta cariñosos por ella). Además, rompe con la estructura básica de la anterior trilogía (ya saben: dos personajes, uno bueno y otro malo, viajan al pasado con intenciones opuestas hacia un personaje de importancia capital en el futuro) introduciendo variantes interesantes (el cyborg malo ahora no sabe que lo es) y respetando algunas de sus constantes (el clímax industrial), funcionando como apéndice de una trilogía finada y como primer y estimulante episodio de una nueva a la que sólo podría pedir más desmelene. De momento, a mí me convence y quiero más.

9 feb 2008

'John Rambo'

(Rambo. Sylvester Stallone. EEUU/Alemania, 2008. 93 minutos) Esto va a ser un poco llevar la contraria a la mayoría de gente con la que he hablado de la película (que está todavía de fiesta), pero tengo que decir que no pienso (como tampoco lo hace mi compadre Starman) que John Rambo sea la mejor entrega de la serie. Los fans del cine de acción echamos tanto de menos los tiempos de los héroes duros y violentos de los ochenta y noventa que ahora nos ponen una cinta como esta y alucinamos como si nunca hubiéramos visto nada igual... Y eso es lo que está pasando con John Rambo, cinta extrema, divertida, hiperviolenta, que estamos llevando a los altares como si fuera la panacea y que en realidad, una vez pasado el éxtasis de contemplarla en el cine y habiendo reflexionado sobre ella, acaba por no ser la obra magna que veía al principio. Decir esto para mí implica casi una contradicción, ya que abandoné la sala obnubilado por el festival sangriento con el que culmina el film y aún al día siguiente seguía diciendo que había visto un peliculón con todas las letras. Pero ya en frío, con la distancia que da la semana transcurrida desde su estreno, uno se puede poner picajoso y encontrar motivos para pensar que este triunfal regreso podría haber sido aún más redondo. Entiéndanme, la película es un regalo para los fans de Sly y del género, tiene acción suficiente como para no echarla de menos y sí, efectivamente es tan violenta y desmadrada como afirma todo el mundo, lo cual para algunos es un hecho repulsivo y para otros... un revulsivo que nos conduce a la catarsis deseada. ¿El estado físico de Stallone? El tipo se mueve como yo no era capaz de hacerlo ya a los 20 años. Además, la película está realizada con el empaque suficiente como para no resultar cutre desde un punto de vista audiovisual y Sly dirige las escenas de acción con claridad y ensuciando la cámara con sangre y barro si hace falta. No está Goldsmith (algo tristemente imposible ya), pero su composición principal para el personaje sigue estando presente y eso siempre ayuda a contextualizar mentalmente a nuestro héroe. Pero lo más importante, aquello por lo que deberíamos festejar John Rambo, es que Stallone le ha pegado una buena patada en la entrepierna a las buenas maneras y al descafeinado cine de acción (o cine, así en general) que nos rodea, llevando su estilo a un terreno sucio, áspero y sangriento como pocas veces se habrá visto en una película comercial norteamericana. Entonces, ¿qué ocurre?, ¿qué más se le podía pedir? Teniendo en cuenta que con todo lo dicho ya les debería quedar claro que les recomiendo la película, me voy a permitir el lujo de ponerme algo meticuloso en lo que sigue y exponer lo que, en realidad, no son más que pequeñas aristas que no impiden (o no deberían impedir) disfrutar del evento. Habrá quien se pregunte por la utilidad de hacer esto: podrían parar de leer aquí con la información suficiente para saber si les va a gustar la película o no, en el caso de que todavía no la hayan visto. Pero aquellos que ya hayan pasado la experiencia, díganme si no están de acuerdo en algunos de estos puntos que expongo a continuación.

Lo que más llama la atención, pero para mal, es el hecho de que a Rambo ahora le toque hacer de niñera de un grupo de mercenarios gallitos que, sin la ayuda de Johnny, hubieran durado un par de horas en la jungla birmana antes de ser echados a los cerdos. Si algo nos gustaba del personaje, especialmente en las dos primeras entregas de la saga, era su independencia, no ya por ser un tipo autosuficiente, sino porque parece que el resto del mundo le importa un bledo o, mejor aún, se convierte en un gran enemigo que supone un peligro para su supervivencia. Si ya es genial ver a Rambo en acción, haciendo todas las barbaridades que comete aquí contra sus víctimas, durante buena parte de metraje... imaginen que en esas secuencias no hubiéramos tenido la presencia, a veces molesta, de esos mercs de pacotilla que mandan a rescatar a los voluntarios raptados por los malos de la peli. Rambo se convierte aquí en guerra, sí, pero no está solo y los soldados de fortuna funcionan más como una carga que como una ayuda, tanto para él dentro de la historia como para la propia película. En cuanto a las escenas de acción, es verdad que están bien hechas y que muestran una barbarie inaudita, pero se echa en falta mayor variedad de situaciones (lo más espectacular, sangre aparte, la secuencia de la bomba abandonada) y el tono épico de ver a Rambo batiéndose por su cuenta contra un helicóptero, un tanque o un titán hinchado de esteroides que le propine al héroe una buena ración de hostias antes de erigirse victorioso. Que Rambo se convierta en un dios de la destrucción y la muerte y que desde lo alto de una colina arrase una civilización entera está bien, es divertido, pero algunos hubiéramos deseado ver algo más de implicación física por su parte en ese clímax salido de madre. La sensación que da es que Johnny se pone a jugar al Space Invaders con los malos y que a esos pobres les toca hacer de marcianos. Aunque lo mismo esto responde a un arrebato moral de Stallone que le obliga a transmitirnos (de manera fallida en todo caso) que la guerra no puede ser espectacular. Por otro lado, llámenme cabrón, también he echado en falta el aliento crepuscular que imbuía toda Rocky Balboa y que la hacía tan especial, además de dejarte claro (o al menos eso parecía) que estábamos ante el capítulo final de un mito viviente. Por muy final que parezca el final de John Rambo, no les extrañe que dentro de un par de años Sly se destape con un Rambo V que, si va a ser tan radical como esta cuarta parte, por mí podrían empezar a filmar mañana mismo.

Hay otros elementos que flojean, como la mayoría del reparto exceptuando a Stallone y la nula personalidad de los villanos, pero tampoco hace falta seguir por ahí en esta reseña que ya se extiende más de lo que tenía previsto. Demasiada palabra, quizá, para un esfuerzo baladí: mostrar a los detractores de John Rambo algunas de sus virtudes y a los que han creído ver una obra maestra unos cuantos defectos. Esfuerzo en vano porque los primeros siempre pueden utilizar la (dudosa) ideología de la película en su contra (ya saben: la violencia sólo se arregla con más violencia), mientras que a los segundos les bastará con decir que esto es Rambo, es gore y es una puta pasada de película. Si, dejando a un lado esas pequeñas trabas que he visto en la cinta, tuviera que unirme a uno de los dos grupos... me iría definitivamente con los segundos. ¿Y ustedes?


21 feb 2006

'El sonido del trueno'

(A sound of thunder. Peter Hyams. Estados Unidos / Alemania / República Checa. 2005. 97 min.) Tras mi feliz paréntesis cómico con Secretos de familia y unos días de sequía blogera, vuelvo a un género que acostumbro a visitar con más frecuencia y en el que suelo encontrar diversión: la ciencia-ficción. La elegida: El sonido del Trueno, del generalmente interesante y competente Peter Hyams (Atmósfera Cero, 2010, Timecop, The Relic, etc.). Lamentablemente, el Hyams que me encontré en El sonido del trueno está más cerca del que me aburrió mortalmente en El fin de los días que el que me divirtió de lo lindo en Permanezca en sintonía o Muerte súbita. Y es una pena, puesto que el material de base, el relato de Ray Bradbury A sound of thunder, tenía todos los puntos a su favor para haberse convertido en una superproducción interesante, vistosa y taquillera. Y ninguno de esos tres adjetivos es aplicable a la película de Hyams.

Poco antes del estreno de la cinta, pude leer una versión en cómic del relato de Bradbury (de quien recomiendo un recopilatorio de historias cortas de suspense titulado Memoria de crímenes) publicado en la revista Weird Science-Fantasy de la EC (editado en forma de recopilatorio en España por Planeta deAgostini, en su Bliblioteca Grandes del Cómic, bajo el título Clásicos de la Ciencia-Ficción, número 9) y allí la historia acababa cuando tras uno de los viajes de Safari Temporal, uno de los cazadores pisa una mariposa y cambia el curso natural de la humanidad, de tal modo que cuando vuelven al presente resulta que ha sido elegido presidente un dictador (si es que los dictadores alguna vez son elegidos democráticamente, claro). En la película toda alusión política ha sido eliminada y se centra en la vertiente ecologista de la historia, planteando el modo en que el efecto mariposa puede cambiar la realidad que hoy conocemos hasta transmutar a la propia humanidad (esos breves segundos en los que vemos cómo sería la evolución humana tras el desastre se convierte en uno de los pocos momentos sorprendentes de la función). Así, tras el accidentado viaje a la Prehistoria llevado a cabo por la empresa Safari Temporal, los cambios van llegando en forma de ondas temporales que transforman todo a su paso y que hacen de una moderna ciudad una jungla de cemento, acero y vegetación salvaje, poblada por primates mutantes, murciélagos gigantes y voraces serpientes marinas (o algo así).

Genial, ¿no?. Pues no, porque lo que podría haber sido todo un caramelo visual se convierte en una lucha constante para el espectador por aguantar la risa ante algunos de los efectos visuales más cochambrosos y falsos que he visto en mucho tiempo. Y no son efectos malos en plan "ay, mira qué cutre, que se nota que es un muñeco de goma"... ¡eso al menos tendría su gracia! Pero estamos hablando de efectos creados por ordenador que hacen que parezca que estamos viendo un mundo de plástico y criaturas de juguete. Y si no entienden lo que quiero decir, sólo tienen que ver la aparición del T-Rex o cualquiera de los paseos de los protagonistas por las calles de la (virtual) ciudad. Dicen que El sonido del Trueno costó 80 millones de dólares... ¡¿en qué los utilizaron?! ¿en comprar pegamento para el peluquín de Ben Kingsley? ¿en regar las plantas de atrezzo? Desde luego, lo que vemos en pantalla no parece que haya costado 80 millones... más bien unos 10 (tirando por alto).

Quizá los motivos de tal desaguisado haya que buscarlos en cuestiones en principio ajenas al equipo artístico y técnico de la cinta, ya que el traslado del guión a la pantalla no fue un camino de rosas precisamente. En un principio el director asignado era Renny Harlin, que quería a Pierce Brosnan como protagonista. Cuando los productores vieron que Harlin pedía más presupuesto del que tenían y que Brosnan no se mostraba muy entusiasmado con el proyecto decidieron darle la batuta al artesano Hyams. Después del rodaje y todo el dinero invertido durante este y la larga preproducción, la productora entró en bancarrota y se vieron en un problema considerable: no tenían dinero suficiente para realizar la posproducción que tenían prevista, por lo cual la calidad de los efectos visuales que acabaron utilizando son más propios de cualquier Grandes Relatos para televisión que de una película pensada para ser estrenada en cines. Y aquí está el quid de la cuestión: si el espectador potencial perdonará este detalle al igual que perdonaba la ingenuidad de los efectos especiales del cine de ciencia-ficción de los años 50... Pero no estamos en lo 50, el público de hoy es más listo y está acostumbrado a manejar gráficos en su ordenador o consola que superan en espectacularidad y verismo a los efectos infográficos que El sonido del Trueno le puede ofrecer. Así que no es de extrañar que la película se convirtiera en un fracaso y en el hazmerreír del público más destroyer.

Y, en el hipotético caso de que uno sea capaz de adentrarse mínimamente en la historia a pesar de la considerable barrera de credibilidad que suponen tales (d)efectos especiales, la verdad es que tampoco hay mucho a lo que agarrarse: el motivo de los cambios drásticos no está lo suficientemente bien explicado como para que alguien poco lúcido como yo se pueda enterar de lo que ha pasado... La relación entre el hecho de que alguien pise una mariposa y que la humanidad se convierta en una especie mutante con aspecto de teletubbie no me quedó muy clara, qué quieren que les diga... Aunque, como jugamos dentro del terreno de la ciencia ficción con intenciones de espectáculo circense, tampoco vamos a ser muy quisquillosos con su argumento y nos vamos a centrar en la acción: poco original y reminiscente de varias obras precedentes, sobre todo (y perdonen la obviedad) de Parque Jurásico y secuelas. Claro que si en la pequeña maravilla de Spielberg nos creíamos que los personajes estaban en peligro porque aquellos dinosaurios estaban endiabladamente bien recreados, en El sonido del Trueno todo parece más falso que un billete de tres euros, y así no hay quien se involucre con los protagonistas, porque mientras vemos la cinta nos los estamos imaginando caminando delante de una pantalla verde chroma y no en el entorno que nos intentan hacer pasar por real. Es una pena que un punto de partida tan interesante haya dado pie a un largometraje tan mediocre y mal acabado. En realidad, tampoco puedes decir que te aburras, pero se queda muy muy lejos de lo que podría haber sido.


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Por algún motivo más allá de la razón, ciertas imágenes de esta película, con su aspecto falso y plastificado, se quedaron impregnadas en mi memoria y todavía las recuerdo. Posiblemente no sea tan execrable como escribí en aquel momento, por lo cual no descarto una revisión eventual.