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Mostrando entradas con la etiqueta Eli Roth. Mostrar todas las entradas
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19 feb 2011

'Piranha 3D'

(Piranha 3D. Alexandre Aja. Estados Unidos. 2010. 88 minutos) Con toda la que está cayendo con la Ley Sinde, la piratería y la crisis económica, que también se ve reflejada en las colas de los cines, cada vez menos pobladas por culpa no sólo de la pobre economía de los espectadores, sino por el cada vez más abusivo precio de las entradas, Piranha 3D nos sirve para reflexionar sobre algo muy importante en lo que no suelen caer los que tan alegremente acusan a los internautas de ladrones. Veamos, el estreno de la película está previsto en España para el 25 de Marzo. En Estados Unidos se estrenó en Agosto de 2010, es decir, siete meses antes que aquí. Eso significa que si el 25 de Marzo no acude nadie a las salas donde se proyecta será porque todo aquel que realmente quisiera verla ha tenido la ocasión de hacerlo ya, incluso de manera legal: el BluRay salió en EEUU el 11 de Enero, lleva subtítulos en nuestro idioma y se puede comprar en Amazon, por ejemplo. Pregunta retórica: ¿con todo lo bien que se ha escrito sobre la película, aprovechamos la primera oportunidad que tengamos de echarle un vistazo o aguantamos siete meses para poder hacerlo, pagando por dos entradas con el precio inflado por el 3D lo mismo que nos costaría el BluRay y con la incertidumbre de si realmente se estrenaría en España o no? 

LO MEJOR: Consigue todo lo que se propone.
LO PEOR: Que alguien sea capaz de aburrirse con ella.
Con todo, y aunque ya la he disfrutado dos veces, no descarto ir al cine a verla ya que, hasta ahora, contradiciendo al engreído de James Cameron y secundando al mucho más inteligente Rubén Lardín, es posible que Piranha 3D sea una de las pocas películas que de verdad merezcan la pena ver en ese sistema, ya que en la versión en 2D se intuye el festival que debe ser en formato tridimensional: Kelly Brook bailando completamente desnuda mientras bucea, miembros amputados y mordisqueados flotando en el agua, un montón de feroces pirañas avalanzándose contra el público y varios estímulos más con un carácter grotesco y desagradable a la par que lúdico y jocoso. Piranha 3D tiene todo lo necesario para que nos lo pasemos a lo grande: comienza como una comedia juvenil en plan Los Albóndigas III, sigue como una película de terror bestia y sanguinolenta y culmina en plan cinta de acción rumbera. Además, resulta imposible no contagiarse de la alegría que desprenden sus actores: se nota que Jerry O'Connell, Eli Roth, Kelly Brook y Steven R. McQueen se lo pasan teta en sus respectivos papeles, mientras que Elisabeth Shue, Ving Rhames y Christopher Lloyd aportan el perfecto contrapunto serio, por decirlo de algún modo, en medio de un bellísimo caos de efectos especiales, camisetas mojadas, sangre a borbotones y chistes guarros. La película del año, si no fuera porque es del año pasado

17 oct 2009

'Malditos Bastardos'

(Inglorious Basterds. Quentin Tarantino. EEUU/Alemania. 2009. 153 minutos). Considerar Malditos Bastardos como una estafa ha sido lo más común desde que se estrenó la película, pero estaríamos obviando un detalle importante: Tarantino construye su cine a base de retales que extrae de manera indiscriminada de toda la ponzoña que lleva dentro de su cabeza y, en su microcosmos de referencias heterogéneas pero siempre de raigambre bé y zeta, ha dejado influenciarse por otra de las características de este tipo de cine, algo que antaño nos enojaba y ahora encumbramos como uno de los pilares en los que se sostiene nuestra nostalgia audiovisual. Hablo de dar gato por liebre. Recuerden esas carátulas de videoclub en las que la hipérbole hecha dibujo nos epataba y en las que, indefectiblemente, los músculos del protagonista siempre eran más gruesos, las chicas más guapas y las explosiones más grandes que en la realidad que nos devolvía la cinta al pulsar el Play. Era una putada, pero era parte del juego. Tarantino no ha mentido en los carteles promocionales de Malditos Bastardos, pero ha ido más lejos todavía y ha construido un mundo de expectativas visuales, genéricas y argumentales que no se cumplen y que se plantean desde el mismo título. Los Malditos Bastardos, con Brad Pitt en cabeza, son el reclamo publicitario sobre el que se sustenta toda la promoción, pero Tarantino les utiliza del mismo modo en que Joseph Lai usaba a Richard Harrison: aparte de servir de punch, aparecen sólo en algunas secuencias y se mueven por una trama que transcurre paralela a la principal (aquí, las motivaciones de Soshanna, su historia de venganza por encima de la Historia) con la que no tiene por qué cruzarse, aunque en este caso sí que convergen ambas vías en un Capítulo 5 de una belleza y una ejecución técnica incuestionables. Porque, y esto es lo que separa a los cabezones intransigentes de los sagaces, lo que cuenta al fin y al cabo es que la cosa funcione. Y Malditos Bastardos, por mucho que se aleje de lo que se esperaba de ella, no da gato por liebre, sino que a cambio nos ofrece otra liebre distinta a la que todos queríamos dar caza y que no por ello deja de resultar igual de jugosa.


Decía el acomodador a la salida del cine: "no se ven películas como ésta todos los días, ¿eh?". Y en esa frase está la clave: independientemente de lo mucho o poco que se acerque a nuestras expectativas, Malditos Bastardos, como todo lo que ha estrenado Tarantino después de Reservoir Dogs, ha sido la película ineludible de la temporada, el Quijote de este otoño, el anti-blockbuster de visión obligada. Es, en definitiva, una bella contradicción: una película de guerra sin escenas bélicas, protagonizada por un comando de soldados que resultan ser secundarios, que bebe más del western que de las historias de la II Guerra Mundial y que, a pesar de su extensa duración, sólo está compuesta por un puñado de secuencias (casi una por capítulo de los cinco que forman su estructura). Pero su validez, como viene siendo habitual en Quentin, va mucho más allá del catálogo de referencias atinadas (esas que a usted le hacen sentir más inteligente que a sus compañeros de butaca) que se intenta justificar como único mérito de su filmografía. Lo poderoso de Tarantino y de Malditos Bastardos es su perversa inteligencia, el ir siempre por delante de las previsiones del público para machacarlas mientras le acaricia el lomo con un par de guiños complacientes, su didactismo cinematográfico (no sólo porque fomenta el descubrimiento de las piezas que componen el corpus referencial de Tarantino, sino porque es una película que habla más del poder de las imágenes y los iconos que del contexto histórico que la enmarca) y su capacidad para crear tensión desde la nada estirando las situaciones dramáticas al máximo para culminar siempre con una explosión de eficacia visual y narrativa, aunque a veces corra el riesgo de propasarse prolongando determinados momentos hasta rozar levemente el hastío, lo que supone el único hándicap real de la película más allá de nuestras injustas preconcepciones. Así que uno no debe entrar en el juego de si es la mejor o peor película de Tarantino o en qué posición del ranking estaría, de si es mejor o peor de lo que esperábamos sólo por ser diferente, porque estaríamos haciendo un esfuerzo en vano que nos alejaría de lo que realmente importa: Malditos Bastardos contiene toda la audacia, riqueza audiovisual e intensidad dramática que cabía exigirle. Y además, violencia y carcajadas. ¿De qué nos quejamos?

3 abr 2006

'Hostel'

(Hostel. Eli Roth. Estados Unidos. 2005. 90 min.) Hostel parece nacida para la controversia: una semana después de su estreno en España (y transcurridos meses desde que inició su recorrido por las taquillas norteamericanas) se pueden leer críticas de todo tipo relativas a este largometraje. Y por lo que he visto no hay término medio: o se disfruta mucho o parece una bobada. Los que han leído alguna de mis críticas en este blog, algún comentario o mi perfil, podrían deducir fácilmente de qué lado estoy a la hora de hablar de Hostel: efectivamente, disfruté horrores en la sala de cine donde la proyectaban, entregándome por completo a lo que me ofrecía la pantalla y con el piloto crítico desconectado. Sé que esto puede interpretarse como una falta de profesionalidad por mi parte, pero considero que a veces es mejor ver una película sin ningún afán deconstructivo, limitándose a aceptar lo que el director te da y tomando la realidad que sale del proyector como la única posible durante los noventa minutos que dura el pase.

Evidentemente, Hostel no es un documental y tiene sus exageraciones (como que alguien pueda seguir consciente después de que le arranquen un ojo. Aunque tampoco soy médico, claro...), por lo que le pasa lo mismo que a gran parte de películas del género terrorífico/fantástico: necesita lo que algunos llaman suspensión de la credibilidad. Es decir, creerte todo lo que sale en pantalla y no intentar compararlo con los hechos fehacientes que nos encontramos cada día en nuestra vida diaria. Desde mi punto de vista, el buscar un verismo total en este tipo de cine es como ir a ver Star Wars y decir que es mala porque en el espacio no hay nada donde reboten las ondas sonoras y por tanto las explosiones jamás podrían escucharse. ¡Esto es cine, chicos!

Pero como hay públicos de todos los tipos, entiendo perfectamente a quién no gustará Hostel: a los que le desagrade el gore, a los que busquen un guión elaborado, a los que no le guste el cine de terror adolescente, a los que no sepan (o no quieran) ejercer esa suspensión de credibilidad, a los que busquen vísceras todo el rato (¡sorpresa!, Hostel no es un festival gore non-stop, como algunos piensan) y así podríamos seguir, porque creo que hay más gente que tiene posibilidades de detestar Hostel que potenciales admiradores...

¿A quién satisfará entonces? Imposible de saber, sinceramente. A mí me ha gustado. A amigos míos les ha gustado. ¡A mi madre le ha gustado!. Y si lo pienso detenidamente, lo que todos tenemos en común es que desde pequeños hemos visto cine de terror de todo tipo (desde los clásicos hasta lo más cafre), estamos más que rodados en el género y no nos ponemos nerviosos por ver a un personaje vomitando. Sabemos que son películas que tienen una serie de limitaciones y no buscamos obras maestras cuando las vemos. Simplemente queremos pasar un buen rato viendo sufrir a los que están detrás de la pantalla y sabiendo que al final serán felices (o no), pero que a nosotros desde nuestra butaca no nos va a pasar nada. Algunos comparan esta sensación con la de subir a una montaña rusa: disfrutar de la adrenalina que provoca el miedo desde una posición segura. Y a nadie le obligan a subir a una montaña rusa, quien lo hace ya sabe a qué atenerse. Pues lo mismo pasa con Hostel, en definitiva.

Bien, lleváis leyendo unos minutos y aún no he dicho realmente nada sobre la película. Pero, ojo, lo hago a propósito. No quiero destripar (jajaja, ... ejem) el argumento a nadie, porque pienso que (como pasa con todo el cine en general) lo ideal es no saber qué va a pasar exactamente en la historia, aunque sepas previamente por qué caminos se va a mover. Esta es una reseña pensada para los que aún no han visto Hostel y estén dudando entre verla o no. Así que sólo doy algunos apuntes: hay bastante sexo, hay violencia, hay planos desagradables... Hablando de sus personajes, se podría decir que son algo... ¿cómo decirlo?... ¿lentos? Pero, sinceramente, en esta película los protagonistas se mueven principalmente por tres impulsos: el sexo, la supervivencia y la venganza. No están haciendo ningún examen. No tienen que demostrar lo inteligentes y cultos que son cada vez que digan una frase (como sí hacían los personajes de Scream, por ejemplo), simplemente actúan consecuentemente con lo que pretenden hacer en cada momento (ya sea drogarse, tener sexo salvaje o atropellar a alguien... otra cosa es que moralmente no aprobemos sus pulsiones) y reaccionan a las adversidades de su entorno. En este sentido, más que cine de terror, Hostel es cine de supervivencia, de desesperanza (la moraleja que podríamos sacar es que el ser humano es despreciable, especialmente aquellos que tienen el poder y no se excitan con nada que no sea... bueno... mejor vedlo vosotros mismos), que nos habla sobre la pérdida de la inocencia (los primeros minutos y los últimos son de una diferencia radical, y nos recuerdan que cuando pensamos que todo va bien, no tarda mucho en aparecer la maldita "mala suerte" y mandarlo todo al carajo) y sobre el miedo a lo extraño o, mejor dicho, a lo extranjero.

Película que puede ser tildada de xenófoba, misógina, amoral y obscena por los que se toman esto del cine demasiado en serio, Hostel es, para mí (y para buena parte del público y, por qué no decirlo, de la crítica), una cinta que de haberse filmado hace veinte años hoy sólo sería recordada por los fans de Noche de Lobos y los asiduos al videoclub, pero que tal y como está el panorama del cine de terror actual (especialmente el norteamericano) tiene todas las papeletas para convertirse en un película de culto (como le pasó hace poco a Alta Tensión de Alexandre Aja, o al binomio La casa de los 1000 cadáveres/Los renegados del diablo de Rob Zombie). No es la panacea, pero es de lo mejorcito que he visto últimamente en el género.


Publicado originalmente en (ex)Tierra de Cinéfagos. Notas desde el futuro: Con esta reseña comenzaron los primeros piques con la gente de Tierra. Supongo que el hecho de que dijera que no me tomo el cine en serio les sentó como una patada en el estómago y empezaron a ponerme cruces. También comenzaron a comentar en secreto que yo no tenía ni puta idea de cine, que era un gañán y todo eso. Y ese fue el momento en el que tendría que haber recogido los bártulos e irme de allí, de no ser porque en el fondo soy bastante cabezón. Hostel me sigue gustando como el día que escribí la reseña.