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29 ene 2008

'1408' / 'Habitación sin salida'

(1408. Mikael Håfström. 2007. 103 min. / Vacancy. Nimród Antal. 2007. 83 min.) Sesiones dobles, sí, de esas que parecía que se iban a poner de moda tras el estreno de Grindhouse y que al final volvieron al redil de la nostalgia del que, seguro que opinan algunos, jamás debieron salir. No les voy a engañar: no soy lo suficientemente mayor ni he nacido en el lugar adecuado como para haber vivido la experiencia de ver un programa doble de los de verdad, de los de pagar una entrada por ver dos películas estrenadas en conjunto, no de los que uno se monta en casa con el vídeo o de los que se organiza en una misma tarde pagando dos entradas de cine seguidas. Pero, independientemente de haber nacido fuera de contexto, soy de los que aman el concepto, de los que se montan uno cuando tiene ocasión y de los que ven cómo el vello se le eriza cuando pone la banda sonora de Rocky Horror Picture Show y escucha Science Fictión/Double Feature. Así que esta nueva serie de post, sin número prefijado pero con algunas ideas ya definidas (la obligación moral para conmigo mismo de reseñar en conjunto las dos entregas de Demons, por ejemplo), nace como forma de rendir un pequeño tributo a esas celebraciones de las que sólo he podido leer u oír hablar y para las que uno quisiera tener un De Lorean DMC-12 con condensador de fluzo cargado hasta los topes de uranio. Pero con una pequeña licencia: aquellas sesiones dobles no siempre tenían por qué mostrar dos cintas con relación intrínseca, mientras que yo me decantaré por reseñar (sin demasiada profundidad quizá, porque si quisiera extenderme demasiado les dedicaría críticas individualizadas) títulos de temática similar y que, a ser posible, se estrenaran con poca diferencia de tiempo. La Double Feature queda entonces limitada a su aparición conjunta en este blog, en el que haré de exhibidor caprichoso cada cierto tiempo.

Y caprichoso, precisamente, ha sido el germen de esta serie: ver seguidas, sin voluntad de continuidad premeditada, las dos películas que veis en el título, que podríamos englobar dentro del veleidoso (lo sé) epígrafe de películas de suspense que transcurren en una habitación de hotel/motel (sic). Además, las dos tienen como protagonistas a personajes que acaban de pasar por un trance familiar idéntico: la pérdida de un hijo, en el caso de Kate Beckinsale y Luke Wilson (protagonistas de Vacancy), o de una hija en cuanto a John Cusack (estrella absoluta de 1408). Ese background dramático común es explotado en sendas cintas para crear un conflicto que marcará el devenir de los personajes y que funciona como cliché cristalino que nos deja avanzar el futuro happy end de ambas, aunque lo de happy habría que matizarlo y no lo haré para no estropearles nada. Así, John Cusack interpreta a un escritor separado tras la muerte de su pequeña y que apenas mantiene contacto con su ex, mientras que Beckinsale y Wilson hacen las veces de matrimonio en proceso de separación debido a la catástrofe de ver morir a su hijo único, pero todos sabemos que los apuros por los que pasan en sus respectivas historias acabarán por conseguir que reflorezcan viejos sentimientos y se afiancen sus relaciones, por muy in extremis que sea. Si bien en este sentido ambas cintas tiran del tópico, hay que reconocer que a la hora de la verdad, en el momento de mostrarse como las cintas de género que son, funcionan de manera correcta y se dejan ver con agrado por el espectador entregado y poco refunfuñón. Es decir, se puede acusar de liviana la construcción de los personajes, pero dentro del género en el que se mueven no hay motivos para pedirles mucho más, teniendo en cuenta que lo que buscamos como espectadores es, principalmente, verles sufrir durante hora y media.


Y ahí, cuando las películas ya han entrado en materia, es cuando la premisa común (pasar una noche infernal en una habitación de la que prácticamente no pueden huir) se bifurca y demuestra cuáles son las cartas que cada una de ellas quiere jugar, poniendo en evidencia con qué tipo de película nos encontramos en cada caso. Vayamos ahora por partes. 1408, basada en un relato de Stephen King, cuenta la historia del escritor Mike Enslin (Cusack), especializado en narrar sus búsquedas (que no encuentros) de fenómenos paranormales a lo largo de Estados Unidos, plasmando en papel lo que no son más que historias sensacionalistas sobre hechos que no ha vivido en sus propias carnes, pero que circulan alrededor de los lugares que toma como objeto de estudio parapsicológico. Este adulto Juan Sin Miedo ve como un desafío apetecible el pasar una noche en la habitación 1408 del hotel Dolphin de Nueva York, en la que dicen que han fallecido más de 50 personas por los motivos más rocambolescos. Por mucho que el gerente del hotel (un visto y no visto Samuel L. Jackson) intente convencerle de que no lo haga, Enslin acaba consiguiendo su objetivo y se hospeda en la suite maldita, momento a partir del cual comienzan a sucederse hechos fantásticos que harán vivir al protagonista la noche más infernal de su vida. Generosa en medios y con la ventaja de jugar a lo fantástico, 1408 despliega su imaginería al poco rato de empezar y ya no para hasta que acaba, convirtiéndose en un show non-stop de creciente intensidad que comienza con unas chocolatinas que aparecen misteriosamente encima de la almohada y termina con cambios extremos de temperatura dentro del cuarto y otros acontecimientos que desembocan en un incendio. Es una de esas cintas tramposas, con giros caprichosos de guión y que debido al exceso de estímulos acaba por perder su efectividad antes de que vayamos por la mitad. John Cusack juega a ser Bruce Campbell en Evil Dead II y hace lo imposible por que mantengamos la atención durante algo más de hora y media, pero como he dicho antes, la acumulación de elementos fantásticos y las previsibles argucias de la historia (el fantasma de la hija muerta como máximo exponente de su posible paranoia) hacen que nos sintamos aturdidos, bajemos las defensas al habituarnos a un terror que sólo dura unos minutos a pesar de (o precisamente por) intentar machacarnos casi todo el tiempo, y nos relajemos ante el modesto visionado de un entretenimiento en el que todo vale y que se acaba convirtiendo en un Carnival of Souls para el público de multisalas, el que con llevarse cinco o seis sustos en dolby digital ya se va contento para casa. Se dice que esto es terror psicológico, pero si de verdad quieren probar algo que les machaque traten de recuperar La escalera de Jacob.


Diferente es el caso de Habitación sin salida, que comienza con un claro homenaje a Saul Bass y aprovecha la premisa hitchcockiana del motel perdido con psicópata(s) cerca que, con la introducción de las snuff movies como reclamo diferencial, se acaba convirtiendo en una versión de cámara y mainstream de Los Zero Boys. Pero a pesar de ser un producto para todos los públicos al igual que 1408, Vacancy se muestra mucho más conseguida, efectiva y simpática en su modestia y concreción (supongo que ya se habrán dado cuenta si siguen el blog, pero ahí va: me encantan las películas de 80 minutos, quizá por tener la capacidad de atención de una ameba sedada). Beckinsale y Wilson son, como dije antes, una pareja que ha perdido a su hijo y que debido a la carga de conciencia que ello supone (ella se culpabiliza de la muerte accidental del chico) está en proceso de divorcio. Ahora tendrán oportunidad de recuperar su amor mediante el sufrimiento, cuando recalen en un hotelucho de mala muerte en el que al poner una cinta que encuentran al lado del vídeo, ¡un vídeo!, descubren que lo que parece una mala peli de terror es en realidad una snuff filmada en la misma habitación en la que ellos se encuentran. El terror comienza cuando se dan cuenta de que ellos van a ser los siguientes protagonistas de tan macabras filmaciones. Así comienza una espiral de tensión que, una vez puesta en marcha, poco respiro da a un espectador que agradece contemplar personajes que, para variar, saben enfrentarse al brete usando la cabeza para algo más que para llevar pelo y esperar a que se la corten de un hachazo. No es que los protagonistas se enfrenten a los malos poniendo en práctica teorías de física cuántica, pero por lo menos se muestran astutos y competentes a la hora de plantarles cara y utilizar su instinto de supervivencia. De este modo, el largometraje se convierte en un tenso tira y afloja, en un juego de acciones y respuestas con una gradación de violencia in crescendo que culmina con Beckinsale haciendo de nuevo de heroína de acción para deleite de todos. Si les gustó Identidad o Nunca juegues con extraños, aquella de John Dahl con Paul Walker, Steve Zahn y Leelee Sobieski, seguro que lo pasan bien con Vacancy. Decía que es un caso diferente al de 1408 porque, mientras que aquella fallaba en su intento de crear tensión en el público mediante su abrumadora acumulación de motivos fantásticos, Habitación sin salida logra triunfar cuando se propone crear sensación de peligro y adentrar al espectador en unas escenas para nada artificiosas que puede asimilar como posibles, siendo, por tanto, más aterradoras.

Por tanto en la relación intención-resultados, si tuviera que quedarme con una de las dos, recomendarles únicamente una del pack, la balanza se decantaría claramente hacia Vacancy. 1408, a raíz de querer epatar con los retruécanos de su guión, acaba por resultar insípida y casi cargante, mientras que la cinta dirigida por Antal, con toda su modestia y, si quieren, simpleza, consigue situarse por encima de la media de cintas de terror actuales, demostrando que en el cine de terror muchas veces, aunque suene a tópico, menos es más. Gracias por llegar hasta el final. Keep watching the skies!




23 ene 2008

'El cuchitril de Joe'

(Joe's apartment. John Payson. EEUU, 1996. 76 minutos). ¿Una comedia producida por la MTV con el protagonista de Mi identidad secreta y con números musicales interpretados por cucarachas parlantes? Eso tenía que verlo sí o sí, aunque haya tardado más de una década en toparme finalmente con esta cinta que me llamó la atención desde que vi su carátula en alguna videoguía de esas que mandaban por correo y que, sin haberme molestado tampoco en buscarla, había querido ver desde entonces. No voy a decir que después de su visionado esté pensando en montar un circo de cucarachas, hoy desgraciadamente las pelis no me marcan tanto como para sentir esos arrebatos (como cuando quise construir un robot con la chatarra que me iba encontrando tras ver cómo los protas de Exploradores se montaban una nave espacial con un cubo de la basura y cuatro latas más... ya que pensaba que hacer un robot sería menos complicado que eso), pero sí les digo que la peli ha entrado ya dentro de mi lista de comedias locas favoritas de los 90 junto a Cabezas huecas, cualquiera de las dos de Bill & Ted o las menos conocidas CB4 y El gran lío.

Basándose en un cortometraje propio realizado para la MTV, que pueden ver pulsando aquí, y apoyándose en el buen trabajo que hicieron los de Blue Sky Studios (luego responsables de Ice Age) a la hora de animar las cucarachas infográfricas, John Payson retoma íntegra la secuencia que había filmado previamente y construye a su alrededor una película que ya no sólo se ocupa de plasmar esa incómoda situación de invitar a una chica a casa y descubrir demasiado tarde que has dejado los calzoncillos en un lugar visible, sino que introduce también otros detalles que no por estar tratados de manera leve merecen ser obviados: el chico de pueblo perdido en la urbe (como si se tratara de una versión amable de lo que le ocurre a la protagonista de la sequísima Ángel de venganza de Abel Ferrara, a Joe le roban tres veces seguidas nada más bajarse del autobús), la especulación inmobiliaria (representada por un magnate que lleva ropa interior femenina bajo su elegante smoking, quien quiere derribar el costroso edificio en el que se aloja el protagonista para construir en el terreno la cárcel más grande de Estados Unidos), la penosa vida de los que se dejan llevar por su voluntariosa creatividad (ese artista que pasa más de dos días tirado en una calle cubierto de sangre falsa esperando a que alguien intente ayudarle o preocuparse por él: sólo alguien de fuera de la ciudad sería incapaz de ignorarle)... Pero sobre todo, El cuchitril de Joe, dentro de su disfraz de experimento disparatado y posmoderno, habla del angst postadolescente, de esa situación crítica en la que termina tu periodo de pruebas y comienza el mundo real, en el que descubres que un título universitario por sí mismo no te da carta blanca para nada, en el que aprendes que los trabajos bellos sólo existen para algunos y que incluso los feos son difíciles de conseguir, en el que la palabra emancipación suele llevar connotaciones utópicas, y en el que el término amor sigue siendo únicamente un conjunto de letras del que no terminas muy bien de comprender su significado porque parece escrito para otros.

Pero, un momento, no se me asusten: El cuchitril de Joe no es una cinta de vocación deprimente, por mucho que en algunas de sus ideas se deslice ese deje amargo bajo su socarronería. Y es posible que parte de estos mensajes oscuros los potencie yo mismo debido a una situación personal no precisamente halagüeña (esta frase se la dedico a esa gente que piensa que siempre escribo con la intención de hacer llorar a mis lectores, con cariño y eso), así que probablemente los que no hayan visto la película lo único que quieren saber es si se lo pasarán bien viéndola. La respuesta es sí. A las tribulaciones de Joe por conseguir sus objetivos de madurez e independencia, ya de por sí desafíos suficientes para cualquiera, hay que añadir el hecho de que sea perseguido por un par de matones de poca monta que intentan hacerle abandonar el piso (que adquiere de una manera milagrosa) y de que se vea obligado a hacer algo sucio para conquistar a la mujer de la que se ha enamorado: recoger mierda (desde luego, Payson no es el rey de la sutileza, ni en conceptos ni en el acabado totalmente videoclipero del conjunto... algo que a mí no me molesta en absoluto). Por otra parte, sólo por ver a los bichos en acción ya merece la pena ver la película. Esos números musicales llenos de suciedad y armonía me han conquistado. Termino esta reseña presentándoles mi performance favorita de toda la cinta, primero con la intención de que se hagan una idea de lo que van a encontrar en esta hora y cuarto si se deciden a ver el show completo y aún no lo conocen, y segundo, para darles el último empujón, ya definitivo, hacia el deseo de hacerlo. Habrá quien piense que El cuchitril de Joe no es más que un videoclip con cucarachas cantarinas de 75 minutos. Pues qué quieren que les diga... a mí me parece el mejor videoclip con cucarachas cantarinas que podría hacerse.