Buscador

Mostrando entradas con la etiqueta 1988. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1988. Mostrar todas las entradas

7 dic 2011

'Escóndete y tiembla'

(American Gothic. John Hough. Estados Unidos / Canadá. 1988. 86 minutos) En 1930 el pintor Grant Wood presentó en sociedad un cuadro al que llamó American Gothic y con el que pretendía capturar la esencia de los roles masculino y femenino en las sociedades rurales del Medio Oeste norteamericano. En dicha pintura, el hombre aparecía con una horca de tres dientes mirando hacia el frente, mientras que, a su lado, su esposa le observa con gesto sumiso. Dicha estampa pasó a formar parte del imaginario colectivo y su popularidad se extendió a lo largo de las décadas, llegando hasta finales de los años ochenta con la película que nos ocupa, del mismo título que el cuadro de Wood y dirigida por un John Hough del que hablamos hace poco (recuerden esto). Con un fracaso a sus espaldas como Biggles: El viajero del tiempo (1986) y con la mayor parte de su trabajo enfocada hacia la televisión, Hough encontró la posibilidad de volver a filmar una película de terror que aprovechara el buen rendimiento que dicho género estaba teniendo en los videoclubes de todo el planeta, si bien ya era evidente que la fórmula del slasher de los últimos años estaba ya prácticamente muerta y eran necesarias nuevas vías para asustar al personal. El guión de Escóndete y tiembla, que fue como se conoció en España la película, volvía a un terror rural en el que los asesinos no llevaban máscara, no tenían apariencia de monstruos ni poseían poderes paranormales. Y eso, como sabemos todos, es lo que más miedo puede dar. 

LO MEJOR: Michael J. Pollard y sus hermanos dementes.
LO PEOR: No saca provecho a su premisa, tornándose un
producto descafeinado.
Cuanto más se acerca a la realidad, el cine de terror adquiere mayor capacidad para inquietarnos, así que la historia de un grupo de amigos perdidos en una isla habitada por una familia de fanáticos religiosos que, asesinato mediante si se tercia, harían cualquier cosa por mantener las tradiciones, resulta de entrada lo suficientemente atractiva como para llamar nuestra atención, por mucho que sea un esquema que se ha utilizado en infinidad de ocasiones y no siempre con resultados positivos. Lamentablemente, este es uno de esos casos en los que la premisa está muy por encima de los logros reales del producto. Muy lejos de la capacidad para la sugerencia y el suspense de productos anteriores de Hough, así como de la eficacia de aquellos que sólo pretendían entretener, Escóndete y tiembla hace que nuestras emociones basculen entre la indiferencia y el aburrimiento durante la mayor parte de sus largos ochentaytantos minutos. Los fans del gore y de las emociones fuertes encontrarán aquí motivos para la desesperación, ya que apenas hay violencia explícita y el tono general es demasiado apagado y rutinario como para generar cualquier tipo de entusiasmo. Sólo las apariciones de los hijos del matrimonio homicida, adultos con mentalidad de niño sobre los que se advierte la sombra del incesto y otras perversiones, consiguen levantar algo el ánimo en una producción de escaso interés, erigiéndose como momentos de placer aislados dentro de un conjunto lleno de mediocridad.

15 abr 2011

'Acción Jackson'

(Action Jackson. Craig R. Baxley. Estados Unidos. 1988. 92 minutos) "Hay quien dice que no tuvo madre, que un investigador de la Nasa lo creó para que fuera el primer hombre que paseara por la Luna sin traje espacial. Otros dicen que su madre fue violada por un oso y que Jackson es el fruto de esa unión." Así nos presenta Thomas F. Wilson (el mítico Biff Tannen de Regreso al futuro) a Jericho Jackson (Carl Weathers), un policía "tan peligroso que ni siquiera le dejan llevar arma". Con esas afirmaciones pretende asustar a un joven detenido, pero lo que no le dice es que en realidad Jackson es un teniente que fue degradado a sargento tras enfrentarse al mayor empresario automovilístico de Detroit, Peter Dellaplane (Craig T. Nelson), acusándole de varios delitos sin poder presentar pruebas e intentando arrancarle un brazo ("Le seguiría quedando uno", dice Jackson). Tras el violento altercado, el matrimonio de Jericho se fue al garete, le fue retirado su permiso de armas y sufrió un escarnio público del que aún, dos años después, no ha podido recuperarse. Al ver cómo Dellaplane va a ser nombrado Empresario del Año y comprobar que están siendo asesinados los líderes de la Alianza de Obreros del Automóvil, Jackson decide volver al caso por su cuenta, aunque se tenga que enfrentar a sus enemigos simplemente con sus puños y su habilidad al volante, y aunque tenga que acercarse a las mujeres de Dellaplane para sacarles información: su esposa Patrice (Sharon Stone) y su amante, una cantante yonqui llamada Sydney Ash (Vanity), con la que acabará haciendo muy buenas migas y a quien intentará sacar del mundo de la drogadicción. Ya saben, es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo... 

LO MEJOR: Tiene todo lo que uno puede esperar de una
producción de Joel Silver de los años 80.
LO PEOR: Que no hay sorpresas. Pero, ¿quién las quiere?
Con esta producción de Joel Silver, Carl Weathers intentaba dejar de ser un segundón de las grandes estrellas de acción de aquel momento (Schwarzenegger y Stallone) para convertirse él mismo en un action-hero protagonista de sus propias películas. Un presupuesto moderado pero suficiente, la presencia de secundarios curtidos en el género (Robert Davi, Bill Duke, Al Leong, James Lew, Sonny Landham...), música de Herbie Hancock y Michael Kamen, un guión de Robert Reneau lleno de tantas réplicas cachondas como las que aplicó a su trabajo en Demolition Man (Marco Brambilla, 1993), la correcta dirección del artesano Craig R. Baxley, que venía de trabajar de especialista en infinidad de títulos, de dirigir episodios de El Equipo A y que luego haría dos joyitas como Dark Angel (1990) y Frío como el acero (Stone cold. 1991) y un trabajo de especialistas tan logrado como en cualquier película de Silver, dieron empaque suficiente a la cinta y supuso un moderado éxito en los cines y posteriormente en los videoclubes. Pero Weathers apenas tuvo continuidad como protagonista de cintas de acción, aunque intentara desesperadamente repetir la jugada con la penosilla Huracán Smith (Hurricane Smith. Colin Budds, 1992). Precisamente por ese motivo, Acción Jackson queda como una rareza dentro del cine de acción de Hollywood de los ochenta, al suponer una muestra del efímero momento de gloria de Weathers y un intento frustrado por recuperar el cine Blaxploitation tan popular en la década de 1970. Algo de ese espíritu hay en este largometraje (de hecho, y de manera nada sutil, el clímax final muestra a un grupo de afroamericanos haciendo piña para enfrentarse al poderoso - y corrupto - hombre blanco), aunque la incipiente corrección política convirtiera a Jackson en una figura honrada, alguien que rechaza el sexo fácil y que sólo utiliza los puños y las balas por una buena causa. Pero no se alarmen, al contrario que la cinta que reseñamos justo antes que esta, Run, perseguido por todos, Acción Jackson no es un título para todos los públicos: aquí hay palabrotas, cuerpos humanos que explotan, impactos de bala sangrientos, hostias como panes, sopletes escupiendo fuego contra garrafas de gasolina, desnudos de Sharon Stone y Vanity y mucha, mucha chulería. Todo de manera rutinaria, eso sí, pero bendita rutina... 

30 dic 2010

'Pesadilla en la playa'

(Nightmare beach. Umberto Lenzi. Italia. 1988. 86 minutos) Umberto Lenzi merece su puesto de honor en los anales del cine fantástico europeo, aunque sólo sea por haber hecho correr a los zombis por primera vez en La invasión de los zombies atómicos (Incubo sulla città contaminata / Nightmare City. 1980), mucho antes de que Danny Boyle se vanagloriara de haber hecho lo mismo con la muy posterior (y mucho menos divertida) 28 días después (28 days later. 2002). Tras varios títulos enfocados hacia el cíne bélico, Lenzi volvió al terror en 1988 con esta película que pretendía subirse al carro del éxito del slasher norteamericano, ese cine de psicópatas enmascarados que tan buenos resultados dio durante un par de décadas en los cines y videoclubes de medio planeta. Para ello, tomó el seudónimo de Harry Kirkpatrick y se marchó a Florida con dinero italiano para rodar esta Pesadilla en la playa que hoy nos ocupa. En el reparto, varios nombres conocidos: John Saxon haciendo una vez más de sheriff cabrón, junto al tarantiniano Michael Parks haciendo de doctor alcohólico y, en el papel de sacerdote un tanto peculiar, el tipo que se divertía persiguiendo al Equipo-A de costa a costa de los Estados Unidos, Lance LeGault. Aunque los papeles protagonistas recayeron en los menos populares Sarah Buxton y Nicolas De Toth (hijo de André De Toth y actualmente montador de Los viajes de Gulliver, X-Men Orígenes: Lobezno o La Jungla 4.0). 

LO MEJOR: El descaro Made in Italy.
LO PEOR: A veces uno se olvida que está viendo una peli
de terror.
El argumento sigue las reglas del subgénero al que pretende imitar: en una ciudad costera norteamericana, el líder de una banda de moteros que se hacen llamar Demons (quienes llevan en sus chaquetas este nombre impreso con una tipografía muy similar a la utilizada en la película homónima de Lamberto Bava) es ejecutado en la silla eléctrica acusado de asesinar a una joven. Poco después, un misterioso asesino motorista hace de las suyas en la ciudad, equipado con una silla eléctrica en su propia motocicleta y vestido con un traje de cuero negro y un casco opaco que hace imposible su identificación. La hermana de la chica asesinada y un joven que ha perdido de vista a un amigo se unen para desenmarañar el misterio, mientras el motorista ¿fantasma? sigue haciendo de las suyas con una serie de asesinatos poco imaginativos o espectaculares a pesar de la herramienta que utiliza para matar. Por su parte, las autoridades locales pretenden enmascarar lo que está ocurriendo y buscar un culpable para tranquilizar a la población, quizá porque alguno de sus miembros tiene bastante que ocultar... Pesadilla en la playa es una película muy propia de su época, con un suspense de baratillo, un asesino enmascarado de identidad dudosa (y aquí marean bastante la perdiz para conseguir despistarnos), una historia de amor en circunstancias extremas y ocasionales momentos gore con los que justificar su adscripción al género de terror. Lo que resulta más peculiar es el hecho de estar rodada por italiano en una playa estadounidense: Lenzi adereza las convenciones con algunas subtramas recurrentes que se van repitiendo a lo largo de la cinta, con cierto cariz paródico y que tienen como protagonistas a un bromista que se pasa todo el tiempo simulando su muerte (hasta que... claro, muere a manos del asesino), una joven que saca dinero a viejos ricachones a cambio de (supuestos) favores sexuales, un gerente de hotel vouyeur y algo así como un hooligan que se pasa la película proclamando su odio hacia la gente de color. Además de eso, Lenzi rellena metraje de manera totalmente descarada incluyendo exhibiciones de tetas (y algún culo masculino) en concursos de camisetas mojadas en la playa, lo cual, seamos francos, casi siempre es mejor que alargar metraje con diálogos absurdos que no conducen a ninguna parte. Lamentablemente, en Pesadilla en la playa también hay momentos así, logrando que sus 86 minutos pesen por momentos como una losa, adquiriendo la película en ocasiones un ritmo ridículamente lento que pide a gritos más terror, más acción, más sangre, más humor, más motorista asesino y menos escenas en chiringuitos o conversaciones chorras entre personajes. Una lástima, porque la historia es lo suficientemente absurda y el asesino lo bastante peculiar como para que Lenzi le hubiera insuflado más diversión a una película que se queda a medio camino de lo que podría ser, pero que aún así posee el encanto del cine de explotación italiano (aquí en versión fagocitadora de las producciones yanquis) que tanto echamos de menos y surtió nuestra educación cinéfaga de títulos bastardos e imágenes perturbadoras e imborrables.

29 dic 2010

'Arena (El ring de las Galaxias)'

(Arena. Peter Manoogian. Estados Unidos / Italia. 1988. 96 minutos) Que Charles Band es uno de los nombres más importantes del cine de Serie B de los años ochenta y principios de los noventa es un hecho irrefutable: él fue el tipo que puso dinero, por ejemplo, para algunos de los mejores títulos de Stuart Gordon como Re-Sonator (From beyond. 1986), Dolls (1987) o Castle Freak (1995), y ya fuera bajo el sello Empire o el de Full Moon, ayudó a sacar a flote algunas sagas que se han convertido en mini-mitos entre el fandom, como Ghoulies, Trancers o Puppet Master. Igual de impepinable es que produjo mierdas de gran calibre y lo sigue haciendo de manera infatigable. Una de las más pestilentes fue Arena (El ring de las Galaxias), título de ingrato recuerdo que llenó algunas sesiones de sobremesa en la Antena 3 de los comienzos, cuando todavía se podía encontrar uno con películas así por televisión y no tenía que recurrir a los videoclubes prehistóricos o internet para poder verlas. Arena fue rodada en Roma entre 1987 y 1988 en los estudios que la Empire tenía en la ciudad italiana, aunque no se estrenaría en Estados Unidos hasta 1991, tras haber sido explotada en vídeo en algunos países europeos. Eso da buena fe de la confianza que los responsables de la película tenían en ella... En mi caso, debo reconocer que no recuerdo nunca haber sentido un cariño especial por Arena. Con lo fácil que era contentarme por esa época, algo grave tenía que suceder para que no guardara un recuerdo agradable sobre una película en la que se mezclaban tres de mis obsesiones infantiles: las hostias, las naves espaciales y los bichos. Pero la casualidad y el tiempo libre han hecho que le dé una oportunidad y ahora puedo decir que lo entiendo todo. 

LO MEJOR: No tener que verla otra vez.
LO PEOR: Que algún día se me olvide lo mala que es y 
vuelva a verla.
Veamos. El protagonista es un cocinero torpe en una cafetería del espacio. Es bueno con los puños y no tiene muchas luces, lo cual es una mala combinación: es despedido por liarse a mamporros con un cliente maleducado, lo que le pone en una situación comprometida ya que al no tener trabajo podría ser expulsado de la estación galáctica y devuelto a la Tierra. En realidad, eso es lo que él anhela, aunque su otro sueño es competir en la Arena: un torneo de lucha entre participantes de todas las galaxias en el que hace cincuenta años que no vence ningún humano. Una serie de acontecimientos (demasiado aburridos de contar y que ocupan 38 minutazos de película) le llevan finalmente a participar en la Arena, momento en el cual pensamos que va a empezar la diversión, pero no. Gran parte de la culpa la tiene el protagonista, Paul Satterfield, quien resulta de un antipático y una sosería descomunales (esta especie de Christopher Reeve en rubio era uno de los protagonistas del segmento La balsa en Creepshow 2). Pero no sólo es eso, la película no tiene ritmo, no tiene ni un gramo de épica, las peleas son horrendas y todo por culpa de un error garrafal que está en el propio concepto inicial de la cinta: ver a criaturas monstruosas creadas por John Carl Buechler está bien, ver una película de torneos de lucha ambientada en el espacio también puede estar bien, hacer que alguien luche contra esos monstruos no está bien. Con esa premisa, es imposible encontrar cualquier rasgo de dinamismo: no se puede dar espectacularidad ni ritmo a una pelea cuerpo a cuerpo entre un tío mazas y un saltamontes grigante from outer space. Desde ese punto de vista, Arena es una película que jamás debía haberse realizado, noventa minutos de una inutilidad total que no consiguen ni siquiera entretener o generar algo de goce cinéfago más allá de alabar lo descabellado e imposible de su propuesta. Es más, hay momentos en los que puede resultar incluso molesta: ahí están esas escenas de taberna horribles, con música cochambrosa y atrezzo ridículo, llevándose la palma ese momento prácticamente insoportable en el que Shari Shattuck canta 'I love the barbarian'. Arena es, por muchos motivos, pura basura sin gracia, caspa interestelar desechable que no merece más minutos de su tiempo que el que pueden emplear viendo su tráiler.  

3 nov 2009

'¿Estamos muertos o... qué?'

(Dead Heat. Mark Goldblatt. EEUU. 1988. 83 minutos). En 1950 Rudolph Maté dirigía una trepidante y tardía film-noir titulada D.O.A. (Death on arrival). En ella, Frank Bigelow (Edmond O'Brien) acude a la comisaría de policía para informar sobre un asesinato: el suyo. Después de ese impactante comienzo, la historia retrocede hasta 24 horas antes, cuando Bigelow conoce que ha sido envenenado con una sustancia sin antídoto y decide emplear las horas que le quedan de vida para averiguar quién está detrás de su muerte. Si no la han visto y les suena el argumento no será tanto por el remake que en 1988 protagonizaron Dennis Quaid y Meg Ryan, que está más que olvidado, como por el hecho de que esa base argumental es muy similar a la utilizada en Crank. No obstante, en ese 1988 se estrenaba también una película que, sin ser una nueva versión de la cinta de Maté, utilizaba al clásico de los cincuenta como un claro referente: ¿Estamos muertos o... qué? (traducción libre del original Dead Heat que, para variar, se adecua más al espíritu de la película que el más serio título original), con la que debutaba como director de cine el justamente reputado montador Mark Goldblatt, curtido en la factoría Corman y responsable de la edición de, entre muchas otras, Terminator, El último boy-scout, Mentiras arriesgadas o la reciente G-Force. Una lástima que la filmografía como director de Goldblatt se ciña a tan sólo dos títulos, el que nos ocupa y aquella disfrutable versión de The Punisher que protagonizó Dolph Lundgren en 1989, ya que en ambas demostró cierta pericia para conjugar las set-pieces de acción con momentos tragicómicos, un acercamiento frontal y desprejuiciado a una violencia gráfica pero totalmente inofensiva, así como un estilo (o falta del mismo) menos contaminado por el videoclip de lo que era habitual en esa época y que nos hace pensar que podría haber sido un Jan De Bont más hábil o un Craig R. Baxley no confinado al circuito televisivo, pero con un ojo puesto sobre el cine negro del Hollywood clásico.

En Dead Heat tenemos estas características bien reflejadas: por un lado una adscripción a las buddy-movies ochenteras, con dos policías de distinto carácter (aunque aquí Treat Williams y Joe Piscopo son amigos desde antes que comience la historia) intentando resolver una trama de atracos y asesinatos a golpe de tiroteos imparables, persecuciones y chistes malos; por otro, una querencia por fórmulas más antiguas que van desde el nombre de uno de los protagonistas, Doug Bigelow, que hace referencia explícita al Frank Bigelow de D.O.A. (de la que, no en vano, muestra un fragmento en determinada secuencia), hasta la elección de Vincent Price como secundario de lujo o el guiño final a Casablanca. Pero es el nombre del otro protagonista, Roger Mortis, el que nos pone en la pista sobre las intenciones del guión de Terry Black (hermano de Shane Black, quien hace un cameo como policía): un sentido del humor negro con chascarrillos alrededor de la muerte, el más allá, la resurrección y la inmortalidad. Dead Heat es una película de acción protagonizada por un muerto viviente y un compañero a punto de serlo, enfrentados a una sociedad de viejos millonarios que utilizan a su vez a otros revividos para hacerles el trabajo sucio (hasta patos y cerdos agridulces si hace falta) y que, dentro de la hilaridad, propone una idea interesante y no falta de mala baba: cuando Mortis ha fenecido, ha resucitado y sabe que apenas le quedan unas horas extra como zombi hasta descomponerse por completo, es cuando más vivo se siente, cuando puede romper las reglas de su hasta entonces cuadriculada vida, saltarse la ley de la que era representante y entregarse a una excitante aventura con los minutos contados en la que puede permitirse imitar a Terminator. Vista de nuevo la película veinte años después de su estreno, sigue siendo una comedia de acción divertida, rápida y agradable, además de un festín para los fans del látex como efecto especial favorito. Valga esta reseña, sobre todo, para descubrir la película a esos cuantos jóvenes que me leen y que no tuvieron el placer de poder conocerla en su momento.



19 jul 2009

'Moonwalker'


(Moonwalker. Jerry Kramer, Colin Chilvers, Jim Blashfield. EEUU. 1988. 93 minutos)

Para Mario, que lleva años pidiéndome esto.

"De la imaginación de Michael Jackson llega una película como ninguna otra"
decía la publicidad de Moonwalker, título con el que Jacko pretendía ir más allá de lo que fue la experiencia Thriller: en lugar de limitarse a promocionar su flamante álbum Bad con un cortometraje destinado a la televisión y al vídeo (dirigido en esa ocasión por Martin Scorsese), la intención era construir un largometraje completo con posibilidades de ser estrenado en salas comerciales (no limitado a target tan específico que tenía Captain Eo) que sirviera, además, como colofón a lo grande de un Bad Tour que transcurrió simultáneo a la filmación del mismo. Se trataba del siguiente paso en una carrera que, a esas alturas, ya estaba en un nivel distinto al de cualquiera de sus coetáneos y que otorgaba a su protagonista la posibilidad de reinventar su entorno y su persona para construir un universo propio que gravitara en torno a su efigie mutante y progresivamente mesiánica. Michael Jackson, con expresión inocente pero con ambición revolucionaria, quería llegar donde ningún cantante había llegado antes y convertirse en el Entertainer Total, consiguiendo que lo que en otros era un simple trabajo discográfico se transformara en su caso en un todavía tosco aparato multimedia que incluyera un disco, una gira, una película, un videojuego y un libro, manteniendo así a los fans ocupados hasta el siguiente trabajo, que llegaría en 1991 bajo el nombre de Dangerous. Lamentablemente para Michael Jackson, ni siquiera con toda esta mercadotecnia pudo superar las expectativas que se habían generado después del arrollador Thriller y su lluvia de premios y ventas, hasta tal punto que Moonwalker no pasó por los cines estadounidenses y se lanzó directamente en vídeo en 1989, habiendo sido ya estrenada en salas en otros países como España, donde se pudo ver en diciembre de 1988.


En cierto modo, lo que enunciaba el slogan era verdad: Moonwalker es todo menos una película convencional. Su estructura rompe con todas las reglas narrativas al presentar unos primeros cuarenta minutos que comienzan con una versión en directo de Man in the mirror (en la que se utilizan extractos de diferentes conciertos del Bad World Tour) para continuar con un montaje que repasa la trayectoria profesional de Michael desde sus inicios en los Jackson Five hasta ese instante, una presentación innecesaria (¿habría alguien en 1988 que pagara por ver la película y no supiera quién era Michael Jackson y qué había hecho antes?) y que se entiende como recopilación audiovisual para fans y como hagiografía pop, en la que incluso se retocan imágenes para reforzar la sensación de que Michael estaba cerca de la divinidad (las alas de ángel dibujadas sobre su figura en el extracto de Rock with you) y de la magia (un halo de estrellas se desprendía ahora de sus calcetines, su guante y su sombrero a cada movimiento en la recuperación de la mítica interpretación de Billie Jean en el 25 aniversario de la Motown). Tras el greatest hits llega un cortometraje que comienza como una versión infantil de Bad titulada Badder (protagonizada por Brandon Adams, a quien más tarde veremos en el verdadero corpus de la película) y finaliza con un desenfrenado clip de Speed Demon lleno de claymation y cameos entre los que se advierten versiones caricaturizadas de Spielberg, Stallone, Tina Turner o Pee-Wee Herman. Varios detalles interesantes aquí: primero, que una vez finaliza su interpretación de Bad, Brandon Adams se transforma en un Michael Jackson adulto tras cruzar una pantalla de humo. El mensaje es así de evidente y ni siquiera merece la pena detenerse en él. Sí hay que destacar el guiño de Michael hacia quien la prensa pretendía convertir en su rival y quien rechazó cantar a dúo el tema que daba título al disco de 1987. El equipo de seguridad de Michael le comenta que le han puesto a Bubbles (su mono) una camiseta de Prince, algo que no hace mucha gracia al primero en la ficción y menos (supongo) al segundo en la realidad, cuyo sentido del humor siempre he puesto en duda. Citada la palabra realidad, conviene destacar también el hecho de que en este corto Michael y su equipo son casi los únicos con aspecto humano (entran en la excepción también algunos extras), mientras que el resto de personajes están hechos por animación. Así, los seres grotescos son aquí el resto de humanos y no Michael, aunque finalmente se acaba convirtiendo también en un personaje animado por stop-motion que juega al transformismo para despistar a los que le acosan y que acaba por adquirir vida propia, produciéndose un duelo entre el Jackson que es en realidad y el que los demás ven y no saben interpretar. Se muestra entonces un Michael Jackson por primera vez en su carrera plenamente combativo y crítico contra el acoso de los medios de comunicación, potenciándose hasta el extremo con el siguiente fragmento de la película: Leave me alone. Como ya se ha dicho en varias ocasiones, se trata del primer tema en el que Michael Jackson habla sobre sí mismo y de su relación con los media. Irónicamente, a pesar de tratarse de una pieza tan personal (o quizá debido a eso), sólo se editó como bonustrack de la edición en cd de Bad, quedando excluído de las versiones en vinilo y cassette, por lo que durante un tiempo fue una canción que algunos fans sólo podíamos disfrutar viendo Moonwalker. El videoclip es sencillamente genial, con un Michael Jackson que se adentra en un parque de atracciones lleno de sus obsesiones en el que juega con los rumores que giraban en torno a su persona y que finaliza con el descubrimiento de que, en realidad, el parque temático es el propio Michael. Con esta imagen, que tiene tanto de denuncia como de declaración de intenciones, finaliza la primera mitad de Moonwalker y comienza, por fin, lo que el póster y el tráiler vendían.

Como decía, se puede pensar que aquí es donde empieza realmente Moonwalker - La película, asumiendo que el resto no es más que una larga introducción destinada a rellenar metraje para llegar a los casi noventa minutos de rigor. También que esta segunda parte no es más que una versión extendida hasta el paroxismo del videoclip Smooth Criminal con el que encaja a todos los niveles y en torno al cual se desarrolla una historia, entrando así a formar parte de la estructura del resto de Moonwalker concebida como una colección de videoclips. Sea como fuere, sí que se propone aquí, aunque de manera turbia, un planteamiento, nudo y desenlace ausentes en el resto del producto, unos diálogos y una correlación de escenas interdependientes que conforman un mediometraje de estética retrofuturista que viene a ser algo así como una película de acción y fantasía protagonizada por Michael Jackson, es decir, como Captain Eo pero con un tono menos infantil (lo que no quiere decir que tenga un tratamiento adulto, ni mucho menos). Básicamente, la historia se resume en el enfrentamiento entre un extraño personaje con poderes sobrenaturales y procedencia incierta (Michael haciendo de... Michael) y un tal Frankie Lideo que se hace llamar Mr. Big (Joe Pesci desbocado) que pretender dominar el mundo drogando a los niños y llenando todo de arañas. En medio del tinglado hallamos a tres amigos pequeños del protagonista (Kellie Parker, Brandon Adams y Sean Lennon... sí, el hijo de...) que en unas secuencias aparecen ataviados como vagabundos y en otras no, sin explicación aparente, y que junto al protagonista descubren las intenciones de Lideo. Cuando la niña del grupo es secuestrada, Michael desata toda su ira demostrando (una vez más) una capacidad inaudita para transmutar en lo que desee, ya sea un coche, un robot o una nave espacial (eso sí, siempre y cuando vea una estrella fugaz) y para dar vida a lo inerte (otra vez las connotaciones divinas), como en la escena en la que entra en un club abandonado de los años 30 y acaba convirtiéndose en un número musical con una de las coreografías grupales más famosas de todos los tiempos.


Si el argumento parece una locura sin mucho sentido es porque lo es. Apenas sabemos nada sobre los personajes y la narración es confusa, jugando con algunas alteraciones temporales de dudosa coherencia y generando la sensación de que los espectadores han llegado tarde y están viendo el clímax final de una historia cuya primera mitad no han presenciado. Pero eso hace también que la experiencia sea intensa y vibrante: no hay paja, todo es una persecución constante a través de escenarios que no ocultan jamás su condición de decorados y por los que jamás pasa nadie, llegando a una conclusión repleta de efectos visuales y explosiones que parece filmada por el Roland Emmerich de la época, con su obsesión por capturar el sense of wonder spielbergiano. En su condición de cuento para niños, con niños y protagonizada por un adulto que seguía sintiéndose niño, hay cabida también para algunas imágenes de leve violencia que sorprenden viniendo de Michael Jackson: los golpes de Mr. Big a la niña y su amenaza con la jeringuilla llena de droga resultan tan perturbadores como esos planos en los que los cascos de los secuaces del villano revientan y dejan ver que no existían cabezas dentro de ellos, así como impactante resulta el hecho de que Michael llegue a matar a alguien disparándole a bocajarro durante la pieza musical de Smooth Criminal (en la que hay un interludio francamente raro e incómodo en el que el cantante y el resto del cast parece contorsionarse y gemir entre convulsiones orgásmicas, precedente directo de la parte del clip Black or White que sería censurada años más tarde por varias televisiones). Al final todo se convierte en un monumento hacia un Michael Jackson que incluso se sacrifica por sus amigos y acaba resucitando para invitarles a un concierto de... ¿lo adivinan? Con esa escenificación final del Come together de los Beatles se rompe otra barrera y se difumina del todo la pared entre el Michael personaje y el real, dejando claro que Jacko no es alguien como los demás y que, aparte de ser responsable de los momentos musicales más emocionantes de las últimas décadas, también era capaz de hacer otros milagros. Es un mensaje que puede poner nerviosos a los detractores del artista, desde luego, quienes harían bien en no acercarse jamás a Moonwalker ni siquiera con desdén antropológico. Pero para los fans, los de Jackson y los de los años ochenta, se trata de una pieza que se sobrepone a todas sus faltas por su capacidad para capturar tanto el espíritu de una época como la idiosincrasia de un genio en pleno subidón de ego plenamente justificado. La publicidad no engañaba, entonces: Moonwalker es magia y es espectáculo. Es Michael Jackson y es la posibilidad de urgar en su cabeza, en sus obsesiones, sueños, miedos y fantasías. Y, por lo tanto, es imprescindible.


8 mar 2008

'El Héroe y el Terror'

(Hero and the Terror. William Tannen. EEUU, 1988. 93 minutos) Llega un momento en la vida de todo héroe de acción en el que tiene que demostrar(se) que es algo más que una máquina de repartir galletas y de vaciar cargadores. A unos les da por la política, a otros por cantar blues, los menos por pintar, escribir o dirigir y todavía más escaso es el grupo que decide aprender a actuar. El amigo Carlos Ray Norris, tipo que en lo personal tiene que ser un facha de cuidado pero al que la nostalgia ochentera y el cachondeo virtual han reconvertido en tipo simpático, comenzó siendo la gran esperanza blanca del cine de artes marciales y más adelante, cuando se aburría de dar patadas a a camioneros y maleantes, tuvo ocasión de hacer varias cintas que se apartaban un poco de lo que se esperaba de él. O, dicho de otro modo, cambió de enemigos: un científico loco y un zombi en Furia silenciosa, los charlies en Desaparecido en combate y secuelas o su propia fama en la autoconsciente, deformante, tardía y disfrutable Juntos para vencer (Sidekicks, 1992). En 1988 Norris debió pensar que necesitaba un nuevo cambio de rumbo y aceptó protagonizar este guión que se diría más pensado para alguien del perfil de Charles Bronson (un tipo que no necesite demasiadas habilidades físicas para dar la talla como héroe) que para un karateka.

Si bien es cierto que tiene sus momentos Chuck (uno sabe que Norris no puede estar mucho tiempo en una esquina leyendo un periódico sin que llegue alguien buscándose una buena hostia), con escenas de gimnasio de esas que tanto gustan a los adictos al sudor y a las pesas, con alguna peleílla derivada de su condición de poli (le curte el lomo a un Bob Wall que aparece en una escena como si en otros tiempos no hubiera sido el Ohara de Operación Dragón), también es verdad que todo eso no son más que elementos secundarios en una trama que ya desde su título está buscando algo así como mitificar a sus antagonistas, en una jugada parecida a la que intentó posteriormente - con mayor fortuna - John Woo en la loquísima Misión Imposible 2. De un lado El Héroe, que se hace llamar Danny O'Brien pero que bien podría haber sido alguien anónimo del que sólo supiéramos que tiene una placa, una pistola y buenas intenciones. Pero, sobre todo, tiene un trauma: El Terror, un psicópata con nombre cool, Simon Moon, al que El Héroe apresó en el pasado y que ha vuelto a actuar en un plano real, más allá de los recuerdos o el mundo onírico del policía. De Moon sabemos poco, pero más que suficiente: es una bestia sin sentimientos que gusta de esconderse en oscuras madrigueras y hacer compañía a los cadáveres apilados de las bellas jóvenes a las que asesina retorciéndoles el pescuezo. De O'Brien conocemos algo más, y lo que sabemos también aparta la película de lo habitual en Chuck: es un tipo de familia, enamorado, que habla con su esposa y hasta le hace el amor con cariño, que prepara cenas románticas y se le cae la baba ante el inminente nacimiento de su futura hija. Y además es alguien débil a quien se le viene el mundo encima cuando debe enfrentarse de nuevo a un Terror para el que conoce la solución perfecta, que no es otra que la ejecución. El Héroe no cree en la rehabilitación social, ni siquiera considera que el arresto perenne del psicópata sea justo, de ahí sus pesadillas. El Héroe sabe que El Terror debe estar muerto y no hay otra salida posible para él... para ninguno de los dos.

El Héroe y el Terror es tan diferente que Chuck Norris y Billy Drago aparecen en la misma escena y no intentan matarse. Lo lógico cuando uno lee los créditos es pensar que Drago será el psicópata, pero aquí va de psiquiatra que echa una mano a Chuck (¡!) para indagar en la mente del asesino (encarnado por el titánico Jack O'Halloran). También está Steve James, a quien a priori colocaríamos el papel de compañero gruñón o guasón de Norris, con quien se luciría en alguna pelea contra una docena de inconscientes. Pero tampoco. Así que a muchos El Héroe y el Terror les puede parecer una pérdida de tiempo y de oportunidades, un esfuerzo en balde, un timo y un fracaso. Sin embargo, otros consideramos que el hecho de que sea un thriller y no una cinta de acción al uso, que meta a Norris en el brete de desarrollar secuencias a través de sus sentimientos y el diálogo y que vaya mutando a lo largo de su metraje recorriendo pasajes que podrían estar extraídos de una cinta de terror, convierten la película en esa rara avis a defender dentro de la filmografía de alguien que no se caracteriza demasiado por su variedad ni por sus ambiciones artísticas, en ese título que logra trascender las barreras del fanatismo y gustar incluso a quienes aborrecen la barba de Chuck. La pega es que, dependiendo del día, esto puede ser un escollo para los que necesiten al Norris de Invasión U.S.A. o un Breaker, breaker. Dicho de otro modo, que El Héroe y el Terror sea la película de Chuck Norris que más puede gustar a los que no soportan a Chuck Norris está bien, pero seguro que le jode a más de uno...

14 nov 2007

'Iron Angels 2'

(Iron Angels 2 / Tian shi xing dong II zhi huo feng jiao long. Teresa Woo. Hong Kong, 1988. 83 minutos). En ocasiones, cuando uno está hastiado de ver películas que sólo le dejan a medias y de las que podría haber prescindido de no ser por esa inquebrantable y persistente voluntad de ver TODO lo que se encuentre a su paso, necesita apostar sobre seguro y tirar de cintas que sabe que lo tendrían muy difícil para decepcionarle y que raramente le dejarán la sensación de haber perdido el tiempo, de malgastar 90 minutos de su vida en algo que a lo único que va a contribuir es a engordar su lista de películas visionadas. En esos momentos de querer reconciliarse con las ganas de ver cine, un servidor compra billete de primera clase para viajar a Hong Kong con el mando del vídeo (o el reproductor pertinente) y se planta en el meollo de la acción más trepidante y enriquecedora, la acción que Iron Angels 2 ofrece con alegría y conocimiento de causa.

Perteneciente de lleno al subgénero de las femme fatales según Hong Kong y secuela de una de las cintas que ayudaron a generar el fenómeno, Iron Angels 2 es una descarga de adrenalina total que, si bien a mitad de metraje pega un bajón fácilmente apreciable, tiene unos veinticinco minutos finales capaces de mantenerme en estado de euforia durante varios días seguidos. Con parte del reparto de la anterior (las deliciosas Moon Lee y Elaine Lui, junto al duro Alex Fong), ahora vemos que los personajes se toman unas vacaciones después de una arriesgada misión y el presupuesto no les da para más que para ir a Kuala Lumpur. Esto sería un aburrimiento si no fuera porque allí los tres personajes principales, Alex, Elaine y Mona (llamados igual que los actores que los interpretan, ya que en la copia que tengo Moon Lee aparece acreditada como Mona Lee) se encuentran con un viejo amigo de Alex. Se trata de Peter (Nathan Chan), un vividor que aparentemente ha hecho una fortuna creando un micropaís independiente en una isla de su propiedad dedicada a la explotación de todos los productos posibles que pueda sacar al enorme palmeral que posee. El tipo va de superior por la vida y encandila a Elaine, a quien le dolerá descubrir la verdad: Peter es un anarquista dispuesto a llevar a cabo una revolución que acabe con la influencia extranjera y, de paso, si las cosas salen bien, derrocar a otros gobiernos más lejanos para expandir su propuesta anticapitalista por el resto del planeta.... Pero Elaine no sufrirá tanto esta revelación como Alex o Marco (Gary Siu), un agente secreto que investigaba a Peter y que formaba un trío de amigos junto a éste y al protagonista.

De este modo, lo que comenzaba como una aventurilla ligera por parajes exóticos se acaba transformando en una ruidosa y salvaje experiencia con artes marciales, explosiones, tiroteos y guerrilleros cayendo como moscas en la jungla. Al trío protagonista se une a mitad de metraje otra battling babe, Kharina (Kharina Sa, que al parecer sólo hizo esta película y su continuación) y un par de malayos con cuchillos que saltan del helicóptero directamente a la copa de los árboles sin ningún tipo de seguridad. Según dicen en la peli, están acostumbrados a hacerlo a su modo (se ve que están todos los días tirándose de helicópteros...). Así que no nos alejamos nada del esquema tradicional de cine de acción de Hong Kong que tanto amo: un prólogo explosivo que poco o nada tiene que ver con el argumento (pero que viene a marcar el tono estilístico que tendrá el resto del relato), una serie de peripecias que no llevan a ninguna parte y que hacen avanzar el guión a trompicones, hasta que por fin aparece un objetivo claro a superar por los protagonistas, y una media hora final de infarto en la que el plomo y el fuego toman el mando para dejarse eclipsar únicamente por los stunts más locos que puedan imaginar (que no es que haya demasiados aquí, pero los que se pueden ver son más que eficientes).

Igual alguno de ustedes se hace esta pregunta: ¿qué diferencia a este tipo de cine de cualquier película de bajo presupuesto norteamericana ambientada en algún sitio como Camboya? Pues que aún cuando se acaban las balas y la dinamita empieza el verdadero plato fuerte: una serie de combates en los que, en este caso, Moon Lee y Alex Fong se llevan la palma (y no luchando entre ellos precisamente). Ahí tenéis a Moon Lee partiéndose la cara contra un guerrillero después de saltar de una torreta que acaba de explotar, atravesar un techo de paja y caer sobre unas cajas llenas de armamento. O a Fong enzarzado en una cruda lucha pasada por agua y sangre contra su antiguo amigo del alma al que ahora desea la muerte, en un combate donde la técnica marcial se transforma en marrulleo, en puro instinto de supervivencia. En fin, cualquier cosa que escriba no le hará justicia a estas escenas, así que vean el tráiler y se harán una idea. Espero que esta reseña haya servido para dos cosas: primero como invitación a los que no conocen este subgénero de las deadly china dolls armadas con material pesado para adentrarse en él, y segundo como recordatorio y revulsivo para los que ya saben de qué hablo. Si no es así, igual he perdido el tiempo, pero me habré dado el lujazo de hablarles sobre esta peli.

24 ene 2006

'Robowar'

(Robowar / Robot da guerra. Vincent Dawn / Bruno Mattei. Italia. 1988. 82 minutos) Dirigida por el artesano Bruno Mattei (utilizando aquí uno de sus seudónimos: Vincent Dawn), Robowar no es otra cosa que la versión italiana de Depredador. Tal y como suena, con una trama casi idéntica, escenas y diálogos casi calcados y hasta con los títulos de crédito del final expuestos del mismo modo (ya sabéis, con una imagen de cada actor, su nombre real y el de su personaje). La única diferencia es que el comando se enfrenta esta vez no a un alien, sino a un experimento descontrolado, un cyborg llamado Omega-1 construído a partir del cadáver de un soldado (sí, amigos, también hay ecos de Robocop), vestido igual que el vengador de El Aparecido.

Rodada en Filipinas y con un reparto lleno de habituales de la exploitation italiana, se llevan la palma Reb Brown (el Capitán América televisivo), un actor al que llamar inexpresivo es ser generoso; Catherine Hickland, ex-mujer de David Hasselhoff, actriz de culebrones norteamericanos y experta en cosmética para gatos (¡!); y Max Laurel en el papel de Quang, quien no duda en poner toda la carne en el asador para interpretar escenas literlmante calcadas a las de su personaje réplica en Depredador (también se enfrenta al bicho a golpe de machete... y muere, claro).

En cuanto a la dirección de Mattei, en ocasiones parece que su máxima preocupación es que todos los integrantes del reparto aparezcan al mismo tiempo en la pantalla, dando lugar a planos que parecen una foto de carnavales o algo así. Y es que Robowar es un juego, es asistir como espectador a una partida de paintball en la que, además, hay un robot suelto con un rifle láser que hace ruiditos ridículos al dispararlo.

Y vosotros diréis que esto es basura. Pues sí, amigos, pero basura de calidad. La ambientación está sorprendentemente lograda, el metraje discurre sin ningún parón importante, las escenas de acción se pueden ver sin problemas, hay algo de gore en los cadáveres que Omega-1 deja a su paso (en realidad cuatro planos que se repiten constantemente en cada hallazgo de fiambres), la música de Al Festa es entrañable (en ocasiones, destaca tanto que te llega a distraer) y, qué demonios, a poco que se sepa apreciar este tipo de cine, uno se lo pasa pipa y llega a añorar viejos tiempos en los que los remakes no sólo se hacían en Hollywood. En otros países está editada en DVD, en una edición extendida y en Widescreen. Eso demuestra que al mercado del vídeo en España aún le queda mucho camino que recorrer...


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Esta es una reseña que no hace honor a lo mucho que amo esta película y a lo importante que resulta para mi educación como espectador de cine B. Por algún motivo me mostré demasiado tibio, pero ahora digo sin remilgos que Robowar es un PELICULÓN. Quizá algún día escriba algo que le haga justicia. De hecho recuerdo que le prometí a Viruete un post para su web sobre esta joya y aún no he lo he cumplido. No me olvido, Jose, no me olvido.

21 nov 2005

'Brain Damage'

(Brain Damage. Frank Henenlotter. Estados Unidos. 1988. 86 minutos) Brain Damage no sólo es el título de una de las primeras canciones que Eminem y Dr. Dre hicieron juntos. También es una estupenda película de culto, que se recuerda sobre todo por una brutal secuencia en la que un blow-job tiene consecuencias trágicas.

Henenlotter nos sorprendió unos cuantos años antes con su bizarra ¿Dónde te escondes, hermano? (Basket Case. 1983) y sus dos secuelas, en la que ya demostraba una extraña capacidad para dotar de personalidad a un ser deforme y monstruoso, un freak en definitiva, que le hacía la vida imposible a su hermano. Esta vez nos propone una historia en principio alocada y hasta cómica en cierta manera: un joven se despierta una noche y tiene la cama llena de sangre; se toca en la nuca y descubre que tiene un pequeño agujero sangrante. Poco después descubre que le ha salido una especie de parásito que se adosa a ese orificio, mediante el cual le inyecta una sustancia en el cerebro que le hace sentirse bien.

A cambio, Aylmer – o Elmer – (que así se llama el parásito creado para la película por Gabe Bartalos y David Kindlon, con más imaginación que medios) le pide su alimento principal, que no es otra cosa que cerebros frescos. Visto así, la historia no parece nada cómica, aunque sí surrealista. La gracia viene dada por el diseño del curioso monstruo, a medio camino entre una babosa gigante y un pene con cerebro, y que además habla. Así, el joven se verá obligado a asesinar para que Aylmer le siga dando su flujo alucinógeno, bajo cuyos efectos actúa el protagonista y no recuerda nada después.

Cuando se da cuenta de lo que está haciendo, se intentará alejar de su novia y su hermano (que inician una relación sexual a sus espaldas cuando el protagonista comienza a mostrarse apático y enfermo) para no hacerles daño , e intentará no caer de nuevo en las garras de su pequeño “camello”. Aunque será demasiado tarde, ya que la adicción se vuelve demasiado fuerte (tremendamente impactante es la secuencia en la que el joven protagonista sufre los efectos de la abstinencia de un modo brutal, mientras que Aylmer le canta una canción provocándole para que vuelva a colocarle en su nuca).

Como podéis ver, no estamos ante la típica cinta de terror adolescente al uso, sino que nos encontramos con una inteligente metáfora de la destrucción a la que conduce todo tipo de adicción, centrándose aquí de una manera especial en la adicción al sexo y a las drogas. Paradójicamente, posiblemente sea esta la cinta en la que mejor y de forma más cruda he visto reflejado el sufrimiento del drogadicto. Y es que, a pesar de estar envuelta en la forma de cine de terror con secuencias gore, lo cierto es que Brain Damage es también un drama adolescente, con algunos apuntes de comedia negra surrealista. Una de esas películas que hay que reivindicar, con un final inevitablemente trágico y con unas interpretaciones muy acertadas, especialmente la del desconocido Rick Herbst.



Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: esta es una reseña que ahora enfocaría de otro modo. Vuelvo a caer en uno de mis mayores defectos de entonces, como es contar la película en lugar de intentar explicar por qué merece la pena o no.