(Rambo. Sylvester Stallone. EEUU/Alemania, 2008. 93 minutos) Esto va a ser un poco llevar la contraria a la mayoría de gente con la que he hablado de la película (que está todavía de fiesta), pero tengo que decir que no pienso (como tampoco lo hace mi compadre
Starman) que
John Rambo sea la mejor entrega de la serie. Los fans del cine de acción echamos tanto de menos los tiempos de los héroes duros y violentos de los ochenta y noventa que ahora nos ponen una cinta como esta y alucinamos como si nunca hubiéramos visto nada igual... Y eso es lo que está pasando con
John Rambo, cinta extrema, divertida, hiperviolenta, que estamos llevando a los altares como si fuera la panacea y que en realidad, una vez pasado el éxtasis de contemplarla en el cine y habiendo reflexionado sobre ella, acaba por no ser la obra magna que veía al principio. Decir esto para mí implica casi una contradicción, ya que abandoné la sala obnubilado por el festival sangriento con el que culmina el film y aún al día siguiente seguía diciendo que había visto un peliculón con todas las letras. Pero ya en frío, con la distancia que da la semana transcurrida desde su estreno, uno se puede poner picajoso y encontrar motivos para pensar que este triunfal regreso podría haber sido aún más redondo. Entiéndanme, la película es un regalo para los fans de Sly y del género, tiene acción suficiente como para no echarla de menos y sí, efectivamente es tan violenta y desmadrada como afirma todo el mundo, lo cual para algunos es un hecho repulsivo y para otros... un revulsivo que nos conduce a la catarsis deseada. ¿El estado físico de Stallone? El tipo se mueve como yo no era capaz de hacerlo ya a los 20 años. Además, la película está realizada con el empaque suficiente como para no resultar cutre desde un punto de vista audiovisual y Sly dirige las escenas de acción con claridad y ensuciando la cámara con sangre y barro si hace falta. No está Goldsmith (algo tristemente imposible ya), pero su composición principal para el personaje sigue estando presente y eso siempre ayuda a contextualizar mentalmente a nuestro héroe. Pero lo más importante, aquello por lo que deberíamos festejar
John Rambo, es que Stallone le ha pegado una buena patada en la entrepierna a las buenas maneras y al descafeinado cine de acción (o cine, así en general) que nos rodea, llevando su estilo a un terreno sucio, áspero y sangriento como pocas veces se habrá visto en una película comercial norteamericana. Entonces, ¿qué ocurre?, ¿qué más se le podía pedir? Teniendo en cuenta que con todo lo dicho ya les debería quedar claro que les recomiendo la película, me voy a permitir el lujo de ponerme algo meticuloso en lo que sigue y exponer lo que, en realidad, no son más que pequeñas aristas que no impiden (o no deberían impedir) disfrutar del evento. Habrá quien se pregunte por la utilidad de hacer esto: podrían parar de leer aquí con la información suficiente para saber si les va a gustar la película o no, en el caso de que todavía no la hayan visto. Pero aquellos que ya hayan pasado la experiencia, díganme si no están de acuerdo en algunos de estos puntos que expongo a continuación.

Lo que más llama la atención, pero para mal, es el hecho de que a Rambo ahora le toque hacer de niñera de un grupo de mercenarios gallitos que, sin la ayuda de Johnny, hubieran durado un par de horas en la jungla birmana antes de ser echados a los cerdos. Si algo nos gustaba del personaje, especialmente en las dos primeras entregas de la saga, era su independencia, no ya por ser un tipo autosuficiente, sino porque parece que el resto del mundo le importa un bledo o, mejor aún, se convierte en un gran enemigo que supone un peligro para su supervivencia. Si ya es genial ver a Rambo en acción, haciendo todas las barbaridades que comete aquí contra sus víctimas, durante buena parte de metraje... imaginen que en esas secuencias no hubiéramos tenido la presencia, a veces molesta, de esos
mercs de pacotilla que mandan a rescatar a los voluntarios raptados por
los malos de la peli. Rambo se convierte aquí en guerra, sí, pero no está solo y los soldados de fortuna funcionan más como una carga que como una ayuda, tanto para él dentro de la historia como para la propia película. En cuanto a las escenas de acción, es verdad que están bien hechas y que muestran una barbarie inaudita, pero se echa en falta mayor variedad de situaciones (lo más espectacular, sangre aparte, la secuencia de la bomba abandonada) y el tono épico de ver a Rambo batiéndose por su cuenta contra un helicóptero, un tanque o un titán hinchado de esteroides que le propine al héroe una buena ración de hostias antes de erigirse victorioso. Que Rambo se convierta en un dios de la destrucción y la muerte y que desde lo alto de una colina arrase una civilización entera está bien, es divertido, pero algunos hubiéramos deseado ver algo más de implicación física por su parte en ese clímax salido de madre. La sensación que da es que Johnny se pone a jugar al
Space Invaders con los malos y que a esos pobres les toca hacer de marcianos. Aunque lo mismo esto responde a un arrebato moral de Stallone que le obliga a transmitirnos (de manera fallida en todo caso) que la guerra no puede ser espectacular. Por otro lado, llámenme cabrón, también he echado en falta el aliento crepuscular que imbuía toda
Rocky Balboa y que la hacía tan especial, además de dejarte claro (o al menos eso parecía) que estábamos ante el capítulo final de un mito viviente. Por muy
final que parezca el final de
John Rambo, no les extrañe que dentro de un par de años Sly se destape con un
Rambo V que, si va a ser tan radical como esta cuarta parte, por mí podrían empezar a filmar mañana mismo.
Hay otros elementos que flojean, como la mayoría del reparto exceptuando a Stallone y la nula personalidad de los villanos, pero tampoco hace falta seguir por ahí en esta reseña que ya se extiende más de lo que tenía previsto. Demasiada palabra, quizá, para un esfuerzo baladí: mostrar a los detractores de
John Rambo algunas de sus virtudes y a los que han creído ver una obra maestra unos cuantos defectos. Esfuerzo en vano porque los primeros siempre pueden utilizar la (dudosa) ideología de la película en su contra (ya saben: la violencia sólo se arregla con más violencia), mientras que a los segundos les bastará con decir que esto es
Rambo, es gore y es una puta pasada de película. Si, dejando a un lado esas pequeñas trabas que he visto en la cinta, tuviera que unirme a uno de los dos grupos... me iría definitivamente con los segundos. ¿Y ustedes?