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13 feb 2010

'The Road (La Carretera)'

(The Road. John Hillcoat. EEUU. 2009. 111 minutos). La Carretera, la novela de Cormac McCarthy en la que se basa esta película, poseía una estructura singular que arrebataba al lector la posibilidad de ejercer una lectura por tiempos: la ausencia de capítulos remarcados como tales generaba una ansiedad y una necesidad constante de seguir adelante con las páginas, consiguiendo de manera inteligente una sensación de asfixia que potenciaba aún más la radicalidad de sus palabras, al tiempo que colocaba al lector en una situación carente de cualquier comodidad tanto por lo que se contaba en la novela como por el modo en el que se planteaba formalmente. Existía, entonces, una secuencialidad que la emparejaba con el cine en tanto parecía concebida para ser digerida de una vez, sin pausas, como una única unidad narrativa dividida en actos pero no en episodios distinguibles a simple vista con una fugaz hojeada. El auténtico problema a la hora de adaptar la novela al medio audiovisual era cómo capturar lo que aquella narraba: el viaje de un padre y su hijo por un entorno muerto y con un destino incierto, basado en la esperanza de encontrar un rayo de luz en mitad de un paisaje lleno de nieve y ceniza, y en la que las reflexiones apocalípticas y morales tenían un peso mucho mayor que el contexto de la supervivencia y la lucha contra los caníbales.

La Carretera, película, nace pues con todas las desventajas que se le pueden suponer a cualquier adaptación de una obra literaria fundamental y que se pueden resumir en una: la imposibilidad de recrear el impacto del original. Partiendo de esa base, y siendo consciente de la injusticia e inevitabilidad que supone la comparativa, John Hillcoat supera las adversidades y entrega un largometraje notable y eficaz, con un guión de Joe Penhall que atrapa la esencia de la novela de McCarthy y una fotografía de Javier Aguirresarobe que recrea con acierto el escenario yermo por el que deambulan los protagonistas, todos interpretados de manera correcta por un reparto ajustado. Sus problemas, no siempre relativos al enfrentamiento con el original, tienen que ver con el medio: se ve obligada a pagar el peaje que supone dirigirse al gran público, mediante herramientas que pueden resultar incómodas. Hablo por ejemplo del exceso de flashbacks que sólo parecen tener sentido desde un punto de vista comercial, con la finalidad de otorgarle a Charlize Theron más minutos en pantalla. Pero sobre todo pienso en un irritante uso de la música como instrumento de acentuación dramática que anula, irónicamente, el efecto devastador que poseían los diálogos secos y cortantes de la novela, así como sus momentos más desoladores. Son males menores, de cualquier modo, en una película a veces positivamente incómoda y siempre interesante.

7 feb 2010

Sherlock


En el último número de Crónicas de un pueblo hablé sobre el Sherlock Holmes de Guy Ritchie y, sobre todo, de las curiosas reacciones que ha provocado. Aquí tienen el resultado.

Les confesaré algo: jamás he leído una novela de Arthur Conan Doyle y, por tanto, mi relación con el personaje de SHERLOCK HOLMES no tiene ninguna rémora sentimental que me hiciera desconfiar a priori de la versión cinematográfica servida por un recuperado Guy Ritchie (después de casi arruinar su carrera mientras estuvo compartiendo lecho con Madonna). Debido a las muestras de (casi) indignación que algunos han mostrado hacia la película, parece que soy de los únicos que no tienen un Doctorado en “Sherlockholmismo”: de repente ha surgido de no se sabe dónde una caterva de puristas expertos en Conan Doyle que no han abierto un libro de este buen señor en su vida, molestos por ver a Sherlock Holmes haciendo artes marciales, por el poco creíble acento inglés de Robert Downey Jr. (los que la han visto en versión original, claro) o por el hecho de que Watson no sea un tipo rechoncho con bombín sino el guaperas de Jude Law. Pamplinas. En lo del acento, vale, puedo entenderlo, pero mi última preocupación cuando veo una película es si el acento del protagonista se ajusta a la realidad geográfica donde se ubica la historia. En cuanto a lo demás, no hace más que delatar a esos impostores que se las dan de saber mucho de Sherlock Holmes y no pueden hacer otra cosa que quedar en evidencia a poco que se investigue (o que hable con alguien que sí que tiene experiencia en la lectura de los textos de Arthur Conan Doyle): en ‘La aventura de la casa vacía’ (1901), el escritor describía cómo Sherlock Holmes se deshacía de un enemigo utilizando técnicas del Bartitsu (aunque lo escribió de manera incorrecta, “Baritsu”), un arte marcial desarrollado en Inglaterra entre 1898 y 1902 por un ingeniero británico que había pasado tres años viviendo en Japón. En cuanto a Watson, en las novelas es descrito como un exmilitar, un hombre de acción, y no el acompañante ñoño que el cine se ha encargado de establecer como imagen canónica del personaje.
Pero calibrar el éxito de una película en función del rango de fidelidad con respecto a su original (una novela, una serie de televisión, un videojuego, lo que sea) es algo de lo que nadie debería fiarse y, como ya dije, en este caso mis referencias eran insuficientes. Así que sólo me queda valorar el SHERLOCK HOLMES de Guy Ritchie por lo que es: una superproducción que no se empeña en demostrar que lo es, con un guión ágil y poco complicado que nos hace pensar en DOS HOMBRES Y UN DESTINO tanto como en ARMA LETAL (por mucho que la ambientación sea radicalmente distinta a la de aquellas), además de una nueva ocasión de lucimiento para el gigantesco Robert Downey Jr., demostrando otra vez aquí que, además de derrochar carisma y aptitudes actorales, posee recursos suficientes para resultar creíble como héroe de acción (no en vano el actor es en realidad practicante del estilo Wing Chun de Kung-fu). Tiene más virtudes (y algunos defectos, lógicamente), pero me quedo sin espacio. Quizá el mejor resumen que puedo hacer es que espero que haya más Sherlock Holmes en el futuro.