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18 jul 2010

'La noche del cometa'

(Night of the comet. Thom Eberhardt. Estados Unidos. 1984. 95 min.) Obra de culto venerada por los que nacimos entre mediados de los setenta y principios de los ochenta, pero incomprendida y ninguneada por casi todos los que vinieron después, La noche del cometa merece ser rememorada por algo más que por su funcionalidad como reclamo para  modernos que no saben deletrear Kelli Maroney, o que tienen como escena favorita aquella en la que las dos protagonistas bailan al son de un cover del Girls just wanna have fun. Petardeos y nostalgias aparte, La noche del cometa tiene una cualidad poco común: reunir elementos de muchos subgéneros y, al mismo tiempo, ser única en su especie. Que el título primigenio de la película fuera Teenage Mutant Horror Comet Zombies no es baladí, ya que resume de manera certera su espíritu aglutinador e irreverente, su voluntad de diversión desvergonzada anclada conscientemente en los parámetros de la serie b más imaginativa y aparentemente inofensiva. La premisa es bien sencilla: el paso cercano de un cometa provoca la extinción de la mayoría de los seres vivos del planeta Tierra, convirtiéndolos en cenizas o transformándolos en algo parecido a zombis antropófagos; sólo aquellos que durante la noche del cometa estaban dentro de recintos metálicos (sic) sobreviven a la debacle, entre ellos las hermanas Belmont (grandiosas Catherine Mary Stewart y Kelli Maroney), quienes deben encontrar a otros supervivientes para sentar las bases de una nueva era.

Leído así suena a oscura trama postapocalíptica, pero La noche del cometa arroja una idea brillante: después de la hecatombe, sigue siendo importante la diversión. Al fin y al cabo, los zombis no son demasiados y se les mata fácilmente (las chicas se las apañan de lujo con las armas y con el combate cuerpo a cuerpo ya que fueron entrenadas desde pequeñas por su padre, veterano de guerra). Esto fulmina cualquier expectativa que el espectador pueda hacerse de antemano en cuanto a los derroteros por los que debería transcurrir la trama. Hay un apocalipsis, sí. También hay zombis. Pero también hay toda una ciudad de la que las chicas se adueñan y en la que ya no existen (salvo en el final) normas de circulación, donde la ropa es gratis y se puede escuchar música en todas partes y a todo volumen sin molestar al vecino. La película se ve imbuida así de una frivolidad sólo equiparable a la que luego emplearían otros títulos esenciales como El regreso de los muertos vivientes o El terror llama a su puerta, sin que ello suponga en ningún momento un problema, sino más bien lo contrario. El aroma a episodio de Twilight Zone convertido en comic-book y trasladado luego al celuloide se completa con la aparición, en la segunda mitad de la cinta, de un equipo de científicos que pretende utilizar la sangre de los últimos supervivientes (especialmente niños) para crear un antídoto que frene la degeneración provocada por el cometa, pero no con el fin de curar a los más desprotegidos, sino a ellos mismos (hay que destacar lo mucho que recuerdan estéticamente, con símbolo incluido, a la posteriormente celebérrima Iniciativa Dharma de Lost). Esto introduce otro giro en la película que la lleva hacia los territorios del cine de acción, con escena de asalto y rescate incluida, con la peculiaridad de estar protagonizada por dos chicas de buen ver, una de ellas vestida de animadora, en lugar de por tíos cachas. Pero aún dentro de la fiesta, La noche del cometa se las apaña para introducir el mensaje: sus puyas hacia el poder, con esos chicos de almacén que se adueñan del centro comercial, o su negativa visión de aquellos que ostentan la capacidad material y el conocimiento para evitar la catástrofe, pero en cambio emplean esa superioridad para protegerse a sí mismos, no distan mucho de las parábolas políticas que  Romero introdujo en su saga zombi, estando planteadas incluso de manera más sutil y, mejor aún, más lúdica. Y, para colmo, es posiblemente la película navideña que menos parece una película navideña de las que se hayan filmado jamás.

Consciente de lo mucho que ha crecido la valoración de la película a lo largo de los años, Kelli Maroney intentó producir una secuela en 2005 que no llegó a concretarse por motivos contractuales. Pero no les extrañe si en cualquier momento se anuncia un remake... Mientras tanto, pueden adentrarse más en el universo Night of the Comet pulsando aquí. 

11 jun 2009

Trastorno demoníaco compulsivo


A veces puedo ser un niño repelente y otras un superñoño. Incluso ambas al mismo tiempo. Pero aquí va una muestra de lo segundo, escrita originalmente para Crónicas de un Pueblo.

A pesar del encabezado de este artículo, no voy a hablarles de los muchos y variados títulos que nos hemos encontrado sobre posesiones diabólicas y niñas malhabladas y elásticas, sino de algo que sólo puede calificarse de desorden psicológico, de obsesión maníaca, de incombustible manía, que me viene afectando desde hace casi dos décadas y no me apetece curar. Permítanme que esta vez me ponga nostálgico y les haga un poco de historia. De mi historia.
Según dice la Wikipedia (esa herramienta de información colectiva de la que nos fiamos más de lo que deberíamos), el calendario marcaba el 19 de Julio de 1992, cuando hacía dieciséis días que yo había cumplido los doce añitos, y en el reloj avanzaban las primeras horas de ese domingo que para mí aún era sábado por la noche. Llegaba a casa de una de mis tímidas salidas nocturnas, cuando empezaba mi efímero paso por el mundo del noctambulismo adolescente y en los bares se mezclaban las partidas al ‘Shinobi’ o el ‘Dragonninja’ con el olor a calamares fritos y, mes arriba, mes abajo, la voz del cantante de La Frontera gritando aquello de “Judas el miserable era un auténtico cabrón”. Delante del televisor me encontré a mi madre, con la que cada sábado disfrutaba de la película que pusieran en ‘Noche de Lobos’, el mítico programa presentado por Joan Lluís Goas con el que tanto aprendí. Ver la peli de miedo de cada sábado acompañado de mi madre y enfrentándome con gusto a un buen vaso de leche fría con azúcar era algo que no podía dejar pasar. Pero aquella vez llegué tarde y me perdí la primera mitad. No importaba. Lo que estaba pasando en aquella película era suficiente para mantenerme pegado al sillón: un montón de personajes estaban encerrados en un cine y eran acosados por lo que parecía gente poseída, zombis, infectados o lo que fueran. Molaba. De repente el chico tranquilo protagonista se transformaba: aparecían músculos debajo de su camisa desgarrada, agarraba una katana, se subía a una moto y comenzaba a desmembrar a aquellos monstruos mientras sonaba heavy metal a todo trapo. Todo sin salir del cine. Entonces, cuando todavía no había recuperado el aliento y los ojos se me enrojecían de no pestañear, vi cómo un helicóptero atravesaba el techo de la sala y se estrellaba contra las butacas. Los viscosos enemigos de los dos personajes supervivientes aún no habían sido vencidos del todo. El héroe aprovechaba la poca fuerza que le quedaban a las hélices del helicóptero para hacerles pedazos y luego conseguir escalar hacia el accidental tragaluz y… ¿escapar felices? Ni hablar. Todavía se las tenían que ver con un tipo misterioso con media cara metálica que no sabía muy bien qué hacía allí, pero al que me gustó ver cómo le atravesaban la cabeza con un hierro. Final feliz, entonces. Pero no. Después de todo eso llegaba lo mejor: con la huida del cine los protagonistas no habían encontrado la salvación, sino que descubrían que toda la ciudad estaba siendo tomada por los endemoniados y el caos reinaba por todas partes. En un momento crítico, eran salvados por otros supervivientes que se dirigían, bien provistos de armas de fuego, hacia otro lugar con la esperanza de encontrarse un sitio que todavía no estuviera infectado. Los títulos de crédito empezaron a rodar y, cuando ya parecía que tenía motivos para relajarme e irme a la cama contento, se producía en la película otro hecho más que me dejó trastocado: la chica superviviente con la que habíamos compartido toda la trama también había sido infectada y era disparada a bocajarro por un niño. No había esperanza. Fin.
Al día siguiente busqué la programación de la noche anterior en la por entonces novísima revista Supertele, cuando aún podía uno consultar de manera más o menos fiable lo que iban a pasar por televisión, intentando dar con el título de la película. ‘Demons’, de Lamberto Bava, producida en 1985 en Italia. Desde ese instante he sentido la necesidad absurda de revisarla al menos cada dos años junto a su secuela, a ser posible ambas en programa doble. Posiblemente esté intentando recuperar esa sensación de impacto y desasosiego inicial o simplemente la inocencia del que tenía un mundo de emociones por descubrir. O quizá sólo sea un trastorno demoníaco compulsivo…

10 ago 2008

'El diario de los muertos'


(Diary of the dead. George A. Romero. EEUU. 2007. 95 minutos). De todas las ideas que rondaron por mi cabeza mientras visionaba Diary of the Dead, la que más se repetía de todas era esta: "El viejo ha perdido la puta cabeza". Igual que llega un momento en el que el abuelo empieza a llamar a sus nietos por nombres que no les corresponden, Romero empieza a sufrir el chocheo zombi, convirtiendo lo que otrora fue summun de la reivindicación social fantaterrorífica en una torpe gallina descabezada que aletea sus alas, agónica y descordinada, mientras mancha todo de sangre pero no atina en un sitio concreto. No se sabe si lo de Romero es una crítica al poder revulsivo y congregador de los tutubos o un desesperado intento por demostrar que aún se siente joven, pero el caso es que su pataleta es inofensiva e insípida, además de altamente errática e incoherente.

Si en las anteriores entregas de esta saga que acaba de romper definitivamente (y no sólo cronológicamente) podíamos entresacar cuestiones que iban más allá del splatter y que aludían a Grandes Temas como la segregación racial, el consumismo, el militarismo o la inmigración, en Diary of the Dead apenas tenemos nada en lo que rascar y, lo que es peor, la verdadera catástrofe, ni siquiera los momentos de acción y gore son suficientes como para siquiera poder comparar esta película con Night, Dawn, Day y Land. Diary es poco menos que un truño que no sabe a qué sumidero dirigirse y eso es algo que molesta en alguien que siempre ha tenido las ideas tan claras como Romero. Pero es que hasta el concepto inicial chirría: no es ya el manuscrito encontrado, sino el manuscrito editado, algo que hace que la idea de filmar la película como si se tratara de una grabación doméstica pierda toda su fuerza, ya que al fin y al cabo se acaba jugando con múltiples puntos de vista y con un montaje a veces totalmente típico de plano-contraplano, por no hablar de lo gilipollas que resulta el hecho de que la voz en off de la protagonista (que es la que en la ficción ha montado el, ntch, documental) tenga ese poso de dramatismo pero no tenga reparo en introducir música cómica en algunos instantes (ojo al momento "me voy a Texas y a ti que te den por el ojete", porque es impagable).

Odio lo que ha hecho Romero, porque me ha llevado a un punto en el que nunca quiero estar cuando me dispongo a disfrutar de la ficción: a dudar de mi capacidad para ejercer la suspensión de la credibilidad. Sabemos que otras han sido antes, pero que en algunas secuencias estén en escena dos personajes sujetando sendas cámaras mientras otro, indefenso, esté siendo atacado por un zombi, es algo que roza el límite de lo permisible y entra prácticamente en el campo de lo risible. Pero a lo mejor de eso se trata: es posible que Romero sólo haya querido hacer una parodia de sí mismo y de la tendencia del horror hacia la primera persona, pero eso lo podría haber hecho cualquier fan con un poco de dinero y un par de fines de semanas libres. Al final lo que queda es la sensación amarga de que Diary of the Dead podría haber sido una cinta divertidísima de haber sido filmada de modo convencional (de tal manera que sus efectos de montaje no parecieran metidos con calzador) y haber potenciado sus hallazgos: un delicioso muestrario de muertes creativas aplicadas a los no-muertos (¡ese desfibrilador!) y, sobre todo, el personaje de Samuel, todo un robaescenas que se convierte en la verdadera estrella de la sesión con apenas unos minutos en pantalla.

Romero prepara ya Diary of the Dead 2. Deberían saber que no soy de esos agonías que se ponen nerviosos con las secuelas y los remakes pero... ojala Romero recapacite y se deje de estupideces de este tipo. O, casi mejor, que se le vaya la pelota del todo y haga una comedia zombi de una jodida vez, pero sin coartadas reivindicativas y sin voz en off. Por favor.

14 ene 2006

'La tierra de los muertos vivientes'

(Land of the dead. George A. Romero. Estados Unidos / Canadá / Francia. 2005. 93 minutos) Difícil tarea la de George A. Romero a la hora de afrontar esta película: efrentarse a su propia leyenda y a tres obras precedentes que son clásicos de culto en todo el mundo. La noche de los muertos vivientes (1968), Zombi (1978) y El día de los muertos (1985) fueron tres largometrajes que crearon escuela en diferentes décadas y que hicieron de Romero uno de los Grandes del cine de terror. Muchos le acusan de ser sólamente un tipo afortunado que tuvo suerte con su primera película, pero además de su saga zombi encontramos en su filmografía otros títulos harto interesantes como The Crazies, Creepshow o Atracción diabólica. Lamentablemente, Romero es un artista condenado incapaz de superar el que fue su primer largometraje, que cambió para siempre el género y lo hizo entrar en la edad contemporánea, convirtiéndose en una especie de Orson Welles del horror.

Por otro lado, con La tierra de los muertos vivientes, Romero tiene la difícil misión de añadir un capítulo más a lo que ya era una trilogía coherente y grabada en la memoria colectiva de todos los aficionados. Y de todos es sabido que lo de trilogía suena bien, pero un cuarto título parece estar estorbando (piensen en la saga Alien, por ejemplo), a no ser que se convierta en el inicio de una nueva trilogía (cosa que no creo que tenga pensado hacer Romero, aunque nunca se sabe...).

En definitiva, el genio de Pittsburgh lo tenía todo en contra para hacer esta película, por mucho que algunos fans la pidieran desde hace años (cuando teóricamente se iba a llamar Twilight of the dead). Curiosamente, y en uno de esos giros inesperados que da la industria del cine de vez en cuando, Romero consiguió financiación de nada menos que la Universal Pictures, después de ver cómo triunfaba el remake de una de sus películas, El amanecer de los muertos (2004). Debieron pensar "si hemos conseguido este éxito gracias a una idea de Romero, démosle una nueva oportunidad para ver lo que la gente ha estado esperando tanto tiempo". De este modo, el sueño de muchos se hizo realidad y pudimos disfrutar por fin en pantalla grande de una película de zombis del hombre que inventó el género tal y como lo conocemos hoy en día.

¿Ha merecido la pena la espera? Yo diría que sí, pero es difícil valorar esta película. Me explico: las tres anteriores entregas de la saga (de argumento totalmente abierto y personajes cambiantes en cada una de sus partes, manteniendo únicamente en común a los muertos vivientes) son películas que he visto en vhs o dvd una y otra vez, que desde que tengo uso de razón siempre han estado rodeadas del aura mágico que sólo consiguen las cintas que sobreviven décadas en el recuerdo. Crecí con ellas, podríamos decir. Por eso es difícil analizar La tierra de los muertos vivientes comparándola con las anteriores, ya que ésta se perdió pronto en la dinámica del consumo rápido de multicines, a los que apuesto a que la mayoría de adolescentes acudieron pensando que se trataba de una "segunda parte" de El amanecer de los muertos versión 2004, sin ni siquiera saber quién es Romero. Ya dije algo parecido en la reseña de La Niebla, pero me parece importante recalcar la ignorancia del espectador medio y cómo éste es capaz de destruir en taquillas películas que en otros tiempo hubieran recibido mejor atención. Esto explicaría que La tierra de los muertos vivientes no tuviera un éxito mayor al que algunos hubiéramos deseado, y Romero tuviese que ver cómo la juventud comparaba despectivamente su película con otra que, para colmo, no hacía otra cosa que actualizar (y muy bien, por cierto) una idea suya.

Ahora intentaré valorar la película tal y como la he percibido en las cuatro veces que la he visto desde su estreno (una en cine y tres en dvd), pero no enfrentándola en ningún tipo de baremo con ninguna de sus predecesoras, ya que me temo que tendrán que pasar unos años hasta ver si esta cuarta parte consigue integrarse en la memoria colectiva junto al resto de la saga o, como dije antes, se la considera una especie de "estorbo".

Tras el logo de la Universal antiguo, el que Romero veía en las películas de Val Lewton (ya sabéis, el avión rodeando el globo terráqueo), un breve montaje nos recuerda lo que pasó "hace algún tiempo" (en un principio deberían haber incluído imágenes de las tres anteriores cintas, pero por problemas de copyright al final decidieron rodar escenas nuevas) y antes de que nos demos cuenta estamos sumergidos en la trama, sin ninguna explicación más que los breves apuntes que comentaba antes. Mejor así. De este modo, el espectador tiene la sensación de haber contemplado lo que normalmente sería el primer acto de todo largometraje en tan solo unos segundos. No hay presentación clásica de los personajes porque no hace falta. Nos importa poco su pasado (aunque finalmente, en determinados momentos de la cinta acabamos sabiendo su "curriculum"). De hecho, los que primero aparecen en la película son los zombis, esta vez bastante diferentes a lo que estamos acostumbrados a ver: ahora algunos de ellos logran comunicarse, conseguir imitaciones cada vez más convincetes de lo que algún día fueron.

Ya en El día de los muertos un científico lograba "amaestrar" a uno de los revividos, pero Romero (tan pesimista como siempre) hizo que su primer instinto al recobrar algo de "humanidad" (¡tras ojear un libro de Stephen King!) fuera el de coger un arma y disparar a quienes le habían maltratado.

En La tierra de los muertos vivientes los zombis figuran otra vez como ejemplo de los marginados, de la sociedad tercermundista que sólo pretende conseguir el acceso a una vida mejor. Por su parte, los "vivos" se parecen cada vez más a los muertos vivientes y viceversa. Están divididos en dos grandes grupos: los que viven ajenos a la destrucción del mundo en su palacio de cristal (liderados por un contenido Dennis Hopper) y los que arriesgan su cuello para "llevarles mondadientes a los ricachones" y sobrevivir en las zonas bajas de una ciudad teóricamente infranqueable por los "podridos".

Romero, tan político como de costumbre cuando trata el tema zombi, nos habla de revoluciones sociales. En esta película hay dos: la de la gente que rodea a Riley (Simon Baker) por salir de esa ciudad condenada y viajar a un lugar donde empezar desde cero; y la de los zombis liderados por Big Daddy (Eugene Clark) que lo único que también buscan es un lugar donde vivir. Los primeros quieren salir de la ciudad, los segundos salir de ella. Son dos caras de la misma moneda, dos revueltas con sus líderes carismáticos al frente. Pero, irónicamente, los muertos vivientes se muestran más unidos que los vivos, mostrando cómo la unión hace la fuerza y cómo los conflictos entre semejantes conducen al fracaso (el caso de los personajes de Hopper y John Leguizamo es ejemplar).

Todo esto está muy bien y eleva la cinta por encima de otras de su categoría, pero, ¿qué pasa con el terror?. Curiosamente, aquí es donde la película encuentra sus aspectos negativos. Hay sobreabundancia de gore, maquillajes extraordinarios (obra de los cada vez más reputados KNB - Kurtzman, Nicotero, Berger), momentos repulsivos y cosas que no había visto antes. Un festival. Pero el problema es que no da miedo. Hay mucha sangre y muchos sustos (algunos de los cuales, funcionan de manera irregular), pero Romero no opta por mostrar escenas de suspense contenido (aquí sólo tendríamos una breve muestra en el momento del aparcamiento antes del final) ni una sensación de angustia provocada por el encierro de los protagonistas (que funcionaba de maravilla en las tres películas precedentes). Quizá el gran problema esté en que los personajes no te importan demasiado, no logras empatizar con ellos de una manera considerable.

Tampoco ayuda la trama paralela a los zombis que se desarrolla con el vehículo llamado "Dead Reckoning (el azote de los muertos)". Los protagonistas (la parte "viva" del reparto, se entiende) están más preocupados en conseguir el vehículo que en enfrentarse a los muertos. Y tanto ir de un lado a otro con la intención de hacerse con el camión acorazado hace que en algunos momentos pienses "Muy bien, pero, ¿dónde están los zombis?".

A pesar de contener algunas imágenes que se me quedarán grabadas en la memoria para siempre (sobre todo, esos zombis agrupados bajo la luz de la luna en la orilla de un río... o cuando se quedan hipnotizados ante los fuegos artificiales) La tierra de los muertos vivientes no es la obra maestra que hubiera querido ver, pero sin duda es una muy recomendable aproximación al subgénero de los zombis y una gran oportunidad (quizá no del todo conseguida) para que Romero esté otra vez en boca de todos, después de foguearse con películas menores.


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: no era difícil prever que la cuarta película zombi de Romero no se quedaría grabada en la memoria colectiva del mismo modo que lo hicieron las tres primeras. Lo que sí resultaba más complicado era adivinar que Romero todavía tenía que continuar de manera tangencial su saga con unos títulos que, en cierto modo, podría haberse ahorrado. Por otra parte no termino de entender la obsesión que yo tenía en aquella época con que las películas de terror tuvieran que dar miedo...

6 ene 2006

'Zombies Party'

(Shaun of the dead. Edgar Wright. Reino Unido / Francia. 2004. 96 minutos) En el cine de zombis hay de todo, desde obras maestras (Yo anduve con un zombi, La noche de los muertos vivientes…) a lo más vergonzoso que uno se pueda imaginar (House of the dead, Redneck zombies…), pasando por títulos no redondos pero sí míticos (las cintas de Fulci, los templarios de Ossorio, No profanar el sueño de los muertos de Jorge Grau…) y parodias hechas con inteligencia que acaban convirtiéndose en títulos de culto (la saga Return of the living dead, o la reciente Los no muertos…).

En este último grupo colocaríamos a Shaun of the dead (me niego a seguir utilizando el vergonzante título que le pusieron en España…), toda una sorpresa que nos llegó de Inglaterra para recordarnos que las comedias de terror (o el terror cómico más bien) no tienen que ser necesariamente astracanadas multirreferenciales con dos gags facilones por minuto.

La película de Edgar Wright nos presenta a Shaun, un tipo que roza la treintena y con una vida que no avanza: comparte casa con dos personas diametralmente opuestas (uno es estirado y responsable, el otro se dedica a trapichear y jugar a la PlayStation), la relación de tres años con su novia está a punto de romperse, y no soporta al nuevo marido de su madre, a pesar de que ya hace 17 años que están casados. Su concepto de cita perfecta se reduce a ir a la taberna Winchester a beber cervezas y comer cortezas de cerdo con su novia y su colega Ed. Pero esta tranquilidad y monotonía se rompe el día que comienza a verse rodeado de muertos vivientes… Así, nuestro protagonista se convierte en un improvisado héroe con una difícil misión: hacer las paces con su madre, recuperar a su novia y volver a casa a la hora del té.

Como en La noche de los muertos vivientes, nunca sabemos exactamente el motivo de la resurrección de los muertos y la epidemia de necrosis contagiosa. Ni falta que hace. Lo importante es que, de un momento a otro, los protagonistas se ven acosados por cientos de zombies putrefactos de andares lentos e instintos básicos, como los de toda la vida (sobre todo, después de Romero, claro). En un principio la situación no es demasiado molesta para Shaun y Ed: ante el ataque de la primera zombi, le toman una fotografía antes de matarla y luego se apalancan en el sillón a ver la tele. Y éste es el sentido del humor que sobrevuela por todo el metraje: lejos de convertirse en superhéroes, los protagonistas no son más que personas corrientes que se mueven por un entorno periférico (aunque esté ambientada en Londres, no vemos el Big Ben ni el Piccadilly Circus) y que, ante la amenaza, se arman con vinilos, bates de críquet, palas y lo que puedan. De hecho, cuando Shaun intenta actuar como un héroe, no puede hacer otra cosa que el ridículo: la tentativa de saltar una valla conduce a una caída irrevocable. Pero se las apañan para sobrevivir (no todos, claro, de lo contrario no habría emoción), luchan con todas las fuerzas sin perder nunca el sentido del humor (Ed imitando a Clyde, el gorila que acompañaba a Clint Eastwood en Duro de pelar…) y les vemos triunfar (relativamente, repito). Por eso nos creemos la película, porque sus personajes nos caen simpáticos y porque se mueven en terrenos cotidianos, alejados del ambiente militarista o de alta tecnología tan pegado a buena parte de la filmografía zombie.

Con referencias evidentes a otros títulos clásicos (el restaurante llamado Fulci’s, la frase “Barbara, we’re coming to get you” que recuerda al “Barbara, they’re coming to get you” de La noche de los muertos vivientes, etc.), Shaun of the dead posee un sentido del humor contagioso y burlón: la coreografía de golpes con palos de billar a un zombie, al son de Queen; los protagonistas imitando a los zombies para pasar desapercibidos; el paseo matutino de Shaun a la tienda de la esquina cuando todos a su alrededor son ya cadáveres andantes (¡y él no se entera de nada!), etc.

Sin duda, tanto el director Edgar Wright como el protagonista y guionista Simon Pegg (Shaun) saben de lo que hablan. Pero en lugar de hacer una película de zombis inglesa al estilo americano, han hecho una película de zombis al estilo de la comedia inglesa contemporánea. Casi como si los chicos de Full Monty o La Camioneta se encontraran al despertarse con hordas de muertos vivientes… Realmente, una delicia. Modesta... pero jugosa.


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: nada que añadir u objetar. Si acaso afirmar que los años han tratado muy bien a la película y que ha ido ganando con cada visionado.

29 dic 2005

'House of the dead'

(House of the dead. Uwe Boll. Canadá / Estados Unidos / Alemania. 2003. 87 minutos) He aquí la única película que he visto hasta el momento de Uwe Boll, el terror de los fans de los videojuegos, ya que parece estar especializándose en destrozar buenas ideas: convierte estupendos videojuegos en pura basura cinematográfica.

Al menos, esa es la sensación que me ha dado tras ver esta cinta y los tráilers de otras dos de sus obras: Alone in the dark y Blood Rayne. Tiemblo al pensar que ya ha anunciado sus versiones de Fear Effect y uno de mis juegos favoritos: Far Cry (que está previsto que protagonice... atención... ¡Michael Paré!).

Este autoproclamado "nuevo Ed Wood" no tiene vergüenza alguna y lo deja bien claro con House of the Dead: tiene el morro de insertar en medio de las escenas de acción fragmentos sacados directamente del videojuego. Hablando de escenas de acción, éstas consisten en colocar a los actores sobre una tarima en la que hay una cámara giratoria que da vueltas a su alrededor a 140 kilómetros por hora. Es decir, un bullet-time cutre-salchichero. El efecto, sin embargo, es curiosamente llamativo. Eso sí, las primeras 30 veces... luego empieza a cansar un poco.

En el making-of de la película, Uwe Boll dice que el juego sólo consistía en disparar, así que tuvieron que añadirle un argumento. ¡Y qué argumento!: unos jóvenes van a una isla donde se celebra una rave party y se encuentran con montones de zombis creados por un antiguo sacerdote español (al menos, eso es lo que entendí yo dentro de tal desbarajuste). Un pozo sin fondo de originalidad, vamos.

Pero lo peor no es que no sea original (al fin y al cabo, lo que yo quería ver era una película de zombis y punto), sino que pretende serlo visualmente, a través de combates con acrobacias que demuestran lo mal que algunos han asimilado el éxito de Matrix, los ya mencionados insertos del videojuego y un plano que me provocó la carcajada, en el que, en medio de una persecución, Boll nos muestra un primer plano de un zombi corriendo detrás de uno de los protagonistas, filmado con el zombi agarrando la cámara que le enfoca y corriendo como un poseso. Es difícil de describir, pero la imagen es para cualquier antología del delirio cinéfago.

Y aquí está el punto positivo de la película: que es absoluta y conscientemente delirante. Al menos eso me gustaría pensar (ya que no me gusta pensar mal de la inteligencia de nadie). Sólo con mucha sorna alguien ha podido escribir (y firmar) diálogos como éstos:

- Has hecho esto para ser inmortal... ¿por qué?
- Para vivir eternamente.

O (en unas catacumbas que hay bajo la casa del cementerio):
- ¿Qué es esto?
- Deben ser unas catacumbas que hay debajo de la casa...

Como podéis ver, pura poesía.

Luego está Jürgen Prochnow... Pobre Jürgen... Tener que aguantar un chiste como éste por parte de uno de los jóvenes: "Mira, es el capitán de El Submarino".

En fin, que si uno es capaz de ver House of the Dead con ironía, seguro que es capaz de divertirse de lo lindo. Pero luego uno piensa en lo bien que hubiera estado este ¿argumento? en manos de un Lamberto Bava o un Lucio Fulci a principios de los años 80 y es para echarse a llorar...


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: una crítica un poco imbécil, puesto que no se puede burlar uno de lo que ya nace como chiste. A Uwe Boll no hay que criticarlo, hay que celebrar que tenga tanto morro y no tomarse en serio nada que lleve su nombre. 

1 dic 2005

'La noche del terror ciego'

(La noche del terror ciego. Amando de Ossorio. España / Portugal. 1971. 97 minutos) He aquí uno de esos casos en los que las expectativas y el culto alrededor de una película puede jugar en su contra.

La noche del Terror Ciego es, como muchos de vosotros sabréis, el inicio de la que seguramente sea la única saga terrorífica que el cine español ha regalado al mundo (si exceptuamos la larga serie de cintas en las que Paul Naschy interpretaba a un licántropo). Basada en la leyenda de los caballeros Templarios y, sobre todo, en El monte de las ánimas de Gustavo Adolfo Becquer, Ossorio construyó una historia en la que logró mezclar con más suerte que eficacia la mitología gallega (en ocasiones te hace pensar en la Santa Compaña), elementos de los gialli italianos (la escena de la fábrica de maniquíes, adornada por una intermitente luz roja) y el entonces recién inaugurado concepto de zombi antropófago y de contagio vírico (vamos, que se podría interpretar como una versión propia de La noche de los muertos vivientes).

Si bien la visión de esta primera parte de la tetralogía ha sido algo decepcionante para mí, lo que no le puedo negar a Ossorio es la capacidad para crear de entre la amalgama de referencias unos personajes ya míticos,  que suponen en sí mismos el mayor acierto de la película y del éxito de la saga en todo el planeta, debido a su exotismo con respecto a otros muertos vivientes. El avance lento y quejoso de estos caballeros caídos, repudiados de la Iglesia Católica por sus ritos satánicos (en la versión de la historia que nos cuenta la película, claro), sus paseos hípicos a cámara lenta, la terrorífica marcha militar del más allá que les acompaña... hacen que cada una de las apariciones de los Caballeros de Oriente consigan hipnotizarnos y causarnos, como mínimo, inquietud y desasosiego.

Entonces, ¿dónde está la trampa? ¿Por qué me ha decepcionado? Pues la respuesta es tan simple como que la trama es insustancial y, para colmo, está narrada de manera lenta y algo torpe (un adjetivo que siempre ha acompañó al ya fallecido Ossorio, lamentablemente no sin razón). Tras unos títulos de crédito bastante logrados en su simpleza (impresionados sobre imágenes de ruinas medievales), la historia nos lleva a un escenario típico del cine español de los años 70: una piscina llena de chicas en bikini. Allí se reencuentran dos viejas amigas, Betty y Virginia, que, por lo que vemos en un flashback, compartieron algo más que simples confidencias en sus días de internado. Luego aparece el protagonista masculino, Roger. Éste, el típico machito ibérico de la época a pesar de su nombre algosajón, es amigo de Virginia (que está enamorada de él, aunque no lo reconozca), con la que prepara un fin de semana de vacaciones a Portugal. Al sentirse atraído por Betty, le invita al viaje. El pobre Roger es tan dependiente de sus hormonas que, en pleno tren y delante de Virginia, no se le ocurre otra cosa que flirtear con Betty. La humillada Virginia salta del tren en marcha y se pierde en el bosque, hasta que llega a un abandonado pueblo medieval. Ahora tenemos que recordar que estamos en los 70, en un país regido por una dictadura y en una sociedad fuertemente religiosa. Digo esto porque la escena que sigue es sintomática no sólo del género de terror en sí, sino también del contexto en que se filmó la cinta: Virginia entra en el pueblo abandonado, hace una hoguera, se pone a fumar, se desviste (¡cáspita, no lleva bragas!), se pone un pijama, se mete en un saco de dormir y comienza a leer un libro mientras en una radio suena música jazz. Vamos, que en unos minutos la muchacha ha atentado contra la moral cristiana y las reglas cívicas de la época y, por eso, "merece" morir (un apunte para los malpensados: estoy hablando irónicamente, por supuesto). En efecto, tal osadía tiene su respuesta: las tumbas de los caballeros muertos se abren, despiertan de su letargo, acosan a la joven y, finalmente, la matan a mordiscos. Sólo para contar esto (que en cualquier película podría ser un simple prólogo) Ossorio emplea más de 35 minutos. Y este es el gran lastre de la cinta: lo mucho que Ossorio alarga las escenas innecesariamente. Si bien es verdad que con ello logra crear atmósfera (ayudan mucho los escenarios naturales portugueses en los que la cinta está rodada), también es cierto que ese ritmo lento y moroso juega en contra de la calidad de este largometraje que, de haber tenido un ritmo más ágil y un mayor número de escenas de terror (apenas hay 3 ó 4), estaríamos hablando no sólo de un film de culto, sino también de un verdadero clásico en potencia.

Lo que sigue argumentalmente es Betty y Roger buscando a Virginia, y enfrentandose finalmente (junto a dos personajes secundarios) a los Templarios en el pueblo medieval. En medio, una escena que parece sacada de otra película y que no desvelaré para no estropear la sorpresa. Sólo destacar que no tiene nada que ver con el resto de la filmografía de los Templarios (o, al menos, con las otras dos entregas que he visto de la saga) y que se acerca más al tono de cualquiera de las cintas sobre zombis de Lucio Fulci.

Extrañamente, y a pesar de lo malo que se puede decir de ella, La noche del terror ciego es una película que merece la pena ver, eso sin duda. Dentro de sus parámetros es original y, a pesar de su tempo aletargado, no es del todo aburrida. Se puede decir que es una obra fallida, pero harto interesante y hasta obligatoria para los historiadores del cine de culto o los cinéfagos más recalcitrantes.

Quizá en otra ocasión hable de sus secuelas: El ataque de los muertos sin ojos (1973), El buque maldito (1974) y La noche de las gaviotas (1975). El bueno de Ossorio (uno de esos artesanos del cine comercial hispano que hay que reivindicar) encontró su particular mina de oro con los Templarios.



Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Este post me puso en el punto de mira de Mario Vírico cuando ejecutaba su Plan 9 bajo el nick de Starman. Él dice que no lo recuerda, pero yo sí. Pero no hubo pelea, sino que nos hicimos amigos. Decía que no le gustaba la reseña porque en ella hablaba de cómo tendría que ser la película y no sobre como era en realidad, lo cual puede ser cierto, pero no es un modo poco común de ejercitar la crítica, precisamente. De cualquier modo, sigo pensando que a La noche del terror ciego le sobran minutos y morosidad, pero aún así es una película a la que amar por encima del bien y del mal. Finalmente no hablé de la saga, aunque no lo descarto. ¿Mi favorita? El ataque de los muertos sin ojos.