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28 oct 2009

'This is it'

(This is it. Kenny Ortega. EEUU. 2009. 112 minutos). La forma más fácil que tenía Kenny Ortega de acercarse a la figura de Michael Jackson en este documental era la de la hagiografía, abordando la figura de un mito desde las ventajas que dan el haberle sobrevivido, haber trabajado estrechamente con él en su proyecto más ambicioso en años y saber que tenía millones de espectadores en potencia deseando ver en pantalla grande los ensayos de lo que jamás podrán ya ver en vivo. Sin embargo, con un giro de guión que no esperaba de Ortega ni de Sony (estos últimos dispuestos a exprimir el cadáver de Michael Jackson ahora que sí le consideran rentable) y que agradezco considerablemente no sólo como fan de Jackson sino como espectador, This is it no pretende ser la propuesta de beatificación de Michael que algunos temíamos ni tampoco el crowd pleaser en busca de la lágrima fácil que en el fondo muchos querrían ver. No encontrarán en la película, aparte de algún rótulo justificada y apropiadamente solemne, momentos para la lástima y las condolencias, porque prefiere celebrar a Michael Jackson antes que llorarle. Por eso en ningún momento carga las tintas sobre la desaparición del Rey del Pop, no hay imágenes de archivo sobre su deceso ni testimonios post-mortem, sino que se ajusta honradamente a lo que debería ser: un resumen de los ensayos de los conciertos de Londres que finalmente no se produjeron, entre los que se intercalan algunas declaraciones de varios miembros del equipo y varias secuencias que conforman una radiografía poco (pero suficientemente) precisa sobre el esqueleto del show que estaban preparando. No hay tampoco nada que hable sobre el estado de salud de Jackson, sobre sus presuntos problemas financieros o a propósito de su ajetreada vida privada (ya llegará el momento de todo eso cuando filmen un biopic). Pero no es una omisión consciente de cara a glorificar la persona de Michael, ya que se centran escrupulosamente en el artista, en el creador de música y espectáculo y así es como se le representa: siempre inquieto, imparable y en forma, atento con sus compañeros pero también inflexible y obsesivamente perfeccionista sobre el acabado final de su obra, capaz de detener un ensayo que parece perfecto porque un efecto de luz no ha entrado a tiempo o un bajo no suena "lo suficientemente funky".

Al mismo tiempo, podemos apreciar un Michael Jackson profundamente religioso y activista de la causa ecológica, así como alguien controlado por su don artístico: después de interpretar I just can't stop loving you como si estuviera delante de miles de personas, se queja al equipo de que no debería forzar su voz ya que sólo están ensayando, pero es gracias a esa incapacidad para controlar su pasión sobre el escenario que This is it, la película, llega a convertirse en algo tan emocionante: primero porque resulta vibrante ver al artista interpretando por última vez sus temas más conocidos (con la afortunada inclusión de otros que no lo son tanto, como Speechless o Threatened, que sólo reconocerán los muy fans) con una energía en los movimientos insospechada, y segundo porque planta dentro de los espectadores más entregados la semilla de la frustración, al invitarles a imaginar lo que podría haber dado de sí el espectáculo una vez finalizado y presentado en directo. En este sentido es digno de destacar también la inclusión de vídeos inéditos, o fragmentos de ellos, que estaban preparando para proyectar en la pantalla del O2 Arena de Londres: una nueva versión de Smooth Criminal que reutiliza partes del vídeo original junto a escenas nuevas y un montaje que sitúa a Michael recogiendo el guante de Gilda y esquivando las balas de Humphrey Bogart; Thriller es también objeto de nuevas imágenes en las que se recupera un fragmento inédito del rap de Vincent Price que no había sido incluído en la versión original; y por último Earth Song se apoya en las imágenes de una niña perdida en medio de una deforestación salvaje.

Todo el proyecto está concebido con la sana intención de rendir tributo artístico al legado musical de Michael Jackson y convertirse en un regalo para fans. La duda está en si las dos horas de este collage, que además se proyecta en versión original subtitulada (otra de las gratas sorpresas del evento), resultarán un producto plúmbeo para los que no son fans de Jackson, ya que el resultado final no parece el idóneo para satisfacer a curiosos, morbosos o casuales, tampoco para los que busquen un análisis profundo sobre la huella de su protagonista en la cultura pop o un espectáculo audiovisual como Moonwalker. This is it no es más que lo que promete: un montaje de los mejores momentos de los ensayos para los truncados conciertos londinenses (impagable, casi doloroso, es el ensayo de I'll be there), con un acabado técnico propio de su carácter de grabación personal, empaquetados y servidos con buen gusto y una decencia (por todo lo que he explicado antes) que, siendo sincero, no esperaba encontrar. Su grado de fascinación depende, pues, de la relación que ustedes tengan con la figura de Michael Jackson, aunque en este caso la etiqueta "sólo para fans" debería considerarse más un elogio que un agravio. Un último apunte: no se levanten hasta que finalicen los títulos de crédito.


19 jul 2009

'Moonwalker'


(Moonwalker. Jerry Kramer, Colin Chilvers, Jim Blashfield. EEUU. 1988. 93 minutos)

Para Mario, que lleva años pidiéndome esto.

"De la imaginación de Michael Jackson llega una película como ninguna otra"
decía la publicidad de Moonwalker, título con el que Jacko pretendía ir más allá de lo que fue la experiencia Thriller: en lugar de limitarse a promocionar su flamante álbum Bad con un cortometraje destinado a la televisión y al vídeo (dirigido en esa ocasión por Martin Scorsese), la intención era construir un largometraje completo con posibilidades de ser estrenado en salas comerciales (no limitado a target tan específico que tenía Captain Eo) que sirviera, además, como colofón a lo grande de un Bad Tour que transcurrió simultáneo a la filmación del mismo. Se trataba del siguiente paso en una carrera que, a esas alturas, ya estaba en un nivel distinto al de cualquiera de sus coetáneos y que otorgaba a su protagonista la posibilidad de reinventar su entorno y su persona para construir un universo propio que gravitara en torno a su efigie mutante y progresivamente mesiánica. Michael Jackson, con expresión inocente pero con ambición revolucionaria, quería llegar donde ningún cantante había llegado antes y convertirse en el Entertainer Total, consiguiendo que lo que en otros era un simple trabajo discográfico se transformara en su caso en un todavía tosco aparato multimedia que incluyera un disco, una gira, una película, un videojuego y un libro, manteniendo así a los fans ocupados hasta el siguiente trabajo, que llegaría en 1991 bajo el nombre de Dangerous. Lamentablemente para Michael Jackson, ni siquiera con toda esta mercadotecnia pudo superar las expectativas que se habían generado después del arrollador Thriller y su lluvia de premios y ventas, hasta tal punto que Moonwalker no pasó por los cines estadounidenses y se lanzó directamente en vídeo en 1989, habiendo sido ya estrenada en salas en otros países como España, donde se pudo ver en diciembre de 1988.


En cierto modo, lo que enunciaba el slogan era verdad: Moonwalker es todo menos una película convencional. Su estructura rompe con todas las reglas narrativas al presentar unos primeros cuarenta minutos que comienzan con una versión en directo de Man in the mirror (en la que se utilizan extractos de diferentes conciertos del Bad World Tour) para continuar con un montaje que repasa la trayectoria profesional de Michael desde sus inicios en los Jackson Five hasta ese instante, una presentación innecesaria (¿habría alguien en 1988 que pagara por ver la película y no supiera quién era Michael Jackson y qué había hecho antes?) y que se entiende como recopilación audiovisual para fans y como hagiografía pop, en la que incluso se retocan imágenes para reforzar la sensación de que Michael estaba cerca de la divinidad (las alas de ángel dibujadas sobre su figura en el extracto de Rock with you) y de la magia (un halo de estrellas se desprendía ahora de sus calcetines, su guante y su sombrero a cada movimiento en la recuperación de la mítica interpretación de Billie Jean en el 25 aniversario de la Motown). Tras el greatest hits llega un cortometraje que comienza como una versión infantil de Bad titulada Badder (protagonizada por Brandon Adams, a quien más tarde veremos en el verdadero corpus de la película) y finaliza con un desenfrenado clip de Speed Demon lleno de claymation y cameos entre los que se advierten versiones caricaturizadas de Spielberg, Stallone, Tina Turner o Pee-Wee Herman. Varios detalles interesantes aquí: primero, que una vez finaliza su interpretación de Bad, Brandon Adams se transforma en un Michael Jackson adulto tras cruzar una pantalla de humo. El mensaje es así de evidente y ni siquiera merece la pena detenerse en él. Sí hay que destacar el guiño de Michael hacia quien la prensa pretendía convertir en su rival y quien rechazó cantar a dúo el tema que daba título al disco de 1987. El equipo de seguridad de Michael le comenta que le han puesto a Bubbles (su mono) una camiseta de Prince, algo que no hace mucha gracia al primero en la ficción y menos (supongo) al segundo en la realidad, cuyo sentido del humor siempre he puesto en duda. Citada la palabra realidad, conviene destacar también el hecho de que en este corto Michael y su equipo son casi los únicos con aspecto humano (entran en la excepción también algunos extras), mientras que el resto de personajes están hechos por animación. Así, los seres grotescos son aquí el resto de humanos y no Michael, aunque finalmente se acaba convirtiendo también en un personaje animado por stop-motion que juega al transformismo para despistar a los que le acosan y que acaba por adquirir vida propia, produciéndose un duelo entre el Jackson que es en realidad y el que los demás ven y no saben interpretar. Se muestra entonces un Michael Jackson por primera vez en su carrera plenamente combativo y crítico contra el acoso de los medios de comunicación, potenciándose hasta el extremo con el siguiente fragmento de la película: Leave me alone. Como ya se ha dicho en varias ocasiones, se trata del primer tema en el que Michael Jackson habla sobre sí mismo y de su relación con los media. Irónicamente, a pesar de tratarse de una pieza tan personal (o quizá debido a eso), sólo se editó como bonustrack de la edición en cd de Bad, quedando excluído de las versiones en vinilo y cassette, por lo que durante un tiempo fue una canción que algunos fans sólo podíamos disfrutar viendo Moonwalker. El videoclip es sencillamente genial, con un Michael Jackson que se adentra en un parque de atracciones lleno de sus obsesiones en el que juega con los rumores que giraban en torno a su persona y que finaliza con el descubrimiento de que, en realidad, el parque temático es el propio Michael. Con esta imagen, que tiene tanto de denuncia como de declaración de intenciones, finaliza la primera mitad de Moonwalker y comienza, por fin, lo que el póster y el tráiler vendían.

Como decía, se puede pensar que aquí es donde empieza realmente Moonwalker - La película, asumiendo que el resto no es más que una larga introducción destinada a rellenar metraje para llegar a los casi noventa minutos de rigor. También que esta segunda parte no es más que una versión extendida hasta el paroxismo del videoclip Smooth Criminal con el que encaja a todos los niveles y en torno al cual se desarrolla una historia, entrando así a formar parte de la estructura del resto de Moonwalker concebida como una colección de videoclips. Sea como fuere, sí que se propone aquí, aunque de manera turbia, un planteamiento, nudo y desenlace ausentes en el resto del producto, unos diálogos y una correlación de escenas interdependientes que conforman un mediometraje de estética retrofuturista que viene a ser algo así como una película de acción y fantasía protagonizada por Michael Jackson, es decir, como Captain Eo pero con un tono menos infantil (lo que no quiere decir que tenga un tratamiento adulto, ni mucho menos). Básicamente, la historia se resume en el enfrentamiento entre un extraño personaje con poderes sobrenaturales y procedencia incierta (Michael haciendo de... Michael) y un tal Frankie Lideo que se hace llamar Mr. Big (Joe Pesci desbocado) que pretender dominar el mundo drogando a los niños y llenando todo de arañas. En medio del tinglado hallamos a tres amigos pequeños del protagonista (Kellie Parker, Brandon Adams y Sean Lennon... sí, el hijo de...) que en unas secuencias aparecen ataviados como vagabundos y en otras no, sin explicación aparente, y que junto al protagonista descubren las intenciones de Lideo. Cuando la niña del grupo es secuestrada, Michael desata toda su ira demostrando (una vez más) una capacidad inaudita para transmutar en lo que desee, ya sea un coche, un robot o una nave espacial (eso sí, siempre y cuando vea una estrella fugaz) y para dar vida a lo inerte (otra vez las connotaciones divinas), como en la escena en la que entra en un club abandonado de los años 30 y acaba convirtiéndose en un número musical con una de las coreografías grupales más famosas de todos los tiempos.


Si el argumento parece una locura sin mucho sentido es porque lo es. Apenas sabemos nada sobre los personajes y la narración es confusa, jugando con algunas alteraciones temporales de dudosa coherencia y generando la sensación de que los espectadores han llegado tarde y están viendo el clímax final de una historia cuya primera mitad no han presenciado. Pero eso hace también que la experiencia sea intensa y vibrante: no hay paja, todo es una persecución constante a través de escenarios que no ocultan jamás su condición de decorados y por los que jamás pasa nadie, llegando a una conclusión repleta de efectos visuales y explosiones que parece filmada por el Roland Emmerich de la época, con su obsesión por capturar el sense of wonder spielbergiano. En su condición de cuento para niños, con niños y protagonizada por un adulto que seguía sintiéndose niño, hay cabida también para algunas imágenes de leve violencia que sorprenden viniendo de Michael Jackson: los golpes de Mr. Big a la niña y su amenaza con la jeringuilla llena de droga resultan tan perturbadores como esos planos en los que los cascos de los secuaces del villano revientan y dejan ver que no existían cabezas dentro de ellos, así como impactante resulta el hecho de que Michael llegue a matar a alguien disparándole a bocajarro durante la pieza musical de Smooth Criminal (en la que hay un interludio francamente raro e incómodo en el que el cantante y el resto del cast parece contorsionarse y gemir entre convulsiones orgásmicas, precedente directo de la parte del clip Black or White que sería censurada años más tarde por varias televisiones). Al final todo se convierte en un monumento hacia un Michael Jackson que incluso se sacrifica por sus amigos y acaba resucitando para invitarles a un concierto de... ¿lo adivinan? Con esa escenificación final del Come together de los Beatles se rompe otra barrera y se difumina del todo la pared entre el Michael personaje y el real, dejando claro que Jacko no es alguien como los demás y que, aparte de ser responsable de los momentos musicales más emocionantes de las últimas décadas, también era capaz de hacer otros milagros. Es un mensaje que puede poner nerviosos a los detractores del artista, desde luego, quienes harían bien en no acercarse jamás a Moonwalker ni siquiera con desdén antropológico. Pero para los fans, los de Jackson y los de los años ochenta, se trata de una pieza que se sobrepone a todas sus faltas por su capacidad para capturar tanto el espíritu de una época como la idiosincrasia de un genio en pleno subidón de ego plenamente justificado. La publicidad no engañaba, entonces: Moonwalker es magia y es espectáculo. Es Michael Jackson y es la posibilidad de urgar en su cabeza, en sus obsesiones, sueños, miedos y fantasías. Y, por lo tanto, es imprescindible.


17 mar 2009

'Wattstax'


(Wattstax. Mel Stuart. EEUU. 1973. 98 minutos). ¡Yo soy alguien! era la frase que el reverendo Jesse Jackson gritaba a los más de 100.000 afroamericanos congregados en el Los Angeles Coliseum el 20 de Agosto de 1972. Se conmemoraban siete años de los siete días de revueltas raciales que asolaron el barrio de Watts en 1965, causando tres decenas de muertos y más de mil heridos. Así que con este punto de partida, ya deberían tener claro que WattStax es más que una crónica sobre el concierto organizado por la discográfica Stax: más que un espectáculo musical filmado, la película es un documental que da voz a una comunidad que empezaba a tener peso social y necesitaba expresarse, intercalando las actuaciones de los Bar-Kays, Carla Thomas o Isaac Hayes en el Coliseum con otras filmadas a posteriori de Johnnie Taylor o Luther Ingram (esta trampeada, ya que intentan hacer creer con el montaje que Ingram estuvo en WattStax cuando realmente no pudo acudir), pero también dedicando gran parte de su metraje a vecinos de Watts que hablan sobre qué significa ser negro (entre ellos Ted Lange, años antes de embarcarse en The Love Boat) y a monólogos recitados por Richard Pryor.

Pero no teman, no tienen que ser Black Panthers para disfrutar de la película, porque aparte del valor sociológico y reivindicativo, WattStax también detiene su foco sobre temas más íntimos y culturales, además de ofrecer la posibilidad de plantarse delante del televisor a bailar el Funky Chicken y emocionarse con If loving you is wrong I don't wanna be right, que es uno de los mejores temas de soul jamás interpretados y el motivo que me hizo llegar hasta el documental. En el siguiente vídeo tienen un resumen... y si se quedan con ganas de más pueden ver el largometraje íntegro en el propio YouTube. Disfruten.

23 ene 2008

'El cuchitril de Joe'

(Joe's apartment. John Payson. EEUU, 1996. 76 minutos). ¿Una comedia producida por la MTV con el protagonista de Mi identidad secreta y con números musicales interpretados por cucarachas parlantes? Eso tenía que verlo sí o sí, aunque haya tardado más de una década en toparme finalmente con esta cinta que me llamó la atención desde que vi su carátula en alguna videoguía de esas que mandaban por correo y que, sin haberme molestado tampoco en buscarla, había querido ver desde entonces. No voy a decir que después de su visionado esté pensando en montar un circo de cucarachas, hoy desgraciadamente las pelis no me marcan tanto como para sentir esos arrebatos (como cuando quise construir un robot con la chatarra que me iba encontrando tras ver cómo los protas de Exploradores se montaban una nave espacial con un cubo de la basura y cuatro latas más... ya que pensaba que hacer un robot sería menos complicado que eso), pero sí les digo que la peli ha entrado ya dentro de mi lista de comedias locas favoritas de los 90 junto a Cabezas huecas, cualquiera de las dos de Bill & Ted o las menos conocidas CB4 y El gran lío.

Basándose en un cortometraje propio realizado para la MTV, que pueden ver pulsando aquí, y apoyándose en el buen trabajo que hicieron los de Blue Sky Studios (luego responsables de Ice Age) a la hora de animar las cucarachas infográfricas, John Payson retoma íntegra la secuencia que había filmado previamente y construye a su alrededor una película que ya no sólo se ocupa de plasmar esa incómoda situación de invitar a una chica a casa y descubrir demasiado tarde que has dejado los calzoncillos en un lugar visible, sino que introduce también otros detalles que no por estar tratados de manera leve merecen ser obviados: el chico de pueblo perdido en la urbe (como si se tratara de una versión amable de lo que le ocurre a la protagonista de la sequísima Ángel de venganza de Abel Ferrara, a Joe le roban tres veces seguidas nada más bajarse del autobús), la especulación inmobiliaria (representada por un magnate que lleva ropa interior femenina bajo su elegante smoking, quien quiere derribar el costroso edificio en el que se aloja el protagonista para construir en el terreno la cárcel más grande de Estados Unidos), la penosa vida de los que se dejan llevar por su voluntariosa creatividad (ese artista que pasa más de dos días tirado en una calle cubierto de sangre falsa esperando a que alguien intente ayudarle o preocuparse por él: sólo alguien de fuera de la ciudad sería incapaz de ignorarle)... Pero sobre todo, El cuchitril de Joe, dentro de su disfraz de experimento disparatado y posmoderno, habla del angst postadolescente, de esa situación crítica en la que termina tu periodo de pruebas y comienza el mundo real, en el que descubres que un título universitario por sí mismo no te da carta blanca para nada, en el que aprendes que los trabajos bellos sólo existen para algunos y que incluso los feos son difíciles de conseguir, en el que la palabra emancipación suele llevar connotaciones utópicas, y en el que el término amor sigue siendo únicamente un conjunto de letras del que no terminas muy bien de comprender su significado porque parece escrito para otros.

Pero, un momento, no se me asusten: El cuchitril de Joe no es una cinta de vocación deprimente, por mucho que en algunas de sus ideas se deslice ese deje amargo bajo su socarronería. Y es posible que parte de estos mensajes oscuros los potencie yo mismo debido a una situación personal no precisamente halagüeña (esta frase se la dedico a esa gente que piensa que siempre escribo con la intención de hacer llorar a mis lectores, con cariño y eso), así que probablemente los que no hayan visto la película lo único que quieren saber es si se lo pasarán bien viéndola. La respuesta es sí. A las tribulaciones de Joe por conseguir sus objetivos de madurez e independencia, ya de por sí desafíos suficientes para cualquiera, hay que añadir el hecho de que sea perseguido por un par de matones de poca monta que intentan hacerle abandonar el piso (que adquiere de una manera milagrosa) y de que se vea obligado a hacer algo sucio para conquistar a la mujer de la que se ha enamorado: recoger mierda (desde luego, Payson no es el rey de la sutileza, ni en conceptos ni en el acabado totalmente videoclipero del conjunto... algo que a mí no me molesta en absoluto). Por otra parte, sólo por ver a los bichos en acción ya merece la pena ver la película. Esos números musicales llenos de suciedad y armonía me han conquistado. Termino esta reseña presentándoles mi performance favorita de toda la cinta, primero con la intención de que se hagan una idea de lo que van a encontrar en esta hora y cuarto si se deciden a ver el show completo y aún no lo conocen, y segundo, para darles el último empujón, ya definitivo, hacia el deseo de hacerlo. Habrá quien piense que El cuchitril de Joe no es más que un videoclip con cucarachas cantarinas de 75 minutos. Pues qué quieren que les diga... a mí me parece el mejor videoclip con cucarachas cantarinas que podría hacerse.

11 dic 2005

'Camarón, la película'

(Camarón, la película. Jaime Chávarri. España. 2005. 115 minutos) Que esta confesión vaya de antemano: jamás en mi vida he escuchado un disco de Camarón. Y no por falta de oportunidades: tengo familiares a los que les encanta y algún amigo gitano que me ha enseñado sus discos. Pero el flamenco o la música gitana en general no es especialmente de mi agrado. De ahí que mi opinión de la película Camarón esté limpia de toda subjetividad (dentro de lo posible, claro) y alejada del fanatismo hacia la figura a la que representa.

Los que me conozcan o los que seáis asiduos lectores de este blog notaréis extraño que me haya acercado a esta película. Razón no os falta, pero una mezcla de lo poco interesante de la cartelera actual, la cinefagia compulsiva, la curiosidad y la recomendación han hecho que acabe viéndola.

El resultado es el siguiente: un biopic de manual. Lo que menos quería que sucediera ha acabado haciéndose realidad; Camarón sigue al pie de la letra las reglas de toda película biográfica que se precie: muestra al personaje de pequeño, una elipsis nos lleva 10 ó 15 años más tarde en el tiempo (es imposible saber en qué año transcurre la película porque el director no se molesta en aclarárnoslo, como si todos fuéramos conocedores de la vida de quien retrata...), somos testigos de su auge y finalmente de su caída. Todo sin sorpresas, con una narración plana y con saltos temporales que más que elipsis parecen agujeros de guión. Así, de un plano a otro Camarón ya está grabando un disco, en otro plano está de gira, en otra escena le vemos siendo padre de un niño, unas escenas más adelante le vemos con una niña cogida en brazos... etc.

Dicen que quien mucho abarca poco aprieta. Eso podría ser lo que le ha pasado al director de esta cinta. Los que, como yo, no conocemos absolutamente nada de la vida de José Monge Cruz (no "Monje", como han escrito en varias publicaciones), Camarón de la Isla, terminamos de ver la película y realmente no hemos saciado nuestra curiosidad hacia el personaje. Intuimos que su vida debió ser más apasionante y apasionada que lo que vemos aquí, que sus devaneos con las drogas o la enfermedad que le llevó a la tumba le afectaron más de lo que aquí se nos muestra. No sabemos de dónde le viene el nombre artístico, y (al menos yo) uno se queda con ganas de saber más sobre sus experimentos con otras músicas. Apenas sabemos nada del personaje de La Chispa (Verónica Sánchez, con menos tiempo en pantalla del que me hubiera gustado), ni de la vida familiar de Camarón. Todo esto está reflejado en la película, pero como retazos hechos a veces con brocha gorda.

Narrativamente tan plana como la espalda de una guitarra, Camarón, la Película hubiera necesitado de alguien con más pasión y garra para contarla. La misma pasión que le pone Óscar Jaenada a su personaje. Este joven actor que parece destinado a comerse el mundo (ojalá que así sea) es capaz de hacer por sí mismo que el visionado de esta cinta merezca la pena. Con su encarnación me ha pasado algo parecido a lo que me ocurrió con Javier Bardem en Mar Adentro: si bien en un principio sólo veía una imitación del personaje real, a medida que transcurría la función ambos se fusionaban hasta hacerse sólo uno, de tal modo que al acabar la película ambos se han quedado en la memoria colectiva como unos perfectos avatares de los personajes reales a los que reviven para el celuloide.

Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: ¿Yo defendiendo la interpretación de Javier Bardem en Mar Adentro? ¡Dios mío! Esto demuestra que todos tenemos nuestros momentos de gilipollez transitoria. La reseña en general es bastante inútil y es sobre una película que probablemente no volveré a ver en la vida.