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| LO MEJOR: La angustia que provocan algunas escenas. LO PEOR: Los apuntes sentimentaloides. |
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7 mar 2012
'Infierno blanco'
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4 nov 2011
'Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio'
(The adventures of Tintin: The secret of the Unicorn. Steven Spielberg. Estados Unidos / Nueva Zelanda. 2011. 107 minutos) Como crítico les podré parecer más hábil o más torpe, dependiendo de cuáles sean sus consideraciones hacia mi persona en ese sentido, pero desde luego, no me deberían tener muy en cuenta como futurólogo, porque me temo que el porcentaje de acierto de mis predicciones es un desastre. Les pongo dos ejemplos. El primero es que vaticiné que Los Pitufos (The Smurfs. Raja Gosnell, 2011) sería un fracaso económico porque pensaba que los niños de ahora no conocen a los personajes y que, en consecuencia, no pedirían a sus padres que les llevaran a los cines. Pues bien, la película lleva recaudados 551 millones de dólares en todo el mundo. El segundo ejemplo es el relativo a la película que nos ocupa, Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio. Habiendo perdido la confianza en el sentido de la aventura de Steven Spielberg tras su última cinta de Indiana Jones, la que para muchos nunca debería haber existido, y teniendo muchos reparos con la animación de captura de movimiento, no esperaba con muchas esperanzas este largometraje que, para colmo, estaba protagonizado por un personaje al que nunca me he acercado ni siquiera por curiosidad. Y resulta que es uno de los títulos más excitantes que se han estrenado este año...
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| LO MEJOR: La manera en la que consigue aniquilar todos los prejuicios que había generado. LO PEOR: Que la animación por captura de movimiento no ha alcanzado todavía ese hiper realismo al que aspira. |
Me explico. Da igual que sean fans de la creación de Hergé, aunque es evidente que eso les ayudará a pillar ciertos guiños y a sacarle algo más de jugo al invento. El guión es lo suficientemente inteligente como para sortear ese escollo y convertirse en algo totalmente comprensible y disfrutable incluso para los no iniciados en el personaje. Y no es de extrañar teniendo en cuenta que viene firmado por Edgar Wright, Joe Cornish y Steven Moffat. También pueden estar tranquilos por Spielberg, porque al parecer lo del último Indy sólo fue un traspiés momentáneo. Su nueva película es un no parar desde el principio hasta el final, un prodigio de ritmo, aventuras y acción como pocas veces se ve en pantalla grande y que puede deshacer cualquier reticencia inicial que se tuviera ante el proyecto. Para colmo, tiene algunas de las set-pieces más espectaculares de los últimos años (todo el tramo en Marruecos es, sencillamente, magistral) y hay humor a raudales (y no tan políticamente correcto como cabría esperar de una superproducción de estas características: ahí está esa pequeña alusión a la zoofilia, sin olvidar la manera en la que utilizan el alcoholismo de Haddock como chiste recurrente). En cuanto a la otra barrera que había que derribar, la de la animación, hay que decir que también lo consigue, aunque no de un modo tan inapelable. Se puede decir tranquilamente que Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio es la película filmada con captura de movimiento que tiene una animación más depurada, más creíble y más humana. Pero no es así al 100%, ya que si bien con Haddock han hecho un trabajo impresionante (Andy Serkis de nuevo dándolo todo), desarrollando incluso su personaje mucho más que los demás, también hay que reconocer que otros, como el propio Tintín, no dejan de resultar demasiado artificiales en ocasiones. Y esto, cuando les colocas en entornos hiper realistas que se pretenden hacer pasar por auténticos, puede suponer un problema al generarse un contraste entre la naturalidad de esos escenarios y la artificiosidad de los caracteres que se mueven por el mismo. No obstante, esto sería lo único relativamente negativo de una película que no deberían perderse y que incluso tiene un 3D agradable, para variar.
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12 mar 2011
'En tiempo de brujas'
(Season of the Witch. Dominic Sena. Estados Unidos. 2011. 95 minutos) A la espera de que nos llegue el mes que viene esa apetitosa Furia Ciega (Drive Angry) rodada en 3D, en la que Nicolas Cage se enfrenta a las fuerzas del mal junto a Amber Heard, de momento pueden ahora verle hacer lo mismo con algunas diferencias: es en 2D, transcurre en la Edad Media y el acompañante de Cage es bien distinto a Heard, ya que se trata de Ron Perlman. Sigue resultando entrañable la falta de escrúpulos del bueno de Nic a la hora de aceptar casi cualquier proyecto que le pongan sobre la mesa, sin importarle que medio mundo (y esto no lo digo yo, sino los números) se muestre ya cansado de verle el peluquín tan a menudo, asomándose por nuestras pantallas cada pocos meses y provocando la sensación de que ejecuta sus papeles como aquel que va a la oficina de nueve a cinco cada día, sin ningún entusiasmo y sin ninguna intención de descubrir la rueda. No tengo nada que objetar a ello: Cage es un tipo honesto, un freak de corazón que hace el tipo de películas que seguramente le guste ver, alguien que hace tiempo dejó de preocuparse por ser respetado por la crítica y por ser considerado buen actor según los cánones tradicionales, para entregarse a la industria y recibir cheques millonarios por jugar a ser soldado, motorista del más allá, cazarrecompensas o mago. Y no me digan que eso no les provoca envidia, porque no les podría creer.
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| LO MEJOR: La escena del puente. LO PEOR: Su indefinición. |
El problema es que En tiempo de brujas es uno de esos casos en los que Cage parece no estar disfrutando del todo y su presencia resulta demasiado apática como para generarnos cualquier complicidad. Sólo su química con Ron Perlman hace que esbocemos alguna sonrisa fugaz, pero no es de extrañar que transmitan esa falta de interés por un material como este con el que tienen que lidiar: una historia en la que unos Cruzados renegados deben trasladar a una joven acusada de bruja y de traer la peste hacia un lugar donde será juzgada. El máximo problema está en la indefinición de tono que padece la película, con un guión que no sabe si decantarse por una vertiente aventurera, otra más realista o una decididamente fantástica, facetas que se mezclan sin ton ni son en la cinta y que acaban por descolocar al espectador, ya que uno nunca sabe a ciencia cierta cuáles son las cartas que quiere jugar el guionista y parece que hay tres o cuatro películas en una luchando por sobrevivir en el ajustado metraje. Dominic Sena, quien ya dirigió a Cage en la también mediocre 60 segundos (Gone in 60 seconds. 2000), consigue construir algunas secuencias adecuadamente tensas como la del puente, pero cuando llega el momento de hacer despliegues de efectos especiales se ve limitado por un presupuesto que se intuye no demasiado alto, algo que, unido a esa falta de cohesión del guión, hace que, en conjunto, En tiempo de brujas no funcione más que durante tramos aislados y que nos deje con la sensación de que, de haber intentado hacer sólo una película de terror, de aventuras o de acción, y no todas ellas al mismo tiempo, la experiencia final podría haber sido mucho más satisfactoria y no haberse quedado en un experimento con aciertos parciales pero de resultados fallidos en general.
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27 nov 2010
Especial Sitges 2010: 'Detective Dee and the Mystery of Phantom Flame'

(Di Renjie. Tsui Hark. China / Hong Kong. 2010. 122 minutos) Después de la caótica Siete espadas (Qi jian, 2005) y de varios experimentos que no llegaron a nuestro país, Tsui Hark vuelve al género con el que nos dio tantas alegrías a principios de los noventa: el swordsplay desbocado, ese cine de héroes, espadas, escenas de lucha acrobáticas y ocasionales momentos fantásticos que revitalizó la industria del cine de Hong Kong en aquella época, después del empacho de heroic bloodshed que se vivió en años previos. Pero los tiempos han cambiado y no precisamente para bien: como ya ocurría en Zu Warriors (Shu shan zheng zhuan, 2001), el virtuosismo escénico de Tsui Hark está muy por encima de su capacidad para narrar una historia de manera coherente o que resulte fácil de seguir con interés, y si esto le sentaba de maravilla a aquellas joyas que fueron Double Team (1997) y En el ojo del huracán (Knock Off, 1998), donde la locura visual formaba parte del contexto en el que se movían los personajes, no se puede decir lo mismo de Detective Dee, donde se acusa un exceso de personajes y acciones secundarias que pueden marear al espectador expulsándole de la película. Aún así, sólo nos cabe celebrar esta vuelta de Tsui Hark al puro espectáculo (a pesar del exceso de infografía regulera) y soñar con todo lo que podría hacer si volviera a encontrar un guión digerible con el que trabajar.
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| LO MEJOR: El virtuosismo de Tsui Hark para la acción sigue intacto. LO PEOR: Abusa de los efectos digitales y de la acumulación de personajes. |
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16 sept 2010
'Centurión'
(Centurion. Neil Marshall. Reino Unido. 2010. 97 minutos) En el cortometraje Combat (1999), Neil Marshall planteaba las relaciones interpersonales que se establecían en un pub inglés como un campo de batalla en el que un corazón roto era, literalmente, eso: uno de los personajes moría con el pecho ensangrentado después de ser abandonado por su chica, mientras que los diálogos del resto de personajes y los sonidos típicos de la vida nocturna eran sustituidos por ráfagas de ametralladoras y explosiones. Si en ese trabajo Marshall ya utilizaba el mismo tipo de fuente que John Carpenter emplea en sus títulos de crédito, también dejaba claro que la sutileza no era lo suyo, sino que prefería atacar a los sentidos mediante la aliteración audiovisual y conceptos tan obvios que resulta absurdo criticarlos por evidentes. Homo homini lupus, que dirían Plauto y Hobbes, es el leit-motiv de la obra de Marshall, con la peculiaridad de que en ella a veces los enemigos son directamente lobos, monstruos o punks postapocalípticos.
Desprovista del elemento fantástico en cuanto a la historia que cuenta, pero no en las formas que emplea para hacerlo, Centurión es una película totalmente coherente con el resto de la filmografía de Marshall y contribuye a afianzar su reputación como uno de los pocos autores del cine de serie b que consiguen estrenar sus trabajos en salas de todo el mundo. Basándose en la misteriosa desaparición de la Novena Legión Romana tras encaminarse hacia la guerra contra los Pictos (quienes dominaban el centro y el norte de Escocia), Marshall olvida pronto las escenas de masas y la épica histórica con la que la distribuidora ha vendido la película (creando la falsa expectativa de estar ante un nuevo Gladiator), para poder centrarse en lo que de verdad le interesa y que viene a ser lo mismo que ya nos había contado en su trabajos previos: la lucha por la supervivencia en un territorio hostil, unido a la amenaza no sólo de los enemigos, sino a las traiciones que se producen dentro del mismo grupo amigo. A medida que va reduciéndose el número de personajes, masacrados de manera gráfica, se va haciendo evidente que Marshall no pretende otra cosa que filmar una cinta de acción y supervivencia, llena de violencia explícita que no se regocija en la espectacularidad de sus momentos expeditivos (como sí sucedía en 300, por ejemplo, otro título con el que Centurión tampoco tiene demasiado que ver a pesar de las apariencias), sino que pretende hallar un realismo sucio y contundente que sólo se ve manchado por el abuso de la sangre infográfica en una cantidad considerable de planos. Por otro lado, se permite el lujo de cuestionar la figura heroica: la villana de la función ha sido violada y mutilada por los antecesores de los héroes, además de haber sufrido la horrible visión de asistir al asesinato de su familia, con lo que un pequeño giro en el punto de vista de la película nos situaría frente a una historia de venganza protagonizada por Olga Kurylenko, algo realmente apetecible y que daría para otra cinta digna de ver. Centurión también tiene sus problemas, como la incómoda aparición del personaje interpretado por Imogen Poots que deriva en episodios románticos del todo prescindibles junto a Michael Fassbender, o la ya habitual confusión en las escenas de acción filmadas por Marshall, pero supone una de las películas más rotundamente disfrutables de la temporada que termina, con momentos tan logrados como la emboscada en mitad del bosque o el enfrentamiento entre Kurylenko y Dominic West. Neil Marshall sigue siendo de los nuestros, aunque se vista de romano.
Desprovista del elemento fantástico en cuanto a la historia que cuenta, pero no en las formas que emplea para hacerlo, Centurión es una película totalmente coherente con el resto de la filmografía de Marshall y contribuye a afianzar su reputación como uno de los pocos autores del cine de serie b que consiguen estrenar sus trabajos en salas de todo el mundo. Basándose en la misteriosa desaparición de la Novena Legión Romana tras encaminarse hacia la guerra contra los Pictos (quienes dominaban el centro y el norte de Escocia), Marshall olvida pronto las escenas de masas y la épica histórica con la que la distribuidora ha vendido la película (creando la falsa expectativa de estar ante un nuevo Gladiator), para poder centrarse en lo que de verdad le interesa y que viene a ser lo mismo que ya nos había contado en su trabajos previos: la lucha por la supervivencia en un territorio hostil, unido a la amenaza no sólo de los enemigos, sino a las traiciones que se producen dentro del mismo grupo amigo. A medida que va reduciéndose el número de personajes, masacrados de manera gráfica, se va haciendo evidente que Marshall no pretende otra cosa que filmar una cinta de acción y supervivencia, llena de violencia explícita que no se regocija en la espectacularidad de sus momentos expeditivos (como sí sucedía en 300, por ejemplo, otro título con el que Centurión tampoco tiene demasiado que ver a pesar de las apariencias), sino que pretende hallar un realismo sucio y contundente que sólo se ve manchado por el abuso de la sangre infográfica en una cantidad considerable de planos. Por otro lado, se permite el lujo de cuestionar la figura heroica: la villana de la función ha sido violada y mutilada por los antecesores de los héroes, además de haber sufrido la horrible visión de asistir al asesinato de su familia, con lo que un pequeño giro en el punto de vista de la película nos situaría frente a una historia de venganza protagonizada por Olga Kurylenko, algo realmente apetecible y que daría para otra cinta digna de ver. Centurión también tiene sus problemas, como la incómoda aparición del personaje interpretado por Imogen Poots que deriva en episodios románticos del todo prescindibles junto a Michael Fassbender, o la ya habitual confusión en las escenas de acción filmadas por Marshall, pero supone una de las películas más rotundamente disfrutables de la temporada que termina, con momentos tan logrados como la emboscada en mitad del bosque o el enfrentamiento entre Kurylenko y Dominic West. Neil Marshall sigue siendo de los nuestros, aunque se vista de romano.
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18 ago 2010
'Toy Story 3'
(Toy Story 3. Lee Unkrich. Estados Unidos. 2010. 103 minutos) No se producen muy a menudo, pero hay películas que a quien escribe sobre cine le hacen replantearse la necesidad de buscarle los tres pies al gato, de analizar sesudamente su objeto de estudio en busca de taras, debilidades o algún detalle que cambiaría de lugar, por nimio que sea, en ocasiones porque a uno se le adhiere de un modo tan profundo que no le resulta plausible ponerle pegas, y otras veces porque es imposible hacerlo. Más difícil aún es que una productora construya su filmografía a base de obras maestras o que estén muy cerca de serlo. Pixar constituye entonces un caso aparte en el mundo del cine: un grupo de mentes creativas que parece haber encontrado el secreto de la eterna inspiración y que transmite un amor por lo que hace que traspasa los límites de la pantalla y contagia a los espectadores, logrando una suerte de 3D emocional que no tiene nada que ver con la tecnología pero sí mucho con la capacidad para narrar historias y crear personajes. La orfebrería digital de Pixar no tendría tanto valor sin los cuentacuentos que hay detrás de sus guiones y sin su querencia por lo humano, ya sea a través de robots, ratones o muñecos con cuerpo de píxel pero provistos también de alma.
Con la tercera parte de su emblemática saga, Pixar avanza un paso más en la conquista de todo tipo de públicos y en la progresiva madurez de sus relatos. Como ya sucediera con la excelsa Up, la mirada adulta es la que puede sacar más provecho a la película, ya que además de su festival de (impecables) gags cómicos, sus vibrantes escenas de acción y la estupenda nueva galería de personajes, Toy Story 3 ofrece una emocionante y veces dolorosa reflexión sobre el fin de la infancia, la asunción de responsabilidades y la necesidad de ir quemando etapas vitales que, en un momento de debilidad, puede hacer llorar hasta al tipo aquel que les quitaba el bocadillo en el recreo. El virtuosismo con el que se combinan las carcajadas (el Buzz agitanado, el Sr. Tortilla) con momentos de puro desasosiego (la angustiosa y bellísima secuencia post-clímax en el patio de Bonnie; la mirada de desconcierto entre el Sr. y la Sra. Patata al acercarse al fuego...) se ve acentuado por algunos instantes próximos al terror y llenos de una oscuridad escénica y conceptual impropios de una película en principio para todos los públicos, suponiendo una prueba más de que en Pixar tratan a los niños como seres inteligentes y no como a meros reclamos bobos para que sus padres paguen entradas. Toy Story 3 es tan redonda que sólo tiene un problema: coloca de nuevo a Pixar en una situación difícil para volver a superarse a sí mismos. Pero ojalá todos los problemas fueran como ese.
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29 may 2010
'Guerreros del Cielo y de la Tierra'
(Warriors of Heaven and Earth / Tian di ying xiong. He Ping. China / Hong Kong. 2003. 115 minutos) Estrenada de forma limitada en España después de los buenos resultados económicos de Tigre & Dragón y Hero, Guerreros del Cielo y la Tierra poco tiene que ver con aquellos arrebatos esteticistas de Ang Lee y Zhang Yimou. Más bien lo contrario, He Ping apuesta por una película clásica de aventuras narrada sin apenas florituras y que toma prestados algunos rasgos del chanbara japonés, el wuxia hongkonés (especialmente el anterior a la década de los 70) y el western norteamericano, de tal modo que no esperen ver luchas con cables que desafían la gravedad (sólo utilizan el wirework en momentos muy puntuales), estampas preciosistas o cualquier intención de poética en movimiento. Dicho así, y después de ver el tráiler y el póster, uno podría podría pensar en aburrimiento o en prosaísmo, pero lo cierto es que la película va ganando fuerza a medida que avanza y presenta una historia atractiva y dinámica poblada por personajes ciertamente interesantes, en especial el teniente Li (Jiang Wen), acusado de insubordinación junto a sus hombres al negarse a asesinar a unos inocentes, y el emisario japonés Lai Xi (Nakai Kiichi), cuya misión es acabar con el primero para poder luego volver a su país. Sin embargo, ambos deben formar alianza para sobrevivir a un enemigo común y a las inclemencias del desierto del Gobi, mientras intentan hacer llegar a buen puerto el tesoro secreto que guarda un joven monje.
Y en ese último detalle, en el tesoro que deben transportar, es donde reside lo único que chirría en la película: una desviación hacia el misticismo que no sólo puede hacerse indigesta por motivos puramente narrativos sino también visuales, puesto que es la culpable de la aparición de algunos efectos infográficos bastante pobres y que no hacen ningún bien a todo lo conseguido en el resto de metraje. Dejando este escollo a un lado (y lo baboso de su título), Guerreros del Cielo y de la Tierra es un largometraje apreciable y hasta emocionante por momentos, una de esas historias que tanto nos gustan sobre el honor entre guerreros y la amistad perenne, con secuencias bélicas más eficientes que espectaculares y un reparto bien avenido. No hay nada memorable en ella ni se distingue mucho a primera vista de otras cintas de su corte, pero finalmente no es tan anodina como hace pensar su publicidad.
Y en ese último detalle, en el tesoro que deben transportar, es donde reside lo único que chirría en la película: una desviación hacia el misticismo que no sólo puede hacerse indigesta por motivos puramente narrativos sino también visuales, puesto que es la culpable de la aparición de algunos efectos infográficos bastante pobres y que no hacen ningún bien a todo lo conseguido en el resto de metraje. Dejando este escollo a un lado (y lo baboso de su título), Guerreros del Cielo y de la Tierra es un largometraje apreciable y hasta emocionante por momentos, una de esas historias que tanto nos gustan sobre el honor entre guerreros y la amistad perenne, con secuencias bélicas más eficientes que espectaculares y un reparto bien avenido. No hay nada memorable en ella ni se distingue mucho a primera vista de otras cintas de su corte, pero finalmente no es tan anodina como hace pensar su publicidad.
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8 abr 2010
'Furia de Titanes'

(Clash of the Titans. Louis Leterrier. Estados Unidos / Reino Unido. 2010. 106 minutos) Es fácil atacar a Furia de Titanes por sus mediocres efectos visuales (esa Medusa que parece sacada de un juego de PlayStation... 2), por su condición de remake de una película que ya era regulera (por mucho cariño que le tengan al stop-motion de Harryhausen) o por su adscripción de última hora a la moda del 3D (nota importante: no se filmó pensando en su estreno tridimensional, sino que fue una decisión tomada a posteriori, de ahí que resulte tan desangelada e insatisfactoria en este aspecto). También resulta sencillo sentir apatía ante un guión previsiblemente plano, como es de esperar en (casi)toda aspirante a taquillazo, pero a servidor lo que de verdad le ha molestado de la película, lo que realmente le ha supuesto una lástima, es que por primera vez se ha aburrido viendo un trabajo de Louis Leterrier. Hablamos del hombre que debutó con la loca y absolutamente reivindicable Transporter 2, que colocó a Jason Statham en el camino de la locura que luego explotarían mejor el dúo Neveldine/Taylor en el díptico Crank. Hablamos del responsable de darle a Jet Li el mejor papel que ha conseguido en una producción occidental en Danny the Dog, donde demostró que se podía mezclar melodrama de salón con hondonadas de hostias sin aparente dificultad. El mismo que intentó reflotar la (de momento abortada) franquicia Hulk con un título que poseía un clímax mucho más espectacular que el mismo enfrentamiento entre Perseo y el Kraken. Pero si ya en aquella cinta Leterrier, que habla y gesticula como si fuera un Tarantino galo, tuvo que sufrir los problemas implícitos de verse rodeado de mucho dinero y demasiados brazos metiendo mano en el resultado final, ahora confirma que sus aptitudes se adaptan mejor a la acción física, al cuerpo a cuerpo y a la frivolidad autoconsciente que al gigantismo y la epicidad. Definitivamente, le prefiero imitando a Hollywood desde Francia que siendo un pelele en Estados Unidos. Para colmo, Pierre Morel anuncia una nueva adaptación de Dune. Que Zeus nos asista.
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21 dic 2009
'Donde viven los monstruos'

(Where the wild things are. Spike Jonze. EEUU. 2009. 101 minutos). 2009 será recordado por dos motivos bien distintos: por ser el año en el que se concentra la mayor pérdida de celebridades amadas que recuerdo (Michael Jackson, Patrick Swayze, John Hughes, Dan O'Bannon, Paul Naschy, Brittany Murphy...) y por haberse convertido en el recipiente de un cine teóricamente infantil (o simplemente protagonizado por niños) que se salta las reglas de cortesía hacia su público objetivo y sus protagonistas y les sumerge en historias que poco tienen de amables y ligeras. Si Déjame entrar (de 2008, pero estrenada aquí en 2009) planteaba una historia de amor entre un niño y una niña vampiro que no siempre fue niña, Up lanzaba a la cara de los infantes una contundente reflexión sobre la muerte y (la aún por estrenar en España) 9 se mostraba como una ejemplar cinta de acción y aventuras en la que apenas había alivio cómico para la chavalería, Donde viven los monstruos nos presenta un concepto de la infancia poco amable que toma las ideas del bello cuento de Maurice Sendak y las lleva un paso más allá, radicalizando la idea base y ahondando también en la moraleja de la historia: los niños son seres complejos capaces de pasar de la ternura más desarmante al salvajismo inconsciente en cuestión de segundos, fuerzas a las que si se deja fuera de control pueden resultar dañinas para sí mismas, pero también portadores de la imaginación pura, aquella que es condicionada positivamente por los estímulos que reciben del mundo exterior pero todavía no corrompida ni coartada por estos.

Y en esas coordenadas se mueve Spike Jonze en este trabajo, capaz de provocar entusiasmo, risas, desconcierto y lágrimas en una misma secuencia y con la misma contundencia con la que un niño pasa de la carcajada al llanto de un momento a otro. Así, como reflejo de la inestabilidad emocional inherente a esa temprana etapa vital en la que todavía está todo por descubrir, Donde viven los monstruos se convierte en una joya sin pulir, con sus aristas y sus imperfecciones pero también con su brillantez. Como en aquella otra maravilla que fue El verano de Kikujiro, en la mayoría de metraje de Donde viven los monstruos no ocurre nada, pero lejos de ser un demérito esto se convierte en uno de los aspectos más arrebatadores de la película: todo está supeditado a la imaginación y a la voluntad del niño protagonista y, como tal, la mayor parte del tiempo asistimos a una concatenación de juegos que acaban por convertirse en el argumento, al ser estos los que trazan el aprendizaje del protagonista y los que le guían a desechar su mundo imaginario para volver a la calidez (estricta, pero confortable al fin y al cabo) de su madre. En ese sentido, los monstruos de esa isla imaginaria están totalmente subordinados a este proceso didáctico que experimenta el niño Max, y sus problemas internos como microsociedad no son otros que los que este debe afrontar con sus mayores, por lo tanto no es de extrañar que al final (sin desvelar nada) dé la sensación de que no se ha resuelto ninguno de los conflictos que el protagonista ha generado entre los monstruos, ya que estos no son más que reflejos del que Max acaba superando en el tercer acto.
En un plano más técnico, es encomiable el modo en el que Jonze consigue que una producción de 80 millones de dólares parezca una película pequeña e intimista, que huye de la espectacularidad artificial de otras aventuras con niños y monstruos para fijar su ojo en lo humano y conseguir una sensación de placidez en el espectador que, por contraste, refuerza el impacto de aquellos momentos oscuros y casi terroríficos que nacen de las reacciones imprevisibles de las cosas salvajes del título original. Podía existir antes la duda de si Spike Jonze seguiría siendo igual de interesante sin la ayuda de Charlie Kaufman en el guión. Después de Donde viven los monstruos, cualquier suspicacia al respecto debería quedar obsoleta.
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11 ago 2009
'Up'

(Up. Pete Docter, Bob Peterson. EEUU. 2009. 96 minutos). Si ya con Wall-E Pixar superó el complicado reto de plantear durante un buen porcentaje de su metraje una película muda sobre la historia de amor entre dos robots, con Up realiza un triple salto mortal de ejecución pluscuamperfecta con el que barre cualquier competencia en el panorama de la animación actual. Y no tiene nada que ver con la técnica: lo que hace a Up grande no es su acabado formal, sino su belleza conceptual y una riqueza narrativa con la que el término "animación" debería dejar de ser utilizado para determinar un código genérico y pasar a considerarse una herramienta de filmación más que una etiqueta.
El protagonismo de un anciano, además de constituir un desafío a las leyes del marketing sobre las que se ha sustentado Disney en otras épocas, se presenta asimismo como una declaración de intenciones evidente: Pixar ha llegado a un estado de madurez que le permite dirigirse directamente a un público adulto que apreciará en Up aspectos que pasarán inadvertidos para los más pequeños, mientras que estos disfrutarán con los chistes, la acción y esos perros parlantes que tanto están criticando algunos de manera innecesaria, puesto que no restan ni un ápice de mérito a esta obra maestra de profundo calado emocional (esto es un tópico ya, pero es cierto que los primeros quince minutos constituyen por méritos propios una sublime miniatura sobre la imaginación, la ilusión y el dolor).
Porque, manteniendo intacto el sentido del espectáculo y la diversión (esas set-pieces marca de la casa), en Up se plantean temas que huyen del infantilismo o la comedia coyuntural, como el degenerativo paso del tiempo, el aborto, la soledad y el amor más allá de la muerte, algo que hermana la película a otras dos joyas como Roujin-Z y Monster House en la identificación de la amada fallecida con un objeto (un robot en la de Katsuhiro Otomo, una casa en la de Gil Kenan y la que nos ocupa). La perfección con la que se mezclan todas esas facetas en Up es la que la convierte en la joya ineludible de la temporada, precedida además por otro de los más logradados trabajos de Pixar, el corto Partly cloudy (Parcialmente nublado). En 3D o en 2D, en versión original o doblada, si todavía no han visto Up están perdiendo el tiempo.
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15 jun 2008
'Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal'
(Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull. Steven Spielberg. EEUU, 2008. 124 min.) Acomodado en las plácidas y molestas parcelas del crowd pleaser, el regreso de Indiana Jones de kilométrico título y sanas intenciones (hacer dinero a costa de una nostalgia ochentera que a la vez apela a tiempos más lejanos en el calendario y a otra forma más naïf de entender el cine espectáculo) cumple a la perfección su cometido de hacer pasar por caja a los eventuales, esos espectadores que sólo van al cine una o dos veces al año y siempre para ver algo poco arriesgado, con mucha publicidad y que se recomienda con facilidad porque no molesta a nadie. Al que esto escribe, que no tiene ninguna de las entregas previas de Indy entre su colección de dos mil y pico de títulos, la cosa sigue sin hacerle demasiada gracia, y ni siquiera las carcajadas y la cara de disfrute total de su casual vecina de butaca lograron evitar que sintiera el aguijonazo del sueño y la desgana durante no pocos momentos de la sesión.Nunca puse en duda que un Harrison Ford sexagenario pudiera seguir correteando con el látigo, porque me parece una gilipollez existiendo tan buenos especialistas y todos esos fx que Spielberg jura que no ha usado y que cantan como los que más. Pero tenía serias dudas de la capacidad de esta aventura para fascinarme y hacerme caer en las redes del fanatismo más entregado y acomodaticio. Y no: Indiana Jones sigue sin ponerme enhiesto, lo mismo que la otra saga protagonizada por Harrison Ford y ambientada en una galaxia muy, muy lejana llena de personajes cansinos y ruidosos que gusta mucho a mucha gente pero a mí sólo un poco. Mi recuerdo más emocionante relativo al universo de Indiana Jones es aquel que describe mi agobio al rascar con la uña la etiqueta plateada del vhs de El templo maldito (mi favorita de la serie, lo cual dice mucho sobre lo que difiero de los que sí son fans de Indy), sólo por curiosidad, y pensar que en el videoclub me iban a obligar a comprar otra cinta porque el título había quedado casi ininteligible en la pegatina. Así que entenderán que planos diseñados explícitamente para provocar el éxtasis de los fans, como aquel en que la sombra de Indiana recoge del suelo su viejo sombrero, a mí no me inducen a otra cosa que a pensar "mira, un chiste para la galería". Y entenderán también, porque les considero inteligentes, que no voy a destrozar despiadadamente algo con lo que no caso porque, sencillamente, me da igual y supondría un esfuerzo al que no me quiero entregar a estas horas de la noche y cuando aún tengo el cuerpo mustio después de haberme quedado atontado con La Niebla de Frank Darabont.
El haber dejado pasar unas semanas después del estreno para ver Indy 4 ya dice mucho de mi desgana y, aunque no es que lo pasara mal durante la experiencia, lo cierto es que lo que más disfruté de la película fue lo que menos tiene que ver con la mitología del señor del látigo: el personaje de Mutt Williams, la ambientación de la década de los 50, el rock'n roll, la paranoia comunista y radiactiva (¡esa forma de escaparse de una explosión nuclear! ¡para que luego se quejen de Double Team!) y esos extraterrestres que al parecer tanto están molestando y que a mí me saben a poco y a fallido intento final por sorprender al espectador (que debe tener muy poca capacidad de deducción para no darse cuenta de a qué se enfrenta Indiana desde el principio). Por lo demás, se puede decir que las escenas de acción funcionan bien, a pesar de ser totalmente mecánicas y tener menos alma que una canción de David Civera. Y que Karen Allen en plan borderline da cosica. Lo mejor, además de pasar un buen rato al fin y al cabo, es el bello espectáculo de la destrucción que propone con la citada seta radiactiva y con la orgía catastrófica del final (la boda no, lo que viene antes).
El haber dejado pasar unas semanas después del estreno para ver Indy 4 ya dice mucho de mi desgana y, aunque no es que lo pasara mal durante la experiencia, lo cierto es que lo que más disfruté de la película fue lo que menos tiene que ver con la mitología del señor del látigo: el personaje de Mutt Williams, la ambientación de la década de los 50, el rock'n roll, la paranoia comunista y radiactiva (¡esa forma de escaparse de una explosión nuclear! ¡para que luego se quejen de Double Team!) y esos extraterrestres que al parecer tanto están molestando y que a mí me saben a poco y a fallido intento final por sorprender al espectador (que debe tener muy poca capacidad de deducción para no darse cuenta de a qué se enfrenta Indiana desde el principio). Por lo demás, se puede decir que las escenas de acción funcionan bien, a pesar de ser totalmente mecánicas y tener menos alma que una canción de David Civera. Y que Karen Allen en plan borderline da cosica. Lo mejor, además de pasar un buen rato al fin y al cabo, es el bello espectáculo de la destrucción que propone con la citada seta radiactiva y con la orgía catastrófica del final (la boda no, lo que viene antes).
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3 ene 2006
'Azumi'
(Azumi. Ryuhei Kitamura. Japón. 2003. 123 minutos) Si bien siempre he sido un entusiasta del cine de Hong Kong, llegando a interesarme por otras cinematografías orientales, también es cierto que nunca he consumido demasiado cine japonés. Ahora es un buen momento para hacerlo, ya que se está editando en DVD un gran número de cintas de esa nacionalidad, especialmente sus clásicos más destacados. Así, mi conocimiento de tal cine se limita a algunos títulos de Kurosawa (Los siete samuráis, Rashomon, Yojimbo, …), alguno de Kenji Mizoguchi (Cuentos de la luna pálida, que me enamoró de inmediato) y Seijun Suzuki (La juventud de la bestia o El vagabundo Kanto), sin contar el anime, el cine de terror más reciente o las excelencias de Takashi Miike y Takeshi Kitano. Es por esto que al enfrentarme a una producción como Azumi lo hago sin demasiados referentes, ya que ni conozco el manga en que está basada ni demasiados exponentes del género chambara (películas de samuráis).
¿Va a ser entonces ésta una crítica ignorante? Pues en parte sí, ya que me gustaría conocer mucho más a fondo el género al que Azumi homenajea. Pero, por otro lado, no me es ni mucho menos desconocida la imagen mítica de Toshiro Mifune empuñando una katana en cualquiera de sus películas (seguramente, el icono más representativo del género), y estoy seguro de que hay gente que ve y critica Azumi sin ni siquiera haber visto jamás a este actor en acción, así que supongo que tampoco soy ignorante del todo al respecto.
Si aclaro todo esto es porque pienso que la crítica cinematográfica debería hacerse desde la modestia, aceptando las carencias de cada uno, y no desde el pedestal de pedantería desde el que, a veces, algunos escriben (con lo que lo único que consiguen es constatar su ignorancia sobre algunos temas). Vaya por delante también que no me considero crítico de cine, ya que no me pagan por ello (aunque es algo a lo que me gustaría dedicarme por completo). Simplemente soy alguien que ama el cine y al que le encanta escribir sobre ello. Y, por qué no decirlo, que también disfruta cuando le dicen cosas como “tú eres el crítico de la página web, ¿verdad?” o “no sabía que escribías en esa revista”.
Tras esta declaración de intenciones que no tenía previsto incluir en esta reseña, volvamos a Azumi, segunda película que veo de Ryuhei Kitamura (tras la interesante pero algo lenta Sky High), quien se hizo famoso con un largometraje que mezclaba el chambara con los zombies, Versus. En Azumi, nos cuenta la historia de diez huérfanos que son criados en la montaña y entrenados por un viejo samurai. Cuando el entrenamiento se ha prolongado diez años, el maestro les dice que van a abandonar su retiro y van a comenzar a llevar a la práctica sus conocimientos, encargándoles la misión de asesinar a todos los tiranos que impiden que su nación esté en paz (curiosa lógica: matar a los que matan para que nadie más muera). Pero antes de enfrentarse a tal cometido, los jóvenes deben demostrar que se han convertido en asesinos sin piedad a los que ningún sentimiento les impedirá triunfar en la misión. La prueba de fuego: el maestro les pide que elijan al compañero con el que quieren emprender su aventura y, a continuación (en el primer golpe de efecto de los muchos que oscurecen la trama) les ordena que se maten entre ellos. Es decir, de los diez muchachos sólo pueden quedar cinco. La escena es sobrecogedora y consigue que, a partir de aquí, estemos inquietos ante la posibilidad de que cualquier cosa puede suceder con los protagonistas.
Ya en esta secuencia toma el protagonismo la joven Azumi, la única chica del grupo y también la única que durante unos momentos consigue apartarse de su misión para intentar ser una chica normal. Pero tras problemas internos en el grupo, la aparición de un asesino aún más poderoso que ellos, Bijomaru (puro personaje de cómic, siempre con una rosa en la mano), y un intento de violación por parte de unos bandidos, Azumi no tiene más remedio que retomar las armas y acabar plantándole cara a doscientos hombres sedientos de sangre, en uno de los clímax más espectaculares que se podrían imaginar.
Azumi, la película, tiene una gran virtud de la que pocas pueden hacer gala: sus dos horas de metraje se pasan volando. Contradiciendo lo habitual en casi todas las cintas japonesas que he visto, el ritmo de Azumi es trepidante, casi sin pausa, con escenas de acción magistrales (además del clímax, hay que destacar sin duda el combate entre Bijomaru y uno de los cinco protagonistas en un campo abierto) que no dudan en tomar elementos prestados del cine de acción de Hong Kong (los cables, las coreografías) y el manga del que procede (algunas exageraciones, como el personaje que sale volando hacia la cámara tras una explosión). El director va diseminando peligros por el metraje, pruebas que los protagonistas deben superar (y en las que algunos fracasan de manera dolorosa), que hacen que nunca perdamos interés por lo que está pasando.
Pero algunos detalles de las escenas de acción (el grotesco desenlace del combate entre Azumi y Bijomaru, sobre todo) parecen entrar en conflicto con la seriedad de otras escenas (el dramatismo de la prueba inicial, las historias de amor truncadas por la violencia o el destino del joven envenenado por un ninja), creando una dicotomía que puede desconcertar al espectador menos presto al delirio (los que van al cine con las leyes de la física en la cabeza, no podrán hacer otra cosa que desesperarse en algunos instantes, sobre todo en el - innecesario - momento final en el barco).
Para el que esto escribe, los grandes momentos de Azumi compensan con creces a los menos afortunados y, del mismo modo que uno perdona los defectos de la persona de la que se enamora, quedé rendido ante ella, pudiendo afirmar sin rubor que es uno de los DVD con los que más he disfrutado en los últimos tiempos. Hablando del DVD, mis felicitaciones a Manga Films por seguir trayéndonos cine oriental a nuestras casas. Aunque no siempre con ediciones muy elaboradas, la de Azumi incluye unas dos horas de extras. Y extras interesantes, para variar. Desde las discusiones violentas del director y el productor de la película, hasta el accidente que le causó un buen susto a Aya Ueto el primer día de rodaje.
Ahora tendré que hacerme con la segunda parte. Aunque, por lo que he visto en algún tráiler, mucho me temo que carecerá del dramatismo de ésta. Será cuestión de comprobarlo…
Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Algo que caracterizaba mi etapa en aquel primerizo blog era que tenía cierta tendencia a llamar la atención sobre algunos asuntos o personas de manera velada pero intencionada. Seguro que mis menciones al hecho de ser crítico profesional o a estar enamorado no estaban ahí porque sí, sino que serían recados para quienes correspondiera en ese momento. Es otro rasgo que intento evitar actualmente. En cuanto a la segunda parte de la película, lo cierto es que intenté verla en dos ocasiones y en ambas tuve que dejarlo por aburrimiento. Dudo que le dé una tercera oportunidad.
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26 dic 2005
'Hermanos de sangre'
(The Blood brothers / Chi ma. Chang Cheh. Hong Kong. 1973. 118 minutos) Aunque llevo toda la vida viendo películas de Hong Kong y cine de artes marciales, no ha sido hasta este año cuando he empezado a ver películas de la Shaw Brothers. Al menos de manera consciente, ya que de pequeño no sabía si estaba viendo algo de la Shaw, de la Golden Harvest, de la Seasonal o de la que fuera...
Así, este año me he puesto las pilas y he comprado todas las pelis de esta productora que he podido encontrar: Los Héroes, El trío magnífico, Todos los hombres son hermanos, Hermanos de sangre, Shaolin Invincible y Discípulos de Shaolín. Todas editadas por Manga Films, remasterizadas y, hasta donde yo sé, con el metraje íntegro. Sé que han editado dos títulos más que, de momento, no tengo: Las 36 cámaras de Shaolin y Regreso a Shaolin. En las filmografías que aparecen en los DVDs, anuncian un montón de futuros títulos de la colección "Clásicos de las Artes Marciales", pero que yo sepa no han vuelto a sacar ningún título a la venta.
Centrémonos en Hermanos de sangre, dirigida por el que quizá sea el nombre más importante de la Shaw, jungo a Lau Kar Leung (o Liu Chia-liang): Chang Cheh; y protagonizada por tres de sus actores más carismáticos: David Chiang, Ti Lung y Chen Kuan-tai.
Ambientada en la Dinastía Ching, se centra en el general Ma Hsing I (Ti Lung), quien es asesinado por el que fuera uno de sus hermanos de sangre, Chang Wen Hsiang (David Chiang). Chang es arrestado al principio de la película y llevado ante un juez. Allí el preso (que se ha entregado voluntariamente) escribe su declaración y es a través de sus escritos cómo el espectador conoce su historia y qué le llevó a matar al general.
Con esta estructura, Ni Kuang y Chang Cheh (responsables del guión) consiguen ganar nuestra atención de inmediato, ya que siempre es interesante la figura del "cuentacuentos" para captar la atención del público en las primeras escenas (se me vienen a la cabeza otros dos ejemplos, como el Tiburón de Spielberg o La Niebla de Carpenter). Pero la idea se iría al traste si la historia que nos cuentan no fuera interesante: Chang Wen Hsiang y Huang Chung (Chen Kuan-tai) son dos bandidos que se dedican a asaltar a los que se cruzan en su camino. En cierta ocasión, pretenden atracar a Ma Hsing I, provocando una pelea a tres bandas en la que todos quedan soprendidos por las habilidades de sus adversarios. Cuando Chang decide dejar marchar a Ma, éste les regala el dinero que llevaba encima.
Momentos después, en la casa en la que viven Chang, Huang y su esposa Mi Lan (Ching Li), aparece Ma y convence a sus nuevos amigos para que le ayuden a concretar sus ambiciosos planes. Los tres luchadores se alían para enfrentarse a una banda de la que pronto se hacen líderes. Ya convertidos en hermanos de sangre, Ma comienza a sentirse atraído por Mi Lan. Ésta, harta de la fama de mujeriego de su marido, comienza a encontrar en Ma lo que echa en falta en Huang. Así, viven un conato de relación a escondidas que se ve truncada cuando Ma decide presentarse a las pruebas para entrar a formar parte del ejército Ming, mientras que Chang y Huang se encargan de adiestrar a su propia banda. Cuando Ma ha escalado en su carrera militar, decide convocar a sus "hermanos" y llevarlos con él al ejército. Pero eso también significa reencontrarse con Mi Lan, lo que desembocará en una situación en la que el honor y la amistad quedan sepultadas bajo la traición, el engaño y la violencia.
Hermanos de sangre es una película épica de artes marciales, de eso no cabe duda, pero si me ha gustado más que los otros títulos que he visto de la Shaw Brothers es porque, además de eso, es una historia contada con paciencia y atención al detalle (la utilización de una aguja para el pelo como símbolo del engaño, por ejemplo), en la que las escenas de acción están perfectamente integradas en su argumento, y con unos personajes carismáticos y creíbles a los que vemos evolucionar en la pantalla.
Por otro lado, según he leído, es una de las pocas películas de Chang Cheh en las que se muestra una relación de amor entre un hombre y una mujer, algo que puede parecer convencional para algunos, pero que es una rareza en la cinematografía de un director que se ocupó principalmente de retratar la amistad masculina en todas sus variantes (hay quien ve en su filmografía un fuerte componente homosexual). De este modo, y como sucede en tantas otras historias, el desencadenante de la acción es el amor: la pasión que sienten Ma y Mi Lan mutuamente es la que, junto a la ambición del primero, provoca el enfrentamiento entre tres personajes que habían sido íntimos amigos, hermanos de sangre como dice el título.
Aunque siempre es difícil ver las cosas con objetividad cuando se toca un tema que te apasiona, Hermanos de sangre podría ser fácilmente una de esas pocas películas que puede gustar a cualquier amante del cine, independientemente de sus gustos genéricos. Su clasicismo narrativo, su elegancia formal y la poca abundancia de hemoglobina hacen que sea una película de Kung-fu para todo tipo de públicos (que no es lo mismo que para todos los públicos), precisamente porque su historia es mucho más atractiva y emocionante que la de muchas otras muestras de su género.
Hermanos de sangre es, también, una de las últimas grandes aportaciones del género wuxia antes de que quedara en un segundo plano con el éxito de las películas de Kung-fu contemporáneas (después del éxito de Bruce Lee) y del chop-sockey (las comedias de kung-fu que pusieron de moda Jackie Chan, Samo Hung y Yuen Biao, por ejemplo). Precisamente, otro de los grandes aciertos de esta cinta es que mezcla el género wuxia de caballeros dinásticos con los combates de Kung-fu cuerpo a cuerpo, con una combinación realmente efectiva. Estamos pues ante una obra esencial, una de esas cumbres artísticas que todo género cinematográfico posee y que son las que trascienden a otras audiencias. Los más habituados al cine de Hong Kong podrán ver influencias de Hermanos de sangre en otros grandes títulos como Una bala en la cabeza, de John Woo (otra historia de amistad y traición) o Hero, de Zhang Yimou (en la forma en la que está narrada la cinta, con un personaje declarando ante otro en una situación muy similar).
Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: Como ya ocurría en la reseña publicada sobre La casa de las dagas voladoras, en este post trato de justificar en cierto modo el hecho de considerar una película de artes marciales como una obra maestra, amparándome en su presunta validez para cualquier tipo de espectador. Error. Ahora dudo seriamente de que cualquier persona se acerque a títulos como este si no es un estudioso o un aficionado genuino del cine de hostias. Cualquier aproximación desde un punto de vista puramente cinéfilo o artístico, entendiendo como tal ese acercamiento al cine como Arte que se mide bajo un único criterio y en el que no existen divisiones genéricas o intencionales, me parece una pérdida de tiempo. Hermanos de sangre es una obra maestra por sí misma y tiene sentido como película de artes marciales, sin necesidad de ser comparada con obras de otros géneros o desvirtuada por la opinión de profanos o espectadores vagos.
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19 dic 2005
'King Kong'
(King Kong. Peter Jackson. Estados Unidos / Nueva Zelanda. 2005. 187 minutos) Por fin, tras una larga espera y un par de intentos frustrados, Peter Jackson ha podido cumplir su sueño infantil de filmar su propia versión de King Kong.
Por motivos personales tuve que esperar unos días más de los previstos para poder ir al cine a disfrutarla, pero la espera ha merecido la pena. Mientras la pantalla me devoraba (sólo pude conseguir entradas en la fila 7), no dejaba de pensar en lo afortunados que son los que ven esta historia por primera vez, especialmente esos niños que se han podido iniciar en el bello hábito de ir al cine con esta superproducción. Esos pequeños que hayan ido por primera vez al cine a ver esta película se habrán quedado extasiados, y probablemente alguno de ellos sentirá por primera vez el gusanillo del arte cinematográfico, como le pasó al propio peter Jackson cuando vio el King Kong de 1933 en televisión.
En estos momentos, me cuesta pensar en otra figura cinematográfica más poderosa que Peter Jackson, capaz de aunar calidad y comercialidad con éxito y sin perder coherencia con el resto de su obra, siempre con los ojos puestos en su mundo de sueños y, ahora también, en la taquilla. Habiendo visto toda su obra, puedo decir sin reparos que es uno de mis directores favoritos, ya que absolutamente todos sus trabajos me han hechizado: Mal Gusto (alucinante comedia gore rodada a través de los años con sus amigos), Braindead - Tu madre se ha comido a mi perro (otra comedia gore, de las más sangrientas e hilarantes de la historia del cine), El delirante mundo de los Feebles (cinta rodada con marionetas y muy mala leche), Forgotten Silver (ese pequeño gran documental ficticio lleno de magia), Criaturas Celestiales (quizá su mejor película, enternecedora y dura al mismo tiempo), Agárrame esos fantasmas (posiblemente su obra más floja, pero aún así tremendamente divertida e imaginativa) y, por supuesto, la trilogía de El Señor de los Anillos (la saga más importante de las últimas décadas). Por fin, y tras el poder adquirido en la industria después de conseguir 11 Oscar con El retorno del Rey, Jackson ha hecho la película para la que se hizo director.
Ya a mediados de los 90 estuvo a punto de realizarla, pero ninguna productora confió en él. Ahora, con los millones amasados en los últimos años y con el privilegio de tener el final cut en sus proyectos (lo que viene a significar que puede hacer lo que le de la gana con sus películas, cosa que pocos pueden decir), no hay quién le tosa a Peter Jackson.
Seguramente los premios no serán generosos con su King Kong, quizá en taquilla no logré amasar lo mismo que sus tres últimos trabajos... pero el propio Jackson decía en una entrevista que era consciente de haber llegado a lo más alto con la saga tolkieana, y que a partir de ahora es cuando iba a divertirse. Me imagino a Jackson en su sala de proyección en Nueva Zelanda, disfrutando y emociónandose con su King Kong igual que cuando era un niño, con la satisfacción que sólo dan los sueños cumplidos.
A estas alturas, contar el argumento de la película es algo innecesario. Todos la conocemos ya, o casi todos. Antes de ver la película ya sabemos cómo empieza y cómo va a acabar. En ese sentido, no hay ninguna sorpresa. Pero, si bien el clásico de 1933 tiene un encanto inmortal que el tiempo no ha podido arrebatarle, la versión de Peter Jackson nos muestra a un Kong como jamás nos lo han enseñado antes. Tras llegar a un punto que parece imposible de superar (aunque quien sabe qué nos depara el futuro), los efectos visuales han dejado se ser el único atractivo de muchas superproducciones para convertirse en una herramienta más para contar la historia. Y, sobre todo, para hacerla creíble. Y, amigos míos, este Kong es realmente creíble. Casi parece que lo pudieras tocar, a pesar de que hasta su último pelo es virtual. El equipo de WETA ha conseguido crear la criatura infográfica más real que jamás haya visto, y esto es algo sin lo que la historia no funcionaría bien.
Y es que este King Kong es, más que ninguna otra versión, una historia de amor entre una mujer y un animal salvaje. Si, por centrarnos sólo en las versiones más conocidas, Fay Wray se pasaba la película gritando y desmayándose en la versión del 33, y Jessica Lange nos era mostrada como un reclamo puramente sexual en la del 76, la Ann Darrow interpretada por Naomi Watts es la única que se muestra realmente enamorada del gorila gigante. Y el sentimiento es, claro está, recíproco. Además de las sublimes escenas de acción (durante la pelea de Kong contra los tiranosaurios vibraba de pura excitación), lo mejor de esta versión es la relación entre Ann y Kong: vemos como pasan del inicial recelo a tomar poco a poco confianza, hasta que aparece el cariño y posteriormente son capaces de sacrificar su vida el uno por el otro. Aunque suene un poco absurda esta frase, entre ellos hay lo que se llama "química". Sabemos lo que se están diciendo sin que pronuncien palabra, y nos gusta verlos juntos, nos gusta ver cómo King Kong ríe ante las payasadas de Ann, cómo juegan en el lago helado como podrían hacerlo dos adolescentes enamorados... Con esto, Jackson consigue que nos volvamos a emocionar ante un final que nos sabemos de memoria, que lloremos por una criatura que no existe más que en la pantalla... y a eso le llamo yo la verdadera magia del cine.
Luego está la otra película, la de aventuras, la que nos muestra a Jack Driscoll (Adrien Brody), Carl Denham (Jack Black) y compañía luchando contra todo tipo de bestias e insectos gigantes, e intentando rescatar a Ann a toda costa. Lo curioso es que quizá Ann no quiera ser rescatada, pero eso nadie se lo plantea en la película. La historia es tan simple como la de dos enamorados que no necesitan otra cosa que estar juntos, pero a los que el resto del mundo no les dejan ser felices.
Es evidente por mis palabras que el King Kong de Peter Jackson me ha maravillado. Pero eso no me impide reconcer que esta vez se ha pasado con las más de tres horas de metraje. Como era de esperar, los personajes no llegan a Skull Island hasta bien entrados los 60 minutos. O, al menos, esa es la sensación que me dio (tampoco es plan de entrar al cine con el cronómetro en la mano...). Toda esa hora de premilinares, aunque narrada con sentido del humor (Jackson hace referencia directa a Fay Wray y a la versión de la RKO de King Kong), se me antoja algo inútil por momentos, ya que el público lo que realmente quiere ver es al gran Kong y el resto de criaturas que le acompañan en la Isla de la Calavera. Pero eso sí, una vez llegan allí, la acción se dispara y ya no da respiro al espectador. Y, cuando lo hace, es para mostrarnos escenas que realmente aportan algo a la relación entre los personajes.
En cuanto a la labor de dirección de Jackson, decir que sigue en la línea de sus últimos trabajos: especial preocupación por la atmósfera, grandes panorámicas aereas, eficaces escenas de acción y buen ritmo. Como apunte personal, destacar que en las últimas escenas llegué a sentir algo de vértigo en los planos subjetivos de los pilotos de avionetas.
En definitiva, otra de esas películas que estarán en mi estantería cuando salga la edición en DVD.
Publicado originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: este es uno de esos casos en los que no me reconozco en mis palabras. Digo al final del artículo que la película pasará a engrosar mi colección de dvd's, pero lo cierto es que no sólo no he comprado ninguna de sus ediciones sino que no he vuelto a verla. Debió pillarme en un momento en el que estaba demasiado enamorado o hacía bastante tiempo que no pisaba un cine, porque no encuentro otra explicación. Además me meto con Agárrame esos fantasmas, lo cual roza lo imperdonable. Este post es lo que pensaba en 2005 sobre Peter Jackson. Para saber lo que pienso ahora, en 2010, pinchen aquí.
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6 nov 2005
'La Casa de las Dagas Voladoras'
(Shi mian mai fu / House of Flying Daggers. Zhang Yimou. China / Hong Kong. 2004. 119 minutos) ¿Habéis visto Hero, de Zhang Yimou? Pues si os gustó esa maravilla, no podéis perderos esta otra joya del mismo director (que para fortuna de todos, parece haberle cogido el gusto al género de las artes marciales).
Yo soy de los que disfrutan con casi cualquier película de kung-fu. No soy muy exigente. Con ver a dos chinos repartiéndose estopa durante hora y cuarto ya me doy por satisfecho (y digo "chinos" porque ellos, especialmente los de Hong Kong, son los que dominan la materia).
Pero es innegable que a veces, cuando me sale la vena cultureta y el cinéfilo pide paso al cinéfago, echo de menos algo más de chicha, una buena historia, unos personajes con los que identificarme.
Y aquí está la grandeza de La casa de las dagas voladoras: además de unos combates y unas escenas de acción totalmente deslumbrantes (especialmente el mágico clímax en la nieve), nos narra una bella, simple y conmovedora historia de amor a tres bandas.
Si Tigre & Dragón, de Ang Lee, fallaba en algunos aspectos (estaba hecha pensando en el público occidental, era demasiado lenta...) y a Hero se le achacaba una falta de mayor densidad dramática (cosa que, a mi parecer, no necesitaba la película), La casa de las dagas voladoras triunfa en esos aspectos que fallaron en sus referentes más directos (aunque nos podríamos remontar a toda la historia del género wuxia, con King Hu a la cabeza).
Sin desvelar ni una pizca del argumento (aunque hace dos párrafos ya he destripado suficiente), os diré que si queréis pasar dos horas disfrutando de un entretenimiento perfecto, de una película de aventuras, de coreografías espectaculares y preciosistas (el baile de los pañuelos es para quitarse el sombrero), de una fotografía impresionante, de una música hipnotizante, de unas interpretaciones de lujo... La casa de las dagas voladoras os hará vibrar y quizá hasta llorar (¿por qué no?).
Y esta vez no os hablo desde la pura cinefagia enfermiza. La mejor prueba de que lo que digo es cierto es que mi madre se emocionó al verla conmigo. Y no es precisamente fan de las películas de kung fu (aunque, curiosamente, sí de las de Jackie Chan).
Una joya para tod@s.
Publicada originalmente en Natural High. Notas desde el futuro: En 2010, que es el año en el que estoy recuperando esta reseña del pasado, siento una considerable vergüenza al comprobar que dije algo así, hablando sobre el cine de artes marciales: "es innegable que a veces, cuando me sale la vena cultureta y el cinéfilo pide paso al cinéfago, echo de menos algo más de chicha, una buena historia, unos personajes con los que identificarme." Hoy jamás diría eso. Es más, si tuviera una máquina del tiempo le daría una hostia al PJ de 2005 por haber escrito semejante gilipollez. De cualquier modo, el tono general de la reseña es bastante deplorable.
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