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29 mar 2012

'Splice. Experimento mortal'

(Splice. Vincenzo Natali. Canadá / Francia / Estados Unidos. 2009. 104 minutos) Desde que debutara en el campo del largometraje con la sorprendente Cube (1997), Vincenzo Natali ha estado intentando demostrar que el talento que dejó ver en aquella pequeña película no fue fruto de la casualidad. Sin embargo, ninguna de las propuestas que ha presentado desde entonces ha logrado calar en el público de la misma manera en la que lo hizo aquella maravilla. Splice no es una excepción. De hecho, y digo esto sin haber visto aún Cypher (2002) y Nothing (2003), sería más bien la confirmación de algo que casi se podía intuir en Cube: que Natali es un estupendo creador de ideas pero no es capaz de desarrollarlas del todo bien. En ese sentido, Splice es atroz: partiendo de una idea interesante (una pareja de científicos experimenta con fines médicos la mezcla de ADN animal y humano, dando como resultado una criatura humanoide que conserva sus instintos primarios), la película desemboca, a partir de trasladar la acción de un laboratorio a una granja perdida en un paraje nevado, en una rutinaria monster movie en la que todo está mal, empezando precisamente por un monstruo ridículo e irritante llamado Dren, unos protagonistas que caen mal y una alarmante falta de cualquier tipo de tensión o suspense.

LO MEJOR: Ginger y Fred destrozándose mutuamente.
LO PEOR: La manera en la que degenera la cinta hasta
convertirse en un producto inútil.
El primer acto de la película presenta conceptos ciertamente atractivos, como el hecho de comparar los experimentos genéticos con la maternidad o sugerir que si la medicina no avanza de manera más rápida se debe a cuestiones comerciales. También consigue hacer creíbles las criaturas creadas por los científicos gracias a unos efectos especiales bien logrados por las manos expertas de KNB EFX Group. Pero todo comienza a torcerse cuando nos damos cuenta de que no hay historia. Y eso que, en otras manos, la premisa podría haber dado bastante de sí: piensen lo que podría haber conseguido David Cronenberg con este material y en la manera en la que Natali desaprovecha ideas como la de la maternidad transgénica, los deslices incestuosos, el sexo entre especies, la responsabilidad que conlleva la creación de vida y cómo manejar los sentimientos encontrados hacia esa nueva criatura de apariencia vulnerable pero capaz de matar despiadadamente. En lugar de centrarse en esos términos, Natali introduce escenas risibles como la de Adrien Brody enseñando a bailar a Dren o la de Sarah Polley maquillándola frente a un espejo. Hay muchos momentos de Splice que inducen a la risa, pero ninguno que demuestre un humor voluntario. En los últimos minutos, todo se reduce a la típica idea de cazar al monstruo, para lo cual el guión se ve forzado a meter carnaza con calzador, culminando todo en un desenlace risible y bochornoso. Un despropósito, en resumen, sobre todo porque su punto de partida daba para una producción cuanto menos entretenida y terrorífica, dos atributos de los que no puede alardear la película.

1 mar 2012

'Four lions'

(Four lions. Christopher Morris. Reino Unido / Francia. 2010. 97 minutos) Hace aproximadamente un año, los medios de comunicación se hicieron eco del que sería el siguiente proyecto de Borja Cobeaga: una comedia titulada Fe de etarras en la que narraría la convivencia en un piso franco de un comando de ETA formado por una pareja en crisis, un antiguo militante y un andaluz demasiado concienciado con la causa independentista. Los que hemos reído con Los Batasunis sabemos que se puede extraer humor de un tema tan peliagudo, ya que si de algo se reían en esa serie de sketches de Vaya Semanita era de la ligereza mental de algunos miembros de la kale borroka, en ningún caso de las víctimas o de la seriedad del conflicto vasco. Sin embargo, las reacciones adversas de parte de la prensa y de los ciudadanos en general no se hicieron esperar. Los ingleses, que han vivido muchos años con miedo por culpa del IRA y que también han sufrido en sus propias carnes el terrorismo islámico, saben que el humor es una gran forma de curar heridas, no de reabrirlas, y por eso han hecho posible esta desarmante comedia que gira en torno a un grupo de yihaidistas con poca actividad cerebral y demasiada pasión por lo suyo.

LO MEJOR: Su valentía.
LO PEOR: Algunas situaciones demasiado dilatadas.
Four lions es una película que hace reír, eso por descontado, pero está muy lejos de resultar una parodia bufa de los terroristas en plan Mentiras arriesgadas (True lies. James Cameron, 1994). Aquí, los protagonistas son ellos y es a través de su mirada como conocemos las motivaciones para sacrificarse por la causa: algunos de ellos se entregan a tal efecto plenamente concienciados, mientras que otros lo hacen por pura inercia, porque se supone que es lo que se debe hacer y jamás se han cuestionado la utilidad de sus acciones violentas y suicidas. Esto provoca discusiones entre los personajes que, en ocasiones, se estiran tanto y dan tantas vueltas sobre sí mismas que acaban por resultar agobiantes, reiterativas y cansinas, convirtiéndose esto en el mayor defecto de una película que, salvo por estos momentos puntuales, transcurre a ritmo adecuado y no cae en el aburrimiento. Con lo que quizá no cuenten antes de verla es con que habrá otros instantes que les congelarán la sonrisa y les harán sufrir, llevándoles a un estado de tristeza que se acentúa en unos créditos finales que le hacen a uno abandonar la sala con una sensación de malestar bastante importante. Al fin y al cabo, Four lions, con todas sus escenas cómicas, habla sobre un tema muy serio y que quizá nunca habíamos visto reflejado de este modo en ninguna cinta. Así, la mayor virtud de la película no es que funcione como comedia perfecta (algo que no consigue, desde mi punto de vista, ya que algunos instantes impiden que la acción avance y pueden crear cierta impaciencia en el espectador), sino la valentía que desprende por atreverse a tratar un tema tan complicado como este desde un prisma tan humano.

17 feb 2012

'Cuenta atrás'

(À bout portant. Fred Cavayé. Francia. 2010. 84 minutos) Al fin llega a España Cuenta atrás, en pocas salas y casi año y medio después de su debut en Francia. Se trata de otro de esos grandes misterios de la distribución patria, un panorama proclive a los retrasos injustificados (o incluso a las ausencias imperdonables) que, hasta ahora, animaban a la búsqueda de una copia de buena calidad en Internet de estos títulos malditos en el momento en el que fueran lanzados en su país de origen (de manera legal, léase vía Amazon o similares, o a través de esos servidores ahora prohibidos o autocensurados como son Megaupload o Fileserve). Y la cantinela es la de siempre: independientemente de la buena voluntad que ha demostrado la distribuidora por haber rescatado este producto perdido (A contracorriente films), ¿realmente pretende llevar al público a las salas teniendo en cuenta que, dado el retardo que lleva con respecto a su estreno francés, un gran porcentaje del público que la quería ver ya lo habrá hecho sin tener que moverse de casa? El caso es más sangrante aún si tenemos en cuenta que estamos hablando de una cinta totalmente comercial, pensada para el gran público y tan apropiada (o más) para los espectadores de multisalas que para los habituales de las sesiones en versión original. Segunda película de Fred Cavayé tras Pour Elle (2008), convertida por Paul Haggis en Los próximos tres días (The next three days. 2010), Cuenta atrás narra la odisea que debe superar un hombre corriente (Gilles Lellouche), aspirante a enfermero, para rescatar a su esposa (Elena Anaya) de las garras de unos mafiosos que, a cambio, le han pedido que les entregue sano y salvo a un delincuente (Roschdy Zem) que se encuentra recuperándose de un aparatoso accidente en un hospital. 

LO MEJOR: La ficisidad de las escenas de acción.
LO PEOR: El epílogo.
Como ya ocurrió con su ópera prima, Cuenta atrás es carne de remake, puesto que su historia posee los mimbres necesarios para que Hollywood la fagocite y la convierta en una producción de 60 millones de dólares (como mínimo) lanzada a bombo y platillo en todo el planeta. Pero sería difícil que pudieran convertir ese hipotético remake en una experiencia más lograda que la original, ya que, teniendo en cuenta su punto de partida y la manera en la que se va desentramando su argumento, se puede decir que Fred Cavayé logra que dicha trama dé de sí todo lo que puede dar, sin meter demasiada paja y ajustando su metraje casi al máximo, sin estirarlo más de la cuenta y sin abusar de las tramas secundarias.  La relación que se establece entre el héroe a la fuerza y el hipotético villano está bien desarrollada, buscando una alianza imposible que finalmente será el único camino para la salvación de ambos. De este modo, Cavayé añade un punto de interés extra a un thriller poco original pero considerablemente satisfactorio. Cuenta atrás es una película rápida, sencilla, quizá incluso excesivamente simple, contundente y modesta en sus aspiraciones artísticas, pero tremendamente eficaz en cuestiones de ritmo e intensidad, logrando momentos de verdadero virtuosismo en ciertas secuencias como la apabullante persecución que culmina en una estación de metro. Lástima que acabe con un epílogo que resulta anticlimático, pero ese es un pequeño escollo dentro de un conjunto agradable que no debería dejar escapar ningún aficionado al cine de acción.

9 dic 2011

'Attack the block'

(Attack the block. Joe Cornish. Reino Unido / Francia. 2011. 88 minutos) En este revival ochentero en el que nos hallamos, faltaba todavía una película capaz de adquirir valor icónico, demostrando amor y respeto por las formas del pasado pero huyendo de la nostalgia explícita, desde una óptica contemporánea, atrevida y enérgica. Recordando uno de los mejores largometrajes que se han estrenado en 2011, Super 8, podríamos decir que si la película de J.J. Abrams es el E.T. (Steven Spielberg, 1982) de nuestros días, Attack the block es el Critters (Stephen Herek, 1986) actual, con el espíritu gamberro de El terror llama a su puerta (Night of the Creeps. Fred Dekker, 1986), la capacidad para mezclar terror e infancia de Una pandilla alucinante (The Monster Squad. Fred Dekker, 1987) y el carisma naïf de Tortugas Ninja (Teenage Mutant Ninja Turtles. Steve Barron, 1990), de la que también retoma su capacidad para otorgar personalidades propias a sus protagonistas (unos jóvenes pandilleros de un barrio marginal de Londres enfrentados a una invasión alien) y asociarlos a gadgets o armas concretos. Son, como ven, referentes que se apartan voluntariamente de la ñoñería (por otra parte, entrañable... a veces) de la factoría Amblin y que demuestran que los 80 no sólo fueron de Spielberg.

LO MEJOR: La habilidad de Cornish para mezclar géneros.
LO PEOR: Que su estreno en España haya sido tan limitado.
Pero, independientemente de la capacidad de Attack the block para recordarnos tiempos pretéritos desde la modernidad (esos bichos peludos con colmillos fluorescentes son lo más cool que han visto sus ojos en muchos años), hay que reverenciarla como una pequeña joya multigenérica que conjuga con una habilidad pasmosa el sentido del humor, de la espectacularidad, de la acción, de la fantasía y del terror. Todo comprimido en un ajustado metraje que se disfruta a tope desde el minuto uno y no hace otra cosa que ir a más durante su recorrido. Con su falta de ambiciones y su frescura, es imposible resistirse a los encantos de una cinta que crece en el recuerdo y que, para colmo, mantiene toda su eficacia (y hasta se podría decir que la amplía) en un segundo visionado. Por si fuera poco, a Joe Cornish todavía le sobra tiempo para introducir en su guión algunos apuntes cargados de mala leche sobre los conflictos sociales y sobre cómo a las altas esferas les interesa mantenerlos y hasta potenciarlos, con tal de que los que menos tienen sigan donde están (matándose entre ellos para sobrevivir) y los más poderosos sigan contemplando el mundo desde su posición privilegiada y relativamente segura. Attack the block es la película de la que me gustaría que hablaran los niños de hoy en el futuro, cuando les afecte el ataque retro del que nosotros somos víctimas ahora y se quejen de que "ya no se hacen pelis como las de antes".

24 sept 2011

'Rubber'

(Rubber. Quentin Dupieux. Francia / Angola. 2010. 78 minutos) Como espectador, hay ocasiones en las que es difícil decidir si uno está ante una tomadura de pelo o ante una obra conceptualmente tan rica que queda fuera del alcance de nuestras entendederas. Rubber, tercer largometraje de Quentin Dupieux (conocido en el mundo de la música como Mr. Oizo), camina sobre la delgada línea que separa la chorrada supina de la genialidad, dejando un poco a elección de cada uno hacia qué lado acabaría cayendo finalmente. El que aquí suscribe, lamentablemente, opta más por la primera opción, la de considerar Rubber como una película ingeniosa cuya fuerza se va diluyendo progresivamente hasta caer en la repetición y la inopia. Y eso a pesar de que, de entrada, la premisa es tan rematadamente loca y gratuita que no podemos hacer otra cosa que caer rendidos ante ella: narra las andanzas de un neumático asesino que pone en jaque a un pueblo perdido en el desierto. Muy consciente del esfuerzo que podría suponer para los espectadores asimilar esa propuesta, Dupieux abre su película con una declaración de intenciones: un personaje suelta un discurso sobre la gratuidad de algunos conceptos utilizados anteriormente en largometrajes de éxito, planteando que no había ninguna razón por la cual E.T. fuera marrón o por la que nunca viéramos a los protagonistas de La matanza de Texas ir al baño. Expuesta esa teoría, no debería haber ningún problema para asumir que un neumático pueda adquirir vida y convertirse en un psicópata. Pero eso sólo es verdad a medias.

LO MEJOR: La osadía del punto de partida argumental.
LO PEOR: Que esa valentía sea sólo aparente.
Con ese monólogo inicial se podría decir que queda justificado todo lo que viene después, eso es cierto, pero al mismo tiempo se nos desvela uno de los mayores problemas de la película: no es tan valiente como aparenta ser. Dupieux se muestra cobarde a la hora de afrontar el concepto inicial de su cinta y necesita constantemente pedir disculpas por lo que está mostrando en pantalla. De ahí que presente una doble lectura narrativa, al situar en la trama a un grupo de espectadores que están viendo, in situ, las progresiones de la rueda maligna, y que llegado un punto de la historia terminan interactuando con la misma, convirtiéndose todo en una especie de representación teatral filmada, en una performance mortal que unos espectadores divisan con prismáticos hasta que la sangre les salpica y acaban muriendo. En otro plano narrativo estarían los otros espectadores, nosotros, pero Dupieux traslada constantemente las dudas que nos pudieran surgir al otro público, al que, dentro de la película, observa la historia fantástica. Dicho de un modo más fácil, el director pone en boca del público ficticio las posibles injerencias del público real, del tipo "¿Los neumáticos no flotan en el agua?" o "¿Cómo es posible que... loquesea?", anticipándose por tanto a nuestras previsibles reacciones negativas ante la falta de credibilidad de la trama y demostrando con ello una falta de respeto hacia la inteligencia de su público, hacia su capacidad de abstracción y asimilación de la fantasía, tan poco plausible como su continua necesidad de exculpación, como si se pasara ochenta minutos pidiendo disculpas por atreverse a saltarse las normas. Eso, unido a la sensación de estar ante un concepto alargado más de la cuenta, imposibilita un disfrute mayor de la película, quedándose relegada a la consideración de experimento curioso pero fallido, provisto de imágenes potentes pero lastrado por su falta de entrega total a la locura que se le presuponía.

23 sept 2011

'Colombiana'

(Colombiana. Olivier Megaton. Francia / Estados Unidos. 2011. 108 minutos) Más chulo que nadie, Luc Besson sigue a lo suyo, esta vez con la ayuda de un cómplice habitual como es el guionista Robert Mark Kamen: en un continente donde la acción se ha visto siempre como propiedad de Hollywood (el poder extranjero) y, cuando se ha abordado el género, ha solido hacerse de soslayo o con complejo de inferioridad, ellos han decidido plantar cara desde Francia y construir una micro-industria de películas de género totalmente exportables y canónicas, sin renunciar por ello a cierto exotismo y a un tratamiento de la violencia o de las reglas de cortesía hacia el público (a quien se le exige, a veces, un alto grado de tolerancia ante las hipérboles más increíbles) que sobrepasa en cierto modo los márgenes acostumbrados al otro lado del océano. De la productora de Besson, Europa Corp., han salido trallazos como El beso del dragón (Kiss of the Dragon. Chris Nahon, 2001), Transporter (The Transporter. Corey Yuen, Louis Leterrier, 2002), Alta tensión (Haute tension. Alexandre Aja, 2003), Distrito 13 (Banlieue 13. Pierre Morel, 2004), Frontière(s) (Xavier Gens, 2007), Venganza (Taken. Pierre Morel, 2008) o Desde París con amor (From Paris with love. Pierre Morel, 2010). La buena noticia es que Colombiana sigue sigue esa línea de añadir un contexto nuevo a las historias de siempre, en este caso una versión latina de Nikita, dura de matar (La femme Nikita. Luc Besson, 1990) que bien podría haber sido, con algunos ajustes en el guión, esa prometida y nunca concretada secuela de León, el profesional (Léon. Luc Besson, 1994) en la que el personaje de Mathilda (Natalie Portman) se convertiría en toda una profesional de la muerte. La mala noticia es que lo positivo se queda en el concepto...

LO MEJOR: Los intentos de calentar al espectador.
LO PEOR: Lo más feo que se puede decir de una película
de acción: que aburre.
Olivier Megaton lo ha vuelto a hacer: cuesta creer que, con un apellido como el que posee, Megaton haya sido el responsable de pergeñar un capítulo soso y casi prescindible de la saga Transporter (concretamente la tercera parte, de lejos la peor de la serie) y que, no contento con ello, haya tenido los bemoles de construir una película tan fea que contradice a su frase promocional, "La venganza es bella". Lo peor no es que Zoe Saldana no sea más que un saco de huesos que no me resulta sexualmente atractiva ni dejando entrever sus pezones morenos ni saboreando un chupa-chups. Eso ya entra dentro de los gustos personales, supongo. Lo realmente preocupante es que el director vuelve a demostrar una capacidad bastante escasa para construir buenas escenas de acción, por no hablar de lo desastrosa que resulta su dirección en las secuencias de transición, por llamarlas así. Y digo esto porque, en realidad, lo que abunda en Colombiana no son los tiroteos ni las escenas de lucha (penosa, por cierto, es la que enfrenta a Saldana con un Jordi Mollá bastante ramplón), sino las cuitas romántico-familiares de la protagonista, las cuales llevan al borde de lo risible a un actor tan limitado como Cliff Curtis. No obstante, estos momentos de comedia involuntaria son los únicos que alegran algo la función, ya que por lo general Colombiana resulta una cinta aburrida, insípida e inútil, una pérdida de tiempo a no ser que: a) sean muy fans de Zoe Saldana, o b) se conformen con muy (MUY) poco. Si de verdad se lo quieren pasar teta viendo un remake no oficial de Nikita háganse un favor y busquen Black Cat (Hei mao. Stephen Shin, 1991) y Black Cat 2: Operación Yeltsin (Hei mao 2. Stephen Shin, 1992). Luego me cuentan si ven diferencias o no.

3 may 2011

'Game Over: Se acabó el juego'

(3615 code Père Noël. René Manzor. Francia. 1989. 87 minutos)  "Todos los niños creen en la magia y no dejan de hacerlo hasta que crecen. Excepto aquellos que han quedado demasiado decepcionados por la realidad para esperar las recompensas." Con esta cita de Bruno Bettelheim, autor austriaco que se ocupó de estudiar la importancia de los cuentos de hadas durante la infancia, se abre Game Over, cinta hoy bastante olvidada que cosechó varios premios en diversos festivales especializados y que nos llegó después de Sólo en casa (Home alone. Chris Columbus, 1990), con la que se suele comparar a pesar de ser anterior a la protagonizada por Macaulay Culkin. Ambas comparten la misma premisa: un niño se queda encerrado en casa y tiene que protegerse de los intrusos. Pero la película francesa, lejos de ser una comedia amable llena de golpes y caídas, resulta ser una aproximación terrorífica al final de la infancia, además de resultar avanzada a su tiempo por presentar los peligros de internet a la hora de entablar relaciones con desconocidos. Thomas (Alain Musy, hijo del director y hoy en día, con el apellido de Lalanne, creador de efectos visuales por ordenador para superproducciones como El caballero oscuro y Avatar), es un niño que tiene todo lo que alguien de su edad desearía: su  madre (Brigitte Fossey) lidera una cadena de jugueterías, tiene una casa llena de cacharros, con pasadizos secretos, cámaras de vigilancia que controla con un brazalete-vídeo... además sabe de informática, de mecánica, sabe conducir, juega a rol con el abuelo (Louis Ducreux)... Y a pesar de ser superdotado todavía mantiene la ilusión infantil intacta. Cuando su mejor amigo le dice que Papá Noel no existe, se obsesiona con la idea de grabarlo durante su visita navideña y, a ser posible, capturarlo. A través de Minitel (un proto-internet sobre el que pueden leer pinchando aquí y aquí), contacta sin saberlo con un perturbado. Este resulta ser un ex-empleado furioso de la madre de Thomas y, disfrazado con un traje de Papá Noel, se presenta en la mansión para ajustar las cuentas con la familia. Thomas, convertido en una suerte de John McClane en miniatura ataviado a medias entre Rambo y un villano de Mad Max, no tendrá más remedio que defenderse del psicópata echando mano únicamente de sus armas de juguete, su inteligencia y su imaginación, mientras trata de proteger a su abuelo afectado de diabetes y que necesita urgentemente su dosis de insulina.

LO MEJOR: La manera en la que pervierte un icono amable.
LO PEOR: Las inevitables concesiones al público infantil y
la falta de ritmo.
Los primeros minutos de película, con esa versión pirata del Eye of the tiger de Survivor sonando, con esos planos que muestran al niño entrenando sus músculos mientras afila un cuchillo de plástico, nos hacen pensar que estamos ante una cinta de acción dulcificada y apta para menores, pero si bien es cierto que hay momentos en los que existe cierta sobredosis de azúcar (esa sucesión de imágenes lacrimógenas a ritmo de un villancico de Bonnie Tyler...), también hay que destacar que Game Over está más cerca del cine de terror que de la aventura infantil que hacen presagiar sus secuencias iniciales. El instante en el que nos damos cuenta de ello es el mismo en el que Thomas ve cómo su infancia se derrumba ante sus narices: la visión de Papá Noel entrando por la chimenea se le antoja mágica hasta que, atónito, observa cómo el hombre del traje rojo asesina a su perro. A partir de ahí la película se convierte en un juego de persecución, cacería y supervivencia dentro de la mansión de Thomas, donde el niño pondrá a prueba sus habilidades al mismo tiempo que, ocasionalmente, se viene abajo al entender que su sueño infantil se ha convertido en una pesadilla. El problema es que el concepto del que parte el film, a pesar de ser interesante y de tener algo más de fuste de lo esperado, no está del todo bien llevado a la pantalla por René Manzor, quien se entretiene demasiado en crear atmósferas opresivas mediante la fotografía y los encuadres, así como en explorar la arquitectura laberíntica de la casa donde transcurre la acción, pero se olvida de dotar de ritmo al conjunto, provocando en algunas ocasiones la molesta aparición del Señor Aburrimiento. La iluminación tenebrosa y la profusión de escenas a cámara lenta invitan al sueño por momentos, aunque en cierto modo podríamos decir que esa morosidad y esa estética onírica ayudan a potenciar la sensación de estar dentro de un mal sueño interminable. La película no presenta tampoco un festival de sustos o escenas gore, sino más bien lo contrario: se trata de un crescendo de suspense con puntuales estallidos de violencia y, sobre todo, de una incómoda perversión de un personaje querido por los niños y que aquí, con el inquietante rostro de Patrick Floersheim, se convierte en una figura macabra y amenazadora. Game Over se puede considerar una cinta parcialmente fallida en tanto que lastra algunas de sus virtudes con concesiones a la galería infantil, pero también se trata de una rareza estimulante que tiene su lugar privilegiado como una de las pocas muestras de fantástico europeo que consiguieron convertirse en películas de culto, principalmente entre la chavalería, durante la época dorada de los videoclubes.

19 abr 2011

'Código fuente'

(Source code. Duncan Jones. Estados Unidos / Canadá / Francia. 2011. 93 minutos) Tras las buenas sensaciones que nos dejó con su ópera prima, Moon (2009), el británico Duncan Jones vuelve a apostar por una película de ciencia-ficción que trata a su público con respeto, apelando a su inteligencia en lugar de sus instintos primarios y reincidiendo en dos temas básicos que enriquecen su propuesta: la anulación, vía multiplicación, de la personalidad a manos de las grandes corporaciones (aquí, el ejército) y el amor más allá del tiempo (y el espacio). Dentro de su aparente abigarramiento conceptual, que requiere que el espectador sea cómplice de una premisa que no es explicada con demasiada profundidad, la historia es bastante sencilla si nos limitamos a su esencia: el soldado Colter Stevens (Jake Gyllenhaal) tiene 8 minutos para averiguar quién ha puesto una bomba en un tren y así evitar futuros atentados del responsable, con la peculiaridad de que su misión transcurre en una realidad alternativa conocida como Código Fuente a la que puede volver en repetidas ocasiones, pero únicamente durante ese corto espacio de tiempo y usurpando la personalidad de uno de los pasajeros del tren. Puede que suene complicado visto así, pero el guión de Ben Ripley está trazado con tanta precisión que la trama se sigue sin problemas y sin la sensación de estar ante una historia críptica o demasiado compleja, resultando ideal como acompañante de Atrapado en el tiempo (Groundhog Day. Harold Ramis, 1993) en una hipotética sesión doble perfecta 

LO MEJOR: Su sencillez y falta de pretensiones.
LO PEOR: Por decir algo, se nota que falta un poco más
de presupuesto en la primera secuencia de la explosión.
De hecho, la mayor virtud de Código fuente estriba en su humildad, ya detectable desde su ajustado metraje. En ningún momento la película pretende situarse por encima de su público, engañándole o abusando de los trucos de guión, tampoco de las explicaciones científicas o de las escenas de puro espectáculo (lo cual no quita para que haya un par de momentos realmente bellos a nivel puramente estético). Se trata de una película pequeña dentro de los estándares actuales de Hollywood y, al mismo tiempo, un producto plenamente comercial donde su facilidad para contentar al público no está reñida con la inteligencia de sus presupuestos, lo cual la convierte en una agradable rareza y en una obra plenamente recomendable. Destacar también la labor del reparto, especialmente en lo que refiere a Vera Farmiga, actriz que consigue otorgar cualidades adicionales a un personaje que sobre el papel no parecía dar mucho de sí. En cuanto al director, sobra decir que tras Moon y Código fuente, se hace necesario seguir muy de cerca sus pasos y resulta estimulante pensar en lo que podría ofrecernos en el futuro, siempre y cuando no comience a tomarse demasiado en serio a sí mismo y acabe convirtiéndose en otro Christopher Nolan...

10 ene 2011

'El último exorcismo'

(The last exorcism. Daniel Stamm. Estados Unidos / Francia. 2010. 87 minutos) Proyectada en el pasado Festival de Sitges, donde fue bien recibida por el público y la crítica (incluyendo el premio al Mejor Actor para Patrick Fabian), El último exorcismo podría ser uno de los últimos ejemplos decentes de un subgénero, el del horror subjetivo o hiper-realista, que se está agotando a sí mismo pero que, paradójicamente, se ha erigido como el único método con el que el cine de terror puede resultar realmente eficaz hoy en día como generador de pesadillas. Sin embargo, sería injusto condenar la película de Daniel Stamm a la hoguera sólo por adscribirse a una moda, confiemos, pasajera y circunstancial (el abaratamiento de costes que supone rodar con estilo de falso documental no es algo que se escape ni a los creadores independientes ni a los grandes estudios, especialmente en épocas de crisis). Aunque empecemos a estar cansados del timo que supone hacer pasar una ficción fantástica por un documento real, no se le puede negar a El último exorcismo una serie de valores que la convierten en un producto algo más disfrutable que otras de su tipo.

LO MEJOR: El distanciamiento hacia los tópicos.
LO PEOR: Que finalmente se rinde a ellos.
Para empezar, es una película que parte del descreimiento y que cuestiona los mismos recursos que el cine de exorcismos utiliza para asustarnos: el reverendo Cotton Marcus es un farsante que ha dejado de creer en Dios pero que sigue utilizando la religión para sanar mentes que la necesitan, alguien que pretende filmar una película sobre la naturaleza psicológica y no sobrenatural de las posesiones diabólicas y que, para hacer más creíbles sus performances, no duda en utilizar trucos y efectos especiales que muestra al público de su película de manera explícita y con intención desmitificadora. Así, en contra de lo que parece al ver el tráiler, no estamos ante una cinta convencional sobre exorcismos, sino ante una que se permite reírse del subgénero durante la mayor parte de su metraje. Lamentablemente, y ahí está lo malo del asunto, no es capaz de llevar ese tono hasta sus últimas consecuencias y finalmente, mediante una serie de giros de guión que tiran por el suelo parte de los logros que se habían conseguido anteriormente, la película se entrega a las convenciones y se convierte simple y llanamente en otra más de terror, lo cual no es algo totalmente execrable pero sí algo decepcionante en comparación con las expectativas que genera su primera mitad. A pesar de este escollo, El último exorcismo es un film aceptable donde destaca sobre todo la buena mano de Daniel Stamm para manejar la tensión constante y de sus actores, absolutamente creíbles en sus recreaciones. 

24 dic 2010

'Balada triste de trompeta'

(Balada triste de trompeta. Álex de la Iglesia. España / Francia. 2010. 107 minutos) Cuando se trata del cine de Álex de la Iglesia, se ha convertido en un tópico hablar de una fractura narrativa que separa sus películas en dos mitades de manera un tanto inconexa e incómoda, encontrando en su filmografía cintas con una primera parte lograda seguida de una segunda fallida (Acción mutante, Perdita Durango) o justo lo contrario (800 balas). Balada triste de trompeta acusa también algo de esto desde el momento en el que, a mitad de proyección, observamos cómo la línea argumental (muy sencilla en su base: el enfrentamiento entre dos hombres por el amor de una mujer) se estanca para convertirse en una sucesión de acciones violentas que conducen hacia una escalada de locura y destrucción (que es lo mismo que ocurría en otros títulos del vasco como Muertos de risa o Crimen ferpecto). Sin embargo, esta vez la división entre ambas partes de la película se produce de un modo menos acentuado que de costumbre y no supone un problema demasiado importante para su disfrute. Bien es cierto que los personajes son esquemáticos y que la trama romántica está planteada de manera precipitada, lo cual no hace más que potenciar la sensación de que simplemente es una excusa para hablar de algo que a de la Iglesia le interesa más. Balada triste de trompeta es, más que un relato de amor visceral o una comedia negra, un exorcismo en forma de película con el que el director intenta expulsar los demonios que lleva dentro, la infelicidad que le provoca haber crecido en un país resquebrajado y absurdo que siempre ha estado, como algunas de sus películas, dividido en dos partes antagónicas y contradictorias que nos hemos visto obligados a asumir al mismo tiempo: nacionales y republicanos, Paul Naschy y Torrebruno, Los Chiripitifláuticos y los atentados de ETA mezclados en la programación televisiva, el payaso tonto y el payaso triste, votantes de izquierdas y de derechas, etc,

LO MEJOR: Carlos Areces y el nervio que le da Álex de la
Iglesia a la narración.
LO PEOR: Carolina Bang no está a la altura de su papel.
Balada triste de trompeta es la película política de Álex de la Iglesia, disfrazada de gran guiñol y de esperpento, capaz de plantar a un payaso con machete en mitad de una batalla en plena Guerra Civil española, jugando con el absurdo y la astracanada hasta llegar a un clímax espectacular, bello y cruel al mismo tiempo que homenajea a Con la muerte en los talones (North by Northwest. 1959) y culmina con el incómodo concepto de la risa mezclándose con el llanto. Es una suma de las obsesiones de Álex de la Iglesia y es Hitchcock, Berlanga, John Woo y Tod Browning. Puede que la trama pierda el norte durante algunos pasajes, pero es una película dotada de una fuerza abrumadora que ya deja claras sus intenciones epatantes con su prólogo y los créditos iniciales. Y, aunque a Carolina Bang le falte expresividad y carisma y suponga el punto débil del triángulo protagonista, merece mucho la pena disfrutar de las interpretaciones de Antonio de la Torre y, muy especialmente, Carlos Areces, alguien de quien vengo diciendo desde hace tiempo que podría ser un gran actor dramático y que debería llevarse el premio al mejor actor revelación en los próximos Goya. Al igual que la actuación de Areces, Balada triste de trompeta es cine hecho desde las entrañas, valiente, crudo, exagerado, visualmente poderoso y con un ritmo incesante que hace que los más de cien minutos pasen con una fluidez sorprendente. Es el cine que necesitamos en España y el que me hace vibrar de emoción. Y eso está por encima de cualquiera de sus peros. 

23 nov 2010

Especial Sitges 2010: 'Les nuits rouges du bourreau de jade'

(Les nuits rouges du bourreau de jade. Julien Carbon, Laurent Courtiaud. Hong Kong, Francia. 2010. 97 minutos) Sobre el papel, Red Nights (abreviaremos utilizando su título en inglés) se presentaba como una de las películas más apetecibles de Sitges 2010: el debut en la dirección de los guionistas de Running out of time (Johnnie To, 1999), Black Mask 2 (Tsui Hark, 2002) o El secreto del talismán (Peter Pau, 2002), vendido como un homenaje al Giallo italiano y a la Categoría III de Hong Kong (ahí está Carrie Ng para dar fuerza a esa idea), prometía ser uno de los platos fuertes del certamen en términos de diversión y homenajes cinéfagos. Sin embargo, el resultado no podría ser más desalentador. Después de un prólogo estupendo que nos predispone a disfrutar a lo loco, Red Nights entra en un estadio de pedantería y aburrimiento del que sólo podemos escapar en momentos aislados (la secuencia con el rifle de francotirador) y en el, este sí, apreciable clímax final. No basta con plagiar uno de los momentos más dolorosos de Rojo Oscuro (Dario Argento, 1975) o jugar con la paleta cromática para evocar al cine de terror italiano, del mismo modo que tener a Carrie Ng en el reparto protagonizando algunas escenas de sadismo, amén de un par de tiroteos, no es suficiente para llevarnos al cine comercial más extremo que se filmaba en Hong Kong durante la década de 1990. Sus puntuales momentos de lucidez no resultan suficientes para salvar de la quema este título fallido que sólo podría perdurar por la fuerza de algunas de sus imágenes. 

LO MEJOR: Su estética.
LO PEOR: Su languidez y su pedantería.

24 oct 2010

Especial Sitges 2010: 'Rare Exports: A Christmas Tale'

(Rare Exports: A Christmas Tale. Jalmari Helander. Finlandia / Noruega / Francia / Suecia. 2010. 82 minutos) Con sus cortometrajes Rare Exports Inc. (2003) y Rare Exports Inc. - Safety Instructions (2005), Jalmari Helander construyó la base mitológica en la que se sustenta su primer largo, la versión mejorada y extendida de aquellos trabajos en los que utilizaba el humor y la fantasía para mostrar las hazañas de un grupo de cazadores y adiestradores de una especie singular: el Papá Noel salvaje. La película ganadora en Sitges 2010 amplifica los hallazgos de aquellas piezas, potenciando su espectacularidad, su sentido de la maravilla y del humor, logrando un cuento infantil terrorífico y visualmente arrebatador donde, además, disfrutamos de un giro de guión pre-clímax que nos obliga a replantearnos lo que hasta ese momento creíamos que sabíamos sobre la trama, no sólo de la película sino también de los cortometrajes previos. Se le puede achacar, eso sí, algo de morosidad narrativa, no tanto como para considerarla un corto alargado, pero sí para provocar algo de impaciencia en el espectador por culpa de la incómoda sensación de que la cinta no termina de arrancar y encontrar su camino hasta los últimos veinte minutos. A pesar de eso, Rare Exports: A Christmas Tale es un título estimulante y uno de los pocos pertenecientes al fantástico de los últimos años con la capacidad de convertirse en un clásico de culto en un futuro cercano.


30 jul 2010

'Whiteout'

(Whiteout. Dominic Sena. Estados Unidos / Francia / Canadá. 2009. 97 minutos) Almacenada durante dos años en las oficinas de la Warner y estrenada directamente en DVD en España, Whiteout es uno de esos proyectos que nacen gafados desde el principio: en su origen, la adaptación del cómic de Greg Rucka y Steve Lieber se comenzó a gestar en las oficinas de la Columbia en 1999; pasó a manos de Universal en 2002, cuando intentaron producir el proyecto con Reese Witherspoon como protagonista (quizá la peor elección posible para un rol que requería ciertas dotes para la acción); y finalmente fue Dark Castle Entertainment, con Joel Silver en cabeza, quien se hizo con los derechos de la novela gráfica. Con un presupuesto ajustado de 35 millones de dólares, el rodaje concluyó en julio de 2007 y el resultado no se vio en los cines norteamericanos hasta el 11 de Septiembre de 2009, recaudando unos paupérrimos 10 millones de dólares.

No recurriría a estos datos si no fuera porque todo esto se deja ver en el resultado final, tras cuyo visionado se hace comprensible el descalabro y el temor a distribuir la película en el mercado internacional: aunque no se pueda hablar de desastre absoluto, Whiteout es una película fallida. Según los que han leído la novela gráfica, no funciona como adaptación porque introduce cambios importantes en la trama y en los personajes de cara a que resulten más amables y convencionales para el gran público. Pero, independientemente de su fidelidad o de la falta de la misma, Whiteout fracasa como película por culpa, sobre todo, de un guión deslavazado que nunca tiene claro qué es lo que quiere contar ni cómo hacerlo. La pericia técnica de Dominic Sena vuelve a quedar patente como ya lo hiciera en sus anteriores trabajos, Kalifornia, 60 segundos y, sobre todo, Operación Swordfish (su mejor película y una de las más estimables cintas de acción de la pasada década), pero no puede hacer demasiado con un libreto que quiere tocar demasiados palos y no consigue funcionar en ninguno de ellos: durante hora y media, la película parece cambiar de subgénero en varias ocasiones y nunca tenemos claro si estamos viendo un thriller de investigaciones a lo CSI, una cinta sobre un psycho-killer en la Antártida o un largometraje de acción catastrofista. Es más, la puesta en escena y la ambientación en ocasiones pueden recordar a La Cosa de John Carpenter, lo que unido al modo en el que juegan con el misterio (qué buscan los protagonistas, qué relación hay entre ellos, en quién se puede confiar, qué se esconde bajo el hielo) nos hace generar unas expectativas de un giro sobrenatural o fantástico que nunca llega, produciendo cierta sensación de incomodidad en un espectador que espera más de lo que realmente ofrece el film. Nos tenemos que conformar observando lo bien que está Kate Beckinsale en ropa interior o con algunas escenas de acción que casi carecen de ritmo pero son extrañamente hipnóticas (esas persecuciones en mitad de las ventiscas, con los protagonistas sujetos por la cintura a cuerdas que marcan el camino), pero en general Whiteout es un producto irregular y finalmente insípido. 

3 ago 2009

'Quiéreme si te atreves'

(Yeux d'enfants. Yann Samuell. Francia/Bélgica. 2003. 93 minutos). Tranquilos, no se han equivocado de blog. Resulta que su amigo Tena es un moñas de cuidado al que casi siempre verán hablando o escribiendo sobre cine fantástico o de acción y de cualquier manifestación subcultural que le haga gracia, pero que en realidad se derrite con películas como la que toca hoy. Debut en la dirección de largometrajes de Yann Samuell, Quiéreme si te atreves queda agregada, de manera automática e irrevocable desde sus primeros minutos, a la lista de títulos a los que este torpe escriba recurre cuando quiere saborear algo del amor que no encuentra en la vida real, junto a Marty, Once o Atrapado en el tiempo. Y, créanme, no es una lista donde entre cualquiera.

Les pido otro esfuerzo, que desconfíen del póster: a pesar de que un "te quiero" bajo la lluvia sea un topicazo, la película juega en otra liga por mucho que se pueda encuadrar dentro de lo que se entiende como comedia romántica, además con la virtud de no querer dinamitar con alevosía lugares comunes, pero consiguiéndolo sin aparente esfuerzo. Por ejemplo, la estructura "chico encuentra chica - chico y chica se enamoran - chico pierde chica - chico recupera chica" se cumple pero con matices importantes: en esta ocasión chico y chica siempre han estado unidos, siempre se han querido, pero nunca han estado juntos en una relación y se han pasado la vida perdiendo el tiempo, inmersos en un juego absurdo con el que no ha podido la madurez y que sólo les ha llevado a hacerse daño mutuamente. Pero no piensen en una Guerra de los Rose a la francesa y sin formalización eclesiástica o legal, porque se equivocarían. Quiéreme si te atreves es, desde sus primeras imágenes y haciendo honor a su título original, un juego infantil llevado hasta sus últimas consecuencias por dos adultos que no han perdido la locura, inocencia, temeridad e impulsividad de la niñez, pero que sí han aprendido a manejar estos atributos con la determinación de unos adultos que han intentado jugar a otro juego (el más difícil de todos: tener vidas normales) y han convertido lo que en sus inicios era una simple cadena de retos lúdicos, tímidamente vandálicos, en una sucesión de actos peligrosos que tienen mucho de masoquismo retroactivo y de falta de asunción de responsabilidades. Narrada con la voz en off de Guillaume Canet desde una situación que no conviene desvelar y con la mirada hipnotizante de Marion Cotillard ejerciendo una fuerza considerable, Yann Samuell juega con el tiempo y con la imagen otorgando a su película un ritmo imparable y una plasticidad rica en onirismos que acentúan la sensación de locura en la que (sobre)viven los protagonistas, culminando en un desenlace que podría parecer tramposo y confuso a priori pero que resulta plenamente coherente con el resto de la narración. La historia acaba siendo tan irresistible que ni los propios protagonistas pudieron sucumbir a su efecto, llevando la pasión de sus personajes a la vida real y convirtiendo este juego de niños en algo más grande que la ficción. Si son tímidos, anótenla en su lista de películas que jamás confesarán públicamente haber visto. ¿Se atreven?

27 feb 2009

'El Luchador'

(The Wrestler. Darren Aronofsky. EEUU / Francia. 2008. 109 minutos). Dejando a un lado divergencias de opinión que me parecen interesantes pero inútiles desde un punto de vista prágmático y lúdico (lo siento, Alvy, pero estoy totalmente con Zito, Fanshawe y Mario), no me cuesta nada proclamar El Luchador como la mejor película de Aronofsky y la más emocionante y contundente de lo que llevamos de 2009. Es verdad que la trama es tópica y que no hay ni una sorpresa en el guión, que los personajes son arquetípicos y que el director abusa del semisubjetivo y utiliza el énfasis de manera gratuíta a veces (los luchadores lisiados que firman autógrafos y venden vídeos en un centro de veteranos de guerra, el tan comentado paseo hacia la máquina de cortar carne adornado por los vítores de los fans de Randy "The Ram" Robinson que sólo resuenan en su cabeza) y otras más sutil (el leve pitido que se escucha cuando Randy se quita el audífono, potenciando la sensación de que el mundo mostrado en la película es el que interpreta el personaje, una realidad deformada anclada en glorias pasadas de 8 bits). Pero no es menos cierto que su precariedad conceptual y su conjunto de tópicos quedan perfectamente hilvanados con la ligereza cultural de sus personajes y consiguen algo mágico en el espectador que, como The Ram, se siente un perdedor nato: una remanencia emocional que perdura más allá del límite obligado de su metraje y que hacen de la experiencia algo más grande de lo que cualquier intelectualización pueda validar o desvirtuar.

Por supuesto, ayudan las circunstancias personales del espectador: ver la película a solas, en una sala completamente vacía, y en un estado anímico de soledad y desconcierto sentimental que ya llevaba puestos antes de pagar la entrada, conviertieron la experiencia en un recital de hostias físicas y afectivas capaz de removerme las entrañas y dejarme aniquilado cuando comenzó a sonar la canción de Springsteen. Y eso, por muy finos y muy referenciales que nos pongamos, tiene más valor que un guión férreo o una dirección invisible y supuestamente inteligente. El Luchador golpea en las entrañas y el corazón, sobre todo de alguien que, como yo, es capaz de escribir o indentificarse con una frase así sin considerarla un signo de flaqueza mental.

13 dic 2008

'Bosque de sombras'


(Bosque se sombras. Koldo Serra. España / Francia / Reino Unido. 2006. 97 minutos). Ópera primera que parece dirigida por un veterano, el Bosque de sombras de Koldo Serra supuso una decepción para los que esperaban una cotinuación del ambiente juguetón y terrorífico de El tren de la bruja, puesto que más que adentrarse en los terrenos del cine de supervivencia rural con psicópatas y deformidades de por medio (que las hay, aunque empleadas más para dar lástima que horror) que podría esperarse por su premisa argumental, lo hizo en el del thriller de transformación psicológica, utilizando finalmente la inversión de roles de manera poco complaciente y ciertamente incómoda para el espectador. Estamos entonces más cerca de la tensión dramática de Perros de paja que del spanish gothic de La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos, en una historia que no está ambientada a finales de los setenta de manera gratuita, puesto que su forma de mostrar la violencia tiene más que ver con la de Deliverance que con la de Escóndete y tiembla. Pero no es esta, en definitiva, una película que apele a la diversión o a la catarsis por la vía de la explicitud y los guiños cómplices, por mucho que sean evidentes los referentes que Serra maneja. Más bien al contrario, Bosque de sombras es una cinta incómoda, tensa, sostenida y certeramente minimalista, narrada sin titubeos, técnicamente impecable, que sólo flaquea en algunos recursos de guión algo caprichosos (la forma en la que aparecen y desaparecen los personajes de manera oportuna en según qué escenas) que no son, precisamente, los que algunos iluminados pregonaron en su momento: si la espiral de violencia que se desencadena es absurda no es un problema de guión, sino más bien el mensaje que Serra parece querer transmitir, como queda claro en ese final tan poco complaciente en el que descubrimos que todas las muertes y todo el sufrimiento experimentado por los personajes no ha servido para nada. Una lección que no es nueva: el hombre civilizado intentando arreglar los problemas de gente que no necesita a nadie que se los solucione.

7 dic 2007

'Hitman'

(Hitman. Xavier Gens. Francia/EEUU, 2007. 100 minutos). Se tiene la fea costumbre de preadmitir que toda película basada en un videojuego va a ser una puta mierda, suponiendo que cualquier obra sucedánea de otra procedente de un "arte menor" (permítanme las comillas, el paréntesis y una carcajada) no puede ser sino un mero regalito para fans que aún no han crecido y quieren descansar sus dedos y neuronas por un momento para dejar trabajar únicamente a sus retinas durante hora y media. Mal. Pero de prejuicios está el mundo lleno y aquí no vamos a cambiarlo. En el fondo, es casi divertido ver cómo algunos se las dan de listos y de abiertos y a la hora de la verdad no son capaces de encontrar ni una mísera virtud en cosas tan disfrutables como DOA: Dead or Alive, Mortal Kombat o incluso la denostadísima Street Fighter: La Última Batalla. Esto debería ser de cajón, pero ahí va: un largometraje inspirado o basado directamente en un juego puede ser malo, pero no está obligado a serlo. Pensar lo contrario es poco menos que un atentado contra el sentido común, por mucho que sea lo habitual.

¿Ha sido esto una manera de sentar las bases para una defensa a rajatabla de la adaptación al cine de Hitman? No necesariamente, pero quería que mi postura hacia este subgénero, por llamarlo de algún modo, quedara bien clara desde el principio: considero que Hitman podría haber sido tan agradable o desagrable como lo pudiera ser una hipotética nueva entrega de las aventuras de Jason Bourne, ni más ni menos. De hecho, mis temores antes de sentarme a ver la cinta no iban por ese sentido de desconfianza general hacia el proyecto en conjunto, sino hacia algo más concreto como es la elección del actor protagonista para interpretar el papel del Agente 47. Un miedo que casi cualquiera que haya jugado a alguna de las entregas de Hitman habrá experimentado del mismo modo. Las primeras veces que vi imágenes de Timothy Olyphant caracterizado como el famoso asesino llegué a pensar que sólo formaban parte de una broma macabra, aunque he de decir asimismo que ninguna de las otras opciones me agradaban: ni Vin Diesel (a quien colocan de Productor Ejecutivo en los créditos finales como manera de, ejem, contentarle) ni Jason Statham me ofrecen la agresividad física que el personaje de Eidos me ha trasmitido en cualquiera de sus aventuras. Y es que no basta con que sean calvos y hayan hecho pelis de acción, señores. Bien saben los que me siguen que yo pondría a Van Damme encabezando el reparto de casi cualquier cinta del género que se estrene, pero esta vez mi opción ideal era incluso más descabellada e imposible: la imagen perfecta para trasladar Hitman al celuloide sería la de Nick Cassavetes con el look que lucía en el Cara a Cara de John Woo. ¿No me creen? Busquen en sus estanterías esa película que deberían tener y hagan la prueba. Y cuando me hayan dado la razón sigan leyendo.

Dicho todo esto ya es hora de empezar a hablar de Hitman, de la que lo mejor que se puede decir es que tiene el buen gusto de no tratar a su público como a adolescentes imberbes que sólo esperan acción y más acción. En ese sentido, casi podríamos pensar que Hitman es una versión relativamente seria de xXx, con la que comparte ciertos recursos argumentales. Pero si en la cinta de Rob Cohen todo pasaba por dejar a la audiencia boquiabierta mediante el más difícil todavía, en Hitman todo resulta comedido y pretendidamente elegante, apreciándose incluso un cierto deje realista en las escenas de acción que, no obstante, acaba resultando molesto y decepcionante. El mayor problema de Hitman no es que tenga poca acción como puede parecer en un primer vistazo, sino que la que hay no es memorable. Como yo lo veo, le faltan a las secuencias explosivas de Hitman algo más de desmadre para poder retenerlas en la memoria, aunque les advierto que siempre he sido más de Double Team que de Heat y eso quizá les haga entender qué es lo que espero cuando me entrego a una película de acción como la que nos ocupa. Pero Xavier Gens no es ni Tsui Hark ni Michael Mann y, por querer alejarse del estilo de uno y acercarse al del otro (admitiendo que estos son ejemplos que utilizo sin saber cuáles han sido realmente las intenciones del director galo), su película acaba quedándose en tierra de nadie. Ni es tan atrevida y adrenalítica como para contentar a los fans de la acción pura y dura, ni su guión es tan interesante como para convertirse en un thriller en el que nos involucremos de buena gana.

Por otro lado, lo que Gens sí sabe hacer bien es apelar a otros instintos primarios para contentarnos: cuando llega el momento dado y las tetas y la sangre tienen que hacer su aparición, el director no mueve la cámara hacia un lado, no nos obliga a contentarnos en off. Y eso, sabiendo lo mojigato que es el cine comercial, lo podemos considerar como un logro. Y en cuanto a la eficacia de Olyphant como Hitman, hay que decir que al final cumple con lo que el director quiere sacar de él: humanizar a un hijo de perra que se dedica a matar. Así, una vez vista la película, se entiende la elección de actor con cara inocente, y comprendemos también que el auténtico fallo de la película no es su fichaje como protagonista, sino el enfoque que del personaje han hecho los creadores de la cinta, quizás preocupados de que el público no fuera capaz de sentir empatía por un asesino sin escrúpulos. Algo absurdo, empero, cuando no faltan ejemplos en la historia de la industria del entretenimiento de que eso no es así. En definitiva, se puede decir que Hitman es un producto fallido por culpa de lo mal que se han medido sus buenas intenciones. Y es que la buena intención no lo es todo, amigos...

No quiero cerrar este post sin destacar lo mucho que me amargó la sesión la presencia de un individuo que paso de adjetivar porque no quiero ponerme violento, y que sentado dos butacas a mi derecha se pasó la hora y media hablando en alto con su acompañante como si estuvieran comentando el Gran Hermano en el salón de su casa o el partido de fútbol en el bar. Bravo por ti, campeón. La próxima vez te ahorras los 6 euros y te la bajas de internet o se la compras a un chino, que seguro que la disfrutas más y así dejas tranquilos a los que SÍ han ido al cine a ver algo. Nunca hay un Hitman a mano cuando se necesita.


14 ene 2006

'La tierra de los muertos vivientes'

(Land of the dead. George A. Romero. Estados Unidos / Canadá / Francia. 2005. 93 minutos) Difícil tarea la de George A. Romero a la hora de afrontar esta película: efrentarse a su propia leyenda y a tres obras precedentes que son clásicos de culto en todo el mundo. La noche de los muertos vivientes (1968), Zombi (1978) y El día de los muertos (1985) fueron tres largometrajes que crearon escuela en diferentes décadas y que hicieron de Romero uno de los Grandes del cine de terror. Muchos le acusan de ser sólamente un tipo afortunado que tuvo suerte con su primera película, pero además de su saga zombi encontramos en su filmografía otros títulos harto interesantes como The Crazies, Creepshow o Atracción diabólica. Lamentablemente, Romero es un artista condenado incapaz de superar el que fue su primer largometraje, que cambió para siempre el género y lo hizo entrar en la edad contemporánea, convirtiéndose en una especie de Orson Welles del horror.

Por otro lado, con La tierra de los muertos vivientes, Romero tiene la difícil misión de añadir un capítulo más a lo que ya era una trilogía coherente y grabada en la memoria colectiva de todos los aficionados. Y de todos es sabido que lo de trilogía suena bien, pero un cuarto título parece estar estorbando (piensen en la saga Alien, por ejemplo), a no ser que se convierta en el inicio de una nueva trilogía (cosa que no creo que tenga pensado hacer Romero, aunque nunca se sabe...).

En definitiva, el genio de Pittsburgh lo tenía todo en contra para hacer esta película, por mucho que algunos fans la pidieran desde hace años (cuando teóricamente se iba a llamar Twilight of the dead). Curiosamente, y en uno de esos giros inesperados que da la industria del cine de vez en cuando, Romero consiguió financiación de nada menos que la Universal Pictures, después de ver cómo triunfaba el remake de una de sus películas, El amanecer de los muertos (2004). Debieron pensar "si hemos conseguido este éxito gracias a una idea de Romero, démosle una nueva oportunidad para ver lo que la gente ha estado esperando tanto tiempo". De este modo, el sueño de muchos se hizo realidad y pudimos disfrutar por fin en pantalla grande de una película de zombis del hombre que inventó el género tal y como lo conocemos hoy en día.

¿Ha merecido la pena la espera? Yo diría que sí, pero es difícil valorar esta película. Me explico: las tres anteriores entregas de la saga (de argumento totalmente abierto y personajes cambiantes en cada una de sus partes, manteniendo únicamente en común a los muertos vivientes) son películas que he visto en vhs o dvd una y otra vez, que desde que tengo uso de razón siempre han estado rodeadas del aura mágico que sólo consiguen las cintas que sobreviven décadas en el recuerdo. Crecí con ellas, podríamos decir. Por eso es difícil analizar La tierra de los muertos vivientes comparándola con las anteriores, ya que ésta se perdió pronto en la dinámica del consumo rápido de multicines, a los que apuesto a que la mayoría de adolescentes acudieron pensando que se trataba de una "segunda parte" de El amanecer de los muertos versión 2004, sin ni siquiera saber quién es Romero. Ya dije algo parecido en la reseña de La Niebla, pero me parece importante recalcar la ignorancia del espectador medio y cómo éste es capaz de destruir en taquillas películas que en otros tiempo hubieran recibido mejor atención. Esto explicaría que La tierra de los muertos vivientes no tuviera un éxito mayor al que algunos hubiéramos deseado, y Romero tuviese que ver cómo la juventud comparaba despectivamente su película con otra que, para colmo, no hacía otra cosa que actualizar (y muy bien, por cierto) una idea suya.

Ahora intentaré valorar la película tal y como la he percibido en las cuatro veces que la he visto desde su estreno (una en cine y tres en dvd), pero no enfrentándola en ningún tipo de baremo con ninguna de sus predecesoras, ya que me temo que tendrán que pasar unos años hasta ver si esta cuarta parte consigue integrarse en la memoria colectiva junto al resto de la saga o, como dije antes, se la considera una especie de "estorbo".

Tras el logo de la Universal antiguo, el que Romero veía en las películas de Val Lewton (ya sabéis, el avión rodeando el globo terráqueo), un breve montaje nos recuerda lo que pasó "hace algún tiempo" (en un principio deberían haber incluído imágenes de las tres anteriores cintas, pero por problemas de copyright al final decidieron rodar escenas nuevas) y antes de que nos demos cuenta estamos sumergidos en la trama, sin ninguna explicación más que los breves apuntes que comentaba antes. Mejor así. De este modo, el espectador tiene la sensación de haber contemplado lo que normalmente sería el primer acto de todo largometraje en tan solo unos segundos. No hay presentación clásica de los personajes porque no hace falta. Nos importa poco su pasado (aunque finalmente, en determinados momentos de la cinta acabamos sabiendo su "curriculum"). De hecho, los que primero aparecen en la película son los zombis, esta vez bastante diferentes a lo que estamos acostumbrados a ver: ahora algunos de ellos logran comunicarse, conseguir imitaciones cada vez más convincetes de lo que algún día fueron.

Ya en El día de los muertos un científico lograba "amaestrar" a uno de los revividos, pero Romero (tan pesimista como siempre) hizo que su primer instinto al recobrar algo de "humanidad" (¡tras ojear un libro de Stephen King!) fuera el de coger un arma y disparar a quienes le habían maltratado.

En La tierra de los muertos vivientes los zombis figuran otra vez como ejemplo de los marginados, de la sociedad tercermundista que sólo pretende conseguir el acceso a una vida mejor. Por su parte, los "vivos" se parecen cada vez más a los muertos vivientes y viceversa. Están divididos en dos grandes grupos: los que viven ajenos a la destrucción del mundo en su palacio de cristal (liderados por un contenido Dennis Hopper) y los que arriesgan su cuello para "llevarles mondadientes a los ricachones" y sobrevivir en las zonas bajas de una ciudad teóricamente infranqueable por los "podridos".

Romero, tan político como de costumbre cuando trata el tema zombi, nos habla de revoluciones sociales. En esta película hay dos: la de la gente que rodea a Riley (Simon Baker) por salir de esa ciudad condenada y viajar a un lugar donde empezar desde cero; y la de los zombis liderados por Big Daddy (Eugene Clark) que lo único que también buscan es un lugar donde vivir. Los primeros quieren salir de la ciudad, los segundos salir de ella. Son dos caras de la misma moneda, dos revueltas con sus líderes carismáticos al frente. Pero, irónicamente, los muertos vivientes se muestran más unidos que los vivos, mostrando cómo la unión hace la fuerza y cómo los conflictos entre semejantes conducen al fracaso (el caso de los personajes de Hopper y John Leguizamo es ejemplar).

Todo esto está muy bien y eleva la cinta por encima de otras de su categoría, pero, ¿qué pasa con el terror?. Curiosamente, aquí es donde la película encuentra sus aspectos negativos. Hay sobreabundancia de gore, maquillajes extraordinarios (obra de los cada vez más reputados KNB - Kurtzman, Nicotero, Berger), momentos repulsivos y cosas que no había visto antes. Un festival. Pero el problema es que no da miedo. Hay mucha sangre y muchos sustos (algunos de los cuales, funcionan de manera irregular), pero Romero no opta por mostrar escenas de suspense contenido (aquí sólo tendríamos una breve muestra en el momento del aparcamiento antes del final) ni una sensación de angustia provocada por el encierro de los protagonistas (que funcionaba de maravilla en las tres películas precedentes). Quizá el gran problema esté en que los personajes no te importan demasiado, no logras empatizar con ellos de una manera considerable.

Tampoco ayuda la trama paralela a los zombis que se desarrolla con el vehículo llamado "Dead Reckoning (el azote de los muertos)". Los protagonistas (la parte "viva" del reparto, se entiende) están más preocupados en conseguir el vehículo que en enfrentarse a los muertos. Y tanto ir de un lado a otro con la intención de hacerse con el camión acorazado hace que en algunos momentos pienses "Muy bien, pero, ¿dónde están los zombis?".

A pesar de contener algunas imágenes que se me quedarán grabadas en la memoria para siempre (sobre todo, esos zombis agrupados bajo la luz de la luna en la orilla de un río... o cuando se quedan hipnotizados ante los fuegos artificiales) La tierra de los muertos vivientes no es la obra maestra que hubiera querido ver, pero sin duda es una muy recomendable aproximación al subgénero de los zombis y una gran oportunidad (quizá no del todo conseguida) para que Romero esté otra vez en boca de todos, después de foguearse con películas menores.


Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: no era difícil prever que la cuarta película zombi de Romero no se quedaría grabada en la memoria colectiva del mismo modo que lo hicieron las tres primeras. Lo que sí resultaba más complicado era adivinar que Romero todavía tenía que continuar de manera tangencial su saga con unos títulos que, en cierto modo, podría haberse ahorrado. Por otra parte no termino de entender la obsesión que yo tenía en aquella época con que las películas de terror tuvieran que dar miedo...