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15 may 2012

'Los Vengadores', la calma y la tormenta.

The Avengers. Joss Whedon. Estados Unidos. 2012. 143 minutos

Sin entrar en discusiones fútiles en torno a opiniones fundamentalistas sobre cómo debería ser una película de superhéroes y cómo no debería ser (y que siempre conducen a lo mismo: enfrentamientos entre los fans de Marvel y DC y el ya aburrido debate sobre si Christopher Nolan es Dios o es una mierda pinchada en un palo), lo cierto es que Los Vengadores de Joss Whedon se acerca mucho a lo que uno podía soñar cuando pensaba en ella: un espectáculo grandilocuente y atronador en el que abundan los chistes, los colorines, los efectos especiales, la destrucción como una de las bellas artes y la acción como recurso para hacer evolucionar a los personajes, quienes se conocen y aprenden a colaborar por el camino de las hostias, como si estuviesen en una de Kung Fu de la Shaw Brothers. Existe en ese sentido un considerable equilibrio  entre el ratio de protagonismo de todos los superhéroes que se dan cita, ya que todos tienen momentos de lucimiento y aportan algo al devenir de la historia. Obviamente, y como suele ser común en cualquier reunión de estrellas (ya sean actores famosos o, como en este caso, personajes de cómic), algunos brillan más que otros: la relación entre Iron Man y el Capitán América y la evolución personal de Bruce Banner / Hulk se llevan las mejores líneas, dejando al resto un poco en segundo plano, aunque no sea de manera tan importante como para resultar molesto. 


Todo eso entra dentro de lo previsible y estamos felices por ello. Lo que no esperábamos era el grado de virtuosismo que alcanzarían algunas de sus secuencias más aparatosas, pequeñas piezas de orfebrería visual que llegan al paroxismo durante un clímax final que es todo lo que Michael Bay ha intentado hacer con tres películas de los Transformes, largas, muy largas, y no ha sido capaz de llevar a cabo. Podrían existir dudas  lógicas sobre si Joss Whedon sería capaz de apañárselas bien manejando un presupuesto mucho más holgado que el que había podido utilizar previamente. Recordemos al respecto que Whedon ha desarrollado su carrera principalmente en televisión, dando origen a las series de culto Buffy, cazavampiros y Firefly, siendo la adaptación al cine de esta última su única incursión en la pantalla grande, con un presupuesto de 40 millones de dólares y el título de Serenity (2005). De eso ha pasado a contar con más de 200 millones y a sufrir la presión de ser el responsable de una cinta que viene a ser el descomunal clímax final de cinco títulos previos (Iron Man, Iron Man 2, El increíble Hulk, Capitán América y Thor), cuyas tramas confluyen aquí para encontrar la conclusión de algunos de sus conflictos y presentar otros nuevos de cara a futuras producciones (tanto de Los Vengadores en conjunto como de sus miembros por separado). Whedon logra salir airoso de tal reto e incluso es capaz de aportar, en sus mejores momentos, un grado de pericia narrativa que sobrepasa cualquier expectativa (y aquí es necesario destacar ese - falso - plano secuencia que pasa de un personaje a otro durante la batalla definitiva).


Sin embargo, no todo van a ser buenas noticias. Empecemos por lo peor: para tratarse de una cinta protagonizada por personajes que ya conocemos y que han contado (casi todos ellos) con películas propias, la primera hora de Los Vengadores emplea la mayor parte de su tiempo en presentarnos de nuevo a los protagonistas, como si no confiara del todo en que el público potencial hubiera visto las anteriores y sintiese la necesidad de explicar quién es quién, cómo se comportan, cuáles son sus características y de qué padecen. Se entiende que el propósito de Whedon también es mostrar cómo Loki va enfrentando a Los Vengadores entre sí, manipulándolos para que se destruyan entre ellos, pero a quien suscribe le pareció que no hacían falta tantos minutos para ello. En relación a esto, a medida que transcurría la película me preguntaba por qué las opiniones que había escuchado antes de ir al cine iban en dirección contraria: según me habían dicho, esto era un no parar de acción, un prodigio de ritmo que no se andaba con preliminares. Y no es así, pero entiendo lo que puede ocurrir. Resulta que la última hora y cuarto es tan trepidante, tan lustrosa e hipnótica que puede jugarnos una mala pasada y hacernos creer, en el recuerdo, que Los Vengadores es mucho más frenética de lo que en realidad es. Uno puede salir de la sala con tal subidón de adrenalina que olvida que, hasta que han empezado de verdad las tortas, ha tenido que soportar un buen rato de cháchara y minutos de relleno. Luego hay otros problemas algo menores, pero también dignos de mención: el Loki de las pelis sigue siendo un pelele (como, de hecho, confirma la secuencia extra que aparece durante los créditos finales), los Chitauri parecen diseñados a partir de una plantilla digital default y Scarlett Johanson sale todo el rato vestida hay subtramas que no quedan demasiado claras (especialmente la evolución de Hulk).


Con eso y todo, Los Vengadores tiene todo lo necesario para contentar al fan del cine de acción y de superhéroes que no busque más que sano entretenimiento, independientemente de que conozca las fuentes (vamos, que no hace falta ser coleccionista de cómics de la Marvel para entenderla), y, sobre todo, una alegría, aunque sea parcial, para todos los que preferimos la ligereza de Los 4 Fantásticos a la gratuita pedantería de El Caballero Oscuro. Mierda... lo dije. 

25 mar 2012

'Negocios sucios'

(The 51st State. Ronny Yu. Reino Unido / Canadá. 2001. 88 minutos) Los años noventa fueron muy locos para el cine de acción: ante el decreciente interés del público por los héroes de toda la vida, se optó por recurrir a los servicios de savia nueva para el género y para Hollywood, con resultados no siempre óptimos y no siempre más atractivos para la taquilla. Por un lado, comenzó la tendencia de convertir en action-heroes a actores dramáticos, lo cual es la norma hoy en día e iba en detrimento de la credibilidad de las secuencias de acción. La otra estrategia consistió en importar el talento de los cineastas de Hong Kong, siendo Jean-Claude Van Damme el más listo al ponerse a las órdenes de John Woo (Blanco humano, 1993), Ringo Lam (Al límite del riesgo, 1996; Replicant, 2001; Salvaje, 2003) y Tsui Hark (Double team, 1997; En el ojo del huracán, 1998). Curiosamente, el desenfreno visual de estos maestros de la cinética no terminaría de cuajar en la industria norteamericana, como tampoco consiguieron establecerse Kirk Wong (con Equipo mortal, 1998) ni quien nos ocupa en esta reseña, Ronny Yu. Responsable en Hong Kong de un clásico del calibre de La novia del cabello blanco, Yu se presentó en Occidente con la marcianísima Guerreros de la virtud (Warriors of virtue. 1997) y resucitó la saga del Muñeco diabólico con La novia de Chucky (Bride of Chucky, 1998). Sin embargo, Negocios sucios pasó con más pena que gloria por donde se estrenó. Y, al verla, uno entiende por qué

LO MEJOR: El cúmulo de insensateces.
LO PEOR: Pierde gas a medida que avanza.
Lo que empieza casi como una película de Cheech & Chong se acaba convirtiendo en algo así como una versión hooligan de El último boy scout (The last boy scout. Tony Scott, 1991) pasada por el filtro politoxicómano de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), con Samuel L. Jackson paseándose por ahí con una falda escocesa, Robert Carlyle jugándose el pellejo por unas entradas de fútbol, Meat Loaf con media cara quemada haciendo de un tipo al que llaman El Lagarto, Emily Mortimer jugando a que es la mujer más sexy sobre el planeta y un Rhys Ifans on fire. Todos ellos dirigidos por un chino perdido en Liverpool y metidos en una absurda trama de tráfico de pastillas de esas que dicen que le ponen a uno al 150%. Es decir, demasiado para el público convencional, pero casi una delicia para los amantes de lo trash como nosotros. Y digo casi porque, al contrario de lo que ocurre con esa joya de lo absurdo que es En el ojo del huracán, la cinta de Yu no es capaz de mantener todo el tiempo el mismo nivel de locura ni de ir a más, algo que supone un ligero escollo pero que se perdona por secuencias tan pasadas de rosca como la de la fiesta rave o la del grupo de skins nazis cagándose encima (literalmente). Y, aunque el clímax final funcione a bajas revoluciones, sólo por ver el uso que le dan a un paraguas ya merece la pena. Ronny Yu seguiría a tope en la imprescindible Freddy contra Jason (Freddy vs. Jason. 2003) para luego volver a China y dar lecciones sobre cómo rodar secuencias de artes marciales en la potente Fearless - Sin miedo (Huo Yuan Jia, 2006), también menospreciada por los amargados de siempre, antes de dirigir un episodio de Fear itself en 2008 y regresar definitivamente a la ex-colonia británica para filmar Saving General Yang (2012), quizá harto de ser ninguneado en tierras yanquis. Ellos se lo pierden. 

11 mar 2012

'Basic'

(Basic. John McTiernan. Estados Unidos / Alemania. 2003. 94 minutos) En otros tiempos, John McTiernan fue un renovador del cine de acción que concibió, en un plazo de sólo dos años, un par de obras maestras que se quedarían de inmediato grabadas en la memoria del público como dos de las piezas más importantes que hasta la fecha había dado el género. Estamos hablando, claro está, de Depredador (Predator. 1987) y Jungla de cristal (Die hard. 1988).  Unos años después, John Travolta y Samuel L. Jackson se convirtieron, con sus pelucones y sus conversaciones sobre hamburguesas, en epítomes de lo cool gracias a su trabajo conjunto en la también muy influyente Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). La reunión de estos tres titanes sólo podía ser recibida con alegría o, cómo mínimo, con curiosidad por parte de los aficionados. Sin embargo, Basic resultó ser un experimento fallido que puso fin, al menos hasta el momento, a la decadente carrera de McTiernan (antes de ser condenado a la cárcel por haber mentido al FBI en el caso de Anthony Pellicano) y en el que Travolta y Jackson apenas compartían unos planos. La excusa fue un enrevesado guión de James Vanderbilt que, siguiendo la estela de Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) y su copiadísima estructura, se centraba en el interrogatorio al que el ex-ranger Hardy (Travolta) somete a los supervivientes de una misión militar de entrenamiento en la que ha desaparecido el resto del equipo, incluido su superior West (Jackson). Y, como no conviene desvelar más sobre su argumento, me detendré ahí para no fastidiarles nada.


LO MEJOR: La labor de John McTiernan tras las cámaras.
LO PEOR: El guión de James Vanderbilt.
De todos modos, cuando el espectador haya sobrepasado la barrera de los primeros treinta o cuarenta minutos, se dará cuenta de dónde está la trampa y de dónde se encuentra también el mayor defecto de la película: cada punto de giro está condenado a ser puesto en evidencia un par de secuencias más tarde, hasta tal punto que llega un momento en el que resulta imposible creer nada de lo que propone el libreto de Vanderbilt y el interés inicial que suscita la historia va decreciendo progresivamente, hasta llegar a un final sencillamente ridículo que nos hace sentir como idiotas. Esto lo dice alguien a quien le encantan los finales sorpresa, pero hay que saber diferenciar cuándo un guionista nos deja entrar en el juego, proponiéndonos pistas como en el caso de El Sexto Sentido (The Sith Sense. M. Night Shyamalan, 1999), deslumbrándonos con un giro final antológico como en Sospechosos habituales (The usual suspects. Bryan Singer, 1995), y cuándo se burla de nosotros, directamente, ocultando información o, lo que es peor, falseándola. Es una lástima que al final resulte que el único atractivo de Basic sea esa tendencia hacia lo absurdo, hacia la acumulación de vueltas de tuerca, porque la dirección de McTiernan resulta tan eficaz como cabría esperar, filmando con el buen pulso acostumbrado las escenas de acción y otorgando un ritmo infernal a las secuencias de interrogatorios mediante el uso de la cámara y el montaje. Steven E. de Souza, te echamos de menos...

29 ene 2008

'1408' / 'Habitación sin salida'

(1408. Mikael Håfström. 2007. 103 min. / Vacancy. Nimród Antal. 2007. 83 min.) Sesiones dobles, sí, de esas que parecía que se iban a poner de moda tras el estreno de Grindhouse y que al final volvieron al redil de la nostalgia del que, seguro que opinan algunos, jamás debieron salir. No les voy a engañar: no soy lo suficientemente mayor ni he nacido en el lugar adecuado como para haber vivido la experiencia de ver un programa doble de los de verdad, de los de pagar una entrada por ver dos películas estrenadas en conjunto, no de los que uno se monta en casa con el vídeo o de los que se organiza en una misma tarde pagando dos entradas de cine seguidas. Pero, independientemente de haber nacido fuera de contexto, soy de los que aman el concepto, de los que se montan uno cuando tiene ocasión y de los que ven cómo el vello se le eriza cuando pone la banda sonora de Rocky Horror Picture Show y escucha Science Fictión/Double Feature. Así que esta nueva serie de post, sin número prefijado pero con algunas ideas ya definidas (la obligación moral para conmigo mismo de reseñar en conjunto las dos entregas de Demons, por ejemplo), nace como forma de rendir un pequeño tributo a esas celebraciones de las que sólo he podido leer u oír hablar y para las que uno quisiera tener un De Lorean DMC-12 con condensador de fluzo cargado hasta los topes de uranio. Pero con una pequeña licencia: aquellas sesiones dobles no siempre tenían por qué mostrar dos cintas con relación intrínseca, mientras que yo me decantaré por reseñar (sin demasiada profundidad quizá, porque si quisiera extenderme demasiado les dedicaría críticas individualizadas) títulos de temática similar y que, a ser posible, se estrenaran con poca diferencia de tiempo. La Double Feature queda entonces limitada a su aparición conjunta en este blog, en el que haré de exhibidor caprichoso cada cierto tiempo.

Y caprichoso, precisamente, ha sido el germen de esta serie: ver seguidas, sin voluntad de continuidad premeditada, las dos películas que veis en el título, que podríamos englobar dentro del veleidoso (lo sé) epígrafe de películas de suspense que transcurren en una habitación de hotel/motel (sic). Además, las dos tienen como protagonistas a personajes que acaban de pasar por un trance familiar idéntico: la pérdida de un hijo, en el caso de Kate Beckinsale y Luke Wilson (protagonistas de Vacancy), o de una hija en cuanto a John Cusack (estrella absoluta de 1408). Ese background dramático común es explotado en sendas cintas para crear un conflicto que marcará el devenir de los personajes y que funciona como cliché cristalino que nos deja avanzar el futuro happy end de ambas, aunque lo de happy habría que matizarlo y no lo haré para no estropearles nada. Así, John Cusack interpreta a un escritor separado tras la muerte de su pequeña y que apenas mantiene contacto con su ex, mientras que Beckinsale y Wilson hacen las veces de matrimonio en proceso de separación debido a la catástrofe de ver morir a su hijo único, pero todos sabemos que los apuros por los que pasan en sus respectivas historias acabarán por conseguir que reflorezcan viejos sentimientos y se afiancen sus relaciones, por muy in extremis que sea. Si bien en este sentido ambas cintas tiran del tópico, hay que reconocer que a la hora de la verdad, en el momento de mostrarse como las cintas de género que son, funcionan de manera correcta y se dejan ver con agrado por el espectador entregado y poco refunfuñón. Es decir, se puede acusar de liviana la construcción de los personajes, pero dentro del género en el que se mueven no hay motivos para pedirles mucho más, teniendo en cuenta que lo que buscamos como espectadores es, principalmente, verles sufrir durante hora y media.


Y ahí, cuando las películas ya han entrado en materia, es cuando la premisa común (pasar una noche infernal en una habitación de la que prácticamente no pueden huir) se bifurca y demuestra cuáles son las cartas que cada una de ellas quiere jugar, poniendo en evidencia con qué tipo de película nos encontramos en cada caso. Vayamos ahora por partes. 1408, basada en un relato de Stephen King, cuenta la historia del escritor Mike Enslin (Cusack), especializado en narrar sus búsquedas (que no encuentros) de fenómenos paranormales a lo largo de Estados Unidos, plasmando en papel lo que no son más que historias sensacionalistas sobre hechos que no ha vivido en sus propias carnes, pero que circulan alrededor de los lugares que toma como objeto de estudio parapsicológico. Este adulto Juan Sin Miedo ve como un desafío apetecible el pasar una noche en la habitación 1408 del hotel Dolphin de Nueva York, en la que dicen que han fallecido más de 50 personas por los motivos más rocambolescos. Por mucho que el gerente del hotel (un visto y no visto Samuel L. Jackson) intente convencerle de que no lo haga, Enslin acaba consiguiendo su objetivo y se hospeda en la suite maldita, momento a partir del cual comienzan a sucederse hechos fantásticos que harán vivir al protagonista la noche más infernal de su vida. Generosa en medios y con la ventaja de jugar a lo fantástico, 1408 despliega su imaginería al poco rato de empezar y ya no para hasta que acaba, convirtiéndose en un show non-stop de creciente intensidad que comienza con unas chocolatinas que aparecen misteriosamente encima de la almohada y termina con cambios extremos de temperatura dentro del cuarto y otros acontecimientos que desembocan en un incendio. Es una de esas cintas tramposas, con giros caprichosos de guión y que debido al exceso de estímulos acaba por perder su efectividad antes de que vayamos por la mitad. John Cusack juega a ser Bruce Campbell en Evil Dead II y hace lo imposible por que mantengamos la atención durante algo más de hora y media, pero como he dicho antes, la acumulación de elementos fantásticos y las previsibles argucias de la historia (el fantasma de la hija muerta como máximo exponente de su posible paranoia) hacen que nos sintamos aturdidos, bajemos las defensas al habituarnos a un terror que sólo dura unos minutos a pesar de (o precisamente por) intentar machacarnos casi todo el tiempo, y nos relajemos ante el modesto visionado de un entretenimiento en el que todo vale y que se acaba convirtiendo en un Carnival of Souls para el público de multisalas, el que con llevarse cinco o seis sustos en dolby digital ya se va contento para casa. Se dice que esto es terror psicológico, pero si de verdad quieren probar algo que les machaque traten de recuperar La escalera de Jacob.


Diferente es el caso de Habitación sin salida, que comienza con un claro homenaje a Saul Bass y aprovecha la premisa hitchcockiana del motel perdido con psicópata(s) cerca que, con la introducción de las snuff movies como reclamo diferencial, se acaba convirtiendo en una versión de cámara y mainstream de Los Zero Boys. Pero a pesar de ser un producto para todos los públicos al igual que 1408, Vacancy se muestra mucho más conseguida, efectiva y simpática en su modestia y concreción (supongo que ya se habrán dado cuenta si siguen el blog, pero ahí va: me encantan las películas de 80 minutos, quizá por tener la capacidad de atención de una ameba sedada). Beckinsale y Wilson son, como dije antes, una pareja que ha perdido a su hijo y que debido a la carga de conciencia que ello supone (ella se culpabiliza de la muerte accidental del chico) está en proceso de divorcio. Ahora tendrán oportunidad de recuperar su amor mediante el sufrimiento, cuando recalen en un hotelucho de mala muerte en el que al poner una cinta que encuentran al lado del vídeo, ¡un vídeo!, descubren que lo que parece una mala peli de terror es en realidad una snuff filmada en la misma habitación en la que ellos se encuentran. El terror comienza cuando se dan cuenta de que ellos van a ser los siguientes protagonistas de tan macabras filmaciones. Así comienza una espiral de tensión que, una vez puesta en marcha, poco respiro da a un espectador que agradece contemplar personajes que, para variar, saben enfrentarse al brete usando la cabeza para algo más que para llevar pelo y esperar a que se la corten de un hachazo. No es que los protagonistas se enfrenten a los malos poniendo en práctica teorías de física cuántica, pero por lo menos se muestran astutos y competentes a la hora de plantarles cara y utilizar su instinto de supervivencia. De este modo, el largometraje se convierte en un tenso tira y afloja, en un juego de acciones y respuestas con una gradación de violencia in crescendo que culmina con Beckinsale haciendo de nuevo de heroína de acción para deleite de todos. Si les gustó Identidad o Nunca juegues con extraños, aquella de John Dahl con Paul Walker, Steve Zahn y Leelee Sobieski, seguro que lo pasan bien con Vacancy. Decía que es un caso diferente al de 1408 porque, mientras que aquella fallaba en su intento de crear tensión en el público mediante su abrumadora acumulación de motivos fantásticos, Habitación sin salida logra triunfar cuando se propone crear sensación de peligro y adentrar al espectador en unas escenas para nada artificiosas que puede asimilar como posibles, siendo, por tanto, más aterradoras.

Por tanto en la relación intención-resultados, si tuviera que quedarme con una de las dos, recomendarles únicamente una del pack, la balanza se decantaría claramente hacia Vacancy. 1408, a raíz de querer epatar con los retruécanos de su guión, acaba por resultar insípida y casi cargante, mientras que la cinta dirigida por Antal, con toda su modestia y, si quieren, simpleza, consigue situarse por encima de la media de cintas de terror actuales, demostrando que en el cine de terror muchas veces, aunque suene a tópico, menos es más. Gracias por llegar hasta el final. Keep watching the skies!